Capítulo 9: Tan cerca pero tan lejos a la vez.
El día había sido largo para Takuya, pero no por el trabajo ni las responsabilidades que normalmente cargaban su espalda, sino por la inquietud que lo consumía desde ayer. Cada mensaje que le enviaba a Izumi parecía chocar contra un muro invisible. Sus respuestas eran escuetas, carentes de emoción. Eso fue empeorando desde esta mañana, porque ahora ni siquiera llegaba una respuesta.
Apoyado en el borde del sofá de su apartamento, Takuya miraba el teléfono, esperando con una mezcla de ansiedad y frustración. Había sido paciente hasta ahora. Sabía que Izumi estaba lidiando con mucho, pero algo en su actitud esta vez lo golpeaba de una manera diferente.
—¿Qué pasa contigo? —murmuró en voz baja, revisando por quinta vez la última conversación. Una palabra. Dos, como mucho. Como si la calidez que había empezado a ver en ella se hubiera apagado de nuevo.
El eco de ese vacío lo arrastró al pasado, a ese tiempo en el que Izumi había desaparecido de su vida sin explicaciones. Takuya recordaba con claridad la angustia de no saber qué había hecho mal, de buscar señales en cada uno de sus recuerdos juntos, tratando de entender por qué ella lo había apartado. Y ahora, aunque físicamente estaba cerca, se sentía como si ella estuviera a miles de kilómetros otra vez.
El malestar se mezclaba con una punzada de tristeza que no podía ignorar. Durante las últimas semanas, había sentido que algo entre ellos estaba cambiando. Quizás no era el avance más claro o rápido, pero había momentos en los que veía en Izumi una chispa, un reflejo de quien solía ser, como si estuviera empezando a dejar entrar de nuevo la luz. Sin embargo, el día de hoy lo hacía dudar de todo.
Con un suspiro pesado, dejó el teléfono sobre la mesa y pasó ambas manos por su cabello. No era el tipo de persona que se daba por vencida, pero la distancia emocional de Izumi estaba erosionando su paciencia. ¿Estaba alejándolo otra vez?
—No puedo soportarlo de nuevo… —admitió para sí mismo, con un nudo en la garganta.
El recuerdo de la primera vez que Izumi se fue lo invadió con fuerza. Había intentado entonces mantenerse ocupado, fingir que no le dolía, pero aunque intentaba mostrarse más fuerte, sabía que si Izumi se cerraba por completo otra vez, no sabía si tendría la energía para intentarlo una vez más.
Takuya se levantó de golpe y caminó hacia la ventana, mirando las luces de la ciudad. Algo dentro de él quería marcarle, exigirle respuestas, pero sabía que no era la forma.
En cambio, se limitó a susurrar al aire —¿Qué tengo que hacer para que confíes en mí otra vez, Izumi?
Las palabras se las llevó el silencio de la habitación, pero el peso en su pecho permaneció.
Takuya apretó los puños mientras se alejaba de la ventana. No podía quedarse de brazos cruzados, esperando que el silencio de Izumi se aclarara por sí solo. Cada minuto que pasaba sentía más intensamente el miedo de perderla otra vez. Ese vacío, esa sensación de impotencia que había sentido cuando ella se fue por primera vez, estaba regresando, y esta vez no pensaba quedarse de brazos cruzados.
Tomó su chaqueta y las llaves con decisión, sin preocuparse por la hora. Si algo había aprendido en los últimos años era que quedarse callado solo empeoraba las cosas. Necesitaba verla, hablar con ella cara a cara, entender qué estaba pasando.
El sábado había sido extraño para Izumi, casi irreal. Pasar tiempo con Takuya la había hecho sentir algo que no experimentaba desde la muerte de Yutaka: una ligera chispa de felicidad. No fue un cambio radical ni algo que borrara el dolor, pero por unas horas había podido reír, sentirse viva, como si el peso que cargaba hubiera disminuido por un instante.
Y eso la aterrorizaba.
Ahora, mientras se sentaba sola en su habitación, apretando el collar de Yutaka en sus manos, esa chispa que había sentido con Takuya parecía un recordatorio cruel. ¿Cómo podía permitirse sentir algo tan cerca de la felicidad cuando Yutaka ya no estaba? ¿Acaso eso significaba que estaba empezando a olvidarlo?
La confusión se apoderaba de ella, mezclándose con la culpa. Por un lado, sabía que no había nada de malo en estar con Takuya; él era solo un amigo, alguien que siempre había estado allí para apoyarla. Pero por otro lado, la voz de la madre de Yutaka seguía resonando en su mente: "A él siempre le preocupó esa conexión que había entre ustedes."
Aquellas palabras habían desatado un torbellino de emociones dentro de Izumi, haciéndole cuestionarse todo. Porque, aunque sabía que no sentía nada por Takuya más allá de la amistad, no podía ignorar que el tiempo que pasaba con él la hacía sentir... diferente. No era amor, no era algo romántico, pero tampoco era el vacío que llevaba cargando desde que perdió a Yutaka.
Y eso la hacía sentir como si estuviera fallando.
—¿Qué es lo correcto? ¿Qué debería hacer? —murmuró para sí misma, dejando caer el collar sobre su regazo.
Izumi se sentía atrapada en un laberinto de emociones que no sabía cómo resolver. Era incapaz de hablar con alguien sobre lo que sentía. No podía decirle a Takuya porque temía lastimarlo, y mucho menos a los padres de Yutaka, quienes apenas la miraban sin reproche.
Pero lo peor era en su propia casa. Sus padres estaban tan preocupados por ella que no la dejaban sola ni un instante. Desde que había regresado, sentía su presencia constante, como si temieran que desapareciera de nuevo. Incluso cuando se encerraba en su habitación para buscar un poco de paz, escuchaba los pasos de su madre o su padre acercándose cada media hora para tocar la puerta.
—¿Estás bien, Izumi? —preguntaban con ternura, pero también con una ansiedad que se sentía como una jaula.
Sabía que lo hacían por amor, porque se preocupaban por ella, pero no ayudaba. No podía respirar, no podía pensar. Estar bajo esa constante vigilancia solo hacía que su propia tristeza se sintiera más insoportable, más sofocante.
—No estoy bien... —susurró, con lágrimas corriendo por su rostro.
Pero no podía decirlo en voz alta. No podía admitir lo perdida que se sentía, lo rota que estaba, porque tampoco sabía cómo empezar a arreglarlo.
Pensó en Takuya otra vez. En cómo él había estado ahí, sin juzgarla, sin presionarla. Recordó la facilidad con la que le arrancaba una sonrisa, cómo su presencia lograba silenciar por un momento el ruido en su cabeza.
Y entonces la culpa volvió a golpearla con fuerza. Si Yutaka había sentido inseguridad por Takuya en el pasado, ¿qué diría ahora? ¿Qué pensaría al ver cómo ella encontraba consuelo en alguien más?
—No puedo seguir así...—pensó, apretando los puños con fuerza.
La única solución que parecía lógica era alejarse de Takuya. Poner distancia antes de que todo se complicara más, antes de que alguien, incluso ella misma, interpretara mal lo que estaba ocurriendo.
Su teléfono vibró con otro mensaje de Takuya. Lo dejó sobre la mesa, incapaz de abrirlo. No podía enfrentarse a él, no después de las palabras de la señora Himi, no después de lo que había sentido ese día.
La tristeza y la culpa la consumían, y ahora también la soledad. Estaba rodeada de gente que la amaba, pero no podía hablar con nadie. Sentía que su dolor era un peso que debía cargar sola. Aferrada al collar de Yutaka, Izumi dejó que las lágrimas cayeran una vez más, sin respuestas, sin alivio, y con el corazón cada vez más confundido.
Un suave toque en la puerta interrumpió el silencio de la habitación. Izumi, sobresaltada, secó rápidamente las lágrimas que aún quedaban en su rostro con la manga de su suéter.
—Estoy bien... —respondió con voz temblorosa.
—Me alegra saber eso, hija. Pero no vine solo a preguntarte cómo estás—dijo su madre desde el otro lado—. Tienes una visita.
Izumi frunció el ceño, confundida. ¿Una visita? Era casi medianoche y no esperaba a nadie. Se levantó lentamente, dudando.
—¿Quién podría venir a verme a esta hora? —preguntó, acercándose a la puerta.
— Sal a recibirla y lo sabrás —respondió su madre, con un tono amable pero firme.
Con un suspiro resignado, Izumi se dirigió al espejo para asegurarse de que no quedaran rastros de las lágrimas que acababa de derramar. Se pasó los dedos por el cabello para acomodarlo y respiró hondo antes de salir de su habitación.
Bajó las escaleras con paso lento, encontrando a sus padres sentados en la sala tomando café. Su padre alzó la vista y señaló hacia la entrada principal.
—Tu visita está afuera.
Izumi asintió y caminó hacia la puerta. No podía evitar sentir una mezcla de curiosidad y nerviosismo. Cuando salió, el aire fresco de la noche la envolvió, y ahí, frente a ella, apoyado contra su auto, estaba Takuya.
Él levantó la mirada al escuchar la puerta. Al verla, una pequeña sonrisa apareció en su rostro, aunque no pudo ocultar la mezcla de alivio y molestia que sentía. Su sola presencia lo tranquilizaba, pero el malestar por haber sido ignorado todo el día seguía latente.
—Takuya... —dijo Izumi, sorprendida.
Él dio un paso hacia ella, cruzando los brazos.
—¿Qué haces aquí tan tarde? —preguntó Izumi, su voz apenas un susurro.
—Estuviste todo el día cortante conmigo, y a veces ni siquiera respondías mis mensajes. Me preocupé. Así que vine a verte —respondió Takuya, su tono firme, aunque sin rastro de agresividad.
Izumi desvió la mirada, incómoda. No sabía qué decir. Su mente todavía estaba enredada en el caos emocional que la había consumido todo el día.
—Lo siento... No era mi intención preocuparte... —murmuró, pero su voz carecía de convicción.
Takuya la observó en silencio por un momento. Había pasado todo el camino pensando en qué decirle, cómo confrontarla sin herirla, pero al verla tan vulnerable, su enojo se desvaneció un poco. Aun así, no podía dejarlo pasar. —Izumi, no puedo quedarme al margen cuando actúas así. Si algo está mal, quiero que me lo digas. No me gusta sentir que me estás alejando otra vez.
Ella levantó la vista, sorprendida por la sinceridad de sus palabras. Pero antes de poder responder, el peso de todo lo que llevaba dentro la detuvo. Su mirada volvió a caer al suelo, incapaz de sostener la de Takuya.
—No es tan fácil, Takuya... —susurró, casi como si hablara consigo misma.
El corazón de Takuya se apretó al verla tan frágil. Dio otro paso hacia ella, acercándose lo suficiente para que su voz se suavizó.—Entonces explícame. Déjame entender lo que pasa. Pero no me apartes así, Izumi. No otra vez.
Ella sintió que su pecho se comprimía al escuchar esas palabras. La culpa y la confusión luchaban dentro de ella, mientras el peso de las emociones que había acumulado durante el día amenazaba con desbordarse. Pero, al mismo tiempo, la intensidad en los ojos de Takuya la hacía querer confiar en él, aunque no supiera por dónde empezar.
Izumi respiró hondo, tratando de encontrar las palabras.
Takuya estudió el rostro de Izumi, buscando alguna pista que explicara su comportamiento. Tras unos segundos, suspiró y habló, rompiendo el incómodo silencio entre ellos.
—Izumi… dime algo, ¿esto tiene que ver con lo que pasó con Kanna?.
Izumi lo miró confundida, hasta que recordó a Kanna, la muchacha que interrumpio en el departamento de Takuya y le hizo una escena de celos. —¿Kanna? —repitió, confundida.
Takuya se toco su cuello, pensando en las palabras que iba a utilizar -Izumi, ella… Es una amiga con la que tengo una relación sin compromiso. Digamos que tenemos intimidad, cuando ambos lo necesitamos….
Izumi sintió una punzada en el pecho al escucharlo. No entendía por qué se sentía incómoda al oír sobre Kanna. Después de todo, Takuya y ella solo eran amigos. Pero aun así, algo en su interior se agitó de una manera que no podía explicar.
Antes que Takuya continuará—No, no es eso. No tiene nada que ver con ella —dijo rápidamente, sacudiendo la cabeza.
Takuya frunció el ceño, desconcertado. — ¿Entonces que es lo que sucede? Confía en mi por favor.
Izumi lo miro a los ojos, pudo notar su preocupación y eso la hizo sentir culpable. Lo que menos queria ella era lastimarlo. Bajo la mirada, pensando si debía contarle lo sucedio con la madre de Yutaka "Eso no haria feliz a mi hijo" esa frase, volvio a su mente para atormentarla.
Izumi decidio omitir eso, no decirle nada a Takuya. — Simplemente estoy cansada Takuya. Volver fue un cambio fuerte para mi, todo esto… es duro. Afrontarme al recuerdo de Yutaka, volver al lugar donde fui feliz con el y ahora que no esta, me destroza el corazon.
Takuya observó a Izumi en silencio, permitiéndole desahogarse sin interrumpirla. Había algo en su tono, en la forma en que su voz se quebraba, que hacía evidente lo mucho que estaba cargando sola.
—Izumi… —dijo con suavidad, buscando sus ojos—. No tienes que lidiar con todo esto sola. No quiero que sientas que tienes que apartarme para protegerme o para protegerte a ti misma."
Izumi levantó la mirada, sorprendida por su sinceridad. La culpa volvía a atenazar su pecho, pero esta vez, la calidez de sus palabras parecía aliviar un poco el peso que sentía.
—Takuya… —empezó, pero no sabía cómo continuar. Todo en su interior era un torbellino de emociones y pensamientos contradictorios.
—Sé que este cambio no es fácil para ti —continuó él, dando un paso hacia ella—. Sé que Yutaka significaba todo para ti, y no quiero que pienses que estoy tratando de ocupar su lugar. Solo quiero que sepas que estoy aquí, contigo. No importa lo difícil que sea, no importa cuánto tiempo necesites. No voy a alejarme de ti, Izumi.
Izumi lo miró, y esta vez sus ojos se llenaron de lágrimas. Su corazón estaba dividido entre la gratitud y el temor. —Gracias, Takuya. Pero… necesito tiempo para entender cómo seguir adelante. Todo ha sido demasiado, y siento que no puedo pensar con claridad.
Él asintió, entendiendo sus palabras aunque dolieran.—Lo único que te pido es que no me alejes. No quiero perderte otra vez.
Las palabras de Takuya hicieron eco en su corazón, resonando con una intensidad que no esperaba. Izumi se quedó en silencio, sintiendo que todo lo que podía decir en ese momento no sería suficiente para expresar lo que realmente sentía.
Finalmente, murmuró:—No quiero perderte tampoco, Takuya. Pero necesito encontrar mi camino. Solo dame un poco de tiempo.
Él sonrió levemente, aunque el dolor seguía latente en su mirada. —Tómate el tiempo que necesites. Solo recuerda que estoy aquí, Izumi. Siempre.
Takuya dio un paso más hacia ella, hasta que quedaron a poca distancia. —Izumi… —murmuró con una suavidad que la desarmó.
Antes de que ella pudiera reaccionar, Takuya la rodeó con sus brazos, tirando de ella en un abrazo firme pero lleno de calidez. Izumi se quedó inmóvil por un instante, sorprendida por el gesto. Pero, poco a poco, dejó que su cuerpo se relajara, apoyando la cabeza en su pecho.
El aroma familiar de Takuya y la calidez de su abrazo despertaron algo en ella. Era una mezcla abrumadora de emociones: alivio, nostalgia, gratitud y una extraña sensación de paz. Pero también estaba la culpa, acechando en el fondo de su mente. Se sentía segura en ese momento, como si el peso de su mundo se desvaneciera, aunque fuera por unos segundos.
Takuya acarició suavemente su espalda, con una ternura que parecía decirle que todo estaría bien, sin necesidad de palabras.
—Solo quiero que estés bien, Izumi. Y si un abrazo ayuda, entonces aquí estoy —dijo él, con voz baja y tranquila.
Izumi cerró los ojos, permitiéndose sentir el consuelo que él le ofrecía. Su corazón estaba dividido, pero en ese instante, decidió no pensar en nada más que en ese abrazo.
Cuando finalmente se separaron, Takuya la miró con una pequeña sonrisa.
—Mejor ve a descansar. Mañana será otro día.
Izumi asintió lentamente, tratando de devolverle la sonrisa aunque sus emociones seguían enredadas.
—Gracias, Takuya. Por todo.
Él inclinó la cabeza, como si no hiciera falta decir más. Luego se dirigió a su auto, dejando a Izumi en la puerta, con el corazón latiendo fuerte y una maraña de sentimientos que no sabía cómo descifrar.
Desde la ventana del salón, los padres de Izumi observaban en silencio la escena que se desarrollaba afuera. La figura de Takuya abrazando a Izumi era un contraste con la quietud de la noche, y ellos se quedaron allí, observando sin hacer ruido, como si temieran interrumpir algo demasiado frágil para ser visto por otros ojos.
La madre de Izumi, con los brazos cruzados, observó la forma en que Takuya había tomado a su hija en sus brazos, notando la expresión de alivio en su rostro, aunque también podía ver la sombra de la tristeza que seguía en sus ojos.
—Takuya siempre ha estado ahí para ella —dijo la madre en voz baja, con una nostalgia en sus palabras—. Desde pequeños, recuerdo cómo él la cuidaba. Siempre fue tan atento, tan protector con ella…
El padre de Izumi asintió, su mirada también fija en los dos jóvenes fuera de la ventana. —Siempre fue el que la entendió, incluso cuando ella no hablaba con nadie más. Y a pesar de todo, nunca la dejó ir —comentó él, con una suave sonrisa—. Fue el primero en estar a su lado cuando… cuando Yutaka no estaba.
La madre suspiró, su mirada se suavizó, pero había una certeza en sus palabras. —Es difícil, ¿verdad? Ver cómo se ha alejado de todos, y ahora, después de todo este tiempo… yo también quiero que sea Takuya quien la ayude a sanar. Después de todo lo que pasó, él ha sido el único constante en su vida, el único que ha estado dispuesto a esperar.
El padre se acercó un poco más a la ventana, observando con más detenimiento el abrazo entre Takuya e Izumi.
—Yo sé que Takuya la ama, lo ha hecho desde que tenían once años. Lo hemos visto. Y ahora que las heridas de Izumi están tan frescas, sería hermoso si él pudiera… ayudarla a abrir su corazón de nuevo.
La madre de Izumi se quedó pensativa por un momento, antes de continuar. —Me gustaría que fuera con él. Takuya es el único que, en cierto modo, la comprende. El que, sin importarle nada, siempre estuvo ahí. Si alguien puede hacerla sentir de nuevo que la vida vale la pena, es él.
Ambos padres compartieron una mirada de comprensión, sabían que no era sencillo, pero también entendían que, tal vez, el camino hacia la sanación de Izumi pasaba por alguien que había estado en su vida mucho antes de lo que ellos pensaban. El tiempo había pasado, pero el amor de Takuya por su hija seguía siendo una constante que nunca se había desvanecido.
—Solo espero que Izumi lo vea —dijo la madre, su tono lleno de esperanza—. Que vea que Takuya ha sido su apoyo todo este tiempo, y que no tiene que cargar con todo el dolor sola.
—Lo hará, cuando esté lista —respondió el padre, poniendo una mano en el hombro de su esposa—. Solo tenemos que darle el tiempo que necesita.
Ambos se quedaron allí, observando en silencio el abrazo que, aunque breve, parecía haber dado a Izumi un poco de la paz que tanto necesitaba.
Unos minutos después, Takuya subía las escaleras hasta su departamento, sintiendo una pesadez en el cuerpo y en el alma. Su conversación con Izumi lo había dejado agotado, no físicamente, pero sí emocionalmente. "Tal vez no debería haber ido a buscarla", pensó con un suspiro, mientras revisaba sus llaves. Sabía que Izumi no iba a cambiar de la noche a la mañana. Estaba lidiando con su propio dolor y, aunque lo alejara una y otra vez, él se había prometido a sí mismo estar ahí para ella, siempre, aunque fuera a la distancia.
Metió la llave en la cerradura y abrió la puerta de su departamento. Al entrar, un aroma familiar lo detuvo en seco. Café recién hecho. Frunció el ceño, extrañado, y su cuerpo se tensó de inmediato. "¿Qué demonios…?" Caminó hacia la cocina, siguiendo el olor, y al asomarse vio una figura conocida.
Kanna. Ella vestía un conjunto que mezclaba a la perfección lo sensual con lo formal, siempre manteniendo ese estilo coqueto que la caracterizaba.
Llevaba una blusa de seda color burdeos, con un escote moderado que dejaba entrever su figura sin llegar a ser demasiado atrevida. La blusa se ceñía suavemente a su torso, con mangas largas que terminaban en puños ajustados, añadiendo un toque elegante. Abajo, llevaba una falda lápiz negra, de corte alto, que llegaba justo por encima de sus rodillas, acentuando su figura sin perder el aire sofisticado. Las medias negras opacas que cubrían sus piernas completaban el look, dándole un toque misterioso y elegante.
Sus zapatos de tacón alto, en color negro, eran de un diseño simple pero sofisticado, con una punta sutilmente afilada. Estaba ahí, de pie, frente a la encimera, con una taza de café en las manos. Su cabello negro caía libremente por su espalda, y su postura era relajada, como si tuviera todo el derecho del mundo de estar allí. Al escuchar sus pasos, Kanna se giró lentamente, con una sonrisa que no alcanzaba a sus ojos.
—¿Qué haces aquí? —preguntó Takuya, su tono seco y cargado de molestia.
Kanna giró hacia él, con la taza aún en las manos.—Solo quería verte. Pensé que... podrías necesitar compañía.
Takuya bufó, cruzando los brazos con evidente frustración.—Kanna, no es la primera vez que haces esto. Ya te lo he dicho: no puedes entrar aquí como si fuera tu casa. Devuélveme mi llave. Esto tiene que terminar.
El rostro de Kanna se tensó. Su sonrisa se desvaneció, y por un momento pareció que iba a responder con furia. Sin embargo, soltó un suspiro, dejando la taza sobre la encimera con un golpe seco.
—Está bien. —Sacó la llave de su bolsillo y se la entregó a Takuya. Cuando él la tomó, su mirada permaneció fija en él, desafiante pero también vulnerable—. Lo siento. No debí venir así.
Takuya apretó los labios, sin suavizar su expresión.—No es solo eso, Kanna. No me gustó para nada la forma en que actuaste el otro día. —Su voz era firme, cada palabra cargada de cansancio—. Estuve pensando mucho, y creo que lo mejor es dejar lo que tenemos aquí.
Kanna abrió los ojos, sorprendida. Dio un paso hacia él, levantando una mano como si intentara detenerlo. —Espera, no. No vuelvas a decir eso. Te prometo que no volverá a pasar.
Takuya negó con la cabeza, su expresión imperturbable. —No va a volver a pasar porque esto se terminó, Kanna. Hace días que vengo pensando en esto, y sé que sientes algo por mí. Lo sabes tan bien como yo.
Ella negó rápidamente, casi con desesperación.—No, no siento nada por ti. ¿De dónde sacas eso?
—Kanna... —Takuya suspiró con frustración, pasándose una mano por el cabello—. Te lo dije desde el principio: no quiero compromisos. No quiero sentimientos en esto. Y tú...
—Te equivocas —lo interrumpió ella, alzando la voz. Su mirada se llenó de una mezcla de ira y tristeza, pero también de determinación—. Yo no siento nada por ti. Lo único que quiero es verte bien, Takuya. Te quiero, sí, pero como amigo.
Takuya la observó en silencio, dudando de sus palabras. Había algo en su tono, en la forma en que lo miraba, que lo hacía cuestionar cada una de sus negaciones. Sin embargo, antes de que pudiera responder, Kanna siguió hablando.
—Por favor, dame otra oportunidad. Prometo que esta vez no seré impulsiva. Voy a respetar los límites que pongas, no voy a interferir. Solo quiero estar cerca de ti, como antes.
Takuya miró hacia el suelo por un momento, procesando sus palabras. Había una parte de él que quería terminar todo de una vez, pero otra parte dudaba, preguntándose si ella realmente sería capaz de mantener su promesa.
Finalmente, levantó la mirada hacia ella. —Está bien. Te voy a dar otra oportunidad. Pero escucha bien lo que voy a decirte: si llego a darme cuenta de que sientes algo más, algo que no sea amistad, esto se termina para siempre. No quiero estar con nadie, Kanna. No ahora, y probablemente no en mucho tiempo. ¿Lo entiendes?
Kanna asintió con rapidez, su mirada fija en él, casi temblando. —Lo entiendo. No va a pasar. Te lo prometo.
Takuya asintió, sintiéndose algo más tranquilo. Justo cuando estaba por apartarse, Kanna dio un paso hacia él. Una sonrisa, esta vez distinta, se dibujó en sus labios. Una mezcla de desafío y dulzura que lo descolocó.
—¿Sabes? —dijo ella, en un tono más bajo, casi un susurro—. A veces me pregunto cómo haces para mantenerte tan serio conmigo.
Takuya frunció el ceño, confundido. —¿Qué estás diciendo?
Antes de que pudiera decir algo más, Kanna se inclinó hacia él, rozando sus labios con los de él en un beso lento y suave, que poco a poco fue subiendo de intensidad. Takuya quiso retroceder, pero su cuerpo traicionó sus pensamientos. Terminó dejándose llevar, sosteniéndola por la cintura mientras el beso se volvía más apasionado.
Cuando Kanna se separó, apenas unos centímetros, sus ojos se encontraron. En ellos había una chispa traviesa, casi peligrosa.
—¿Quieres que me quede esta noche? —preguntó con una voz seductora, acariciándole el rostro con suavidad.
Takuya la miró, su respiración acelerada, y tras un breve momento de duda, respondió. —Sí. Quédate.
Antes de que pudiera decir algo más, ella lo volvió a besar, esta vez con más fuerza, envolviendo sus brazos alrededor de su cuello. Takuya respondió al beso, dejando caer cualquier resistencia que hubiera tenido.
Ambos comenzaron a moverse hacia la habitación, entre besos y caricias cada vez más intensas. La tensión acumulada entre ellos se desbordó, dando paso a un encuentro íntimo que, aunque Takuya sabía que complicaría las cosas, en ese momento no le importaba.
La puerta de la habitación se cerró detrás de ellos, dejando todo lo demás fuera.
Había pasado más de una semana desde aquella noche en que Kanna se quedó en su departamento y el día en que fue a buscar a Izumi para intentar aclarar las cosas. Desde entonces, todo con Kanna parecía haber vuelto a la normalidad, como si el tiempo retrocediera a aquellos días antes de que Izumi regresara a sus vidas.
Esa nueva dinámica lo dejaba más tranquilo. Takuya sentía que Kanna estaba cumpliendo su promesa de respetar sus límites. No había preguntas incómodas, ni actitudes posesivas. Aunque la chispa de complicidad entre ellos seguía presente, él la interpretaba como algo inofensivo, casi natural. Era mejor así, más sencillo.
Sin embargo, aunque las cosas con Kanna estaban en calma, Izumi seguía ocupando un espacio en su mente, un lugar que no lograba ignorar por más que quisiera.
Takuya estaba sentado en una esquina del vestuario después de un entrenamiento agotador, con el teléfono en la mano. Sus dedos se movían sobre la pantalla, escribiendo un mensaje que borraba una y otra vez.
"Buenos días, ¿cómo estás?"
Era un mensaje simple, casi banal, pero cargado de una intención que él no sabía cómo expresar con palabras más profundas. Finalmente, suspiró y apretó el botón de enviar. El mensaje voló hacia Izumi como un puente tendido en medio de un abismo.
Dejó el teléfono a un lado y se pasó una toalla por el cabello mojado, intentando distraerse mientras esperaba. Pocos minutos después, la notificación apareció en la pantalla.
"Bien. Gracias."
La respuesta era breve, distante, y exactamente igual a las de los días anteriores. Takuya la miró fijamente, leyendo esas dos palabras como si intentara encontrar en ellas algo que no estaba ahí. Soltó un suspiro pesado, sintiendo el peso de la frustración sobre sus hombros.
Aunque con Kanna todo estaba en paz, Izumi era el caos que no podía ordenar. Su recuerdo seguía grabado en su mente: la calidez de sus risas, la manera en que su presencia iluminaba incluso los momentos más oscuros. Pero ahora, la distancia que ella había impuesto entre ambos lo estaba consumiendo. Cada mensaje que le enviaba parecía un intento desesperado por derribar la muralla que ella había construido, pero en lugar de hacerse más pequeña, la sentía más fuerte con cada respuesta suya.
Cerró los ojos y apoyó la cabeza contra la pared fría del vestuario, dejando que la frustración y la tristeza lo invadieran.
"Pensé que después de esa charla las cosas iban a mejorar, pero cada día siento que la barrera que pusiste entre nosotros es más grande. ¿Qué pasó, Izumi? Un día dejas ver tu corazón y al siguiente lo cierras con candado."
La confusión lo asfixiaba. Cada palabra suya parecía rebotar contra un muro invisible que Izumi se empeñaba en reforzar. La frustración se mezclaba con la tristeza, una combinación que lo hacía sentir impotente. Pero por mucho que se sintiera rechazado, no podía dejarla sola. No podía dejar de intentarlo.
Por ahora, solo le quedaba esperar. Y mientras tanto, seguir luchando por mantenerse cerca, aunque eso significa conformarse con respuestas mecánicas y con una incertidumbre que no le daba tregua.
Izumi, por su parte, estaba sentada frente a la ventana de su habitación, con la mirada perdida en el cielo nublado. Había decidido alejarse de Takuya, convencida de que era lo mejor. La señora Himi tenía razón: era injusto para Yutaka, él no estaría feliz con esa cercanía. Pero, al mismo tiempo, esa distancia le dolía más de lo que estaba dispuesta a admitir. Takuya la había hecho sentir viva, algo que no experimentaba desde la pérdida de Yutaka. Ahora que no lo tenía cerca, la tristeza la envolvía como un manto pesado.
Izumi suspiró frustrada. Sentía que volver a Japón no había sido la mejor decisión, pero lo necesitaba. Necesitaba estar cerca de Yutaka, aunque le destrozaba el corazón tener que visitarlo en un cementerio. Cada vez que debía irse, sentía que lo estaba dejando solo de nuevo, y esa idea la sumía en una tristeza profunda. Era como si nunca pudiera hacer suficiente por mantener viva su memoria, y esa culpa la atormentaba.
Los días se llenaban de vacío, y las visitas a la señora Himi no ayudaban a aliviarlo. Cada vez que cruzaba el umbral de la casa de Yutaka, sentía una punzada en el pecho. Las fotografías de él en la sala, los recuerdos compartidos en cada rincón, todo le recordaba lo que había perdido. Sin embargo, no podía apartarse de la señora Himi. Era la única que entendía su dolor, la única que no la miraba con lástima.
"Izumi, deberías pensar en lo que realmente necesitas", le había dicho la señora Himi en una de sus visitas. "Yutaka confiaba en ti. No dejes que el pasado se desdibuje por algo que no tiene futuro. Takuya es buen amigo pero no es lo que necesitas ahora." Las palabras resonaban en su mente constantemente, reforzando su decisión de tomar distancia. Pero esa decisión no la hacía más fuerte; la hacía más frágil, más vulnerable.
Y entonces, estaban sus amigos. Evitar una era Takuya complicada, casi imposible. Compartieron un grupo cercano, un círculo que los unía inevitablemente. Cada conversación grupal en el chat, era un recordatorio de lo entrelazadas que estaban sus vidas. Y mientras más intentaba alejarse, más lo extrañaba. "¿Por qué duele tanto estar lejos de él?" Pensaba con un nudo en el corazón, mientras el eco de sus propias dudas la mantenía despierta por las noches.
Hoy era viernes. Después de muchos días, Izumi volvería a ver a Takuya. Esa idea la llenaba de emociones encontradas. Por un lado, la entristecía, como si se estuviera preparando para un encuentro que solo intensificará su dolor. Pero por otro, una pequeña chispa de felicidad se encendía en su corazón, una emoción que no lograba comprender del todo. Intentaba justificar su felicidad con la excusa de que volvería a reunirse con sus amigos. Hoy, los seis niños elegidos, ya no tan niños, volverían a estar juntos.
"¿Por qué me siento así?" pensó mientras se miraba al espejo por décima vez.
Llevaba puesto un suéter beige de tejido fino que caía con suavidad sobre sus hombros, combinándolo con una minifalda negra que llegaba a unos centímetros por encima de las rodillas. Sus piernas estaban cubiertas por pantimedias negras que añadían un toque elegante y discreto. Había decidido dejar su cabello rubio suelto, permitiendo que las ondas naturales enmarcan su rostro. Se tomó un momento para ajustar un mechón rebelde detrás de la oreja y suspiró al observar su reflejo con atención.
Se sentía incómoda, como si ninguna prenda, ningún peinado, pudiera hacerla sentir completamente bien. No era solo una cuestión de apariencia; había algo más profundo, un vacío que no podía llenar. Apretó los labios con nerviosismo, dándose cuenta de que estaba demasiado concentrada en cómo lucía, como si ese detalle pudiera cambiar lo que estaba a punto de enfrentar.
Revisó su vestimenta una vez más, optando por algo sencillo pero que le sentará bien. "¿Por qué quiero verme linda esta noche?" Esa idea la desconcertó, y con un suspiro frustrado, se alejó del espejo. Sentía que no debía pensar en esas cosas, pero su mente no dejaba de divagar.
Mientras tanto, Tomoki estaba estacionado frente a la casa de Izumi, esperando a que saliera. Había insistido en pasar a buscarla, no sólo por cortesía, sino porque sentía que necesitaban ese momento a solas. Desde que ella había regresado, no habían tenido una charla sincera, y Tomoki quería saber cómo estaba realmente. Para él, Izumi era como una hermana, y sabía que ella no lo había pasado bien tras la muerte de Yutaka.
Tomoki llevaba un abrigo gris oscuro de lana, ideal para el clima de otoño que anunciaba la llegada del invierno. Lo combinaba con una bufanda de tonos azul marino que rodeaba su cuello de forma despreocupada. Suéter de punto negro y jeans oscuros completaban su atuendo, junto con unas botas marrones de cuero que crujían ligeramente al mover los pies dentro del auto. Aunque no hacía un frío extremo, la brisa que se colaba por la ventana entreabierta le recordaba que las temperaturas pronto bajarían más.
Mientras esperaba, miró hacia la puerta con las manos dentro de los bolsillos de su abrigo, sintiéndose algo ansioso. Sabía que Izumi se estaba tomando su tiempo, probablemente ajustando cada detalle de su apariencia. Él no iba a presionarla. Al contrario, esperaría todo el tiempo que sea necesario.
Izumi salió finalmente, con una leve sonrisa en el rostro. Tomoki notó sus ojos algo apagados y decidió no mencionarlo, al menos no todavía. "¿Lista?" preguntó con un tono animado. Izumi asintió y subió al auto.
—Gracias por venir a buscarme, Tomoki. —Izumi subió al auto y cerró la puerta con cuidado, acomodándose en el asiento del copiloto.
Tomoki le dedicó una sonrisa amable antes de arrancar. El rugido del motor llenó el aire mientras tomaban rumbo hacia el departamento de Takuya. Durante los primeros minutos, ambos permanecieron en silencio. La lluvia dejaba pequeñas gotas en el parabrisas, y Tomoki encendió la música para romper la tensión. Una suave melodía inundó el espacio, pero no logró aliviar el peso en el ambiente.
—¿Cómo estás, Izumi? —preguntó de repente, sin apartar los ojos de la carretera.
Izumi sintió cómo se le tensaba el cuerpo. Quería gritar, llorar, pedir que no le preguntaran más eso. Parecía que todos querían que respondiera como si sus palabras pudieran borrar el vacío que sentía. Apretó las manos sobre su regazo y se obligó a sonreír, aunque le costara.
—Estoy bien —respondió con voz calmada, aunque sabía que él no le creería. Quiso cambiar de tema rápidamente—. ¿Y tú? ¿Cómo estás?
Tomoki frunció ligeramente el ceño, sus dedos se apretaron con fuerza alrededor del volante. —Digamos que bien... —Su tono era tenso, distante.
Izumi lo observó de reojo, captando el ligero temblor en su voz. Algo no estaba bien. —¿Estás molesto conmigo? —preguntó con cautela, sin saber si quería oír la respuesta.
Tomoki negó con la cabeza, pero no la miró. Sus ojos seguían fijos en la carretera, su mandíbula apretada. —No es eso... es solo que... te extrañé demasiado.
Izumi sintió un golpe en el pecho al escuchar su confesión. —Tomoki... yo...
—Me hiciste mucha falta, Izumi —continuó él, su voz quebrándose ligeramente. —Cuando perdimos a Yutaka, sentí que el mundo se venía abajo. Pero también sentí que te perdía a ti. No fue solo mi hermano; eras tú, mi mejor amiga, mi hermana de corazón. Tú eras la única que podía entender mi dolor, y no estabas.
Izumi apartó la mirada, luchando contra las lágrimas que comenzaban a acumularse en sus ojos.
—Lo siento... —susurró, sintiéndose abrumada por la culpa. Su mente volvió al secreto que había guardado todos esos años: el bebé que perdió con Yutaka. Era un peso que la destrozaba. Tomoki había perdido tanto, y ella había guardado algo tan importante. Su garganta se cerró al intentar hablar.
Por un instante, pensó en decirle la verdad. "Tomoki, perdí un hijo de Yutaka." Las palabras estaban en la punta de su lengua, pero el miedo la detuvo. No era el momento. No podía sumar más dolor al que ya cargaban. Sin embargo, ese pensamiento no hizo que la culpa desapareciera; al contrario, la hundió aún más.
Tomoki soltó un suspiro tembloroso. —No quiero que te sientas mal por eso. Sé que tenías tus razones, que también estabas lidiando con tu propio dolor. Pero... no sabes lo duro que fue. Pensé que íbamos a enfrentar esto juntos, que podríamos apoyarnos mutuamente.
Las lágrimas rodaron silenciosamente por las mejillas de Izumi. —Tienes razón, Tomoki. Fui egoísta. Te dejé solo cuando más me necesitabas...
Tomoki alzó una mano del volante, colocándola brevemente sobre la de Izumi en un gesto de consuelo. —No quiero que te castigues por eso, Izumi. Lo que pasó, pasó. Pero necesito que me prometas algo. Prométeme que no te irás otra vez.
Izumi levantó la vista, sus ojos brillando por las lágrimas. —Te lo prometo, Tomoki. No me iré. Nunca más.
Tomoki esbozó una pequeña sonrisa, aunque sus ojos seguían reflejando el peso de los recuerdos.
El resto del trayecto transcurrió en silencio. Ambos dejaron que la música llenara el espacio, como si cada nota les ofreciera un breve respiro de sus emociones. Aunque las heridas seguían abiertas, esas palabras les dieron un destello de alivio.
Izumi, sin embargo, seguía sintiéndose atrapada. Guardar ese secreto sobre el bebé era como un peso invisible que la aplastaba. Aunque le había prometido a Tomoki que no lo abandonaría de nuevo, sabía que todavía había un muro entre ellos. Uno que solo podría derribar si algún día encontraba el valor para confesarle toda la verdad.
Mientras tanto, en el departamento de Takuya, el ambiente era mucho más relajado. Él y Kouji estaban sentados en el sofá, esperando a que JP y Kouichi volvieran del supermercado con las últimas cosas que faltaban.
Takuya, vestido con una chaqueta acolchada en un vibrante tono rojo oscuro, combinada con una camiseta blanca y jeans desgastados, caminaba de un lado a otro, inquieto. Sus zapatillas deportivas negras hacían un leve ruido contra el suelo con cada paso, mientras sus manos jugueteaban con el teléfono que llevaba en el bolsillo. A pesar de la calma del entorno, su mente estaba en otro lugar, como si intentara decidir si enviar un mensaje o no.
Kouji, en cambio, proyectaba serenidad. Estaba sentado cómodamente en el sofá, revisando su teléfono con una expresión neutral. Llevaba un abrigo azul marino largo que se ajustaba perfectamente a su figura, con un jersey gris claro y unos pantalones negros ajustados. Sus botas negras lucían impecables, y el cabello, siempre cuidadosamente peinado hacia atrás, le daba un aire pulcro y frío que contrastaba con la energía inquieta de Takuya.
—Deja de caminar, me estás poniendo nervioso —dijo Kouji sin levantar la vista de la pantalla.
Takuya se detuvo y se cruzó de brazos. —Es que... hace mucho que no nos reunimos los seis y JP y Kouichi están tardando demasiado… Quiero que todo salga bien.
Kouji levantó la vista y arqueó una ceja, una expresión de escepticismo cruzando su rostro. —¿Seguro que no tiene nada que ver con que vas a ver a Izumi?
Takuya se quedó congelado en su lugar, mirando a Kouji con incomodidad. —¿De qué hablas? No es nada de eso.
Kouji dejó el teléfono a un lado y lo observó fijamente, su mirada penetrante. —Takuya, te conozco demasiado bien.
El aludido desvió la vista, rascándose la nuca, claramente incómodo. —Está bien, sí es por Izumi. Es que... creo que las cosas van a estar incómodas. Estos días ella me ha estado evitando. Apenas contesta mis mensajes, y aunque hablé con ella, no puedo entender por qué está así conmigo.
Kouji asintió lentamente. —Tienes que darle tiempo y, sobre todo, entenderla. No es fácil lo que está viviendo.
—Lo sé, pero... —Takuya bajó la mirada, sus hombros se hundieron— Tengo miedo de que vuelva a alejarse de nosotros... de mí.
Kouji frunció el ceño, evaluando cuidadosamente las palabras de su amigo. Finalmente, se decidió a preguntar, —¿Takuya, todavía amas a Izumi?
Takuya levantó la cabeza rápidamente, su expresión cargada de emoción. —Sí. Nunca pude dejar de amarla. Sin ella, mi vida no tiene sentido. Estos años que estuvo lejos... me hicieron sentir vacío.
Kouji lo observó con seriedad, sus ojos reflejando una mezcla de preocupación y duda. Dudó unos segundos antes de hablar, pero decidió ser honesto.
—¿Puedo ser sincero contigo?
Takuya asintió, aunque algo en su interior le decía que no le gustaría lo que estaba por escuchar.
—Para mí... no es amor lo que sientes por Izumi. Creo que hace mucho tiempo dejaste de amarla. Lo que sientes ahora es otra cosa... más bien una obsesión.
Takuya lo miró sorprendido, casi indignado. —¿Obsesión? ¿De qué hablas?
—Sí, una obsesión por la relación que no tuvieron, por el error que cometiste con ella. Es como si sintieras que tienes una cuenta pendiente, algo que necesitas arreglar a toda costa.
—No, eso no es cierto —replicó Takuya con firmeza. —La amo, Kouji. Incluso intenté olvidarla, pero no pude.
Kouji suspiró y se inclinó hacia adelante, apoyando los codos en sus rodillas. —No pudiste porque no lo permitiste. Aunque estuviste con otras mujeres, nunca te diste una verdadera oportunidad de amar a alguien más. Cuando alguna de ellas empezaba a sentir algo por ti o a enamorarse, tú mismo te encargaste de alejarlas.
Las palabras de Kouji golpearon a Takuya como un balde de agua fría. Permaneció en silencio, procesando lo que acababa de escuchar. —Eso no es cierto... —murmuró finalmente, aunque su voz carecía de convicción.
—Solo piensa en lo que te digo. No te estoy juzgando, pero quiero lo mejor para ti. Tal vez deberías darte una oportunidad real de conocer a otra chica, alguien que no sea Izumi. Por ejemplo, podrías intentarlo con Kanna. Ella está enamorada de ti.
Takuya frunció el ceño, sacudiendo la cabeza. —No, Kanna no siente nada por mí.
Kouji lo miró con incredulidad. —Eso es lo que dice para que no la alejes, como hiciste con las demás. Sé que te cuesta verlo, pero es obvio para todos.
Takuya no respondió, simplemente apartó la mirada, sumido en sus pensamientos.
—No estoy diciendo que olvides a Izumi de un día para otro. Solo quiero que pienses en lo que te dije. Tal vez descubrirías que hay más en tu vida que esta obsesión por ella.
Takuya permaneció en silencio, luchando con el torbellino de emociones que las palabras de Kouji habían despertado. Por más que quisiera negarlo, una pequeña parte de él temía que su amigo tuviera razón.
El silencio que siguió a las palabras de Kouji fue pesado, casi palpable. Takuya permaneció quieto, su mirada clavada en el suelo mientras un torrente de emociones lo atravesaba. Por un lado, algo en su interior se removía incómodo, como si las palabras de Kouji hubieran encendido una chispa de duda. ¿Es cierto? pensó. ¿Podría ser que lo que sentía por Izumi no fuera realmente amor, sino una obsesión por aquello que nunca llegó a ser?
Esa idea lo inquietó profundamente. Recordó los años que pasó pensando en ella, los momentos en que su mente volvía una y otra vez al pasado, imaginando escenarios donde había tomado decisiones diferentes, donde las cosas hubieran salido de otra manera. Kouji podría tener razón en que había construido su vida alrededor de esa "cuenta pendiente".
Pero otra parte de él, una más arraigada y visceral, se negó a aceptar esa posibilidad. No, pensó, apretando los puños. Estaba seguro de que lo que sentía por Izumi era amor. Había sido su primer amor, y ninguno de los intentos por olvidarla había funcionado porque, en el fondo, nunca quiso olvidarla. No era solo el arrepentimiento por el pasado; era la forma en que su corazón se aceleraba al verla, cómo cada pequeña interacción con ella lo llenaba de una felicidad que no podía describir.
Takuya se llevó una mano al rostro, suspirando profundamente.
—¿Estás bien? —preguntó Kouji, observándolo con atención.
—No lo sé... —admitió Takuya con honestidad, algo raro en él. —Lo que dijiste me dejó pensando.
Kouji inclinó la cabeza, mostrando un atisbo de comprensión. —Es lo único que quería, que lo pienses. No digo que tengas que tomar una decisión ahora mismo. Solo quiero que seas sincero contigo mismo.
Takuya asintió lentamente, pero en su interior la batalla continuaba. Una parte de él se preguntaba si Kouji tenía razón, si estaba atrapado en un ciclo que él mismo había creado. Pero la otra, más fuerte, seguía creyendo que Izumi era su destino, que su amor por ella era genuino y que, de alguna manera, encontrarían el camino para estar juntos.
¿Qué hago? pensó, sintiéndose dividido como nunca antes. Mientras Kouji regresaba a su teléfono y el departamento volvía a un silencio incómodo, Takuya no pudo evitar sentir que, por primera vez, no estaba completamente seguro de lo que quería.
La puerta del departamento se abrió de golpe, y un par de bolsas del supermercado entraron primero, seguidas por Kouichi y JP. Kouichi sostenía las bolsas con calma, mientras JP luchaba un poco con el peso, quejándose en voz baja.
JP llevaba un abrigo verde oscuro que parecía una talla más grande de lo necesario, dándole un aire desenfadado. Bajo el abrigo, tenía una sudadera negra con un estampado llamativo en el pecho, unos jeans azules cómodos y zapatillas deportivas blancas que parecían haber visto días mejores. Con una bolsa en cada mano, resopló al entrar y dejó caer una de ellas en la mesa. "¡Esto pesa más de lo que parecía en la tienda!"
Kouichi, en contraste, lucía más minimalista. Vestía un suéter de lana gris oscuro con cuello alto, unos pantalones negros ajustados y un abrigo negro clásico que le daba un toque sofisticado incluso para una salida al supermercado. Sus botas negras brillaban ligeramente bajo las luces del departamento, y su cabello estaba ligeramente despeinado, pero en un estilo que parecía intencional. Depositó las bolsas restantes con cuidado, lanzándole una mirada tranquila a JP.
Takuya, aún pensativo, levantó la vista del suelo al escuchar el ruido, mientras Kouji hizo un gesto hacia su hermano mayor con un toque de ironía.
—¿Ves? Te dije que tardarías una eternidad en volver —bromeó Kouji, levantándose del sofá.
Kouichi frunció el ceño y, con una sonrisa traviesa, dejó las bolsas en la mesa del comedor.
—¡Claro! El problema es que JP no me ayudó en todo el camino. Estaba demasiado ocupado... —dijo, mirando a su amigo con una expresión burlona.
Takuya arqueó una ceja, intrigado. —¿Ocupado con qué?
—¡Con su esposa! —contestó Kouichi, haciendo una mueca de incomodidad mientras miraba a JP, que seguía mirando su teléfono con una sonrisa boba.
JP levantó la cabeza, completamente ajeno al reproche del pelinegro —¿Qué pasa, Kouichi? ¡Es que la extraño!
Kouichi lo miró, incrédulo. —Pero... ¡la última vez que la viste fue hace dos horas!
JP no dejó de sonreír, algo nostálgico. —Así es, pero aún así la extraño. Es la mujer de mi vida, hermano. ¡¿No entiendes eso?!
Kouji se echó hacia atrás en el sillón, mirando a JP con una mezcla de diversión y exasperación. —Eres increíble, JP.
Takuya soltó una risa silenciosa, observando la interacción entre los dos hermanos. El ambiente que había estado tenso por unos momentos, se despejó por completo con esa pequeña discusión, y la ligera comedia trajo una sensación de ligereza al lugar.
Después de unos minutos de bromas y discusiones entre JP y Kouichi, la atmósfera comenzó a relajarse. Aunque Takuya seguía sumido en sus pensamientos, empezó a sentir una leve calma gracias a la calidez que sus amigos traían consigo. La tensión se había aligerado, pero algo seguía rondando en su mente, inquietándolo.
De repente, el sonido del timbre interrumpió sus pensamientos, y todos se quedaron en silencio al instante.
—Deben ser Tomoki e Izumi —dijo Kouji, poniéndose de pie rápidamente. Su expresión se volvió más seria.
Al escuchar las palabras de Kouji, Takuya sintió que su cuerpo se tensaba involuntariamente.
Kouichi, que estaba cerca de la puerta, se levantó y caminó hacia ella, sin dejar de hacer una mueca a JP por sus actitudes recientes. Abrió la puerta con una sonrisa amplia, pero esa expresión desapareció casi al instante cuando vio a Izumi y Tomoki entrar.
Tomoki estaba sonriendo suavemente, pero el rostro serio de Izumi no pasó desapercibido para nadie en la habitación. Al notar las miradas, Izumi ofreció una tímida sonrisa, aunque sus ojos reflejaban una mezcla de emociones que ella no podía esconder.
JP, que estaba acomodando algunos bocadillos sobre la mesa, giró la cabeza al oír el sonido de la puerta. Sus ojos brillaron al instante al ver a Izumi.
—¡IZUMI! —gritó sin pensarlo, dejando caer todo lo que tenía en las manos y corriendo hacia ella.
Antes de que Izumi pudiera reaccionar, JP la envolvió en un fuerte abrazo. La sorpresa inicial de Izumi se desvaneció rápidamente, y una emoción profunda comenzó a apoderarse de ella. Los ojos de Izumi se llenaron de lágrimas mientras correspondía al abrazo con fuerza. Era la primera vez en tres años que se veían, y aunque el tiempo había pasado, la conexión entre ambos seguía intacta.
JP e Izumi compartían un lazo especial. Ambos sabían lo que significaba crecer con el dolor de sentirse aislados, sin poder hacer amigos, como si vivieran en mundos separados. Izumi había sido la primera amiga verdadera de JP, y él, su primer amigo sincero. Esa conexión los había marcado para siempre, y estar juntos otra vez, después de tanto tiempo, era un alivio para ambos.
Cuando se separaron del abrazo, JP no dejó de sonreír. Tomó un mechón de cabello de Izumi y lo acomodó detrás de su oreja con un gesto tierno. —Estás hermosa, Izumi. Cada día te pones más guapa.
Izumi sonrió con ternura, su corazón lleno de gratitud por las palabras de su amigo. —Gracias, JP. Tú también te ves muy bien —respondió sinceramente, pero pronto su sonrisa se desvaneció, reemplazada por una expresión de tristeza. —Perdóname por no haber estado en tu boda. Siempre me voy a sentir mal por no haber asistido.
JP negó con la cabeza, su sonrisa tomando un tono ligeramente melancólico. —Es cierto que me hubiera encantado que estuvieras allí, Izumi, pero no pasa nada. Entiendo que estabas luchando con tu dolor, y sé que no fue fácil para ti. Por eso nunca te juzgué. —Hizo una pausa, suavizando su tono—. Me gustaría mucho que conocieras a Aiko. Estoy seguro de que te llevarías muy bien con ella.
Izumi asintió, conmovida por la comprensión de JP. —Me encantaría conocerla.
JP soltó una pequeña risa y agregó, con su característica calidez: —Aunque esté casado, sigo siendo tu fan número uno. Siempre serás mi modelo favorito.
Izumi soltó una risa ligera, sintiendo que el peso en su pecho se aliviaba un poco. —Bueno, espero que a tu esposa no le moleste, porque ahora yo también soy tu fan número uno. ¡Eres mi cantante de ópera favorito!
Ambos rieron al unísono, y JP volvió a abrazarla, esta vez de manera más breve, pero igual de afectuosa.
Desde el otro lado de la sala, Takuya observaba la escena junto a Kouji y Kouichi. Aunque sonreía ante la alegría del reencuentro, no pudo evitar sentir un leve pinchazo de celos al ver la cercanía entre JP e Izumi. No lo admitía ni a sí mismo, pero esa conexión especial que ambos compartían lo inquietaba. No entendía por qué JP podía estar tan cerca de ella, mientras que él se sentía cada vez más alejado. Estaban tan cerca, en el mismo lugar, pero al mismo tiempo tan distantes. Eso lo puso de mal humor, pero tuvo que fingir por el bien de sus amigos. Era la primera vez, después de tanto tiempo, que los seis estaban reunidos nuevamente.
