31
UN PLAN ENTRE DOS
—Buenos días —dijo Anthony, entrando al comedor acompañado de su enfermera, Maisie. Después de instalarlo, la chica se excusó y fue a desayunar con los demás empleados de la casa—. ¿Dónde está Albert?
—Salió hace rato, parece que tenía un compromiso —respondió Stear, bebiendo de su humeante taza de café.
—Cierto, olvidé que debía verse con Leonette.
—¿Tú sabes algo de eso, primo?
—Solo digamos que ella dejará de ser un problema para nosotros —sonrió Anthony enigmáticamente ante la pregunta de Archie—, pero eso nos lleva a otros puntos importantes. ¿Qué diablos vamos a hacer con Candy?
—¿De qué hablas? Le prometiste a la tía Elroy que no forzarías un acercamiento entre los dos.
—No podemos esperar sentados a esperar a que se encuentren mágicamente, Stear. Debemos ir un paso adelante de la tía Elroy, quién sabe qué clase de artimaña trae entre manos.
—Estoy de acuerdo contigo, pero debe ser sutil, sin que nadie sospeche de nosotros.
—Por supuesto. Lo primero es aclarar este malentendido con Candy, ella piensa que mi tío solo estaba jugando y eso es algo que no puedo permitir.
—Yo me encargo de eso —anunció Archie, limpiándose las comisuras de los labios con una servilleta—. Se está quedando con Annie Britter. Si ustedes quieren, puedo ir a buscarla para contarle lo que pasó, a menos que tú quieras hablar directamente con ella, Anthony.
—No, será mejor que lo hagas tú. No puedo mantener la cabeza fría tratándose de ella.
Annie se dirigió a la recámara de huéspedes, sosteniendo una bandeja entre sus manos. Quería sorprender a Candy con el desayuno, pero fue ella la que se llevó una impresión al ver a su amiga despierta, vestida para el día y con sus maletas sobre el piso.
—Candy —le dijo en forma de saludo—, ¿ya llegó tu equipaje?
—¡Buenos días! Sí, me lo entregó uno de los empleados y aproveché para vestirme y refrescarme.
—Pero aún es temprano, debiste dormir un rato más.
—Me gusta aprovechar el día —respondió de buen humor, pero a juzgar por las bolsas oscuras debajo de sus ojos, apenas descansó un par de horas y lo disimulaba con una brillante sonrisa.
Annie depositó la bandeja sobre la mesita de noche y se sentó al borde de la cama.
—¿Y bien? ¿Qué pensaste?
—¿Sobre qué?
—Sobre el señor Andrey. ¿Estás segura de que no quieres verlo?
Una sombra cruzó por el rostro de Candy y negó con la cabeza.
—Estoy segura. Quiero agradecerte todo lo que has hecho por mí, Annie, y también despedirme de tu papá.
—¿Te vas tan pronto?
—No quiero estar cerca de él. Verlo con Leonette me mataría…
—Te entiendo. Pero me encantaría que te quedaras más tiempo, podríamos ir de compras o tomar un café.
—Tal vez otro día —prometió Candy, y se aproximó para tomar sus manos entre las suyas con firmeza—. Pero en medio de toda esta tragedia, me hace muy feliz saber que siempre serás mi mejor amiga, Annie.
Compartieron un abrazo y Annie supo con certeza que los rencores del pasado se estaban esfumando poco a poco. Se sentía más liviana, más completa como lo estuvo cuando vivía en el Hogar de Pony y era solo una niña pobre, con la cabeza llena de sueños y un corazón repleto de amor.
Decidieron desayunar en la azotea. Su papá estaba ahí, leyendo el periódico y tomando una taza de té como todos los días.
—Buenos días, papito —dijo Annie, inclinándose para besar su mejilla.
—¡Buenos días, princesa! ¿Cómo amaneciste?
—Muy bien. Por cierto, ¿recuerdas a Candy White?
—¿Cómo está, señor Britter? —Preguntó Candy con una timidez que resultaba extraña para ella. Su papá la miró, primero confundido, y después con un reconocimiento que iluminó su cara.
Sonriendo, se puso de pie y extendió los brazos.
—No lo puedo creer, ¿eres tú, Candy? ¡Pero cuánto has crecido, ya eres toda una dama!
Acto seguido, le dio un fuerte abrazo que Candy correspondió con la misma intensidad. Tal vez en otras épocas, Annie se habría sentido insegura frente a un gesto tan genuino, siempre creyendo que todos amaban a Candy más que a ella, pero ahora entendía que no había motivos para pensar algo tan ridículo como eso.
—Me da mucho gusto verlo después de tanto tiempo, señor Britter.
—A mí también, y sobre todo enterarme de que te convertiste en una gran enfermera. Pero siéntate, tenemos muchas cosas de que hablar.
Conversaron de forma tan amena que el tiempo pasó con rapidez. Entre risas e historias, apenas se dieron cuenta de que ya casi era el mediodía, hasta que su papá miró el reloj en su muñeca.
—Yo las dejo, chicas. Tengo una reunión en media hora, pero siéntete como en tu casa, querida Candy.
—Le agradezco mucho, yo también me despido de ustedes.
—Es una pena que tengas que irte tan pronto. Le dejaré instrucciones al chófer para que te lleve al Hogar de Pony.
—Oh, no, de ninguna manera voy a aceptarlo.
—No seas difícil, Candy, nos sentiremos más seguros si te lleva nuestro chófer —dijo Annie.
—¿Están seguros de que no les estoy causando algún inconveniente?
—Para nada. Y no insistas más, no tomaremos un no por respuesta.
Aquello terminó de convencer a Candy. Le dijo adiós a su papá, y después subió a la recámara de huéspedes por su equipaje. Afuera, el chófer ya la estaba esperando con el motor encendido, mientras se despedía de Annie.
—Nuevamente gracias por todo, no sé cómo voy a pagarte todo lo que has hecho por mí.
—Ni lo menciones. Escríbeme en cuanto puedas, ¿sí? Y envíale mi amor a la señorita Pony y la hermana María.
Candy asintió, y se abrazaron por última vez antes de subir al vehículo. Annie se quedó mirando hasta que desapareció en el horizonte, y en silencio le rogó a Dios para que su amiga pudiera tener algo de consuelo a pesar del dolor.
Annie volvió a entrar a la casa para empezar con sus tareas. Debía terminar de coordinar el menú para toda la semana, hacer una lista de compras y terminar con su tejido. Y además tenía muchas ganas de preparar una torta de fresas con crema, la favorita de su papá…
—Señorita Britter —le dijo Tina, una de sus mucamas—, tiene una visita.
—¿De quién se trata?
—El señor Archibald Cornwall.
Annie palideció como si se tratara de una mala noticia. No era la primera vez que Archie tenía el descaro de buscarla en su casa, pero en los últimos meses no había sabido nada de él excepto que regresó a Chicago y estaba trabajando en las empresas de los Andrey.
—¿Te dijo que quiere?
—No, solo que necesita hablar con usted urgentemente.
—Ya voy. Muchas gracias, Tina.
Annie se miró en el espejo de su cuarto. Lucía bien, con un hermoso vestido rosa y el cabello impecablemente recogido, pero en otros tiempos habría corrido a cambiarse de ropa y arreglarse hasta el último detallo, todo por él.
Sin embargo, el amor que un día sintió por Archie estaba congelado en su pecho. No había desaparecido por completo, era imposible cuando fue su primer amor, el hombre que debió ser su esposo, pero ahora cada vez que lo miraba su corazón no latía con emoción, no sentía mariposas en el estómago, ni deseos de verlo o estar a su lado.
Bajó a la sala un par de minutos después y puso su mejor sonrisa. Si había aprendido algo de su madre durante los últimos años, era a esconder sus sentimientos y mostrar a la sociedad una máscara de buenos modales, el as bajo la manga de una verdadera señorita.
—Buenas tardes, señor Cornwall —lo saludó, inclinando brevemente la cabeza—. ¿A qué debo el honor de su visita?
Archie se puso de pie. Esta tan guapo con aquel traje de dos piezas azul oscuro, y para su sorpresa, lucía nervioso.
—Annie… quiero decir, señorita Britter. ¿Cómo está? Ha pasado mucho tiempo.
—Así es. Supe que estuvo en Boston con su hermano, y que se graduó como abogado. Muchas felicidades, debe sentirse muy orgulloso.
—Bueno, sí…
—Vamos a sentarnos —interrumpió Annie, indicándole un lugar en el sofá mientras ella ocupaba el otro, completamente opuesto al suyo—. Tina, ¿podrías traernos algo de té, por favor? ¿O prefiere un café, señor Cornwall?
—Té está bien. Pero no es necesario que me hablemos con tanta formalidad, no somos unos desconocidos después de todo.
Déjame en paz, Annie Britter. Aunque nuestras familias tengan un trato, tú serías la última mujer en el mundo a la que yo amaría.
Annie parpadeó, tratando de borrar ese recuerdo amargo que aparecía cada vez que veía a Archie. Nunca podría olvidar su risa burlona, aquellos ojos fríos, mientras tiraba al suelo el pastel que ella misma horneó para él.
En aquel entonces, estaba consciente de que Archie resentía su compromiso arreglado, pero nunca imaginó que también la odiaba de esa manera.
—No, señor Cornwall —resolvió—. No somos desconocidos, pero tampoco estamos en términos familiares como para tratarnos de esa manera.
—Lo sé, pero…
—¿Qué se le ofrece? Su asunto debe ser muy importante si se tomó la molestia de venir hasta aquí para hablar conmigo.
Archie tragó en seco y la miró con ojos vidriosos, de forma casi suplicante, y Annie ni siquiera se inmutó.
—Se trata de una amiga que los dos tenemos en común, Candy White.
—Ya veo. Pues déjeme decirle que si viene de parte de su tío, el señor William, puede irse en este preciso momento porque no lo voy a tolerar.
—¡No, no se trata de eso! Mi tío ni siquiera sabe que estoy aquí. De hecho, ni siquiera sabe quién es Candy.
Annie frunció el entrecejo.
—¿De qué habla? —Preguntó confundida, pero Archie no alcanzó a contestarle porque en ese momento entró Tina con la bandeja de té; era obvio que necesitaba privacidad para hablar tranquilamente, así que le pidió que los dejara solos y esperara afuera—. Ahora sí, señor Cornwall, ¿a qué se refiere con eso?
—Lo que le dije. Mi tío sufrió un horrible accidente y perdió todos sus recuerdos.
De todos los escenarios que pudo haber imaginado, ese era el más remoto. Pensó que se trataba de un disparate o una mentira que se había inventado Archie, pero de todas maneras escuchó en silencio todo el relato hasta que empezó a cobrar más sentido.
¡Claro, por eso el señor William había cambiado tan repentinamente! Nunca dejó de amar a Candy, solo había perdido todas sus memorias sobre ella.
—¡Qué alivio! —Exclamó Annie, llevándose una mano al pecho—. Candy estaba destrozada, pensé que iba a morirse de dolor.
—Todo fue una canallada de mi tía Elroy. Durante meses aisló al tío de nosotros, y le hizo creer que tenía una relación con Leonette Harrison.
—Ahora lo entiendo todo. La actitud de Leonette en la fiesta de ayer no era normal, después de hablar con ella, Candy perdió todo tipo de esperanzas.
—Lo sé, por eso necesito hablar con ella urgentemente, para contarle todo lo que sucedió.
Annie se mordió el labio inferior con preocupación.
—Eso no será posible. Candy se fue.
—¿Cuándo se fue?
—Hace un momento, tal vez media hora antes de que usted llegara. Pero no se preocupe, le escribiré una carta explicándole con detalle todo lo que me contó.
—No, señorita Britter. Una carta no es la forma correcta de darle esta noticia —dijo Archie pensativo.
—¿Entonces qué es lo que propone?
—¿Dónde está Candy?
—En el Hogar de Pony. Es un orfanato cerca del Lago Michigan…
Mientras Annie le explicaba la ubicación exacta, el rostro de Archie se fue iluminando con una sonrisa que apenas cabía en su rostro. Sus ojos castaños brillaron de una forma casi traviesa.
—Se me ocurre algo, un plan que solo funcionará si tú me ayudas. ¿Estarías dispuesta a hacerlo?
—Por Candy haría lo que sea. Dime de qué se trata.
—¿Estás familiarizada con Lakewood?
NOTAS:
¡He vuelto con otro capítulo! Aprovechando que la musa de inspiración me visitó y se está quedando conmigo, les comparto este capítulo cortito. El reencuentro entre nuestros dos rubios favoritos está más cerca de lo que imaginan ;)
