**Disclaimer**:Esta historia está inspirada, en parte, en el universo de Harry Potter de J.K. Rowling. Salvo algún que otro personaje de mi invención, todos los ambientes, personajes, argumentos, hechizos y todo lo reconocible pertenece a la autora. Yo solo los tomo, los mezclo y agrego cosas.

**Aclaración**: La siguiente es una historia que habla de sufrimiento y violencia de todo tipo hacia la mujer. Sugiero discreción. Aunque este fanfic está basado en el argumento de una novela turca, el siguiente Dramione tomará su propio rumbo dentro del universo de Harry Potter.

Dato: no me gusta deformar las palabras para mostrar que una persona tiene algún acento en particular, así que no lo haré. Sin embargo, siéntete libre de leer algunos diálogos con marcado acento búlgaro.

-o-

Incarcerous

Capítulo 2: Me pertenecen

En cuanto Malfoy atravesó las rejas que daban al exterior de los terrenos de la mansión, Viktor Krum regresó al interior de la casa, un poco más alegre de lo que había estado momentos antes. Con su nuevo socio alejándose de Hermione, ella podría volver a concentrar su atención en él y en su hija. Incluso, con suerte, ella se mostraría más cariñosa de lo usual para poder compensarlo por el mal rato que le había hecho pasar esa noche, más temprano.

Estaba seguro de que, al regresar a la habitación matrimonial, la encontraría metida en la cama, fingiendo dormir solo para que él la despertara con besos, de la misma manera que hacía cuando eran unos recién casados. Ella podría no estar más bajo los efectos de la amortentia, pero, en su vanidad, Viktor seguía creyendo que Hermione llegaría a amarlo algún día.

Sin embargo, su buen humor y alegría se esfumaron al notar que bajo el edredón solo había algunas almohadas frías tratando de imitar un cuerpo durmiente. Su esposa, la madre de su hija, no estaba en la cama matrimonial ni en ningún otro sitio del cuarto principal. La más profunda ira brotó en su pecho al notar que ella tampoco estaba en el cuarto de baño ni en la habitación de Enya. Su esposa simplemente se había esfumado.

Sus gritos alertaron a los guardias, que corrieron hacia su jefe, y no fue hasta que revisaron por completo la casa que notaron, con sumo terror, que tanto la mujer como la niña habían huido mientras ellos estaban distraídos.

Para dar un aspecto de mansión familiar, Viktor había hecho bajar las salvaguardas y todos los hechizos de restricción habían sido puestos en éxtasis para que Malfoy no sintiera la férrea seguridad mágica con la que mantenía a su esposa e hija cautivas en el hogar. Incluso los guardias habían sido enviados a las cocinas con la intención de que el visitante no se formara la falsa idea de que aquello era una suerte de prisión para Hermione.

Viktor había creído, erróneamente, que había ablandado a su esposa lo suficiente como para que ya no volviera a intentar huir. Sin embargo, ahí estaba, solo junto a los guardias inútiles y sin su familia bajo su vigilancia.

—Señor Krum, las chimeneas no han sido perturbadas.

—Eso ya lo sé, imbécil. Hermione ha tomado un supresor de magia por los últimos cinco años y la niña aún no ha mostrado indicios de magia involuntaria.

—Deben haber huido a pie, jefe.

—¡Traigan mi escoba! ¿Qué rayos hacen que no han salido a volar por los terrenos? ¡Traigan a mi esposa e hija! —dijo a los gritos.

En escasos minutos, tanto Krum como los guardias de la mansión usaban sus escobas más veloces para recorrer los terrenos a toda velocidad. Estaban seguros de que, si Hermione y Enya habían huido a pie, darían con ellas en cuestión de tiempo.

Media hora después, la búsqueda fue suspendida. Por mucho que ambas mujeres hubieran corrido, no había forma de que se hubieran alejado más allá de unos cuantos kilómetros desde la mansión.

—¡Maldita sea, HERMIONE!

A pesar de que gritó, insultó y jaló sus cabellos, su mujer e hija no volvían ni parecían estar en ningún sitio cercano.

—¡Malfoy! Eso es, el estúpido inglés robó a mi esposa.

Como si fuera una bludger, el entendimiento llegó a la mente del antiguo jugador de Quidditch. Hermione solamente podría haberlo abandonado de tres maneras posibles y dos de ellas ya habían sido descartadas. La única otra forma posible era de la mano del estúpido Draco Malfoy. Tuvo razón cuando se figuró que esa zorra había puesto demasiado interés en él y él en ella.

—Traigan los automóviles. El idiota de Malfoy ha secuestrado a mi familia. Esto no va a quedar así.

—Pero señor Krum, usted mismo despidió al señor Malfoy y él se retiró solo.

Preso de la ira, Viktor alcanzó a Stefan con un Avada kedavra, acabando así con el único guardia de la mansión que tenía cierta empatía por Hermione y Enya. Esto hizo que los demás empleados se asustaran; su fidelidad era para con su jefe, pero ahora que sabían que él podría matarlos casi sin pestañear, el miedo los hacía más propensos a seguir sus órdenes.

—Traigan los automóviles, rastreen a Malfoy, averigüen el sitio donde se hospeda. Quiero a mi hija y a mi mujer en casa esta misma noche.

Rugió como última orden. En pocos minutos, los choferes traerían sus vehículos y todos juntos saldrían a patrullar la ciudad hasta que dieran con la camioneta en la que Hermione había huido. Salir con escobas hacia el lado muggle de la ciudad búlgara de Sofía no tenía sentido y, además, Malfoy se movía sobre cuatro ruedas.

-0-

Luego de haber aceptado la invitación de Krum para cenar, Draco se aseguró de conseguir un hospedaje a la altura de sus exigencias. Al decidir quedarse en Sofía hasta la noche, él debió suspender su traslador internacional y, al no conseguir uno para el día siguiente, directamente optó por enviar una lechuza a su madre donde le indicaba que aprovecharía el viaje a Bulgaria para hacer algo de turismo.

Él tenía en mente visitar la antigua biblioteca de San Cirilo y San Metodio, ya que se rumoraba que en su sección mágica se guardaba un antiguo diario manuscrito del mismísimo Salazar Slytherin, donde declaraba expresamente sus intenciones en cuanto a la selección de alumnos que asistirían a Hogwarts. Por otro lado, había hecho planes de recorrer la ciudad antigua mágica y, por qué no, observar los ornamentados edificios muggles del centro histórico de Sofía.

Sin embargo, ahora todos esos planes habían sido puestos en duda. Pues una Hermione Granger, no tan muerta como creía, todavía se escondía en el maletero de su automóvil alquilado y, para mal de males, también la hija pequeña de su socio estaba con ella.

Mientras se dirigía a la ciudad, dio vueltas en su mente al asunto. Tenía muchas preguntas que hacerle a esa mujer y, a la vez, reconocía que muy probablemente ella no estuviera para dicha labor. Porque de algo sí podía jactarse: Draco Malfoy podría ser una cantidad infinita de cosas, pero aún no era un completo imbécil.

Además, estaba el asunto de que ella era la mujer de su socio. Si él se había tomado tantas molestias para hacerla pasar por muerta, dándole otro nombre más ridículo aún que el original, probablemente se pondría en campaña para recuperarla en cuanto se diera cuenta de que ella ya no estaba en su hogar. Tenía que admitir que Krum no parecía ser el hombre más inteligente de Bulgaria, pero sí debía darle crédito de haber podido ocultar el paradero del tercio femenino del Trío de Oro por tanto tiempo que incluso Potter había admitido que ella estaba irremediablemente muerta y su cadáver desaparecido para siempre.

Cuando descubrió que un par de polizones se habían colado en su coche, él prometió que las llevaría a un sitio seguro, pero ahora que lo meditaba, no tenía idea de qué sería seguro para una bruja dada por muerta y una niña de siete años. Desconocía si ambas sabían moverse en la ciudad o si tenían dinero consigo, y Narcissa lo asesinaría si supiera que había dejado a su suerte a dos mujeres, aunque ellas fueran fugitivas y sangresucias.

Maldiciendo su propia conciencia y crianza, se dirigió al complejo de departamentos donde había alquilado sitio para su estadía y aparcó el coche pensando en ofrecerles un techo hasta el amanecer y luego sí desentenderse de ellas, para poder fingir demencia y completo desconocimiento frente a su nuevo socio, Viktor Krum.

En cuanto Hermione sintió que el automóvil se detenía, se preparó para que el primer rostro que la recibiera, al salir del maletero, fuera el de Viktor. Esta vez estaba segura de que, si las había encontrado o Malfoy entregado, él la mataría o la torturaría por tanto tiempo que finalmente terminaría quebrando su espíritu definitivamente. Sin embargo, se sorprendió al ver solamente a Malfoy dentro de un lugar cerrado, que aparentaba ser una lujosa cochera.

—Son las tres de la mañana. Les permitiré esperar al amanecer en mi departamento y luego estarán por su cuenta.

Fue lo único que le dijo mientras le ofrecía a Enya sus manos para ayudarla a bajar del maletero. Incluso aunque no le ofreció ayuda, Hermione pensó que siempre estaría en deuda por aquel gesto caballeroso hacia su niña y el, aparentemente, no haberlas entregado a Viktor, todavía.

—¿Dónde estamos?

—En un pueblo mágico a las afueras de Bozhurishte. Renté un departamento para hospedarme mientras espero hasta la fecha de activación de mi traslador internacional.

Con cautela, Hermione miró en todas direcciones solo para descubrir que se encontraba en la cochera de un apartamento de aspecto más moderno y espartano del que hubiera pensado que Malfoy elegiría para sí mismo. Sin embargo, no se sentía capaz de emitir ningún tipo de juicio de valor hacia el hospedaje de su boleto hacia la libertad, pues la adrenalina de la fuga comenzaba a descender, haciendo que el dolor de su mano lastimada volviera con fuerza.

—No sé exactamente cómo es el lugar, pero creo que debe ser lo suficientemente cómodo como para que esperen. Además, la única alternativa es la parte trasera de la camioneta o la intemperie.

Draco aclaró para no perder la costumbre y no parecer demasiado entusiasmado con la idea de ofrecerles asilo. Ahora que había asimilado la idea de que Granger estaba viva, su antigua costumbre de despreciarla parecía estar regresando y su inconsciente lo obligaba a usar un tono despectivo cada vez que les dirigía la palabra.

Los tres caminaron en silencio por las habitaciones y, cuando estuvieron dentro de la sala, Draco usó su varita para encender las luces e invocar un set de té. Estaba terriblemente cansado, pero no se arriesgaría a irse a dormir teniendo a Granger en su casa. Ella quizá lo asesinaría mientras dormía para llevarse su dinero y su varita.

—Yo… necesito usar el baño. ¿Puedo pasar, señor Malfoy?

Esas fueron las primeras palabras de Enya desde que le había suplicado al señor Malfoy que las ayudara a huir de su padre.

—Supongo que se encontrará tras alguna de esas puertas.

Señaló el precario anfitrión, pues él tampoco conocía el lugar como para poder abrir el paso y enseñarles el lugar.

—Vamos, cariño.

Olvidándose por un instante de que estaba herida, Hermione tendió su mano a la niña y podría jurar que vio estrellas en cuanto su hija la tomó brevemente.

—¿Mami?

Hermione sintió cómo un frío inusitado subía por su espalda, a la vez que su piel se cubría de un sudor pegajoso e igualmente helado. Su estómago parecía haberse hundido en su sitio y comenzado a caer en alguna especie de agujero negro. Por un instante, pensó que se desmayaría en la sala, pero una rápida respiración profunda le devolvió el aliento lo suficiente como para responderle a su hija y comenzar a caminar junto a ella.

—Estoy bien, Enya, vamos.

Aunque Granger no había emitido ningún sonido, al igual que la niña, Draco pudo ver cómo su rostro se contorsionaba en un gesto de dolor tan profundo que por un instante se vio trasladado al pasado, a Malfoy Manor, y temió que su loca tía Bellatrix apareciera nuevamente para continuar la tortura que una vez supo darle a la mujer que ahora él ayudaba a huir.

Las náuseas, debidas al traumático recuerdo, demoraron un rato en marcharse. Draco jamás había superado por completo aquella noche en su hogar de la niñez. Los gritos de la sangresucia lo habían perseguido por muchos años en sus pesadillas y, ahora que vio el dolor en sus ojos, supo que él aún tenía una deuda con ella.

Mientras se perdía en los recuerdos de la guerra, Draco no oyó el ruido que llegó desde el baño. Él solo logró salir de sus ensoñaciones cuando la pequeña Enya sacudió su brazo y lo miró con los ojos llenos de terror.

—Señor Malfoy, mi mamá, ella se desmayó en el baño. ¡Ayuda!

La desesperación en los ojos de la niña tocó una fibra sensible en Malfoy y eso hizo que saltara del sofá como si alguien le hubiera lanzado un encantamiento depulso y corriera hacia el sitio que Enya le indicaba.

Al llegar al cuarto de baño, una imagen dantesca los recibió. Ella estaba caída en un charco de su propia sangre. Al caer, se había golpeado con el borde del lavabo y ahora no solo su mano se veía amoratada, sino que su cabeza tenía un corte bastante profundo que sangraba sin parar.

Draco pasaría el resto de la noche pensando en qué clase de arrebato de locura se había apoderado de él como para que tomara a la bruja en brazos y corriera con ella hacia la sala para poder dejarla en uno de los blancos sofás del departamento.

Una vez que ella estuvo en un lugar de mejor acceso, Draco pudo tomarse un instante para analizar la situación: Enya lloraba tratando de no emitir sonidos, pero era obvio para él que solo procuraba no hacer su angustia más evidente de lo que ya era. Granger sangraba sobre su sofá y su mano se veía roja y afiebrada, aunque sus dedos parecieran estar en su sitio, bajo toda esa hinchazón.

Él jamás había tenido interés por la medimagia, pero sí había pasado el tiempo suficiente en la sala de madame Pomfrey como para haber aprendido de ella uno que otro truco útil para esas ocasiones.

—Tergeo.

Su primer instinto fue limpiar la sangre que aún se derramaba sobre la blanca cobertura del sofá y lentamente se enredaba en el cabello alisado de Granger. Al ver que un simple hechizo de limpieza no hacía mucho, decidió que dejaría la mano de su paciente para después y que primero se concentraría en detener el profuso sangrado.

—Vulnera Sanentur…

Ante la atenta mirada de la niña, él usó artillería pesada. Dado que él mismo había recibido aquel hechizo varias veces durante su adolescencia, sabía que probablemente le dejaría una cicatriz en la frente, pero una herida como aquella probablemente no se curaría con un simple Episkey.

Enya observó embelesada cómo el hombre que las estaba ayudando parecía cantar mientras repetía dos palabras que se prometió nunca olvidar. Él era tan fuerte como su padre, pero su voz era suave y los hechizos que lo había visto lanzar eran elegantes y bellos. No como el horrible incarcerous que su papá lanzaba cada vez que su mamá le desobedecía.

—Ok, eso parece haber cerrado la herida. ¿Ahora por qué sigue dormida?

Draco se había concentrado en su trabajo al punto tal que había olvidado la presencia de la niña, por lo que casi dio un salto cuando ella comenzó a hablar en voz alta.

– ¿Mi mamá está muerta?

Recordando de repente la presencia de la pequeña hija de Krum, Draco se sobresaltó y dejó caer su varita a medio camino de comenzar un nuevo hechizo de curación.

– ¿Qué?

– Ella no despierta, está muerta, ¿verdad?

Las lágrimas de Enya cubrieron sus enormes ojos oscuros y algo se rompió en Draco. Algo cuyas filosas astillas comenzaron a realizar cortes en zonas que desconocía, vertiendo sobre él un río de cosas que aún no podía nombrar. Era irónico lo fácil que sería comparar aquel momento con el sectumsempra que Potter le había lanzado en los baños de Hogwarts.

– Solo está desmayada… ¡Enervate!

Como si fuera la princesa de uno de los cuentos que su madre solía leerle para dormir, Hermione despertó en el sofá. Si bien se veía más despeinada y sucia que una princesa, Enya pensó que su mamá era la mujer más bonita del mundo y ahogó un sollozo mientras se interponía entre ella y Malfoy para arrojarse a sus brazos.

– ¡Mami!

El abrazo entre madre e hija siguió haciendo estragos en el pecho de Draco. Sin embargo, se obligó a empujar todos aquellos angustiosos sentimientos sin nombre y se alejó para darles privacidad.

– ¿Qué sucedió? –preguntó Hermione, aún abrazando a su hija. Si bien ya no sangraba, el dolor en su frente seguía presente y el hecho de haber despertado en la sala solo la desorientaba aún más.

– No lo sé, tú dime. La niña vino a decirme que te habías caído en el baño.

En ese momento Enya se alejó de su madre y, limpiando las lágrimas de su rostro, explicó lo sucedido.

– Estábamos en el baño. Decidiste que ibas a limpiarte la cara con agua del lavabo, pero para eso tuviste que sacarte la venda de la mano. Luego de eso te pusiste pálida y te caíste. Cuando vi que sangrabas busqué al señor Draco y él te cantó para curarte.

Definitivamente le gustó el tono de orgullo que oyó de la niña. Incluso el haber dejado de ser el "señor Malfoy" para ser el "señor Draco" le pareció del todo correcto, pero guardó silencio.

– Gracias –dijo Hermione.

Poniéndose serio, Draco solo asintió y decidió quitarse la duda sobre la herida en la mano de Granger.

– En la cena no tenías eso…

Hermione vio su mano, inflamada y amoratada, e intentó esconderla de la vista de su hija, pero pronto se dio cuenta de que el dolor era insoportable y que de todas formas ella era lista y ya debía haberla visto.

– Un accidente… ¿podrías?

– No creo que un Episkey arregle eso.

– Inténtalo, por favor.

– Deberías ir a ver a un medimago.

– En cuanto llegue a Londres lo haré. Por favor…

Suplicó y él ya no pudo negarse. Definitivamente, socorrer a una Granger desmayada era mucho más sencillo que ayudar a una que estaba alerta y hablando.

– Episkey.

Hermione tragó grueso al sentir un movimiento en su mano y el cambio de temperatura que generaba el hechizo. Sin embargo, Draco había tenido razón. La inflamación aún estaba allí y el dolor parecía solo aumentar con los segundos.

– Férula…

El siguiente hechizo que lanzó no la curaría, pero mantendría sus huesos alineados y su mano protegida de cualquier otro golpe que agravara la situación.

– Gracias.

– No hay de qué… ¿Y tu varita?

La curiosidad había podido más que la discreción de Draco, así que la pregunta había salido de sus labios mucho antes de poder detenerla. Afortunadamente, Enya intervino cuando su madre bajó su cabeza y no encontró la manera de contestar con la verdad, ya que su hija estaba presente.

– Mi mamá es Squib, señor Malfoy… por eso mi papá hacía toda la magia por nosotras. Cuando yo vaya a Durmstrang, voy a conseguir una varita para ella y le enseñaré cómo lanzar hechizos, igual que usted.

Hermione abrazó a su hija y, aprovechando la distracción de ella, le lanzó a Draco un gesto que le indicó que lo mejor era no volver a mencionar el asunto de la magia delante de Enya.

Al parecer, el control que Krum ejercía sobre su esposa iba mucho más allá de hacerla alisar su cabello y esconder su verdadera identidad. De todas formas, debía admitir cuán astuto había sido al privar a Hermione de una varita. La leona de Gryffindor habría castrado dolorosamente al búlgaro troglodita, de haber tenido una varita a mano. Sacudiendo la cabeza, Draco alejó aquel pensamiento de su mente. Bajo ninguna circunstancia él debería tener algún tipo de reconocimiento hacia la sangresucia que ahora lo observaba con sus grandes ojos de color avellana.

Después de aquel momento extraño, Hermione le indicó a Enya que debía aprovechar las pocas horas que quedaban hasta el amanecer para conciliar el sueño. Ella realmente no sabía cuándo volvería a estar en un sitio igual de seguro que aquel.

Luego de darle un beso a su madre, la niña tomó su muñeca y se despidió del señor Draco, agradeciéndole nuevamente por haber ayudado a su madre después del incidente del baño.

Ellas habían visto dos habitaciones cuando buscaban dónde Enya podía hacer sus necesidades y finalmente Hermione le indicó que podía ir a la habitación pequeña, que rápidamente se uniría a ella para velar su sueño.

Una vez que estuvieron solos, un manto de incomodidad cubrió a los dos adultos. Hermione se había visto tentada a huir hacia la habitación con su hija, pero sabía muy bien que le debía a Malfoy una explicación de por qué lo había arrastrado a aquella desesperada huida.

– ¿Entonces? ¿Me dirás ya cómo es que no estás todo lo muerta que se supone que deberías estar?

Espetó Draco con impaciencia. Sabía que no debía hacer ciertas preguntas delante de la niña, pero ahora que estaban solos, necesitaba respuestas de manera urgente.

– Incluso para mí resulta confuso. Solo sé que en un momento estaba luchando por mi vida en el Gran Comedor, luego de abandonar la cámara de los secretos y que al siguiente estaba en una sala de partos, a punto de dar a luz…

Ella había escogido sus palabras de forma tal que fueran sencillas de comprender para Malfoy y no tan dolorosas como realmente eran para ella misma. Necesitaba decirle cómo eran las cosas en casa de Krum, pero no estaba realmente lista para contarle todo su calvario a su antiguo némesis escolar.

– ¿Amortentia?

– Adulterada, sí. Es mi teoría.

Draco era casi tan inteligente como Hermione y no necesitó gran cantidad de información para figurarse que Krum había hecho una mala jugada para poder llevarse a Granger.

– ¿Por qué no te fuiste luego de dar a luz? Enya era pequeña, pero hubiera sido más sencillo cargar con ella y huir.

Las lágrimas comenzaron a brotar de los ojos enrojecidos de la bruja y la oleada de tristeza fue tan brutal que Draco pensó que fácilmente hubiera caído de rodillas de no estar sentado en ese momento.

– No necesitas decirlo…

Ella estaba llorando de forma tan incontrolable que él solo atinó a abrazarla, como hacía con Astoria cuando aún estaban casados y ella no conseguía el atuendo adecuado en Madame Malkins.

– Lo… lo siento. No pude huir, no tienes idea de lo que sucedía allí adentro.

Dijo cuando ambos notaron lo impropio de aquella situación y decidieron volver a la saludable distancia que dos antiguos enemigos convertidos en aliados debían tener.

– Puedo ver tu ojo, ahora que se ha desvanecido el maquillaje. También vi tu mano. Conozco a los de su tipo, no necesito ser la bruja más inteligente desde Rowena Ravenclaw para saber que Krum no es un marido ejemplar.

Terminó, poniéndose de pie, buscando poner la mayor distancia posible entre ella y él.

– Son las cuatro de la mañana. Deberías dormir tú también.

– ¿Hay manera de que me permitas tomar una ducha? Tengo sangre en la ropa y necesitaré limpiarla antes de marcharnos.

Draco asintió.

– Sabes dónde está el baño. Procura no romper nuevamente tu cabeza…

– Malfoy… Gracias. Estaré en deuda contigo por el resto de nuestras vidas.

– Procura no volver a esconderte en mi coche y me consideraré pagado, Granger.

Luego de aquel extraño momento donde Draco le había dado un abrazo, Hermione necesitaba estar a solas y recuperar la estabilidad que sus preguntas le habían quitado. Además, seguir allí con él solo haría que Malfoy supiera más detalles de su vida, cosa que lo comprometería aún más si Viktor lograba dar con ellas. Así que simplemente se puso de pie y caminó por el pasillo rumbo al cuarto de baño.

– Granger… deja la ropa manchada en la puerta. Cuando esté lista, le lanzaré un fregotego por ti.

Ella simplemente asintió y se marchó. De alguna manera, el muchacho que había hecho de ella el blanco de las burlas más crueles, la estaba ayudando y en esta vida jamás tendría forma de retribuir el favor.

Unos minutos después, cuando Draco supuso que Granger ya estaba férreamente encerrada en el cuarto de baño, caminó hacia allí con la intención de cumplir su palabra de que limpiaría la ropa por ella.

Al llegar, lo primero que llamó su atención fue ver que la puerta del baño estaba entreabierta. Si hubiese sido cualquier otra mujer, Draco hubiera pensado que la puerta apenas entornada era una clara invitación a unirse a la ducha, pero teniendo en cuenta que la que estaba allí en ese momento era Granger, solo se atrevió a pensar que Krum tenía una prohibición acerca de las puertas cerradas en su propia casa.

Cuando dicen que la curiosidad mató al gato, no especifican que cualquiera con poco sentido común se convierte en gato cuando los misterios se acumulan a su alrededor. El llanto de Granger, su huida y las heridas que había notado en ella le habían dado una pista clara de cómo eran sus días con Krum, pero nada lo había preparado realmente para ver lo que observó al asomarse al baño e interrumpir sin querer la intimidad de Hermione.

Ella estaba completamente desnuda tras el cristal de la ducha, pero nada en ella lo sedujo. No es que no fuera una mujer bella, sino que estaba tan herida que no había forma de que su cuerpo resultara sensual dadas las circunstancias.

La espalda de la mujer tenía un extraño patrón de heridas superpuestas, como si algo la hubiera flagelado una y otra vez sin permitir realmente que las heridas viejas se curaran primero. Una enorme mancha morada cubría sus costillas, claramente visibles bajo una piel enfermizamente fina, haciendo juego con las marcas de manos en brazos y piernas que iban desde el amarillo al morado, pasando por el azul y el verde. Además, las marcas rojizas, de recientes mordidas en sus senos, le dieron un toque aún más perturbador al terrorífico cuadro completo que significaba ver a Granger llorando con los ojos cerrados mientras dejaba que el agua lavara su cuerpo roto.

Antes de que ella notara su presencia, Draco obligó a su cuerpo a marcharse de allí luego de lanzar un encantamiento no verbal que limpió la ropa manchada de sangre de Hermione.

Al curar su frente, Draco no tuvo tiempo de pensar en el hecho de que esa sangre era tan roja como la suya propia y que, a pesar de las obvias diferencias de estatus y crianza, ellos no eran realmente tan diferentes como pensaba cuando era un niño más idiota aún de lo que solía ser ahora que era un adulto.

Granger había sido la mayor promesa que Hogwarts había formado en muchos, muchos años y, por alguna razón, le molestaba que Krum hubiera truncado ese brillante futuro que todos habían augurado para la hija de muggles más inteligente desde la mismísima Rowena Ravenclaw.

Mientras caminaba por el pasillo rumbo al salón, sus pies estaban pesados y sus manos sudaban frío solo de pensar que existiera en el mundo gente capaz de hacerle a una mujer lo que Krum, evidentemente, le había hecho a Granger.

Pensaba en cuánto disfrutaría él cuando Potter supiera lo que el búlgaro le había hecho por tantos años a su mejor amiga, cuando algo prendido a su pierna emitió una vocecita aguda que lo sacó de su festival de regocijo y venganza mental.

Enya había despertado luego de un corto periodo de sueño y había corrido hacia la sala presa del miedo por una nueva pesadilla. Ella solía tener sueños feos, pero casi nunca los recordaba. Solo despertaba sabiendo que estaba asustada y necesitando un abrazo de su madre para consolarse.

Al no encontrar a su madre, decidió que el hombre que las había sacado de su casa sería tan bueno como cualquier otro para protegerla del monstruo de sus pesadillas.

– Ey, niña. ¿Qué haces?

Si bien desde la adolescencia había sido preparado para tener un heredero al casarse, nunca se había planteado la idea de ser un padre y mucho menos había convivido con suficientes niños como para saber cómo debería actuar frente a la situación que ahora vivía. ¿De qué manera debía desprenderse de la niñita sin herir sus sentimientos?

– Tuve un sueño feo.

Algo en su voz y sus enormes ojos llorosos causó una reacción en cadena que lo obligó a inclinarse para tomarla en brazos, como si fuera un Imperius. Él nunca había alzado a un niño y mucho menos lo había consolado, pero ahí estaba, sosteniendo a Enya como si la vida se le fuera en ello.

– No llores, no tengo idea de qué se debe hacer cuando una niña llora.

La desesperación en la voz del señor Draco la hizo reír. Parecía como si él también estuviera a punto de llorar y eso le causó gracia.

– ¿Tienes chocolate? Mi mami siempre me da chocolate cuando tengo un sueño feo. ¿Por cierto, dónde está mi mamá?

Draco miró en dirección al baño y se vio tentado a enviar a la niña con su madre, pero no lo hizo. Por lo que acababa de ver allí, Granger debía necesitar un momento a solas y estaba casi seguro de que no debía ser sano para la niña ver a su madre en ese estado tan calamitoso.

– Ella está tomando un baño. No sé si hay chocolate, pero si quieres podemos buscarlo en la cocina.

Hablar con ella era bastante sencillo, ahora que lo pensaba. La voz de Enya no era tan aguda ni tan molesta como creyó que debería ser la voz de una niña, y se descubrió pensando que incluso ella era agradable.

– Cuando desperté y no vi a mi mamá junto a mí, pensé que otra vez mi padre la había castigado en la habitación de las mamás malas…

Ambos estaban disfrutando de un chocolate caliente, cortesía de la magia y un excelente servicio contratado, cuando la niña rompió el agradable silencio entre ambos para lanzar una confesión que agrió la bebida de Draco.

– ¿Por qué la encierra?

– No lo sé, mamá dice que no debo hacer preguntas sobre eso y padre dice que mamá lo merece. Mi mamá es buena, ¿usted cree que ella hace cosas malas, señor Draco?

Antes de responder, el mago observó el reloj ubicado en la pared, sobre la cabeza de Enya, y se dio cuenta de que eran las cinco de la mañana, que apenas llevaba poco más de ocho horas con aquellas mujeres y que ese tiempo había sido suficiente para notar la horrible vida que ambas habían tenido hasta ese día.

– No lo creo…

Estaba a punto de dar su verdadera opinión acerca del padre de la niña cuando Hermione llegó a la sala y lo interrumpió. A pesar de que su cabello estaba mojado, ella volvía a tener los rizos rebeldes que alguna vez la caracterizaron en el colegio.

– ¿Por qué no estás en tu habitación, señorita?

El pavor que había sentido al no ver a Enya en la cama había mutado rápidamente a una gran sonrisa que contagió a su hija, iluminando la sala.

– Lo siento, mami. Tuve un sueño feo y el señor Draco me hizo un chocolate caliente. Dijo que estabas duchándote, que no debía molestarte y luego ya no regresé a la cama. Lo siento.

Un gran abrazo acompañado de un beso con ruido fue el gran castigo que Hermione tenía reservado para aquella niña rebelde que no había obedecido su orden de descansar para estar bien cuando amaneciera y tuvieran que marcharse de allí.

Ante la atenta mirada de Malfoy, Hermione "reprendió" a su hija y luego se unió a ella para terminar sus restos del chocolate caliente. El tibio brebaje le dio energía y calor a su cuerpo, pues no recordaba haber cenado gran cosa antes de huir. El ruido de su estómago alertó de esa realidad a Draco.

– En la cocina hay más chocolate, Granger. No debes quitarle todo a la niña. Además, hay pan y algo de jamón en ese aparato que enfría la comida.

– ¿Puedo?

Él solo asintió y Hermione tomó la iniciativa de prepararse un sándwich que saciaría su apetito y le brindaría las calorías que francamente iba a necesitar para poder llegar a salvo a Londres.

Su conciencia le recriminaba que aún no se le hubiera ocurrido ningún tipo de comentario mordaz que denostara a Granger y seguramente sus antepasados debían estar revolcándose en sus tumbas ahora que estaba cómodamente pasando el rato con una sangre sucia y una niña mestiza. Sin embargo, decidió ignorar todo aquello y concentrarse en su involuntario desayuno adelantado. Porque aunque extraña, la escena era pacífica y casi embriagadora.

Enya y Draco también recibieron sándwiches. Aunque Hermione tenía una mano casi inutilizada por las heridas y la férula, se las había apañado para armar una cantidad bastante decente de sándwiches de jamón, solo para descubrir que su estómago no podría aceptar más que un par de bocados.

Eran casi las cinco y media cuando la armonía del mago y las dos brujas se rompió. Los gritos fuera del departamento los alertaron de que no estaban tan a salvo como pensaban y que Krum, de alguna forma, había dado con ellos en su escondite.

– ¡MALFOY!

La voz profunda y afectada de Viktor retumbó en la sala del pequeño departamento alquilado.

– ¡DEVUÉLVEME A MI ESPOSA E HIJA! MALDITO INGLÉS… ELLAS ME PERTENECEN.

Draco no necesitaba ver de frente a su socio como para darse cuenta de dos cosas. En primer lugar, Krum estaba usando un sonorus, y en segundo lugar, él mismo estaba total y categóricamente jodido. Todo por haber accedido a ayudar a Granger.

Por reflejos o costumbre, Draco llevó inmediatamente su mano al bolsillo donde mantenía su varita siempre accesible. Sabía que podría apañárselas si tuviera que batirse a duelo uno contra uno, solo contra Krum, pero no valdría de mucho si él estaba acompañado y por experiencia, sabía que hombres como ese jamás se movían completamente solos.

Con el miedo atenazando sus viejas cicatrices y su corazón, Hermione corrió directamente hacia su hija y, olvidando sus heridas recientes, la tomó en brazos mientras analizaba a toda velocidad cuáles eran sus posibilidades de marcharse de allí.

Enya había comenzado a llorar en cuanto oyó la voz de su padre. Sabía que esta vez su padre metería a su mamá en la habitación de las malas mamás por mucho, mucho tiempo y que a ella le prohibiría verla o siquiera hablarle a través de la hendija de la puerta.

Con solo ver el pánico en los ojos de Hermione, Draco pudo figurarse cuáles serían las consecuencias de girar sobre sus pies y desaparecer de allí, dejando a madre e hija libradas a su suerte.

Mientras Krum seguía gritando afuera, unos hombres habían comenzado a lanzar hechizos hacia las protecciones del departamento. Al ser un sitio de alquiler, solo los inquilinos y sus invitados tenían el paso permitido, pero Malfoy sabía que tarde o temprano las protecciones caerían, pues no eran las más fuertes de todo el arsenal conocido.

Un hombre más valiente que él, o menos estúpido, habría desaparecido en cuanto oyó la voz del esposo de la mujer que escondía en su departamento alquilado. Sin embargo, él parecía estar atravesando alguna especie de locura transitoria o ataque maniático, pues no solo decidió que no se marcharía, sino que intentaría alejar a Granger de aquel troglodita búlgaro.

– Granger, ¿confías en mí?

Hermione demoró en salir de su trance para poder oírlo, y cuando lo hizo, se dio cuenta de que no había comprendido lo que dijo.

– ¿Qué?

– Dije: ¿Confías en mí? Tengo una idea.

Entre sus opciones estaba la de volver con su esposo o seguir a Malfoy en cualquier idea que se le ocurriera. Entre ambas, ella no tenía dudas de cuál elegiría.

– Dame a la niña y toma mi mano.

Ella vio la mano con la varita que Draco tendía hacia él y rápidamente comprendió sus intenciones. Así que le pasó a Enya sin dudarlo y se estiró hacia donde estaba el pequeño bolso que había traído desde la mansión de Viktor.

– Tengo miedo, señor Draco.

– Tranquila pequeña, prometo que saldremos de aquí, él no se las llevará si ustedes no quieren ir. Solo agárrate fuerte de mí y no te resistas, desea ir a donde yo vaya.

Dijo Malfoy suavemente mientras sostenía a la pequeña en brazos y la miraba a los ojos para asegurarle que no mentía.

– ¡MALFOY, DEVUÉLVEME A HERMIONE, O TE MATARÉ!

La voz magnificada de Viktor volvió a sonar en la sala y el ruido de los hechizos se hacía cada vez más fuerte, indicando que pronto las defensas del departamento caerían.

– ¿Listas?

– Hace años que no hago esto, Malfoy.

– Es como andar en escoba, Granger, nunca se olvida.

Hermione no tuvo tiempo de decirle que ella jamás había sido buena volando en escoba porque en ese instante las defensas del departamento finalmente cayeron y un bombarda tiró la puerta.

Como si ellos hubieran hecho desaparición conjunta un millón de veces antes, Draco, Hermione y Enya se acoplaron en un ajustado montón que giró sobre sí mismo y desapareció justo frente a los ojos de Viktor Krum, que entraba a la casa como si un fuego maldito le siguiera los pasos.

-o-

N.a: Hola, fin del segundo capítulo, espero que les haya gustado tanto como a mí escribirlo.

La verdad es que no puedo creer el recibimiento que le dieron a esta historia y no tienen idea de lo feliz que me hace leer cada comentario que dejan o cada notificación de que a alguien más le gustó mi trabajo.

Sobre las preguntas de cuánto demoraré en subir el siguiente capítulo, debo admitir que es difícil predecirlo. Trabajo casi diez horas diarias y hay días en los que

solo avanzo un par de párrafos y borro seis. Mi plan es escribir un capítulo por semana e ir revisando y publicando lo más rápido posible.

Sin más para decir, me despido, ¡hasta la próxima!