El temblor despertó a Hades. La sacudida hizo gruñir a Cerbero, cuyos ecos resonaron por todo el palacio del dios del inframundo, volviendo imposible conciliar el sueño de nuevo. De mala gana, se sentó al borde de la cama, esperando que la pereza se disipara. El leve golpeteo en la puerta interrumpió su letargo, despertando una ligera irritación.

—Adelante.

La puerta se abrió, dejando entrar a Éaco, uno de los tres jueces del inframundo.

—Mi señor Hades, lamento interrumpir su descanso, pero parece que el titán Tifón está nuevamente furioso con Zeus y ha provocado la erupción del Etna. Los estruendos han alterado a Cerbero, quien ha comenzado a devorar las almas que Caronte traía al reino.

Hades resopló, cansado. Calmar a Cerbero nunca era sencillo y representaba otra carga en su ya pesada labor como gobernante del inframundo. Se desperezó con un suspiro profundo y se levantó, dirigiéndose al baño. En el umbral, se detuvo y giró hacia Éaco, quien aguardaba pacientemente sus órdenes.

—Informa a Radamantis y a Minos. Estarán a cargo del inframundo mientras subo a la superficie para asegurarme de que no haya grietas que dejen entrar la luz. No podemos permitir que las almas intenten regresar al mundo de los vivos.

—Inmediatamente, mi señor. —Éaco se inclinó y se retiró con rapidez.

—Ah, y calma a Cerbero. No podemos darnos el lujo de perder más almas; este reino se alimenta de su pena y su desesperación.

Hades cerró la puerta tras Éaco y se adentró en el baño. Frente al espejo, observó su reflejo: las ojeras se acentuaban bajo sus ojos celestes, y su piel nívea contrastaba con su cabello negro como la noche. No había sentido el calor del sol desde que él y sus hermanos dividieron el cosmos tras derrocar a Cronos. Zeus gobernaba el cielo y la tierra; Poseidón, los océanos; y a Hades le correspondió el reino de los muertos.

Después de un baño, se vistió con una de sus habituales túnicas negras. Una última mirada al espejo confirmó lo que ya sabía: tanto tiempo entre los muertos lo hacía parecer uno de ellos. Con pasos firmes, salió de sus aposentos y se dirigió hacia el muelle donde Caronte zarpaba.

En su trayecto, pasó junto a las interminables filas de almas errantes, con miradas vacías y llenas de terror. Caronte preparaba su barca para otro viaje cuando notó la presencia del dios acercándose. Sorprendido, giró para enfrentar al Señor del Inframundo, a quien rara vez veía en persona.

—Mi señor Hades, ¿qué lo trae por aquí?

—Caronte, necesito que me lleves al otro lado. Tifón ha causado disturbios, y debo asegurarme de que la superficie no afecte el orden de mi reino.

—A sus órdenes, mi señor.

Hades subió a la barca, y Caronte zarpó de inmediato. Mientras avanzaban por el río Aqueronte, el dios notó que estaba más lleno de almas que de agua. Estas, desesperadas, intentaban subir a la barca, pero el barquero las empujaba de regreso al fondo con su remo. El precio de la muerte era claro: ninguna alma sin pagar su deuda de cien años podía cruzar.

Al llegar al otro lado, Hades descendió rápidamente y se adentró en el oscuro túnel que conectaba el inframundo con el mundo exterior. La humedad y el silencio sepulcral lo envolvían, pero, a medida que avanzaba, la luz al final del pasaje se hacía más intensa.

Era la primera vez en siglos que se acercaba a la superficie, y el mero pensamiento de sentir el calor del sol lo estremecía. Había ignorado las constantes invitaciones de Zeus a las tertulias del Olimpo; prefería la soledad de su reino a la compañía de dioses que lo temían o lo consideraban ajeno.

Finalmente, alcanzó la salida. Cerró los ojos cuando el destello del exterior lo cegó momentáneamente, y su piel palpitó bajo los rayos del sol. Se sentía fuera de lugar, como un niño perdido en territorio desconocido. No le agradaba esa sensación de vulnerabilidad.

Con determinación, comenzó a caminar por las verdes praderas rumbo al Etna. Aunque el nerviosismo por encontrarse con algún miembro de su extensa familia latía en su pecho, sabía que no podía dejar que nada alterara el equilibrio de su reino.