INUYASHA NO ME PERTENECE, PERO LA TRAMA SÍ

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ADORABLE CONFUSIÓN

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DEDICADO A ROMY INCA, PAULITA, VALENTINE HIGURASHI, LUCYP0411, NEFFER, BENANI0125, CONEJA, RUEDA9363, LILIANA NAJERA, TERECHAN19, ANNIE PEREZ, NICKY, TAISHOKAGOME787, IMAG04, MOON-FAIRYY, MACLOWD y KEIKO SOUJIRO

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CAPITULO 18 FINAL

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Incluido Henry, el conductor de Bankotsu, todos los hombres allí estaban azorados con la noticia.

Con excepción de Koga, quien se mantenía en su actitud desafiante de ebrio.

― ¡Y si no me crees! ¡solo basta ver la cara del mocoso! Es como un recordatorio de tu estúpida cara, ingles infeliz ―Koga redobló la apuesta con otro grito, tambaleante.

Bankotsu no podía saber que esa noticia fuera verdad, pero algo, en el fondo de su corazón le decía que sí.

Sus manos comenzaron a temblar, pero se recompuso como pudo y le quitó las llaves de un impulso a Henry.

Él tenía que encontrarla. Tenía que encontrarlos. Saber la verdad.

Corrió hacia el coche, pero Inuyasha le cerró el paso.

―Si no quieres que Henry vaya, tú no vas a conducir así ―le quitó las llaves de las manos―. Yo conduciré.

Bankotsu no supo por qué, pero se dejó llevar.

No le importaban los motivos de su hermano, en ese momento sólo quería encontrarla.

―Shippo, encárgate de que Henry se lleve al borracho a su casa ―le dijo Inuyasha al niño, al estar ya frente al volante.

―Solo queda la limusina libre, señor ―informó Henry

―Pues será un ebrio afortunado en llegar a casa con todas las galas, llévenselo ―adujo Inuyasha encendiendo el coche para largarse de allí.

Bankotsu no era capaz de pensar con claridad.

Sabía que cometió algún desliz con ella cuando durmieron juntos, pero nunca, ni en sus mejores o peores sueños pensó que aquello pudo haber tenido secuelas.

―No era necesario que vinieras, Henry podría llevarme perfectamente ―le dijo a su hermano que conducía.

― ¿Bromeas? Por nada del mundo me perdería tu escena declarando tu amor por la mucama.

Bankotsu tenía ganas de golpearlo, pero Inuyasha sólo decía la verdad.

―Ni siquiera sabes dónde ir ―le advirtió a Inuyasha

―No soy idiota, le pedí a tu secretario que me pase las coordenadas de la casa de ella y a él no le costó nada encontrarla por su número de seguro social ―rió Inuyasha conduciendo feliz.

―Da igual ―adujo Bankotsu llevándose las manos a la cabeza―. ¿Cómo pude ser tan imbécil?

― ¿Es una afirmación o una pregunta?

―Cierra la boca, que tus bromas no me dejan pensar ¿Dónde demonios vamos?

―Y pensé que el enamorado eras tú ―Inuyasha miró la pantalla de su móvil―. El secretario Hiten envió coordenadas en el Bronx, cielos que creo jamás estuve en ese barrio.

―Conduce con la mirada hacia el frente, seguro me arrepentiré de haber permitido que me traigas ―Bankotsu miraba el paisaje desde la ventanilla cerrada.

Aunque miraba sin ver realmente ya que todos sus pensamientos estaban con Kagome.

Lo que él hizo no tenía nombre y sí ese ebrio decía la verdad, ya podía considerarse el peor hombre del planeta.

Salvando el tráfico de Manhattan, en menos de treinta minutos ya estaban en el Bronx.

― ¿Qué pringados es este lugar? ―mencionó Inuyasha―. Debes de amar mucho a alguien para venir a buscarla aquí ¿no te hubiera sido más sencillo enamorarte de alguien del East Side de Manhattan si buscabas una americana?

―La próxima que abras la bocota, me aseguraré de cosértela ―Bankotsu miraba los edificios y la zona donde fueron llegando, era de la más humilde. Definitivamente era una zona más descuidada, con muchos mendigos y borrachos en la calle.

Inuyasha estacionó frente a un bloque de tres edificios.

―Según tu maravilloso secretario ella vive con algunos compañeros de trabajo en el edificio Roxing.

Bankotsu miró los bloques desde la ventanilla.

Los tres edificios se llamaban Roxing.

―Diablos, tendrás que revisar los tres edificios…y no estoy seguro que tus bonitos zapatos puedan aguantarlo ―mencionó Inuyasha.

Pero Bankotsu estaba dispuesto a eso y mucho más.

―No me importa ―abrió la portezuela del coche―. Tu quédate aquí y no llames la atención ―le advirtió a su hermano. No se lo decía por presumir, sino porque la zona se veía extraña, con muchos mendigos y ebrios tirados. Lo último que necesitaba es que su hermano se metiera en un lío.

―No te preocupes, que no soy capaz de meterme en ese tipo de pocilgas ¡sólo basta vivir para verlo todo! ―le gritó Inuyasha desde el volante, asegurándose de llavear las puertas porque el sitio estaba lleno de vagabundos.

Bankotsu miró los edificios. Eran una pocilga y si vivía gente allí, era una verdadera estafa pagar algo para vivir. Pero entendía que la burbuja inmobiliaria era terrorífica en Nueva York y prácticamente todos los empleados que trabajaban en Manhattan sólo podían permitirse vivir en estos lugares.

Cuando iba a entrar a uno de los bloques, dispuesto a golpear cada puerta hasta cansarse, un mendigo le salió al paso.

― ¿Tendría una moneda para compartir?

Bankotsu rebuscó en vano para sacárselo de encima. Nunca tenía dinero en metálico, para comprar algo le bastaba las tarjetas y el móvil para el Apple Pay.

Lo únicos que se le ocurrió fue quitarse la carísima corbata y darle al hombre.

―Tómala y véndela. Te prometo que harás dinero para comer por un mes ―dándole un suave empujón para entrar al primer edificio, pero los otros vagabundos al ver la tremenda suerte del que se fue corriendo feliz con la lujosa corbata, se acercaron a rodear a Bankotsu, impidiendo su paso.

Sólo allí el magnate tuvo una idea.

―Les voy a dar todo lo que tengo de valor aquí, si me dicen si conocen a una chica llamada Kagome Davis, una mujer joven y no muy alta, suele ser mesera o mucama ―hizo un gesto con la mano para mostrarles la altura de la mujer.

― ¡La que vive con Jakotsu, el que siempre nos trae comidas!

― ¡Es la chica del bebé, que siempre nos convida panqueques caseros!

― ¡Oh sí! A mí me dio 5 dólares en una ocasión ―gritó otro

Esperanzado, Bankotsu les preguntó dónde vivía, en cuál de todos los edificios.

Los hombres se miraron unos a otros un poco confundidos.

Bankotsu entonces se quitó la chaqueta y se los arrojó, prácticamente saltaron por ella.

― ¿El edificio?

Pero los hombres parecían más felices de tener esos tesoros en las manos, dando saltitos de alegría.

Bankotsu se quitó el Rolex que llevaba en la mano derecha.

― ¿Qué tal esto?

Los hombres saltaron por ella, pero Bankotsu fue más astuto.

―Díganme el sitio.

― ¡La chica bonita con el bebé vive en el bloque 3! ―anunció uno.

Bankotsu le arrojó el Rolex y fue una verdadera fiesta de bullicios entre los mendigos con tales regalos.

Miró esperanzado el respectivo edificio, pero otro le estiró la manga de la camisa.

―Si nos das tus zapatos, te diremos el número de piso.

A Bankotsu no le importaba lo que costaba, para él era la información más valiosa del mundo.

Si tenía que ir descalzo hasta el fin del mundo para encontrarla, lo haría. Ella no se merecía menos.

Se quitó los lujosos calzados y los mendigos prácticamente se arrojaron a él.

Pero antes de que uno de ellos le dijera el número de piso que debería ir a buscar, fue que la divisó.

Empujando un carrito de bebé, saliendo del edificio en cuestión.

Cansada y ojerosa. Con todo el aspecto de haber llorado.

Por unos segundos, esa imagen se congeló en ese instante como una postal salida de sus deseos más profundos.

Se quedó mirándolos con una mezcla culposa de amor, nostalgia y de culpabilidad por sus pecados.

―Todo el sufrimiento que se le nota, se lo causé yo….

Descalzo, vestido con su pantalón y una camisa ya arrugada de tantos jirones, él comenzó a avanzar hacia ella.

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No iba a llevar a Alec a la guardería.

No cuando ella estaba para poder cuidarlo.

Tenía el corazón roto literalmente, y no dejaba de pensar en la humillante escena de Bankotsu echándola a la calle como si fuera una ladrona.

Si el poder de ese hombre era tan grande como para cerrarle las puertas en Nueva York, quizá pensar en marcharse no era mala idea.

Lejos para empezar de nuevo y darle un buen futuro a Alec.

Irónico que fuera por culpa de su progenitor que ahora debía huir como rata del estado que la vio nacer.

En el piso estaba sola ya que todos fueron a trabajar, menos ella la desempleada así que decidió salir con Alec en el carrito a buscar algunas frutas de la verdulería de la zona para hacerle una papilla, pero cuando caminó apenas un par de metros de la entrada, vio una escena inverosímil.

Bankotsu Spencer con cabello despeinado, con la ropa arrugada y descalzo, rodeado de los mendigos de la calle saltando a su alrededor, la estaba mirando con unos ojos desconocidos, tanto que por un momento reconoció en ellos esa misma luz de hace casi dos años atrás.

Se quitó las ideas de la cabeza y recordó a su hijo, así que hizo lo primero que se le ocurrió: intentar huis así que cruzó la calle, una donde raramente pasaban coches.

― ¡Kagome, espera! ―él gritó y comenzó a correr hacia ella, mientras ella hacía lo mismo del lado contrario. Escena surrealista porque detrás de él, también venían corriendo el grupo de vagos que tenían las ropas de Bankotsu como una especie de botín.

¿Qué podía ser ella con esas inútiles alpargatas? ¿Y además con Alec en el cochecito?

Y fue ahí como un recordatorio de su imprudencia de que no debían correr en plena calle, un coche apareció, sorprendiéndola en medio de la vía.

Pensó que moriría allí mismo, y peor su hijo.

―¡KAGOME!

Nada de eso pasó porque Bankotsu corrió aún más fuerte arrojándose para darle un empujón al cochecito sacándolo del camino, cuya trayectoria fue detenida por los mendigos mientras Bankotsu le daba otro empuje a Kagome para sacarla de la pista, quedando Bankotsu únicamente a merced del coche que venía, y cuyo conductor también se vio sorprendido y quien hizo todo lo posible para frenar, pero igual golpeó a Bankotsu arrojándolo sobre el capó primero y luego al suelo.

―¡BANKOTSU!

Un grito ensordecedor se hizo eco en toda la calle, asustando hasta a los pájaros que Alec, quien yacía sano y salvo en su cochecito se puso a llorar como haciendo solidaridad con la desesperación de su madre.

Kagome corrió hacia la zona donde yacía Bankotsu, una vez que comprobó que su hijo estaba ileso.

También divisó que Inuyasha venía corriendo del otro lado de la calle, gritando con desesperación.

El conductor del coche se llevó a las manos a la cabeza viendo la escena.

Bankotsu yacía en el suelo, y ella se acercó corriendo a revisarlo, tocando su pulso, colocando su oreja sobre su pecho como si ella supiera alguna técnica de resurrección, pero la desesperación hacía mella en ella.

Alcanzó a rozarle los labios que parecían sin vida, sin ese aliento que ella recordaba delicioso.

―¡LLAMAD AL 911! ―gritó

Comenzó a llorar sin control, viéndolo tan desvalido y herido, totalmente lejos del hombre dominante que siempre era.

Él se había portado fatal con ella, pero nunca ni en sus peores deseos, podría querer el mal para él. Aunque su sueño nunca se hiciera realidad, lo quería vivo.

―Hermano…―su hermano Inuyasha también se inclinó con los ojos vidriosos al ver que Bankotsu no reaccionaba.

― ¿Por qué lo hiciste…? ―masculló Kagome en medio de su llanto―. Tengo que buscar a alguien que sepa de RCP….

Y fue ahí que ocurrió el milagro.

Alguien sostuvo el brazo de Kagome, como deteniendo que se marchara.

Era él, quien abrió los ojos y sonreía con esos labios adorados desde el suelo.

―No quiero que nadie más que tú me practique los primeros auxilios con la boca …―murmuró él débilmente.

Kagome no pudo detenerse y prácticamente se arrojó sobre el cuerpo de él, quien hizo un esfuerzo por corresponder su abrazo, todavía no estaba seguro de sus golpes ni de sus heridas, lo único que quería era poder tocarla.

― ¡Pensé que te morías, pedazo de tonto! ―ella lloraba sobre su pecho.

Inuyasha también compartió unas miradas hacia su hermano, aliviado de que despertase.

― ¡La ambulancia ya viene en camino! ― gritó alguien

Inuyasha se levantó un momento y vio al bebé que era sostenido por uno de los vagabundos, como si quisiera protegerlo, ya que su madre no podía y se acercó a tomarlo. El joven no supo explicar lo que sintió cuando cargó al pequeño, que era un calco de su propio hermano y se acercó a Kagome y a Bankotsu, inclinándose con el bebé, que había dejado de llorar, como si hubiera reconocido a su propia sangre.

Aunque Bankotsu y Kagome no hablaban, cuando el bebé se puso a su altura, los ojos de Bankotsu se trasladaron hacia él.

No necesitaba ninguna prueba médica para saber que era suyo.

Levantó una mano para tocar su cabecita.

―Sé que es mío…―murmuró

Kagome simplemente asintió con la cabeza, porque casi no podía hablar aun del llanto que no se iba y que no podía detener.

―Nunca me alcanzará la vida para pediros perdón…a ambos ―volvió a murmurar el herido―. Todo lo que te hice fue culpa de un grave error.

Realmente no era ninguna escena intima, con Inuyasha y el bebé encima, sumado a que estaban rodeados por los bulliciosos mendigos, el confundido conductor del coche y otros curiosos que se fueron sumando.

―No hables, no es necesario que hables ―le murmuró ella

―Nunca hubiera vuelto a Manhattan…pero ¿sabes porque lo hice? ―Bankotsu no soltaba la mano de ella al decirlo.

― ¿Por qué? ―se oyó las voces de los mendigos que los rodeaban y que esperaban con ansias como si fuera el clímax de una historia inconclusa.

Pero tanto a ella como a él no les importaba tener tantos espectadores.

―Regresé simplemente porque fue aquí…donde dejé mi corazón ―confesó él―. Y moriría feliz ahora, si con mi vida fuera capaz de compensar todo lo que os hice a ambos…―Bankotsu tosió algo de sangre, para desesperación de Kagome, quien se arrojó sobre el pecho de él.

―Ya no sigas, amor mío…―expresó ella, con lágrimas que no cesaban y con una frase que le salió del corazón.

En eso el sonido de la ambulancia detuvo, lo que para el público presente se había convertido en un emocionante capítulo de telenovela.

Un par de paramédicos entraron despejando a los curiosos.

Inuyasha se levantó cargando al bebé, pero Kagome no quiso despegarse de Bankotsu.

―No te preocupes por mi…― fue lo último que lo oyó decir a él antes de ser rodeado por el equipo.

―Señora, déjenos hacer nuestro trabajo ―le pidió uno de los paramédicos.

Sólo con ayuda de los inefables mendigos que la ayudaron a levantarse, pudieron alzar a Bankotsu a la camilla para subirlo a la ambulancia.

― ¡Yo quiero ir con vosotros! ― insistió Kagome.

Pero Inuyasha intervino.

―Deja que esos buenos hombres hagan su trabajo, iremos en mi coche ―la consoló pasándole al bebé―. Ya no llores que a Bankotsu no le gustaría que volvieras a llorar por su culpa.

Kagome cargó a su hijo y fue tras Inuyasha.

Las personas que quedaron atrás y que estaban como publico comenzaron a aplaudir.

― ¡Vamos, chica!

― ¡No le hagas las cosas fáciles a ese inglés!

― ¡Quedáis muy bien juntos! Yo voto por vosotros.

―Lo vuestro es irrompible ―dijo otro.

Los ecos de los ánimos de aquellos extraños quedaron en los oídos de Kagome, mientras junto a Inuyasha subían al coche para seguir a la ambulancia.

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Lo de Bankotsu no fue grave, dentro de todo el impacto y los golpes, sólo sufrió heridas moderadas y alguna fractura.

Inuyasha, Shippo, Hiten, y por supuesto Kagome con Alec no se despegaron del sitio.

A Kagome vinieron a acompañarla Jakotsu y Sango en ocasiones y principalmente para llevarse a Alec.

El día anterior al alta fue cuando Bankotsu y Kagome tuvieron la charla definitiva.

Él le confesó su error y lo que lo motivó en el pasado.

―Pero nunca creí que me acabaría enamorando…―confesó él ―. Sólo debía ser un juego, pero fue el primero en caer en él.

También aclararon el estúpido malentendido que los separó aquella vez, cuando él creyó que ella se acercaba a él por interesarse en su jefe.

Se sintió el hombre más ridículo del mundo al darse cuenta de su horrible equivocación.

¿Qué más quedaba por decirle?

Kagome nunca sacaría de su cabeza el momento exacto cuando él arriesgó su vida por salvarlos a ella y a Alec.

Él no tenía esperanzas de ser perdonado.

―Si me permitieras, quisiera poder conocerlo…No me hago ninguna esperanza siendo que ya te herí demasiado.

No pudo continuar su alocución porque Kagome se arrojó a besarlo estando él acostado en la cama del hospital.

Señal de que ya no necesitaban hablar más.

― ¿Eso significa que estoy perdonado? ―murmuró él sobre sus labios

― ¿Tu qué crees?

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― ¿Crees que esos dos se reconciliaran? ―preguntó Shippo a Jakotsu, quien estaba sentado a su lado en el área de espera―. Ella lleva una hora dentro, siendo que podrían hablar tranquilamente en la casa cuando lo den del alta.

Jakotsu le dio un codazo.

― ¡Mocoso! ¿Qué sabes tú de las cosas de adultos?

―Sólo sé que apesta, pensé que eso de los hijos secretos sólo pasaban en las novelas rosas ―mencionó el niño

― ¿Viste que Alec es una monada?

―Bankotsu y el tonto de Inuyasha están locos con él, como si nunca hubieran visto a un bebé ―recordó Shippo―. Me alegra convertirme en tío, pero en serio ¿crees que Kagome perdonará al tonto de Bankotsu?

Jakotsu lo pensó un poco.

―Perdonar es bueno…pero mandar a la mierda es mejor ―reflexionó―. Pero creo que Bankotsu hizo varios puntos extras al dejarse matar por ella, y de eso no se vuelve, créeme. El amor es muy extraño, lo sabrás cuando crezcas, mocoso.

― ¡No quiero enamorarme si va a ser como ellos! Bankotsu y Kagome están locos.

Jakotsu sonrió.

―Sí, pero locos uno al otro…pequeño mocoso y eso no es algo fácil de hallar.

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Unos meses después.

Naomi observaba con desolación como toda su vida yacía en unas cajas de mudanza. Intentaba no llorar como niña pequeña pero no le quedaba más nada.

El banco le ejecutó un préstamo que sacó para Kikyo y acabó perdiendo el piso, imposibilitada de pagarlo.

Si hubiera sido sólo un préstamo, podría aguantarlo, pero Kikyo estando en Los Ángeles cogió otros prestamos tomando como val el piso, ya que, en gran preferencia, Naomi le había dado la mitad de la propiedad así que Kikyo era perfectamente legal de tomar ese crédito y sus consecuencias.

Lo que pasó fue lo esperado, Kikyo no pagó su crédito y entró en moratoria.

El banco le quitó el piso y Naomi arruinó su perfil crediticio. En su trabajo, ya no podía pedir adelantos porque adeudaba muchísimo.

Kikyo ya no volvió a contestar sus llamadas, la tenía bloqueada desde que Naomi le reclamó lo que todos sabían, que trabajaba de acompañante/prostituta en Los Ángeles y su cara era visible en un catálogo. Incluso tenía la desfachatez de usar el nombre de su hermana para ejercer aquella horrible profesión.

Naomi quitó un cigarrillo mientras veía a los empleados de mudanza sacar sus cosas. El camión ya estaba abajo aguardando. Tendría que mudarse a algún trastero del hotel donde trabajaba, porque no le alcanzaba el dinero para pagar el depósito de alquiler de un piso.

Cada tanto miraba su móvil.

Kagome no volvió a contestarle ninguna llamada y Naomi tampoco insistió.

Ella no tenía derecho a pedirle nada, por lo mal que la trató y ahora mismo podía entender lo que sufrió, porque estaba a punto de vivirlo en carne propia porque hace unos meses cuando la propia Naomi echó del piso a Kagome porque a Kikyo le molestaba el bebé, Kagome tuvo que refugiarse en el trastero del restaurante donde trabajaba.

Naomi se limpió las lágrimas.

De todos modos, aunque la llamara ella no podría ayudarla, lo último que sabía es que vivía en un piso compartido y trabajaba de sirvienta en una casa de millonarios en Tribeca para ganarse la vida.

Naomi no la ayudó en su momento de mayor necesidad, no podía ir a convertirse en una carga para alguien que también necesitaba ayuda.

―Señora, esta es la última caja ―le dijo uno de los peones

―Ya tenéis la contraseña ―le dijo al chico mientras le pasaba unos 50 dólares de propina.

El muchacho se fue y Naomi se quedó un rato más, fumando viendo los vestigios de que había perdido.

Se iba al trastero del hotel con el bolso, porque las cajas de mudanza las tendría que dejar en un depósito de almacenaje que alquiló para guardar sus muebles y cosas mientras conseguía un lugar para vivir.

En eso y cruzándose con el chico que llevaba la última caja, apareció Kagome en el umbral acompañada de un hombre de traje.

Naomi quedó sorprendida, porque la que venía no era su raída hija, la que recordaba siempre agotada y con uniforme de trabajo.

Impecablemente vestida con un trajecito claro y zapatos a tono.

Naomi era perfectamente capaz de reconocer las prendas de lujo, por los años de trabajar con huéspedes millonarios en el hotel.

Y no sólo eso, Kagome tenía un corte de cabello nuevo que brillaba y una manicura impecable con delicadas joyas a tono.

Casi no la reconoció, que a Naomi se le cayó el cigarrillo al suelo.

―Mamá …―la saludó

―Kagome….

El chico de traje permanecía a respetuosa distancia.

― ¿Pero ¿qué es esto…? ¿esa ropa?

Kagome miraba a su madre, con nostalgia y alguna melancolía atrapada en sus ojos, que incluso derramó una lagrima que se apresuró a limpiar.

―Cuando me enteré de que perdiste el piso, tenía que venir ―le dijo haciéndole una seña a Hiten quien se acercó con unas carpetas―. No soy tu favorita y quizá mi hijo y yo nunca seamos cercanos a ti, pero siempre serás mi madre. A papá no le gustaría que vivieras en algún trastero ―le pasó las carpetas.

―Pero ¿Qué? ―Naomi estaba incrédula viendo que se trataba de títulos nuevos de propiedad del piso, pero de vuelta transferidos a su nombre, sin Kikyo.

―Es un regalo de mi prometido a su suegra ―le mencionó dejándola anonada―. Él se quedó cuidando a Alec, porque no sabíamos si querrías verlo y no quería incomodarte.

―No entiendo…―Naomi todavía no caía en cuenta.

―El piso vuelve a ser tuyo y las deudas han sido honradas, tu crédito ha sido restaurado y los abogados sugirieron que excluyéramos del nuevo título a Kikyo―Kagome hizo un pausa―. Ambas sabemos que no tiene control de gastos y la profesión que tiene en Los Ángeles.

Las manos de Naomi comenzaron a temblar.

― ¿Cómo…?

―No tengo idea, pero creo que Bankotsu, que así se llama mi prometido y es el padre de Alec ―cuando dijo eso, el rostro de Naomi se volvió blanco de la sorpresa―. Creo que compró el banco o algo así, no entiendo muy bien de esas cosas.

―El señor Spencer absorbió al West Bank, quien era la acreedora de la señora Davis ―aclaró Hiten, quien salió de su silencio en la esquina en la que permanecía.

Unas lágrimas salieron de los ojos de Naomi, tenía el irrefrenable deseo de abrazar a Kagome ¿Cómo pudo ser tan ciega al favorecer tanto a Kikyo, que a las primeras no dudó en traicionarla?

Pero no se atrevió.

Ella le rompió el corazón a su propia hija en el pasado, no tenía ese derecho.

Y si quería debía volver a ganárselo.

Cayó al suelo llorando.

―Dios mío…el daño que yo te causé ¡soy tu propia madre y la que más te hirió!

Kagome se esforzaba por no llorar, pero se inclinó para ayudar a Naomi a levantarse.

―Debo irme ―le anunció y luego dirigiéndose a Hiten―. Asegúrese que el camión de mudanzas regrese y abónele sus honorarios para que puedan descargar las cosas hoy mismo.

―Si señora.

En eso, Kagome quitó un sobre de su bolso. Era una de esas invitaciones de boda, muy lujosas.

―Eres mi madre, nunca te desearía el mal…y espero sinceramente que no rompamos el vínculo así que te dejo esto ―Naomi cogió el sobre―. Es la invitación a mi boda y si me llamas, acudiremos a buscarte, porque pese a todo lo que pasó, todavía quiero que conozcas a mi familia.

Naomi aun no podía creer la bondad y magnanimidad de su hija.

―Claro, si eso es lo que quieres ―le mencionó Kagome―. Estaré esperando tu llamada―le dijo mientras le besaba una mejilla y se despedía.

Mientras Kagome se iba, Naomi ya no pudo evitarlo y abrazó por la espalda a su hija, llorando con dolor y con culpa.

―Kagome…perdóname por favor ―llorando amargamente sobre la espalda de Kagome, quien esperó unos largos segundos antes de voltearse y corresponderle. Evidentemente aun le costaba y tomaría mucho tiempo, porque Naomi la había herido demasiado.

Quizá madre e hija podrían comenzar a transitar un nuevo camino de perdón y conocimiento.

Sólo el tiempo lo diría.

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― ¿Podrías pasarme un poco de esa salsa verde? ―pidió Shippo al cocinero Jakotsu y éste le hizo un gesto obsceno, pero igual le pasó el plato de aderezo.

Jakotsu había venido al triplex a prepararle sus platos favoritos al mocoso y a Inuyasha quien se había vuelto fan de su comida.

Así que, en la hora libre del restaurante, Jakotsu venía a cumplirles sus gustos.

―Todavía no entiendo porque esos dos no nos dejaron a Alec ¿Qué clase luna de miel es esa? ―preguntó Shippo mordiendo una tostada untada de la deliciosa salsa.

Jakotsu, quien revolvía una olla, sonrió.

―Ya te dije que no intentes entender a los adultos, eres un listillo y ya es una suerte que hayas sobrevivido hasta ahora ―rió Jakotsu, pero también feliz que su amiga Kagome que había sufrido tanto en la vida, se haya casado con el amor de su vida y ahora estaban de luna de miel en Londres. Se fueron hace casi un mes, con Alec incluido a quien no quisieron dejar porque Bankotsu estaba encantado con él.

―Oye, Jakotsu ¿Por qué vi un cartel afuera del Minglan de que necesitaban un ayudante de cocina? ¿Qué pasó del loco ese de Koga?

Jakotsu sonrió mientras seguía mirando su olla.

Koga renunció y siguió su consejo de que alguien debía seguir el sueño americano en Miami, así que se marchó allá, a seguir su formación gastronómica y a curar su alma, luego de tanto veneno.

Era su redención.

―Igual, cuando vayamos a Miami y él esté en la cocina, primero pediré que mi comida sea probada por un catador ―observó Shippo

―Pues tú te lo pierdes, ese hombre estaba loco, pero cocina muy bien ―rió Jakotsu―. También necesitamos meseros en el restaurante, ya que Janice renunció para seguir a Koga…pobre Koga, alguna culpa debe de expiar si termina quedándose con esa golfa que casi se cae de espaldas cuando se enteró que Kagome tenía un novio magnate.

― ¿La madre de Kagome vino a visitarte de nuevo? ―preguntó Shippo porque no era secreto que Naomi Davis intentaba reconectarse con su hija y nieto, así que se acercaba mucho a Jakotsu, tratando de conocer mejor a su hija, a través de sus amigos.

―Esa mujer está arrepentida, pero tomará tiempo, pero Kagome terminará perdonándola completamente. Toma nota de eso, ella no es rencorosa ¿viste como perdonó a Bankotsu y ése si se portó como un patán?

― ¡Bankotsu es tonto, pero no patán! ―lo defendió Shippo.

―Mejor cállate, pequeño pitufo y prueba esta otra salsa ―Jakotsu llevó un plato con una salsa rosa de olor exquisito.

Ambos amigos rieron a carcajadas porque no había nada que la buena comida no arreglara.

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Kagome cerró sus ojos para entregarse al innegable placer de tener entre sus pliegues, los labios dulces y rápidos de Bankotsu, mientras apretaba las sabanas con una mano y con la otra sostenía los cabellos oscuros de él que estaban a la altura de su ombligo.

Gimió dos veces y cuando iba por una tercera que la llevaría la locura, él se movió repentinamente dando risas.

―Ay …estaba a punto ―se quejó ella.

Pero él tenía preparada otra sorpresa aún mejor, ya que se acomodó rápidamente entre sus piernas y se sumergió en esos aceites que habían vuelto esenciales para él, hundiéndose en lo profundo de aquella delicia caliente y que siempre esperaba por él.

Kagome le pasó las manos por la espalda, atrayéndolo hacia ella mientras gemía con fuerza, porque era imposible que acallara sus gritos. Cada vez que hacía el amor con Bankotsu era lo mismo, era imposible mantener la discreción porque a ese hombre siempre se le ocurría formas nuevas de amarla y adorarla.

La violencia de los movimientos como preámbulo del esperado final hizo que los muebles se movieran sin pudor y la cama hacía un sonido, como si estuviera punto de romperse, aguardando el anhelado remate que los llevaría a la gloria.

Y los besos, esos tan deliciosos que le quitaban el aire ¿Cómo fue capaz de sobrevivir sin ellos tanto tiempo?

Cuando estaba comenzando a perder lo poco que sobraba de cordura, el sonido de un niño que lloraba los congeló.

Al principio se asustaron, pero al final acabaron echándose a reír con Bankotsu saliendo de ella y echándose a su lado.

Inevitablemente la rigidez y la lubricación desaparecieron ante el inefable deber: la de ser padres.

―Yo voy ―advirtió él levantándose de la cama mientras se ponía los pantalones y corría a la habitación adjunta donde estaba dispuesta la cuna del pequeño.

Kagome se quedó en la cama mientras veía embelesada como su esposo traía en brazos a Alec y lo arropaba. El niño ya reconocía su olor y se sostenía fuerte a él. Le hacía carantoñas haciendo reír al pequeño.

Kagome observaba esto y aun no creía que su vida hubiera cambiado tanto estos meses.

Bankotsu casi muere salvándolos, el perdón y la revelación de verdades para finalmente darse la boda entre ambos, donde estuvo presente su madre.

Ahora se encontraban en la casa de ambos en Londres, ya que Bankotsu estaba deseoso de mostrarle todo, y hasta hicieron un viaje a Dorchester, el pueblo donde se encuentra la casa donde vivió Thomas Hardy, el escritor inglés que escribió Tess of the d'Urbervilles, ese libro que ambos amaban y de donde surgió el nombre de su propio hijo porque Alec era uno de los personajes principales.

Y ahora, con el apoyo de su marido había comenzado a acuñar cosas que no sabía que le gustaban porque no se lo podía permitir.

Se dio cuenta que le encantaba la pintura y se había vuelto adicta a crear cosas, algunas los hacían reír a ambos, pero sea lo que sea que ella pintara, Bankotsu los almacenaba todos.

―Serás una gran pintora algún día ―le decía él―. Yo, Alec y sus hermanos estaremos allí cuando eso pase.

― ¿Qué hermanos? ―reía ella

―Oh cierto, creo que, si queremos que Alec tenga muchos hermanitos, la tarea debe comenzar ahora ¡mismo! ―y se arrojaba sobre ella, hambriento de todo lo que ella pudiera ofrecer.

Todos esos recuerdos eran mágicos para ella después de tanto sufrimiento y ahora ver a Bankotsu cargando a Alec, como el preciado tesoro que era para él.

Ya nunca más debía tener miedo, no teniendo a esta familia a su lado.

Desde la distancia, mientras él hacía dormir al niño, él le guiñaba un ojo.

Cariño, sólo eres tú…

Pues lo que hace un simple malentendido.

Porque no dejas de amar a alguien, sólo porque te haya hecho daño.


FINAL.

Hermanitas, les advertí que la historia iba a ser re sencilla, como para no pasar el año sin alguna historia corta de millonarios y chicas como tú y yo con todo el cliché posible.

Veremos si surge algo en estas semanas.

Ya saben que los nombres de las ciudades, barrios y demás son reales y ese libro Tess d Uberville de Thomas Hardy existe y tambien hay varias peliculas. Es terrible drama jajaja pero les cuento por si quieran verlo.

posdata. Si leyeron 50 sombras, una de las primeras cosas que Christian le pregunta a Anastacia si qué escritor le inspiró, Anastacia le dice que fue Thomas Hardy, esto les cuento como anecdota.

Les he dejado una dedicatoria a todas ustedes, que acompañaron este fin pequeñín pero hecho con el corazón.

ROMY INCA, PAULITA, VALENTINE HIGURASHI, LUCYP0411, NEFFER, BENANI0125, CONEJA, RUEDA9363, LILIANA NAJERA, TERECHAN19, ANNIE PEREZ, NICKY, TAISHOKAGOME787, IMAG04, MOON-FAIRYY, MACLOWD.

YA SABEN QUE LES MANDO UNA ABRAZO.

Nos leemos en breve, seguro.

Paola.