Prólogo:
Un Inicio y Un Final
Tenía que admitirlo: me sentía nervioso.
El olor de la batalla todavía impregnaba el aire. Los escombros, producto de nuestro enfrentamiento, yacían desperdigados por todas partes.
Frente a mí, la mirada de diamante de Demiurge permanecía fija, tan intensa que casi podía sentirla perforar mi ser.
Su rostro, fino pero severo, se arrugaba en un ceño profundo que hablaba de su desaprobación.
Una vergonzosa culpabilidad azotó mi inexistente corazón.
'¿Había estado bien salir corriendo sin más que un "no te pondré en peligro y volveré a salvo", como un héroe sin plan ni fundamento?'
Demiurge parecía enojado.
No.
Era más que enojo.
Había algo en su mirada que me estremecía hasta lo más profundo, algo que no lograba descifrar por completo.
Intenté moverme, buscando bajarme de sus brazos y tocar el suelo. Pero él, como era costumbre, lo impidió con un simple gesto.
—¿Vas a escapar de nuevo? —Preguntó con voz firme.
—¡...! —
—Si planeas hacerlo, tomaré medidas más agresivas en tu contra. Te lo advierto. —
—¿De qué hablas...? ¿Por quién me tomas? ¿Escapar...? —
—Satoru. —
El tono con el que pronunció mi nombre me hizo estremecer.
Era una clara señal de que no estaba jugando.
Un escalofrío recorrió mi columna.
¿Debería rendirme a lo que pasara?
Nuestra relación había cambiado hacía tiempo, desde que ambos caímos en este nuevo mundo, solos y sin la ayuda de nuestro gremio o de otros humanos.
Así que, que Demiurge me amenazara a mí, a quien él mismo consideraba un Ser Supremo, debería ser impensable.
Y, sin embargo, aquí estábamos.
Él, de pie entre los escombros, sosteniéndome con una extraña suavidad en sus brazos.
Debería ser algo vergonzoso, pero estábamos solos. Nuestro único contrincante estaba muerto.
Entonces...
—Lo siento... —
Murmuré, sintiendo que la disculpa salía desde lo más profundo de mis inexistentes entrañas. Pero Demiurge no parecía satisfecho.
Su mirada permanecía inmutable, como si esperara algo más.
'¿Qué es lo que buscas...?'
Lo miré, fingiendo curiosidad, pero antes de que pudiera procesarlo, sus labios, que parecían tan dulces como miel, se posaron sobre donde deberían estar los míos.
—¡...! —
Buscaba algo, queriendo algo que yo no alcanzaba a comprender... al menos no completamente.
'¿Qué...? ¿Por qué...?'
Mi mente era un caos. Ninguna respuesta, ninguna reacción coherente acudía a mí.
¿Debería empujarlo? ¿Debería abrazarlo? ¿Qué se supone que debía hacer?
Demiurge movía sus labios con la confianza de un experto, mientras yo me hundía en una timidez abrumadora.
Jamás había experimentado algo parecido en mi mundo anterior. El amor, o cualquier tipo de afecto fuera de lo familiar, era un territorio desconocido para mí.
—Demiurge, espera... —Logré murmurar cuando sus labios dejaron mis dientes expuestos y comenzaron a descender hacia mi clavícula, apartando un poco la tela.
Era irónico, considerando que realmente no podía concebir sus caricias de forma física. Sin embargo, la intensidad de su mirada y el latir de su corazón, que sentía a través de su pecho, eran cualquier cosa menos imaginarios.
—Demiurge, detente. Este no es el momento. —
—No dejaré que vuelvas a escapar—Replicó con una determinación que no admitía dudas.
Sabía que su desesperación era culpa mía. Había alimentado su angustia con mis acciones impulsivas, pero también sabía que era mi responsabilidad calmarlo.
Tomándolo suavemente de las mejillas, lo obligué a mirarme.
Había una razón por la cual me había lanzado de cabeza al peligro, una promesa que había hecho en caso de sobrevivir milagrosamente.
Era hora de revelarlo.
Con la voz más seria y cariñosa que pude reunir, confesé:
—Te amo. —
Sentí que mi pecho ardía mientras las palabras escapaban de mis inexistentes labios.
—Y porque te amo, ya no huiré más. —
—Satoru... —
El impacto fue evidente. Sus ojos, generalmente inmutables, se abrieron sorprendidos, y sus ansiosos labios se separaron. Pero no iba a detenerme ahí.
—Vayamos a casa, Demiurge —Añadí en un tono dulce.
Como si esas palabras fueran todo lo que había esperado, desplegó sus alas y alzó el vuelo conmigo aún en sus brazos.
¿Desde cuándo habíamos cambiado tanto?
La pregunta se quedó en mi mente mientras observaba el panorama bajo nosotros, recordando cómo habíamos llegado hasta aquí.
