Capítulo 12: Corazónes rotos.
Takuya regresó con el paquete en las manos, cerrando la puerta detrás de él. Su mirada pasó rápidamente de Kanna a Izumi, notando el silencio tenso que llenaba la sala. Kanna se recargaba en el respaldo del sofá con una expresión relajada, pero sus ojos estaban fijos en Izumi, quien mantenía la mirada baja, con las manos apretadas sobre su regazo.
—¿Sucede algo? —preguntó Takuya, frunciendo ligeramente el ceño mientras dejaba el paquete sobre la mesa.
Kanna le sonrió, una sonrisa tranquila y aparentemente inocente. —No, nada. Todo está bien, Takuya.
Izumi no respondió. Su mente seguía atrapada en las palabras de Kanna. Algo dentro de ella se sentía diferente, como si un cable se hubiera desconectado o reconectado. Una sensación incómoda, como si estuviera al borde de un abismo emocional que no sabía si quería cruzar.
De repente, se puso de pie con movimientos apresurados, haciendo que tanto Takuya como Kanna voltearan a verla.
—Me tengo que ir —dijo Izumi, tratando de sonar casual, aunque su voz tembló ligeramente—. Mi mamá me está esperando.
Takuya frunció el ceño, todavía más confundido. —Pero no comiste casi nada, Izumi. Quédate un rato más.
Izumi negó rápidamente con la cabeza. —No, de verdad, es mejor que me vaya.
Él intentó insistir, dando un paso hacia ella. —Izumi, si pasó algo...
—No pasó nada, Takuya —lo interrumpió ella, sin levantar la mirada—. Además, Kanna vino a visitarte. Es mejor que te quedes con ella.
Kanna, al escuchar esas palabras, sonrió para sí misma, acomodándose más cómodamente en el sofá como si hubiera ganado algo.
Izumi se volvió hacia Takuya, y aunque sus ojos no se encontraban con los suyos, su voz se suavizó un poco. —Gracias por todo lo que hiciste por mí hoy. Después te mando un mensaje.
Sin darle tiempo a responder, se dirigió rápidamente hacia la puerta, abriéndola y cerrándola detrás de ella antes de que Takuya pudiera detenerla.
El departamento quedó en un silencio pesado, solo roto por el suave sonido del paquete que Takuya dejó sobre la mesa. Se quedó mirando la puerta por la que Izumi había salido, una sensación de desconcierto en su pecho.
—¿Vos le dijiste algo? —preguntó de repente, girándose hacia Kanna con el ceño fruncido.
Kanna sonrió con falsa dulzura, encogiéndose de hombros. —Por supuesto que no. No sé por qué me preguntas eso.
Él la observó fijamente, como si intentara leer más allá de sus palabras. Kanna, al notar su mirada, rápidamente intentó cambiar de tema.
—¿Y bien? ¿Vas a abrir tu paquete o qué? —dijo con un tono casual, como si nada hubiera pasado.
Takuya no respondió de inmediato. Su mirada volvió a la puerta, y aunque intentaba concentrarse, algo en el comportamiento de Izumi lo inquietaba profundamente. Algo había cambiado en ella, y no sabía qué era.
La noche había caído con un aire de pesadez en el hogar de Izumi. En su habitación, el silencio solo era interrumpido por los sollozos suaves que escapaban de sus labios mientras abrazaba con fuerza una almohada. Sus pensamientos se arremolinaban caóticamente, una mezcla de las palabras de Kanna y las de la madre de Yutaka.
"No puedes olvidar a Yutaka de esta manera."
"Takuya no debería estar cerca de ti, no es correcto."
Izumi cerró los ojos con fuerza, intentando detener el torrente de lágrimas. ¿Por qué todos insistían en que debía alejarse de Takuya? Él era el único que lograba darle algo de alivio, un poco de felicidad en medio de su dolor. Y sin embargo, esas palabras se sentían como una sentencia, una cadena que la ataba a un pasado que no podía soltar.
En el pasillo, la madre de Izumi estaba de pie, escuchando el llanto apagado de su hija tras la puerta. Preocupada, giró el picaporte con cuidado y entró en la habitación. Al verla encogida en la cama, abrazando la almohada como si fuera su único refugio, sintió una punzada en el corazón.
Se acercó lentamente y se arrodilló junto a la cama, colocando una mano con ternura en el cabello de Izumi. —Hija, ¿qué pasa? —le preguntó con suavidad, su voz cargada de preocupación—. ¿Es por Yutaka?
Izumi negó con la cabeza, sin levantar la mirada. —No, mamá…
La madre frunció ligeramente el ceño, percibiendo la vacilación en su voz. —¿Es por Takuya?
Izumi se tensó al escuchar su nombre, y su madre lo notó al instante. Los sollozos cesaron por un momento, como si la pregunta la hubiera paralizado.
—¿Te pasó algo con él? —insistió su madre.
Izumi finalmente levantó la mirada, sus ojos hinchados y enrojecidos por el llanto. —No es eso… —murmuró—. Es que… Kanna dijo que yo debería dejarlo ir.
La madre de Izumi escuchó atentamente, sin interrumpirla, mientras Izumi continuaba.
—Ella dijo que Takuya merece a alguien que lo ame y que yo no puedo ser egoísta. Pero… —Su voz se quebró, y apretó la almohada con más fuerza—. ¿Por qué tengo que alejarme de él si es el único que me hace sentir bien?
La madre de Izumi suspiró profundamente, tomando las manos de su hija entre las suyas. —Hija, Takuya ha sido un gran apoyo para ti. No me parece justo que tengas que alejarte de alguien que te hace bien.
Izumi la miró, sorprendida por sus palabras. —¿Tú… no crees que está mal?
La madre sonrió con ternura y negó con la cabeza. —No, Izumi. Tú también mereces ser feliz. Pero dime algo, hija. —La voz de su madre se volvió más suave, pero directa—. ¿Tú sientes algo más por él? ¿Crees que te estás enamorando de Takuya?
La pregunta quedó suspendida en el aire. Izumi bajó la mirada, cerrando los ojos mientras intentaba encontrar la respuesta en su interior. En su mente surgió la imagen de Yutaka, su sonrisa, su voz, los momentos felices que compartieron juntos. El recuerdo la inundó de una mezcla de amor y dolor, como si su corazón aún estuviera atado a un pasado que no podía soltar.
Finalmente, negó con la cabeza, con la voz rota pero firme.—No, mamá. Mi corazón le pertenece a Yutaka. Siempre será así.
La madre de Izumi suspiró, acariciando suavemente su mejilla. Aunque Izumi no lo admitiera, ella veía algo más en los ojos de su hija cuando hablaba de Takuya. Un brillo diferente, un rayo de esperanza que no se atrevía a aceptar. Pero decidió no presionarla. Izumi tendría que descubrirlo por sí misma.
—Está bien, hija. Pero si realmente piensas así, entonces haz lo correcto. Habla con Takuya. No lo dejes seguir esperando.
Izumi asintió en silencio, aunque el dolor en su pecho no disminuía. ¿Por qué algo que debería ser tan simple dolía tanto?
Izumi permanecía acostada en su cama, abrazada a la almohada, mientras las palabras de su madre resonaban en su mente como un eco incesante. "Habla con Takuya. No lo dejes seguir esperando." Cerró los ojos con fuerza, intentando calmar el torbellino de pensamientos que la invadía, pero era inútil.
¿Cómo podía ser tan difícil?
Su corazón le dolía al pensar en separarse de Takuya. Él había sido su refugio, el único que la había hecho sentir viva desde que perdió a Yutaka. Pero también sabía que todos tenían razón. "No puedes ser egoísta," se repetía a sí misma. Si realmente lo quería, aunque fuera como amigo, debía dejarlo ir.
"Lo mejor para él es que encuentre a alguien más. Alguien que pueda darle todo lo que yo no puedo."
La idea la destrozaba, y no pudo evitar que las lágrimas comenzaran a caer con más fuerza. El llanto brotó de su pecho, profundo, desgarrador, mientras la imagen de Takuya aparecía en su mente: su sonrisa cálida, sus palabras alentadoras, la forma en que la miraba como si fuera la única persona en el mundo.
Su madre, que seguía arrodillada junto a ella, sintió como si una mano invisible apretara su propio corazón al ver el estado de su hija. Sin decir nada, se recostó en la cama a su lado, envolviendo a Izumi en sus brazos y apoyando su cabeza sobre su pecho.
—Estoy aquí, hija. Llora todo lo que necesites —susurró con ternura, acariciándole el cabello.
Izumi se aferró a su madre como si fuera su único ancla, dejando que el dolor fluyera libremente. Mientras tanto, la mente de su madre se llenaba de recuerdos.
Recordó a Izumi cuando era solo una niña, llena de curiosidad y ganas de descubrir el mundo. Siempre tan valiente, tan decidida. Recordó las veces que corría por el jardín, riendo a carcajadas, o cuando se acercaba a ella con preguntas interminables sobre todo lo que veía.
"¿Cuándo dejó de ser mi pequeña niña feliz?"
El pensamiento le provocó un nudo en la garganta. Quisiera tener el poder de retroceder el tiempo, de borrar todo el sufrimiento de su hija, de protegerla de la tristeza que ahora la consumía.
—Mi pequeña… —susurró, su voz quebrándose ligeramente—. Ojalá pudiera quitarte todo este dolor.
Izumi no respondió, solo continuó llorando en el pecho de su madre, sintiendo su calor, su amor incondicional. Aunque las palabras de su madre habían sido un llamado a tomar una decisión, también le recordaban que no estaba sola. Pero eso no hacía que el dolor fuera menos intenso.
Para Izumi, despedirse de Takuya sería como arrancar una parte de su alma, pero creía que era lo correcto. Aunque su corazón gritaba lo contrario.
A la mañana siguiente, Kouji estaba sentado en el borde de su cama, con el teléfono en la mano. Sus ojos estaban fijos en la pantalla apagada, pero su mente estaba en otra parte. Las palabras de Koichi de la noche anterior se repetían como un eco:
"Estoy interesado en Ayemi."
El tono honesto de su hermano, cargado de esperanza, lo había dejado atónito. Kouji no había esperado escuchar esa confesión. Había creído que tenía una oportunidad con Ayemi, pero ahora todo había cambiado. No podía competir con Koichi, y, más importante aún, no quería hacerlo.
Habían superado tanto como hermanos que la idea de poner en peligro su relación por una chica era inconcebible. Kouji respiró hondo y apretó el teléfono en su mano, sintiendo su peso aumentar con cada segundo. La cita con Ayemi estaba programada para dentro de unos días, pero ahora sabía que debía cancelarla.
Se pasó una mano por el cabello, tratando de calmarse, pero su corazón seguía latiendo rápido, como si intentara convencerlo de que no lo hiciera. Es lo correcto, se repitió, aunque la idea de herir a Ayemi lo hacía sentirse miserable.
Finalmente desbloqueó el teléfono y marcó su número. El sonido del timbre resonó en sus oídos, cada segundo aumentaba su ansiedad hasta que la voz de Ayemi, alegre y cálida, llenó la línea.
—¡Kouji! —dijo con entusiasmo, su tono lleno de ilusión—. ¡Qué sorpresa! ¿Llamas para confirmar lo de la cita?
La calidez en su voz lo golpeó como un cuchillo. Kouji cerró los ojos por un momento, sintiendo un nudo formarse en su pecho. Quería explicarle, decirle que no era su culpa, pero recordó la confesión de Koichi y endureció su resolución.
—Ayemi, tenemos que cancelar.
El entusiasmo de ella desapareció de inmediato. El silencio que siguió fue breve, pero Kouji pudo sentir cómo la decepción de Ayemi comenzaba a filtrarse a través de la línea.
—¿Cancelar? ¿Por qué? —preguntó ella, intentando sonar despreocupada, aunque su voz tenía un leve temblor que no pudo esconder.
Kouji apretó la mandíbula. Sabía que cuanto más directo fuera, menos esperanzas dejaría. Por cruel que pudiera parecer, era mejor así.
—He cambiado de opinión. No creo que sea buena idea que salgamos.
La respuesta fue seca, casi mecánica, como si estuviera desconectado de sus propias emociones.
Ayemi quedó en silencio por unos segundos. Kouji imaginó su rostro, probablemente frunciendo el ceño mientras trataba de procesar lo que acababa de escuchar.
—¿Qué quieres decir? ¿Es por algo que hice? —preguntó finalmente, su voz ahora más baja, como si temiera la respuesta.
Kouji sintió el peso de la culpa hundiéndose en su estómago, pero no podía detenerse ahora.
—No tiene nada que ver contigo —dijo, su tono cortante, casi indiferente—. Simplemente no estoy interesado.
Las palabras fueron como un puñetazo para Ayemi. Ella sintió que el aire se le escapaba, como si la hubieran dejado sin aliento. Había esperado muchas cosas de esa llamada, pero no esto.
—Oh… entiendo —murmuró, haciendo un esfuerzo por mantener su voz firme, aunque la decepción y el dolor eran evidentes en cada palabra—. Bueno… gracias por decírmelo.
Kouji asintió, aunque sabía que ella no podía verlo.
—Cuídate —dijo de forma automática antes de colgar abruptamente, sin darle oportunidad de responder.
El silencio que quedó después de la llamada fue ensordecedor. Kouji dejó el teléfono a un lado y se inclinó hacia adelante, apoyando los codos en las rodillas mientras enterraba el rostro en sus manos.
"Hice lo correcto," se dijo una y otra vez, como un mantra desesperado. Pero, ¿por qué sentía ese vacío en su pecho? Había elegido a su hermano, había priorizado su relación por encima de cualquier sentimiento que pudiera tener por Ayemi.
Sin embargo, la imagen de su sonrisa, la calidez de su voz al contestar el teléfono, seguía persiguiéndolo. La idea de que ella estuviera herida, de que pudiera estar llorando, le hacía sentir como el peor de los hombres.
Mientras tanto, Ayemi seguía mirando su teléfono, incapaz de moverse. Sus manos temblaban mientras la realidad de la conversación se asentaba en su mente.
"Simplemente no estoy interesado."
Las palabras de Kouji resonaban en su cabeza como un eco cruel. Intentó convencerse de que no debía dolerle tanto, de que él tenía derecho a cambiar de opinión, pero no podía evitar sentir que algo dentro de ella se rompía.
"¿Por qué? ¿Qué hice mal?"
Se levantó de la silla lentamente, como si cada movimiento requiriera un esfuerzo inmenso. Sus pasos la llevaron al baño del hospital, donde finalmente dejó que las lágrimas fluyeran, solitarias y silenciosas.
Cuando logró calmarse, se lavó la cara e intentó recomponerse, aunque su reflejo en el espejo no le devolvía la confianza. Salió del baño con los ojos todavía rojos, intentando pasar desapercibida, pero justo al girar la esquina chocó con alguien.
—Ayemi, ¿estás bien? —preguntó Koichi, mirándola con preocupación genuina al notar su estado.
Ayemi lo miró, y el parecido con Kouji la golpeó como un puñal. Su corazón se aceleró de inmediato, pero apartó la mirada rápidamente.
—Estoy bien. No te preocupes —respondió ella, intentando pasar de largo.
Koichi no se movió. Su mirada tranquila, pero persistente, la detuvo.
—No parece que estés bien. ¿Qué pasó? Puedes confiar en mí.
Ayemi apretó los labios, su mente dividida entre la necesidad de mantener distancia y el deseo de desahogarse.
—No pasa nada. Solo… me entró una basurita en el ojo —murmuró, intentando sonar despreocupada.
Koichi frunció ligeramente el ceño. No creía en sus palabras, pero decidió no presionarla.
—Ayemi —dijo suavemente mientras tomaba sus manos con cuidado, haciendo que ella lo mirara, sonrojada por el gesto inesperado—. Quiero que sepas que estoy aquí para ti. No dudes en buscarme si necesitas algo.
El calor en sus palabras, la firmeza en su mirada, desconcertaron a Ayemi. Antes de que pudiera responder, Koichi continuó:
—De hecho… ¿por qué no tomamos un café? Solo para despejarnos un rato.
—Koichi, no creo que sea lo correcto —respondió ella con rapidez, apartando las manos.
—¿Por qué no? Solo quiero que te sientas mejor —insistió él, con una sonrisa tranquila.
Ayemi bajó la mirada, dudando. No quería que Koichi malinterpretara las cosas, pero tampoco podía ignorar su amabilidad.
—No quiero molestarte.
—Jamás serías una molestia, Ayemi —dijo Koichi, con seriedad.
Ella suspiró, negando suavemente. —Gracias, pero creo que necesito estar sola ahora.
Koichi la dejó ir, pero mientras la veía alejarse, su determinación se fortaleció. Es el momento, pensó, apretando los puños.
"Haré todo lo posible para que Ayemi se enamore de mí. Soy el hombre que merece estar a su lado, no Kouji."
Más tarde ese mismo día, Takuya entra al edificio de su departamento con el teléfono apretado en la mano y la frustración reflejada en cada uno de sus movimientos. Su ceño fruncido, los pasos apresurados y el tono agudo de su voz eran prueba suficiente de su exasperación.
—Kanna, ya te dije que hoy no puedo. Tengo cosas que hacer, ¿puedes dejarlo para otro día? —dijo, intentando mantener la calma.
La insistencia de Kanna al otro lado de la línea era inquebrantable, y cada palabra suya tensaba más los hombros de Takuya.
—Siempre tienes una excusa, Takuya. ¿Por qué no quieres pasar tiempo conmigo?
—¡No es eso! —respondía él, tratando de modular su tono—. Pero necesito un poco de espacio, ¿entiendes?
Mientras discutía, sus ojos captaron algo que hizo que sus palabras quedaran en el aire. Allí, en el vestíbulo, estaba Izumi. Su figura, familiar y aún así electrizante, lo dejó inmóvil por un momento. Ella hablaba con el dueño del edificio, recibiendo algo en sus manos. La ira y la molestia que lo habían dominado segundos antes se evaporaron al instante, reemplazadas por una mezcla de sorpresa y alegría.
—Hablamos después —dijo rápidamente, colgando sin esperar respuesta.
Guardó el teléfono con un movimiento brusco y avanzó hacia ella justo cuando el dueño del edificio se alejaba con una sonrisa de satisfacción.
—Aquí tienes, señorita Orimoto. Que disfrutes tu nuevo hogar.
Izumi asintió con una leve sonrisa, sosteniendo el juego de llaves que acababa de recibir. Apenas el hombre desapareció, Takuya se acercó con pasos firmes, pero sin dejar de observarla con curiosidad y entusiasmo.
—Izumi, ¿ya te entregaron las llaves? —preguntó, incapaz de ocultar su alegría.
Ella se giró hacia él, claramente sorprendida, pero con un brillo en los ojos que delataba su propia alegría.
—Sí, al fin. Acabo de firmar todo y ya puedo mudarme.
Le mostró las llaves con una sonrisa que, aunque pequeña, irradiaba una sinceridad que hacía tiempo no veía en ella.
—Eso es increíble. Así que oficialmente somos vecinos —dijo Takuya, sintiendo una calidez inexplicable expandirse en su pecho.
Izumi asintió, observando las llaves por un instante antes de volver su atención a él.
—¿Quieres que te acompañe a ver tu departamento? —ofreció con un ademán amigable y una sonrisa ladeada.
Ella vaciló. Las palabras de su madre sobre mantener distancia resonaron en su mente, pero la emoción de abrir su nuevo hogar por primera vez era demasiado fuerte. No quería parecer descortés, ni tampoco estar sola en un momento tan significativo.
—Está bien, pero solo un momento —aceptó finalmente.
Takuya asintió con entusiasmo, siguiéndola hasta el ascensor.
En el departamento de Izumi*
El elevador se detuvo con un leve sonido, y ambos salieron al pasillo. Takuya señaló una puerta cercana con un gesto casual.
—Ese es mi lugar, pero creo que ya lo sabías.
Izumi sonrió levemente, avanzando hasta la puerta que sería suya. Con las llaves en la mano, colocó una en la cerradura, girándola lentamente como si saboreara el momento. Empujó la puerta con suavidad y dio un paso adentro.
El espacio estaba completamente vacío, pero la luz que se filtraba por las amplias ventanas llenaba el lugar de una calidez que hacía que pareciera vivo. Izumi avanzó despacio, dejando que sus ojos recorrieran cada rincón. Sus pasos resonaban ligeramente contra el suelo, y el silencio del lugar amplificaba la sensación de novedad.
—Es perfecto... —susurró, casi inaudible.
Takuya, parado en el umbral, observaba cada movimiento de ella. Había algo en su manera de cerrar los ojos por un instante y respirar hondo que lo dejó embelesado. Parecía aliviada, casi feliz, algo que él no había visto en mucho tiempo.
—¿Te gusta? —preguntó, rompiendo el silencio con suavidad.
Izumi se giró hacia él, con una sonrisa que esta vez era mucho más amplia.
—Me encanta. Por fin siento que tengo un espacio para mí, un lugar donde puedo empezar de nuevo.
Las palabras de Izumi lo golpearon con una extraña mezcla de alegría y melancolía. Asintió, correspondiendo su sonrisa sin esfuerzo.
—Si necesitas ayuda para la mudanza o con cualquier cosa, ya sabes dónde encontrarme —dijo con un tono ligero, intentando ocultar lo mucho que le importaba.
Izumi lo miró fijamente por un momento, y aunque no lo dijo en voz alta, sintió un agradecimiento profundo hacia él. Por estar ahí, por siempre ofrecerse sin condiciones.
—Gracias, Takuya. De verdad, gracias.
Él se encogió de hombros con modestia, restándole importancia.
—Para eso están los vecinos, ¿o no?
Ambos rieron suavemente, compartiendo un momento que, aunque breve, se sintió significativo. Pero entonces, el ambiente cambió. La atmósfera liviana dio paso a algo más intenso. Izumi se quedó inmóvil, su mirada fija en él con una expresión que él no logró descifrar.
—Takuya... —dijo ella en voz baja, su tono cargado de seriedad.
El nombre, pronunciado de esa manera, lo hizo enderezarse de inmediato.
—¿Qué pasa? —preguntó, sintiendo un nudo formarse en su estómago.
Izumi bajó la mirada por un momento, como si estuviera buscando las palabras correctas. Sus pensamientos eran un torbellino, y las frases de su madre de la noche anterior resonaban en su mente como un eco ineludible. "Deberías marcar distancia," había dicho. Pero el peso de lo que sentía ahora, frente a Takuya, hacía que cada palabra fuera difícil de pronunciar. Tomó aire profundamente y, armándose de valor, levantó la vista. Sus ojos se encontraron con los de él, llenos de curiosidad y algo más: esperanza.
—Tengo que hablar contigo.
Takuya frunció el ceño, desconcertado por el cambio abrupto en su actitud. Hacía solo segundos estaban compartiendo risas.
—¿Sobre qué? —preguntó con suavidad, pero sus manos se tensaron, preparándose instintivamente para algo importante.
Hubo un silencio pesado. Izumi apretó las llaves entre sus dedos, sintiendo el metal frío contra su piel como si eso pudiera anclarla. Sabía que lo que estaba a punto de decir cambiaría las cosas entre ellos, quizá para siempre.
—Takuya... —susurró, su voz temblando ligeramente—. ¿Tú... aún me amas?
La pregunta lo golpeó como un rayo. Takuya parpadeó, su expresión se congeló por un instante mientras su respiración se detenía. Era lo último que esperaba escuchar en ese momento. Abrió la boca para hablar, pero las palabras no salieron.
—¿Qué...? —murmuró, buscando ganar tiempo. Pero Izumi lo miraba fijamente, con una intensidad que lo dejó sin escapatoria.
Finalmente, cerró los ojos por un momento, dejando escapar un suspiro largo antes de abrirlos nuevamente. Había una mezcla de determinación y vulnerabilidad en su mirada.
—Sí, Izumi. Te amo. Siempre te he amado. Desde que teníamos once años... nunca he dejado de amarte.
La confesión cayó en el silencio como un peso abrumador. Izumi sintió un nudo formarse en su garganta mientras el aire en la habitación parecía volverse más denso. Cada palabra de Takuya la atravesó como una flecha, no porque no supiera lo que él sentía, sino porque escucharlo decirlo tan directamente la dejó sin aliento.
—Takuya... —susurró, bajando la mirada. Sus dedos jugueteaban nerviosamente con las llaves en su mano, como buscando un escape a la incomodidad y la culpa que crecían en su pecho.
Takuya dio un paso hacia ella, queriendo romper la distancia que sentía entre ambos.
—Izumi, yo... —intentó hablar, pero ella levantó la mano, deteniéndolo.
—No deberías amarme, Takuya.
Sus palabras fueron como un balde de agua fría. Takuya retrocedió ligeramente, incrédulo, mientras las palabras resonaban en su mente.
—¿Qué...? —preguntó en voz baja, la confusión clara en su rostro.
Izumi apretó las llaves con más fuerza, sintiendo cómo el metal se marcaba en su palma. Sus ojos comenzaron a llenarse de lágrimas, pero se negó a dejarlas caer. Necesitaba ser fuerte para decir lo que venía.
—No es justo para ti. Yo... no estoy completa. No soy la persona que solía ser, y nunca podré serlo. No puedes cargar con mi dolor, con mis cicatrices. Tienes que encontrar a alguien que pueda darte lo que necesitas, alguien que te haga feliz...
Takuya sacudió la cabeza con vehemencia, dando un paso hacia ella. Su expresión era una mezcla de frustración y dolor.
—Izumi, tú me haces feliz. No tienes que ser alguien diferente, ni estar completamente bien. Yo solo... quiero estar contigo, ayudarte a sanar, estar ahí, pase lo que pase.
Izumi negó con la cabeza, sus labios temblando mientras una lágrima finalmente se deslizaba por su mejilla.
—No entiendes... No puedo ser esa persona para ti. Lo mejor que puedo hacer por ti es alejarme.
El silencio que siguió era casi ensordecedor. Los dos se miraron fijamente, cada uno luchando con sus propias emociones.
Takuya finalmente rompió el silencio, su voz llena de una determinación que apenas contenía su dolor.
—Izumi —comenzó, mirándola directamente a los ojos—. Sigo guardando este amor porque tengo una pequeña esperanza. Una esperanza de que algún día, en el futuro, tú me correspondas, que sientas lo mismo por mí y me des otra oportunidad para estar juntos.
Ella abrió la boca, queriendo interrumpirlo, pero él levantó una mano, rogándole silenciosamente que lo dejara terminar.
—Sé que en el pasado me diste una oportunidad, y sé que no la supe aprovechar. Te fallé, y siempre voy a estar arrepentido por eso. Pero ahora quiero hacer las cosas bien. Quiero estar para ti, Izumi, darte una nueva ilusión, demostrarte que puedo ser alguien en quien confiar, alguien que pueda hacerte feliz.
Izumi lo miraba con los ojos llenos de una mezcla de emociones: dolor, culpa y algo que ella misma no podía identificar. No sabía qué responderle, ni cómo hacerlo. Se sentía atrapada entre los recuerdos de su amor por Yutaka y la innegable devoción que veía en Takuya.
Bajó la mirada, apretando las llaves en su mano como si eso pudiera darle fuerzas para decir lo que venía.
—Takuya... No puedes amarme —dijo finalmente, su voz apenas un susurro.
Él parpadeó, incrédulo, y abrió la boca para protestar, pero ella continuó, levantando la mirada con una resolución que le rompió el corazón.
—No puedo corresponderte. No voy a amar a nadie más. Porque mi corazón ya pertenece a alguien que se fue.
Takuya sintió un nudo en la garganta. Sus puños se cerraron con fuerza a sus costados mientras luchaba contra las lágrimas que comenzaban a acumularse en sus ojos. Izumi lo miró fijamente, su rostro tenso, como si estuviera conteniendo sus propias emociones.
— El siempre será el amor de mi vida —continuó, con una voz cargada de dolor—. El día que Yutaka murió, le prometí que no volvería a amar a nadie más. Mi corazón estaría cerrado para siempre, porque... porque solo lo amé a él, y ese amor será eterno.
Takuya bajó la mirada por un momento, apretando la mandíbula con fuerza para contener las lágrimas que amenazaban con caer. Sentía un nudo sofocante en la garganta, mientras las palabras de Izumi resonaban como un eco implacable en su mente. Respiró profundamente, intentando recuperar la compostura, pero el dolor era tan intenso que casi podía sentirlo físicamente. Cada palabra de ella lo atravesaba como cuchillos, desgarrando su corazón poco a poco.
—El día que empecé a salir con Yutaka, te dije que lo mejor era que te olvidaras de mí —dijo Izumi, su voz más suave esta vez, pero no menos firme—. Y aún lo sigo diciendo ahora, más que nunca.
Ella dio un paso hacia él, como si quisiera acortar la distancia que sus palabras habían creado entre ambos. Levantó una mano con la intención de tocar su brazo, de transmitirle algo de consuelo, pero al final la dejó caer, como si el gesto fuera demasiado para soportar. Sus dedos temblaron ligeramente antes de regresar a su lado, cerrándose en un puño como reflejo de su propia lucha interna.
—Agradezco todo el amor, la paciencia y la bondad que has tenido conmigo, Takuya —continuó, su voz quebrándose levemente al final—. Pero por tu bien, debes seguir adelante. Debes olvidarme, encontrar a alguien más, alguien que pueda amarte como tú mereces.
Takuya levantó la mirada, y sus ojos, brillando con las lágrimas que aún se negaba a dejar caer, encontraron los de Izumi. Había tanto dolor y confusión en su expresión que Izumi sintió como si le arrancaran algo de su interior.
—Izumi... —murmuró, su voz apenas un hilo, cargada de emociones que no podía expresar.
Ella negó con la cabeza antes de que él pudiera continuar. Su movimiento fue lento, casi desgarrador, como si con cada negación también se estuviera negando a sí misma.
—No quiero que seas infeliz por mi culpa —dijo, su tono más firme ahora, pero sus ojos traicionaban su determinación—. Lo que menos quiero es verte atrapado en un amor que nunca podrá ser correspondido. Mereces ser feliz, Takuya. Pero no conmigo.
Hubo un silencio aplastante entre ellos, cargado de emociones tan pesadas que parecía que el aire mismo los contenía en una burbuja aislada del resto del mundo. Takuya apretó los puños con fuerza a sus costados, intentando contener la mezcla de frustración, tristeza y amor incondicional que amenazaba con desbordarlo. Quiso gritar, suplicar, pero algo en la resolución de Izumi lo detuvo. No dijo nada más. ¿Qué podía decir? Ella ya había tomado su decisión, y aunque su corazón se negaba a aceptarlo, sabía que no podía obligarla a sentir algo que ella no quería sentir.
Finalmente, respiró profundamente y asintió, aunque cada fibra de su ser luchaba contra ese gesto de aceptación.
—Si eso es lo que quieres... —dijo en voz baja, su tono quebrado por la emoción.
Izumi asintió también, sin atreverse a mirarlo directamente. Sus manos temblaban ligeramente mientras intentaba mantener la compostura.
—Es lo mejor para los dos, Takuya.
Él dio un paso hacia la puerta, sus movimientos lentos y pesados, como si cada paso requiriera un esfuerzo monumental. Antes de salir, se giró hacia ella una última vez. Su mirada estaba llena de una mezcla de amor, tristeza y algo más: una promesa silenciosa.
—Solo quiero que sepas... que siempre voy a estar aquí para ti, aunque no me dejes amarte.
Izumi no respondió. Sus labios se entreabrieron, pero ninguna palabra logró escapar. Simplemente lo observó mientras él salía, cerrando la puerta tras de sí con un clic suave que resonó como un disparo en su corazón.
Cuando se quedó sola, sus piernas flaquearon. Las llaves cayeron de sus manos al suelo con un ruido seco, y ella se cubrió el rostro con ambas manos, permitiéndose finalmente llorar. Las lágrimas brotaron con fuerza, silenciosas pero implacables, mojando sus palmas mientras su pecho subía y bajaba en un intento fallido por contener los sollozos. Sentía el peso de sus propias palabras como un yugo que la aplastaba, pero también sabía que había hecho lo que creía correcto, aunque eso significara romper ambos corazones.
