—¡Maldita sea, Kise! ¿Cómo puedes ser tan estúpido? ¡Ya te dije que así no se hace!
Es el tercer grito de Kasamatsu Yukio en menos de diez minutos.
Takao y Midorima no saben donde meterse. Intercalan miradas entre ellos, las ecuaciones en sus libretas y los dos chicos del otro lado de la mesa cafetera que Kise adaptó en su departamento para esa sesión de estudios.
Estaban arrepintiéndose de pedirle al mayor que los ayudara a estudiar matemáticas ese fin de semana. Incluso el estudioso Midorima empezaba a creer que una buena nota no valía el sombrío semblante de su rubio amigo.
—No lo entiendo, Kasamatsu-san.
Takao tiembla, se agarra de la pierna de Midorima a su costado para evitar caerse al escuchar el tono frío con el que llama al Kasamatsu.
No "Yukiocchi", ni siquiera un "Senpai". La voz de Kise no fue creada para hablar con tanto odio.
La mirada de terror absoluto de Midorima le confirma que no es el único que piensa eso.
—¿Te quemaste el cerebro con tanto tinte… —Takao desvía su atención a los pedazos de goma de borrar que abarcan la ya maltratada hoja de Kise, demostrando cuántas veces se ha equivocado en una sola ecuación —O es que simplemente eres un imbécil?
Midorima empieza a encontrar fascinante el peluche de gatito recostado en la cama que tiene su excompañero.
Tan negro, tan abrazable. ¿Maullará?
—Mi cabello es natural —susurra el rubio. Ningún puchero, habitual con ese comentario, lo acompaña —, además…
Pero Kasamatsu no le deja continuar. En cambio, azota su palma en el centro de la mesa, haciendo brincar a los dos nada afortunados huéspedes. Kise le afila la mirada, nada sorprendido con el golpe.
El lápiz en su mano ha dejado de girar, anunciando el fin de su paciencia.
O eso creía Takao.
—No quiero escuchar nada de ti hasta que sepas resolver una ecuación —Takao jura que lo escucho gruñir —. Un simple milagro como tú debe hacer mínimo eso.
La mirada de Kise sigue al excapitán hasta que se sienta en el extremo de la mesa. Frío, silencioso, con el ceño fruncido que no es familiar en él.
Midorima solo lo ha visto una vez, en Teiko, cuando el bromista Aomine pensó que era buena idea acercarle un gusano a la tan cuidada cara del alero.
Kasamatsu se deja caer en el esponjoso puff azul marino que Kise tiene reservado para él, se cruza de brazos y cuando mira al dúo de camisas naranjas ambos tiemblan.
—¿Tienen problemas, chicos? ¿Ocupan ayuda?
Takao hacer un gran esfuerzo por contener sus lágrimas al sentir la mirada ámbar posarse en ellos, con furia, cuando se da cuenta que a diferencia suya a ellos les habla con suavidad.
Casi con cariño, pensaba.
Siente la diestra de Midorima posarse encima de la suya. Sus dedos, por poco, hacían un hueco en los pantalones del escolta de lo apretados que estaban.
El pequeño temblor en la fría mano ajena le indica que no solo es él quien está asustado.
—No, Kasamatsu-san, muchas gracias.
Kasamatsu suelta un gruñido.
—¿Ves, Kise? Deberías aprender rápido, como Takao —el mencionado debe aferrarse más al negro pantalón de Midorima cuando es comparado —. Él sí es un buen kohai.
Takao quiere que el departamento de Kise, ubicado en el quinto piso, se lo trague y lo escupa al otro lado del mundo.
Midorima tiene el instinto de tomar a su pequeño novio y huir de ahí antes de que el rubio cometa un delito.
—Repasen lo visto hoy, mañana aclararé todas sus dudas. ¿De acuerdo?
Takao y Midorima asienten, temblorosos. Se sienten a salvo pese a estar a unos centímetros de distancia, pero el umbral de la puerta les da una seguridad que nunca han experimentado.
Sus manos están tomadas con fuerza, Midorima ligeramente frente a Takao se asegura que nada le pase a su base.
Kise está a unos pasos de Kasamatsu, ardiendo en furia en su espalda. La sombra del flequillo de Kise, cubriendo sus ojos, lo hace más intimidante.
—Gracias por todo, nos vemos mañana…
Aunque Takao lo dice con mucha seguridad, está pensando en no regresar a esa casa mínimo en un año.
Kasamatsu les sonríe antes de cerrarles la puerta y corren a la salva casa del halcón cuando nadie los ve.
Kasamatsu se voltea despreocupadamente, soltando un suspiro, y masajea su adolorido cuello.
—Tengo mucha hambre, ¿qué cenaremos hoy?
La pregunta sale al aire, con su vista en la cocina comienza a pensar en ideas de cena para ese día. Preparar algo en casa era la primera opción, pero si Kise no tenía insumos también estaba el pedir a domicilio o salir a comer.
Está pensando que la última es una excelente idea, después de todo se la han pasado en casa todo el día, hasta que una mano aprieta su brazo y su espalda golpea la pared.
Tiene a Kise aprisionándolo, cerca de la puerta. Sus pupilas tan pequeñas que reconoce la ira en sus ojos. Las manos de Kise aprietan sus brazos tan fuerte que seguramente dejarán marca.
—¿Qué demonios haces?
Kise le afila aún más la mirada, realmente molesto por el tono tan ligero del otro.
Kise se ahoga en sus ojos azules, en el brillo de ilusión en ellos, en su feroz respuesta cuando intencionalmente hace más fuerte el agarre en sus brazos.
Ignora el pequeño apretón en sus labios.
—Oe.
El rubio se aparta, pero no lo suelta. Tiene su mano rodeando su brazo, del cual lo jala hasta llevarlo de vuelta a su habitación. Kasamatsu se queja, soltando uno que otro flojo insulto en el camino, pero se detiene cuando el rubio lo avienta en el centro de su cuarto con violencia.
Kise está demasiado silencioso mientras gira el seguro, como si alguien pudiera entrar cuando vive solo.
Otra vez se topa con los ámbar del rubio y su expresión seria. Kise camina lentamente hacia él, pero no se intimida. Endurece el entrecejo, en un reto por ver qué quiere lograr. Entonces, Kise lo hace.
Zas.
Un dolor agudo se establece en su mejilla derecha. La piel le arde, empieza a hincharse poco a poco. Su propia mano sube hasta la zona afectada, está caliente.
Por el golpe su rostro se ha volteado, dejando a su vista el precioso peluche de gato negro que una vez le regaló al As de Kaijo.
—Esto querías, ¿no?
Sus piernas tiemblan al oír la voz severa del rubio. En las comisura de sus ojos empiezan a alojarse pequeñas y saladas lágrimas que deshacen por un momento toda seguridad del menor cuando se topan sus miradas.
Kise piensa que tal vez, tan solo tal vez, se pasó un poco de la mano.
Sin embargo, la respiración agitada de Yukio, su increíble y seductor sonrojo y esas lágrimas de placer le dibujan una sonrisa socarrona.
—K-Ki…
—Oh, vamos —el rubio ríe, toma su barbilla y pasa, cruelmente, su pulgar por la hinchada mejilla. El dolor le hace jadear —. Un simple capitán como tú debería ser capaz de pronunciar correctamente mi nombre.
El ronroneo en la voz del rubio hace flaquear sus piernas. Necesita apoyarse en el pecho del más alto para no caer.
Kise aprovecha y le toma por la nuca, obligándolo a mantener el contacto.
—¿Qué pasa, Yukio? ¿Tienes problemas?
Pasa saliva cuando el pulgar que masajeaba su mejilla baja por su cuerpo, contorneando los laterales de su cadera hasta escabullirse por su intimidad. Kise, ahora serio, le alza la mirada con desdén, al sentir el miembro del mayor ya erecto.
—Eres repugnante, mira que ponerte duro con una cachetada.
Yukio jadea. Kise está demasiado entretenido presionando su pene por encima de la ropa mientras jala sus cabellos sin sutileza alguna.
—Ki… —se aferra a sus brazos, restregándose indecentemente en el cuerpo ajeno. Puede sentir la fragancia del modelo impregnarse en sus propias ropas.
—Tú puedes, Yukio —Kise saca un gemido más de sus labios, aprieta una y otra vez su erección sin tregua —. Ki-se. No es tan difícil.
Un par de intentos más sale de su boca, el apellido del rubio es entrecortado con su respiración y jadeos.
—Kis- ¡Ah!
Cuando por fin cree poder decirlo la boca de Kise se encaja en su cuello. Son mordidas suaves, encantadoras caricias con su lengua, hasta que se vuelven succiones para crear chupetones.
Los besos ahogan su cordura, Kise ríe.
—Así no se hace, Yu~ki~o.
Las rodillas de Kasamatsu flaquean con el caliente susurro de Kise en su oído. Termina en el suelo, rojo y excitado.
Kise lo ve desde arriba. No sabría decir dónde empieza la cachetada y donde termina su sonrojo, pero la vista es gloriosa.
Los ojos llorosos de Yukio suben hasta la risa de superioridad del rubio. Está demasiado entretenido humillándolo de esa forma. Lo ve relamerse los labios con lujuria mientras se lleva ambas manos a su propia erección.
El bulto en el pantalón de Kise es grande, le hace agua la boca, y su pareja parece notarlo.
—Oh —suelta, con gracia e inocencia fingida. El tono chillón vuelve a su voz —, ¿quieres ver si soy rubio natural?
No lo deja responder. De hecho, no sabe si puede hacerlo. Kise desabrocha su pantalón, baja sus ropa interior y libera su enorme pene ante la cara de Kasamatsu.
Es cómica la manera en que los ojos azules de Yukio rebotan al mismo tiempo que su hombría.
Kise toma la base, agitando un poco más la extensión, deleitándose con la saliva que sale de los labios del capitán.
—¿Lo ves? —dice, tomándolo del mentón con la otra mano para atraerlo a su parte íntima, tentándolo. Desvía la mirada a los cortos cabellos rubios que le rodean al miembro y asiente. Yukio intenta llevarse el glande a la boca, pero Kise se aparta —No, no —Kise ahoga una sonora risa ante el berrinche de su pareja. Usa el pulgar para limpiar la saliva que sale de sus comisuras —Aun no dices correctamente mi apellido.
El pulgar vuelve a tocar la piel hinchada y le saca un jadeo cuando el agudo dolor le recorre hasta el cuello, encendiendo los chupetones que Kise estaba trabajando.
Jadea una vez más, buscando aire enfoca su mirar en los ámbar y con la voz más decente que puede generar responde.
—Kise R-Ryōta.
El mencionado está encantado con los pequeños jadeos, la dificultad de respirar y la lujuria brillando en su adorable y caliente novio.
Tiene a Yukio de rodillas, con la boca ligeramente abierta, rogando por succionar su pene.
Complacido y contento lleva el goteante premio a los labios de Yukio. Ha dicho hasta su nombre, merece una recompensa. Restriega, obscenamente, el glande en su boca, asegurándose que su propio líquido seminal sustituya la saliva de Yukio.
—¿Tanto necesitabas mi polla, Yukio?
El azabache no le responde con palabras. Rodea la punta de su pene con la lengua, hundiendo la punta en su uretra. Succiona desesperado, dejando el glande rojo antes de bajar a la base.
Kise gime roncamente y un cosquilleó en su vientre le hace cerrar los ojos. Kasamatsu se detiene a hundir su nariz en el pequeño bosque de cabellos íntimos rubios, aspirando el aroma natural de Kise.
Lleva su boca a la base y rodea con sus labios la misma. Batalla un poco, pues la anchura de Kise es más que la de propia boca. Apretando el tronco con los labios, saca la lengua y empieza a delinear cada una de las venas en su pene.
Sube de nuevo al glande, volviendo a succionar antes de degollar por completo el rubio pene. Un ronco y sonoro gemido de Kise se pierde en la habitación.
Kasamatsu quiere usar las manos, ya sea para apoyarse de la cintura ajena o masajear los testículos, pero Kise las azota y lo obliga a bajarlas.
Sus palmas duelen y arden, pero sigue chupando ruidosamente el miembro de Kise. Sus cabellos son jalados por él, marcando su propio ritmo sin importarle que a veces Kasamatsu se ahoga.
Aunque a Kasamatsu tampoco le importa.
Kise lo aparta cuando siente el clímax cerca. La unión de saliva es erótica, así como el bulto ya húmedo en los pants del mayor. Se toma un tiempo para grabar la imagen de Yukio en su cerebro.
Tiene el entrecejo fruncido de placer, los ojos llorosos y la boca llena de saliva. Su mirada ansía regresar al trabajo en su intimidad. Pero no está satisfecho.
—De pie.
Kasamatsu le obedece sin chistar, sumiso. Le ve mordiéndose los labios, en espera de otro toque que le haga temblar. Sus labios piden un beso, su cuerpo que lo toque, pero Kise piensa en algo mejor.
Le lleva al borde de la cama, lo obliga a apoyar los brazos en esta y alzar su trasero. Kasamatsu, por más sumiso que esté en ese momento, intenta negarse al entender la posición.
—E-Espera…
Pero no lo hace. Baja sus pantalones con todo y bóxer, dejando su rosado ano y su miembro al aire. Kasamatsu tiembla, por el frío aire y el humillante trato con el que es manejado.
Kise sisea, encantado con la vista del redondo trasero del mayor pegando brincos. Puede ver como aprieta su entrada al mismo tiempo que sus orejas se ponen rojas, lleno de vergüenza.
—Ki…
Zas.
Un nuevo golpe llena la habitación y lo interrumpe. Ve los vellos azabache erizarse en su espalda y la mejilla trasera derecha, donde el golpe fue situado, volverse rosa en segundos.
Kasamatsu tiene los labios apretados y nuevas lágrimas en sus ojos.
No se tienta y vuelva a nalguearle el trasero. No hay tiempo de recuperarse entre golpes, Kasamatsu está jadeando de dolor y placer.
—Eres un vulgar…
El ano de Yukio se contrae con cada nalgada nueva. Kise debe soportar las ganas de llevar sus manos, su lengua y su pene a él. No importa cuál sea primero, en realidad, pero debe aguantarse a hacerlo.
Debe centrarse en dejar rojo el trasero de su novio.
El pene de Yukio está rojo, gotea líquido preseminal que mancha su cama. Kasamatsu intenta, con todas sus fuerzas, no derrumbarse por completo entre las sábanas.
Es hasta que el bonito y blanco trasero de Yukio tiene marcadas sus manos que se detiene. Uno de sus brazos sostiene el pequeño cuerpo del azabache, el otro lo usa para apoyarse mientras se inclina a besar su nuca, repartiendo besos.
Yukio suspira con una mezcla de alivio e inconformidad, ambos sentimientos derivados de los golpes del rubio.
Son adictivos, electrizantes, quiere seguir sintiéndolos aunque su cuerpo diga que no puede más, aunque sus nalgas hormigueen. Los besos de Kise son como una caricia entre tanto dolor que lo hace ronronear.
Pero Kise es muy inquieto. Mece las caderas hasta que su pene, lubricado por la saliva del mayor, se introduce entre ambos glúteos, rozando peligrosamente su entrada.
Empieza un vaivén placentero para ambos. Está usando su trasero para masturbar su grueso y palpitante pene, le encanta.
Kasamatsu aprieta el trasero para sentir más el pene de Kise y Kise intenta no dejarse llevar y sumergirse en su entrada.
—¿Qué pasa? ¿Ocupas ayuda, Yukio?
Kasamatsu asiente, lentamente. Alza sus caderas, dando un pequeño empujón en el vientre ajeno que saca del rubio un gemido. Kise le muerde el lóbulo de la oreja y se aparta, llevando ambas manos a las caderas del mayor.
Son suaves, están calientes y sudadas, pero aun así aprieta la piel hasta que sus dedos se hunden en la carne.
Yukio reposa la frente en la sábana y esconde el rostro entre sus brazos.
—¿Qué quieres? —pregunta Kise, serio y distante. Con un tono de voz que rasguña su garganta —¿En qué te puede ayudar este imbécil?
Kise repite sus insultos con veneno, sorna, y es lo mejor que sus oídos puedes oír. Siente su cuerpo vibrar y su garganta cercarse ante la actitud arrogante y osada del menor.
Voltea a verlo y Yukio se siente en el cielo. Kise lo ve con los mismos ojos opacos que de la entrada, indiferente y soberbio.
—Có… geme.
Kasamatsu alcanza a percibir el brillo en los ojos de Kise antes de que su vista se vuelva borrosa y un gran gemido abandone su garganta al ser penetrado duramente. Si necesitaba preparación previa no lo notó, o su saliva fue suficiente para que el grande y grueso pene de Kise resbalara por su ano.
El pene le palpita dentro. Maldice a Kise por no moverse. En vez de eso, el rubio empieza a jugar con él nuevamente.
Acaricia su espalda hasta sus maltratados glúteos. Y, al igual que su mejilla, una corriente de dolor puro recorre desde su zona baja hasta la punta de sus dedos en las manos. Es una sensación ambivalente, placentera y dolorosa, que le hace gemir.
—¿Te gusta que te maltrate? —pregunta —¿Está bien si un teñido imbécil te coge así, Yukio?
Kise toma sus caderas y da una embestida. El placer llena su cuerpo y hace voltear sus ojos al cielo. Una simple embestida, acompañada de palabras sucias y trato denigrante, hace que Kasamatsu se corra.
Sin embargo, no es el final para Kise. Somete la cabeza de Yukio contra la cama mientras su otra mano se encarga de guía en un principio el ritmo en sus caderas.
El ruido obsceno que hace su pene al entrar y salir llena la habitación, junto con los gemidos despreocupados del rubio. Kasamatsu es un manojo de jadeos, balbuceos incoherentes y gemidos en su cama.
Atrapa el flácido miembro del mayor en su mano libre cuando Yukio es capaz de llevar el ritmo solo. Se encarga de despertarlo otra vez, usando el semen del dueño para lubricarlo.
Kise ríe burlonamente entre gemidos y se inclina a besar los puños de Yukio que se aferran a sus cobijas con desesperación, luego se desvía a su oído nuevamente.
—Ne, senpai, ¿soy un buen kohai?
Yukio no puede responder coherentemente. La aproximación de un nuevo orgasmo nubla su vista y despedaza su cordura.
La mano de Kise le impide respirar coherente mente. ¿O son las estocadas en su punto más placentero que no lo hacen? Tiene los ojos en blanco, está llorando de placer con las nuevas nalgadas que Kise proporciona en sus rojos glúteos.
No puede con tanto éxtasis.
—¡Más, Ryōta!
Y de todos modos ruega por más.
Kise regresa desnudo a la habitación, con tres bolsas de hielo en las manos. Dos grandes y una más pequeña.
Gatea por la cama, donde está un sonrojado Kasamatsu aferrado, boca abajo, del lindo gatito negro. La sábana le cubre por debajo de los muslos y el aire frío que entra por la abierta ventana golpea en sus morenotes.
—Los pondré suavemente, ¿está bien?
Ante el silencio de su novio, Kise coloca la primera de las bolsas en el glúteo más rojo, el derecho. El mayor da un respingo cuando su caliente piel tiene contacto con los fríos hielos a través de la bolsa, pero luego suspira de alivio.
Relaja su duro entrecejo cuando la segunda bolsa es depositada en su lado derecho y Kise sube la manta hasta su cintura.
El rubio se acuesta a su lado, luciendo culpable cuando ve el gran moretón que dejó su cachetada en la mejilla derecha.
—Sólo ponla.
Obedece, sin dejar de lado su rostro de cachorro regañado.
—Yukiocchi, perdón…
Kasamatsu lo voltea a ver, demasiado indignado. El lindo puchero que hacen sus labios es perfecto, piensa el rubio, aunque su mejilla esté hinchada.
—¿De qué te disculpas? —inquiere con rudeza, luego baja su mirar en algún punto de la cama con pena —A-A mí me gustó…
Ryōta ríe con fuerza y energía, mientras Yukio se avergüenza más antes de reír junto a él.
Ambos lo habían disfrutado tanto, pero aun así Kise se sentía mal por levantarle la mano en primer lugar.
—Eres un tonto, Ryōta —susurra. Acomoda mejor la bolsa en su mejilla, cerrando con cuidado un ojo al sentir dolor —. Como si fuera la primera vez que lo hacemos así.
Kise besa sus preciosos labios rosas con demasiado amor, intentando compensar todos los golpes que dejó en su perfecto cuerpo. Él le corresponde, totalmente enamorado.
Takao y Midorima se ven, una y otra vez.
No entienden qué pasa, se sienten desorientados. Midorima quiere vomitar del asco, Takao necesita respuestas.
—Mo~, es que no lo entiendo, Yukiocchi —chilla el rubio, poniendo la cara tierna que provoca en Midorima horror, desagrado —. ¿Me explicas otra vez?
Kasamatsu suelta un suspiro demasiado meloso para el gusto de los dos huéspedes y, con toda la delicadeza del mundo, se recorre hasta el costado del rubio para explicarle la ecuación otra vez.
Por décima vez, ese día.
Ambos pueden distinguir la cola y orejas de Golden retriever en su rubio amigo. Kasamatsu explica, con toda la calma del mundo, como si fuera la primera vez que tocan ese tema.
—¿Entendiste? —la pregunta sale melosa, Kise niega —Mnh.
Y el rubio ríe como colegiala enamorada por el tierno gruñido del universitario.
Takao jala la manga de Midorima y sutilmente señala los chupetones en el cuello del moreno y la leve rojez en su mejilla, y todo toma sentido.
Quieren huir de ahí, otra vez.
