Fuera del despacho, en el silencio frío de los pasillos de la mansión Black, una figura menuda y pálida permanecía inmóvil, pegada a la puerta entreabierta. Bellatrix, la hija mayor de Cygnus, había escuchado cada palabra de la conversación con la oreja pegada en la puerta. Apenas contenía el aliento mientras los ecos de la condena de su padre resonaban en su sus ojos vidriosos brotaban lágrimas incontenibles que corrían por sus mejillas enrojecidas. Sabía que su padre no tenía salvación. Por largo rato estuvo escuchando tras la puerta de caoba, dejándose caer de rodillas, cuando sus piernas comenzaron a temblar y no pudo sostenerse en pie. De pronto, el silencio se adueñó del lugar. No se escuchaban más palabras, ni llanto, ni siquiera los pasos que habían llenado el despacho minutos antes. Solo el leve susurro del viento que se colaba entre las cortinas de una ventana abierta rompía aquella quietud inquietante.

Bellatrix permaneció allí, inmóvil, con las manos apretadas contra la puerta de caoba, mientras su mente procesaba lo que había escuchado. El eco de las palabras del señor de las tinieblas retumbaba en su cabeza como un veredicto inapelable: su padre no tenía salvación.

Las lágrimas, calientes y amargas no era solo tristeza, sentía furia, mezclada con un dolor que la atravesaba como un cuchillo. No podía quedarse de brazos cruzados. Su padre la había criado para ser una mujer fuerte, para no temer al peligro, y ahora, más que nunca, debía demostrar que era digna de su apellido. Se levantó tambaleante, sus piernas aún débiles por el impacto de lo que había escuchado, pero su mirada era firme. Si nadie más iba a ayudar a Cygnus, entonces ella lo haría. No importaba el precio ni quien se interpusiera en su camino. Solo su madre, además de ella, sabía lo que había ocurrido. Sin embargo, no se atrevió a salir de su recámara, ni siquiera para implorar piedad por su amado esposo. Permaneció allí, inmóvil, aferrándose a su decisión de proteger a sus otras dos hijas menores, sabiendo que cualquier intento de intervención podría ponerlas a todas en peligro.

Esa noche, pasadas las doce, mientras la mansión se sumía en la oscuridad, Bellatrix reunió lo que consideraba esencial: su varita, su capa y un viejo bolso de cuero con polvos flu. Sabía que enfrentarse al señor de las tinieblas era una locura, pero estaba dispuesta a arriesgarlo todo.

Puso su capa sobre sus hombros, asegurándose de cubrir bien su cabeza, tomo un puñado de fluy con su barita en mano murmuró temblorosa las palabras Mansión Riddle y desapareció.

Bellatrix llegó a su destino tan veloz como un rayo. El polvo y las cenizas se levantaron alrededor de ella al aterrizar, envolviéndola en una nube gris que la hizo carraspear y toser. Instintivamente, se cubrió la boca con una mano para evitar hacer ruido que pudiera delatar su presencia.

Tan pronto como recuperó el aliento, alzó su varita con firmeza, sus ojos oscuros escrutando cada rincón del lugar. La atmósfera era opresiva, cargada de humedad y un silencio inquietante que solo era roto por el lejano goteo de agua. Bellatrix avanzó con cautela, su mente agudizada por la adrenalina, lista para enfrentar cualquier peligro que se interpusiera en su camino.

La habitación en la que había llegado estaba sumida en penumbras, y solo las sombras de los objetos eran visibles en la débil luz que se filtraba desde algún lugar lejano. Una mesa larga se alzaba en el centro, mucho más extensa que la de su propia casa, lo que le hizo pensar que el dueño debía ser alguien lo suficientemente importante como para recibir una gran cantidad de invitados o comensales.

Alrededor de la estancia, podía distinguir vagamente la forma de varios sillones dispuestos en círculo, como si alguna vez hubieran albergado reuniones de gran relevancia. Las paredes estaban decoradas con numerosos cuadros, pero la oscuridad impedía discernir los rostros de los retratados. Bellatrix sintió un escalofrío al imaginar qué historias podrían guardar esas pinturas, congeladas en el tiempo y el misterio.

Apretó con más fuerza la empuñadura de su varita, manteniéndola alzada, mientras sus ojos trataban de acostumbrarse a la penumbra. Cada sombra parecía moverse con vida propia, como si la habitación misma estuviera observándola. Sin embargo, su determinación no flaqueó. Si su padre estaba cerca, no se iría sin encontrarlo.

—¿Hola? —llamó, con miedo y algo de valor en su voz—. Busco a mi padre... ¿hay alguien aquí?

Sin embargo, no obtuvo respuesta alguna.

—Lumos —pronunció a continuación, iluminando tenuemente su camino. Atravesó la sala a paso lento hasta llegar a un pequeño salón conectado, desde donde se abrían varios pasillos. Sin perder tiempo, Bellatrix tomó uno de ellos, que, tras varios metros, la condujo a otra habitación amplia, muy similar a la primera, con mesas, sillas, sillones, cuadros, un piano y todo lo que su vista alcanzó a ver.

Sin embargo, en esta habitación había una puerta de vidrio en el lado opuesto, por donde salía una luz tenue. Se dirigió hacia allí, golpeó varias veces, y al no recibir respuesta, entró. Era un despacho, similar al que su padre tenía, pero estaba vacío; nadie había allí, solo la luz de una vela que ya se estaba apagando.

La joven salió de la habitación, pero en lugar de regresar al salón conectado, tomó otra puerta dentro de la misma sala. Recorría prácticamente toda la planta baja de la casa, llamando ocasionalmente a su padre, pero sin recibir respuesta alguna. Cada sombra parecía moverse, cada crujido de las tablas bajo sus pies hacía que su corazón latiera con más fuerza. Finalmente, llegó al ala oeste, donde se encontraba la entrada a los pasadizos subterráneos.

La oscuridad parecía asentarse a cada paso, incluso la luz de su varita luchaba por penetrar la se concentró, buscando la manera de no caer por las escaleras empedradas en forma de caracol que descendían estrechamente hacia lo desconocido. Cada peldaño crujía bajo su peso, y el aire se volvía más denso, como si el tiempo mismo se ralentizara en ese lugar.

—¡Por favor! —escuchó de pronto un alarido débil que la impulsó a descender la escalinata a toda prisa, como si su vida dependiera de ello.

—¡Padre… PADRE! —gritó, su voz resonando en el aire tenso y oscuro—. ¿Dónde estás, padre?

La bruja corrió, guiada por el eco de esa voz quebrada, hasta llegar a una puerta de madera, cuya parte inferior tenía una pequeña abertura enrejada.

—¿Padre? —preguntó una vez más, con la esperanza de que su suposición fuera correcta.

—¿Bella? —la voz de su padre la identificó sin esfuerzo, y un nudo se formó en su garganta. Sin pensarlo, intentó abrir la puerta, pero sin éxito. Desesperada, se dejó caer de rodillas a los pies de esta, extendiendo sus manos hacia la abertura, buscando el contacto con las de él.

¿Cómo había llegado Cygnus Black a un lugar como este? Él, uno de los miembros más solemnes del club de los Veintiocho, atrapado en una mazmorras tan vastas que el eco de su voz parecía extenderse por kilómetros. El aire estaba viciado, impregnado con el hedor de la humedad y el abandono, y se podía sentir en la piel que ese lugar era frío, helado hasta los huesos. Bellatrix luchaba por mantener la calma mientras sus manos temblaban, buscando tocar las suyas a través de los barrotes.

—Bella, estoy aquí, aquí... —murmuró el hombre con voz temblorosa, al tiempo que sacaba una mano por entre un pequeño espacio con barrotes en la puerta, el mismo espacio usado para interactuar con los prisioneros sin necesidad de abrirla.—¿Qué haces en un lugar como este? ¿Por qué viniste? ¡Vete ahora, corres un gran peligro! —su padre la regañó, su tono lleno de desesperación mientras trataba de advertirle.

—Pero, padre, ¿por qué te encerraron? —preguntó Bellatrix, tomando con fuerza la mano de su padre. Él le acarició el rostro con la otra mano, como si quisiera reconectar con ella, sintiendo la suavidad de su piel.

—No importa —respondió rápidamente, su voz rota—. Debes irte, antes de que Él te vea…-

El hombre no atinaba a nada más que a advertirle que se marchara, sus ojos abiertos de par en par denotando un miedo palpable, un terror que Bellatrix nunca antes había sentido en él. Un sentimiento de angustia la invadió, pero algo en sus palabras la hizo comprender la gravedad de la situación. No había tiempo para preguntas, y el peligro era mucho mayor de lo que había imaginado.

—Pero... —no alcanzó a terminar de hablar cuando alguien la tomó por el hombro y la giró tan bruscamente que su varita salió volando de su mano al suelo y se apagó. Gritó del susto y abrió sus ojos como platos buscando cualquier veta de luz que la ayudara a ver.

—¿Y tú quién eres? —preguntó la figura, que ahora, en la penumbra, no podía ser visualizada.

—Mi nombre es Bellatrix —respondió buscando a tientas si varita—. ¿Por qué has puesto a mi padre aquí? ¿Qué ha hecho él para que lo trates así?-

—Me temo que, Bellatrix, no voy a poder darte esa información —dijo la voz con un tono arrogante—. Él sabe el porqué de esto, y a mí me basta con eso.- La vos parecía moverse por el lugar. Su respuesta fría y despectiva enfureció a la bruja.—Por cierto... él no va a salir jamás de aquí adentro, así que despídete y vete.-

—¡¿Qué?! —Bellatrix quedó completamente abrumada por las palabras de ese hombre. No podía ser cierto. ¿Cómo era posible?.—¡No puedes! —exclamó, su voz cargada de incredulidad—. ¡Él es un hombre viejo, está enfermo, y es el único hombre en casa!- La desesperación se apoderó de ella, pero en sus ojos brillaba una furia incontrolable. No iba a dejar que esto quedara así.- Ven hacia la luz- Dijo una vez que encontró su varita.

La bruja podía sentir que él se movía, y aunque intentaba seguirlo con su varita, no lograba ver más que el leve movimiento de la punta de sus vestiduras por el rabillo del ojo, como una sombra que se deslizaba por el espacio oscuro.

—Bueno, Bellatrix, alguien tiene que pagar por sus errores —dijo la voz, cargada con un tono que la bruja no podía identificar completamente. ¿Era una burla? ¿O tal vez una invitación a algo más siniestro?

Bellatrix apretó la mandíbula, un resplandor de ira brillando en sus ojos, mientras tomaba una decisión que había estado rondando en su mente.

—¿Y si yo me quedara? ¿Lo dejarías libre? —preguntó, su voz más desafiante de lo que había imaginado. Sabía que estaba arriesgándose, pero no iba a permitir que su padre pagara por algo que no había hecho.

Su mano apretó la varita con más fuerza, esperando una respuesta que podría cambiarlo todo.

—Sí —respondió sin titubear, su voz cargada de desprecio—. Sigue siendo un castigo suficiente, la pérdida de un hijo, aunque seas mujer. Y enfatizó el "seas" de manera despectiva, como si el hecho de que fuera una mujer la hiciera menos digna de ser tomada en cuenta.

Bellatrix apretó los dientes, su mente decidida.

—Entonces lo haré. Yo me voy a quedar en su lugar —dijo, su tono firme, desafiando cualquier lógica que pudiera intentar contradecirla.

—Muy bien, que así sea —respondió el mago oscuro, con un tono extraño de aprobación. Sin hacer uso de su varita, abrió la celda, dejando salir a su prisionero, mientras Bellatrix sentía cómo el tiempo parecía detenerse en ese momento.

—No, Bella, yo ya soy viejo, ya he vivido mi vida. No lo hagas; mi señor no aceptará esto, no sabe lo que dice —dijo su padre arrastrándose fuera de la celda, sus ojos llenos de preocupación y temor mientras intentaba detenerla.

—Padre… mamá, Cissy y Andromeda te necesitan más que a mí —le susurró Bellatrix, sus palabras llenas de amor, aunque también de un sacrificio que sabía que no podría evitar. Sabía que en ese instante estaba tomando una decisión irreversible, pero lo haría por él, por su familia.

—Muy bien, basta de charla —dijo el hombre, expulsando a su siervo a un lado, alejándolo de su primogénita. Luego, con un tono autoritario y solemne, le exigió que se fuera. Sin mediar más palabras, el mortífago desapareció, dejando atrás el eco de su presencia.

El lugar quedó sumido en un completo silencio, como si todo hubiera desaparecido de golpe, como si la misma atmósfera se hubiera vaciado de vida.

Bellatrix permaneció en pie, observando el espacio desolado. Con una calma que sorprendía incluso a ella misma, dio un paso hacia adelante.

—¿Usted es un monstruo acaso? —preguntó, su voz serena, pero con una carga que no podía disimular. Levantó su varita para entregarla a su carcelero y entrar en la celda.

El mago oscuro, que por un momento parecía estar completamente seguro de su dominio sobre la situación, se detuvo al escuchar las palabras de la joven.

—¿Qué? —inquirió, desconcertado, sus ojos entrecerrados, como si intentara procesar el atrevimiento que no había visto venir. Nadie jamás se había atrevido a dirigirse a él de esa manera, y esa sorpresa momentánea era casi palpable en su rostro.

—Usted ni siquiera me dejó despedirme de él... Él es mi padre, y no volveré a verlo en toda mi vida —lloriqueó la joven, su voz quebrada, pero llena de reproche.

—Ese no es asunto mío —murmuró el mago oscuro, su tono gélido, mientras tomaba la varita de la bruja y cerraba la puerta de la celda con un golpe seco que resonó en las paredes. La joven cayó al suelo ante la impresión de ver la mano blanca y huesuda acercándose a la suya para tomar la varita, gimiendo ante la sorpresa.

—Ya lo sé, pero…-

—¡Entonces cállate! —bramó el hombre, su voz retumbando con una autoridad que parecía vaciar el aire de la habitación. Acto seguido, dio media vuelta y se marchó, dejando tras solo silencio y oscuridad absoluta.

Bellatrix, con la mirada perdida, se dejó caer contra la pared hasta quedar agachada, abrazando sus rodillas contra el pecho. El llanto la embargó por un largo rato, sollozando hasta que ya no le quedaban fuerzas. El tiempo transcurría, pero ella permanecía inmóvil, como si el peso de la desesperación la anclara al suelo. Sus ojos, enrojecidos, contemplaban un punto fijo en el vacío, sin saber cuánto tiempo había pasado.

De repente, el sonido metálico de una cerradura rompiendo el silencio la hizo levantar la cabeza. Se puso de pie con rapidez, sus manos tensas al costado.

La puerta se abrió lentamente, y tras ella apareció nuevamente aquella silueta negra, inconfundible. Bellatrix no necesitaba más luces para saber exactamente a quién pertenecía.

—Espero que encuentre su estancia de agrado — se burló el mago oscuro, con una sonrisa que Bellatrix apenas pudo vislumbrar entre las sombras. Sin embargo, no parecía haber venido solo a disfrutar de su propio sarcasmo—. Ven conmigo, te mostraré tu habitación —añadió con un tono frío y autoritario.

—¿Mi habitación? —preguntó la bruja, sorprendida, pues no esperaba ninguna clase de consideración.

—¿Prefieres quedarte en las mazmorras? —respondió él, arqueando una ceja—. Sé de buena fuente que por las noches hace demasiado frío, y las ratas se hacen dueñas del lugar.-

Bellatrix lo observó detenidamente, tratando de interpretar sus intenciones. Finalmente, asintió con un leve movimiento de cabeza.

—Iré, si es lo que usted desea, pero antes... quisiera ver el rostro de mi carcelero —pidió con cortesía, aunque su mirada contenía un atisbo de desafío.

El hombre permaneció inmóvil, su silueta envuelta en penumbra.

—No será prudente que me muestre, incluso si eres mi prisionera y jamás volverás a tener contacto con el exterior —dijo, su voz áspera y tajante, como si cada palabra estuviera calculada para dejar en claro la superioridad que ostentaba.

—¿Su nombre, al menos? —insistió ella, aún firme en su petición.

El mago oscuro soltó una risa breve, casi como si la idea le divirtiera.

—Mi nombre no es nombrado siquiera por el más valiente de los hombres, pero puedes llamarme... Mi Lord.-

El título resonó en el aire como un eco cargado de poder y misterio, dejando a Bellatrix en silencio, evaluando al hombre que había sellado su destino.