Una reunión cargada de tensión se desarrollaba en el corazón de la milenaria mansión Black, un lugar donde las sombras parecían tener voluntad propia. En el despacho, iluminado apenas por un fuego agonizante, se respiraba el peso de lo inevitable.
El señor de las tinieblas estaba allí, imponente, un espectro de poder que hacía temblar el alma de cualquiera que se cruzara en su camino. Frente a él, Cygnus, su antaño leal mano derecha, ahora reducido a un hombre derrotado, arrodillado y desarmado, como si el peso de sus propios errores lo aplastara.
—Me ha llegado información sobre tu vergonzoso fracaso en la misión en Francia —dijo el mago oscuro, después de someter al otro mago, dejándolo de rodillas y desarmado—. No tienes idea de lo que me ha costado tu incompetencia.-
—Mi señor, os pido otra oportunidad. Estoy seguro de que no habéis olvidado mis anteriores triunfos —respondió Cygnus, escupiendo las palabras con desesperación.-
—No es cuestión de cuentas, mi querido Cygnus. No se trata solo de cuánto hemos ganado, sino de lo que perdemos cuando las cosas no se hacen adecuadamente —silbó el mago con voz fría—. En este caso, algo muy personal. Algo, digámoslo así, vital-.
El oscuro mago se refería, claramente, a uno de sus primeros horrocruxes, escondido en un apartado rincón de la campiña francesa.
—Lo siento mucho, mi señor. No volverá a ocurrir —imploró Cygnus con voz temblorosa.
—No. —El mago suspiró con un desprecio palpable—. Creo que el único que lo sintió fui yo, y no fue agradable en lo absoluto.-
—Se lo prometo, ho, mi señor. —Las lágrimas comenzaron a brotar de los ojos del hombre.
—¿Alguna vez te han arrebatado algo que realmente valoras? Algo que te haga comprender lo que yo siento.-
—¿Mi señor...?-
Sin más aviso, el mago tenebroso lo tomó del cuello con sus manos huesudas, apretando su laringe con tal precisión que solo dejaba pasar el aire suficiente para mantenerlo consciente.
En un instante, ambos desaparecieron en una nube negra que se disipó rápidamente para revelar una habitación lúgubre. Cygnus cayó de rodillas al suelo, aún intentando recuperar el aliento. Reconoció, vagamente, el lugar: una mazmorra, probablemente en lo profundo de la mansión de su señor. Las paredes de piedra, al igual que el suelo, estaban cubiertas de moho. El penetrante olor a humedad dificultaba que regulara su respiración.
El mago oscuro se dio la vuelta, su figura imponente y su voz resonaron como una sentencia de muerte.
El mago oscuro se giró lentamente, dejando que el eco de sus pasos resonara en la mazmorra. Su figura se recortaba como una sombra más entre las paredes húmedas y cubiertas de moho.
—Este lugar, Cygnus, será tu nuevo hogar —anunció con una frialdad glacial, sin mirarlo directamente—. Aquí tendrás mucho tiempo para reflexionar sobre el peso de tus errores.
Cygnus intentó levantarse, pero sus piernas temblaban demasiado como para sostenerlo.
—Mi señor, por favor... ¡Os lo ruego! ¡No me dejéis aquí!
El mago oscuro no respondió. Con un movimiento de su varita, las cadenas oxidadas de la pared cercana cobraron vida, envolviendo las muñecas y tobillos de Cygnus con un tirón seco y brutal.
—Agradece que aún respires. Aunque quizás, con el tiempo, desees lo contrario —sentenció con voz áspera, mientras se acercaba a la puerta de hierro.
El sonido de la cerradura al girar envió un escalofrío por la espalda de Cygnus. Las sombras de la mazmorra parecieron cerrarse sobre él, mientras la puerta se cerraba con un estruendo que reverberó en la oscuridad.
Por un momento, solo hubo silencio. Luego, la voz de Cygnus rompió la quietud, un grito desgarrador que pedía misericordia. Pero el mago oscuro no volvió la vista atrás.
—La lealtad no se mide en palabras, Cygnus —murmuró para sí mismo al ascender las escaleras que lo alejaban de la mazmorra—. Y tú acabas de demostrarme que la tuya no vale nada.
La última luz que entraba por la rendija de la puerta se desvaneció, un recordatorio amargo de que incluso el más mínimo error podía desmoronar imperios, dejando a Cygnus sumido en una oscuridad perpetua, con solo el goteo del agua y el eco de su propia respiración como compañía.
A quienes comenzaron a leer esta historia, agradezco la espera y me disculpo por la tardanza.
Espero que este nuevo giro los complazca tanto como a mi.
