Disclaimer: Nada de esto me pertenece, la saga crepúsculo es propiedad de Stephenie Meyer y la trama es del libro "Cruel winter with you" de Ali Hazelwood, yo solo busco entretener y que más personas conozcan esta historia.
Capítulo Cuatro
—El apagón es en todo el vecindario. Están trabajando para arreglar las líneas eléctricas.
Edward me lo dice después de comprobar la aplicación en línea, pero yo ya me lo había imaginado por el mensaje de papá.
Papá: ¡No hay energía! ¿Estás bien?
Yo: Sí, segura en casa de Edward.
Papá: Tal vez sea mejor si te quedes allí por un tiempo.
Suspiro y me obligo a no teclear:
¿De verdad lo crees, papá?
Siempre ha sido un padre cariñoso. Sé que intentó hacerlo lo mejor que pudo, y a cambio intento no culparlo por ser un poco escamoso y egocéntrico, y por todas las veces que se olvidó de recogerme en la escuela o en el campamento de verano antes de que me sacara el carné.
—No es para tanto —le digo a Edward, intentando parecer indiferente. Por desgracia, la semiobscuridad ya me está dando ganas de esconderme debajo de la cama más cercana y acunarme hasta dormirme. ¿Es vergonzoso que una mujer de veintisiete años tenga miedo a la oscuridad?
Probablemente. Tal vez. Si me esfuerzo lo suficiente, podría ser capaz de salir de esta situación.
—Al menos tenemos el fuego —añado—. Para calentarnos. Y algo de luz.
—Tengo que introducir a mis padres en el concepto de generadores.
—Me sorprende que no les hayas comprado uno.
—Lo hice —gruñe—. Pero nunca llegaron a instalarlo.
Mierda.
—¿Sabes qué? —Enciendo la linterna de mi teléfono. Puedo sentir un episodio de pánico acercándose, y probablemente es mejor si estoy sola para eso—. Voy a ver cómo está Sondheim y vuelvo enseguida, solo para asegurarme de que está bien.
—Sondheim puede ver en la oscuridad «y» odia a todo el mundo. Se está divirtiendo como nunca.
—Aun así, solo para asegurarme...
Intento pasar rozando a Edward, pero me detiene con una mano en la muñeca.
—Bella.
—Yo... ¿Qué?
—Sabes que no soy un tipo que conociste en Tinder, ¿verdad?
Parpadeo.
—No tengo tiempo para una cuenta de Tinder, y no estoy segura de lo que quieres decir con...
—«Sé» que estás a punto de tener un ataque de pánico —dice simplemente. Ojalá pudiera leer mejor su expresión, pero está de espaldas al fuego y es poco más que una silueta oscura y aureolada.
Además, desearía que no tuviera razón.
—Yo no...
—Te estás mordiendo el labio y llevas tres minutos apretando el cojín de «Vive, Ríe, Ama» de mi madre.
Me miro la mano y, efectivamente, estoy agarrando el cojín. Lo tiro de nuevo al sofá como si estuviera cubierto de arañas y pregunto:
—¿Puedo ir a tu habitación y...?
—¿Tener el ataque de pánico por tu cuenta, luego salir en quince minutos y fingir que no ha pasado nada? Déjame pensarlo. —Finge entrecerrar los ojos en la distancia y luego me mira—. No, Bella. —Me atrae hacia sí y ni siquiera intento ocultar el alivio que siento al tener mi mejilla apoyada en su pecho y sus brazos alrededor de mí. Es lo más cálido que he sentido nunca, huele a pino y a jabón y, poco a poco, mi corazón deja de acelerarse.
—¿Edward?
—Hum.
—No puedes solo abrazarme hasta que vuelva la electricidad.
—¿Por qué? ¿Hay alguna ley antiabrazos en Illinois que yo no conozca?
—No, pero... probablemente tengas mejores cosas que hacer.
—Bella —lo dice como si fuera un no rotundo. Como si «realmente» no quisiera. Pero me alejo de todos modos, y aunque suspira profundamente, me deja—. Ven a sentarte junto al fuego. Podemos... no sé. Jugar a algo para pasar el rato.
—¿Un juego? ¿Cómo qué?
—Estoy seguro de que encontraremos «algo» para distraerte.
Se me calientan las mejillas. Hay algo un poco sugerente en la forma en que ha dicho «algo». Una insinuación abierta, solo un toque sucio.
—Tenemos UNO en algún lugar del desván —añade, pensativo.
Me ruborizo aún más, dándome cuenta de que es mi mente la que está sucia y nada más. «Ya te ha superado, Bella. La cagaste. Ya no te ve de esa manera».
—No estoy segura de que sea el momento ideal para revisar cajas viejas.
—Sí. —Mira a su alrededor como si la edición Genus de Trivial Pursuit se hubiera materializado en la mesita en los últimos minutos. Luego dice—: ¿Qué pasa con verdad o bebida?
—Dios mío. —La risa me sale a borbotones—. No he pensado en ese juego en años. Desde el instituto.
—Está bien. Seguro que podemos seguir las reglas.
«Las reglas» —y utilizo el término generosamente— son bastante sencillas. Los jugadores hacen preguntas por turnos. El otro puede elegir entre responder con la verdad o tomar un trago. Bastante sencillo, pero era «la sensación» cuando éramos adolescentes, sobre todo en las fiestas en las que Edward prosperaba y a mí nunca me invitaban.
—Sabes, creo que nunca lo he jugado.
—Eras demasiado pura para eso en el instituto.
—No era «pura» —digo por reflejo—. Solo era...
—Tímida, reservada y centrada. Un poco complaciente con la gente. Temerosa de que tu padre se enfadara contigo y te dejara si metías la pata. —Me mira como si me observara. Como si me hubiera estado viendo todo el tiempo.
Es demasiado intenso.
—Podemos jugar —me apresuro a decir—. Si puedes encontrar algo de beber.
Lo hace: una botella de tequila, sin abrir, en el fondo de un armario de la cocina. La saca en una bandeja y la coloca sobre la mullida alfombra frente a la chimenea, con un vaso tequilero en cada extremo. Nos sentamos frente a frente, con la bandeja en medio, mientras él sirve el espeso líquido.
Ya no estoy tan ansiosa. Aquí hace calor. Acogedor. Me siento segura y arropada mientras fuera arrecia la tormenta. También me resulta extrañamente prohibido hacer algo así en la habitación en la que Edward probablemente aprendió a andar, a pesar de que ambos somos adultos desde hace bastantes años.
—¿Por qué siento como si tus padres pudieran entrar en cualquier momento y castigarnos?
—¿Porque cada vez que volvemos a casa de visita, retrocedemos a cuando teníamos dieciocho años?
—Es tan cierto. La semana pasada tuve la extraña compulsión de hojear mis anuarios. ¿Qué nos pasa?
—Es una condición bastante común. Ayer Irina me mandó un mensaje para preguntarme si quería quedar con ella e irrumpir en el instituto por la noche.
—Oh. ¿Y qué... qué le dijiste?
Su ceja se levanta.
—¿Qué crees, Bella? —Las sombras juegan con sus pómulos de una forma que no comprendo. Atractivamente guapo, eso es lo que es—. Puedes hacer la primera pregunta.
—Oh. Hum... Veamos. —Miro hacia arriba, estudiando las proyecciones de las llamas en el techo. Hay un millón de cosas que quiero saber sobre Edward, pero solo dos y media de ellas no me harán daño. La ignorancia, a veces, es una bendición—. ¿Por qué no fuiste al crucero con tus padres y Alice?
—Junta de accionistas. Hace tres días.
—Ah. —Asiento con la cabeza—. Hum... tu turno, ¿supongo?
No duda. Es como si su pregunta siempre hubiera estado ahí, en la punta de la lengua, lista para salir.
—¿Cuándo fue la última vez que tuviste sexo con alguien?
Se me aprieta el estómago. Por un momento no puedo respirar.
—Debería haber sabido —digo, fulminante—, que empezarías con una pregunta muy invasiva.
Sonríe.
—Mientras tanto, «sabía» que derrocharías las tuyas en nombre del mantenimiento de la paz. Entonces, ¿la última vez? ¿Cuándo?
Tomo el trago «exclusivamente» por despecho. El caso es que Edward sabe que Felix y yo rompimos el año pasado, cuando me propuso matrimonio y no me atreví a decirle que sí, porque... porque es un estupendo hombre, que se merece estar con alguien que esté loca por él.
Idealmente, alguien que no esté enamorada de otra persona, tampoco.
No tengo intención de admitir que no ha habido nadie más.
—Yo también debería preguntarte cuándo fue la última vez que tuviste sexo —murmuro, con el ardor del tequila aun arrastrándome fuego por la garganta. Observo las fuertes manos de Edward mientras sirve más, sintiéndome ya un poco mareada.
—¿Esa es tu pregunta?
—No —grito. No tengo ningún interés en saber cómo se divirtió después de la última vez que nos vimos. Hay algo más que prefiero saber—. Papá te invitó varias veces a pasar las Navidades con nosotros. Y tú seguías diciendo que no.
Se queda mirando tranquilamente.
—Eso no es una pregunta.
—¿Por qué?
Mira el vaso tequilero todavía lleno. Estoy convencida de que se lo va a beber, pero sus ojos se vuelven a cruzar con los míos.
—Porque no estaba seguro de querer pasar tiempo con ustedes durante las vacaciones.
Es como si me clavaran un cuchillo en el abdomen. Tengo que apretar los puños contra el dolor casi físico.
—Y por «ustedes»... quieres decir por «mí»... o por toda mi familia...
—No hay preguntas de seguimiento. Es mi turno. —Su sonrisa tiene un borde torcido y cruel—. ¿Eres feliz, Bella?
—Yo... ¿Ahora mismo?
—En general.
—¿Qué clase de pregunta es esa?
—La que quería preguntar. —Señala mi vaso. Lleno—. Tu bebida está ahí, por si hay algo que no quieras admitir.
Así que hago precisamente eso. Me bebo el alcohol de un trago y lo vuelvo a dejar en la bandeja con demasiada fuerza.
—¿«Eres» feliz, Edward? —pregunto, contraatacando inmediatamente, retándole a que me mienta o a que beba.
No vacila.
—No, no lo soy —dice simplemente—. Mi turno. —Me vuelve a llenar el vaso. Y pregunta—: ¿Qué te haría feliz?
—Yo... Esto es demasiado genérico. Paz mundial. Cachorros. Una varita mágica que destruye los gases de efecto invernadero...
—Tienes razón —reconoce—. Fue una pregunta mal formulada. Déjame preguntarte de nuevo: ¿Hay algo que pueda hacer, ahora mismo, que te haga feliz?
El lado positivo es que mi pánico ha desaparecido. Sin embargo, ahora me invade la ira, hacia nada menos que Edward. Creo que lo odio. De hecho, estoy segura de ello, mientras levanto el vaso con dedos temblorosos, ignorando el líquido que se me pega a los dedos. Suelo tolerar bastante bien el alcohol, pero la última vez que comí fue hace varias horas y... Aún no estoy borracha, pero una brumosa ola de calor y etanol me golpea de golpe. Ablanda mis defensas y disuelve todos mis filtros. «A la mierda», pienso. Justo cuando me toca otra vez.
—¿Estás enfadado conmigo? —pregunto. O quizá lo haga el tequila—. ¿Por lo que te hice la última vez que nos vimos?
Su expresión se endurece.
—Sí, Bella. Estoy jodidamente «furioso» contigo.
