N/A: Hola! siento tardar tanto en actualizar pero he estado malita y entre el trabajo y demás no he tenido mucho tiempo para escribir. Gracias por cada me gusta y cada follow! Me alegra saber que la historia os gusta tanto. Este capítulo es algo más denso que los anteriores así que espero que no os aburra y os parezca interesante.

Como siempre, acepto consejos en los reviews. Me ayudan a mejorar muchísimo!

Ahora sí, un abrazo y hasta la próxima ❤


WILD LOVE.


CAPÍTULO 3.

Estábamos en el interior de una casa.

El eco de nuestras pisadas resuena en el suelo firme mientras nos movíamos de una sala a otra. La venda en mis ojos sume todo a mi alrededor en una penumbra inquietante, pero aún así soy capaz de percibir los cambios bruscos de iluminación al cruzar de un espacio a otro.

De vez en cuando oía voces lejanas, señal de que no estábamos solos. Aunque llevaba mi varita escondida en la parte trasera de mis vaqueros, justo bajo la camiseta, sabía que mis posibilidades de sobrevivir si las cosas se complicaban eran mínimas. Por eso, me mantuve en silencio mientras Vincent me guiaba a través de aquel laberinto interminable.

Intenté memorizar el camino: derecha, derecha, luego izquierda. Subimos unas escaleras y continuamos por lo que parecía ser un pasillo. Me esforcé por afinar mis sentidos, intentando captar alguna frase, cualquier cosa que fuera relevante, pero Vincent aceleraba el paso, como si pudiera leer mis pensamientos.

Caminamos unos metros más y, de repente, se detiene en seco, haciendo que chocara contra su costado. Oigo el familiar chasquido de una cerradura al abrirse y, entonces, Vincent me empuja hacia adelante.

Tropiezo con mis propios pies, casi cayendo de bruces, pero logro recuperar el equilibrio a tiempo.

—No toques nada—masculla y esas son las primeras palabras que me dedica desde que dejamos la casa de Bill—. Él vendrá enseguida.

Y, sin más, cierra la puerta a mis espaldas.

No tardo ni dos segundos en quitarme la venda. Abro los ojos, esforzándome por adaptarme a la luz tenue, y examino el espacio a mi alrededor.

Las paredes del despacho están revestidas de paneles de madera oscura y la decoración es bastante austera: un elegante escritorio de caoba, un par de estanterías repletas de libros y un aparador bajo una ventana que da al bosque. Y nada más.

Me sorprende lo civilizado que resulta el ambiente. Para una manada de estas características esperaba un estilo de vida más salvaje, alejado del contacto humano. Sin embargo, esta casa parece ser todo lo contrario. Movida por la curiosidad, empiezo a explorar, fijándome en todos los detalles posibles antes de que comience la reunión.

—Interesante... —murmuro, mis ojos recorriendo los títulos de los libros en las estanterías.

La mayoría están relacionados con el mundo mágico: de pociones, runas antiguas, encantamientos... Pero me sorprende reconocer a muchos autores muggles entre ellos. A pesar de que me encantaría analizarlos más a fondo, mi atención se desvía hacia los pergaminos que hay sobre el escritorio. Me acerco, decidida a echar un vistazo; cualquier información será valiosa para mis informes y para convencerlos de que me dejen realizar el registro.

La caligrafía elegante en los papeles me resulta familiar; es la misma que en la nota que recibí hace un par de semanas. La mayoría son cuentas y facturas, pero también hay cartas de un tono más personal. Me inclino sobre la mesa para leer el contenido de una de ellas cuando una voz masculina a mis espaldas me paraliza.

—¿Así es como pagas mi hospitalidad? ¿Espiando?

Siento un tirón en el pecho seguido de un calor que recorre mi cuerpo desde la cabeza hasta la punta de los pies. Reconozco la voz del alfa antes de verlo. El poder que emana me estremece; ya lo había sentido aquella noche en el bosque, aunque ahora es más intenso.

Decido no girarme, prefiero mantener mis dedos sobre un pergamino viejo mientras organizo mis pensamientos. Lo que pase a continuación podría ser crucial, así que trato de actuar con normalidad.

—No tenía otra opción —respondo, encogiéndome de hombros—. Has sido tú quien me ha traído aquí como si fuera una delincuente.

Una risa grave resuena, y escucho sus pasos acercándose. Sigo sin atreverme a mirarlo.

—No puedes culparme por querer proteger mi territorio, Granger —dice en un tono burlón—. Recuerdo un tiempo en que tú hacías lo mismo por los tuyos.

«Espera... ¿Qué?»

Me doy la vuelta para enfrentarme a él. Al principio, no distingo nada inusual en la habitación, pero luego me doy cuenta de que uno de los paneles de madera que adornan las paredes está abierto, como si fuera una especie de puerta secreta que conduce a la habitación contigua.

Y allí está él, apoyado contra una estantería, con los brazos cruzados, mirándome fijamente.

Por un breve instante, me quedo paralizada, observándolo. Su altura imponente, el físico delgado pero robusto, la anchura de sus hombros. La mandíbula marcada, los pómulos afilados, y la mueca burlona que adorna unos labios carnosos. Pero todo lo que soy capaz de ver son sus inconfundibles ojos grises y el destello de su cabello rubio, ahora más largo de como solía llevarlo hace años.

Cuando todos creían que había muerto. Incluida yo.

El corazón me martillea con fuerza y tengo que agarrarme al escritorio para no tambalearme. Él no dice nada mientras trato de procesar esta revelación. Respiro hondo e inconscientemente llevo una mano al pecho, justo donde mi corazón late desbocado.

Draco Malfoy me mira desde el otro lado de la habitación como si nada hubiera cambiado. Como si nunca se hubiera celebrado un funeral en su nombre, como si yo no hubiera estado allí, presenciando cómo entraban el ataúd a las profundidades de su panteón familiar.

—¿M-Malfoy?—pregunto, confusa, porque no sé que más decir—. ¿Tú...? ¿Eres el alfa?

Él asiente lentamente. La sonrisa burlona ha desaparecido de su rostro; ahora está serio, con las manos convertidas en puños apretados mientras espera. Me permito observarlo mejor. Parece mayor, más adulto.

Viste de manera informal, al estilo muggle, con vaqueros y una camiseta blanca. Es tan diferente a los trajes caros y las túnicas elegantes que solía llevar en nuestra adolescencia que no me sorprende haber tardado tanto en reconocerlo.

—No, no puede ser —digo mientras sacudo la cabeza incrédula—. Tú moriste en la batalla de Hogwarts. Yo misma vi tu cadáver en el Gran Comedor...

Habían pasado cinco años desde la guerra y aún no lograba sacarme esa imagen de la cabeza. En mis recuerdos, el cuerpo de Malfoy destacaba entre todos los demás. Había cientos de rostros conocidos en aquella morgue improvisada, pero solo podía fijarme en él. Su pelo rubio estaba cubierto de polvo y manchas de sangre, pero su rostro se encontraba pálido y sereno, como si la muerte lo hubiera envuelto en una calma inquietante. Las heridas que se dejaban entrever a través de los jirones de su túnica, eran más que suficientes para confirmar que su muerte había sido violenta y cruel.

Esa imagen se convirtió en una pesadilla recurrente en los meses posteriores a la guerra. Cada vez que intentaba avanzar, el recuerdo de Malfoy yaciendo en el suelo del Gran Comedor regresaba con fuerza.

Nunca logré comprender por qué su muerte me afectó tanto.

Para mí, Malfoy había sido un rival de la infancia, pero jamás deseé que le sucediera nada terrible. Con el paso de los años aprendí a convivir con la sensación de que algo valioso se había desvanecido, aunque no supiera exactamente de qué se trataba.

Su voz me saca de mis pensamientos, devolviéndome a la realidad.

—Como puedes comprobar, Granger, no fue así —explica, mirando hacia un punto más allá de mí, como si estuviera rememorando ese momento—. Las mordeduras que recibí esa noche fueron tan graves que los medimagos confundieron mi transición con la muerte. Supongo que ya sabes como funciona todo el proceso.

Trabajar para el Departamento de Criaturas Mágicas me había dado conocimientos más profundos sobre la licantropía. Lo más común era que el gen se transmitiera de generación en generación, pero podía contagiarse si un hombre lobo mordía a un humano en plena luna llena.

En este caso, había tres opciones: que el humano muriera a causa de las heridas, que el virus solo se transmitiera de forma parcial, como era el caso de Bill Weasley; o que la transformación se completara, sumiendo al humano en un estado intermedio entre la vida y la muerte que podía durar horas, incluso días. En este último caso, mientras se iniciaba la transición, las constantes vitales en el sujeto eran casi imperceptibles al ojo humano.

Así que no resultaba extraño que esa noche confundieran el estado de Malfoy con la muerte definitiva.

—Pero ¿por qué no regresaste? — pregunto, sintiendo cómo la confusión me invade—. El Ministerio podría haberte ayudado...

Malfoy suelta una risa amarga, sacudiendo la cabeza. Sus ojos destilan una mezcla de rabia y desdén.

—¿De verdad piensas que me recibirían con los brazos abiertos? —dio un paso hacia mí, sus ojos grises fijos en lo míos—. Represento todo lo que más odian, Granger: un sangre pura que se unió a los mortífagos, un asesino y, ahora, una bestia. Para el Ministerio siempre seré un error que debe corregirse, una amenaza que hay que eliminar. Regresar ahora significaría poner en peligro a mi manada, y como su líder es algo que no puedo permitir.

Una chispa de vulnerabilidad brilla en su mirada. Por Merlín, se hacía tan raro verlo de nuevo, después de tantos años... Mis pensamientos giraban a toda velocidad, y sentía el pulso acelerado mientras trataba de calmarme para analizar la situación. Malfoy estaba vivo y había pasado los últimos años ocultándose del Ministerio. De su familia. De sus amigos.

—¿Alguien más sabe que sigues con vida? —pregunto, consciente de que no es del todo relevante, pero la curiosidad me supera.

Malfoy niega con la cabeza.

—Solo tú, Granger. Pero el mundo debe seguir creyendo que soy un fantasma—su tono se torna una advertencia.

Quiero hacer mil preguntas, pero las palabras se me atragantan. ¿Quién lo transformó? ¿Qué lo llevó a convertirse en alfa? ¿Por qué exponerse ahora después de tantos años en las sombras?

Esa última pregunta la que más me inquieta de todas.

—Esa noche en el bosque, hace dos semanas, sabías que era yo —digo casi en voz baja temerosa de romper la burbuja que nos envuelve—. Tenías la oportunidad de acabar conmigo para proteger tu secreto, pero me dejaste vivir...

Draco esboza su característica mueca como si evaluara la mejor respuesta. Pero no le doy la oportunidad de hablar y continúo, enfocándome en lo que realmente importa.

—¿Por qué arriesgarse ahora a mantener contacto con el Ministerio sabiendo las consecuencias que puede tener para ti y para tu manada?

Noto como todo su cuerpo se tensa. Como si hubiera tocado un tema delicado. Observo como entrecierra los ojos mientras recorre la habitación de forma lenta. Sus ojos me recorren de arriba abajo, evaluándome, y siento de nuevo ese agradable calor en el pecho. Confundida, me obligo a no romper el contacto visual. Levanto la barbilla y cruzo los brazos tratando de ganar algo de seguridad. Su sonrisa es cínica, pero sus ojos, esos malditos ojos grises, parecían buscar una conexión a través de los míos.

—Lo cierto es que debí establecer contacto con el Ministerio mucho tiempo atrás, antes de que la situación fuera a peor, pero decidí esperar...—su voz es grave y profunda, lo que hace que me distraiga durante unos segundos.

—¿Esperar a qué? —pregunto, frunciendo el ceño.

—A ti, Granger —confiesa con una calma inquietante, y mis ojos se abren con sorpresa—. Eres la única persona a la que le confiaría algo tan importante.

—Bueno, pues aquí estoy —respondo, abriendo los brazos en un intento por poner fin a esta situación tan surrealista—. Podemos firmar el registro hoy mismo. A cambio, yo prometo guardar tu oscuro secreto y tú podrás seguir como si nada de esto hubiera pasado.

Malfoy continúa avanzando hasta rodear el escritorio. Ahora estamos más cerca que antes lo que me hace reparar en la enorme cicatriz plateada que le recorre parte del bíceps izquierdo y que se pierde bajo la tela de su camiseta. Me doy cuenta de que su piel ya no es tan pálida como antes, tiene un ligero tono bronceado adquirido de pasar tanto tiempo al aire libre, lo que resalta más todavía el rubio de su pelo.

Sus labios se tuercen, dedicándome esa media sonrisa tan característica en él.

—Voy a dejar algo muy claro, Granger. Nadie de mi manada va a firmar ese puñetero registro.

La incredulidad se apodera de mí y mis palabras se quedan atascadas en la garganta.

—¿Perdona? —estoy empezando a cuestionarme si todo esto no es más que una broma de mal gusto—. Si tu manada no quiere firmar el registro, ¿qué hago yo aquí?

Estamos tan cerca que puedo sentir el calor que emana de su cuerpo, pero su expresión es tan fría como un témpano de hielo. Por la forma en que me mira, intuyo que hay algo más, algo nada bueno. Y por primera vez, desde que estamos solos en esta habitación, la inquietud me invade.

Retrocedo lentamente, consciente de que no solo tengo frente a mí a Draco Malfoy, sino también a un hombre lobo. Un alfa. Con cautela, llevo una mano a la espalda, lista para sacar mi varita. Pero Malfoy da otro paso hacia mí, acortando aún más la distancia entre nosotros.

—¿Alguna vez te has preguntado qué ocurre con los clanes una vez que se inscriben en el registro? —su voz es contenida, como si eligiera cada palabra con cuidado—. ¿Has tenido la oportunidad de ver algún informe sobre lo que ocurre después de que el Ministerio tenga acceso a nuestras ubicaciones?

Por un momento, no sé qué responder. La falta de comunicación entre el Ministerio y las manadas siempre me había parecido normal, dada la naturaleza solitaria de muchos clanes. Al fin y al cabo, los hombres lobo solían ser desconfiados y preferían permanecer en las sombras, lejos de la burocracia. Sin embargo, a medida que reflexiono, un escalofrío me recorre la espalda.

La Oficina de Registros de Hombres Lobos se encargaba de supervisar a los hombres lobo. Su función principal era registrarlos con el objetivo de asegurar que las manadas cumplieran con las regulaciones y las medidas de seguridad estipuladas por la ley mágica. Esto incluía, entre otras cosas, el seguimiento de su comportamiento y la prevención de incidentes, dado que la mayoría de hombres lobo solían ser peligrosos sobre todo bajo la influencia de la luna llena.

Tras el registro inicial, el Ministerio debía garantizar su integración en la sociedad mágica. Y en los dos años que llevaba trabajando allí jamás había visto un informe sobre esta segunda fase. Quizás el señor Hopkins no confiaba en mí lo suficiente como para compartir esos documentos. Pero eso no significa que no existieran.

—No, no he visto ninguno —confieso finalmente— Eso no significa que el Ministerio oculte algo, Malfoy.

Mientras hablábamos he ido deslizándome poco a poco hacia atrás, de tal manera que ahora el escritorio forma un muro de contención entre ambos. La pose de Malfoy sigue siendo casual, aunque ahora su cuerpo está ligeramente inclinado hacia delante. Su respiración es tranquila aunque puedo ver como sus ojos parecen desprender un brillo azul espeluznante.

—¿Y cómo explicas que las manadas que confiaron en el Ministerio desaparecieran justo después de inscribirse?—da otro paso en mi dirección y tengo que contenerme para no sacar la varita en ese mismo instante—. Familias enteras borradas de la faz de la tierra de un solo plumazo.

Niego, porque no tiene sentido. Las manadas de hombres lobos rara vez permanecen mucho tiempo en un mismo lugar. Ser nómadas es una característica de su especie. Que se les pierda la pista no debería ser motivo de alarma. Debía tratarse de una mera coincidencia.

Parece que me ha leído la mente porque añade:

—No son simples coincidencias. Hay un patrón. Cada vez que un clan se registra, los desaparecidos aumentan. Poco a poco nos estamos convirtiendo en presas, Granger.

Un silencio repentino se instala entre ambos y el aire entre nosotros parece cargarse de electricidad, como un cielo en el que está a punto de estallar una tormenta.

—Si todo lo que dices es cierto, ¿por qué no hay pruebas? —pregunté, tratando de mantener la incredulidad en mi tono. La idea de que las desapariciones fueran parte de algo más grande me inquietaba, pero no podía permitirme ser arrastrada por el miedo.

Sin previo aviso, Malfoy se mueve con una rapidez sobrenatural, rodeando el escritorio con determinación. Su movimiento es tan repentino que me hace retroceder y sin poder evitarlo, siento como el pánico se apodera de mí. Instintivamente, saco la varita y lo apunto con firmeza.

—¡Espera! —exclamé, mi pulso acelerado mientras la varita temblaba en mi mano.

Malfoy se queda quieto durante unos segundos a la misma vez que arquea una ceja como si estuviera pensando «¿En serio, Granger?». Pero lentamente levanta las manos hacia arriba en un gesto de rendición. No hace ningún ademán por moverse de nuevo.

—Tranquila, Granger.—murmura y puedo jurar que su voz suena más animal que humana—. Solo quiero mostrate una cosa. Primer cajón. Es un sobre blanco. Puedes cogerlo tú misma si eso te hace sentir más... segura.

Hace un ligero gesto de cabeza instándome a que lo haga. Por un momento dudo. Todos mis instintos me gritan que tenga cuidado. Estoy rodeada de hombres lobos que creen que el Ministerio trama algo en su contra. Para ellos, soy una enemiga en potencia. Bastaba una llamada de su alfa para que toda la manada se abalanzara sobre mí en cuestión de segundos. Pero la curiosidad siempre ha sido mi peor virtud, así que me acerco al escritorio sin apartar la mirada de Malfoy.

Agito la varita, realizando un hechizo no verbal. El primer cajón se abre de golpe y un sobre blanco, del tamaño de una carpeta, sale flotando de su interior. Es simple, sin ninguna marca que lo distinga. Cuando llega hasta mí, lo recojo con la mano libre.

—¿Qué es esto?—pregunto tratando de rasgar el sobre con una mano mientras sigo apuntándolo con la otra.

Malfoy no se ha movido ni un ápice. Respeta la línea de seguridad invisible que he interpuesto entre ambos. Tan solo baja las manos y se dedica a observar como trato, con cierta dificultad, sacar los documentos que hay en el interior.

—Mi manada ha estado investigando los patrones del Ministerio durante estos últimos meses —responde, la urgencia en su voz es palpable—. Esa es toda la información que hemos podido encontrar.

Con un gesto de mi varita, logro extraer los documentos del interior del sobre. Los papeles levitan entre Malfoy y yo, flotando en el aire mientras intento descifrar su contenido. Al leer las primeras líneas, me quedo helada.

Son descripciones detalladas de miembros de diferentes manadas, vínculos familiares y una inquietante lista de desapariciones que ha aumentado en las semanas posteriores a la firma del registro. Reconozco muchos de los clanes que aparecen y confirmo que, efectivamente, realizaron el registro meses atrás.

—Mira las fotos, Granger —la voz de Malfoy me llega como un susurro suave. Alzo la vista sobre los documentos, encontrando su mirada, siempre intensa y fija en mí—. Son de hace una semana. Cerca de Inverness.

Al principio, no comprendo a qué se refiere. Pero entonces lo veo: un dossier con fotografías en blanco y negro. En ellas, el claro de un bosque se despliega y a medida que me acerco, distingo lo que parecen ser figuras en movimiento. En el centro de la imagen, una manada de hombres lobo avanza con calma. La paz que emana de ellos contrasta con la imagen de los operarios del Ministerio que esperan desde el otro lado con las varitas entre sus manos.

En la siguiente imagen, el caos irrumpe: los operarios lanzan un ataque sorpresivo, desatando una fuerza que somete a la manada. Las figuras de los hombres lobo, que hasta ese momento parecían en armonía con su entorno, se ven envueltas en una pesadilla. Intentan defenderse pero la desproporción es abrumadora.

Me sobresalto cuando veo los cuerpos de los lobos yacer mientras el Ministerio avanza sobre el terreno para continuar con la cacería. Y algo en mi interior se rompe.

Suelto mi varita y los documentos la acompañan hasta que caen sobre mis pies con un golpe sordo. Las lágrimas brotan de mis ojos y no hago nada por contenerlas. Caen sobre mis mejillas, un reflejo del caos que ahora se desata dentro de mí. Miro a Malfoy, quien se acerca con cautela, como si cada paso pudiera romper la frágil estructura de mi mente, que amenaza con desmoronarse en cualquier momento.

Mis pensamientos son un torbellino y bajo la cabeza, incapaz de soportar el peso de las imágenes que se repiten en mi mente. Las fotografías parecen cobrar vida, mostrando una y otra vez el sufrimiento de aquellos que creía que estaban a salvo. Mis manos, que siempre habían estado firmes y decididas, tiemblan sin control. La repulsión me envuelve al pensar en la sangre invisible que ahora las cubren, un recordatorio de que, de alguna manera, he sido cómplice de todo esto.

Oh, por Merlín. Soy una asesina.

—No tenía ni idea.—mi voz se desgarra por completo—. Malfoy, yo no sabía...

La revelación me golpea con la fuerza de un rayo. La idea de que mis acciones, aunque no intencionadas, han contribuido a este horror, me consume. El dolor de los hombres lobo, de sus familias destrozadas, se mezcla con la culpa que arde en mi pecho. Me siento como una traidora a mi propia causa, a mis ideales.

Malfoy se detiene a mi lado, su expresión es seria y compasiva, y por un momento, el rencor que ha marcado nuestra historia parece desvanecerse. Siento como el calor de su cuerpo me envuelve cuando pone las manos sobre mis hombros. Se agacha hasta que nuestras miradas quedan a la misma altura y lo que veo en sus ojos me deja sin aliento.

No hay rastro de la socarronería habitual, ni una pizca de burla o condescendencia; solo una pena infinita y una feroz determinación.

—Granger, escúchame. Se nos acaba el tiempo. Ahora que sabes la verdad, necesito tu ayuda para frenar al Ministerio —dice, su voz firme, como un juramento. Sus manos crean un presión firme que me mantiene atada a la realidad. La intensidad en su mirada es electrizante, y puedo sentir cómo se despliega a su alrededor, creando un aura de autoridad. Cada palabra que pronuncia lleva consigo un peso innegable, como si estuviera marcando un territorio que no tiene intención de ceder—. Si en los próximos meses no conseguimos frenar el registro, no me quedará otra opción que reunir a los clanes que quedan en pie y declarar otra guerra.