CAPÍTULO XI. Colovaria.

Miércoles 18 de agosto, 1999. 03:57 pm

Draco estaba haciendo varios encargos de su madre en el Callejón Diagon relacionados con la actividad benéfica de esa noche, como si no existieran elfos o lechuzas que pudieran hacerlo por él. Al salir de una tienda, se topó frente a frente con Hermione, quien por casualidad ingresaba en ese preciso momento. Sin entender por qué, el mundo se paralizó y sintió que su corazón se había desbocado, como si quisiera salirse de su pecho.

Por lo general, evitaba salir de compras porque todavía se encontraba con personas que le gritaban cosas sobre el pasado, pero su madre había insistido tanto en que le ayudara esa tarde que no había podido negarse. Jamás se hubiera imaginado que pudiera encontrarse precisamente con ella. Según tenía entendido, Hermione estaba trabajando en el Ministerio de Magia desde que había terminado en Hogwarts, pero jamás se le cruzó por la cabeza que pudieran volver a coincidir en alguna parte fuera de las paredes del castillo. Verla frente a él en ese momento desestabilizó por completo su interior. Vestía una blusa de algodón color azul marino y un pantalón de lino blanco, con unos zapatos de tacón bajo. Su cabello lo había atado en una coleta alta, pero se había esponjado debido a la humedad del verano. Llevaba un pequeño bolso de cuentas en una mano y una bolsa con el logo del boticario en la otra.

—¡Hola! —saludó ella primero, sonriendo.

—Granger…

Draco seguía manteniendo la puerta abierta para salir, pero ninguno de los dos daba el primer paso, ya fuera ella hacia la tienda o él hacia el exterior. De repente, se sintió ridículo por no saber cómo actuar, y recuperando su cordura, se hizo a un lado para darle paso; ella ingresó pero se quedó viéndolo como si quisiera hablar más. Draco cerró la puerta de nuevo, sintiéndose algo vulnerable por hablar con ella frente a todos los que pudieran verlos y luego murmurar. Bueno, tampoco es que fueran desconocidos, se pensó. Al fin y al cabo, habían sido compañeros en Hogwarts…

—¿Cómo has estado? No había vuelto a saber de ti —dijo ella algo cohibida, pero manteniendo su pequeña sonrisa, mientras guardaba la bolsa que desapareció en el pequeño bolso, dejando en evidencia un hechizo de expansión.

—Bien… Haciendo de todo un poco…

Era palpable la tensión entre ambos. Draco no sabía cómo comportarse con ella después de todo lo que había pasado. Sus ojos se fueron de inmediato al cuello donde Bellatrix la había herido, y el terror le jugó una mala pasada, porque por un instante juró ver la sangre correr por su delicada piel.

—Yo… —titubeó, sintiéndose casi desfallecer.

—¿Te veré en la noche? —inquirió ella con cierto anhelo. Habían empezado a hablar al mismo tiempo y eso hizo que ella sonriera aún más.

—Sí… —respondió antes de que pudiera comprender a qué se refería ella—. Sí, claro —aseguró inmediatamente y con determinación al percatarse de que Hermione hablaba de la gala benéfica. Aunque por su mente no había pasado nunca el ir, el hecho de que ella quisiera verlo le alegró el corazón. Tenía que ir.

—Nos vemos ahí, entonces —dijo enredando entre los dedos un mechón que había atrapado de su coleta mientras mantenía la sonrisa. Él asintió y luego de unos instantes, se apresuró a salir del establecimiento.

Se dirigió al último lugar que le faltaba y luego se apareció en su oficina, aún con los nervios a flor de piel.

En la noche la vería…

La idea lo tenía ansioso. Todavía no podía creer que se hubieran encontrado de esa manera, y menos que ella actuara como si él significara algo, como si realmente le importara si iba o no. Aquella sonrisa destinada solo para él… La situación lo estaba volviendo loco.

Intentó concentrarse, pero su mente iba demasiado rápido, oscilando entre la excitación y la inseguridad. ¿Por qué había accedido tan rápido? Nunca había pensado en asistir, y ahora, en lo único que podía pensar era en que el tiempo corriera para verla de nuevo. Aunque no estaba seguro de lo que quería que pasara en la gala, sabía que necesitaba estar allí. Por más que intentaba convencerse de que sólo sería una reunión social más, una conversación más sin importancia, sus manos seguían temblando ligeramente al recordar cómo ella lo había mirado, el brillo de sus ojos.

Un rato más tarde, se recostó en el respaldo de la silla, consciente de que, por más que lo intentara, no lograría concentrarse en los documentos que tenía enfrente. Se pasó las manos por el cabello, frustrado consigo mismo. No podía permitir que Hermione tuviera ese efecto en él. Esa noche todo debía ser normal, como si nada importara… aunque importara, más de lo que quería admitir.

Cansado de luchar contra sus propios pensamientos, decidió regresar a casa, no sin antes pasar por la oficina de Theo.

—Me voy —le dijo, componiendo una cara de fingido fastidio—. Madre volvió a insistir en que la acompañe a la gala de beneficencia.

Theo alzó una ceja con desconfianza. ¡Maldición! Por supuesto que no se tragaría el cuento.

—Entonces, ¿te escuché quejarte durante días sobre la necedad del ministerio y sus causas benéficas para una cosa y otra, diciendo que jamás participarías en algo tan banal porque era cosa de señoras sin nada qué hacer, y ahora resulta que siempre sí vas?

Draco tragó saliva, evitando su mirada.

—Ya sabes lo insistente que es… —dijo frunciendo el ceño mientras fingía prestarle atención a algo que ocurría afuera de la ventana.

—Narcissa, claro…

—Bueno, Theo, ¿qué quieres que haga? —le dijo al fin enfrentando su mirada—. Padre no quiere ir y ella…

—Creí que era un asunto solucionado al decidir que yo sería quien la acompañaría —interrumpió Theo con ojos inquisidores—. Pero no hay problema, así seremos más.

Draco asintió por inercia.

—Tengo que ir a ver qué me pongo…

—Por supuesto… La túnica negra, la otra negra o quizá aquella otra negra… Difícil decidir —dijo sonriendo con sarcasmo.

Por situaciones como esa era que a veces Draco lo odiaba. Deseó poder lanzarle una maldición y borrarle esa sonrisa de la cara.

—Nos vemos en casa de los Longbottom, entonces —refunfuñó y salió huyendo del lugar.

Una vez en casa, y frente a su «surtido» guardarropa, sonrió al percatarse de lo estúpido que había sido al hablar sobre lo que podría ponerse para la actividad. Theo tenía razón, todo era lo mismo, excepto por uno que otro ribete por aquí o por allá. Y de pronto, quería algo diferente. Negó ante la idea de lo ridículo que era ese pensamiento, pero…

Tomó una de las túnicas que nunca había usado, sacó la varita y haciendo un movimiento con la mano, murmuró Colovaria, transformando el negro de la prenda en un elegante verde jade oscuro. Los botones y bordados se mantuvieron en color plata y decidió combinar la túnica con una camisa blanca; también aplicó el encantamiento con una corbata. En seguida, se vistió. Su atuendo era impecable y sofisticado, un reflejo de su estatus como mago sangre pura. Hecho a la medida, se ajustaba perfectamente a su figura, con telas de la mejor calidad y con algunos discretos detalles que añadían un toque de sutil lujo.

Viendo el resultado, se dispuso a pensar en una posible excusa para justificar el cambio de color, pero por más que le dio vueltas al asunto, no encontró ninguna creíble. Quizá tendría que recurrir a la vieja confiable: entre tantos ex Gryffindor, él tendría que poner la nota Slytherin. Era una idea infantil quizá, pero no tuvo otra. De todos modos, ¿desde cuándo un Malfoy tenía que justificarse? Podría tener su lógica dado que Augusta Longbottom era la anfitriona esa noche, y estaba seguro que estaría plagado de todos los amigos de Neville. La recaudación de fondos era para San Mungo, donde estaban internados su hijo y nuera, y una causa así siempre atraía a todos, especialmente ahora que al título de la gala se le había añadido «tratamiento y rehabilitación de magos y brujas que quedaron heridos física o emocionalmente por la guerra».

Toda la sociedad mágica había sido invitada, incluso los Malfoy, a pesar de que aún existían ciertos recelos de parte de otras familias. Draco sabía que si Narcissa quisiera organizar una fiesta para recaudar fondos en Malfoy Manor, nadie iría porque ligaban la mansión con Voldemort, pero siempre eran bienvenidos los miles de galeones que ella aportaba. Y no por remordimiento de conciencia, como había dicho Rita Skeeter después de otra actividad benéfica meses atrás, sino porque ella siempre había tenido un corazón generoso para las causas de ese tipo, con mucho más razón después de lo ocurrido, donde ellos habían sido directa o indirectamente responsables.

Draco se quedó viendo la túnica en el espejo y de pronto sintió que algo no estaba bien. Se sentó en el sofá y, con cierta desesperación, empezó a pasar una mano por el cabello. ¿Qué le pasaba? ¿Por qué Hermione lo convertía en un títere? ¿Por qué una sola frase había sido capaz de romper las barreras que siempre tenía con ella?

Frustrado por no encontrar una respuesta, se levantó y empezó a caminar de un lado para otro en su dormitorio, evocando ciertos recuerdos que se agolpaban en su mente: la primera vez que la vio en el Expreso de Hogwarts, los momentos en que Snape la ignoraba en clase de pociones y él sonreía con satisfacción, la primera vez que la llamó sangre sucia, cuando fue petrificada, el baile de Navidad, cuando él le puso su túnica una fría noche de invierno, cuando ella lo ayudó en la Torre de Astronomía, un racimo de uvas verdes, un beso en la mejilla… y finalmente, el horror de verla siendo torturada por Bellatrix en la mansión…

Draco quiso volver a gritar como aquella vez, pero esta vez para alejar todos esos recuerdos, feos y… no tan feos… Con furia, se acercó a la cama y estuvo a punto de quitarse el traje e incendiarlo sino hubiera sido por la repentina aparición de su elfo doméstico personal.

—El ama Narcissa ha enviado a Cavell porque desea saber si el amo Draco ya está listo —dijo la pequeña criatura haciendo una ridícula reverencia.

Vestía una especie de túnica corta de terciopelo color negro que le llegaba hasta las rodillas, con detalles bordados en hilo plateado. Hacía pocos meses había tomado la decisión de distanciarse del trato cruel que su familia le daba a los elfos, no queriendo repetir sus actitudes y una de ellas era pidiéndole al elfo que vistiera de una manera más digna y no con el tradicional harapo. Sabía que no era humillando a Cavell o cualquier otro elfo de la casa que reflejaba su poder y estatus, y por añadidura, eso había aumentado la devoción que la criatura sentía por su amo Draco.

—No iré… —murmuró Draco con voz tensa, sin poder ocultar su frustración e impotencia.

—Oh no… —se quejó el elfo—. El ama Narcissa estará muy triste si el amo Draco no va con ella. Tan bonita que se ve el ama con su túnica azul oscuro y su cabello…

—¡Cavell, por amor a todo lo sagrado! —interrumpió con enojo, lo que hizo que el elfo se callara de inmediato, agarrándose las orejas con desesperación y poniendo cara de tristeza.

—El amo se ha enojado con Cavell y Cavell no hace más que servir con amor al amo Draco y a la noble casa de los Malfoy —sollozó.

—¡Dile que en unos minutos estoy con ella! —ordenó con tal de que el elfo se fuera y lo dejara solo. A veces el servilismo lo sacaba de sus cabales y su estado emocional en ese momento no ayudaba.

Suspiró, tratando de contener la ansiedad que amenazaba con apoderarse de todo su ser. No podía fallarle; le había dicho que iría a la cena, pero… ¿Cómo manejaría la situación con tanta gente a su alrededor? Sus encuentros casi siempre habían sido a solas, a escondidas…

Reanudó su andar inquieto, echando luego de unos pasos, un vistazo al reloj que le había regalado su abuelo Abraxas, colocado sobre la mesa de noche. Pudo constatar que le quedaban pocos minutos para decidir qué hacer. Se vio de nuevo al espejo y recordó la sonrisa de Hermione. Parecía que se había alegrado de verlo, ¿cierto? Y quizá sería un buen momento para hablar, para aclarar tantas cosas…

Sin darle más vueltas al asunto, se terminó de vestir con premura. Los accesorios eran mínimos, pero bien seleccionados, lo que le daría el toque final de distinción y clase a su impecable presencia: un par de gemelos de plata, el elegante reloj que le había regalado su madre, la corbata de seda que también había cambiado de color y un par de zapatos de cuero de dragón pulidos a tal grado que podrías verte en ellos. Se peinó y dio los toques finales a su aspecto para luego aparecerse en el salón donde ya lo esperaba impaciente su madre.

—Oh, Draco, ¡estás muy guapo! —le dijo cambiando su expresión, presionando con cariño sus mejillas—. Todas las brujas se enamorarán de ti sin remedio.

—Me ve con ojos de amor, madre —dijo sin cohibirse. Ella siempre lo llenaba de elogios, pero ya estaba muy grande para creérselos.

—No, no es así. Ya verás que es como te digo. ¿Es una túnica nueva? Jamás la había visto.

—Sí —titubeó—, aunque era de color negro…

—Te ves muy bien con cualquier color… Si la idea es deslumbrar a alguna bruja, creo que lograrás tu objetivo.

—No es así —insistió. ¿Acaso no podía ella dejar ese tema? Estaba poniéndose muy nervioso otra vez.

La señora tomó su brazo y ambos caminaron de manera pausada hacia la chimenea, como si hubieran recibido lecciones sobre cómo caminar. Sus pasos parecían haber sido estudiados para ser todos iguales, con la misma cadencia y elegancia. Con postura erguida, cada movimiento y gesto hecho con un propósito y deliberación meticulosa, creando una presencia majestuosa. Al ella desaparecer entre las llamas esmeraldas, valoró el regresar a su dormitorio, pero estaba seguro que Narcissa regresaría por él y lo llevaría a rastras. Hizo una mueca imaginando la escena y decidió seguirla. Cuando volvieron a reunirse en el salón de la mansión de los Longbottom, ella estaba frunciendo el ceño de nuevo.

—¿Ibas a dejarme plantada?

—Jamás, madre…

—Ajá… —respondió; obvio que no le creía.

Le ofreció el brazo, el cual ella tomó, y de nuevo empezaron a caminar juntos hacia el salón, guiados por los sirvientes. El corazón de Draco latía un poco más fuerte con cada paso que daba a través del pasillo lleno de retratos familiares que los saludaban con ceremonia.

—¿Todo bien? —preguntó su madre, sacándolo de su ensimismamiento.

—Sí —titubeó—, ¿por qué lo pregunta?

—Te siento rígido…

Draco bajó los hombros, que no sabía que estaba encogiendo, y de inmediato sintió un poco de dolor en esa zona de la espalda.

—No me presentaba en sociedad desde hace mucho tiempo, madre. Creo que aún no estoy preparado para enfrentar el mundo.

No estaba mintiendo; era un poco su temor, pues estaba casi seguro que sería el blanco de la prensa rosa después de la guerra. Había mantenido un perfil muy bajo durante un año y tres meses, y no estaba seguro de si sería bien recibido.

—No te preocupes. La mayoría en nuestro círculo se sintió así la primera vez que volvió a presentarse tras la guerra, en especial yo. Creo que fue más fácil para los jóvenes, pero ya ha pasado algún tiempo, Draco. Todo está tomando un rumbo similar al de hace algunos años. Esconderse no hará que sea mejor. Debemos levantar la cabeza, hijo; recuerda que al final ni siquiera la ley nos acusó…

Al ingresar al salón, hicieron el registro ante un pergamino gigante que levitaba en el aire y al cual solo apuntaban con sus respectivas varitas. Después se les indicó un número de mesa donde los esperaría una bebida de bienvenida y algunos aperitivos. Mientras caminaba, notó las velas flotantes y los sirvientes, vestidos con largas y ligeras túnicas color gris violáceo e impecables guantes blancos, atentos a los pedidos de cada invitado. Llevaban en el pecho pequeños broches con el emblema del evento.

Draco pasó rápidamente la mirada por todo el lugar, buscando qué, no sabía, hasta que en una mesa divisó a Theo, Daphne, Blaise, Pansy, Gregory y otros más que habían sido sus compañeros de casa en Hogwarts. Theo levantó una ceja en señal de interrogación luego de haber escaneado su túnica; él lo ignoró tratando de cerrar su mente y haciendo un gran esfuerzo por no seguir buscándola y delatarse con su madre o su mejor amigo. Hacía meses que no veía a muchos de los reunidos allí, así que decidió fingir que le interesaba ponerse al día con sus vidas mientras hacía un esfuerzo muy grande por no dejarse ganar por la ansiedad que se había instaurado en su pecho desde el momento en que había visto a Hermione en la tarde. Pansy secundó a su madre con el asunto del color de la túnica y luego Daphne la imitó, lo que empezó a sentirse incómodo porque no era a ellas a quien quería… ¿impresionar?

Pasando por alto esos cumplidos que sentía vacíos, bebió despacio el hidromiel, sonrió y asintió con la cabeza en el momento adecuado, e ignoró la mirada penetrante de Theo durante media hora. La abuela de Neville hizo su aparición junto a su nieto —quien vestía una elegante túnica— en una tarima que habían dispuesto y dio la bienvenida. Luego de un pequeño discurso sobre el por qué estaban esa noche ahí y la forma en que se llevaría a cabo la subasta silenciosa, todos, incluido él, aplaudieron con entusiasmo.

Draco divisó a Harry y Ron con algunos otros Weasley y personas del Ministerio de Magia, pero seguía sin ver la razón por la que estaba ahí esa noche. La idea de que ella no hubiera acudido empezó a rondar su cabeza y, sin darse cuenta, estaba a punto de arrancar un botón de su túnica.

—Deja ese pobre botón en paz —le dijo Daphne al oído, lo que lo hizo sobresaltar, reacción que no pasó desapercibida por los demás a su alrededor—. Lo siento, te asusté, pero es que te ves tenso. Relájate. Acá nadie te va a atacar.

Asintió por inercia, como si de verdad esa fuera la causa de su nerviosismo, y volvió a tomar otro poco de hidromiel, el cual se había llenado mágicamente en su copa otra vez. Iba a ser una larga noche.

Luego de la cena y durante la subasta, Draco sintió que necesitaba aire, así que se levantó y buscó la salida hacia uno de los jardines traseros de la mansión. Un conocido de su padre parecía ir en su dirección, pero él apresuró el paso luego de saludarlo con un gesto fugaz de la mano. No estaba de ánimo para hablar con nadie de negocios, política o lo que fuera.

En su camino hacia la salida del salón, finalmente la vio: Hermione vestía una larga túnica color azul lapislázuli, que brillaba con sutiles reflejos plateados en los arabescos adornos en color plata en la línea central a lo largo de la falda. La tela caía con elegancia ajustándose a su figura, dejando los hombros descubiertos y destacando un discreto escote en forma de corazón. Su elaborado peinado recogía su cabello en ondas suaves que se deslizaban delicadamente sobre los hombros, y un maquillaje ligero acentuaba sus rasgos con sutil luminosidad, haciéndola ver muy bonita, perfecta.

Verla provocó que quisiera acercarse, pero ella estaba hablando muy animada con un miembro del Wizengamot, quien hizo un gesto de desagrado al verlo. Hermione notó la tensión y, con disimulo, giró hacia él. Draco hizo un casi imperceptible movimiento con la cabeza y siguió su camino hacia el exterior. Si Hermione quería hablar con él, sabría dónde encontrarlo; aunque… ¿por qué querría ella hablar con él? Aún así, una pequeña esperanza quedó flotando en el aire mientras dirigía sus pasos hacia el exterior.