El bosque nacional se extendía en todas direcciones, un mosaico de tonos verdes y marrones bajo un cielo azul salpicado de nubes. El aire estaba impregnado de los aromas frescos de la naturaleza: tierra húmeda, resina de pino y el dulzor de flores silvestres escondidas entre la maleza. Los altos árboles se alzaban majestuosos, con sus troncos rugosos y raíces expuestas, testigos silenciosos del paso del tiempo. Pinos, abetos y cedros se entrelazaban para formar una cúpula natural que filtraba la luz del sol en rayos dorados que danzaban sobre el suelo cubierto de hojas secas.
No era solo un santuario para la fauna y la flora; el bosque ofrecía un respiro a las familias que buscaban escapar del ritmo frenético de la ciudad. A lo largo del sendero principal, mesas de picnic con manteles de colores se encontraban abarrotadas de cestas, termos y platos improvisados. Las risas de los niños se mezclaban con las conversaciones animadas de los adultos, creando una sinfonía de alegría. Los pequeños corrían descalzos entre los claros, sus pasos levantando pequeñas nubes de polvo y hojas secas. Cerca del arroyo cristalino que serpenteaba entre piedras redondeadas, un grupo de adolescentes intentaba construir una represa, riendo cada vez que el agua burlaba sus esfuerzos y seguía fluyendo libre.
En un rincón más apartado, el chisporroteo del carbón acompañaba las bromas entre dos hombres junto a una parrilla. Uno de ellos intentaba, con poco éxito, encender las brasas, mientras su amigo lo miraba con una sonrisa divertida, sosteniendo un tazón de pollo marinado con especias tailandesas. El aroma de la marinada dulce y especiada comenzaba a mezclarse con el aire fresco, despertando el hambre de los más cercanos.
En una pequeña colina, donde un árbol inmenso se alzaba como un guardián del parque, una voz infantil se alzó por encima del bullicio. Resonó clara y llena de entusiasmo, destacándose entre el zumbido constante de la vida a su alrededor:
—¡Diez, nueve, ocho...! —una niña de unos cinco años contaba con los ojos cerrados y la frente apoyada contra el tronco rugoso del árbol. Su cabello corto y oscuro se movía con el suave viento, y su camiseta blanca de mangas cortas, con líneas horizontales moradas y un cuello del mismo color, estaba ligeramente desordenada. Anne Boonchuy estaba completamente absorta en su papel de buscadora en un juego de escondite.
La determinación iluminaba su rostro, ajena al resto del mundo. Era como si, en ese instante, solo existiera su voz y el sonido de los números que pronunciaba con firmeza.
—¡Cero! —exclamó finalmente, separándose del árbol con un salto y abriendo los ojos de golpe—. ¡Prepárense, porque aquí voy!
Con la energía inagotable propia de la infancia, Anne comenzó su búsqueda. Se lanzó primero hacia los arbustos cercanos, apartando las ramas con cuidado, pero no tardó en moverse hacia un pino alto. Allí encontró una pelota olvidada, aunque no había rastro de sus amigas.
—Hmm… Esto no será fácil —murmuró mientras se llevaba una mano al mentón, adoptando una pose pensativa que imitaba a los detectives de las caricaturas.
De pronto, cerca de un banco de madera, se escuchó un leve crujido. Anne giró la cabeza rápidamente, sus ojos brillando de emoción.
—¡Te tengo! —gritó, señalando un arbusto con entusiasmo. Sin perder tiempo, corrió hacia él, pero al apartar las hojas, solo encontró una ardilla que la observaba con aparente indiferencia antes de saltar ágilmente hacia un árbol cercano.
—¡Rayos! —exclamó con frustración, cruzando los brazos antes de mirar a su alrededor.
Mientras tanto, detrás de un árbol cercano, Marcy Wu luchaba por contener la risa. Su cabello negro recogido en una coleta ligeramente desordenada y sus gafas torcidas reflejaban su reciente y apresurada carrera para esconderse. A su lado, Sasha Waybright mantenía una sonrisa confiada, vestida con su característica chamarra de mezclilla azul celeste que parecía ser su favorita para cualquier ocasión.
—Es demasiado fácil despistarla —susurró Sasha, lanzando una mirada divertida hacia Anne.
Marcy asintió, pero al moverse para acomodarse mejor, pisó accidentalmente una rama seca. El chasquido resonó como una alarma en el aire tranquilo del bosque.
—Oh, no... —murmuró Marcy, congelándose en su lugar mientras sus ojos se dirigían con horror hacia la rama rota.
—¡Por todas las ramas! —exclamó Sasha en voz baja, lanzando una palmada a su frente mientras reprimía un improperio infantil dirigido a su amiga—. ¿En serio, Marcy?
Anne, quien en ese momento revisaba debajo de una roca pequeña, alzó la mirada en dirección al ruido. Una sonrisa traviesa se dibujó en su rostro mientras corría con pasos apresurados hacia el árbol donde se escondían sus amigas. Asomando la cabeza y extendiendo una mano, lanzó una mirada triunfal.
—¡A-ha! —exclamó con energía—. ¡Las encontré!
Marcy y Sasha soltaron un grito de sorpresa y, sin pensarlo dos veces, corrieron en direcciones opuestas. Marcy intentó esquivar a Anne, pero tropezó con una roca y cayó al suelo, rodando hasta detenerse contra un tronco horizontal cubierto de musgo. Desde el suelo, soltó una carcajada nerviosa mientras Anne se abalanzaba sobre ella.
—¡Te tengo! —dijo Anne, triunfante.
Marcy, aún riendo, se recostó contra el tronco, respirando entrecortadamente.
—Por poco te gano —dijo entre risas, su voz llena de diversión.
En ese momento, una pequeña salamandra salió de detrás del tronco y trepó sobre la frente de Marcy. La niña, lejos de asustarse, quedó fascinada con la criatura, observándola con curiosidad mientras esta se deslizaba con calma.
Anne, por su parte, se levantó rápidamente.
—¡Aún me falta Sasha! —anunció con determinación, dejando a Marcy disfrutar de su encuentro con la salamandra.
Sasha, mientras tanto, corría a toda velocidad, esquivando árboles y raíces con una agilidad impresionante para su edad. Su sonrisa burlona se hacía cada vez más evidente mientras escuchaba los pasos apresurados de Anne tras ella.
—¡No me atraparás tan fácil, Boonchuy! —gritó, desapareciendo detrás de un grupo de cedros.
Anne, sin darse por vencida, continuó la persecución con todas sus fuerzas. Sus pequeños pies levantaban polvo mientras esquivaba ramas caídas y saltaba raíces sobresalientes, decidida a no dejar que Sasha escapara. Finalmente, llegó a un claro donde la encontró. Sasha estaba frente al lago, de pie sobre un tronco caído que servía como puente improvisado. Tenía las manos en las caderas y una sonrisa que mezclaba desafío y diversión.
—¡Es el final del camino, Sasha! —gritó Anne, acercándose más, con la determinación ardiendo en sus ojos.
Sasha, siempre la estratega, dio un paso seguro sobre el tronco. Su equilibrio era impecable mientras cruzaba el improvisado puente con una facilidad que parecía casi coreografiada.
—¿Eso es todo lo que tienes? —se burló, girándose brevemente para mirar a Anne con un aire de superioridad.
Para Anne, cruzar aquel tronco no era tan sencillo. Su imaginación transformaba cada paso en una prueba épica, como si estuviera enfrentándose a un peligroso abismo. Avanzaba con cuidado, extendiendo los brazos para equilibrarse, pero sus pies tambaleaban ligeramente sobre la superficie resbaladiza. A pesar de todo, logró cruzar al otro lado, aunque su corazón latía con fuerza al final de la proeza.
Sin detenerse a celebrar, Anne retomó la persecución con renovado ímpetu. Sin embargo, en su impulso, no vio una raíz oculta en la tierra. Tropezó y cayó al suelo con un golpe seco, deslizándose de rodillas contra el pasto.
—¡Ay! —gimió, llevándose una mano a la cabeza, que le dolía por el impacto.
Se sobó un poco, tratando de no darle importancia, pero al levantarse sintió un dolor agudo. Miró hacia abajo y notó un raspón en su rodilla izquierda. Una pequeña gota de sangre comenzaba a deslizarse por la herida.
—¡Duele, duele! —exclamó con una mueca de dolor mientras presionaba instintivamente la zona. Al hacerlo, el escozor aumentó y rápidamente apartó la mano.
Desde la distancia, Sasha había notado que Anne había dejado de seguirla. Su sonrisa confiada se desvaneció, y con preocupación regresó rápidamente hacia su amiga.
—Anne, ¿qué pasó? —preguntó, su tono más serio, aunque todavía sereno.
Sasha se arrodilló a su lado y miró la herida. Con un gesto decidido, sacó una pequeña botella de agua del interior de su chaqueta.
—¿Qué haces? —preguntó, mirándola con cierto recelo.
Sin decir nada, Sasha dejó caer un poco de agua sobre la rodilla raspada para limpiar la herida. Anne gimió de dolor y apretó los dientes, pero Sasha continuó con cuidado, asegurándose de que no quedara suciedad que pudiera causar una infección.
—¡Eso duele! —protestó entre lágrimas, fulminándola con la mirada.
Sasha, sin inmutarse, sacó una tirita de su chaqueta y la colocó suavemente sobre la herida. Una vez que terminó, se inclinó hacia atrás con una sonrisa satisfecha.
—Listo. Ahora eres oficialmente un soldado herido en batalla —declaró, haciendo un ademán teatral mientras miraba a Anne con una mezcla de orgullo y diversión.
Anne, sorprendida por la atención y el cuidado de Sasha, dejó de lado su enojo inicial. Una sonrisa tímida apareció en su rostro antes de que abrazara a su amiga con fuerza.
—Gracias, Sashy —dijo con gratitud.
Sasha, tratando de mantener su fachada de seriedad, simplemente sonrió con ternura antes de responder:
—Ya, suficiente de agradecimientos —le ayudó a levantarse, poniendo un brazo protector alrededor de su espalda para asegurarse de que pudiera caminar sin problemas.
Anne rió ante el intento de Sasha de parecer seria y siguió el juego.
—Creo que sería una buena idea regresar con Marcy.
—Sí, probablemente ya haya encontrado una comunidad de ranas parlantes o algo así.
Ambas niñas rieron juntas, dejando que el eco de su risa llenara el bosque. Caminando con cuidado, cruzaron el puente improvisado nuevamente, dirigiéndose de regreso hacia donde habían dejado a Marcy. A pesar de los pequeños percances, el juego había reafirmado la fuerza de su amistad, algo más sólido que cualquier improvisado puente sobre un lago.
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—¡Anne! ¿Qué te pasó? —exclamó sorprendida Marcy, apresurándose a acercarse al dúo.
Por su parte, la mencionada de cabello rizado, y la niña rubia no hacían más que sonreír con una alegría genuina, como si nada pudiera afectar su ánimo. Marcy, sin embargo, no pudo evitar notar la pequeña tirita que cubría el raspón en la rodilla de Anne. La herida, aunque insignificante, parecía contar una historia más grande, una de caídas y levantadas.
Marcy frunció el ceño, su expresión reflejando preocupación mientras se acercaba un poco más, como si esperara encontrar algo más allá de lo que sus ojos alcanzaban a ver.
—¿Estás bien? —preguntó, su voz un susurro cargado de curiosidad y una pizca de preocupación que no pudo ocultar.
Anne, al ver la mirada de Marcy, sonrió aún más ampliamente, un destello de alegría en sus ojos, como si la herida fuera solo una parte pequeña de un día lleno de risas y juegos.
—Claro, claro, solo es un raspón —respondió con tranquilidad, aunque su sonrisa no podía disimular completamente el leve dolor que aún sentía, como un recordatorio de la rapidez con que se pasan los momentos, de la fragilidad de cada paso en su camino.
Marcy emitió un sonido que era una mezcla de admiración y sorpresa, pero antes de que pudiera decir algo más, una voz femenina adulta resonó a lo lejos, interrumpiendo la quietud de la tarde. Las tres dirigieron sus miradas hacia la dirección de la voz.
—¡Niñas! ¡Ya vengan, la comida está casi lista! —llamó la mujer, su voz resonando con la claridad del aire libre, entre el susurro de los árboles y el chisporroteo del asador cercano. De pie junto a la mesa del picnic, su figura destacaba con naturalidad, irradiando una calidez que parecía envolver todo a su alrededor.
El parecido con Anne era inconfundible, como si compartieran no solo los rasgos, sino también la energía vibrante que las definía. Sin embargo, había en ella un aire de madurez serena, una gracia innata que no necesitaba de grandes gestos para hacerse notar. Su postura, relajada pero firme, transmitía la experiencia de los años, mientras que el suave contorno de sus caderas parecía reflejar la vitalidad que aún la acompañaba.
El viento jugaba con los mechones sueltos de su cabello, y con un gesto sencillo pero lleno de intención, alzó una mano para captar la atención de las chicas. Su sonrisa era cálida, como el sol que caía suavemente sobre la escena, y el ambiente se llenó de una sensación de hogar, aunque estaban al aire libre. Todo en ella, desde la forma en que se inclinaba para revisar los platos sobre la mesa hasta el brillo amable de sus ojos, hacía que cualquiera se sintiera bienvenido.
El trío de amigas sonrió con alegría al escuchar la noticia, el sonido de sus risas llenando el aire, aliviado de las tensiones de un día lleno de juegos.
—¡Genial! —exclamó Anne, levantando los brazos en un gesto de entusiasmo que, aunque común entre los niños, llevaba consigo algo más profundo.
Corrieron hacia la zona del picnic, moviéndose con la velocidad que solo un grupo de amigos puede tener en esos momentos. Cerca del asador, el padre de Anne luchaba por encender las brasas, murmurando algo en tailandés. Las pinzas que sostenía se movían frenéticamente, pero el carbón parecía resistirse a ceder. A su lado, el padre de Sasha observaba con una sonrisa divertida, claramente disfrutando del esfuerzo del amigo.
—¿Seguro que no necesitas ayuda? —preguntó, conteniendo una risa al ver el esfuerzo de su amigo, que no lograba más que frustración.
—¡Estoy bien! Solo... Chan tongkan chut tan —respondió el padre de Anne, pronunciando una frase que parecía sacada de un rito secreto. Su voz estaba llena de determinación y una cierta sabiduría reservada para momentos como este.
En ese mismo instante, las brasas comenzaron a arder con fuerza, el fuego cobrando vida en un estallido de tonos rojizos que iluminaban los rostros de los presentes. Como si la naturaleza misma hubiese respondido al esfuerzo, las chispas danzaron hacia el cielo, y el hombre levantó las manos, su rostro transformado en una máscara de triunfo. El brillo en sus ojos reflejaba no solo la satisfacción del momento, sino también una lucha personal ganada. El arduo esfuerzo se había convertido en una victoria que llenaba el aire con una energía renovada, una que parecía contagiar todo a su alrededor.
Minutos después, la comida ya estaba lista. Las niñas corrieron hacia la mesa, sus risas flotando en el aire como una melodía alegre que envolvía todo. Al sentarse, el olor de los marinados tailandeses comenzó a inundar el ambiente, una mezcla deliciosa que prometía no solo saciar el hambre, sino también dejar una huella imborrable en la memoria. Las brochetas de cerdo, marinadas en salsa de pescado y azúcar de palma, chisporroteaban suavemente sobre el asador, liberando un aroma tan tentador que hacía la espera aún más placentera.
—¿Qué es esto? —preguntó Sasha, mirando las brochetas con curiosidad, una ligera sombra de desconcierto cruzando su rostro. No estaba segura de reconocer el platillo, y su expresión era un reflejo de esa duda.
—Moo Ping, cerdo a la parrilla —respondió Anne con entusiasmo, sus ojos brillando con la emoción de compartir algo que le era tan querido. Tomó una brocheta y, con un gesto lleno de alegría, la acercó a su boca—. ¡Es lo mejor del mundo! —añadió, su voz cargada de alegría genuina mientras mordía un trozo. Su rostro se relajó en una satisfacción palpable, un pequeño murmullo escapó de sus labios, como si el sabor hubiera tocado una fibra interna de felicidad profunda, esa que solo los buenos momentos pueden traer.
Sasha observó con atención, y al ver lo mucho que Anne disfrutaba, no pudo evitar sentirse atraída por la promesa de esa experiencia. Con timidez, dio el primer bocado, y su rostro se iluminó al instante. Sus ojos brillaron, y en un gesto inconsciente, asintió con una aprobación completa, como si el platillo hubiera cumplido con todas las expectativas no solo del estómago, sino también del alma.
Marcy, por su parte, observaba las brochetas con la fascinación de un gato ante algo inusitado y fascinante. Con un tono emocionado y lleno de energía, exclamó:
—¡Esto se parece a un platillo de Dragon Quest! ¡Qué emoción!
Sasha y Anne no pudieron evitar reír al ver la reacción de su amiga, su risa se unió a la del viento, que comenzaba a soplar suavemente, trayendo consigo una frescura que contrastaba con el calor del día. El sol, en su descenso, comenzaba a teñir el cielo de tonos naranjas y rosados, como si el universo mismo pintara una obra efímera solo para ellos. La tarde se desvanecía lentamente, pero su calidez se sentía en cada uno de los momentos compartidos. A pesar de las caídas, los tropiezos y los pequeños desafíos del día, la magia de la amistad se mantenía intacta. Nada podría romper ese lazo, nada podría apagar la alegría que emanaba de ellas, una alegría que, al igual que el sol que se ponía, parecía eterna.
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Mientras los padres del trío conversaban animadamente, disfrutando de ese agradable momento al aire libre, se podía percibir, entre risas y bromas, una tensa franja de palabras de la madre de Sasha. Sus comentarios, aunque disfrazados de inocencia, llevaban consigo un sutil filo de agresión dirigido al padre de la niña. A pesar de la ligera turbulencia en su diálogo, el aire mantenía un tono relajado, y la conversación continuaba con una tranquilidad que parecía envolver a todos en una burbuja de calma. Era como si los padres pudieran hacer caso omiso de sus propios malestares por el simple hecho de estar reunidos en un día tan perfecto.
Mientras tanto, las tres amigas disfrutaban del contraste de ese ambiente. Estiradas sobre el césped, sentían el frescor del pasto acariciando sus cuerpos y la libertad de dejar que el tiempo pasara sin prisas. Sasha, centrada en sus pensamientos, dedicaba toda su atención a acomodar un pequeño botón en la muñeca de su chaqueta, como si fuera una tarea importante que necesitaba su concentración. Marcy, con la mirada fija, observaba con fascinación una abeja que rondaba tranquilamente cerca de ellas, su mente trabajando como un laboratorio, analizando cada pequeño movimiento del insecto con una calma que contrastaba con la rapidez de sus pensamientos. Anne, por su parte, era la única cuya mirada parecía fundirse con el cielo azul que se extendía sobre ellas, pero no con la pasividad típica de alguien que simplemente mira el horizonte. En sus ojos había una vagancia de quien se deja llevar por el momento, pero también una sutil curiosidad, como si estuviera buscando algo en ese vasto azul, algo indefinido, un fragmento de la vastedad que se desplegaba ante ella.
El sonido de la conversación de los adultos seguía fluyendo suavemente, hasta que una voz rompió el silencio que había caído sobre el trío.
—Si alguna vez nos separamos, seguiremos hablando por teléfono, ¿verdad? —preguntó Marcy, quien había estado en silencio durante todo ese tiempo, como si su mente hubiese estado procesando algo importante y ahora necesitara compartirlo.
Sasha y Anne, sorprendidas por la repentina interrupción, volvieron sus miradas hacia su amiga. Una confusión palpable se reflejaba en sus rostros, como si no supieran exactamente cómo responder a una pregunta tan cargada de futuro y de incertidumbre. La pregunta flotaba en el aire, suspendida entre las tres, creando una especie de espacio suspendido, donde las palabras ya no parecían suficientes para capturar la magnitud de lo que Marcy realmente quería decir.
El cielo, el murmullo suave de los padres conversando a lo lejos, la abeja que zumbaba tranquilamente sobre el césped... Todo parecía desvanecerse en ese instante, como si el mundo mismo se detuviera ante la pregunta de Marcy. Una pregunta simple, pero cargada de una profundidad que hizo que el aire se volviera denso, suspendido entre las tres amigas. El paso del tiempo, ese eterno movimiento que nunca se detiene, se coló en sus pensamientos de una manera que no podían ignorar. La inocencia del momento, las risas y la tranquilidad, ahora se veían empañadas por una incertidumbre inesperada.
—¿De qué rayos hablas, Wu? —preguntó Sasha, su voz reflejando una confusión genuina, como si las palabras de Marcy no encajaran en el escenario perfecto que habían creado juntas, tumbadas sobre el césped.
Marcy, sin soltar la mirada de la abeja que ahora descansaba delicadamente sobre su dedo índice, ofreció una tímida sonrisa. Su rostro, normalmente animado, mostraba una sombra de tristeza sutil, una preocupación que la pequeña no podía ocultar, aunque intentaba mantener su calma.
—Bueno… —comenzó, su voz suave y vacilante—. Apenas tenemos cinco años. No sabemos lo que el futuro nos pueda deparar… así que, quién sabe, tal vez no siempre estemos juntas en el mismo lugar.
Sus palabras, dichas con una seriedad inesperada en una niña tan pequeña, revelaban una preocupación que superaba su comprensión del mundo. A pesar de su rostro alegre, la tristeza se reflejaba en su mirada, esa inquietud que surge cuando uno se enfrenta, por primera vez, a la idea de que las cosas pueden cambiar, de que la vida podría separarlas algún día. Era un momento de reflexión... hasta que un pequeño golpe la sacó de su ensimismamiento.
—¡No digas esas cosas, Wu! —exclamó, su tono lleno de leve enojo mientras levantaba la mano para darle un pequeño golpe en la cabeza. No fue un golpe fuerte, pero para una niña de cinco años, la mano de Sasha tenía una fuerza considerable.
Marcy se llevó la mano a la cabeza, donde la palma de Sasha había caído, y soltó un pequeño gimoteo, sorprendida por la leve punzada del dolor. Aunque no fue una palmada dura, el impacto le hizo sentir que las cosas no eran tan serias como había querido expresar. Sasha, como siempre, era la que mantenía los pies en la tierra, haciendo que el mundo volviera a la normalidad con un simple gesto.
Las tres se quedaron en silencio por un momento, cada una procesando las palabras de Marcy a su manera. El suave zumbido de la abeja, ajena a las preocupaciones humanas, seguía flotando en el aire, mientras el viento agitaba levemente el césped. A pesar de la ligera sensación de inquietud que se había colado en el ambiente, aún quedaba esa ligereza característica de la niñez, esa cercanía que solo las buenas amigas podían ofrecerse. Pero en el fondo, Marcy no podía evitar preguntarse si realmente estarían siempre juntas, si el futuro, como una sombra indescifrable, no las separaría algún día. Sasha, con su mirada siempre seria, parecía intentar disipar ese temor, aunque de una manera más protectora que tranquilizadora.
—Pero… ¿y si nos separamos? —murmuró Marcy, su voz pequeña, casi apagada por la duda que nublaba su mente.
La preocupación que se cernía sobre ella fue interrumpida suavemente cuando una mano se posó sobre el hombro de su overol azul. Marcy giró la cabeza y vio a Anne, con su cabello castaño rizado, mirando hacia ella con una expresión calmada, pero llena de la confianza que solo ella podía transmitir.
—Marcy, te prometo que nunca nos separaremos —dijo Anne con un tono tan firme y gentil que, de alguna manera, hizo que la ansiedad de Marcy comenzara a desvanecerse. El miedo, que se había instalado en su pecho, fue suavizado por la sinceridad en la mirada de su amiga—. Te prometo que caerá un meteorito antes que nos separemos —añadió, con una sonrisa traviesa, esa que siempre lograba sacar una risa aún en los momentos más tensos.
Marcy, al escuchar las palabras de Anne, sintió cómo su corazón se aligeraba. Aunque, en el fondo, una pequeña parte de ese sentimiento de preocupación seguía asomándose, como un viento suave que no se iba por completo, la sonrisa de sus dos amigas fue más que suficiente para hacerla sentir que, tal vez, no debía temer tanto. Después de todo, con ellas a su lado, todo parecía más seguro.
—Boonchuy tiene razón —dijo Sasha, su rostro suavizándose mientras se unía a la conversación con un toque de humor, como solo ella podía hacerlo—. Primero invadirían robots, o meteoritos, como dijo antes, antes de que nos separáramos.
El tono juguetón en la voz de Sasha hizo que la atmósfera se relajara aún más, y las tres compartieron una risa espontánea. En ese instante, el futuro, que hasta hacía poco se había sentido como una amenaza distante, parecía haber desaparecido por completo. Aunque el paso del tiempo seguía siendo incierto, allí, en ese preciso momento, el vínculo entre ellas se erguía más fuerte que cualquier miedo o duda que pudieran haber albergado. Sabían que nada duraría para siempre, pero por primera vez en mucho tiempo, sentían que lo único que realmente importaba era estar juntas.
Entonces, como una chispa encendiendo una idea inesperada, Anne, la de cabello rizado, tuvo una ocurrencia que, en apariencia, podría haber sonado infantil, pero para ella era lo más genial que podría hacer en ese momento. Sin decir palabra, tomó uno de los cubiertos que había usado para comer antes y caminó con determinación hacia un árbol cercano.
Las dos amigas restantes la miraron, confundidas, sin comprender qué tenía en mente, pero la curiosidad las mantuvo expectantes. La espera no duró mucho, y lo que sucedió a continuación las sorprendió por completo.
Con una energía casi febril, Anne comenzó a tallar sobre el tronco del árbol, su acción burda y apresurada, pero con una claridad asombrosa en su propósito. El dibujo era sencillo, torpe en algunos lugares, pero inconfundible: un gran corazón, un tanto desigual, pero en cuya forma se podía leer el sentimiento puro que lo había inspirado. Dentro del corazón, talladas con un detalle peculiar, estaban las palabras: "AMS Amigas por siempre, y por siempre."
Anne se apartó del árbol y observó su trabajo con una mezcla de orgullo y satisfacción, mientras Sasha y Marcy, sorprendidas, miraban el grabado en silencio, con los ojos llenos de asombro.
—Ahora sí —dijo Anne con firmeza, su tono más serio que nunca, aunque una chispa de humor brillaba en sus ojos—. Ahora es una promesa real. Si no se cumple, es porque no somos verdaderas amigas… o porque la madera del árbol estaba podrida —añadió, con una sonrisa traviesa.
Marcy y Sasha no pudieron evitar reír ante las palabras de Anne, y, con el ímpetu juvenil que las caracterizaba, se lanzaron en un fuerte abrazo. Era un abrazo que decía todo lo que las palabras no podían: un lazo inquebrantable, un sentimiento de pertenencia y una certeza que, aunque incierta, era más sólida que cualquier duda. En ese momento, más que amigas, parecían hermanas, y lo único que quedaba por decir, en pocas palabras, era lo que ya sabían en el fondo de sus corazones: amistad.
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Los años pasaron, inexorables y silenciosos, dejando atrás el aire fresco y encantador de aquel parque rodeado por un bosque tan fantasioso, reemplazado ahora por la atmósfera monótona y aburrida de una oficina escolar. En lugar de las hojas que susurraban al viento, el sonido de las teclas de una computadora, las manecillas del reloj avanzando lentamente y el ocasional crujir de una silla eran los únicos ruidos que llenaban el espacio. Este último, el de alguien tratando de acomodarse, parecía resonar más fuerte, como si la ansiedad del momento se hubiera materializado en ese simple movimiento.
En una de las sillas de la sala de espera, un espacio gris y despersonalizado, se encontraba una joven que no pasaba desapercibida, aunque su rostro mostrara una calma forzada. Con su cabello rizado, de un castaño oscuro, y un uniforme escolar que la hacía parecer más pequeña de lo que era, fácilmente se podía suponer que tendría alrededor de 13 años. Su pie derecho se movía de arriba a abajo, un vaivén constante que, aunque parecía un simple tic, en realidad era la manifestación de una ansiedad creciente o, quizás, de un profundo aburrimiento.
Era Anne Boonchuy, aunque eso era algo que solo el observador más atento podría haber adivinado con certeza. Pero una nueva pregunta surgía, más urgente que la anterior: ¿por qué estaba allí? ¿Por qué esperaba afuera de esa sala de espera, donde el tiempo parecía diluirse y cada segundo se alargaba como si fuera eterno?
