Disclaimer:Esta historia está inspirada, en parte, en el universo de Harry Potter de J.K. Rowling. Salvo algún que otro personaje de mi invención, todos los ambientes, personajes, argumentos, hechizos y todo lo reconocible pertenece a la autora. Yo solo los tomo, los mezclo y agrego cosas.

Aclaración: La siguiente es una historia que habla de sufrimiento y violencia de todo tipo hacia la mujer. Sugiero discreción. Aunque este fanfic está basado en el argumento de una novela turca, el siguiente Dramione tomará su propio rumbo dentro del universo de Harry Potter.

Dato: no me gusta deformar las palabras para mostrar que una persona tiene algún acento en particular, así que no lo haré. Sin embargo, siéntete libre de leer algunos diálogos con marcado acento búlgaro.

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Capítulo 8: Agridulce

Durante los siguientes tres días, Hermione permaneció en una especie de duermevela, combatiendo la fiebre alta, delirando a ratos y sufriendo el dolor de las pociones crecehuesos, lo que se sumaba a los malos recuerdos que la acosaban en cuanto su cuerpo se relajaba lo suficiente como para intentar dormir.

En esos tres días, Draco no se atrevió a regresar a su habitación. Un profundo miedo lo invadía cada vez que intentaba dirigirse hacia donde estaba Granger, pues temía encontrarla muerta. Sabía, por su madre y por el medimago, que ella mejoraba, pero no podía vencer el temor de que ellos pudieran estar equivocados. Así que simplemente se dedicó a Enya, procurando que esos días fueran lo menos traumáticos posibles para su ahijada, quien aún no había podido ver a su madre.

A pesar de que había soportado estoicamente la separación, incluso alguien con tan poca experiencia como él, sabía que el no estar junto a Hermione le dolía. La niña que había conocido en Bulgaria, en condiciones peores que las actuales, era mucho más alegre y conversadora que esta nueva versión, más madura e introspectiva de Enya. Si bien ahora comía y permitía que Narcissa le peinara el cabello, no era raro verla sentada en el jardín, mirando con anhelo la ventana donde se suponía que su madre luchaba por recuperarse.

Al cuarto día, la fiebre de Hermione remitió por completo y todos sus huesos fueron declarados sanos por el medimago familiar. Solo algunos hematomas rebeldes se veían en tonos amarillentos aquí y allá, pero por lo demás, la bruja parecía casi recuperada. Narcissa propuso entonces abrir las ventanas de la habitación para que la luz solar y la brisa de Wiltshire la ayudaran a mejorar, mientras la gran bañera de latón era llenada con sales aromáticas y agua tibia para que Hermione pudiera limpiar cualquier rastro residual del ataque al que había sobrevivido.

Luego de aquel baño, Hermione por fin se sintió lo suficientemente fuerte como para caminar por sí misma hasta el balcón y tomar asiento en el gran sillón que las elfinas habían colocado para que disfrutara del sol de la primera hora de la mañana. El desayuno, su primera comida sustanciosa en semanas, fue más ligero de lo que hubiera preferido, pero las órdenes del medimago eran estrictas y no se atrevería a desobedecerlo, ni aunque tuviera el poder para hacerlo

Picoteaba un poco de fruta con bastante ánimo, mientras oía las canciones de las elfinas que limpiaban la habitación, cuando sintió un ligero cambio en la atmósfera del balcón. Una presencia muy conocida le quitó de inmediato cualquier interés por la fruta que tenía frente a ella. Momentos antes había sentido que podría comer el equivalente a un erumpent, pero ahora su estómago se había cerrado, volviéndose diminuto y lleno de una sensación parecida a hormigas hostiles.

Casi como si tuviera un resorte en su asiento, y como si no hubiera estado convaleciente los últimos días, se levantó y corrió hacia él, solo para tropezar en el último instante y prácticamente arrojarse a sus brazos. Afortunadamente, él reaccionó a tiempo para sostenerla y evitar que ambos cayeran al suelo, debido al ímpetu con el que ella lo había buscado.

A la impresión de volver a verla, ya sin heridas, se sumó el gran arrebato de euforia que ella mostró al verlo. Era la primera vez que una mujer, que no fuera su madre, se alegraba de esa forma por verlo nuevamente, y tenía que admitir que podría acostumbrarse a rodear a Granger con sus brazos, levantarla del suelo y girar con ella para evitar que ambos cayeran por la inercia de sus movimientos.

—Yo… lo siento.

Una vez que el exabrupto pasó, Hermione sintió cómo Draco la dejaba nuevamente en el suelo y, sonrojándose violentamente, se alejó de él un paso o dos. En el pasado, cuando apenas era una cría, había corrido cientos de veces a los brazos de Harry o de Ron, y siempre le había parecido un gesto maravillosamente fraternal, pero ahora, al hacerlo con Draco, le resultaba mucho más cargado de significados que no estaba lista para interpretar.

—No te preocupes… también me alegra verte.

Ambos estaban ahora incómodos, y él luchaba con todas sus fuerzas para no atacarla verbalmente como mecanismo de autoprotección. Draco sabía que Hermione no representaba ningún tipo de peligro para su bienestar, pero su instinto de preservación era casi más fuerte que su voluntad. Todas aquellas situaciones que resultaban distintas o nuevas eran motivo suficiente para defenderse, según él, y claramente todo lo que hacía o decía aquella bruja era diferente y desconocido, según sus estándares.

—Eh, sí. Lo siento. Gracias por lo que hiciste por mí. Gracias por todo, Malfoy.

Dijo, usando su apellido, intentando poner, además de la distancia física, un poco de distancia emocional entre ambos.

—No me lo agradezcas, Granger. Ya sabes, no vuelvas a meterte en este tipo de lío y estaremos a mano.

Tal vez demasiado consciente del fino pijama de Narcissa que estaba usando, Hermione se ajustó la bata de seda sobre el pecho y se alejó otro paso de él, incómoda. Necesitaba agradecerle el gran acto de heroísmo que Draco había realizado por ella y explicarle lo que significó su aparición justo en el instante en que comenzaba a rogar que la vida finalmente la abandonara. Sin embargo, no sabía cómo decirlo. De repente, se sentía tímida frente a él.

—Yo… ¿has desayunado? Puedo invitarte, si lo deseas.

Sin saber cómo moverse alrededor de ella, pero tampoco queriendo marcharse, Draco decidió que bien podría desayunar una segunda vez. Ya se había atiborrado de pasteles y huevos revueltos más temprano, con Enya, pero una indigestión bien valía la pena si podía pasar más tiempo con su madre. Aunque todavía no se lo hubiera dicho en voz alta, se sentía culpable por haberse demorado en rescatarla, y necesitaba buscar la forma de disculparse por aquello sin obligarla a revivir los horribles recuerdos que seguramente había formado por su desidia.

—Creo que podría tomar un té.

Después de todo, él no renegaba del hecho de ser un cliché inglés en movimiento.

—Lo siento, el medimago no me ha permitido acercarme al té o al café, pero tengo leche tibia con miel.

La pequeña sonrisa en el rostro de Hermione hizo que algo vibrante, pero agradable, se extendiera reptando desde el centro del pecho de Draco, así que, sin pensarlo, aceptó el brebaje que ella le ofrecía, aun cuando nunca había sido especialmente fanático del mismo.

—¿Cómo te sientes hoy?

Por toda respuesta, Hermione lo miró en silencio, como buscando una forma cortés de responder a una pregunta cuya única respuesta era mucho más que obvia.

—Lo siento...

Quería abofetearse a sí mismo por haber iniciado aquella conversación de manera tan estúpida, pero probablemente hacerlo lo haría verse aún más idiota de lo que ya se sentía.

—Está bien. ¿Enya?

Durante los periodos de conciencia, cuando la fiebre remitía, Hermione se convencía a sí misma de que lo mejor era esperar para ver a su hija. Pero ahora que estaba parcialmente recuperada, no podía esperar más.

—Está bien. Ha hecho de la biblioteca su nuevo lugar favorito y ha secuestrado a mi padre para que le lea.

En el momento en que pronunció la palabra "secuestro", Draco se arrepintió y quiso patearse a sí mismo nuevamente, pero pronto descubrió que, de toda aquella frase infortunada, fue la mención de su padre lo que alertó a Hermione. Lucius Malfoy podría ser un anciano sin magia, pero aún seguía siendo parte de las pesadillas de más magos y brujas de los que podría contar.

—No te alarmes. Te estarás preguntando por qué permito que Lucius esté con ella. La respuesta es sencilla, Hermione. Después de la guerra, suprimieron su habilidad de realizar magia, así que no representa ningún tipo de peligro para Enya. Sobre todo porque tu hija es quien maneja los hilos del viejo en este instante...

—¿Es eso posible?

Hermione aún tenía en su mente el tipo de monstruo que alguna vez fue el patriarca de los Malfoy, y le costaba pensar que estuviera lo suficientemente neutralizado como para no dañar a su hija.

—No puedo explicarlo, todos caen a los pies de la niña, incluso Potter...

—¿Harry? Él...

Celoso por la reacción extremadamente dichosa de Hermione, Draco estuvo a punto de dar rienda suelta a su lengua, pero, afortunadamente, se detuvo a tiempo para evitar lo que podría haber sido algo realmente catastrófico para ambos. Ella había abandonado de repente su interés por la niña y se mostraba expectante en cuanto a lo que se refería a "Cara Rajada". Él quiso justificarse pensando en que, como madre, debería estar mucho más ansiosa por ver a Enya que a ese remedo de héroe, pero no servía de nada, pues incluso para él era obvio lo celoso que estaba.

—Él sabe que estás aquí, de hecho, participó en el rescate. En cuanto supo la verdad y conoció a Enya, quiso correr hacia donde estabas.

Hermione no recordaba haberlo visto ni haber oído su voz, pero no tenía motivos para no creerle a Draco. Sobre todo porque podía notar en su tono que no estaba realmente feliz de admitir que Harry había sido una parte importante de su rescate.

—Hay tantas cosas que quisiera decir ahora… Jamás podré pagarte esto, jamás saldaré esta deuda que tengo contigo, con tu familia, incluso con Harry.

Esta vez, Hermione comenzó a llorar, y Draco no pudo contenerse, por lo que su lengua fue más rápida que su mente.

—Deja de decir esas cosas, Granger. No hice esto por un pago, ni siquiera considero que fuera un negocio o un favor que debas retribuir. ¡Puedo hacer cosas desinteresadamente! ¿Puedes creerlo? Soy perfectamente capaz de ser altruista, incluso mi familia también lo es…

Al ponerse de pie, la pequeña mesa de centro se tambaleó, haciendo que lo que quedaba del desayuno de Hermione se derramara, sobresaltándola.

—¡Draco! Lo siento. ¡Espera!

A pesar de su debilidad, ella lo siguió hasta el interior de la habitación, y en cuanto lo alcanzó, tomó su brazo para que se detuviera. No sabía si sus piernas serían capaces de ir más lejos si él se alejaba aún más. Así que decidió aferrarse a él para evitar que se marchara.

Preso de todas las emociones que cruzaban en torbellino por su mente, él se giró y la apresó entre sus brazos, casi con demasiada fuerza. Pronto, ambos comenzaron a llorar en silencio. Draco no estaba acostumbrado a experimentar tantos sentimientos juntos y, a pesar de todas sus vivencias, aún no sabía cómo regular correctamente todos esos impulsos desconocidos que lo gobernaban.

Un mago de alta cuna jamás se permitía explotar de aquella forma. Él usualmente escogía una sola de todas las emociones que sentía y la gestionaba mientras las otras eran suprimidas y encerradas en su mente, bajo un grueso velo. Pero alrededor de Granger, eso era imposible. Draco sabía cómo lidiar con la ira y el miedo, pero la alegría, la angustia y la ansiedad que le generaba aquella bruja eran emociones que se negaban a ser contenidas, haciéndolo fallar miserablemente a la hora de mostrarse sereno.

—Pensé que te había perdido, que no podría recuperarte jamás. Sentí terror, Granger. No sé criar a una niña, aún no puedo con mi propia vida. No sabría qué hacer con la de Enya. Malinterpreté el juramento, creí que moriría de vergüenza al comprender que estabas allí por mi inoperancia. No debes darme las gracias; soy yo quien debe pedir perdón. Perdón por haberte dejado en sus manos, perdón por no haberte sacado de allí a tiempo, perdón por haber dejado que ese monstruo viviera para hacerte lo que te hizo, perdón por haber deseado alguna vez que murieras, perdón por haber sido un idiota contigo desde que te conocí.

Ella había escondido su rostro en su camisa, empapándola de lágrimas, aunque las suyas eran de alivio, no como las de él, que se debían más al dolor físico que le causaba sentirse impotente e incapaz de dejar salir sus miedos de una manera menos brusca.

—Me salvaste… Cuidaste de Enya. Es más de lo que cualquiera hubiera hecho por mí.

Fue lo único que Hermione pudo decirle, que logró colarse a través de su autodesprecio, como para calmarlo y permitirle pensar más claramente. A pesar de que supuestamente habían dejado zanjado el tema de Hogwarts, Draco seguía albergando un profundo miedo a que ella le reprochara su comportamiento escolar, y que con eso decidiera que él no valía la pena. Además, ahora estaba todo el sufrimiento que Krum había agregado a la ecuación, haciéndolo sentir aún más lejos de una total redención frente a ella.

—¿No me odias por haber demorado tanto?

Por mucho que su madre le dijera que no había sido su culpa, Draco no podía perdonarse a sí mismo por no haber sido lo suficientemente astuto como para comprender aquel pequeño hueco que Granger le había dado para salvarla. Incluso su padre, que no sentía la menor responsabilidad por la mujer y la niña, había comprendido el juramento a la perfección en cuanto lo oyó, pero él no lo hizo, dejando que Hermione sufriera una tortura atroz.

—Ni siquiera un poco. Viniste, es todo lo que me importa.

Como aceptación parcial, él besó su frente y luego se alejó un poco de ella. Al igual que su hija, Hermione había descubierto cuáles eran los botones que debía tocar en él para neutralizarlo, y así lo había hecho. De golpe, se sentía agotado y casi vacío de todo aquel odio y autodesprecio que había acumulado en su ausencia. No fue hasta que vio la palidez de su piel y cómo las pequeñas gotas de sudor frío comenzaban a formarse en su frente que se dio cuenta de que algo no estaba bien con ella.

—¿Qué sucede, Hermione? Llamaré al medimago.

Hermione estiró su mano, buscando apoyo en él, y negó con la cabeza. La habitación había comenzado a dar vueltas mientras la oscuridad se extendía desde los bordes de su campo visual. Conocía bien esa sensación; muy pronto sentiría como si el suelo se alejara de sus pies, y si no se recostaba, podría golpearse la cabeza, como ya le había pasado en más de una ocasión.

—Solo estoy mareada. ¿Podrías ayudarme? Necesito recostarme.

Ella se refería a que la ayudara a llegar a la cama para acostarse y esperar que el mareo desapareciera, pero Draco lo interpretó mal. Lo siguiente que supo fue que él la elevaba del suelo, entre sus brazos, y la llevaba despacio hacia la cama.

—¡MALFOY! —dijo, asustada por el vértigo de ser sostenida en el aire—. No es necesario...

Fue lo único que alcanzó a decir, pero él simplemente la ignoró durante los pocos pasos que lo separaban del lecho. A pesar de que Hermione era una mujer adulta y no mucho más baja que él, no representaba un esfuerzo significativo mantenerla en el aire, pues su peso era tan bajo que incluso un mago bastante sedentario, que ya no practicaba mucho ejercicio, podía sostenerla sin dificultad. Ella ya estaba extremadamente delgada antes de que la dejara en la cabaña, pero ahora apenas pesaba un poco más que su hija de siete años. El secuestro prácticamente la había consumido.

—Llamaré al medimago. Dime, ¿cómo te sientes? —dijo, en cuanto la depositó con la mayor suavidad posible sobre las mantas. Parecía estar recobrando el color, aunque aún no había abierto los ojos y su frente seguía perlada de sudor, aunque su piel se sentía fría a través de la fina bata de Narcissa.

—No, por favor, fue solo un mareo. Solo voy a dormir. Creo que aún no estoy lista para salir.

—Está bien…

No estaba muy seguro de que fuera buena idea dejarla dormir sin que un medimago la revisara, pero ya había provocado su malestar, así que no tenía idea de qué hacer a continuación. Ella estaba tumbada boca arriba, con los ojos cerrados, pero aun así parecía estar más atenta que lo que él podría haber estado alguna vez. Sin molestarse en buscarlo con la mirada, estiró su mano y lo detuvo cuando él daba un paso para alejarse de la cama.

—¿Podrías quedarte? Solo hasta que me duerma. No he podido conciliar bien el sueño desde... desde... desde el refugio.

No sabía por qué estaba suplicando aquello. En aquel distante pasado en el que ambos habían sido enemigos, jamás habría deseado que las próximas palabras que salieran de su boca fueran las que le confirmaran que él se quedaría con ella el tiempo que fuera necesario. No entendía por qué se sentía segura junto a Malfoy ni por qué le dolía pensar que algún día tendría que forjar una vida junto a Enya, muy lejos de él.

—Sí, solo deja que llame a un elfo para que le diga a Enya que la verás más tarde. Prometí que la buscaría si estabas lo suficientemente bien como para verla.

¿Cómo negarse? A duras penas podía ser firme ante la niña; negarle algo a la madre era casi imposible. Sentirse útil para ellas era uno de los pocos placeres que realmente disfrutaba desde que se topó con ellas. Que lo necesitaran era casi una droga.

Y así hizo. Una de las elfinas de la casa apareció de inmediato, sin hacer preguntas ni mirar a otro sitio que no fuera su amo, y recibió la orden de Draco. Luego de eso, él se quitó los zapatos y se sentó en el otro extremo de la gran cama que su madre había preparado, bajo sus órdenes, para cuando finalmente trajeron a Hermione.

—No estés preocupado. Simplemente sigo débil y me he esforzado demasiado, muy pronto.

Draco decidió dejar de mirar el punto fijo en el que se había concentrado durante la última media hora, para evitar mirar el rostro tranquilo de la bruja, que al parecer había estado fingiendo dormir todo ese tiempo.

—¿Ahora lees la mente?

—No. Pero siento tu respiración, y por eso puedo adivinar que estás debatiendo si debes o no llamar a ese medimago.

Aunque se había recostado en la cama, paralelo a ella, él no se había movido, esperando a que ella se durmiera o que algo cambiara en su estado y tuviera que buscar ayuda médica de urgencia.

—Has acertado. Cinco puntos para Gryffindor…

Dijo, intentando bromear para aliviar un poco el nerviosismo. Y ella, sin abrir los ojos, soltó una risa corta pero sincera. Él podía contar con una sola mano las veces que la había oído reír desde que la conocía, y no supo por qué, pero decidió que le gustaba ese sonido y haría lo posible para oírlo más a menudo.

—Creo que ha pasado suficiente tiempo como para que las casas de Hogwarts dejen de tener un significado tan grande para nosotros.

—Era una broma...

Debía admitir que se sentía un poco ofendido, pero no agregó nada más. Simplemente se quedó junto a ella, en silencio, meditando sus palabras hasta que no pudo soportar la intriga.

—¿A qué te refieres con que las casas dejen de tener significado?

Sabiendo que Draco se había tumbado cerca de ella, sentado en la cama, lo suficientemente cerca como para que lo sintiera pero a una distancia cómoda y, sobre todo, respetuosa para ella, Hermione se movió, buscando con su mano la de él y la tomó sin pedirle permiso. Esto fue un tanto sorprendente, pero él no hizo nada para evitar que ella entrelazara sus dedos. Aquel único punto de contacto era reconfortante.

—¿Acaso tú te sientes un Slytherin puro aún, como cuando tenías once años? ¿Solo la ambición, la astucia y la determinación te caracterizan? ¿Todavía sigues creyendo que las personas son solo Slytherins, Gryffindors, Ravenclaws o Hufflepuff? ¿Que ninguna de las características de las otras casas te define? ¿Que una persona inteligente no puede ser astuta, valiente, trabajadora y leal, todo a la vez?

Por un momento, Draco quiso llorar. Él aún estaba procesando el hecho de que ella hubiera tomado su mano sin ningún tipo de vergüenza y ahora, sin abrir los ojos o moverse, le había lanzado un tropel de preguntas casi filosóficas para las que no tenía respuesta. Nunca se había detenido a pensar en ello.

—No lo sé. ¿Tú qué piensas?

Como si aún fuera un jugador de Quidditch, usó su respuesta a modo de bate y envió la Quaffle de preguntas lejos de él. Nunca había sido realmente fanático de ahondar en pensamientos tan complejos como aquellos, pues usualmente terminaba hundido hasta el cuello en más problemas de los que deseaba.

—Pienso que, en principio, dividirnos por características es una idea pragmática que sirve para la organización escolar, pero no deberíamos tomarlo al pie de la letra y como un mandato. Nada es solo blanco o negro, realmente. Creo que incluso tú, el príncipe de Slytherin, eres más que astuto, ambicioso y orgulloso. También eres valiente y osado, pues arriesgaste todo por nosotras. Tus amigos, Nott y Zabini, fueron leales y seguramente rompieron muchas reglas para sacarte de allí, lo que los haría bastante Gryffindors, si me lo preguntas.

—¿Piensas que soy un príncipe, Granger?

En el más agridulce de los momentos, ambos comenzaron a reír. Hermione aún no se sentía bien y él seguía sintiéndose culpable por eso, pero ambos estaban felices de que ahora pudieran estar juntos y a salvo. En un sitio donde nadie les haría daño, donde había un techo sobre sus cabezas y donde sabían que Enya tendría sus comidas aseguradas, siempre que lograran convencerla de comer, aunque no estuvieran junto a ella para hacerlo.

—Por todos los magos, Malfoy. ¿Solo escuchaste eso?

—Has dicho que soy un príncipe, ¿qué me importa lo demás?

Luego de otra ronda de risas, aún tomados de la mano, ambos se quedaron en silencio hasta que finalmente terminaron quedándose dormidos. Hermione se sentía segura junto a Draco, y él podía respirar tranquilo ahora que ella estaba allí con él, sosteniéndolo como si fuera realmente alguien preciado.

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Sofía - Bulgaria

Una esfera mágica de trémula luz azul flotaba en torno al imponente cuerpo, dormido bajo el efecto de pociones anestésicas y restauradoras. Los medimagos, forzados a acudir a la mansión, solo podían aguardar a que las curaciones de estilo muggle y las improvisadas pociones surtieran algún efecto para salvar la despreciable vida de ese mago. Por ahora, su estado era estable, según lo indicaba la tonalidad del hechizo de diagnóstico.

La noche en que Hermione fue rescatada de la mansión, Viktor Krum había recibido el impacto de un hechizo desconocido para él y sus hombres. Cientos de cortes habían hecho girones su ropa y lo habían dejado al borde de la muerte, dado que las múltiples y profundas hemorragias surgidas de las heridas no podían ser detenidas con los contrahechizos más comunes. Incluso los más leales hombres del antiguo jugador de Quidditch habían esperado lo peor para él en ese instante, pero, para su desgracia, el mago se había negado a morir rápidamente, y aún seguía luchando.

Incluso después de tres días de haber sido atacado, las heridas de su cuerpo seguían sin cerrarse por completo, y al menos una vez al día volvían a abrirse, solo para expulsar toda aquella sangre que las pociones de los medimagos le proporcionaban para restaurar la pérdida anterior. Solo las heridas más pequeñas, en el rostro y las manos, habían logrado cerrarse, luego de que los medimagos las cosieran como si la piel de Viktor fuera un lienzo desgarrado por algún tipo de animal sediento de sangre, cuyas garras eran más afiladas que cualquier espada.

—¿Y bien? —preguntó Alexander Petrov.

—Sigue vivo. Su maldito corazón aún late. El bastardo simplemente se resiste a morir —respondió su interlocutor sin molestarse en bajar un poco su voz para que nadie mas que él lo oyera.

La verdad sea dicha, ninguno de los dos hacía un esfuerzo real por bajar el volumen ni por hablar del paciente en un tono acorde a la situación. Ninguno de ellos estaba allí por cariño al hombre convaleciente.

—Los muchachos piensan que podríamos ayudarlo... Ya sabes, un empujoncito hacia el más allá.

—No funcionaría, Alex. Si lo matamos, él mismo nos arrastrará junto a él hacia el infierno. Los juramentos de lealtad implican que no podemos dañarlo ni dejarlo morir sin intentar salvarlo.

Alexander Petrov se rascó la frente mientras intentaba encontrar una solución al problema en el que todos estaban metidos.

—¿Aún no han dado con el contrahechizo?

—Nadie parece conocerlo y, sinceramente, me agrada más verlo inconsciente que dando órdenes. Yo mismo he mandado a que traigan rompemaldiciones para que lo examinen. Si esa cosa que tiene se resuelve por sí sola, no quiero ser yo quien le diga que no hicimos nada para curarlo.

—¿Sabes quién lanzó la maldición?

—No. Eran tres, y nosotros éramos diez, pero ellos simplemente nos superaron. Potter y los dos que lo acompañaban tenían más maldiciones bajo la manga de las que podrías esperar.

—¿Por qué no lo mataron simplemente?

—Es Harry Potter. Has oído sus historias, Alex. El niño que vivió no es un asesino.

—En realidad, no necesitas matar para ser un sádico. Nuestro jefe es prueba de eso.

—Cierra la boca. Me voy a casa a ver a Vanya. Procura que ninguno de estos idiotas intente poner una almohada sobre el rostro de Krum. Quiero pasar un rato con mi mujer sin pensar en que caeré muerto mientras duermo con ella...

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Luego de meditar mucho sobre la forma en la que debía hacerlo, Harry decidió que realmente no había una manera correcta de contar la historia, y no era justo para Ginny seguir guardando aquel secreto de sus hermanos y sus padres.

La situación era delicada, y no quería generar más revuelo del necesario, así que iría al grano y le contaría todo a Ron en cuanto estuvieran solos. Luego de casi veinte años de amistad, y tras haberse casado con su hermana, Harry sentía que le debía demasiado como para ocultarle ese secreto acerca de Hermione.

Aprovechando que ese día su amigo cerraba solo la sucursal de Sortilegios Weasley, se acercó hasta la puerta de la trastienda y esperó tranquilamente hasta oír la campanilla que anunciaba que finalmente el último cliente de la tienda se había marchado. Ginny estaba al tanto de lo que pretendía hacer, así que no se alarmaría por su demora.

Solo cuando oyó el tranquilo silbido de Ron, mientras hacía las cuentas del cierre de caja, decidió entrar al salón y anunciarse finalmente. Harry no entendía muy bien por qué se estaba tomando tantas molestias para hablar con su amigo, pero creía que una noticia tan grave como aquella lo ameritaba.

Luego de que su amigo se repuso del susto inicial, Harry buscó dos cervezas de mantequilla en el depósito de la trastienda y se dispuso a contarle todo lo que sabía de Hermione y sus últimos diez años como cautiva de Viktor Krum.

Al principio, Ron no daba crédito a lo que oía, pues él fue uno de los primeros en bajar los brazos luego de que la búsqueda del cuerpo de Hermione no rindiera frutos lo suficientemente pronto. Después de perder a Fred durante la última batalla, y tras haber visto cómo el cuerpo de Sirius Black desapareció para siempre detrás del velo, él fue el primero en asumir que Hermione jamás volvería.

—¿Estás seguro de que esto no es una trampa de Malfoy?

—Por enésima vez, Ron, no es una trampa. Hermione está viva, o al menos lo estaba la última vez que la vi. Luego, los medimagos familiares de los Malfoy nos echaron de allí para poder trabajar tranquilos.

—¿Estás loco? ¿Cómo pudiste dejarla con él, en esa monstruosa casa?

Harry sintió cómo su migraña se intensificaba. Su amigo jamás había sido el cuchillo más afilado del cajón, pero ahora parecía estar esforzándose para darle una embolia mientras él intentaba hacerle entender la situación.

—Ron —dijo, masajeándose la sien—. Fue Malfoy quien la rescató de la casa de Krum en primera instancia. Es el padrino de la niña y fue él quien me pidió que lo acompañara a buscarla después de que ella se sacrificara para poner a salvo a su hija. Dudo que haya alguien más comprometido en su seguridad que Malfoy.

—¿Qué te garantiza que no está conspirando con Krum para hacerle creer que está a salvo? Deberíamos buscarla y llevarla a la Madriguera. Mi madre podrá ayudar a Hermione.

—¡Por Merlín, Ronald, hablo en serio! ¿Podrías dejar de crear teorías conspirativas por un instante? Estoy seguro de que Hermione estará bien en Malfoy Manor, igual que Enya.

Ron optó por no seguir contrariando a Harry. Con los años, él se había vuelto más serio y cascarrabias, sobre todo después de convertirse en jefe del Departamento de Aurores, y sospechaba que aún no le había perdonado completamente el no haber seguido con él la carrera de auror. Aun seguían siendo mejores amigos, pero ya no tenían tanto en común como antes.

Por un momento, ambos guardaron silencio y se sumieron en sus pensamientos, silencio que solo fue quebrado por Ron al plantear en voz alta una duda que acababa de asaltarlo.

—Por Merlín, ¿qué le diré? No estoy listo para ser padre.

—¿De qué carajos hablas?

El tono y la urgencia de Ronald lo sacaron bruscamente de sus cavilaciones, haciendo que su humor fuese mucho más huraño que al principio.

—De Hermione. Ahora que ha vuelto... La última vez que la vi, le pedí que fuera mi novia y ella aceptó.

—¿Acaso tu cerveza de mantequilla estaba adulterada? Ron, llevas cinco años casado con Romilda. Solo fuiste novio de Hermione durante escasos diez minutos; luego la batalla recrudeció y ella terminó desapareciendo. No hay nada que debas decirle o hacer. Eso es pasado, ya madura, Ronald.

Eso había dolido. Harry sabía bien que Ron solo se había comprometido y casado con Romilda Vane para complacer a su familia, y que llevaba diez años intentando olvidar a la única mujer que alguna vez quiso. Y si era cierto que Hermione estaba de vuelta, él lucharía por tenerla, pues claramente ambos eran el uno para el otro. Sin embargo, parecía que su amigo estaba más dispuesto a dejarla en los brazos de Malfoy que a ayudarlo a recuperarla.

—Ahora eres amigo de esa serpiente, ¿no? No deberías confiar tanto en él, ¡es un Slytherin!

—Oh, no. No voy a entrar en esta discusión contigo, Ron. He cumplido con Ginny al ponerte al tanto de las noticias. Aún no sabemos si Krum volverá a intentar llevarse a Hermione, así que te agradecería que fueras discreto sobre el asunto.

Sin decir mucho más, ni esperar a que Ron le respondiera, se levantó del asiento en el que estaba y se dirigió a la trastienda para salir por donde había ingresado y marcharse a casa.

—¡Bien! Pero si resulta que Malfoy sigue siendo un traidor, te diré que yo te lo avisé antes...

La voz del pelirrojo llegó a sus oídos un poco ahogada, debido a que él ya estaba fuera de la tienda cuando finalmente le respondió. Sin embargo, lo comprendió perfectamente y no sintió la necesidad de volverse para pedirle que repitiera aquella tontería que acababa de decir.

Ronald había sido su primer amigo real, y juntos habían vivido incontables aventuras, pero a medida que los años pasaban, una inmensa barrera comenzaba a construirse entre ellos. Su amigo, por alguna razón, se negaba a avanzar y dejar atrás los años de colegio. Aún se jactaba de haber sido guardián del equipo de Quidditch y, salvo por el año en que estuvieron huyendo, seguía creyendo que sus años en Hogwarts habían sido los mejores de su vida. Pensaba que la sociedad mágica seguía debiéndole cosas por su participación en la guerra y todavía no podía perdonar que, poco a poco, los fueran olvidando. Harry claramente recordaba los seis meses en los que fue sometido a la ley del hielo, solo por haber sido invitado a una ceremonia a la que Ron no asistiría.

Por otro lado, Harry había dejado atrás Hogwarts y todo lo relacionado con las casas y, por sobre todas las cosas, intentaba dejar atrás la guerra. Si bien era cierto que sus primeros años de colegio fueron los mejores de su adolescencia, ahora tenía un hogar real, que le pertenecía, tenía hijos y una esposa a la que amaba con locura. También había hecho más amigos fuera de Gryffindor; incluso había hecho las paces con el ex Slytherin Miles Bletchley, y ahora ambos eran buenos amigos en el Departamento de Aurores.

Mientras se desaparecía para ir a casa, Harry sintió cómo el último lazo de amistad comenzaba a deshilacharse. Ron siempre sería el tío de sus hijos y su cuñado más cercano, pero ya no encontraba en su corazón todo aquello que alguna vez los hizo ser inseparables. Al parecer, la edad lo estaba volviendo más cascarrabias, y los berrinches de Ronald le resultaban cada vez más insoportables. Tampoco podía seguir pasando por alto sus celos y su egoísmo.

Aquel era un momento triste. Finalmente, se había dado cuenta de cuán diferentes eran Ronald y él. Por fin estaba asumiendo lo que, durante casi diez años, había sido el lento e imparable enfriamiento de una gran amistad. Y ahora, al fin, comprendía que quizá aquello era parte de la vida; quizá hacerse viejo era eso: dejar de necesitar a personas que alguna vez fueron indispensables en tu vida. Aquel era un trago amargo para el cual nunca creyó que estaría preparado, pero simplemente había actitudes de Ron que ya no podía seguir soportando, ni siquiera en nombre de su antigua amistad.

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—Perdón por la demora, mi cita se demoró "en irse" un poco más de lo esperado.

—Hay cosas que simplemente no deseo saber, Blaise.

—No seas mojigato, Nott. Me refería a que nos quedamos dormidos y olvidé avisar que estaba demorado.

—Sigue siendo demasiada información.

Mientras Blaise se acomodaba en su asiento, una camarera se acercó a la mesa contoneando sus caderas, con la intención de mostrarle el menú del bar. Aunque Theo estaba convencido de que más que la carta de comida y bebida, ella deseaba exponerle al moreno su propio menú de atributos.

—Tráeme un buen whisky de fuego, preciosa, y a mi amigo tráele otra ronda de lo que sea que haya estado tomando.

—No es necesario...

—Oh, sí, sí lo es. Esto será largo...

Resignado, Theodore asintió respecto a su pedido, e indicó a la camarera que ya podía retirarse.

—Soy todo oídos.

—Mis contactos han traído toda la información que me pediste.

Blaise extrajo de su bolsillo una serie de trozos de papel plegados, que luego encantó para que se reformaran en el tamaño original de varias carpetas que contenían cientos de pergaminos con información de vital importancia.

—No esperarás que lea eso, Zabini.

—Por supuesto que no, Nott... Tengo planeado resumir todo esto para ti. Ambos sabemos que la lectura no es lo tuyo...

—Sí lo es, solo que odio los informes y los balances. Esas cosas las dejo para ti, por eso tú eres el abogado y yo el empresario misántropo.

Ambos guardaron silencio hasta que la camarera depositó la cerveza de raíz que había traído para Theo y el whisky de fuego para Blaise.

—Si deseas algo más, no dudes en llamarme... Tengo media hora libre cerca de las diez.

—Cariño, lo agradezco, pero ahora estoy con algo importante entre manos, y media hora no sería suficiente para mí.

Molesta por aquella negativa, la bruja se retiró para dejar que ambos magos terminaran sus bebidas e iniciaran su conversación.

—Es asquerosa la forma en que cada mujer que ves se tira sobre ti, como si fueras la última gota de agua del desierto. Si supieran cuántas vaginas han pasado por tu cama, probablemente no se comportarían de forma tan lasciva.

Blaise chasqueó la lengua y luego sonrió, mostrando su blanca dentadura.

—Si más personas pasaran por tu cama, probablemente no estarías tan tenso y molesto todo el tiempo, Theo. Deberías tener más sexo, te prometo que es relajante.

—Tonterías... Ahora dime lo que sabes, quiero volver a casa pronto.

Poniéndose serio, Blaise tomó la única carpeta que no tenía varios centímetros de grosor y se dispuso a leer el único papel que esta contenía.

—Hermione Granger fue declarada muerta el 3 de mayo de 1998. Su certificado de defunción dice que probablemente fue alcanzada por un hechizo perdido o por fuego cruzado durante la batalla del 3 de mayo, haciendo que su cuerpo se desintegrara o que no quedara suficiente de él como para ser reconocido y puesto en un mausoleo personal. Oficialmente, se asume que alguna parte de ella fue a dar a la fosa común del Bosque Prohibido.

—Lo que ahora sabemos es mentira.

—Así es. Lo que me sorprende es que este certificado fue realizado el 2 de mayo de 1998, y no el 16 de julio, como todos los demás.

—Fue fraguado.

—Y burdamente, si me lo preguntas. Alguien comenzó el papeleo de la muerte de Granger mucho antes de que se retomara el poder en el Ministerio. Ningún certificado oficial fue expedido antes de julio, cuando finalmente se normalizaron las operaciones en la oficina de registros civiles.

—Entonces, Krum sabía cuándo los mortífagos atacarían Hogwarts.

—Y probablemente también sabía que Granger estaría allí.

Blaise suprimió un escalofrío al pensar en todos los arreglos que Krum había hecho para poder llevarse a Granger y en cuántos habían estado a su servicio para que lo lograra. Teniendo en cuenta que la bruja llevaba un año huyendo, la tarea de armar la logística para su secuestro debió ser titánica.

—Entonces, ¿qué opinas sobre la idea de Draco? ¿Podrás devolverle su vida, oficialmente?

—Lo dudo. No creo que alguien quiera sumergir sus brazos en toda esa mierda y demostrar que hay una enorme red de corrupción en el Ministerio que estuvo —y probablemente sigue estando— al servicio de Krum.

—Entonces, ¿qué propondrías? Malfoy insiste en que ella pueda ir por ahí con su verdadera identidad.

—Debemos convencerlo de que su dinero o la influencia de Potter no podrán con esto. Creo que sería más sencillo conseguir una nueva identidad para ella. Declararla extranjera, como una desconocida que tiene cierto parecido con Granger. Una sobrina lejana de la familia Black, incluso.

—Cualquiera que la haya conocido antes podría reconocerla. No todos son idiotas.

—Ambos sabemos que Draco no la dejará marcharse fácilmente. Si la mantiene en su círculo cercano y Narcissa dice que es una sobrina, todos creerán que lo es, y rápidamente olvidarán su extraño parecido con Hermione Granger. La conciencia colectiva es voluble.

—Dudo que todos los Malfoy estén igual de locos que él. Lucius pondrá el grito en el cielo. Seguramente debe estar contando los minutos para que ella y la niña salgan finalmente de la mansión. ¡Una sangre sucia usando sus sábanas de algodón egipcio...!

Blaise se encogió de hombros y no respondió, pues solo estaba exponiendo una idea de entre miles de alternativas, ya que no creía que valiera la pena demostrar que Granger jamás murió.

—Solo es una idea.

—¿Y la niña?

—No hay nada. Ella no existe. Ni en Bulgaria, ni en Serbia, ni en Francia o Alemania. Y mucho menos aquí... No aparece en los registros mágicos o muggles de ningún sitio de Europa. Es como si jamás hubiera nacido.

—Pero evidentemente sí lo hizo y, si la miras, es bastante obvio de quién es hija.

—Yo no estaría tan seguro. Tiene el cabello apenas más oscuro que Granger, casi negro y rizado, y también tiene ojos grises. Si no supieras su origen y alguien lo sugiriera, cualquiera podría autoconvencerse de que posee algunos genes Black. ¿No te recuerda a Bellatrix?

—No recuerdo ver a la niña riendo como una maníaca ni intentando cruciar a todo lo que se mueva.

—Vamos, Theo, ayuda un poco en esto. Oficialmente, Krum no puede reclamar que se le devuelva a Hermione ante ninguna autoridad, pues ella está muerta en los registros, y por lo tanto su matrimonio no es legítimo. Además, es una adulta, pero sí puede exigir que se le entregue la niña. Un simple hechizo parental demostraría que es hija de él, y tiene suficientes galeones como para pagar las multas por no haberla inscrito a tiempo. La única forma de que no se lleve a la niña es si se la inscribe primero bajo otra identidad. Draco es su padrino, y Merlin sabe que no dejará que se la quiten sin exponerse a una cantidad de peligros innecesarios.

—Lo sé, es un idiota. En cuanto una bruja se fija en él, no escatima esfuerzos para obtenerla. Recuerda a Astoria, Draco perdió completamente su dignidad por ella.

—Yo lo sé, tú lo sabes, todo el mundo lo sabe. Incluido él, pero no le importa.

—Bien. Supongo que podemos disimular la situación con algunos sobornos y registros falsos.

Entusiasmado, Blaise comenzó a hablar un poco más fuerte y con énfasis.

—Exacto. Si Krum no puede llevarse a la niña, nuestro tonto y enamorado amigo no irá a la boca del lobo nuevamente.

—Pero aún cabe la posibilidad de que intente llevarse a la madre.

Desde lejos pudo verse cómo el entusiasmo inicial de Blaise se desvanecía.

—Un problema a la vez, Nott. Un problema a la vez.

-o-

—¡Abuelo Lucius, abuelo Lucius!

La voz de la niña resonó en la otrora solemne y silenciosa biblioteca de los Malfoy. El eco de su aguda voz infantil recorrió cada polvoriento tomo de magia antigua y oscura, haciendo que, seguramente, las viejas letras de los maleficios temblaran de miedo. Por primera vez en toda la larga historia de aquel lugar de contemplación y estudio, una niñita corría y gritaba a lo largo y ancho de sus oscuros pasillos repletos de hechizos.

—¿Qué quieres, Enya? Ven aquí, no iré a buscarte.

La voz de Lucius intentó adoptar un tono de censura, pero apenas logró ser algo más que la simple resignación de un hombre que ha entregado sus armas y se ha rendido al enemigo, cuyas dos coletas rizadas son más fuertes que cualquier ejército de mortífagos.

—Es que encontré un bonito libro, pero no lo alcanzo. Por favor, abuelo Lucius.

Resoplando de indignación, Lucius abandonó su propia lectura en el sofá junto a la ventana, se puso de pie y siguió los pasos que recordaba haber visto dar a la niña. Afortunadamente, no había nadie más allí que ellos dos, o sería el hazmerreír de cualquiera que supiera quién fue él alguna vez.

En un principio, se había negado rotundamente a ser llamado "abuelo" por aquella niña, pero, dado que incluso Cissy lo había permitido, él terminó por responder al inapropiado apodo de la jovencita. Porque, al paso que iba, aquella sería lo más parecido a una nieta que su hijo podría traer a casa. Además, aunque jamás lo admitiría, ni siquiera para sí mismo, Enya tenía un encanto y dulzura difíciles de ignorar, con los cuales había terminado por ganarse su viejo y contrito corazón.

—Aquí estás, anda. ¿Qué libro es?

—Ese de allí, el azul.

Señaló, poniéndose de puntas de pie, intentando tocarlo con sus dedos.

—¿Este?

Lucius tomó el ejemplar que la niña señalaba y, luego de leer las palabras "Nebulae Mentis" en el lomo, lo giró para ver la portada.

—"Nebulae Mentis: secretos del arte del olvido." Este no es un libro de cuentos, Enya. ¿Por qué no buscas otro?

Los ojos de la niña brillaron al oír el nombre completo del libro y comprender que finalmente había dado con lo que estaba buscando desde hacía un par de días.

—No, no. Es justo lo que estaba buscando, abuelo Lucius. Necesito leerlo y aprenderlo todo para poder usarlo en cuanto tenga once años y finalmente vaya a Hogwarts.

Desde que Enya llegó a su vida, una nueva arruga se había sumado al entrecejo de Lucius, y parecía hacerse más grande cada vez que la oía decir algo completamente extraño para una niña de su edad. Y tal era el caso. Según sabía, ella apenas había comenzado a dar señales de ser mágica, y no podía comprender cuál era su afán por leer un tomo que trataba de magia tan compleja y avanzada.

Sin soltar el libro, Lucius se arrodilló hasta quedar a la altura de los ojos de Enya, para poder estudiarla mientras le explicaba los motivos para tan extraña elección de lectura.

—Tenemos copias de la historia de Hogwarts, si lo deseas. También están los libros de Draco. Supongo que la bibliografía del primer año no ha cambiado demasiado desde entonces.

Envuelta en un vaporoso vestido de tules y lazos rosas, que le había dado Narcissa, Enya tenía el aspecto de una muñeca de porcelana. Ese efecto se incrementó cuando sus mejillas se tornaron rosadas y en sus labios apareció un pequeño mohín.

—Pero yo necesito ese, abuelito Lucius.

Dijo con una voz aún más dulce de lo habitual, haciendo brillar sus enormes ojos grises rodeados de gruesas pestañas oscuras.

—No lo entiendo, ¿puedes decirme qué hay en él que necesites tú?

—Es para hechizar a mi papá.

—¿Qué?

—Sí, él le hace daño a mi mami y también quiso hacerle daño a Draco. Tampoco me gusta que la encierre en el cuarto de las malas mamás ni que me castigue cuando quiero ir a verla.

Mientras hablaba, el rostro de Enya había mutado de uno que intentaba convencer a uno que hacía un gran esfuerzo para no comenzar a derramar lágrimas de frustración y tristeza.

—Mi papá es malo, abuelito, pero si yo puedo hechizarlo cuando sea una bruja, haría que se olvide de mi mami y de mí. Así no querría llevarnos más a casa y no intentaría hacerle daño a Draco.

—Ay, niña. ¿Pero comprendes que no podrías hacer magia fuera de Hogwarts? Te expulsarían.

—No me importa, abuelo Lucius. Solo quiero evitar que mi papá le haga daño a mi mami.

Enya soportó todo lo que pudo, pero terminó por comenzar a llorar desconsoladamente, abrazándose a sí misma, parada frente a Lucius.

Cualquier mortal creería que en el centro del pecho de Lucius Abraxas Malfoy no había nada más que un marchito corazón lleno de odio y cenizas, pero claramente se equivocaría. Si bien él no era un hombre bueno, justo o siquiera honesto, tenía algunos principios que ni siquiera el haberse unido a Voldemort había logrado quitarle. Lucius tenía su propia versión laxa del sentido del honor, por lo que el relato de la niña estaba haciendo que su sed de venganza comenzara a crecer.

—Escúchame, pequeña... Enya, no llores.

Por instinto, rodeó a la niña con sus brazos y le acariciaba el cabello mientras la mecía, intentando que dejara de llorar. Tal y como había hecho con Draco cuando este era tan pequeño que ya no lo recordaba.

—No lo entiendes, él le grita a mi mami y la lastima mucho. ¡LE DUELE!

Él no era un hombre dado a dejarse guiar por su rabia, pero, inexplicablemente, se vio en la necesidad de hacer aquella locura con tal de recuperar la sonrisa de Enya.

—Shh, escúchame. Te prometo que ese tipo no volverá a intentar hacerle daño a tu madre, ni a ti. Nadie volverá a hacerles daño, lo juro.

Entre sollozos, la niña oyó la promesa de Lucius y, luego de un rato, se calmó lo suficiente como para salir del refugio de sus brazos y depositar un húmedo beso en su mejilla, a modo de agradecimiento.

—Te creo.

Fueron sus últimas palabras antes de ser interrumpidos por una elfina doméstica, que anunciaba que el amo Draco enviaba por Enya para que se reuniera con la señorita Granger, ahora que el medimago familiar acababa de declararla totalmente recuperada.

-o-

En honor al maravilloso suceso, Narcissa había hecho abrir los altos ventanales del salón de música para que ingresara el sol, y mandó colocar sofás color crema en torno a una mesita baja, llena de delicias, sobre una mullida alfombra blanca.

Los instrumentos, encantados para tocar música suave y alegre, amenizaban el ambiente, mientras que las flores frescas mezclaban sus aromas con los olores dulces de los pasteles de fruta que había mandado traer de las cocinas.

—Madre, ¿no crees que es demasiado?

—Para nada... No sé de qué hablas, Draco.

Draco giró sobre sí mismo con los brazos abiertos y señaló todo a su alrededor.

—Los instrumentos sonando, los pasteles, la alfombra, y los nuevos juguetes de Enya...

Narcissa, fingiendo que aquello era lo más normal del mundo, quitó una pelusa inexistente de su vestido azul y, luego de inspeccionar su delicada manicura, se dignó a responder, pero esta vez sin esconder su emoción.

—La niña ha deseado ver a su madre durante días, quiero que todo sea perfecto para ella.

Draco no tuvo tiempo de cerrar por completo su boca, debido a la sorpresa de ver a su madre tan ilusionada por el reencuentro entre las brujas que había traído a casa. Al instante, la puerta de la habitación se abrió para dejar entrar a Hermione, y su mandíbula se volvió a desencajar.

Hoy definitivamente lucía mucho más repuesta y casi saludable, aunque delgada. No había moretones a la vista en su piel expuesta y, a pesar de que le quedaba un poco grande, el vestido de verano que le había prestado Narcissa resaltaba su belleza natural. Sus rizos, descontrolados, enmarcaban su rostro, que se veía adornado por una enorme sonrisa de anticipación.

—Buenas tardes...

Madre e hijo no fueron capaces de responder, pues la puerta tras Hermione casi saltó de sus goznes cuando la niña entró corriendo a toda prisa y casi la derribó debido al ímpetu con el que saltó hacia ella.

—¡Mami!

Hermione rodeó con sus brazos a su hija y comenzó a dejar besos en sus mejillas, su frente, su cabello, y básicamente en todos los sitios donde podía.

—¡Te extrañé! ¡Te extrañé tanto!

Ambas reían y lloraban mientras disfrutaban del reencuentro, sumergiéndose en una pequeña burbuja donde ningún Malfoy sería capaz de ingresar por el momento.

Ajenas a la situación, ni Enya ni Hermione vieron cómo Lucius llegaba caminando despacio tras la niña y se posicionaba junto a Draco, con la intención de alejarlo un poco de Cissy para mostrarle el libro que la niña había escogido de la biblioteca familiar.

—¿Qué es eso?

—Algo que tu ahijada desea leer.

—¿Por qué querría leer sobre hechizos avanzados de la memoria?

Draco sabía que Granger había sido una gran comelibros en Hogwarts, pero jamás se imaginó que su hija tuviera los mismos extraños intereses. Solía verla paseando por los pasillos con enormes libros de hechizos y runas antiguas, pero nunca hubiera creído que aquella manía fuera hereditaria.

—La niña ha expuesto sus motivos de forma tal que me he visto obligado a prometer cosas que no hubiese querido prometer.

—No te sigo, padre.

—Debes matar a Krum...

—¿Qué?

—Debes matar a ese bastardo. Si no lo haces, si no tienes el valor, lo haré yo.

—Padre... Tú no posees magia y tampoco puedes salir de aquí. Si lo hicieras, el beso del dementor sería tu destino.

—Existen sacrificios que valen la pena, Draco. Algún día lo comprenderás.

-o-

N/a: ¡Hola a todos/as!

Si llegaste hasta aquí, tengo que agradecer tu enorme paciencia para esperar cada capítulo, y si comentaste alguno de los anteriores, debes saber que leo con ansias cada comentario. Muchas veces, esos comentarios son lo que más me motiva cuando me encuentro en algún callejón sin salida de la historia.

Como siempre, tengo clara la dirección general y más o menos el final, además de que es una adaptación de una historia que ya existe, pero no quiero caer en una simple copia. A veces me topo con obstáculos que son difíciles de superar sin arruinar por completo la trama, y solo espero estar haciéndolo bien.

Sin más, y agradeciendo nuevamente tu lectura, me despido. ¡Hasta la próxima!