La cenicienta equivocada

8

Secreto, verdad o reto

POV: Anthony

Ver a Candy en el bar había sido el mejor inicio de semana, sobre todo porque ese día cancelamos nuestra reunión, pero haber tenido sus labios tan cerca de los míos fue simplemente excitante. No sé si fue un error de cálculo y en realidad quería besarme la mejilla o si lo había hecho a propósito. Fuera como fuera, casi nos habíamos besado y nada podría opacar el hecho ni arruinar la semana, no con ese inicio.

Pero había hablado demasiado pronto…

Si había algo que en verdad odiaba de mi trabajo, era la semana de inventario . Eran días agotadores en los que nos contabilizaban hasta la última caja de llaves Allen que se enviaba en cada paquete. También se inventariaba lo que quedaba en el almacén tras ser devuelto, lo que sí se enviaba, lo que se producía y un largo etcétera que, con solo pensarlo, me daba jaqueca.

Odiaba el inventario.

Elisa entró a la pequeña sala de juntas que teníamos en el departamento, seguida del jefe de almacén. John y yo los esperábamos e iniciamos, a media semana, una nueva reunión para conocer el avance del inventario. Si yo estaba harto, el jefe de almacén estaba más que fastidiado y ansioso por acabar de una buena vez. Por esta razón no nos entretuvimos en pláticas cordiales y, en común acuerdo, pasamos a revisar los números que nos concernían.

—Empezamos el sábado pasado y, si seguimos a este paso, acabaremos también este sábado —dijo el jefe de almacén—. Solo nos retrasa el área de devoluciones y la revisión de facturas, pero tus chicos tienen todo cubierto.

—Terminar el sábado… —Revisé el calendario de la computadora y asentí. No había otra opción—. Bien, nos vemos el sábado para concluir y el lunes para finalizar los reportes.

Concluimos la reunión en tiempo récord y el jefe de almacén salió con prisa para poder ir a comer y después volver al deber, pero antes me dijo

—Ya falta menos.

Lo dijo para darnos ánimos a todos y salió, seguido de John.

Elisa y yo todavía teníamos asuntos que tratar, pues los cargamentos aún tenían que salir esa semana.

—¿No vas a salir este viernes? —preguntó Elisa después de programar los primeros envíos.

—No, será la próxima semana.

—Mmm —murmuró pasándome unas órdenes para firmar—. Oye, ¿recuerdas a Silvia? —preguntó de la nada y levanté la vista.

—¿Silvia? No, ¿quién es?

Elisa rio y se echó el cabello pelirrojo hacia atrás; casi nunca lo llevaba suelto, pero toda la semana lo había lucido así.

—Le dolerá saber que no la recuerdas. Estudió con nosotros, incluso trabajamos juntos en algunos trabajos grupales. Castaña, no muy alta… te ganó un debate sobre la ley de navegación y comercio marítimo.

—¡Ah, sí! —dije de inmediato. Eso sí lo recordaba—. ¿Qué pasa con ella?

—Bueno, es mi amiga y el viernes es su cumpleaños. Sabe que trabajamos juntos y me pidió invitarte a su fiesta. ¿Quieres ir? —Explicó de inmediato y con bastante entusiasmo.

¿Una fiesta? No, gracias.

—No lo creo, tengo mucho trabajo —respondí de inmediato.

—Pero ya viste el cronograma, el inventario no acabará hasta el sábado y no hay nada pendiente —insistió recargándose en la mesa de juntas y señalando la pantalla donde estaba proyectado el cronograma.

—En serio, no puedo.

—¡Ah, ya sé el motivo! —dijo a modo de queja—. ¿Tus orfanatos? —añadió levantando una ceja a modo de burla.

—No son "mis orfanatos", Elisa. Es un proyecto al que me comprometí y no me puedo retrasar.

Elisa rodó los ojos.

—Está bien, está bien. Lo entiendo, pero… vamos, Anthony, es el viernes en la noche, ¿no me digas que tienes que hacer algo exactamente a las nueve?

—No, pero…

—¡Ven conmigo, Anthony! Silvia no es la única que estará ahí, varios compañeros de la facultad también irán y les agradará verte. ¿Recuerdas a Charlie? —Asentí—. Él irá, también Michael, Sean, Ana, ¿a ellos sí los recuerdas?

Elisa no iba a rendirse.

—Déjame pensarlo.


Me reuní ese mismo miércoles con Candy en su oficina o, mejor dicho, en su escritorio, porque no tenía un espacio propio, sino que trabajaba codo a codo con sus compañeros de Diseño.

No la había visto desde el lunes y se veía más hermosa que nunca. Tenía un moño alto flojo y, como la mayoría de las veces, un lápiz en medio de sus rizos. A veces me daban ganas de tocar esos esponjados rizos con mis dedos.

—Investigué un poco más nuestro próximo destino y no vas a creer lo que encontré —me dijo emocionada en cuanto me senté a su lado, después de robar la silla de su compañero de al lado. Estábamos solos, pues ya todos habían marcado su hora de salida.

—¿Qué encontraste?

—Resulta que uno de nuestros empleados en Recursos Humanos vivió ahí un tiempo, está en su expediente; así que ayer lo busqué para preguntarle cómo era el lugar y me dio un montón de información sobre las personas que lo dirigen y uno que otro consejo para tratar con ellos.

Candy me mostró su libreta de notas con tres páginas llenas de una apresurada caligrafía que contenía hasta el postre favorito de la directora.

—Nuestro informante se llama Josh y me pidió verlo mañana para que les hagamos llegar un regalo a las directoras. Son dos mujeres "amorosas y cálidas", son sus palabras —me explicó señalando la parte de sus notas donde lo decía—. ¿Qué opinas?

—Creo que tenemos mucha suerte y que sólo nos queda planear el viaje. Revisé la ruta y está bastante lejos como para conducir, pero hay un tren que nos dejaría a pocos kilómetros del lugar; después podemos rentar un automóvil y llegar sin complicaciones.

Candy silbó.

—¿Viaje en tren? ¡Me encanta la idea! ¿Cuánto dura el viaje?

—Unas cinco horas.

Sus inquietos ojos se abrieron de par en par y sonrió.

—Serán las cinco horas más largas de tu vida, pero prometo que no te aburrirás —prometió irguiéndose en su silla para darle mayor seriedad a sus palabras—. Ahora sólo queda confirmar la fecha y la hora. Según el correo que mandaron, el viernes tienen un evento de adopción y no podrán recibirnos; mira, nos sugieren el lunes o el martes. —Se acercó a mí para mostrarme su tableta y yo me sujeté del respaldo de su silla. Si movía la mano, sólo unos centímetros, podría abrazarla.

"¡Compórtate!"

—Martes —dije—. El lunes tengo una junta para concluir con el inventario —le expliqué y ella asintió.

—¿Cómo vas con eso?

Negué con la cabeza. Estaba harto, fastidiado y hasta frustrado con el tema.

—Así de mal, ¿eh? —Se burló ella. ¿Sabes qué necesitas?

—¿Un aumento? —Bromeé y ella rio. Sólo necesitaba su risa.

—Dejar el trabajo en este edificio e ir conmigo a cenar —dijo con resolución, cerrando de golpe su laptop—. Elige: pizza, comida china, italiana, mexicana; yo invito. —Levantó las cejas tres veces, invitándome a aceptar. Como si necesitara que me rogara para pasar más tiempo con ella.


Llegamos a un pequeño restaurante cerca del centro de la ciudad donde había varias mesas ocupadas y un área infantil al fondo.

Pedimos nuestras bebidas y no me di cuenta de lo hambriento que estaba hasta que empecé a leer el menú y quise probar todo. No iba a abusar de la invitación de Candy, pero pedí una entrada y un plato fuerte. Ella pidió una pasta con carne y esperamos.

Pasamos un rato bastante cómodo y agradable. Hablamos de un sinfín de cosas que nada tenían que ver con el trabajo, pues cada vez que yo sacaba el tema, ella levantaba un dedo y decía

—Ah, ah, nada de trabajo, señor. Piensa en otra cosa.

Compartimos la entrada y esperamos nuestros platos principales.

—Necesito un consejo tuyo, Candy —dije cuando ya había acabado la mitad del plato.

Ella abrió mucho los ojos y dio un trago de soda.

—¿Mío? ¿De qué se trata?

—El viernes iré al cumpleaños de una excompañera de la universidad y no sé qué podría regalarle. No la he visto en años y, en realidad, no la conozco.

Al final había aceptado la invitación ante la insistencia de Elisa y un repentino mensaje de Silvia, invitándome a su fiesta.

—Entonces por qué vas —preguntó Candy.

—Elisa insistió.

Candy dejó de comer de inmediato; hizo su plato a un lado y tomó su refresco para darle otro largo trago que terminó por vaciar el vaso. Bajó las manos a su regazo y se echó hacia atrás en su silla.

—¿Por qué no le preguntas a Elisa? —dijo seria—. Supongo que irás con ella.

Arrugó la nariz e intentó volver a beber de su vaso, pero este ya estaba vacío. ¿No estaría?.. No… para nada.

—Le pregunté, pero dijo que no me preocupara por el regalo, que lo que ella le diera sería de parte de los dos.

—Mmm —murmuró fijando su atención en los juegos infantiles que ni siquiera tenían muchos niños.

—Y eso es lo que quiero evitar. Iremos juntos, pero no "estamos juntos"; así que no quiero que haya malos entendidos con nuestros conocidos —dije.

Su rostro se suavizó y me miró de reojo, pero no dijo nada.

Que me hiciera feliz la idea de que Candy estuviera celosa me hacía un idiota, pero no lo podía evitar.

—¿Te gustaría venir con nosotros? —pregunté sin pensar en lo que Elisa opinaría.

Candy soltó una carcajada que borró todo su mal gesto.

—Esa sería una pésima idea —contestó manteniendo esa letal sonrisa.

—¿Por qué?

—Pues porque Elisa me… —detuvo sus palabras y le hizo una seña al camarero para que le trajera otra soda. Volvió a mirarme—. Porque Elisa te invitó a ti como su acompañante, pero eso no te da derecho a invitar a alguien más. No es correcto —me reprendió con severidad.

Yo sabía que eso era cierto, pero… ir con Candy a la fiesta habría sido mucho mejor.

—Tienes razón —asentí, arrepentido no por haberla invitado, sino por haber aceptado ir a la fiesta, pero ya había dado mi palabra a Elisa.

—De todas maneras, gracias; aunque ya tengo planes para el viernes. Ahora…

—¿Qué planes? —La interrumpí antes de que continuara y la boca de Candy quedó abierta a media oración.

—Si te cuento, ¿prometes no burlarte? —preguntó entrecerrando los ojos a modo de advertencia.

—Lo prometo. —Levanté mi mano cual testigo en la Corte y ella sacó su teléfono; desbloqueó la pantalla, tecleó y me mostró el cartel de un… ¿autocinema?

—Solo proyectarán este fin de semana y Albert consiguió entradas, así que iré con él. ¿Sabías que es un cinéfilo?

—No tenía idea. ¿Cuál es la película?

Las mejillas de Candy se tiñeron de rojo puro.

—"Rebelde sin causa" con James Dean. —Suspiró al decir el nombre del icónico actor.

—Te gusta James Dean —afirmé ante lo obvio.

—Lo amo —contestó con el entusiasmo de una joven de los años cincuenta, cuando Dean era el boom, y su rostro jamás se había visto tan inocente y tierno como en ese momento.

—Lo amas, ¿eh?

—Sabes a lo que me refiero y prometiste no burlarte. —Advirtió con su índice levantado.

—Jamás me burlaría.

Me avergonzaba admitir que yo solo había visto una de las tres películas de Dean y no recordaba mucho, así que preferí no debatirlo con una experta y le pregunté cómo se había convertido en una fan.

—Yo tenía 16 o 17 años cuando vi por primera vez su fotografía. Ya sabes, aquella en la que pasea por Times Square, con un cigarrillo en la boca, un abrigo largo y las manos en los bolsillos.

Sí, había visto la fotografía, pero Candy la buscó en internet y me la enseñó.

—Después de eso… Me obsesioné y en un solo fin de semana vi sus películas, más fotos y un montón de cosas en internet. Era adolescente y me volví un poquito loca —dijo haciendo una seña con los dedos—. Llegué a tener un póster de él en mi habitación. Y estuve a nada de comprar una chaqueta Harrington roja como la que usa en "Rebelde sin causa" —dijo bajando cada vez más el volumen de su voz.

Era un encanto cuando se apenaba.

—Yo tuve una fase en la que me obsesioné con la música country —confesé para que no se sintiera más avergonzada por contarme sobre su obsesión. Sus ojos se abrieron cuán grandes eran y me miraron con incredulidad—. Mi abuela vive en Montana y cuando tenía 15 años pasé todo un verano ahí, en su rancho. Lo único que se oía era música country y cuando volví a casa, no podía dejar de escucharla. Mi MP3 estaba lleno de esa música. Aun la escucho, de vez en cuando.

—Me gustaría escuchar algo de eso —dijo Candy con una sonrisa de lado y sus mejillas, todavía rojas.

—Me gustaría ver "Rebelde sin causa", contigo —añadí inclinándome un poco hacia adelante para perderme en esa verde mirada, lo que a ella no pareció incomodarle, porque hizo lo mismo y nos mantuvimos en silencio por unos cuantos y deliciosos segundos en los que pude apreciar no solo sus pupilas, sino sus carnosos y pequeños labios; así como sus pecas.

Quería besarla en ese preciso momento y solo tenía que eliminar la poca distancia que había entre nosotros con solo inclinarme un poco más hacia el frente.

—Disculpe la demora. Aquí está su soda —dijo el camarero que había vuelto en el peor momento posible.

Candy cerró los ojos y recuperó su erguida postura; yo hice lo mismo y nos apuramos a terminar lo que todavía había en nuestros platos.

Salimos del restaurante unos veinte minutos después de eso y la llevé a su casa. A estas alturas, sabía mejor el camino a su casa que a la mía. Estacioné en la entrada.

—Gracias otra vez por la cena. Lo disfruté mucho —dije al despedirnos.

—Me alegra, necesitabas un respiro del trabajo.

—Fue algo más que un respiro —dije quitando los seguros del coche. Candy abrió la puerta y la luz del auto se encendió—. Espera —pedí tomándola del brazo y ella giró su cuerpo, volviendo a su lugar.

—¿Qué pasa? —Ladeó la cabeza y un rizo acarició su cuello.

Perdí los sentidos. Tenía tantas ganas de besarla, de tenerla entre mis brazos y probar esa hermosa piel que se sonrojaba o erizaba cada vez que se emocionaba. Recordé su beso del lunes y la deseé como un loco, pero apretando el volante con mi mano, hice acopio de todas mis fuerzas para dejarla ir.

—Nada, dijiste que nada de trabajo hoy —mentí y eché el cuerpo hacia atrás.

—¡Oh! Era sobre eso —dijo por lo bajo y salió del auto—. Descansa, Anthony. Ya es tarde.


—Anthony, ya vámonos, ¡es tardísimo! —gritó Elisa el viernes por la noche después de entrar a mi oficina.

—Ya voy —dije cerrando la laptop. Me levanté, tomé mi chaqueta y saqué del cajón lateral de mi escritorio una botella de vino. Al no saber qué regalarle a Silvia, opté por la opción más trillada, pero segura para una fiesta: el alcohol.

Sin embargo, para una fiesta de Candy, esta no era la mejor opción, considerando que no bebía. Entonces, ¿qué podría regalarle?

Sonreí.

Esa hermosa rubia se colaba en todos mis pensamientos.

—¡Anthony! —Volvió a gritar Elisa.

Llegamos a un edificio nuevo de departamentos, cuya inauguración incluso había salido en las noticias. No sabía en qué trabajaba Silvia, pero supuse que era algo bueno si le servía para pagar el lugar.

—Aparte de su cumpleaños, Silvia celebra su nueva casa —me informó Elisa mientras tomábamos el ascensor—. Sus padres la ayudaron con una buena parte, pero es de ella.

Las puertas del elevador se abrieron en el vigésimo piso donde el corredor ya estaba repleto de personas y todas entraban y salían del mismo apartamento.

—Es aquí —dijo Elisa guiando el camino entre las personas y saludando a la distancia a algunas.

La música estaba alta, pero permitía oír lo que los demás decían. Había bebidas por todos lados y bandejas de bocadillos a cada tantos metros. Algunas parejas se acomodaban en los rincones para tener algo de intimidad y, en el centro, unos cuantos bailaban una buena mezcla del DJ que, en el mejor rincón de la casa, se movía al ritmo de su propia creación.

Al ver a Silvia la recordé de inmediato. Al igual que con Elisa, no habíamos sido cercanos en la universidad, así que no sabía por qué me había invitado, pero había tanta gente que parecía que no le importaba quién asistiera a su doble celebración.

Elisa y ella se saludaron con mucho entusiasmo. Se abrazaron, brincaron tomadas de las manos en sus lugares y volvieron a abrazarse. Algo se dijeron al oído y rieron.

—Mira a quién logré traer —dijo Elisa señalándome y me acerqué un par de pasos para saludar a Silvia.

—¡Anthony Brower! —exclamó saludándome con un beso en la mejilla.

—Feliz cumpleaños y gracias por la invitación —dije al darle la botella de vino.

—Cuando Elisa me dijo que trabajaban juntos, no dudé en que algún día los vería juntos —dijo tomando la botella y ofreciéndonos unos tragos—. Vengan, hay muchos que querrán saludarlos.

Silvia nos guió entre la gente hasta que llegamos a un grupo de personas que sí conocía. Charlie y Michael eran buenos amigos del pasado, aunque no nos habíamos visto en años. Agradecí su presencia y me quedé con ellos casi todo el tiempo. Elisa iba y venía cada tanto, pues parecía conocer a todas las personas que había en la fiesta.

—¿Qué hay de ti, Anthony? —preguntó Charlie cuando terminó de contarnos que se casaría el próximo año.

—Siempre fuiste popular entre las chicas, ¿aún no sientas cabeza? —añadió Michael.

—Ya habrá tiempo para eso —respondí.

—Pero tienes a alguien —afirmó Charlie.

—La única relación que tiene Anthony es con su trabajo —intervino Elisa llegando de pronto a la conversación con una copa en la mano. Casi chocó contra mí y la sostuve del antebrazo. Ella se aferró a mi mano y rio por su tropiezo.

—¿Ya te quieres ir? —Le pregunté cerca del oído. Parecía haber bebido de más.

—Pues no estará soltero por mucho tiempo —dijo Michael en tono burlón al ver que sostenía a Elisa del brazo y la cintura para que no perdiera el equilibrio. Rodé los ojos.

—Quedémonos más tiempo —contestó Elisa ignorando, esperaba, el comentario de Michael—. ¿Me acompañas? —Señaló la salida y acepté.

Ni siquiera miré a Charlie y Michael.

Elisa se sostuvo de mi mano y con la que tenía libre intentaba abanicarse.

—¿Cuánto bebiste, Elisa? —pregunté solo por decir algo. En realidad no importaba, estaba mareada y tenía que sacarla de ahí.

—No me regañes, Anthony —se quejó y frenó nuestro paso—. A la izquierda, será mejor que me recueste un rato.

Entramos a una habitación que no parecía ser la principal y en la que había un sofá lleno de bolsas y chaquetas de los invitados.

Elisa se sentó en la cama y mantuvo la cabeza gacha.

—Te traeré agua —dije dando media vuelta.

—Espera, Anthony.

Volví a verla.

—Estoy bien, solo… Quédate por favor, ya se me pasará.

Estúpida fiesta y estúpido de mí. No debí quedarme.


El tren que Candy y yo debíamos abordar salía a las nueve de la mañana. Llegamos a buena hora y ocupamos nuestros asientos. El vagón no llevaba muchos pasajeros y agradecí el silencio.

Candy se sentó a mi lado, del lado de la ventana y se dedicó a su teléfono hasta que el tren inició el camino. Después, se apoyó en la ventana y observó hacia afuera.

—Discúlpame, Candy —dije viendo su perfil—. No quiero arruinar el viaje, solo me duele la cabeza.

Ella volteó a verme y se encogió de hombros con lentitud.

—No te preocupes, entiendo. Duerme un poco, tal vez eso te ayude.

El dolor de cabeza era una mentira. Estaba de mal humor desde la noche del viernes y, aunque intenté sacar mi ira en el gimnasio al día siguiente, el lunes había sido todavía peor.

Elisa estaba resentida por lo que había pasado en la fiesta de Silvia y me culpaba a mí por el escándalo.

Me removí en mi lugar, molesto todavía y crucé los brazos. Cerré los ojos para fingir dormir, pero la imagen de Elisa sentada en mis piernas, besándome volvió a aparecer.

—Dos, por favor —escuché que decía Candy en voz baja.

Abrí los ojos y vi a un camarero del tren sirviendo café. Me enderecé en mi lugar cuando Candy pasó su brazo para darle unos billetes y él ponía las tazas en la mesa de metal, sujeta al piso.

—No quise despertarte, pero la cafeína ayuda a la jaqueca o… ¿la empeora? —preguntó casi con pánico.

Me reí.

—A mí me ayuda. Gracias —dije tomando la taza para darle un trago al café.

Bebimos en un silencio tranquilo, no como la tensa calma que había vivido ayer en la oficina. Elisa estaba furiosa y avergonzada por lo ocurrido con sus amigos.

Silvia había abierto la puerta de la habitación donde estábamos y más de cinco personas habían visto a Elisa montada en mis piernas. El malentendido que quería evitar se esparció rápido y tuve que aclarar las cosas de una forma bastante burda y, tal vez, hasta grosera.

Quedó claro que Elisa había bebido de más y se había confundido conmigo. Después de eso, la llevé de vuelta a su casa y el lunes me había mirado con odio todo el tiempo.

Por las bocinas del vagón empezó a sonar una canción de Imagine Dragons y Candy empezó a tararear la melodía.

—¡Ay, perdón! Quieres dormir —dijo tapándose la boca al darse cuenta de que la miraba de lado.

Me reí otra vez.

—¿Cuál es la canción?

—"Follow you"

I will follow you way down wherever you may go

I'll follow you way down to your deepest low

I'll always be around wherever life takes you

You know I'll follow you

Los dos minutos con 56 segundos que duró la canción me sacudieron las ideas. Debía dejar de lamentarme por lo que había pasado y disfrutar del viaje y del día que pasaría al lado de Candy. Sí, íbamos en "modo misión", pero eso no excluía la diversión y, de acuerdo con lo que dijo, ella se encargaría de eso.

—¿A qué hora comienza el viaje menos aburrido de mi vida? —le pregunté dejando la taza sobre la mesa y moviéndome de lado para verla mejor.

Ella ahogó una risita y también se movió de lado. Nuestras rodillas quedaron muy juntas.

—¿Y tu jaqueca?

—¿Qué jaqueca?

Candy rio y se estiró a tomar su bolsa.

Unas horas después del desayuno que tomamos en el tren, nuestra mesa estaba repleta de chocolates, caramelos y tarjetas de colores.

—Apuesto 5 chocolates, 2 caramelos y un secreto —dijo Candy poniendo la cantidad exacta de dulces y una tarjeta roja.

—¿Así de buena es tu mano? —Ella sonrió—. Bien, entonces apuesto mi resto de caramelos y dos retos. —Puse 10 caramelos y dos tarjetas amarillas sobre la mesa.

Los dulces, las cartas y las tarjetas habían salido de su bolsa. Mi fortuna inicial fue la bolsa de chocolates y 5 tarjetas de cada color: las rojas eran los secretos; las amarillas, los retos y las blancas, las verdades. Todas las tarjetas estaban hechas a mano con la artística caligrafía de Candy y su fortuna era la misma, sólo que ella tenía la bolsa de caramelos.

Candy silbó ante mi apuesta.

Mi trío venció a sus dos pares y cobré mi ganancia sin pena alguna. Candy era una maestra del póker y las dos primeras veces me había dejado ganar, pero solo para medir mis capacidades y después quitarme casi toda mi fortuna de dulces. A la tercera partida ya no me dejé engañar y el verdadero juego comenzó.

—¿Quieres cobrar alguna de tus tarjetas de una vez? —preguntó ella cuando jalé los dulces ganados hacia mí.

Vi mis tarjetas, ahora tenía mis dos retos y un secreto, más una verdad (tarjeta blanca) y otro par de secretos que no había apostado.

—No, juguemos una más. Quiero ver cuánto más puedo ganarte.

Candy soltó una orgullosa risa y tomó las cartas entre sus manos para revolverlas.

—Parte —dijo poniendo la baraja sobre la mesa y lanzándome una mirada retadora.

Perdí esa mano junto con siete chocolates, tres caramelos y una verdad.

Faltaban cincuenta minutos para que llegáramos a la estación y después de varias partidas, Candy y yo estábamos cobrando nuestras tarjetas y comiendo dulces como niños que no conocen la palabra insomnio o hiperactividad.

—Elige: verdad o reto —dijo Candy manteniendo en alto una tarjeta blanca y otra amarilla.

Me tragué el chocolate que tenía en la boca y dudé…

Su reto anterior me había hecho ir a pedirle a la anciana del final del vagón que me prestara el cargador de su teléfono y ella lo hizo con la condición de que enchufara mi teléfono al lado de ella. Eso no fue lo malo, sino que tuve que quedarme junto a ella diez minutos y ver las cien fotos de su gato egipcio. Esa cosa parecía una rata rapada.

Una verdad no sería tan aterradora…

—Verdad.

Pareció dudar, pero lanzó la pregunta.

—¿Qué era lo que tenía de tan mal humor?

Últimamente tomaba malas decisiones. Debí escoger el reto.

Le quité la envoltura a un caramelo y se lo di a Candy. Ella se lo metió a la boca y puso dos chocolates en mi mano.

¡Dios! ¿Cómo podía ser tan inocente?

Me sentía cómodo con ella y, aunque podía mentir, preferí no hacerlo.

—La fiesta del viernes fue un desastre.

Candy frunció el ceño y me prestó completa atención.

—Se hizo un alboroto porque Elisa se pasó de tragos —resumí y omití los detalles del momento por respeto a Candy y a la misma Elisa.

—E intentó seducirte. —No era una pregunta, lo que me sorprendió. ¿Acaso era algo tan predecible y yo fui el único idiota que no se dio cuenta? Asentí vagamente con la cabeza—. ¿Lo logró? —preguntó Candy con un hilo de voz y un tono casi preocupado.

—Por supuesto que no. —Respiró con profundidad—. Pero trabajamos juntos y ayer el ambiente era…

—¿Tenso?

—¡Un asco!

Candy negó ligeramente con la cabeza.

—¿Qué piensas hacer?

—Hablar con ella, supongo…

Eso era lo mejor, sólo debía esperar a que su mal humor y su vergüenza disminuyeran, pero no demasiado para que todo se volviera un rencor eterno.

—¿Alguna vez ustedes dos…? Ya sabes…

Negué con la cabeza.

—Solo somos compañeros de trabajo. Estudiamos juntos, pero nunca hemos cruzado la línea de colegas.

—Pero sabes que se siente atraída por ti —volvió a afirmar.

Resoplé. Lo sabía, pero todo este tiempo lo había ignorado porque yo no estaba interesado en Elisa. La única mujer por la que sentía algo la tenía frente a mí y justamente con ella estaba hablando de cómo otra mujer se me había lanzado a los brazos.

Mi silencio reafirmó su idea.

—Si las cosas se salen de control, ve a Recursos Humanos para que la pasen a otra área y no haya problemas —aconsejó con seriedad—. Tal vez a envíos internacionales.

Esperaba no llegar a tanto. Después de todo, ambos éramos adultos y podíamos arreglar las cosas hablando.

—No creo que sea necesario. Hablaré con ella y volveremos a la normalidad. —Candy me miró con incredulidad—. Te lo prometo.

—No quiero causarte problemas —dijo bajando la mirada. Se frotó la oreja, como siempre que estaba nerviosa.

—¿Por qué me causarías problemas? —pregunté sin entender por qué se sentía responsable por algo que no tenía relación con ella.

Levantó la cabeza de golpe y negó.

—No, quise decir que, no quiero que tengas problemas.

—No los habrá, no te preocupes por mí, por favor —dije tomando su mano para poner otro chocolate en su palma.

Candy apretó el dulce y lo guardó en el bolsillo de su pantalón.

—Esto ya se puso demasiado serio —dijo con su habitual sonrisa—. Te habría ido mejor con el reto.

Yo también lo creía.

—¿Cuál era? —pregunté con curiosidad, pues sus retos eran bastante inocentes, pero divertidos.

—Quiero oírte cantar —dijo convencida.

Solté una risa.

—Ya veremos.


Queridas lectoras, ¿cómo están? Espero que bien y que estos capítulos les den un ratito de entretenimiento.

María Jose M. Hola, muchas gracias por tu comentario y mil gracias por tus cumplidos. Qué bueno que te está gustando la historia, espero que siga así y que este capítulo, también. Tú quieres más de esa pareja, ellos también y yo también! Te mando un abrazo.

Lemh2001 Hola, estoy muy agradecida con tus palabras. Me alegra saber que te está gustando la historia, espero que sigamos así. Tienes razón en que a Candy se le subió el poquito alcohol que había consumido, pero algo bueno salió de eso jaja. Gracias por tus buenos deseos, ojalá que todo vaya bien para ti también. Saludos.

GeoMtzR Hola! Gracias por tus mensajes. Hay que pedirle una foto a Candy de cómo quedó su recámara después de esa cita-no cita jaja y también habrá que recomendarle a Anthony la película de Hitch, de galán nadie le gana, pero tal vez aprenda algo. Deseo que disfrutes estos capítulos. Te mando un abrazo.

Julie-Andley-00 Hola, gracias por comentar. Espero que disfrutes este capítulo.

Luz Mayely Leon Hola, gracias por tus comentarios. Ojalá que estos capítulos te gusten y también te dejen con ganas de más. Saludos.

Cla1969 Hola, como ves Elisa intentó algo con Anthony, pero no tuvo suerte esta vez. Gracias por tus palabras, las aprecio mucho.

Marina777 Hola, muchas gracias por tu comentario, imagino que sigues ansiosa porque Anthony sepa la verdad y nada de nada jaja, te entiendo, pero espero que la historia te siga gustando. Saludos.

Gracias por leer