N/A: Hola, he vuelto a tu vida como tu ex XD.
Ahora, antes de comenzar, quiero informales que este capítulo es bastante largo. En un principio, no tenía pensado que fuera tan largo, pero así es como a ustedes les gusta... XD
Bueno, fuera de bromas, ¡espero disfruten el capítulo de 16.000 palabras! Y una de las batallas épicas de esta historia.
Y sin más preámbulos... Let's go!
Capítulo 18
Avatar vs. Semidiós
Todos esperarían que, después de estar separados de tus seres queridos durante tres años, te alegraras de volver a reunirte con ellos. Sobre todo sí se trata de un miembro querido de tu propia familia.
Sin embargo, para Percy no fue así.
Su padre no parecía el mismo que él recordaba. Se veía más viejo y cansado. Tenía algunas arrugas en el rostro que antes no tenía, canas en el cabello y barba.
—Percy... —musitó Piandao, acercándose a su hijo y mirándolo de pies a cabeza. Una sonrisa triste estiró sus labios—. Has crecido tanto, hijo mío.
Era verdad. Ahora, Percy había crecido hasta alcanzar la altura de su padre. Antes, él tenía que alzar la mirada para verlo. Ahora, en cambio, lo miraba a los ojos. Ese detalle solo asentaba aún más el tiempo que había estado lejos de su padre y la tristeza que golpeaba en su corazón.
—Papá...
Percy sintió que se le atragantaban las palabras y que su corazón se retorcía en su pecho.
—Incluso tu voz ha cambiado. Puedo ver que estos años te han cambiado, pero... —Piandao colocó una mano sobre el hombro de Percy y sonrió. Sus ojos reflejaban tristeza, pero también alivio y felicidad—. Por tus ojos, veo que sigues siendo el mismo muchacho de corazón noble. En el fondo, sigues siendo el mismo. Me alegra inmensamente ver eso.
Percy sintió algo romperse dentro de él y no pudo evitar envolver a su padre en un fuerte abrazo que lo tomó desprevenido. Piandao le devolvió el abrazo con una pequeña sonrisa.
Padre e hijo se regocijaron con su reencuentro tras estar separados tres largos años.
—Te extrañé, papá—dijo Percy, con voz algo quebrada.
—Yo también, hijo mío—dijo Piandao, agarrando la cabeza de Percy y abrazándolo con firmeza, como si estuviera comprobando que realmente estaba allí—. Mucho más de lo que te imaginas.
Cuando se separaron luego de casi un minuto entero, Piandao volteó a observar a Zuko e hizo una inclinación.
—Es un placer volver a verlo, Su Alteza—dijo él—. Disculpe mi falta de modales al no presentar primero mis respetos ante usted. Es solo que me abrumó la emoción de volver a ver a mi hijo.
—No se preocupe, maestro—respondió Zuko, haciendo la misma inclinación en señal de respeto—. Lo entiendo perfectamente.
Piandao observó a su hijo con una sonrisa, aunque Percy no compartió su sonrisa.
—Papá... ¿Por qué estás aquí? —preguntó él.
La sonrisa de Piandao se desvaneció lentamente, dando paso a la aflicción.
—Sabía que preguntarías eso... —suspiró él, antes de voltear a mirar a Qiang—. ¿Te importaría dejarnos unos minutos a solas?
—Por supuesto, maestro—asintió Qiang, inclinándose ante Piandao. Antes de salir de la tienda, miró a Percy y Zuko por última vez—. Es un gusto volver a verlos, chicos. Y, si te parece bien, Percy, me gustaría volver a enfrentarme a ti en un duelo. Te demostraré lo fuerte que me he vuelto.
Qiang salió de la tienda, dejando a Percy, Zuko y Piandao solos.
—Papá, ¿qué está pasando? —preguntó Percy, cuya voz reflejaba la creciente inquietud y desesperación que sentía—. ¿Es verdad que estás liderando al escuadrón de espadachines que entrenaste? ¿Por qué?
—Porque así lo quiso el Señor del Fuego—reveló Piandao, para sorpresa de Percy y Zuko.
—¿Mi padre? —preguntó Zuko, con los ojos abiertos.
Piandao asintió y se acercó a la gran mesa donde se veía el mapa de la región sur del Reino Tierra. Puso ambas manos sobre la mesa y miró detenidamente las figuras que representaban al ejército del Reino Tierra y al de la Nación del Fuego.
—Hace unos meses, informé al Señor del Fuego Ozai que había enseñado todo lo que podía enseñarles a mis discípulos—relató Piandao. Una pequeña sonrisa orgullosa estiró de sus labios—. Todos ellos superaron mis expectativas. Cada uno de ellos tiene un don destacable que los hace únicos. Pero todos ellos comparten la misma pasión por la espada. Y cuando les propuse que siguieran el camino del guerrero, aceptaron con gran entusiasmo. Enseñarles ha sido una de las pocas cosas buenas que he hecho en mi vida.
Percy sabía lo mucho que significaba el arte de la espada para su padre y lo reconfortante que debía de ser para él poder transmitir esa misma lección a gente que se había demostrado ser digna de ello. Se alegraba de que su padre encontrara orgullo en una tarea que, en un principio, se le había impuesto sin posibilidad de negarse.
—Una vez que creí que todos estaban listos para servir a la Nación del Fuego, se lo informé al Señor del Fuego Ozai—continuó Piandao—. Se habían convertido en un verdadero escuadrón de élite de espadachines, tal y como se esperaba de ellos. Solo necesitaban experiencia en combate real para consolidar su estatus. Cuando comencé a formar este escuadrón, esperaba que usted lo liderara, Príncipe Zuko.
— ¿Yo? —Zuko se apuntó a sí mismo, desconcertado.
Piandao asintió.
— ¿Quién mejor para liderar un escuadrón de élite de espadachines que un miembro de la Familia Real que entrenó junto a ellos y demostró una notable habilidad en el manejo de las espadas? Le expresé mis ideas al mismo Señor del Fuego Azulon, quien se mostró interesado y las aceptó. Siempre creí que, incluso después de su inesperada muerte, su deseo se mantendría. Pero el destino tenía otros planes...
Zuko se llevó una mano al rostro donde tenía su cicatriz. Sabía a qué se refería su maestro. Aquel Agni Kai que había tenido con su padre lo había cambiado todo.
—El escuadrón necesitaba un líder—dijo Piandao con voz distante—. Y el Señor del Fuego Ozai creyó que la mejor persona para liderarlos sería yo, ya que la segunda persona candidata a liderarlos también había abandonado la Nación del Fuego.
Piandao miró de reojo a Percy, que se quedó sorprendido.
—¿Yo? —musitó él—. Pero... no sé nada sobre cómo liderar.
—Lo creas o no, tienes cualidades para ser un gran líder, hijo mío. Sé que puedes llegar a serlo.
Percy no estaba del todo seguro. Nunca se había visto a sí mismo liderando a nadie, principalmente porque no le gustaba recibir órdenes. La única razón por la que seguía las órdenes de Zuko era porque no lo consideraba un líder ni el príncipe de su nación, sino un amigo.
— ¿Y qué me dices de Qiang? —preguntó Percy.
—Lo he pensado. Pero, a pesar de sus notables habilidades con la espada, está demasiado entusiasmado con la idea de demostrar su valía. Tomaría decisiones precipitadas y peligrosas. Tal vez más adelante, cuando tenga más experiencia o alguien demuestre tener las cualidades necesarias para liderarlos. Hasta entonces, seré yo quien lo haga.
Percy miró a su padre con tristeza. Sabía con absoluta certeza lo mucho que le disgustaba a su padre tener que volver a la guerra. Una guerra a la que renunció hace muchos años al ver de primera mano lo cruel que podía ser. Y ahora se veía obligado a volver a ella no por él mismo, sino por alguien más.
En estos últimos tres años que había viajado por el mundo, Percy había visto lo que la guerra ocasionaba en este mundo. Aldeas enteras destruidas, ya sea por el fuego o por la propia tierra. Personas sin hogar que migraban en busca de un lugar lejos de las batallas, mientras que otras se rendían desesperadas en los oscuros y aislados callejones de una aldea remota.
Nunca había participado directamente en una batalla de la guerra, pero estaba constantemente rodeado de vestigios de ellas. La muerte, la destrucción y la miseria que dejaba a su paso.
Y ahora, su padre formaba parte de todo eso. En lo más profundo de su mente, Percy pensó:
«¿Y si su padre terminara siendo una de las decenas de miles de víctimas de esta guerra?»
Negó con la cabeza. Su padre era un hombre fuerte, el espadachín más fuerte de la Nación del Fuego, y había participado en muchas batallas. Sabría cómo afrontar cualquier batalla.
—Bueno, basta de mí—dijo Piandao, mirando a Percy y Zuko con expectación—. Díganme, ¿cómo ha sido su viaje hasta ahora? He escuchado muchos rumores, pero quiero saber si son ciertos. Siéntense, tenemos mucho de qué hablar.
Piandao hizo un ademán hacia las sillas que había alrededor de la mesa. Él se sentó en la silla de la cabecera y Percy y Zuko se sentaron a los lados.
—Es... una larga historia—dijo Percy, sin saber cómo empezar.
Piandao sonrió levemente.
—Tenemos tiempo.
Percy y Zuko se miraron mutuamente y hubo un acuerdo tácito entre ellos. Dados los acontecimientos de los últimos días, eran muy pocas las personas en las que podían confiar. Pero ambos sabían con certeza que podían confiar en Piandao. Era el padre de Percy, maestro de Zuko en el arte de la espada y un amigo muy cercano de Iroh. Si había alguien en quien podían confiar ciegamente, era Piandao.
Con eso en mente, ambos comenzaron a relatar lo sucedido durante su largo viaje de tres años.
Cuando terminaron, la expresión de Piandao reflejaba una incredulidad absoluta.
Eran pocas las veces en las que Percy recordaba haber visto a su padre quedarse sin palabras, completamente conmocionado. Aunque no podía culparlo, teniendo en cuenta lo que había sucedido.
—El Avatar... ¿Ha regresado? —musitó, incrédulo.
Zuko asintió.
—Lo vi con mis propios ojos—confirmó él—. Es un adolescente, maestro del aire control. No sé por qué aparenta esa edad, pero no me cabe duda de que es el Avatar. Después de buscarlo durante tres largos años, por fin lo he encontrado... ¡Y se ha escapado justo delante de mí!
Zuko apretó los puños con frustración e ira. Estaba tan cerca, pero se había confiado. Un error que no volverá a cometer.
—No te impacientes, Príncipe Zuko—aconsejó Piandao.
— ¡No puedo evitarlo! ¡El Avatar está allá afuera y, mientras más tiempo pase, más personas podrían ir tras él! ¡El Comandante Zhao podría encontrarlo fácilmente con toda la flota que tiene a su disposición!
—Pero no fue el Comandante Zhao quien encontró al Avatar, sino tú. Y lo lograste gracias a la perseverancia y la disciplina. No caigas en la impaciencia y no renuncies a esas cualidades.
—Pero... ¿Cómo puedo competir contra los recursos de Zhao?
—Por muy difícil que sea, siempre existe una solución lógica y óptima—dijo Piandao, solemnemente—. Mantenla presente en tiempos de confusión que te inciten a actuar con imprudencia.
Zuko frunció fuertemente el ceño, pero dio un profundo respiro y asintió.
—Sí, maestro...
Piandao asintió complacido.
—Recuerda tu mayor arma, Príncipe Zuko. No son las tropas ni los recursos, sino tu determinación. La misma determinación que te llevó a encontrar al Avatar.
Su maestro tenía razón. A pesar de las nuevas dificultades que surgían en su misión, no desistiría. Sobre todo ahora que había dado con el fruto de su incesante búsqueda. Su determinación era más fuerte que nunca.
—Descansen esta noche, recuperen fuerzas—sugirió Piandao—. Mañana podrán continuar con su viaje.
A pesar de que no le gustaba la idea de descansar, Zuko aceptó la sugerencia de su maestro. Estaba cansado y no había podido descansar correctamente en los últimos días. Además, aunque quisiera ir a perseguir al Avatar, no podría hacerlo. Su barco estaba dañado y necesitaba reparaciones, por lo que tendrían que quedarse en el puerto unos días.
Zuko se retiró de la tienda, dejando a Percy y Piandao a solas, sabiendo que ambos deseaban disfrutar de un momento a solas padre e hijo. Antes de irse, Zuko volteó y los miró a ambos. Su mirada reflejaba el anhelo de volver a ver a su padre y reencontrarse con él como lo estaba haciendo Percy.
Su mirada de anhelo se tornó en amargura y salió de la tienda, dispuesto a descansar.
Una vez que se quedaron solos, se hizo el silencio entre ellos. Percy no sabía qué decirle exactamente a su padre, ya que ni en sus sueños más remotos habría imaginado la posibilidad de verlo en el otro lado del mundo.
— ¿Cómo está Fat? —decidió preguntar, recordando al querido mayordomo de su familia. Temía que Fat hubiera acompañado a su padre, ya que sabía que sería perfectamente capaz de hacerlo.
Una pequeña sonrisa se dibujó en los labios de Piandao.
—Oh, está muy bien—respondió—. La última vez que lo vi antes de partir, me dijo que volvería a Shu Jin para cuidar de nuestra casa. Dijo que el simple hecho de pensar lo descuidado y sucio que estaba le provocaba estrés.
A Percy le alegró saberlo. Al menos, uno de sus seres queridos no estaba al frente de la guerra.
—Eso es bueno—suspiró él.
—Se alegrará cuando le envíe una carta para decirle que estás bien. Ha estado muy preocupado por ti desde que llegaron los rumores a la Nación del Fuego.
Percy arqueó una ceja, confuso.
— ¿Rumores? ¿Cuáles rumores?
— ¿Pensaste que no se difundirían las noticias de tus hazañas a lo largo del viaje y de los espíritus que has matado? —preguntó Piandao, antes de mirar sobre el hombro de Percy a las empuñaduras de sus espadas—. Tienes una espada bastante peculiar. No recuerdo que la tuvieras cuando partiste de la Nación del Fuego.
Percy se removió, algo incómodo. Llevó la mano a su espalda y desenvainó a Contracorriente. Piandao miró con fascinación la reluciente hoja de la espada, que brillaba levemente.
— ¿Dónde la conseguiste? —preguntó, viéndose algo conmocionado.
—Yo... siempre la he tenido—respondió Percy—. O, mejor dicho, tú siempre la tuviste hasta que me la diste el día que me fui de la Nación del Fuego.
Piandao lo miró, confundido.
—No recuerdo haberte dado esta espada.
—Es porque en aquel momento no era una espada, sino un anillo. Era el mismo anillo que estaba en el interior de la caja que pertenecía a mi madre.
— ¿Aquel anillo? ¿Cómo es posible que se haya convertido en esta espada?
—No lo sé—admitió Percy—. ¿Tal vez la bendición de un espíritu? No estoy seguro. Lo que sí sé es que, cuando me enfrenté a un espíritu maligno llamado Nian, el anillo se transformó en esta espada. Su hoja puede herir y matar a los espíritus.
Piandao parecía estar verdaderamente perplejo. Miró inquisitivamente la espada y frunció el ceño de manera sombría.
—Así que por eso te llaman «Asesino de Espíritus» —razonó, antes de alzar la mirada y encontrarse con la de su hijo—. Percy, debes saber que tienes en tus manos un arma muy peligrosa. Los espíritus son seres sumamente peligrosos e impredecibles. Que tengas un arma capaz de matarlos no es nada bueno.
—Lo sé. Intenté deshacerme de él arrojándolo al océano, pero volvió a mí—reveló Percy, para gran sorpresa de su padre—. Y, cuando peleé con algunos espíritus y lo arrojaron lejos, la espada siempre volvía a mí en forma de anillo. No puedo deshacerme de él, papá.
—Es... inquietante. Es una espada realmente extraña.
—Sí... —Percy miró la hoja de la espada y pudo ver su reflejo—. ¿Por qué mi madre tendría algo así?
Piandao miró a su hijo con preocupación y tristeza antes de hablar con vacilación.
—Dime, Percy... ¿Has descubierto algo sobre lo que querías?
Percy sabía a qué se refería su padre. O al menos, lo supuso.
—No exactamente—respondió él, envainando su espada—. No descubrí por qué... soy así. Pero algunos espíritus con los que me encontré me llamaron «Semidiós».
— ¿Semidiós? Nunca había oído esa palabra. ¿Sabes lo que significa?
—No, pero tengo una idea de dónde podría descubrirlo. Se dice que en medio del desierto existe una biblioteca que contiene toda la información del Mundo Mortal y del Mundo Espiritual.
—La Biblioteca de Wa Shi Tong—reconoció Piandao—. He oído hablar de ella. Está enterrada en las arenas del desierto de Si Wong. Muchos arqueólogos la han buscado durante décadas, pero nunca la han hallado. De hecho, algunos incluso fueron sepultados por las propias arenas del desierto. Ir allí es muy peligroso, Percy.
—Lo sé—suspiró Percy—. Pero es la única pista que tengo.
—No desesperes, hijo mío—lo consoló Piandao, colocando una mano sobre su hombro—. Encontrarás la respuesta que buscas.
Percy sonrió con ligereza, a pesar de sentirse triste y algo asustado por ver a su padre en aquel lugar. También se alegraba de volver a reunirse con él y de recibir su apoyo incondicional.
—Gracias, papá.
Piandao asintió y le dio un fuerte apretón en el hombro antes de levantarse.
—Esta noche, acompáñanos, hijo. Tú y el Príncipe Zuko—ofreció Piandao—. Los chicos estarán contentos si nos acompañan a cenar.
—Claro—aceptó Percy—. Se lo diré a Zuko. Aunque tal vez no lo aceptará. Él... ha cambiado. Ya no es el mismo desde que dejó la Nación del Fuego.
—Era de esperarse. La vida del Príncipe Zuko no ha sido nada fácil estos últimos tres años. Pero ahora más que nunca necesita ayuda. Sigue apoyándolo, hijo. Guíalo por el camino correcto.
— ¿Y cuál es ese camino?
—No puedo decírtelo. Ambos deben descubrirlo por sí mismos.
Percy miró a su padre con impasibilidad. Claro que una respuesta críptica a una pregunta en principio críptica era de esperarse. Siempre había sido así con Piandao. Nunca te daría una respuesta clara o directa; quería que encontraras tu propia respuesta. Él solo te guiaría, pero tú tendrías que recorrer el camino.
Era un rasgo admirable, pero también algo exasperante.
La cena transcurrió en medio del campamento, alrededor de una fogata. Los discípulos de Piandao, conocidos como los Samuráis, se encontraban compartiendo los cuencos de comida que había cocinado Mifune, el cocinero del grupo. A pesar de no ser nada ostentoso ni glamuroso, el caldo de verduras y legumbres estaba bastante bueno. Sin duda, era mejor que la comida que el ejército ofrecía a sus soldados.
—Jamás pensé que las habilidades culinarias de Mifune serían útiles—comentó uno de los samuráis, mientras comía gustosamente su cuenco de comida.
Al igual que los demás, vestía el mismo uniforme. Tenía el rostro afilado y los ojos rasgados hasta el punto en el que parecía que los tuviera cerrados. Su cabello negro estaba recogido en una coleta baja y algunos mechones caían por el lado derecho de su rostro.
—Concuerdo con Ling—dijo otro samurái, que era idéntico a Ling. Tenían la misma complexión y el mismo peinado; lo único diferente era que los mechones de su cabello caían por el lado izquierdo de su rostro—. Aunque no me quejo. La comida de Mifune no ha decepcionado nunca.
—Y ahora yo también estoy de acuerdo contigo, Lian. Sabes, Mifune, podrías seguir el camino de la comida si algún día abandonas el de la espada. Te iría bastante bien.
Mifune rio.
—Gracias, chicos—dijo mientras servía un nuevo cuenco de la olla que hervía en la fogata—. Aquí tiene, General Iroh.
—Gracias, mi muchacho—dijo Iroh con una sonrisa, mientras aceptaba gustosamente.
Iroh había decidido acompañarlos a la cena al descubrir que Piandao era el líder de los samuráis. Estaba muy contento de volver a encontrarse con un viejo amigo y no habían perdido el tiempo en ponerse al día. El viejo General fue acogido de manera afectuosa por todo el grupo, quienes conocían la cercana relación que le unía a su maestro.
—Mmm, está muy bueno—elogió Iroh al probar una cucharada de sopa—. Son afortunados de tener un cocinero tan bueno como tú.
Mifune rio, avergonzado.
—Me halaga, señor—dijo él—. Mi padre siempre decía que un hombre tiene que estar preparado para todo. Y saber cocinar con los ingredientes de los que se dispone es uno de ellos.
Qiang miró el cuenco que tenía en las manos.
—Nunca tuve que preocuparme por eso en casa—musitó en un tono reflexivo—. Nuestros sirvientes siempre cocinaban para nuestra familia. Y, cuando estábamos entrenando bajo la tutela del maestro Piandao, era Fat quien siempre cocinaba para nosotros.
—El hecho de que te hayas dado cuenta de eso demuestra lo mucho que has crecido—señaló Iroh.
—Tuve un buen maestro.
Qiang miró a Piandao, que comía tranquilamente su cuenco de comida.
—Debes darte crédito a ti mismo, Qiang—dijo él—. Un maestro es solo un guía, pero eres tú quien decide recorrer tu propio camino. He conocido a estudiantes que se han desviado de las enseñanzas de su maestro. Han dado la espalda a sus guías y han seguido el camino de la autodestrucción.
Iroh asintió en señal de acuerdo.
—Debes ser consciente de tu vida y de tus propios actos—añadió—. Así podrás moldearlas para forjar un futuro mejor.
—Pero ¿cómo puedo hacerlo? —preguntó Qiang.
En ese momento, todos miraron con atención al viejo general, que dejó su cuenco sobre su regazo y sonrió amablemente. Cuando habló, no solo se dirigía a Qiang, sino a todos.
—Debes mirar dentro de ti mismo de manera objetiva. Analízate y sé sincero. Afronta tus debilidades y no intentes esconderlas. En lugar de eso, desarrolla tus habilidades, mejora y crece. Solo así forjarás un futuro mejor.
El crepitar de las llamas fue el único sonido audible mientras las sabias palabras de Iroh resonaban en la mente de todos los presentes.
Qiang esbozó una pequeña sonrisa triste.
—Ya veo... Ahora me doy cuenta de lo afortunado que era y de lo desafortunado que son otros—dijo él—. Al pensar en ello, hasta este sencillo plato de comida me sabe delicioso.
Percy lo miró de reojo. Aún lo desconcertaba lo mucho que había cambiado Qiang, especialmente teniendo en cuenta que casi se pegan una pelea la primera noche en la que todos los discípulos de Piandao cenaron juntos.
—De verdad que has cambiado, Qiang—comentó Percy—. Es... algo extraño.
Xiuying resopló después de tragar un bocado de su comida.
—Sí te hace sentir mejor, Percy, sigue siendo el mismo tonto—dijo ella en tono burlón—. Tendrías que haberlo visto en nuestra primera batalla. El muy idiota estuvo a punto de morir cuando desafió a un duelo uno a uno al líder de una banda de bandidos del Reino Tierra.
— ¡Ese hombre no cumplió su promesa de enfrentarse a mí en un duelo justo! —replicó Qiang, indignado—. ¡¿Cómo esperabas que supiera que esos bastardos no tenían honor?!
Todos se echaron a reír, incluidos Percy. Zuko fue el único que no pareció divertido, mientras comía en silencio.
Percy lo empujó levemente con el hombro al sentarse a su lado.
—Oye, anímate—lo animó—. Después de tres años, volvimos a reunirnos con nuestros amigos. Hay que disfrutar de esto.
—Lo disfrutaría más si hubiera capturado al Avatar y volviéramos finalmente a casa—musitó Zuko con amargura, lo suficientemente bajo para que solo lo oyera Percy.
—Oigan, Percy, Zuko, cuéntennos—dijo Xiuying, volviendo a mirarlos—. ¿Cómo les fue en su viaje? Supongo que habrán recorrido las Cuatro Naciones buscando al Avatar. ¿Encontraron alguna pista?
—No—respondió Zuko de inmediato y con rotundidad—. No hemos encontrado nada.
Aunque habían acordado revelar la verdad a Piandao sobre el regreso del Avatar, Zuko se había mostrado inflexible a la hora de hacerlo con los demás. No quería que se enterara demasiada gente porque temía que la información se filtrara. Porque si eso sucedía, sería más difícil capturar al Avatar, ya que todo el ejército de la Nación del Fuego lo perseguiría.
—Es... una lástima. Aunque hemos oído hablar de sus viajes, especialmente de ti, Percy.
—Sí—concordó Qiang—. Hemos oído mucho sobre ti, señor «Asesino de Espíritus». Dicen que mataste a un espíritu del tamaño de una casa por tu cuenta.
Percy rio con incomodidad.
—Exageraron. No era tan grande—aclaró él.
— ¿Exageraron cuando dijeron que lo asesinaste de un solo movimiento al cortarle la cabeza? —preguntó Ming.
—Ah, no... Esa parte es verdad.
— ¿Y cuándo dijeron que te enfrentaste a una horda de espíritus en forma de mujeres pájaro? —preguntó Ling.
—También es verdad.
— ¿Y cuándo ahuyentaste a una serpiente gigante del océano con solo una mirada? —preguntó Liu.
—Eso lo han inventado—descartó Percy—. Nunca me he enfrentado a una serpiente gigante. Dudo que pueda hacerlo.
«Aunque tal vez sí es que...»
Percy rechazó rápidamente esa idea. Sonaba ridículo, incluso para él. Además, dudaba de que hubiera alguna serpiente gigante por ahí.
El resto de la noche transcurrió en relativa tranquilidad. Percy les contó historias de sus viajes y ellos le contaron cómo habían ido las cosas en la Nación del Fuego desde que se marcharon. Percy y Zuko mostraron visible interés cuando les contó que Azula había estado frecuentando la casa de Piandao para continuar su entrenamiento y perfeccionar su fuego azul. Y, sorprendentemente, también para jugar partidas de Pai Sho.
— ¿Pai Sho? —inquirió Zuko, desconcertado—. ¿Ella va para jugar Pai Sho contigo?
—Lo hacía un par de veces a la semana—respondió Piando, bebiendo una taza de té que Iroh había preparado—. Era su manera de relajarse del entrenamiento y de sus obligaciones como princesa de la nación. Tiene una mente muy aguda. Sin duda, será una gran estratega.
— ¿Y cómo ha ido con su entrenamiento? —preguntó Percy, curioso.
—Ha superado con creces mis expectativas. Sus habilidades para controlar el fuego a su edad son... incomparables. Sumado al control que tiene sobre su fuego azul, eso la ha convertido en una maestra del fuego control. En pocos años se convertirá en una de las maestras fuego más poderosas del mundo. Tal vez incluso en la más poderosa...
Al escuchar tal elogio de Piandao, Zuko y Percy se quedaron aturdidos, sabiendo que hablaba de la manera más objetiva posible.
Percy sonrió ligeramente, sintiéndose feliz por ella, ya que sabía lo mucho que significaba para Azula ser una destacada maestra fuego. Y al parecer, lo había logrado.
—Ha leído todas tus cartas—comentó Piandao, mirando a Percy—. Y ha oído de las cosas que has hecho, de la reputación que te has forjado. Puede que no lo demuestre, pero ella espera que vuelvas algún día.
Percy se sorprendió al oír eso. Aunque siempre había enviado cartas a Azula, Mai y Ty Lee durante estos tres últimos años, nunca había recibido una respuesta de ellas porque siempre estaban en movimiento. Era agradable saber que Azula aún lo tenía en mente y que, tal vez, lo echaba de menos.
— ¿Lo oíste, Percy? La princesa quiere que vuelvas—dijo Ling, sentándose a su lado y empujándolo con el codo de manera burlesca—. ¡Ahora tienes que volver a la Nación del Fuego y desposarla!
— ¿D-Desposarla? —farfulló Percy.
— ¡Sí! —concordó Lian, sentándose del otro lado y pasando su brazo por los hombros de Percy—. ¡Tienes que volver y enseñar a todos esos pretendientes que ella tiene quién manda!
Ling se puso en pie, desenvainó su espada, que era la mitad de una espada dao, y la alzó en alto.
— ¡Atrás, nobles de pacotilla! —bramó con voz falsa y teatral—. ¡El único que desposará a la princesa seré yo, Perseo, hijo de Piandao!
— ¡No tan rápido, Perseo! —exclamó Lian, imitando su voz. Desenvainó su espada, que era la otra mitad de la misma espada dao, y se puso frente a Ling, desafiándolo—. Si quieres desposar a la joya de la corona, entonces debes vencerme justamente en un duelo a mí, Zuko, primogénito del Señor del Fuego.
— ¿Osas interponerte en el camino de nuestro amor, Zuko?
—Debes demostrar que eres digno de mi hermana, solo entonces te aceptaré como su consorte.
— ¡Pues que así sea!
Ling y Lian se enfrascaron en un combate teatral bajo la mirada y risa de los presentes, para la vergüenza de Percy y Zuko, quienes se miraron incómodos.
Cuando terminaron de cenar y tuvieron que dormir, Piandao les ofreció a Zuko y a Percy quedarse en una de las tiendas. Al principio, Zuko quiso negarse y volver a su barco, pero terminó cediendo ante las insistencias de Iroh.
Percy se tumbó en un futón sencillo, pero cómodo. Al menos no notaba las pequeñas piedras debajo de su cuerpo. Cuando se acostó, se durmió al instante. Y, como siempre, tuvo un sueño extraño.
Se encontraba en una habitación destruida y abandonada. A juzgar por las grietas en las paredes quemadas y las plantas que se filtraban por ellas, junto con los trozos del techo destrozados por donde entraba la luz del sol, había estado abandonado desde hacía muchos años.
Toda la habitación estaba repleta de esqueletos con armaduras de la Nación del Fuego. El diseño de estas armaduras indicaba que eran antiguas. Todos ellos estaban alrededor de un esqueleto en particular, que vestía túnicas amarillas y naranjas hechas jirones por el paso de los años. Se trataba de un monje de los Nómadas Aire. Alrededor de su cuello colgaba un collar de madera con el símbolo de los Nómadas Aire.
Pero lo que captó la atención de Percy fue que el mismísimo Avatar, Aang, se encontraba arrodillado frente al esqueleto del monje. El chico se tapaba el rostro con las manos mientras lloraba a voz débilmente.
—No... no puede ser... —gemía con voz entrecortada por el llanto—. Gyatso...
El chico lloraba por la pérdida de lo que Percy supuso que era un conocido suyo. Y al parecer, alguien muy querido.
En ese momento, alguien más apareció en la habitación. Percy lo reconoció como Sokka, el chico de la Tribu Agua con quien había peleado.
—Oye, Aang, ¿ya encontraste comida?... Oh, rayos—Sokka se calló al ver a Aang llorando de rodillas frente al esqueleto de un nómada aire—. Está bien, Aang. Todo va a ir bien.
Sokka colocó gentilmente una mano sobre el chico con la intención de consolarlo, pero jadeó con sorpresa y algo de miedo cuando los tatuajes de Aang comenzaron a brillar.
—Oh, no...
Un fuerte viento comenzó a soplar con gran intensidad por todo el lugar, que incluso empujaba a Sokka hacia atrás. Las paredes comenzaron a agrietarse y Aang ascendió lentamente, como si estuviera volando. Pronto, se formó un tornado en la habitación que arrancó las paredes y destrozó completamente el techo. En el centro del tornado, elevándose de manera sobrenatural, se encontraba Aang, cuyos tatuajes y ojos brillaban intensamente. Su rostro denotaba una expresión feroz e iracunda.
— ¡Aang! —gritó una voz femenina, que resultó ser la misma chica maestra agua que había abordado el barco de Zuko—. ¡Aang, escúchame, tienes que calmarte!
Pero él no lo hizo. El tornado parecía crecer cada vez más, arrancando las paredes por completo y agrietando el suelo bajo sus pies. Aang parecía estar en un trance, impulsado por el dolor de la pérdida.
Katara luchaba contra los fuertes vientos y se acercaba lentamente a Aang, cubriéndose el rostro.
— ¡Aang, sé que estás enfadado! —exclamó ella, intentando que su voz se escuchara sobre el intenso viento—. ¡Y sé lo difícil que es perder a la gente a la que quieres! ¡Yo pasé por lo mismo cuando perdí a mi madre! ¡Puede que el monje Gyatso y los demás maestros aire se hayan ido, pero no estás solo! ¡Nos tienes a Sokka y a mí! ¡Estamos contigo, Aang!
Sus palabras parecieron llegar a Aang. Los vientos comenzaron a aminorar hasta detenerse. El tornado se desvaneció y Aang comenzó a descender lentamente hasta tocar el suelo y quedarse inmóvil.
Al ver que Aang parecía haberse calmado, Katara y Sokka se acercaron a él.
—Katara y yo no te dejaremos solo—le prometió Sokka.
Con gentileza, Katara agarró la mano de Aang, demostrándole su apoyo. Los tatuajes y los ojos de Aang dejaron de brillar, y el joven Avatar mostró una expresión llena de tristeza y pesar. Katara logró sujetarlo para evitar que cayera y lo hizo sentar a su lado.
—Lo siento—se disculpó Aang con voz cansada.
—Está bien, no tienes que disculparte—lo tranquilizó Katara—. No fue tu culpa.
—Tenían razón. Si la Nación del Fuego encontró este templo, también encontraron los demás. Creo... -las palabras quedaron ahogadas en la garganta de Aang, y una lágrima solitaria cayó por su mejilla-. Creo que soy el último maestro aire...
Katara no dijo nada, simplemente lo abrazó para transmitirle su apoyo y ofrecerle consuelo. De la misma manera, Sokka colocó una mano sobre su hombro mientras el joven Avatar lloraba en silencio por la pérdida de su gente.
Esta vez, el sueño cambió. Percy ya no estaba en una habitación destrozada llena de esqueletos de maestros fuego con un Avatar iracundo. Ahora, estaba en lo que parecía el borde de un precipicio en el fondo del mar. La oscuridad lo rodeaba y, a pesar de que solo se trataba de un sueño, podía sentir el frío filtrándose en sus huesos.
Desde que tenía memoria, Percy siempre había podido ver bajo el agua, como si fuera de día. A pesar de estar en el fondo del océano, siempre había podido ver claramente. Sin embargo, no podía ver lo que había en el fondo del precipicio donde estaba parado. Era como si viera la oscuridad absoluta y eso lo llenaba de un abrumador y extraño sentimiento de vértigo e... inquietud.
Sentía que si miraba demasiado tiempo por aquel precipicio, caería en la absoluta oscuridad.
Antes de dar un paso atrás con la intención de alejarse, Percy escuchó un ruido. Era un ruido lejano, lento, pero constante. Al escuchar con atención, casi parecía un latido.
Entonces, llamó su atención una pequeña luz que provenía del abismo. Era una luz de color rojo y naranja brillante, como la lava, que parpadeaba al mismo ritmo que los lentos latidos que se escuchaban a lo lejos.
Percy miró atentamente aquella luz al fondo del abismo mientras el sonido de los latidos comenzaba a resonar con mayor fuerza en sus oídos.
Cuando se despertó, Percy pudo oír el bullicio que provenía de fuera de la tienda. Se dio la vuelta y vio que el futón de Zuko estaba vacío, cuidadosamente doblado y colocado en una esquina. Al igual que todos los maestros fuego que conocía, Zuko era una persona madrugadora que se levantaba con la primera luz del sol. Una cualidad que Percy nunca compartió. Si fuera por él, dormiría todo el día.
Se levantó lentamente, se frotó los ojos, se limpió los restos de lagañas y bostezó sonoramente, preguntándose qué había sido ese extraño sueño.
No pudo pensar en eso porque las solapas de la tienda se abrieron y entró Qiang, completamente vestido con su armadura de combate, excepto por su peculiar máscara, que colgaba de su cintura.
—Oh, estás despierto—dijo Qiang—. Bien. Porque nos iremos en cualquier momento.
— ¿Irse? —dijo Percy, con voz algo ronca por el sueño—. ¿A dónde?
—A nuestra misión. El maestro Piandao regresará en cualquier momento con el plan de batalla que ha estado discutiendo con el Comandante Zhao. Debemos estar listos para cuando vuelva. Así que mueve tu perezoso trasero.
A regañadientes, Percy se levantó y crujió la espalda. Agarró sus espadas y se las colocó en la espalda antes de salir de la tienda.
Todo el campamento estaba preparándose para la misión. Los samuráis se alistaban para ir a la batalla, colocando sus respectivas armaduras y verificando las armas y los suministros. Percy vio a Ling y a Lian ayudándose mutuamente para atar las correas de sus armaduras. Xiuying estaba afilando sus espadas dao, mientras que Ming y Mifune preparaban los suministros que necesitarían para la misión y los cargaban en distintas bolsas.
Percy miró por todo el campamento buscando a Zuko, pero no lo encontró por ningún lado.
— ¿Sabes dónde está Zuko? —le preguntó a Qiang.
—Volvió a su barco para supervisar su reparación—respondió él—. Se fue apenas amaneció.
—Ya veo. Entonces supongo que iré con...
—Oye, Percy, ¿te unirás a nosotros?
Él se dio la vuelta para ver cómo tres samuráis se le acercaban, todos ellos vestidos con la misma armadura roja y negra.
Quien habló fue un hombre al que Percy reconoció como Yang, el más alto de los tres. Portaba una espada jian en su espalda. Su cabello negro estaba recogido en un moño firme y tenía una barba finamente recortada, excepto por una línea en su mandíbula derecha donde había recibido un corte de espada. Un pequeño accidente durante un duelo de entrenamiento que Percy se avergonzaba reconocer que fue el causante, aunque Yang lo consideraba como la herida digna de un guerrero.
— ¿Unirme a ustedes? —preguntó Percy, desconcertado.
—A nuestra misión.
—Así es, sería agradable que estuvieras con nosotros de nuevo, Perseo—añadió el segundo samurái, quien era la única chica—. Se te ha echado de menos estos últimos tres años.
Percy la reconoció como Sung, una de las tres únicas chicas que eran samuráis. Tenía el cabello negro largo y liso, el cual caía por su espalda y estaba atado con un listón en la parte final. Muchos podrían llegar a considerarla atractiva, ya que tenía una expresión serena en su rostro atractivo, aunque su complexión alta y musculosa intimidaba a muchos, lo que discordaba con su personalidad tranquila y sumamente amable. Pero lo más peculiar de ella era que, a pesar de formar parte de un grupo de espadachines, Sung era la única que no empuñaba una espada para pelear, sino una naginata.
—Sí, será agradable tener a alguien en el grupo que no pareciera tener siempre un palo en culo—comentó de manera mordaz el último samurái con una expresión malhumorada en su rostro.
De todos los samuráis, Xiao era el más bajo. No llegaba ni a 1,60 cm de altura. Su cabello castaño, que hacía juego con sus ojos color café, estaba recogido con una banda roja en la frente para que no le cayera sobre los ojos. De todos los samuráis, Xiao era el único que portaba un par de espadas shuang gou. Eran un par de espadas con una curvatura en forma de gancho en la punta, con guardas en forma de medialuna y una empuñadura que terminaban en puñales.
—Xiao, no seas grosero—reprendió suavemente Sung—. Son nuestros compañeros. Sería lindo que todos volvieramos a estar juntos.
Xiao no dijo nada, simplemente resopló y se cruzó de brazos mientras apartaba la mirada.
—Aunque para eso faltaría el Príncipe Zuko—señaló Yang.
Los hombros de Sung decayeron un poco, viendose algo desanimada.
—Sí, es verdad... El Príncipe Zuko tiene su propia misión.
—Oh, hablando del Príncipe Zuko... —señaló Qiang, volviendo la mirada hacia Zuko, que se acercaba a ellos con expresión severa. Junto a él venían Iroh y Piandao, quien vestía la armadura de samurái que Percy había visto en su tienda anoche.
—No parece muy contento—comentó Yang.
—Nah, esa es la expresión habitual de Zuko—rechazó Percy.
— ¡Percy! ¡Tenemos que irnos ya! —exclamó Zuko, claramente impaciente.
— ¿Qué? ¿Tan pronto? ¿Ya han reparado nuestro barco?
—Aún no, pero no podemos perder tiempo. Zhao ha... —Zuko se calló y miró de reojo a los samuráis antes de hablar con más cuidado—. Ha ido a enfrentarse a los piratas con lo que nos encontramos hace unos días. Sabemos dónde están, así que debemos partir ahora mismo.
— ¿Los piratas? —Percy arqueó una ceja, confundido. No recordaba haberse topado con piratas, pero cuando vio la mirada intensa que Zuko le estaba dando, lo entendió—. Ah, sí. Esos piratas. Pero ¿cómo vamos a perseguirlos si nuestro barco está dañado?
—Pueden usar el nuestro—ofreció Piandao.
Percy miró a su padre con sorpresa.
— ¿Tienen un barco?
— ¿Cómo piensas que llegamos hasta aquí desde la Nación del Fuego? —preguntó Qiang—. ¿Nadando?
—Lo dudo. Te ahogarías con el peso de tus músculos—replicó Percy.
Qiang sonrió de manera altiva mientras se palmeaba el bíceps derecho y lo flexionaba.
—Ya quisieras tener estos. Tengo 130 kilos de puro músculo magro. ¡Soy el samurái más fuerte!
—Querrás decir el más idiota—replicó Xiao.
Qiang refunfuñó, mientras los demás samuráis se reían de él. Incluso Sung soltó una leve risita mientras cubría su boca.
Zuko, en cambio, frunció el ceño y gruñó con impaciencia y molestia.
— ¡Basta ya! —espetó él—. No tenemos tiempo que perder en tonterías. Tío, Percy, vámonos.
Sin esperar una respuesta, Zuko dio media vuelta y se dirigió al puerto.
—Por favor, disculpen la falta de modales de mi sobrino—dijo Iroh en un tono de disculpa—. Estos años en el mar han sido duros, especialmente para él.
—Pues me reconforta saber que tiene a personas que puedan estar a su lado—comentó Piandao, mirando a Iroh y a Percy. Se acercó a su hijo y le colocó una mano sobre el hombro—. Me alegro inmensamente de volver a verte, hijo mío, aunque fue breve.
—Yo también, papá.
Percy no dudó en abrazar a su padre. En el pasado, cuando lo abrazaba, su cabeza apenas alcanzaba su pecho, lo que le producía una sensación de comodidad y seguridad, como si nada malo pudiera pasarle. Ahora, aunque sus cabezas estaban a la par, Percy se alegraba de descubrir que el sentimiento no había cambiado ni un poco.
Mientras el barco de los samuráis atravesaba las olas con su proa de hierro, Zuko se encontraba en la cubierta, mirando fijamente el horizonte con ferocidad. Aunque en su interior se arremolinaban la impaciencia, la ansiedad y el miedo. Miedo a llegar tarde y perder todo lo que había anhelado y luchado por obtener: la oportunidad de volver a su hogar. El Avatar representaba eso. Y ahora, podría perderlo todo.
— «Hoja del Alba» —leyó Percy, mirando por la borda del barco el nombre grabado en la proa—. Papá siempre ha tenido debilidad por lo dramático.
—Pudo haber escogido un barco más rápido en lugar de ponerle un nombre ridículo—gruñó Zuko con impaciencia.
—Sorprendentemente, este barco es igual de rápido que el nuestro—señaló Iroh, acercándose a ellos—. Si seguimos a esta velocidad, alcanzaremos al barco del Comandante Zhao en poco tiempo, a pesar de que zarparon horas antes que nosotros.
Ese hecho no pareció consolar a Zuko, que parecía más impaciente e inquieto que nunca.
—Se está haciendo todo lo posible—dijo Iroh—. Has esperado tres años. Puedes esperar un poco más. La paciencia es una virtud. Y fue gracias a esa misma virtud que encontraste al Avatar.
Zuko cerró los ojos y dio un profundo respiro con la intención de calmar sus pensamientos turbulentos. Su tío tenía razón. Era en estos momentos cuando debía tener paciencia, por dolorosos que fuera.
—Tres años. Tres... años... —musitó con voz afligida—. Llegué a pensar que nunca iba a encontrar al Avatar. Pero ahora que sé que está cerca, la situación es peor. Porque por fin podría volver a casa.
A diferencia de antes, cuando debía de ser paciente en su búsqueda del Avatar con la esperanza de encontrarlo algún día, ahora era diferente.
El Avatar había regresado. Lo había visto con mis propios ojos. Él lo había encontrado. Y la oportunidad de volver a su hogar era más real que nunca.
Tan solo pensar en ello hacía que se le hiciera un nudo en la garganta, sintiendo un anhelo indescriptible arremolinarse en su corazón hasta el punto de que casi era doloroso.
Iroh se acercó a él y le puso una mano en el hombro.
—A veces, la esperanza puede ser muy cruel—dijo él.
—Pero es la razón por la que estamos aquí hoy, ¿no? —señaló Percy con una pequeña sonrisa.
—Esperanza... —musitó Zuko, recordando las mismas palabras que su tío les había dicho una vez hace tanto tiempo—. Cuando todo lo demás está perdido...
Zuko tenía esperanza, pero era esa misma esperanza la que le provocaba tanto dolor.
— ¡Tierra! —bramó el vigía, que observaba el mar desde lo alto del puente de mando—. ¡Isla Kyoshi a la vista!
— ¡Tráiganme un catalejo! —ordenó Zuko.
Inmediatamente, un soldado le trajo un catalejo y Zuko lo utilizó para observar más allá de lo que sus ojos podían ver. Al hacerlo, vio la porción de tierra en medio del mar que era conocida como la Isla Kyoshi, en honor a su creadora, el Avatar Kyoshi.
Pero lo que llamó su atención fue que vio un barco de la Nación del Fuego atracar en las playas de la isla con todo un batallón de soldados descendiendo por la pasarela de la proa.
—Llegamos tarde—gruñó Zuko—. No hay forma de evitar a Zhao.
Iroh miró fijamente el barco de Zhao atracado en la isla, pero hubo algo más que llamó su atención.
—En Pai Sho, mover primero no siempre es lo mejor—dijo él, en tono críptico—. Conocer a tu oponente y saber adónde puede ir es más importante que la velocidad.
Iroh señaló una zona diferente de la isla, un poco más alejada de donde Zhao había atracado. Al seguirlo con la mirada, Zuko se percató de la enorme estatua situada cerca de un precipicio. Al observarlo con el catalejo, reconoció que se trataba de la estatua del Avatar Kyoshi. Y, si su vista no le fallaba, podía ver a un par de personas allí.
Zuko entrecerró los ojos al bajar el catalejo.
Después de dejar la Hoja del Alba anclada en la orilla de la isla Kyoshi, Zuko reunió a un pequeño grupo de soldados para ir a capturar al Avatar.
Su grupo estaba compuesto por Percy, el Teniente Jee, Tao, Hui Ying, Xing y Shun. Su tío había decidido quedarse en el barco, ya que consideró que no sería de mucha ayuda en la batalla.
Mientras ascendían por el empinado terreno hacia el precipicio donde se encontraba la estatua del Avatar Kyoshi, Zuko se percató de que alguien lo observaba desde lo alto. A juzgar por los colores de su ropa, pertenecía a la Tribu Agua.
Cuando sus miradas se encontraron, Zuko entrecerró los ojos e intensificó su andar.
Cuando finalmente se encontraron, la chica se puso frente a ellos y adoptó una vaga y vacilante posición de combate mientras observaba con ligero miedo a todo el escuadrón de maestros fuego, especialmente a Zuko y Percy.
—Tú... —gruñó Zuko al reconocerla. Era la misma campesina de la Tribu Agua del Sur que había estado ese día en que el Avatar escapó de su barco en aquel animal gigante, peludo y volador—. Pasaré de una forma u otra. Lo que te ocurra es tu decisión.
Esa era su advertencia. De la misma forma en que lo había hecho al llegar a aquella aldea de la Tribu Agua del Sur, Zuko le daría una advertencia y una oportunidad para apartarse de su camino.
A pesar de sus palabras, Katara no se movió. Aunque parecía insegura y algo asustada, se mantuvo firme en su postura de agua control.
Con un pequeño asentimiento, Zuko ordenó a sus soldados que se encargaran de aquella campesina.
Katara movió sus brazos y el agua de un pequeño arroyo se levantó y se arremolinó a su alrededor antes de que ella empujara el agua con fuerza hacia los soldados con un movimiento fluido, golpeándolos con fuerza y enviándolos al suelo.
A todos, excepto a uno.
Percy vio cómo el agua que Katara envió hacia ellos se dividía justo antes de golpearlo, dejándolo completamente seco.
—Mmm... veo que has mejorado un poco—comentó Percy, viendo como el golpe dejó aturdido a los demás antes de voltear a mirar a Katara y sonreír con burla—. Pero no me has golpeado. Parece que aún tiene mucho que practicar.
Incluso Katara se sorprendió ante este hecho. Estaba segura de que había realizado los movimientos correctos que había practicado decenas de veces para enviar un potente chorro de agua con la fuerza necesaria para derribar a una persona. Había practicado su puntería, pero... no había golpeado a Percy.
Percy desenvainó su espada. La hoja hizo un agudo sonido al ser desenvainada, lo que hizo que Katara diera un paso atrás.
—Suerte para la próxima, chica agua—dijo él, antes de arremeter.
Katara entró en pánico y movió frenéticamente los brazos. El agua del arroyo se lanzó bruscamente hacia Percy con la intención de golpearlo, pero, al igual que antes, se desvió sin siquiera tocarlo. Era como si el agua se negara a hacerle daño.
Cuando estuvo a un metro de Katara, Percy balanceó su espada con la intención de golpearla con el lado plano e inmovilizarla o noquearla, pero Katara reaccionó a tiempo y dio un paso atrás. Sin embargo, tropezó con una rama y cayó al suelo. Antes de que pudiera levantarse, la espada de Percy estuvo a escasos centímetros de su cuello.
—Ríndete—dijo él—. No quiero hacerte daño.
Katara lo observó con los ojos abiertos. El temor se reflejaba en sus ojos azules mientras respiraba agitadamente, lo que hizo que Percy sintiera una punzada de pena en su corazón. No quería hacerle daño, ni mucho menos matarla. ¿Era alguien que se interponía en su camino? Sí, pero no era una amenaza. Era solo una maestra agua novata. No suponía una amenaza, especialmente para Percy.
Antes de que Katara dijera o hiciera algo, súbitamente, una figura aterrizó a pocos metros de ellos, lo que hizo que la tierra temblara y un fuerte viento obligara a Percy y a Zuko a retroceder. Cuando el viento amainó y ambos levantaron la mirada, se quedaron completamente perplejos y anonadados ante lo que vieron.
Era una mujer alta, muy alta, que vestía un largo kimono verde. Tenía el cabello liso y largo color castaño. En su cabeza llevaba una diadema con un tocado dorado en forma de abanico. Pero lo más peculiar y llamativo fue que su rostro estaba completamente cubierto con una pintura facial blanca con un gran delineado rojo y negro, que le confería una apariencia imponente e intimidante. Y, por si fuera poco, tenía los ojos de un blanco brillante que Percy solo había visto en una persona.
— ¿Pero qué carajos...? —musitó él.
—Imposible... —farfulló Zuko al reconocer a la persona que tenía frente a él.
Era la misma persona que había estudiado durante tanto tiempo en su búsqueda del Avatar, ya que ella había sido Avatar hace más de 400 años.
La Avatar más longeva conocida: Kyoshi.
Kyoshi retiró lentamente un par de barras de metal que llevaba en la cintura. Con un movimiento de su muñeca, las barras se expandieron y revelaron que se trataba de un par de abanicos dorados.
Sus resplandecientes ojos dorados se posaron en Percy y Zuko, alertando a ambos. Con un movimiento fluido y brusco, Kyoshi abanicó sus brazos y un poderoso vendaval fue enviado en su dirección, que los arrojó con fuerza. Zuko terminó estrellándose contra el tronco de un árbol, mientras que Percy derrapó por el suelo hasta que, al clavar la hoja de su espada en la tierra, levantó la mirada justo a tiempo para ver cómo el Avatar Kyoshi comenzaba a correr y, sorprendentemente, ascender. Corría como si estuviera volando. Al observar con más detenimiento, Percy vio que pequeñas partículas de polvo y tierra se arremolinaban debajo de sus pies con cada paso que daba.
El Avatar Kyoshi se elevó hasta más allá de la copa de los árboles y, con un movimiento de brazos con los que sostenía sus abanicos, se impulsó más allá hasta que ya no pudo ser vista. Al ver en qué dirección se dirigía, Percy supo que iba hacia la aldea que se encontraba en medio de la isla.
—No me lo puedo creer... —masculló Zuko, mientras se levantaba con evidente esfuerzo—. Es el Avatar Kyoshi.
— ¿Kyoshi? —dijo Percy, sorprendido—. Pero... ¡Se supone que murió hace más de cuatrocientos años!
—El Avatar actual debió encontrar la manera de invocar una de sus vidas pasadas.
Percy miró hacia donde el Avatar había desaparecido entre la copa de los árboles. Por el rabillo del ojo, vio que Katara se había escabullido y siguió al Avatar hasta la aldea.
—Supongo que tiene sentido—dijo, envainando su espada—. Considerando que estamos en la Isla Kyoshi.
—Tengo que perseguirlo—gruñó Zuko.
—O perseguirla—corrigió Percy. ¿El Avatar era ahora una mujer? Era muy confuso.
Zuko intentó levantarse con evidente esfuerzo, pero estaba claro que el golpe lo había afectado bastante.
—Tranquilo—dijo Percy—. Yo iré tras el Avatar. Descansa un momento.
— ¡No es momento para descansar! —espetó Zuko con los dientes apretados—. ¡Por fin tengo al Avatar a mi alcance y no voy a detenerme hasta capturarlo!
Percy puso las manos sobre su hombro.
—Y lo harás, pero primero recupera el aliento. Ahora no nos enfrentamos a un inexperto Avatar adolescente, sino a un Avatar adulto y completo. Recupera tus energías.
Zuko no parecía muy convencido con la idea, pero terminó asintiendo a regañadientes.
—Bien—asintió Percy, satisfecho—. Ahora...
Llevó la mano a la empuñadura de Contracorriente, intuyendo que la necesitaría si tuviera que enfrentarse al Avatar.
—Veamos de lo que es capaz de hacer este Avatar.
Al llegar a la aldea, se encontró con algo que lo dejó pasmado.
El Avatar, que tenía aspecto de Kyoshi, se encontraba en medio de un tornado compuesto por los cuatro elementos: aire, agua, tierra y fuego. Los soldados de Zhao que lo rodeaban eran arrastrados por el vórtice de elementos que el Avatar controlaba. Había una docena de ellos, y el tornado no hacía más que crecer y crecer en tamaño y fuerza.
—Vaya, así que eso es lo que un Avatar completo puede hacer... —musitó Percy, mirando anonadado el tornado de los cuatro elementos.
El Avatar siguió controlando el tornado, atrayendo a más soldados de Zhao hasta que, de repente, el tornado se disipó en una fuerte explosión que envió a los soldados a estrellarse contra las casas de la aldea.
Donde se encontraba el ojo de la tormenta, Avatar Kyoshi miró desafiante con aquellos amenazantes ojos brillantes al hombre que dirigía a aquellos soldados que habían osado perturbar la paz de su isla.
—Vuelvan... ¡Vuelvan al barco! —gritó Zhao, dando un paso atrás.
Los soldados caídos no tardaron en seguir las instrucciones de su Comandante. Como pudieron, se levantaron y emprendieron la retirada lastimosamente. Todos estaban aterrados ante la demostración de poder del Avatar, quien comenzó a formar otro tornado, asustando y ahuyentando a los soldados de Zhao.
Todos los aldeanos se alegraron de que los soldados abandonaran su aldea, pero les inquietó que uno de ellos no lo hubiera hecho, sino que se acercara cada vez más al tornado generado por el Avatar, empuñando una espada resplandeciente.
—Oh, no... —musitó Sokka con inquietud al ver quién era.
—Sokka, ¿conoces a ese soldado? —preguntó una chica que vestía igual que el Avatar Kyoshi, solo que llevaba una armadura que cubría su torso y hombros.
—No es un soldado cualquiera, Suki. Es el único que ha podido herir a Aang.
—Pero... ahora ya no es Aang. Es el Avatar Kyoshi de quien estamos hablando. ¡Uno de los Avatares más poderosos que han existido!
Suki creía firmemente que el Avatar Kyoshi no podría ser vencida por un simple espadachín. Después de todo, fue el Avatar más longevo conocido y uno de los más temidos y respetados de la historia. No solo había creado una isla que llevaba su nombre, sino que también había creado un grupo de élite conocido como las Guerreras Kyoshi para proteger dicha isla. La misma Suki había entrenado toda su vida para formar parte de él y actualmente lo lideraba.
Ella había crecido oyendo hablar de las grandes hazañas que el Avatar Kyoshi había logrado. Y ahora, vio cómo aquella legendaria figura se erguía de manera imponente y aniquilaba a un escuadrón de soldados maestros fuego como si no fuera nada. Tenía la absoluta certeza de que ningún espadachín tendría la más mínima oportunidad de hacerle frente.
El Avatar Kyoshi comenzó a disipar su tornado lentamente, pero entrecerró sus ojos cuando vio a Percy plantado frente a ella de manera desafiante.
—Tú... —gruñó ella con una voz femenina e imponente. Claramente, quien se encontraba frente a él era la Avatar Kyoshi, no el Avatar Aang.
—Oh, ¿me recuerdas? —preguntó Percy, girando su espada con un movimiento de muñeca. El brillo de la hoja llamó la atención de todos los que miraban expectantes—. Entonces supongo que también recordarás esta espada.
Kyoshi miró con recelo la espada que empuñaba Percy. Recordaba bien el dolor que había sufrido al ser cortada por aquella hoja. Un dolor que no solo sufrió el Avatar actual, sino también todos los Avatares pasados.
Decidida a actuar primero, Kyoshi reunió una gran cantidad de agua de un arroyo cercano y se la lanzó a Percy a gran velocidad y con gran fuerza, como un géiser. En lugar de esquivar el ataque o mostrar preocupación alguna, él simplemente permaneció inmóvil y dejó que el agua le alcanzara, sin importarle que tuviera la suficiente fuerza como para derribar a un rinoceronte komodo. Pero para Percy, fue como recibir una refrescante salpicadura.
Kyoshi miró con absoluto desconcierto cómo el ataque no pareció afectar a Percy en lo más mínimo, y simplemente escupió un chorro de agua por la boca.
—Gracias por la ducha, fue refrescante—dijo él, apartándose el cabello de la cara—. Veo que eres mejor maestra agua que la chica de la Tribu Agua. Aunque, claro, eres el Avatar, maestro de los cuatro elementos, ¿no es así?
— ¿Cómo... es posible que permanezcas de pie? —preguntó el Avatar Kyoshi—. Ese ataque fue lo suficientemente fuerte como para herir gravemente incluso al Unagi.
Percy sonrió con burla y apoyó la hoja de Contracorriente en su hombro.
—Bueno, tal vez no eres tan fuerte como todo el mundo pensaba.
Kyoshi entrecerró los ojos con irritación, pisó con fuerza y elevó bruscamente los brazos. La tierra misma respondió a su llamada y se elevaron decenas de enormes pilares de tierra que se dirigían consecutivamente hacia Percy con la intención de golpearlo.
En lugar de correr o evitar el ataque, el espadachín decidió embestir directamente. Saltó y utilizó los mismos pilares de tierra como base para pisar, evadiéndolos hábilmente y acercándose más hacia Kyoshi. Cuando estuvo a unos pocos metros de ella, el Avatar juntó los brazos y los movió hacia arriba, creando una alta barrera de tierra que le impidió avanzar.
Mientras su oponente estaba momentáneamente cegado, el Avatar pisó con fuerza y golpeó la palma de su mano hacia adelante, utilizando la misma barrera que había creado para impulsarla con fuerza hacia el frente con la intención de golpear a Percy.
Ella no contó con que él usara uno de los pilares que ella misma había creado para impulsarse hacia arriba y saltar por encima del ataque que Kyoshi había enviado en su dirección.
Sorprendida por sus rápidos reflejos, el Avatar lanzó una poderosa llamarada de fuego mientras Percy seguía en el aire. Él abrió los ojos con alarma y se cruzó de brazos con la intención de protegerse, pero el ataque lo golpeó de lleno.
Todos vieron cómo las llamas envolvieron completamente el cuerpo de Percy y pensaron que lo habían quemado severamente, pero se quedaron boquiabiertos al verlo salir de las llamas sin mostrar ningún signo de quemadura en el cuerpo y con la espada brillante en alto, dispuesto a dejarla caer con fuerza sobre Kyoshi.
El Avatar, abriendo los ojos con absoluta sorpresa, solo pudo reaccionar lo suficientemente rápido para desenfundar sus abanicos de metal y usarlos para protegerse de la espada de Percy. Cuando la hoja de su espada brillante golpeó los abanicos, la fuerza del impacto fue tal que no solo hizo que el Avatar cayera de rodillas, sino que también hizo temblar ligeramente la tierra bajo sus pies, agrietándola levemente.
Todos los presentes, los aldeanos, las Guerreras Kyoshi, Sokka y Katara observaron la escena con diferentes grados de asombro e incredulidad.
Percy acababa de poner de rodillas a la legendaria Avatar Kyoshi.
— ¿Quién...? ¿Quién eres tú? —gruñó el Avatar con los dientes apretados, mientras forcejeaba con Percy bajo su fuerza y era empujada cada vez más hacia abajo.
—Ya se lo dije a tu versión calva—respondió Percy, empujando aún más a Kyoshi hacia el suelo—. Parece que te has vuelto senil, teniendo en cuenta lo vieja que eres.
—Muchacho insolente...
Kyoshi barrió su pie por la tierra, moviéndola y logrando desequilibrar a Percy. Ella extendió completamente sus abanicos y los balanceó como si fueran cuchillas circulares. Percy retrocedió rápidamente, pero los abanicos eran muy afilados y lograron cortar su ropa.
Percy se llevó una mano al pecho, justo donde los afilados abanicos habían logrado cortar su ropa sin tocar su piel, lo que le provocó un escalofrío. Si aquel abanico lograba cortar en su punto débil... temía pensar en lo que ocurriría.
Kyoshi pisó con fuerza, adoptó una amplia y firme postura y sostuvo sus abanicos como si fueran cuchillas. Nadie pensaría que aquellas cosas que se utilizan como accesorios eran un arma letal.
—Muy bien... —gruñó Percy, adoptando su Postura de Fuego. No le importaba si se enfrentaba al Kyoshi, Aang o todos los Avatares pasados. Les patearía el trasero a todos si era necesario—. ¿Quieres bailar? Bailemos, anciana.
Kyoshi miró inquisitivamente la postura de Percy y reconoció la inquietante similitud con la de un Maestro Fuego. Y demostró esa misma similitud cuando atacó sin dudar, como lo haría un Maestro Fuego. La hoja de la reluciente espada de Percy chocó con los abanicos dorados de Kyoshi en un letal enfrentamiento. Cada mandoble, corte y apuñalada se encontró con el arma del otro.
A pesar de que era la primera vez en su vida que se enfrentaba a alguien con un estilo de lucha tan poco ortodoxo (y extremadamente letal), Percy logró seguir el ritmo del Avatar Kyoshi, demostrando no solo sus notables reflejos, sino también su habilidad, fuerza y velocidad con la espada. Había entrenado durante años el arte de la espada. Y estos últimos tres años se enfocó en pulir su Postura de Fuego bajo la guía de Iroh, perfeccionándola a tal punto que incluso Azula se sentiría orgullosa.
Empuñar a Contracorriente le resultaba tan natural como si hubiera sido hecha solo para él. En lugar de una espada, Contracorriente se sentía como una extensión de su propio cuerpo.
Kyoshi apretó los dientes, ahogando los gruñidos de dolor que intentaban salir de su boca con cada corte de la espada de Percy. No eran heridas muy graves, pero sí lo suficientemente profundas como para hacerle sangrar y empezar a debilitar su ataque. Ella no entendía cómo aquel joven espadachín no solo era capaz de seguirle el ritmo, sino también de superar sus defensas y abrumarla. Claramente, era un espadachín excepcional y la superaba con creces en habilidad de empuñar un arma. No solo su postura era similar a la de un maestro fuego, sino también su ferocidad.
Percy blandió con fuerza su espada y chocó con el abanico retraído de Kyoshi, obligándolo una vez más a caer sobre una rodilla. Claramente, su fuerza no era normal. El Avatar decidió aprovechar ese momento para atacar con su otro abanico extendido, dispuesta a cortarle el cuello a su oponente, pero se sorprendió cuando él detuvo su ataque al sujetarla de la muñeca.
Sorprendida por la fuerza del joven espadachín, Kyoshi no se esperaba lo que iba a pasar a continuación: Percy le propinó un fuerte cabezazo directamente en la cara.
Kyoshi gruñó de dolor, era evidente que no esperaba aquel golpe. Percy aprovechó su estado aturdido para realizar un intrincado movimiento de muñeca con la mano que sostenía la espada y logró desarmarla, enviando su abanico lejos. Percy aprovechó ese momento para blandir su espada con fuerza hacia el cuerpo del Avatar. Kyoshi intentó retroceder para esquivar el ataque, pero Percy aún la sujetaba por la muñeca con un agarre de hierro, negándose a dejarla ir.
La hoja de Contracorrientes logró cortar a Kyoshi en el pecho, desgarrando su kimono verde. El Avatar logró liberarse del agarre y retrocedió, sujetándose el lugar donde Percy le había cortado.
—Te has escapado por los pelos—dijo Percy—. Si no llevaras esa cota de malla, te habría cortado.
Efectivamente, cuando Kyoshi retiró la mano de su pecho, se vio que debajo de su kimono llevaba una gruesa cota de malla. Pero ni siquiera aquella armadura quedó ilesa, ya que se deformó hasta casi destruirse debido al ataque de Percy.
—Eres una amenaza mayor de la que imaginaba—jadeó ella. El intenso intercambio de golpes la dejó sin aliento, a diferencia de su oponente, quien ni siquiera se veía agitado.
—Y tus pies son mucho más grandes de lo que pensaba—replicó Percy, mirando las grandes botas del Avatar Kyoshi—. Los libros de historia no mencionan que tuvieras los pies tan grandes. Ahora entiendo por qué temían que les patearas el trasero.
Kyoshi entrecerró los ojos con molestia. Ella extendió su mano y el abanico que Percy había desarmado voló hacia ella, como si la hubiera empujado un fuerte viento. El Avatar pisó con fuerza y un pilar de piedra se elevó bruscamente bajo los pies de Percy, que fue enviado hacia atrás. Él dio un giro en el aire y logró aterrizar sobre sus pies. Cuando miró hacia Kyoshi, vio que esta comenzó a levantar cientos de pequeñas piedras, que flotaron amenazadoramente en el aire hasta casi ocluir el sol.
Sabiendo lo que estaba a punto de hacer, Percy solo pudo musitar una palabra:
—Mierda...
El Avatar golpeó hacia adelante y los cientos de pequeñas rocas fueron lanzadas hacia Percy a una velocidad terrorífica como proyectiles.
Sabiendo que no podía escapar de un ataque de tal magnitud, Percy cruzó los brazos sobre su pecho y bajó la cabeza, protegiendo su único punto débil, y apretó los dientes cuando sintió cómo los cientos de diminutas piedras le golpeaban con fuerza. A pesar de que no lograron atravesar su piel, aún sintió la fuerza y el ardor de los golpes.
Cuando el ataque cesó, Percy descruzó los brazos, dejando ver que, aunque su ropa estaba algo desgarrada, su cuerpo no presentaba ni un rasguño.
Por primera vez, Avatar Kyoshi mostró incredulidad e inquietud al mirar a Percy.
— ¿Quién...? No... ¿Qué eres tú? —cuestionó ella, verdaderamente desconcertada.
—Podría preguntarte lo mismo—replicó Percy, limpiándose los restos de polvo y tierra de su cuerpo—. Cuando te conocí, eras un agradable chico calvo de quince años, ciento quince según él. Y ahora eres una mujer aterradora de más de dos metros que lleva muerta más de cuatrocientos años. Pero si deseas saber quién soy, mi nombre es Perseo, hijo de Piandao. Y soy... un semidiós.
Al escucharlo, Kyoshi abrió los ojos con total conmoción.
—Eres... ¿Un semidiós? —cuestionó ella, cautelosa y algo temerosa.
—Así es como muchos espíritus me han llamado—Percy se encogió de hombros—. A decir verdad, nunca supe a qué se referían. Los espíritus malignos no son muy comunicativos que digamos—él entrecerró los ojos al mirarla—. Pero a juzgar por tu reacción, tú sabes lo que significa.
—Sí... lo sé muy bien. Dime, ¿quién es tu padre divino?
— ¿Padre divino? —preguntó Percy, confundido—. Mi padre es Piandao.
—Ya veo... así que desconoces tu verdadera ascendencia—Kyoshi cerró los ojos, como si se viera aliviada por algo. Cuando los volvió a abrir, miró a Percy con intensidad—. Entonces debo eliminarte aquí y ahora antes de que seas una amenaza para este mundo.
— ¿Qué? —farfulló Percy—. ¿A qué te refieres con eso?
Kyoshi no respondió. En su lugar extendió sus abanicos dorados y comenzó a girarlos alrededor de su cuerpo, arrastrando trozos de tierra, agua, fuego y aire en lo que solo podía describirse como un tornado.
—Oh, no... Eso no tiene buena pinta—musitó Percy, mirando con inquietud cómo el enorme tornado de elementos crecía cada vez más.
La intensidad de los vientos fue tal que tuvo que usar el brazo para protegerse los ojos.
En ese momento, una gran bola de fuego impactó contra el tornado de elementos creado por el Avatar. Cuando todos se volvieron para mirar, se sorprendieron al ver a Zuko en una postura de control del fuego.
— ¡Zuko! -farfulló Percy—. ¿Qué estás haciendo?
— ¡Estoy aquí para hacer lo que he venido a hacer! —replicó él, mirando con intensidad a Kyoshi, que se encontraba en el ojo del tornado—. Capturar al Avatar.
Zuko realizó un intrincado movimiento con ambas manos y golpeó con fuerza enviando una poderosa ráfaga de fuego hacia el tornado, pero este se extinguió rápidamente ante la combinación de elementos controlados por el Avatar.
Entrecerrando sus resplandecientes ojos al ver al príncipe desterrado, Kyoshi giró, arrastrando sus abanicos y condensando el tornado de elementos que envió directamente hacia Zuko. Él abrió los ojos con pánico al ver cómo la combinación de los cuatro elementos se arremolinaba como si fuera un taladro con la intención de atravesarlo.
— ¡No!
Zuko sintió que Percy lo agarraba y lo envolvía con fuerza en sus brazos, dándole la espalda al ataque del Avatar, que los había golpeado con la suficiente fuerza como para arrancarles los pies del suelo y empujarlos violentamente hacia una de las casas. El cuerpo de Percy y Zuko atravesó las paredes de madera y no se detuvo cuando el tornado de elementos siguió empujándolos violentamente hacia el bosque. Zuko apretó los dientes con dolor al sentir su espalda chocar contra los árboles que se cruzaban en su camino.
A pesar de que su piel invulnerable permaneció ilesa, Percy sintió cómo los músculos de su espalda se desgarraban y sus huesos se agrietaban con cada golpe que recibía de la combinación de aire comprimido y trozos de tierra que intentaban atravesarlo constantemente, ya que el fuego no le afectaba más allá de calentar su piel y el agua ni siquiera le producía daño alguno. De hecho, era lo contrario, ya que el agua era el único de los cuatro elementos que le daba fuerzas para resistir el devastador ataque.
Cuando dejaron de estrellarse contra la corteza de los árboles, Percy y Zuko vieron que el ataque del Avatar los había llevado hasta el borde de la isla y los había empujado desde el precipicio. El tornado de elementos se disipó y ambos cayeron al mar.
Cualquier otra persona se habría aterrado al ver que caía en picado al mar desde una altura mayor a cincuenta metros, como le ocurrió a Zuko. Pero no Percy. Él giró su cuerpo, dándole la espalda al mar y abrazando con fuerza a Zuko con la intención de protegerlo de la caída.
Cuando ambos cayeron al mar, Percy recibió toda la fuerza del impacto. En lugar de que su cuerpo fuera destrozado por las aguas, estas lo recibieron con los brazos abiertos como a un viejo amigo mientras se hundía en las profundidades, sanando rápidamente todos los daños que había recibido de su pelea con el Avatar.
El Avatar Kyoshi relajó su postura y comenzó a disipar lentamente el tornado de los cuatro elementos que se arremolinaba con fuerza a su alrededor. Al mirar el lugar donde había enviado a Percy y Zuko y ver que no regresaban, ella cerró los ojos y un largo suspiro escapó de su boca.
—Así que ha aparecido otro... —musitó—. Y es alguien mucho más fuerte. Esto no presagia nada bueno...
Una intensa ráfaga de viento cubrió completamente su cuerpo y, tras unos segundos, se disipó, revelando el cuerpo adolescente de Aang. Sus flechas, que brillaban con intensidad, se apagaron y el joven Avatar cayó desplomado al suelo, completamente exhausto.
— ¡Aang! —Katara corrió hacia él, gritando con preocupación.
Sokka y Suki la siguieron rápidamente, mostrando una preocupación similar.
Aang se levantó lentamente entre quejidos de dolor mientras todos lo rodeaban, incluidos los aldeanos del pueblo y las demás Guerreras Kyoshi.
—Aang, ¿estás bien? —Katara lo ayudó a ponerse en pie.
—Estoy bien, tranquila—dijo él, con una mueca de dolor en el rostro. Miró a su alrededor y vio las casas destrozadas y quemadas, fruto no solo de su batalla contra los soldados de la Nación del Fuego, sino también con la de Percy—. Yo... Yo causé esto.
—No, no es verdad. No es culpa tuya. La Nación del Fuego hizo esto.
—Pero lo hicieron porque me buscaban a mí. ¡Atacaron este pueblo porque yo estaba aquí! Porque los aldeanos me protegieron...
Una expresión amarga se dibujó en el rostro de Katara.
—Tal vez... deberíamos irnos—sugirió ella—. Sé que huir está mal, pero si la Nación del Fuego te persigue a ti, entonces dejarán en paz esta aldea si nos vamos.
—Katara tiene razón—apoyó Suki—. La mejor manera de proteger la aldea en este momento es que te vayas.
—Pero no podemos irnos simplemente así como así—protestó Sokka, mirando de reojo a Suki—. No después de la destrucción que causamos al estar aquí.
—La Nación del Fuego fue la causante de la destrucción—dijo Suki sonriendo suavemente a Katara, Aang y, especialmente, a Sokka—. Su presencia aquí no ha hecho más que traer alegría y dicha a nuestro pueblo.
Sokka abrió los ojos con sorpresa. Un ligero rubor adornó sus mejillas cuando se encontraron con los de Suki.
—No hemos perdido nada que no podamos reemplazar—dijo una mujer adulta. A pesar de tener el cabello desordenado por la batalla, aún demostraba tener la destacada presencia de la matriarca de la aldea—. Y tú nos has dado algo mucho más valioso a cambio. Una razón para creer de nuevo. En nuestro pueblo, en nosotros mismos y en el Avatar.
—Mi madre tiene razón—concordó Suki—. El Avatar representa eso para todos nosotros. Esperanza. Y ahora es el momento de que compartan esa esperanza con el mundo.
Uno a uno, todos los aldeanos se inclinaron ante Aang en señal de respeto y agradecimiento. Él les correspondió con una inclinación, aceptando el agradecimiento de todos.
Mientras todos se acercaban a Aang para expresar sus agradecimientos, Sokka agarró a Suki de la mano y la llevó a un lugar apartado donde pudieran hablar en privado.
—Escucha, Suki... —dijo Sokka, algo vacilante—. Quería disculparme contigo.
— ¿Por qué? —preguntó Suki, confundida.
—Toda mi vida creí que solo los hombres podían ser guerreros, pero me equivoqué. Tú me has demostrado que las chicas también pueden ser guerreras. Y me disculpo por haberte tratado como a una chica, cuando debería haberlo hecho como un guerrero.
—Sokka, soy una guerrera—dijo ella, sonriendo, y le agarró las manos con suavidad—. Pero también soy una chica. Y quiero darte las gracias.
Esta vez le tocó a Sokka ponerse confundido.
— ¿Por qué?
—Por enseñarme el mundo.
Sokka quedó anonadado y Suki le colocó suavemente una mano en la mejilla para luego besarle con gentileza en la otra.
Al separarse, Suki le pasó uno de sus abanicos a Sokka y se alejó. Sokka sostuvo el abanico en sus manos, aún sintiendo el calor de sus labios en su mejilla.
Cuando Aang, Katara y Sokka subieron a Appa, todos los aldeanos se reunieron alrededor para despedirse. Y cuando Appa batió su enorme cola y se elevó en el aire, los aldeanos gritaron deseos de buena suerte y agitaron las manos en señal de despedida.
Mientras surcaban los cielos montados en la enorme espalda del bisonte de diez toneladas, Sokka miró detenidamente el abanico que le había dado Suki, pasando las yemas de sus dedos por él con una pequeña sonrisa en el rostro.
—Ella me cae bien—comentó Katara, mirando con aprecio el abanico.
—Sí... ella es genial—dijo Sokka.
Un leve quejido de dolor llamó la atención de los hermanos, quienes alzaron la vista para ver a Aang sosteniendo sus brazos.
— ¿Aang, estás bien? —preguntó Katara.
—No lo sé—dijo él, girándose para quedar frente a ellos—. No tengo ninguna herida en el cuerpo, pero siento como si hubiera pasado por un bosque de espinas.
Aang remangó sus ropas y todos vieron como sus brazos tenían numerosos cortes de un rojo intenso. Katara agarró el brazo de Aang y lo examinó detenidamente.
—Esto parece...
—Cortes de espada—terminó Sokka, frunciendo el ceño de manera sombría.
—Pero ¿cómo es posible? —cuestionó Katara—. Aang no recibió ningún corte.
—Creo que, de alguna forma, las heridas que recibí cuando me convertí en Kyoshi se mantuvieron cuando volví a ser yo—supuso Aang, con una expresión de preocupación en el rostro.
—Debo admitir que ese truco fue impresionante... y un poco aterrador—dijo Sokka—. ¿Volveremos a ver más de eso?
—Es posible. Aunque Kyoshi me dijo que solo puedo invocar a un Avatar pasado en su santuario. La única razón por la que decidió ayudarme fue porque sintió que su isla se vio amenazada por la llegada de alguien muy peligroso.
— ¿Alguien peligroso? Te refieres a... ¿Perseo? —preguntó Katara, algo inquieta.
Aang asintió, temeroso.
—Sí... es alguien muy peligroso. Debemos de tener mucho cuidado si nos volvemos a encontrar con él
Katara frunció el ceño, preocupada, recordando la manera en la que su agua control ni siquiera lo tocó y el enfrentamiento que tuvo con el Avatar Kyoshi.
— ¿Cómo ha podido resistir estos ataques? —cuestionó ella, su voz reflejaba su inquietud—. El agua no le afectó en absoluto. El fuego no pareció hacerle daño y las piedras que lo golpearon ni siquiera le dejaron un rasguño.
—Y dudo que aquel último ataque lo haya matado—agregó Sokka—. Es como si él fuera... invulnerable.
Aang bajó la mirada con angustia y preocupación. Cuando Kyoshi tomó el control de su cuerpo y luchó contra Perseo, pudo sentir una extraña sensación arremolinarse en lo más profundo de su ser. Como si intentara recordar algo que había olvidado y que estuviera a punto de recordar al enfrentarse a Perseo. Le recordaba a algo que había olvidado.
Mientras volaba sobre Appa y el viento golpeaba su rostro, una sola pregunta resonaba en su mente:
¿Quién era realmente Perseo?
La superficie del mar se rompió cuando Percy emergió de las profundidades, sosteniendo a Zuko, quien apenas se encontraba consciente. No solo por el ataque que habían recibido del Avatar, sino también por caer directamente al mar desde un precipicio de más de cincuenta metros de altura.
—Vamos, hotman, este no es lugar para morir—dijo Percy.
—El Avatar... —musitó Zuko, casi de manera incomprensible.
—Sí, debes capturar al Avatar. No te rindas, amigo.
—Tengo que capturarlo... Tengo... que volver a casa...
—Así es. Tienes a gente esperando tu regreso. No puedes morir. No dejaré que mueras aquí.
Justo cuando Percy estuvo a punto de ordenar a las olas que lo empujaran hacia la orilla de la isla, una escalera de madera cayó frente a él. Cuando levantó la vista, vio la proa de un barco en el que se leía «Hoja del Alba».
En la cubierta, reconoció la figura de Iroh, que les había lanzado una escalera.
— ¡Sujétense! —gritó—. ¡Los subiremos!
Percy sonrió mientras agarraba uno de los escalones y sujetaba con fuerza a Zuko. Notó cómo su cuerpo ascendía mientras estiraban de la escalera. Cuando llegaron al borde de la cubierta, los soldados de la División 41 los ayudaron a subir.
—Señor, ¿se encuentra bien? —preguntó el teniente Jee, ayudándolo a ponerse en pie.
—Estoy bien... —gruñó, apartando suavemente su mano—. ¿Dónde está el Avatar?
—Se ha escapado en su bisonte volador. Lo vimos dirigirse hacia el noroeste.
—Síganlo inmediatamente. No dejen que su rastro se pierda. Debemos capturarlos antes de que Zhao sepa hacia dónde se dirige.
—Señor... el Comandante Zhao está aquí.
El Teniente Jee se apartó y Zuko vio que, efectivamente, Zhao se encontraba allí con un grupo de sus soldados, hablando con Iroh.
Él se acercó a ellos con una expresión de molestia en el rostro.
— ¡Comandante! —bramó él—. ¿Qué cree que está haciendo al interponerse en mi camino?
— ¿Interponerme en tu camino? —preguntó Zhao, arqueando una ceja—. Yo simplemente respondí a los informes de disturbios la Isla Kyoshi. No sabía que se trataba del Avatar, ni que había vuelto. Pero tú lo sabías, ¿no es así, Príncipe Zuko?
Zuko no respondió, simplemente entrecerró los ojos, lo que confirmó las sospechas de Zhao.
—El Avatar es el único que puede interponerse en la victoria de la Nación del Fuego—continuó Zhao—. En lugar de informarme sobre su regreso, decidiste ocultarme una información tan vital para nuestra nación. Veo que tu lealtad no está con la Nación del Fuego, sino contigo mismo.
— ¡Te atreves a cuestionar mi lealtad! —bramó Zuko, indignado.
—Sí, lo hago. Es por eso por lo que, a partir de ahora, yo me encargaré de capturar al Avatar.
Zhao les dio la espalda y se dispuso a irse a su barco, pero casi cayó al suelo cuando este se sacudió bruscamente.
— ¿Pero qué...? —masculló Zuko.
La Hoja del Alba se sacudió cuando algo la golpeó desde abajo y todos observaron con creciente pánico cómo una enorme criatura emergía de las profundidades del mar y se elevaba por encima de todos ellos.
Era como una anguila gigante. Tenía la piel lisa de color marrón oscuro. Pínulas puntiagudas en la parte posterior del cuerpo y una gran aleta dorsal en la parte superior de la cabeza. El diámetro de su cuerpo era similar al del propio barco. Y su boca, con hileras de dientes puntiagudos, era lo suficientemente grande como para devorar un canoa entera de un solo bocado.
La enorme criatura siseó y acercó su cabeza a la cubierta del barco. Sus brillantes ojos verdes los observaban de manera depredadora.
«Humanos... ¿Se atreven a invadir mi territorio?»
En el pasado, Percy se habría sorprendido e incluso asustado de escuchar una voz en su cabeza. Pero en su viaje por el mar en estos últimos tres años, había descubierto que podía escuchar y hablar con todas las criaturas marinas. Desde simples peces hasta ballenas. Él lo atribuyó a la misma bendición que había recibido del espíritu que hizo su piel invulnerable.
Todos a excepción de Percy adoptaron una postura defensiva. Los maestros fuego adoptaron una postura de fuego control y los no maestros empuñaron sus armas.
— ¡Ataquen! —ordenó Zhao, y envió una gran bola de fuego hacia la anguila gigante.
La bestia del mar chilló cuando la bola de fuego impacto contra su rostro, más por molestia que por dolor.
«¡Miserables insectos de tierra!», bramó la anguila, aunque solo Percy logró entenderlo, ya que los demás solo escucharon un agudo siseo. «¡Los devoraré vivos!»
La anguila abrió sus enormes fauces con la intención de devorarlos a todos, pero Percy se interpuso en su camino.
— ¡No! —exclamó él, extendiendo sus brazos.
La enorme anguila se detuvo de golpe y miró a Percy con inquisición. La anguila acercó lentamente su enorme cabeza hacia él y sus pupilas rasgadas se entrecerraron hasta formar rendidas cuando lo miraron a los ojos.
«Tú...», siseó la anguila. «Puedo sentir al mar dentro de ti, como si estuviera llamándome... Dime, humano, ¿puedes entenderme?»
Sabiendo que no podía responderle verbalmente ante todos ellos, Percy asintió casi imperceptiblemente.
«Interesante... Así que tú eres el humano que puede comunicarse con las criaturas del mar. He oído de ti. Mis instintos se niegan rotundamente a atacarte. Reconozco que no eres un simple humano y que tienes una profunda conexión con el mar. Fue tu presencia quien me atrajo hasta aquí».
La enorme anguila se irguió sobre ellos, demostrando su imponente tamaño.
«Muy bien, no atacaré el barco en el que te encuentras» declaró la anguila, antes de volver la vista hacia el barco de Zhao. «Pero ese barco no escapará de mi ira».
Con una velocidad sorprendente para su enorme cuerpo, la anguila se sumergió en el mar y nadó en dirección al barco de Zhao. Su enorme aleta dorsal sobresalía de la superficie, rasgando el agua a su paso.
— ¡No! —exclamó Zhao al ver que la anguila emergía a la superficie y se erguía sobre su barco.
Los soldados intentaron atacar lanzando bolas de fuego, pero la anguila abrió la boca y lanzó un potente chorro de agua que barrió a todos los que se encontraban en la cubierta, llegando a resquebrajarla. Luego, la anguila envolvió el barco de Zhao con su largo cuerpo, como una serpiente a su presa, y comenzó a aplastarlo. La enorme presión que ejercía la gran bestia marina sobre el metal hizo que este cediera y se fragmentara en pedazos.
Zhao no pudo hacer nada mientras veía cómo su barco se hundía lentamente en el fondo del océano, con todos los hombres a bordo compartiendo el mismo destino.
La enorme anguila emitió un fuerte siseo antes de volver a adentrarse en las profundidades, dejando un tenso silencio entre los presentes.
Iroh hizo una silenciosa oración por los soldados muertos antes de mirar a Zhao.
—Si lo desea, puede acompañarnos hasta su base, Comandante Zhao—ofreció él—. Después de todo, planeábamos volver y quedarnos allí hasta que pudiéramos reparar completamente nuestro barco.
Zhao apretó los puños con frustración, pero terminó asintiendo a regañadientes.
—Aceptaré la oferta, General Iroh—dijo él, con evidente mal humor.
—Excelente, prepararé un poco de té jazmín para que el viaje sea más llevadero. Es mi favorito.
Zhao miró con molestia y desdén a Zuko y a Percy, lo que indicaba que no compartía el mismo entusiasmo y optimismo que el viejo General.
El viaje desde la isla Kyoshi hasta la base militar llevó solamente un par de horas, aunque se hizo mucho más largo debido al ambiente tenso que se respiraba entre los presentes, especialmente entre Zuko y Zhao. Percy aprovechó ese momento para dormir una reparadora siesta. Luego de la intensa batalla con el Avatar Kyoshi, se sentía exhausto.
Cuando tocaron tierra, Zhao no perdió el tiempo en bajar del barco y comenzar a gritar órdenes a sus hombres.
— ¡Reúnan al escuadrón de búsqueda y preparen un barco! ¡Tenemos que capturar al Avatar!
Los soldados se pusieron rápidamente en marcha para cumplir la orden de su Comandante, quien comenzó a alejarse hacia su tienda de mando.
— ¡Comandante Zhao, es mi misión es capturar al Avatar! —le recordó Zuko.
—Ya tuviste tu oportunidad—rechazó Zhao mordazmente—. A partir de ahora, seré yo quien se encargue de capturarlo.
— ¡No daré un paso atrás cuando por fin estoy a punto de capturarlo! ¡He estado buscándolo durante más de tres años!
— ¡Y fallaste en capturarlo cuando lo encontraste en el Polo Sur!
Zuko apretó los dientes con ira, pero antes de que pudiera arremeter contra el Comandante, Percy lo detuvo con su comentario.
—Lo capturamos, pero el Avatar escapó—señaló Percy, mirando a Zhao sin intentar disimular su disgusto—. A diferencia de ti y tus hombres, que huyeron cuando lo vieron. Zuko puede que fallara aquella vez, pero no huyó como un cobarde.
Aquel comentario alteró a Zhao, quien apretó los dientes con furia. Un gruñido escapó de su boca y estuvo a punto de arremeter contra Percy, pero uno de sus soldados colocó una mano sobre su hombro y le susurró al oído.
—Señor, ese chico fue capaz de mantenerse firme frente al Avatar en su máximo poder... No deberíamos subestimarlo.
Zhao abrió los ojos por un segundo, sorprendido, pero rápidamente se recuperó.
—Admito... que no esperaba que apareciera el Avatar, mucho menos la legendaria y temible Avatar Kyoshi—dijo él—. No estaba preparado para enfrentarme a un Avatar en su máximo poder. Pero no volveré a subestimarlo. Usaré todos los recursos necesarios para cazarlo y capturarlo en nombre de la Nación del Fuego.
—No si primero lo hago yo—desafió Zuko.
Aquella declaración hizo que Zhao se riera de manera divertida y despectiva.
— ¿Tú? Imposible.
Zuko dio un paso adelante, desafiante.
—No me subestimes, Zhao—dijo él, dejando de lado las formalidades—. Seré yo quien capture al Avatar.
—Príncipe Zuko, basta—dijo Iroh, colocando una mano frente a su sobrino para apaciguarlo, aunque no pareció funcionar.
—No eres competencia para mí—declaró Zhao, mirando a Zuko de manera condescendiente—. Tengo cientos de barcos de guerra bajo mi mando. ¿Tú qué tienes? Solo eres un príncipe desterrado con una tripulación mediocre. No tienes hogar ni aliados. Ni siquiera te quiere tu propio padre, por eso fuiste desterrado.
—No, te equivocas—replicó Zuko, mirando con intensidad a Zhao—. Una vez que lleve al Avatar ante mi padre, él me recibirá con honor y restituirá mi lugar en el trono.
—Si realmente te quisiera, te habría dejado volver hace años. Con o sin el Avatar. Pero para él no eres más que un fracaso y una vergüenza para la Nación del Fuego. Tu cicatriz en el rostro lo demuestra.
— ¿Quieres que te haga una igual? —gruñó Zuko, dando un paso adelante.
Zhao sonrió con altivez.
— ¿Es eso un desafío?
—Agni Kai, al atardecer.
—Muy bien—aceptó Zhao, dio media vuelta y se dispuso a volver a su barco—. Es una lástima que tu padre no esté aquí para ver cómo te humillo. Aunque tu tío y tus hombres podrán ver al patético niño al que siguen.
Zhao se retiró a su base, y Zuko lo miró con molestia por la espalda, como si quisiera lanzarle una bola de fuego.
Iroh, en cambio, simplemente miró con tristeza a su sobrino.
—Príncipe Zuko, ¿acaso has olvidado la última vez que desafiaste a un maestro fuego a un Angi Kai? —preguntó él.
Zuko se llevó una mano a la cicatriz que tenía en la frente y recordó claramente cómo la había obtenido.
—Créeme, tío, nunca lo olvidaré...
Al atardecer, los soldados de Zhao y la División 41 se reunieron en una arena de duelo ubicada en medio del puerto. Era un sitio amplio, rodeado de altas murallas de piedra, por lo que era el sitio perfecto para que dos maestros fuego se enfrentaran.
Ambos combatientes se habían despojado de sus armaduras y solo llevaban un par de pantalones, dejando sus torsos al descubierto.
Arrodillados y dándose la espalda, Zuko y Zhao esperaban que sonara el gong que indicaba el inicio del duelo.
—Recuerda lo esencial del Fuego Control, príncipe Zuko—aconsejó Iroh—. Esa es tu mejor arma.
—Me rehúso a dejarlo ganar—declaró él, al tiempo que se erguía.
—Esa es la actitud—comentó Percy, sonriendo complacido al ver que su amigo no estaba asustado ni inseguro—. Ahora ve y patea su desagradable trasero.
Zuko asintió y, adoptando una postura de fuego control, encaró a Zhao.
—Esto terminará pronto—declaró Zhao, adoptando su propia postura de fuego control.
Ambos combatientes se miraron fijamente con fiereza. Y cuando sonó el gong que indicaba el inicio del combate, Zuko fue el primero en atacar. Él golpeó hacia adelante, enviando varias bolas de fuego que Zhao logró evadir e incluso disipar, aunque eso no desanimó a Zuko, quien siguió atacando ferozmente con la intención de abrumar a su oponente.
Zhao se mantuvo firme ante los ataques de Zuko y los disipó con las manos. Incluso cuando Zuko envió una poderosa llamarada de fuego, Zhao logró dividirlo por la mitad sin resultar herido.
Zuko se tomó un segundo para recuperar el aliento y miró a su oponente, pensando en cuál sería su estrategia para vencerlo.
— ¡Lo esencial, Zuko! —le recordó Iroh—. ¡Rompe su raíz!
Zuko mantuvo el consejo de su tío en mente cuando Zhao atacó, quien envió una poderosa bola de fuego que logró dividir, pero cedió terreno al dar un paso atrás. Zhao volvió a atacar de la misma manera, pero con mayor intensidad. Zuko logró dividir la bola de fuego, pero iba perdiendo terreno poco a poco hasta que Zhao lanzó una poderosa bola de fuego utilizando ambos brazos.
El ataque abrumó a Zuko, que no logró quemarlo, pero sí tumbarlo en el suelo. Zhao aprovechó ese momento para acercarse a él con un gran salto y, al aterrizar frente a él, pisó con fuerza y envió una poderosa bola de fuego.
Zuko abrió los ojos con alarma, pero logró reaccionar a tiempo y esquivar la bola de fuego al lograr girar su cuerpo y aprovechar su posición baja para barrer las piernas de Zhao, enviándolo a suelo mientras él se erguía y pisaba con fuerza, recuperando su equilibrio y una base sólida.
Utilizó sus pies para enviar llamaradas de fuego a los pies de Zhao. Sabiendo que si era quemado perdería el duelo, Zhao retrocedió, pero Zuko no desistió en sus ataques y siguió enviando llamaradas a sus pies, que hicieron que Zhao tropezara hacia atrás, incapaz de encontrar el equilibrio.
Iroh miró con orgullo la estrategia de Zuko, ya que demostraba un profundo conocimiento de las artes del fuego control.
Zuko pateó con fuerza hacia Zhao, enviando una bola de fuego que apenas pudo desviar, pero cuando Zuko gritó y envió una bola de fuego aún más potente, el Comandante se vio abrumado ante la intensidad del ataque y cayó al suelo.
Zhao intentó levantarse, pero Zuko se colocó rápidamente frente a él, listo para dar el golpe final que le daría la victoria. Sin embargo, no atacó de inmediato, sino que mantuvo su postura firme y alerta.
— ¿Qué estás esperando? —cuestionó Zhao—. ¡Hazlo!
Zuko lanzó una pequeña, pero concentrada, bola de fuego hacia el rostro de Zhao, pero en lugar de quemarlo, quemó el suelo a su lado. Zuko había fallado a propósito.
— ¿Es todo? —preguntó Zhao—. ¡Tu padre crió a un cobarde!
—La próxima vez que te interpongas en mi camino, no me detendré—declaró Zuko, enviando una clara advertencia.
Le dio la espalda a Zhao, yendo en dirección a su tío, su amigo y sus hombres, quienes lo observaron con orgullo.
Zhao se levantó y le dio la espalda, pero en lugar de retirarse, gritó con frustración e ira y pateó en dirección a Zuko, lanzando una bola de fuego a quemarropa. La bola de fuego lo hubiera golpeado de no ser por Percy, quien se interpuso en su camino y disipó la bola de fuego con un rápido movimiento de su Espada Dragón.
Zhao abrió los ojos con sorpresa, al no esperar que su ataque fuera detenido de esa manera, y no pudo hacer nada cuando Percy lo golpeó justo en el pecho con la palma de la mano, enviándolo al suelo con un quejido de dolor.
— ¡Lo atacó por la espalda! —señaló Tao, claramente molesto.
— ¡¿Acaso no tienes honor?! —cuestionó Shun, indignado.
—Eso fue despreciable y deshonroso—comentó Hui Ying, mirando con desaprobación a Zhao.
— ¡Ya basta, ustedes tres! —reprendió con firmeza el Teniente Jee, pero incluso él no se veía contento al ver a un destacado Comandante de su ejército atacar por la espalda a un oponente.
Al ver que intentaban atacarlo por la espalda, Zuko gruñó furioso y quiso terminar su duelo como es debido, quemando a su oponente. Y lo hubiera hecho de no ser por Iroh, quien se interpuso en su camino y lo detuvo al agarrarlo por los hombros.
— ¡No, príncipe Zuko! No ensucies tu victoria—aconsejó él sabiamente.
Zuko hizo caso al consejo de su tío y se relajó, aunque aún miraba a Zhao con ganas de quemarlo.
Iroh se volvió para mirar a Zhao, quien se levantó lentamente, sujetándose el pecho con dolor mientras tosía fuertemente.
— ¿Así es como el gran Comandante Zhao reacciona ante la derrota? —inquirió él, mirando con desaprobación al caído comandante—. Vergonzoso. Incluso en el exilio, mi sobrino es más honorable que tú.
Zhao entrecerró los ojos en su dirección, pero se mantuvo en silencio mientras recuperaba el aliento. Claramente, aquel golpe lo había desestabilizado.
—Aquí es donde nuestros caminos se separan, comandante—dijo Iroh, dándole la espalda y dirigiéndose hacia donde se encontraban los miembros de la División 41—. Fue un gusto compartir un té tan delicioso con usted.
Zhao los vio marcharse y su mirada se cruzó con la de Percy. Se estremeció cuando aquellos ojos verdes lo observaron con una intensidad fría. Esa mirada le recordaba a la de aquella bestia marina que los había mirado antes de destruir su barco. Como un depredador observaba a su presa.
Con un movimiento lento y fluido, Percy levantó su espada, causando que Zhao se pusiera tenso al pensar que lo atacaría, pero se relajó cuando lo vio envainar su espada y darle espalda para reunirse con Zuko, Iroh y los soldados de la División 41.
— ¿En verdad piensas eso, tío? —preguntó Zuko.
—Por supuesto—respondió Iroh—. Te dije que el té de gingsen es mi favorito.
Una pequeña sonrisa se dibujó en los labios de Zuko.
—Bien hecho, hotman—elogió Percy, empujando amistosamente a Zuko con el hombro—. Has puesto a ese idiota en su lugar.
—No deberías hablar así de Zhao, Percy—dijo Zuko—. A pesar de su personalidad desagradable, es un Comandante de la Nación del Fuego.
Percy resopló.
—Es un cobarde sin honor. La prueba de ello es la manera en que huyó del Avatar en lugar de quedarse a pelear y cómo te atacó por la espalda cuando estabas desprevenido.
Zuko no dijo nada, aceptando que su amigo tenía razón.
Él lo miró de reojo, recordando el devastador ataque que el Avatar había lanzado contra ellos y los había arrojado de la Isla Kyoshi. A pesar de recibir el ataque de lleno, Percy no sufrió ningún daño. También recordó cómo había ahuyentado a aquella enorme bestia marina. Si no fuera una locura, casi podría jurar que se estaban comunicando de alguna manera.
Antes de que pudiera preguntarle algo, vieron cómo alguien se les acercaba rápidamente. Percy y Zuko reconocieron la armadura única de los samuráis. También reconocieron a la persona que se acercaba a toda prisa.
— ¿Qiang? —preguntó Percy, extrañado al ver el estado de su compañero espadachín—. ¿Qué ha pasado?
Parecía que Qiang hubiera estado en medio de una batalla infernal. Su armadura tenía marcas de golpes y sus ropas estaban rasgadas, dejando al descubierto su piel enrojecida y llena de moratones. Su rostro estaba lleno de barro y tenía un feo rasguño en el lado derecho.
— ¿Dónde está el Comandante Zhao? —preguntó él, jadeando por la falta de aliento.
Percy le señaló con el pulgar.
—Está allá. Zuko acaba de barrer el piso con su trasero en un Agni Kai.
Qiang abrió los ojos con sorpresa.
— ¿El Príncipe Zuko y el Comandante Zhao se enfrentaron en un Agni Kai? —él negó con la cabeza—. No importa, ¡tengo que informar al Comandante!
—Oye, tranquilo. Cuéntanos qué pasó.
Qiang se tomó un segundo para recuperar el aliento.
—Nos tendieron una emboscada... —reveló—. Nos topamos con un escuadrón del Reino Tierra. Aunque eran todos maestros Tierra, pudimos mantenernos firmes. Si solo hubiera sido ellos, no habríamos tenido muchos problemas, pero... —una expresión sombría le adornó el rostro—. Todo se desmoronó cuando apareció una jauría de enormes perros negros. Nos atacaron a todos, sin importar si éramos de la Nación del Fuego o del Reino Tierra. Muchos resultaron heridos, pero afortunadamente ninguno recibió una herida letal. Aunque los soldados del Reino Tierra no tuvieron tanta suerte...
Percy se alegró de que ninguno resultara herido de gravedad. Aunque le inquietaba la mención de aquellos perros negros, ya que sospechaba de qué clase de perros se trataba.
—Aquellos... perros se llevaron los cuerpos de los soldados que mataron—prosiguió Qiang—. Cuando se marcharon, nos dejaron en paz a nosotros y a los soldados del Reino Tierra. El maestro Piandao propuso un alto el fuego, pero el Capitán de aquel escuadrón se negó y, como ninguno de nosotros murió, nos acusó de ser los responsables de la muerte de sus hombres. Nos atacaron. A pesar de que ninguno de nosotros murió, sí que quedamos bastante heridos. Por eso el maestro Piandao ordenó la retirada.
—Ya veo... —asintió Iroh—. Fue una táctica sabia, teniendo en cuenta su situación desfavorable.
—Supongo que sí—concordó Zuko—. Gracias a eso, todos volvieron a salvo.
Qiang negó tristemente con la cabeza.
—No todos—reveló, antes de mirar a Percy con aflicción, lo que hizo que le diera un vuelco el corazón—. El maestro Piandao se quedó atrás para que lográramos escapar. Los Maestros Tierra lo capturaron y lo llevaron a su cuartel.
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¡Y eso es todo por ahora, queridos lectores!
¿Qué les pareció el capítulo?
En un principio, no tenía pensado hacerlo tan largo, pero cuando llegó el momento de la batalla entre Aang (en el modo Kyoshi) y Percy, quise darles el suficiente crédito a ambos. Avatar Kyoshi es uno de los Avatares más temidos y respetados, así que quería darle el protagonismo que se merece. Percy también tiene mérito propio. Sin embargo, decidí que el resultado final no tuviera un ganador claro, ya que Percy decidió salvar a Zuko de un ataque que claramente iba a matarlo, siendo el mismo ataque que Aang casi utilizó para matar a Ozai al final de la serie, antes de que entrara en razón. Además, Percy tampoco usó sus poderes, simplemente sus habilidades con la espada. Si hubiera usado sus poderes... bueno, el desenlace habría sido muy diferente.
Ahora, el equipo Avatar sabe que la persona más peligrosa a la que hay que enfrentarse en el futuro es Percy. Y el Avatar Kyoshi sabe quién es Percy, o más bien, qué es él. Esto indica que se ha encontrado con otro semidiós.
Percy descubrirá quién es en verdad más adelante. Y por qué está en este mundo y lo hará a su propia manera.
De igual manera, Aang también descubrirá quién es Percy a su propia manera, por lo que su percepción de lo que es un "semidiós" puede diferir ligeramente.
En fin, espero les haya gustado el capítulo.
Y sin nada más que decir... ¡Hasta la próxima, guapos y guapas!
