Capítulo 15
Fuerza de Voluntad
—¡No dejaré que se lo lleven! —Garfield grita con furia contenida, sus músculos tensos, el cuerpo listo para lanzarse contra los guardias.
Un niño herido, desesperado.
«¡Es peligroso! No puedo dejar que lo tomen también».
Frederica y Garfield ya han sufrido demasiado. Esto no puede seguir así.
—¡No! —Mi propia voz se alza, desesperada. Intento detenerlo, pero es como si chocara con un muro invisible. Garfield se detiene en seco, congelado en su lugar. En frente de él, como un faro de fuerza inamovible, está Reinhard Van Astrea.
El santo de la espada.
Garfield cae al suelo con una sacudida, boqueando, como un animal atrapado. Sus ojos se alzan, confundidos, encontrando el frío azul de Reinhard. La mirada del caballero es implacable, una pared de hielo.
—Fu... —exhalo, aliviada, pero a la vez preocupada. Sé que Reinhard no permitirá que nada malo ocurra, pero una parte de mí duele, se desmorona ante la impotencia de la situación.
«Casi uso mi magia».
El frio de mi maná flota alrededor de mis manos, pero lo disipo antes de que sea demasiado tarde. Solo queda una pequeña neblina blanca a mi alrededor.
—¡Déjame ir! —Garfield lucha en vano contra el agarre firme de Reinhard, sus movimientos cada vez más desesperados. La rabia en sus ojos es dolorosa de ver. No quiero que se destruya por dentro, no quiero ver esa expresión de odio en su rostro.
Ellos deberían ser amigos, Garfield y Reinhard.
Pero ahora, se miran como enemigos.
La expresión seria de Reinhard me sorprende; nunca lo había visto así, tan inflexible, tan distante. Miro a Felt buscando una respuesta, pero su expresión es tan sorprendida como la mía.
A pesar de que quiero correr hacia Marco y estar a su lado, sé que hay algo más importante ahora.
«Tengo un deber que cumplir, soy Emilia después de todo».
Me esfuerzo por recordar quién soy, lo que debo hacer y la gente que depende de mí. Mi corazón late con fuerza, retumbando en mis oídos, mientras lucho por mantener el control. Siento las lágrimas amenazando con salir, pero las retengo.
Ahora no puedo dejarme llevar por mis emociones.
Ver cómo los caballeros arrastraron a Marco me desgarró el alma, si no fuera porque sé que debo confiar en él estaría rescatándolo. Pero está débil, y sin Betty... Me duele confiar, me duele quedarme quieta.
Si no fuera por este deber, estaría al lado de Garfield, luchando codo a codo, destrozando todo.
De repente, Garfield ruge.
—¡DEJAME!
Su cuerpo se transforma, y el aire alrededor de nosotros vibra con su poder desatado. Lo veo volverse bestia, pero no hago nada para detenerlo. Mi deber es observar.
Observar, y no interferir.
Recuerdo las palabras de Marco. "Garfield necesita ser golpeado por la realidad para crecer", dijo. Frederica me lo confirmó, y aunque duele, sé que tiene razón. Garfield fue destrozado por Roswaal, y esto es por su bien.
Tal como nos ha sucedido a todos.
No puedo intervenir, no si quiero que él también rompa su caparazón.
Que el también crezca.
—¡ROOAAR! —El rugido de Garfield sacude el suelo bajo nuestros pies. Sentimos el eco en nuestros huesos, mientras Felt, Rom y yo permanecemos inmóviles, testigos impotentes.
En frente de ese grito, Reinhard no se mueve. Su mirada sigue siendo la misma, inquebrantable.
Garfield se lanza con furia ciega, su puño titánico descendiendo sobre Reinhard, una fuerza capaz de aplastar montañas. Pero en el último momento, Reinhard desaparece. El suelo bajo sus pies se quiebra por la fuerza de su movimiento, y un instante después, Reinhard está tras él, como un fantasma moviéndose entre sombras.
—¡AHHH! —Garfield reacciona con desesperación, levantando estacas de piedra desde la tierra, pero Reinhard esquiva cada una de ellas con una gracia aterradora, como si danzara a través de los ataques.
—Yo también estoy preocupado por mi amigo —dice Reinhard, su voz tranquila, casi triste—, pero no podemos empeorar las cosas ahora.
Y, con una suavidad que contrasta con la furia desatada de Garfield, lo derriba. El cuerpo de Garfield cae pesadamente al suelo, su transformación deshaciéndose como una nube que se disipa al viento.
Reinhard ni siquiera tiene una mota de polvo en su armadura.
«Me costó seguir su velocidad con mis ojos».
Marco me advirtió de esto, me dijo que sería necesario para que Garfield creciera. Pero no soy como Marco. No puedo dejar que todo lo enfrente solo.
Un buen apoyo está para sostenerte, para evitar que te derrumbes, para que las heridas no se hagan más profundas.
Aprieto mis manos, pensando en una forma de ayudarle.
Miro a Reinhard, que observa a Garfield con una mirada cargada de una tristeza que no había visto antes. Aun así, mantiene su postura de caballero. Me acerco lentamente y toco su hombro, agradeciéndole en silencio.
—Gracias por detenerlo —murmuro, mi voz más débil de lo que esperaba.
Felt no tarda en intervenir, con pasos decididos y furiosos.
—¡Idiota! —Le grita, golpeando a Reinhard en la cabeza con una fuerza que me hace sobresaltarme.
—A quien tenías que detener es a esos idiotas, no a quien intenta ayudar.
Las palabras de Felt son duras, y aunque su furia es visible, una parte de mí está de acuerdo.
Es como si algo dentro de mí quisiera gritar, como si cada célula de mi cuerpo me pidiera explotar, correr, sacarlo de allí con mis propias manos.
Badum.
«¿Esto es mi corazón? ¿Siempre ha latido así de fuerte?».
Es más como si una parte de mí, que nunca conocí del todo, estuviera rogando que reaccionara.
«¡Tienes que ir por él!».
El pensamiento me golpea como una tormenta, pero lo rechazo con firmeza. Esto no se trata solo de mí, ni de Marco. No es solo el dolor que se clava en mi pecho al verlo ser llevado lejos de mí.
Esto se trata de todas las vidas que están en juego, de algo más grande que nosotros.
«Concéntrate, Emilia. Si esto va a salir bien, tengo que ayudar, no destruir».
Me esfuerzo por respirar. Mi mirada busca a Felt, intentando encontrar una ancla en medio del caos.
—Felt… —susurro su nombre, pero mis ojos encuentran los suyos. Brillan como brasas encendidas, ardientes, como si pudieran consumir todo a su alrededor.
«Esos ojos... son tan suyos». Pienso, y por un momento casi sonrío. Son como ella, pequeños fuegos que de repente explotan cuando menos lo esperas.
La rabia de Felt es visible en su rostro, pero detrás de ese fuego furioso, veo algo más. Dolor. Lo mismo que siento yo, esa desesperación que nos ahoga a ambas.
—Marco va a estar bien, ¿viste su rostro antes de irse? —Mi voz tiembla un poco, pero logro esbozar una sonrisa. Toco los hombros de Felt y Reinhard, buscando darles la seguridad que necesito encontrar yo misma—. Esto es lo que él quería.
«Haré las cosas a mi manera, y de esa forma saldré adelante».
Lo escucho de nuevo, las palabras de Marco resuenan en mi mente como un mantra. No puedo fallarle.
—El favor que les pedimos no es solo por nosotros —continúo, sintiendo cómo el peso de mis palabras crece—, todo el reino depende de descubrir y acabar con el mal que lo amenaza.
Ambos me miran, sorprendidos, y yo respiro hondo, porque ahora entiendo la responsabilidad que he asumido.
—Es un riesgo que, como aspirantes a gobernar, debemos tomar —concluyo, mirando a Felt con determinación.
Sus labios se curvan en una sonrisa genuina, esa chispa traviesa que solo ella puede mostrar. Choca sus puños y me mira con una intensidad que me desarma.
—Solo tengo que robar algo, ¿verdad? —Me guiña un ojo y me sorprende. No puedo evitar reír ante su audacia—. Contratar a la persona que te robó suena bastante inteligente.
Su comentario me arrastra a un recuerdo lejano. Ese momento en el que pensé que todo estaba perdido. Si en aquel entonces hubiera estado tan atenta como lo estoy ahora... tal vez nunca habría conocido a Marco.
Tal vez ambos habríamos muerto a manos de Elsa.
«Me alegra tanto que me haya robado».
Cierro los ojos por un segundo, cruzo los brazos sobre mi pecho y asiento.
—Es un sello de calidad, después de todo —bromeo, y cuando abro los ojos, tanto Felt como yo compartimos una sonrisa cómplice.
Ahora es el momento.
El momento de actuar, de ser la gobernante que debo ser.
—Entonces, ¿puedo invitarlos a conversar sobre nuestra propuesta? —Mi tono es firme, pero la tensión no abandona mis músculos.
De repente, Reinhard se arrodilla frente a mí. Su cabello bermellón ondea ligeramente con el viento, y su mano, firme sobre su pecho, muestra una elegancia que me toma por sorpresa. La postura es solemne, casi demasiado perfecta.
Este no es el tipo de ambiente que suelo manejar con comodidad.
«No me gusta demasiado... exceptuando cuando es Marco el que lo hace».
—Yo, Reinhard Van Astrea, me disculpo en nombre de todos los caballeros reales —dice, su voz pesada de arrepentimiento. Veo cómo sus labios se tensan en una mueca de disgusto—. Le hemos fallado a usted, a Marco, y a todo Lugunica.
Hay un momento de silencio, en el que Reinhard parece resolver algo dentro de sí mismo. Luego, cuando sus ojos se encuentran con los míos, ya no hay duda en ellos.
Ha tomado una decisión.
—No me quedaré de brazos cruzados viendo cómo personas inocentes mueren por las decisiones de unos pocos. —Su mirada se desvía hacia Felt, que le devuelve una sonrisa traviesa, y luego Reinhard concluye—. Con el permiso de mi ama, serviré con todo mi apoyo a la causa.
En ese instante, algo en el aire cambia. Siento que, aunque la tormenta no ha pasado, al menos tenemos una luz, una dirección.
—¿Lo ves? No es tan difícil ser honesto contigo mismo —Felt chasquea los dedos, con su habitual aire despreocupado—. Ahora que lo pienso, ¿la hermanita va a mandar al chico tigre conmigo?
Asiento, todavía procesando la dinámica entre Garfield y Reinhard.
—¿Crees que despierte en unas horas? —Felt mira hacia Garfield, pero su ceño se frunce de repente—. Espera… ¿Está despierto?
Los ojos de Garfield se abren lentamente, llenos de un cansancio profundo. La mirada vacía y apagada lo dice todo.
Ha sido derrotado dos veces, sin la oportunidad de demostrar su verdadera fuerza. Su orgullo, que siempre lo sostuvo, parece haberse quebrado. Duele verlo así. Intento acercarme, pero su atención está fija en Reinhard.
—Eres fuerte.
Su voz es seca, desprovista de la pasión que lo caracterizaba.
«Debo decir algo», pienso, pero las palabras se me atoran en la garganta.
Garfield se rasca la cabeza con frustración, como si las palabras le costaran demasiado. Es difícil verlo tan vulnerable. Pero entonces, algo cambia en su expresión; esa chispa de desafío que lo define comienza a encenderse de nuevo.
—Supo'go que es lo esperado de alguien que llaman el Santo de la Espada —dice, esbozando una sonrisa cargada de furia contenida—. Eres fuerte, pero no eres inalcanzable. Algún día podré patearte el culo de un solo golpe.
«Garfield… es tan noble, a su manera», pienso, y una sonrisa suave se dibuja en mi rostro.
Garfield extiende el puño, y Reinhard, después de un breve segundo de sorpresa, lo choca con el suyo. Es un gesto pequeño, pero lleno de significado.
—Lo espero —responde Reinhard con una calma sorprendente, pero hay algo en su tono, una especie de respeto mutuo que antes no existía.
No puedo evitar sentirme aliviada. Había temido que Garfield reaccionara mal, especialmente después de lo que Frederica me había contado. Pero parece que me equivocaba.
Garfield ha cambiado, está madurando, aunque su camino sea arduo.
«¿Acaso hay un camino fácil?».
En las dificultades se crece o se destruye, eso es lo que he aprendido.
Por eso aceptaré las dificultades y las enfrentaré; ya no huiré más, no esperaré a que los demás las resuelvan.
Para eso tengo mis manos, mis pies y mi boca.
De alguna forma ver a Garfield me trae cierta alegría.
«¿Nuestros hijos serán igual de altaneros que Garfield?», pienso de repente, y mi rostro se enciende de vergüenza ante la inesperada imagen. Mis orejas se ponen calientes al instante. No puedo creer que esté pensando en eso ahora, en medio de todo.
«¡Es obvio que nuestros hijos serán los mejores!».
Sonrío, perdida en la dulce fantasía de cómo serían los hijos que tendré con Marco. «¿Tendrían su cabello o el mío? ¿Ojos cafés o púrpuras?» La imagen de ellos corriendo por un campo lleno de flores casi me hace suspirar.
—¿Emilia? —La voz de Felt me arrastra de vuelta a la realidad. Me mira con curiosidad.
Toso ligeramente, inclinándome hacia adelante para recuperar la compostura.
—Lo siento —murmuro, tratando de enterrar mis pensamientos para el futuro. Este no es el momento para soñar—. Sigamos con nuestros planes.
Antes de que pueda continuar, una voz firme interrumpe.
—Disculpen la intromisión.
Giro la cabeza, y allí, en la entrada, está Crusch. No esperaba verla aparecer tan repentinamente.
—Permítanme presentarme, soy Crusch, general del ejército de Irlam —dice, inclinándose con una elegancia casi idéntica a la de Reinhard. Hay algo en su porte que siempre me ha impresionado.
Tiene esa misma nobleza que lleva Reinhard, pero con un aire más solemne, más reservado.
No conozco mucho del pasado de Crusch. Ella misma evitó contarlo en detalle cuando intenté preguntarle, lo cual me deja una cierta tristeza. Aun así, no puedo evitar admirarla. He pensado muchas veces que debe venir de una familia noble de alto rango, aunque nunca lo he confirmado.
«Casi como una duquesa», reflexiono. «Aunque tal vez es más de lo que imagino».
Nos adentramos nuevamente en la sala. Crusch y yo tomamos el control de la conversación, exponiendo el plan en detalle. Todos escuchan atentamente, cada uno preparándose para lo que está por venir.
—¡Camina rápido! —escupe uno de los caballeros, su voz cargada de desprecio.
Me empujan otra vez, y esta vez pierdo el equilibrio por un segundo, mis brazos luchan por encontrar apoyo en el aire antes de que mis pies logren estabilizarme.
La cárcel es un agujero en el que la esperanza muere a diario. El suelo húmedo y sucio cruje bajo mis botas, mientras el olor acre de sudor y moho se mezcla con algo más oscuro, más antiguo.
Todo parece podrido, y no solo las paredes.
Los prisioneros me observan desde sus celdas como sombras deshechas. Sus ojos, vacíos, carentes de vida, me recorren sin interés. No soy más que otro condenado en este mundo de acero oxidado y desesperación.
De repente, una voz familiar rompe el monótono ruido de pasos y cadenas.
—Crees que eres muy heroico haciendo la guerra. —Levanto la cabeza, y ahí está, el tipo que humillé no hace tanto.
Todavía lo recuerdo, su cara roja de rabia contenida mientras a penas y podía sostenerse. Ahora su voz se esfuerza por sonar segura, pero puedo ver la inseguridad en su mirada, la duda que nunca desapareció desde aquella vez.
—¿La guerra? —repito con un deje de burla mientras sonrío, mis labios formando una mueca desafiante—. Lo único que hice fue defender a mi gente, cosa que tú jamás podrías entender.
Antes de que pueda prepararme, su guantelete se estrella en mi estómago. El aire escapa de mis pulmones y, por un segundo, me inclino hacia adelante, mis manos buscando apoyo en mis rodillas.
Siento el dolor arder en mi interior, pero me enderezo de inmediato, ignorando el ardor en mi pecho, obligándome a seguir caminando como si el golpe no hubiera hecho mella en mí.
«No les daré el placer de verme débil», me repito. Pero no es solo por ellos. Es este caos dentro de mí que me está destrozando, la confusión que me carcome desde que dejé que mis emociones fluyeran, desde que intento darles atención.
La ira se arremolina en mi pecho, pero no puedo dejarla salir.
No aquí.
—Vamos, ¿cuánto se va a tardar? —lanzo, intentando mantener mi voz serena mientras mis ojos se clavan en el caballero que me golpeó—. Llevarme a una celda tan lejana si me van a sacar en la tarde… parece inútil. —Mis palabras son un veneno suave, pero veneno al fin.
Veo cómo sus manos tiemblan ligeramente, el nerviosismo creciente en su postura.
—¡Deja de hablar! —grita uno de ellos, y esta vez es un puño el que se hunde en mi estómago. La fuerza me dobla por la mitad, pero me obligo a morderme la lengua para no gritar.
Solo un jadeo escapa de mis labios.
—Abre la celda —ordena el que parece ser el líder. Me arrastran dentro, lanzándome contra el suelo. Caigo de espaldas, el impacto sacudiendo mi cuerpo, pero me incorporo rápido.
No puedo parecer débil, ni siquiera ahora.
Miro a mis compañeros de celda: demihumanos, hombres lobo con cuerpos robustos y ojos brillantes que me observan como si no valiera más que un trozo de carne. Sus garras descansan sobre sus muslos, relajadas pero listas para actuar si es necesario.
—Quédate quieto, ni se te ocurra hacer nada.
—Tampoco quería… ¡Ugh!
Me empujan con brusquedad hacia la pared.
Uno de ellos saca un par de gruesas esposas de hierro y, sin decir una palabra, me agarra las muñecas y las ata firmemente por encima de mi cabeza, ajustándolas a los ganchos empotrados en la pared.
Otro se arrodilla a mis pies, ajustando las cadenas alrededor de mis tobillos, tirando con fuerza hasta que mis piernas quedan completamente inmovilizadas. Las cadenas rechinan al tensarse, el metal frío mordiendo mi piel, dejándome pegado a la pared como una marioneta sin hilos.
Intento moverme, solo un poco, pero el dolor agudo en mis muñecas y tobillos me recuerda que estoy completamente atrapado.
El peso del hierro me aplasta, y, por un momento, cierro los ojos, respirando hondo.
«Así que esto es lo que se siente estar indefenso». Pero, a pesar de la inmovilidad, mi mente sigue corriendo, buscando una salida, una forma de girar la situación a mi favor.
—No puedo escapar con ustedes aquí. —Dejo que mis labios se curven en una sonrisa amarga mientras me acomodo contra la pared. No necesito mostrar fuerza física, solo el control que solía tener sobre las palabras, aunque ahora parezca más difícil que nunca.
—Harald Costuul —suelto, saboreando cada sílaba mientras veo las reacciones en los guardias—. Es un hombre de fiar, ¿verdad? Debió hacerles una oferta que no pudieron rechazar.
Un silencio tenso llena el espacio. El temblor de una mano, los susurros ahogados de respiración entre los caballeros.
Lo he logrado.
Pero entonces, uno de ellos se acerca, sus dedos sucios y asquerosos tocan el collar en mi cuello, jalando con fuerza.
—Que lindo collar —dice, su voz goteando desprecio. Siento un hilo de sangre correr por mi boca mientras mis dientes se clavan en mi lengua, el dolor mezclándose con la rabia que lucha por salir.
Sangre empieza a caer de mi boca, pequeñas gotas de sabor metálico.
«No… pierdas el control…». Pero es difícil. Cada segundo siento que la tormenta dentro de mí está a punto de estallar, y no sé si esta vez podré detenerla.
El intenta retirarlo, intenta quitarme a mi hija.
—¡Quita tus manos de ahí!
Mi voz estalla como un trueno, reverberando en las paredes de la celda y haciendo que los caballeros se detengan en seco, sus cuerpos paralizados por el miedo. La rabia burbujea en mi interior, cada latido de mi corazón resuena como un tambor de guerra.
No voy a permitir que toquen eso.
«¡No voy a dejar que toquen a mi hija!»
—No puedes llevar un collar —dice uno de ellos, con la arrogancia de un perro que cree tener el control. Avanza, pero se detiene, sorprendido por el fuego en mis ojos.
Mi furia arde con una intensidad que podría fundir el metal que me encadena.
—Tus reglas no podrían importarme menos.
Dos manos invisibles de Alcance Oculto envuelven el collar que protege a mi hija, pero mi cuerpo se siente como un barco a la deriva, desgastado y débil. La presión dentro de mi pecho crece. La sangre sube rápidamente hasta mis labios y, antes de darme cuenta, la escupo al suelo.
Ese sabor metálico me inunda la boca, pero el dolor es lo de menos.
«¡No puedo mostrar debilidad! ¡No ahora!»
—¿Quién te crees que eres? —grita uno, desenfundando su espada, el acero brillante reflejando la luz como una serpiente lista para atacar. La hoja apunta a mi cuello, una amenaza que me hace hervir la sangre.
—No importa quién soy ni cómo me llamo. —Mi voz suena baja, cargada de rabia contenida. Escupo más sangre, saboreando el hierro de mis propias entrañas—. Lo único que importa es que si vuelves a tocar ese collar...
Mi mirada se clava en los ojos del caballero, y él da un paso atrás, dudando. Su espada tiembla en sus manos, como si de repente se diera cuenta del error que está a punto de cometer.
—Si tocan ese collar con sus asquerosas manos... —mi mandíbula se tensa, y el fuego en mi estómago ruge—. Los mataré a todos. Y aunque me maten ahora, volveré y los masacraré. A todos.
Siento como si el aire alrededor se hubiera hecho más denso. Mis palabras son como balas, cargadas de veneno. Los veo retroceder un poco más, intercambiando miradas nerviosas entre ellos.
Saben que no estoy bromeando.
—He matado a la gran ballena, al arzobispo del Culto de la Bruja, al mejor discípulo de un sabio. —Mis palabras son explosiones.
Estoy atrapado, pero ahora mismo, «no hay metal que me detenga».
—Puedo matarlos sin mover un dedo. ¡Den media vuelta y vayan a chuparle el culo a Harald!
Les sonrío, esa sonrisa que sé que destroza cualquier seguridad que puedan tener. Los veo intercambiar miradas, temerosos, inseguros. Mis palabras les han llegado, lo sé, porque empiezan a retroceder.
«¡Marco Luz!», me grito a mí mismo, la voz resonando en mi mente como un eco distante, tratando de anclarme a la razón.
La furia me devora por dentro, el calor es insoportable, y la presión en mi pecho crece tanto que apenas puedo respirar. Mis latidos están fuera de control, el fuego en mi estómago me quema.
Estoy fuera de mí, perdido en un torbellino de rabia que no puedo detener.
«He perdido el control». Mis palabras se disparan como flechas, y solo después de decirlas me doy cuenta de lo lejos que he llegado.
La sangre sigue fluyendo por mi boca, el dolor es insoportable, me atraviesa como una lanza. No debería haber dicho nada.
«He arruinado el plan». Pero ahora no hay vuelta atrás.
Lo que se ha dicho, se ha dicho.
—Váyanse. —Mi voz es un susurro, pero cargada de una orden que no admite réplica.
Los caballeros se miran entre ellos, inseguros. Lentamente, empiezan a retirarse. Pero uno se detiene justo antes de salir.
—Ese hombre de ahí fue el causante de la muerte de todo su grupo —dice, señalándome—. Todos los criminales de Costuul murieron por su culpa.
El sonido de la celda cerrándose resuena en el silencio, dejándonos atrapados en una oscuridad que se siente más opresiva que nunca. Aprieto mis manos, intentando calmarme, pero la tensión en el aire es palpable.
—Te quieren muerto, ¿lo sabes? —Las palabras resuenan como un eco en la penumbra.
Una voz profunda, pero de alguna forma amigable. Es una voz calmada pero que se siente pesada, como el agua de las profundidades del mar.
El hombre que habla es un lobo demihumano con una barba blanca pronunciada y pequeñas franjas grises que se dirigen a sus ojos plateados, como hilos de plata en una tela oscura. Su sonrisa, desgarrada por cortes, parece más una mueca de satisfacción que un gesto amistoso.
A su lado, su compañero mantiene la mirada baja, como si estuviese digiriendo la información que acaban de escupir.
Asiento lentamente con la cabeza, intentando cambiar de actitud. «Necesito seguir el juego, no es tan fácil como pensé».
—Yo apenas tengo un mes en este lugar, pero, como podrás ver, me encarcelaron aquí por cometer crímenes "terribles". ¿Puedes creer? —Su risa es un murmullo que gotea de sus labios, cada palabra impregnada de una locura inquietante. Se acerca a mí, sus ojos fijos en cada minúsculo movimiento que hago, como un depredador que sigue a su presa.
—¡El gran Héroe! —exclama, aplaudiendo con entusiasmo, como si estuviera en un espectáculo—. ¡Hurra Marco Luz! ¡Todos! ¡El héroe ha llegado!
Miro a mi alrededor, a las otras celdas, y siento el peso de la incomodidad aplastándome.
—¡Marco Luz! —empieza la avalancha, una euforia tan grande que sacude los mismos cimientos de la prisión.
La cacofonía de gritos crece, incontrolable, ensordecedora.
«¿Qué demonios?» Mi mirada confundida parece agradarle, lo que hace que se emocione más.
—¡CALLENSE! —gritan los guardias, pero la tempestad desatada por este extraño no puede ser contenida.
—¡HURRA! —los gritos siguen, retumbando en mis oídos, hasta que él cierra la mano, como si apretara un interruptor, y la cárcel se sumerge en un silencio absoluto.
—Estamos encantados por tus logros. He contado tus hazañas y llevado un conteo para salir, y mira, ¡el héroe en prisión! ¡Qué ironía tan hermosa! —La sonrisa en su rostro se ensancha, pero en su mirada hay algo oscuro, algo que me hace sentir como si estuviera atrapado en un laberinto sin salida.
—Qué reino tan deplorable —susurra, sus ojos fijos en su compañero, que no se ha movido de su posición—. Dicen ser justos, pero tienen a un héroe que ha salvado miles de vidas entre los barrotes. ¿Por unos cuantos presos?
Busco una forma de quitarme las esposas. El único modo de romperlas sería con un corte de alguien fuerte.
—Fueron unos cuantos, solo unos cuantos miles. —Sonrío, intentando atraerlo, pero su mirada se vuelve más intensa, como si cada palabra que digo le alimentara.
—¿¡Miles!? ¡Qué hombre! —un solo aplauso, y sus ojos se iluminan con una locura que me eriza la piel. Aplaude una vez más, como si celebrara un espectáculo—. De seguro todos intentaron luchar, pero con esas armas era imposible. Yo intenté entrar a tu ejército, pero me negaron la entrada, una pena, ¿cierto?
Sus palabras giran en mi mente como un torbellino. Es un criminal, pero no parece serlo. Su admiración se mezcla con algo más siniestro, algo que no puedo identificar.
Ovejas con dientes de lobo.
—No dejamos entrar a criminales —respondo, intentando mantener la compostura mientras siento su mirada perforar mi piel.
—Eso es, tienes razón. Un movimiento tan puro y noble no se puede mancillar con la presencia de criminales. —Coloca su mano en mi hombro con total delicadeza, buscando no lastimarme, pero su toque es una serpiente en mi piel—. Yo no soy un criminal, señor Marco Luz.
Murmuro con una sonrisa tensa, pues este hombre no parece estar bien de la cabeza.
—Sí, sí, da mucha risa, pero es la verdad. ¡Yo soy un hombre de negocios! —Su voz es un canto hipnótico, cada palabra se desliza como miel—. El problema es que mis negocios no son del gusto de muchos.
Cierra los ojos, dándose media vuelta, sus manos apoyadas en los barrotes como si estuviera en una exhibición.
—Yo saldré pronto, pero como hombre de negocios tengo algo que negociar con usted.
—¡No te atrevas! —exclama su compañero, un lobo con cabello negro. Su mirada es un fuego enfurecido, su baba goteando como si estuviese enfermo.
—Ese maldito acabó con nuestra organización, ¡no puedes jodernos así y salir vivo! ¡No puedes!
—¡UGH! —Sin previo aviso, el aire se escapa de mis pulmones. Siento un dolor inconmensurable en mi vientre, un ardor que me ciega. Me sacudo, luchando por tomar aire mientras intento mantener la compostura.
«¿Qué está pasando?»
—¡Los mató a todos! —Un nuevo puñetazo se dirige hacia mí, pero el hombre de barba blanca lo detiene con un gesto casual.
—Ya, Dolph, no puedes maltratar a un buen hombre. —Sonríe de nuevo, la calma en su rostro es inquietante—. Puede que haya matado a nuestra organización, pero también mató a nuestros enemigos. Es un ganar-ganar, pues solo quedamos vivos tú y yo, los cerebros de la organización.
«¿Organización?» Como en todos lados, las organizaciones criminales de este mundo son variadas, sin embargo, nunca había visto a estas personas, ni escuchado de ellas.
La tensión se espesa en el aire, y yo estoy atrapado entre la locura de este hombre y la razón, sintiendo que cada palabra que intercambio con este psicópata me acerca más a un abismo del que no podré salir.
—Discúlpelo usted, señor Luz. Aunque mi primo Dolph tenga razón en algo, estamos aquí para hacer negocios. —Se sienta con una tranquilidad inquietante, como si la gravedad del asunto fuera una simple anécdota.
Su mirada, llena de una bondad inquietante, me ciega. En sus ojos plateados no hay destello de humanidad; son dos espejos fríos que reflejan un abismo. No le importa la vida de las personas que mataron.
Mis manos tiemblan levemente, trayendo a la mente el recuerdo de una persona que odio con toda mi alma.
Aquella persona que me llevó al abismo.
—Harald Costuul me pagó con cien monedas santas para matarte. —Su sonrisa permanece, pero no se siente como una amenaza; es una declaración que resuena como un gong en mis oídos.
Dolph, a su lado, se agita, su rostro distorsionado por el enojo.
—¡Ahg! Que ahora vas a llorar cada vez que se nos muera algún trabajador. ¡Tsh! —Chasquea los dientes, su frustración palpablemente agitada—. Estás jodiendo las negociaciones. ¡Guardias!
En un instante, los guardias irrumpen, sus pasos resonando con una sincronía que revela su entrenamiento.
—Llévate a mi primo Dolph, llévenle a tomar un poco de aire fresco.
Abren las celdas, escoltando al primo de Dolph con un temor profundo, como si estuvieran lidiando con un animal salvaje.
—Perdónalo, está más molesto por la pérdida de dinero que por la gente. —Entrecruza los dedos con un gesto de desprecio despreocupado—. Por eso estamos aquí. Quería preguntarte, ¿cuánto ofreces? Nuestra organización, para que no digas que somos malvados, te tiene dos propuestas.
«Ni siquiera me dejó ofrecer». La ironía amarga se retuerce en mi garganta.
—La primera es que nos pagues con cinco mil monedas santas.
La sangre se me escapa de la cabeza, dejando un vacío que amenaza con ahogarme. Esa cantidad no solo es absurda; es una suma que no poseemos, una locura pensar en ello. «Así que solo quiere la segunda opción».
—Nos entregas los planos de la máquina a vapor, su primera versión nada más. —Su mirada se hace decidida, una mezcla de desafío y frialdad.
«En que me he metido», pienso mientras el nudo en mi estómago se aprieta. Quiero proteger lo que he construido, no entregárselo a un criminal.
—¿Cómo piensas obtenerlas una vez hagamos el trato? Podría perfectamente decirte que sí, para luego matarlos. —Una sonrisa se asoma a mis labios, pero él no parece verse afectado por mi desafío.
—Podrías, claro, pero luego la gente en tu querida ciudad empezaría a morir. Y después de diez, serían cien, hasta los dos mil de nuestro bando que mataste en esa pequeña guerra.
—No tienes gente que te haga eso.
Con una sonrisa sincera, cargada de un interés profundo, este responde:
—Yo soy un cerebro. Tengo diferentes cuerpos. —El tono de su voz es suave, casi melódico, y sin embargo, las palabras son como cuchillas afiladas—. Ese era el más eficiente, pero no el único.
Mis dientes crujen, un intento inútil de calmar mi mente que arde.
—Tendré que matarte, ¿lo sabes? —pregunto, y él asiente, como si esto fuera parte del juego.
—Es lógico, ¡pero ahora hablamos de negocios! Nuestro primer y último negocio. —Su mirada es un muro impenetrable, y sé que no hay más opción que dar una respuesta—. Ya luego tendremos que matarnos o como quieras, yo preferiría seguir haciendo negocios.
Da un leve bostezo, para luego decir con una voz calmada.
—Yo puedo estar en cualquier parte, mientras que para mí es fácil empezar a matar a tu gente. Tú decides con quien quieres meterte, somos seres libres después de todo. JAJAJA, de hecho sería emocionante.
Trago saliva, cerrando mis ojos unos segundos.
«No puedo arriesgar a mi gente».
Cuando los abro, le miro directo a los ojos.
—Dame información sobre Harald, más información sobre lo que haces como negocio. Una vez tenga la información, estableceremos una fecha y hora para entregarte los planos. —Lo miro con cautela, buscando alguna señal de debilidad, pero él sonríe, un destello de alegría que corta la tensión del aire.
—¡Claro que sí! Sabía que eras un héroe, salvando las vidas de tus ciudadanos incluso a costa de tu gran invento. Es que yo no tengo madera para eso, te admiro. —Se acomoda en su sitio, alzando su colchoneta y sacando un libro negro de tapas desgastadas.
—Harald Costuul. Bueno, desde que mató a su padre se posicionó como nuevo gobernante de Costuul. Un hombre inteligente pero muy orgulloso; realmente, ese hombre ha matado más que nosotros, incluyéndote, pero bueno, tú sabes cómo es la justicia. —Con calma, habla como si tuviera el mundo en sus manos, como si cada palabra fuera una palanca que puede mover montañas.
—Si quieres aprovechar la justicia, debes darle un golpe a su orgullo. Podría ayudarte, pero eso tendría un costo.
Niego con la cabeza, pues no quiero ni necesito su ayuda.
—No quiero ayuda de criminales.
Levanta las manos, sus gestos son burlones, un payaso en un escenario de locura.
—Como digas. Ahora, lo siguiente. —Coloca su mano en la barbilla, un gesto pensativo que es más perturbador que serio—. Tenemos un pequeño negocio culinario. Nada del otro mundo; sin embargo, hace un tiempo se definió como ilegal por el consejo de sabios y llevan persiguiéndonos por unos tres años.
Este rápidamente levanta el dedo, como si recordase algo.
—Sin embargo hace unos días se abolió ese decreto, por lo que saldré pronto.
—¿Qué quieres decir con negocio culinario? —pregunto, incapaz de contener mi curiosidad mientras su sonrisa se amplía, como un gato que se relame los labios antes de devorar a un ratón.
—Hace unos tres años, un hombre vino a nosotros con una idea de negocio. Decía saber mucho sobre un producto que se vendería muy bien. Su producción inicial fue difícil, pero luego de que este le agarrara el truco, fue sencillo. El nombre que dijo era atrayente: "cocaína".
Abro mis ojos, el mundo a mi alrededor se oscurece mientras reconozco esas palabras, tragando una gran cantidad de saliva.
«Esto no es tan simple».
No importa de dónde provenga el nombre, ni de dónde venga el invento. Si confirmo que es eso, entonces no puedo darles la maquina a vapor. La idea de entregar los planos de la primera versión de la máquina a vapor me pesa como una losa. Planeaba hacerlos públicos tras la salida de la tercera versión, ya que eso generaría que diferentes personas intenten mejorar la tecnología.
Luego, es cuestión de comprar a las personas que mejoran la máquina y listo; el monopolio será nuestro. Estas personas tampoco planeaban hacerlo público, así que no me importaba.
«Pero esto es diferente».
—¿Es un polvo blanco? —pregunto, y él niega con la cabeza, su expresión mezcla de desdén y orgullo.
—El blanco es un color triste; es de color azul, como verías un gran cielo. —Su mirada sonriente refleja un orgullo inusual en lo que habla—. A la gente le encanta, tan así que darían todo por conseguirlo.
«No puedo darles la máquina a vapor, eso ya está confirmado». Investigaré a estas personas cuando salga de aquí, pero por lo pronto debo concentrarme en lo que tengo delante.
—Entiendo, entonces hagamos el trato. ¿Necesitas algo escrito? —pregunto, pero su risa es burlona, como si estuviese diciendo tonterías.
—Lo escrito es para ustedes, los nobles; nosotros nos hablamos de palabra. Aprende esto bien, Marco Luz.
Casi como si volviera a escuchar esas palabras. Los ecos de aquella persona que me llevó de estar cayéndome a entrar en un completo abismo. Aquella persona que alcanzó sus objetivos con sangre.
—Hombre que no cumple su palabra vale menos que un muerto, así que mejor mátalo antes que te la vuelva a faltar. —Me toma la mano, inclinándose hacia mí con una sonrisa que gotea veneno—. Acabas de hacer negocios con Marrok Van Conri; el otro es mi primo Dolph Van Conri.
El hombre se da media vuelta para irse, pero lo detengo, mi voz temblorosa.
—Tu primo quiere golpearme, ¿cierto?
Necesito cumplir mi objetivo, por lo menos tener eso. No pensé que no tener poder sería tan complicado. Entrené mi cuerpo tanto que se me olvidó entrenar mi mente. Me estaba resguardando en mi poder sin considerar lo mucho que necesitaba usar la cabeza.
—Dile que me golpee sin matarme y déjame escoger la fecha en la que te voy a entregar los planos.
—Dime la fecha. —Como si ya lo esperase, este hombre ni siquiera me mira.
—Un mes, justo en la llegada del invierno.
En esa fecha, ya habré consolidado la presencia de la tercera versión. Además, la llegada del invierno les dificultará las posibilidades de construir algo cercano a Irlam.
De esta forma, podré alejarlos fácilmente porque tendrán que avanzar lejos de los fuertes inviernos que se dan en este lugar, cerca de Gusteko.
—En un mes haré una visita a Irlam; nos veremos en el restaurante que queda cerca de la casa del coronel Lucas. Su esposa trabaja ahí y vende unas comidas, ¡deliciosas! —Se chupa los dedos, casi como si estuviese vendiéndome la idea, un gesto que solo aumenta la repulsión que siento por él.
Trago saliva, sosteniendo mi mirada seria.
—Ahí será; te entregaré los planos.
Él levanta su mano, saliendo de la celda mientras llega su primo.
«Solo soy una rana en un pozo». Necesito salir, necesito ver más allá de lo que me rodea. Este problema va a escalar, estoy seguro de ello. En este momento, debo concentrarme en solucionar el juicio, pero esto es algo que tengo que arreglar con mayor dureza.
—¡Maldito infeliz! —Recibo un golpe en la nariz que la rompe de inmediato.
La sangre comienza a caer, caliente y viscosa, mientras todo lo que puedo hacer es quedarme quieto, un muñeco de carne golpeado. Sufro, sufro y seguiré sufriendo.
—¡Mi dinero! —Escucho un crujido de mis costillas, que apenas pueden sostener los inmensos golpes llenos de furia.
Harald ha puesto ojos aparte, pero no sabe que se está metiendo con una persona mil veces más peligrosa que él. Con aquello a lo que más se puede temer: aquello que no me percaté hasta que ya tenía tanta sangre en mis manos que no podía sostenerla.
A un lobo disfrazado de oveja puedes manipularlo; puedes atacarlo por su lado más débil, que es su lado lobo. En cambio, a una oveja con dientes de serpiente y mente de lobo no la puedes reconocer hasta cuando ya eres prisionero de sus acciones.
Eso es esta persona, Marrok Van Conri.
Si no fuese porque conocí a ese bastardo en la tierra, no sabría cómo tratar con esta persona.
Este mundo, como cualquier otro, contiene monstruos que buscan poder sobre todas las cosas.
Quedo solo en la celda, lleno de moretones y la sangre que gotea de mi nariz y boca. Mis ojos arden por el pelo de ese bastardo. No puedo moverme por las esposas, así que todo lo que puedo hacer es intentar escurrir la sangre de mi nariz con un fuerte soplido, sintiendo que cada respiro se convierte en una lucha.
La oscuridad se cierne, y la batalla apenas ha comenzado.
—Ugh… —Un coágulo cae, haciendo que tras un leve chorro el sangrado empiece a detenerse. Mi respiración es pesada; sin embargo, no tengo miedo.
Tengo que seguir adelante.
—¡Vaya! Parece que llegamos un poco tarde. —La voz de una mujer toma mi atención.
En una cárcel llena de las personas más peligrosas que ha conocido este reino, en una celda húmeda y sucia, con un hedor terrible y un ambiente aún peor, ella destaca con su traje blanco con purpura, adornado con pompones que fingen ser copos de nieve.
Su mirada filosa y sus ojos amatista parecen solo brillar con el dinero, con una ambición que no se puede ocultar.
A su lado, un caballero. Un hombre cuya rigidez habla de un deseo ferviente por convertirse en el mejor caballero, mientras juzga a otros por no serlo.
—Yo creo… Ugh. —Hablar me cuesta; mi cuerpo apenas puede sostenerse en esta posición—. Llegan a tiempo.
Sonrío, mientras aquel noble caballero se acerca a mí, su mirada molesta dice tantas cosas. "¿Por qué la citaste a este lugar?" "¿Cómo acabaste así?"
Y la más dolorosa de todas:
—No pudiste cumplir tu promesa. —Sostiene mi collar, donde Beatrice se encuentra sellada. Un brillo de preocupación cruza su rostro.
—Kua. —Uno de sus espíritus sale, pero este se detiene a medio camino, como si tuviese temor. Tras unos segundos, se vuelve a acercar, apenas rozándome, como si quisiera confirmar que sigo vivo.
Mi garganta se cura lentamente, dejando mis pulmones y costillas alineadas. El dolor pasó de ser infernal a solo doloroso.
—Con esto basta. Gracias, Kua.
Los miro a ambos, en especial a ella. La última persona de esta ecuación para hacer caer a Harald.
—Fu, fu. —Su sonrisa sincera me trae alivio, pues eso significa que ya tiene todo listo—. Ya envié a la mansión lo que pediste, sin embargo… ¿Cuál es el motivo para citarnos en este lugar tan original?
Sonrío y, con una mezcla de alivio y determinación, miro hacia Anastasia con delicadeza.
—¿Para qué más? Negocios.
