4.- La clave de Zero Dawn.
Volví a la base. Creí que habría más caos del que pude presenciar, pero para mi fortuna y la de todos, el ambiente era silencioso, tranquilo, como si no hubiera nadie. Seguro era el aura de la resignación en todo su esplendor.
Antes de entrar me aseguré de limpiar bien mis lágrimas y dirigirme a mi zona de trabajo inmediatamente. Estaba esperando órdenes, afuera era un caos total… Personas, plantas y animales morían uno tras otro y caían como moscas. Sentí más miedo del que podría haber sentido antes, pues hacía mucho que no había estado bajo el cielo abierto y mis ojos habían presenciado cosas terribles. Cosas que Elisabet me había tenido ocultas hasta ahora.
Pensar en las acciones de Elisabet hacia mí hicieron que mi corazón se reconfortara. Quería creer que ella podría llegar a sentir lo mismo por mí que yo por ella.
Durante toda esa tarde Elisabet estuvo con su equipo en la cabina hablando de cosas de las cuales yo quedé excluida sin razón aparente y eso sinceramente me hizo sentir mal. Estábamos cerca del final —o de un nuevo comienzo si teníamos mucha suerte—, por lo que pensé que sería mejor enfrentar todo el miedo o vergüenza que sintiera y sincerarme con mis colegas antes de perderles el rastro para siempre.
—¿Desde hace cuánto tiempo han estado hablando? —pregunté a uno de mis compañeros.
—Desde hace bastante, tanto que ni siquiera me detuve a medir el tiempo. Es… lo que menos pensamos por ahora.
—Entiendo —dije, pero no era verdad. No entendía absolutamente nada de lo que sucedía.
Lo lógico era que deseara quedarme en casa junto con mi familia y quizá pasar mis últimas horas allí, pero por alguna razón me hacía sentir mejor el hecho de que huiría de enfrentar una terrible escena: el presenciar cómo mis seres queridos perdían la vida poco a poco. Y seguro que muchos miembros del equipo pensaban lo mismo; ello y cargando la responsabilidad de un enorme y detallado proyecto cuyo objetivo tenía el restablecer la biosfera y continuar la vida en la Tierra.
La reunión en la que los miembros del equipo estaban era bastante larga y misteriosa. Eso me hizo cuestionarme muchas cosas… ¿Valía la pena esperar fuera de la habitación para hacer mis propias preguntas? ¿No debería retomar las palabras de Elisabet e ir a casa en lugar de estorbarle tras rechazar su petición? ¿Estaba bien considerarme parte de Zero Dawn a pesar de mis fallas?
El tiempo transcurrió rápido a pesar del caos en mi mente. Al poco rato después vi salir de la habitación a varios de los miembros con un mal semblante y caras tristes. Quería preguntar, quería saber, pero también sabía que no era una malcriada y no iba a importunar a nadie. Pude distinguir a varias de las caras entre el grupo, sobre todo a Travis Tate y a Charles Ronson. Solté en suspiro cuando nuestras miradas se cruzaron… Fue en ese momento que supe que nada iba bien.
Varios de los miembros pasaron de largo, cada uno dividiéndose por los pasillos del edificio sin una aparente manera de seguir con sus vidas. Todo terminó.
Travis hizo como que yo no existía y siguió su camino al igual que todos los otros, mientras que Charles me dirigió una mirada de pena y puso su mano sobre mi hombro. Me sentí sorprendida por su acto, pues, según sabía, pocas veces lograba expresar afecto por otros, aunque fuera de la más mínima forma.
Lo vi sin hacer nada y asentí, como si esa fuera mi despedida, como si esa fuera mi forma de decirle "buen trabajo", al igual que su gesto significó para mí.
Estuve en silencio recargada sobre la pared. No hacía falta que me lo dijera, pues yo ya había comenzado a deducirlo desde el primer instante: en poco tiempo comenzaría la evacuación. Y eso solo me puso de nervios, pues, ¿yo a dónde debería ir? No había respuesta.
Ver el rostro de Elisabet entre el gentío me hizo sentir mejor, pero en ese momento yo no me sentí con palabras para decirle o acciones qué ofrecerle.
Elisabet se dirigió hacia mí, aunque era lo que menos esperaba. Era más lógico para mí pensar que se volvería a encerrar en su cabina de investigación hasta que pudiera cambiar de aires, sin embargo, ya no había nada que cambiar. Todo había terminado, una vez más.
Ella me dijo:
—¿Cómo te sientes?
Era curioso para mí que recurrentemente ella comenzara nuestras conversaciones con la misma pregunta.
—Estoy agotada —dije. Y no me atreví a preguntar cómo se sentía ella. Sus sentimientos estaban reflejados de manera transparente en su rostro.
Tan solo se dispuso a observarme con detenimiento, poniendo atención en cada mueca que pudiera hacer, y gentilmente me tomó del brazo invitándome a acompañarla. Caminamos juntas por el pasillo con calma, como si no nos encontráramos viviendo una catástrofe que estaba a punto de extinguir a la humanidad.
—Quiero hablarte, _. ¿Puedes venir a mi oficina?
—No hay problema, p-pero... —tartamudeé.
—Sí, es verdad. Están comenzando a evacuar. Algunos intentarán cumplir sus últimos deseos antes de partir.
—¿No tienes un deseo también?
—GAIA es mi deseo. Deseo que ella se encargue de construir un mundo que ya no podremos ver. —Al decir esta última frase sonó muy dubitativa, raro en ella.
Seguí caminando a su ritmo, pero me sentí desconcertada. Quería lanzarme a ella y abrazarla y decirle cómo me sentía, pero a pesar de estar en el fin del mundo la vergüenza seguía dominándome. «Supongo que es parte de mí», pensé.
Miré de reojo su mano mientras pensaba en tomarla... Quería acariciar su pelo y decirle que me dejara acompañarla o donde sea que ella se fuera, pero las palabras no salían. Fui atrasándome poco a poco, ella mantuvo sus pasos al mismo ritmo, por lo que no se dio cuenta de que empecé a llorar otra vez.
—Me despedí de ellos, lo que tengo pensado hacer es detener a las máquinas de Faro con ayuda de un control autosuficiente parecido al que ha sido utilizado para custodiar las subfunciones de GAIA, por lo que no debería salir mal, eso espero. —Siguió hablando, yendo un poco adelante. No me veía—. Por el momento, GAIA prime es la prioridad, así como las copias de APOLLO. Deberás saber que le proporcioné una copia a Tilda y a todo su equipo. Ya que Far Zenith apunta a un futuro en donde es posible volver a presenciar la vida de una nueva perspectiva, es necesario no olvidar los errores cometidos.
—Una copia de APOLLO… ¿Entonces quiere decir que…?
—Me voy a quedar aquí, no pienso prestarme a las acciones que los Zenith tengan planeadas. Quizá fue tonto de mi parte pedírtelo tan precipitadamente. Por el momento estoy ajena a las ideas de Ted Faro y algunos otros de sus miembros.
—Este…
—Oh, te veo aturdida. ¿Quieres preguntar algo?
—Bueno, me preguntaba, ¿es posible? Alargar la vida de una persona hasta casi conseguir la inmortalidad… Me parece difícil de digerir.
—Estuviste ajena a ese contenido de los datos que se compartieron durante los últimos meses desde que se retomó la idea inicial de la formación de la Odyssey. Es complicado de explicar con precisión, pero sí, es posible. Hemos tenido objetos de experimentación que buscan que el resultado sea perfecto, por así decirlo. No solamente alargando vidas, sino consiguiendo una inmortalidad cómoda sin enfermedades u otros males e imperfecciones que el cuerpo humano pudiese atraer.
—¿Y… funciona?
—No. Si bien sabemos que la parte de prolongar la vida es posible, los factores que conllevan a un resultado perfecto todavía no son alcanzados.
Enmudecí. Supuse que la pregunta sería rara o quizás obvia, pero debía saberlo.
—¿Y la prueba para saber que han tenido éxito con el experimento biológico es…?
—Los Zenith, sí. Hubo varias pruebas fallidas que, desde el principio se sabría que no tendrían éxito. Pero ellas fueron la base para lograr lo que tenemos ahora. Osvald fue una prueba de ello, lástima que no sigue aquí para contarlo. En ese entonces no se contaba con la tecnología suficiente para realizar de forma correcta los implantes y desconocíamos sobre los procesos del tratamiento celular necesario. Ahora es diferente… El primer caso de éxito fue Gerard Bieri, seguido de sus compañeros, incluyendo Tilda. —El nombre de la mujer fue dicho con un aire de tristeza.
—¿Osvald? ¿Hablas de Osvald Dalgaard? —dije con asombro. La mención de su nombre me alteró.
—Así es.
Seguimos caminando. Hubo un instante de efímero silencio hasta que se me ocurrió retomar la conversación diciendo:
—Él y yo fuimos juntos a la universidad… No puedo creerlo. Creí que su desaparición tenía que ver con otra cosa. ¿Lo tomaron como su rata de laboratorio y simplemente se deshicieron de él? Es terrible… No puedo creerlo. Lis, ¿por qué no me lo dijiste antes?
—Tilda y yo recién hablamos de muchas cosas, así que también hay varios datos de los cuales apenas me enteré al igual que tú, _. Y, si no hubiera sido el caso, ¿qué habrías hecho? Seguro que si comentabas algo al respecto Far Zenith te habría mandado a silenciar o te volverían su conejillo de indias también. Al ocultar todo este tiempo esa valiosa información, Tilda nos protegió. ¿Quién sabe? Quizá solo quisiera poseer información que nosotros no para estar un paso adelante. Pero, ahora no podemos quejarnos de nada. No hay tiempo. Todo lo que importa es tomar las últimas decisiones con la cabeza fría y nada más. Desde este momento… la vida eterna de los Zenith ha comenzado.
No pude decir nada, pese a tener los títulos y experiencia suficientes en medicina, biología, robótica y demás tecnología, a veces no entendía nada de lo que se hablaba en ciertas reuniones o al compartir una conversación cualquiera con Lis. La sola idea de enterarme recién de la existencia de la vida eterna terrenal fue una locura que podría mantenerme muda por mucho, mucho, mucho tiempo.
Seguí caminando a su lado. El eco de su tacón chocando contra el suelo por el pasillo.
Entonces llegamos a su oficina y me invitó a sentarme en uno de los sofás que se encontraban en la esquina de la misma. Ella se sentó al otro extremo mientras mantenía sus manos reposando en su regazo. Últimamente pensaba mucho en sus palabras antes de soltarlas, por lo que, animándola a seguir, comencé la conversación esta vez. Lo ideal sería tratar los temas de trabajo primero para poder pasar más tarde a la liberación de mis sentimientos si ello era posible.
—Elisabet, con respecto al plan de unirme como un Alfa en el lugar de Travis y mi unión con los Zenith, ¿qué ha pasado con eso?
—Encontré a alguien capaz de llevar la carga. En realidad, fue una sugerencia de Tilda. Cualquiera de las dos podría haber conseguido a alguien por su parte para que reemplazara ese lugar faltante. Como sea, Travis mantuvo su posición. La diferencia está en que el grupo de Peter Tshivhumbe cuenta con unos cuantos aliados extra. Como era de esperarse, fue necesario incluir a varias personas al equipo para poder reemplazar a una sola: a ti.
—Lo siento —dije.
—Basta de eso. Siempre estuvimos susceptibles a los cambios —dijo con voz serena a la vez que se ponía de pie y deambulaba por la habitación sin decir nada, manteniendo las manos detrás de su espalda, sujetando con una la muñeca del otro brazo.
Me mantuve expectante por cualquier petición o anécdota que estuviera por venir. Antes de darme cuenta Elisabet volvió a sentarse, esta vez más cerca de mí.
—Discúlpame, _.
—¿Uh? Lis…
—Te pedí demasiado. Mira qué rostro tan cansado tienes…
—No es tu culpa. Estoy aquí porque quiero. Porque me gusta estar de tu lado. Desde el momento en que me uní a Miriam Technologies supe la carga que podría llevar en adelante y aun así en ningún momento pasó por mi mente la idea de huir de ello. Así que no digas cosas que puedan insinuar que has tenido la culpa de mis males, porque lo único que has hecho fue abrirme paso a un nuevo mundo en el que yo creía que era imposible vivir. P-Por eso creo que eres… muy especial… para mí…
Ella sonrió y tomó mis manos entre las suyas.
—Voy a preguntártelo una vez más. ¿No quieres volver a casa? Esta noche…, bueno, el caos de las máquinas está por desatarse. ¿Sabes lo que quiero decir?
Asentí lentamente con la cabeza. Hoy era nuestro último día de vida. Podría ser mañana o pasado, o dentro de una o dos semanas si evacuábamos a tiempo y tomábamos las medidas recomendadas, pero ninguna se miraba con la intención genuina de querer prolongar lo inevitable.
—Lo entiendo, Elisabet. Incluso si es el fin del mundo, deseo permanecer aquí contigo. No importa… lo que eso signifique… —Comencé a luchar contra las lágrimas que deseaban caer de mis ojos.
Me dejé acariciar por las manos de Elisabet que aliviaban mi dolor y mi miedo. En ese momento quise creer que lo suyo y lo de Tilda había terminado porque quizá una chispa de amor hacia mí había crecido en el pecho de ella, pero ahora no había forma de saberlo y seguro que me quedaría con las ganas de escucharlo.
—Tengo sueño —dijo ella—. Quiero dormir…
—Lis, ¿puedo quedarme contigo? Quiero decir, no quiero importunarte. Es la última vez que voy a verte. Siempre he sentido que quizá no hay tiempo para que me entrometa en tus asuntos personales o de trabajo, pero ahora me gustaría preguntártelo genuinamente: ¿puedo quedarme a tu lado eternamente?
Esa fue mi confesión.
Elisabet era lista, por supuesto que lo había entendido, pero quiso fingir que no. Sus acciones siempre hacían que me preguntara el porqué de su reacción tan fría hacia los demás. A pesar de eso fue gentil y me trató con la debida atención.
Acarició mis manos gentilmente. Después puso una de sus manos en mi hombro y la deslizó arriba y abajo para tentar mi brazo con cariño. Estaba tan triste por sus facciones que ni siquiera podía detenerme a pensar en mí misma. Siempre estaba pensando en ella. Amaba a Elisabet como nadie podría hacerlo.
Me sonrió y me invitó a acostarme en su regazo. Lo hice. Comenzó a acariciarme el pelo con afecto; sus manos tentando mi mejilla y pasando sus dedos por mi nariz de forma juguetona.
Estando en esa posición no pude evitarlo y comencé a llorar en silencio. Si mi amor no era correspondido de la manera en la que lo deseaba no me importaba… Compartir un momento tan íntimo como aquel con Elisabet lo era todo para mí. Entre mis cavilaciones siempre existía la misma pregunta retumbando en cada rincón de mi cabeza: «¿qué tiene Tilda que a mí me falta?» De alguna u otra manera, la envidia que sentía por esa mujer quizá jamás se disiparía, incluso durante mi último respiro. Estaba teniendo una dualidad de emociones dentro de mí. Estaba feliz porque estaba con la persona que amaba y admiraba, por los momentos que compartimos y por haber sido capaz de ser útil en el proyecto… Y estaba triste porque no pude hacer un poco más, porque no pude casarme con ella y porque me estaba muriendo.
Permanecí acostada de lado sobre las piernas de Elisabet mientras ella me acariciaba en un intento por detener los espasmos provocados por el llanto. Sentí el cosquilleo de las lágrimas recorrer los bordes de mi nariz y caer por mis labios.
—Lo siento… No puedo evitar llorar…
—Está bien, _. Llora todo lo que quieras… Estoy contigo.
Era tan bondadosa, tan empática. Elisabet Sobeck era mi ángel. Sentí culpa y también sentí una profunda tristeza por ella. ¿Acaso no tenía a alguien por quién llorar? Había olvidado a Tilda, no tenía hijos, ya no tenía a sus padres y aparentemente era hija única, además de no tener a alguien a quien considerase su amigo… Pobre Elisabet. Si tan solo supiera lo que es amar más allá de amar a la vida misma.
Me hacía preguntarme, ¿cuáles deberían ser mis últimas palabras? ¿Qué más debería decirle? Mi mente estaba en blanco, pero, no podía quedarme de brazos cruzados en una situación así. Pese a todo, no podía olvidar a los Zenith y su increíble plan de inmortalización. Tenía miedo de morir, pero, saber que la posibilidad de evitar ese destino estaba a mi alcance todavía era de alguna manera tentador y agonizante. ¿Morir? ¿Inmortalidad? Lo pensé. ¿De qué debería tener más miedo?
Aunque, ya no sentía la fuerza como para andar con arrepentimientos. Solo sentí un deseo enorme por dejar algo que permitiera no dejarme en el olvido, más allá de lo que APOLLO pudiera proporcionar a la nueva humanidad sobre nosotros, los participantes del proyecto Zero Dawn. Un mensaje sería perfecto.
—Lis… —dije incorporándome para verla cara a cara—. ¿Puedo pedirle un favor a GAIA? Quiero grabar un mensaje.
—¿Un mensaje? Claro… —dijo con voz quedita. Vi la confusión en sus ojos.
—No es la gran cosa. S-Solo… Quiero decir, no creo que no haya nadie que no quiera… dejar un último mensaje.
Elisabet asintió y le pidió a GAIA que me hiciera el favor de grabar aquel mensaje. No fue largo a mi parecer. Más allá de transmitir algún último deseo o hablar sobre mí a la futura generación de humanos, dejé un mensaje dedicado a los Zenith. Un mensaje en donde les deseaba suerte y daba algunas palabras de aliento para el éxito del proyecto Zero Dawn, el reintento de la Odyssey y demás. No había tiempo para sentir odio, pero, curiosamente, sí lo había para sentir envidia.
Me pregunté qué pensaría Tilda van der Meer cuando siguiera escuchando mi voz luego de los siglos. ¿Le importarían mis palabras o me recordaría como a una rival? Probablemente ninguna de las dos, y dolía, dolía mucho.
—Es todo. Gracias, GAIA… —dije.
Tras decir aquellas palabras, la inteligencia artificial almacenó mi mensaje en su base de datos y volvió a su estado normal a la espera de nuevas órdenes por su creadora. Al no recibirlas, GAIA volvió a dormir.
Me detuve a pensar por un segundo en la pena que causaría el encontrarnos a ambas en aquella habitación, negándonos a seguir los pasos de la evacuación. Desalojar la base era impensable.
—Escucha, Lis. Yo… Eh… No sé qué decir. —La vi a los ojos mientras hablaba. Ella permanecía más tranquila de lo que alguna vez me imaginé. Había algo en su mirada que me hacía sentir insegura, de alguna forma. Sin embargo, se trataba de la persona que adoraba, así que me convencí a mí misma de que todo estaba bien.
Elisabet me dio un abrazo, al cual yo correspondí de inmediato.
—No tienes que decir nada, _. Entiendo si guardar silencio te hace sentir mejor.
—Lis…
Una lágrima recorrió mi mejilla.
¿Por qué incluso minutos antes de entregarme a la muerte era tan difícil decir "te amo"?
Ella me tomó de la mano y limpió mis lágrimas con dedicación. La manera en que me miraba con sus preciosos ojos verdes fue especial para mí, jamás podría olvidarla.
—Tranquila. Durmamos juntas, ¿sí? Zero Dawn será un éxito.
—Tengo miedo.
—No digas eso, _. Estoy contigo…
—Tengo mucho miedo de caer en el olvido… y de que el proyecto pueda fallar.
—Es imposible pedirte que no te preocupes, sin embargo, el proyecto no se está dirigiendo solo. Tenemos a los Zenith que estarán supervisando en todo momento durante el próximo y siglo, y, ¿quién sabe?, quizá los siguientes.
—Lis, ¿estarás conmigo, incluso si soy la primera en dormir?
—Yo estaré siempre contigo. Duerme tranquila, _. No iré a ningún lado, cierra tus ojos…
Con esas palabras me quedé recostada a su lado en el sofá-cama. Recargué mi cabeza en su pecho suave y mullido, podía oír su corazón latiendo. Sus brazos me rodeaban y su aliento chocaba contra mi frente. Lloré hasta que mis lágrimas empaparon su ropa. Ella acariciaba mi pelo como hacen las madres, y yo me aferré a su cintura. Me permitió hundir mi rostro en su cuello y permanecer de aquella manera.
Quizá así debía ser. No fui capaz de hacer una mejor declaración, o de serle útil; cumplir su petición, o de llegar a tener una mejor conexión con ella. Solo pude unir mi cuerpo al suyo y conformarme con dicha cercanía, pues, no había nada que ganar y todo por perder.
Elisabet comenzó a cantar una canción de cuna. Quizá se la había enseñado su madre, quizá acababa de inventarla, quizá la había aprendido de otra parte… Como sea, esa melodía me ayudó a dormir. Fui cayendo en la inconciencia poco a poco. Estaba tan relajada que todo rastro de preocupación, tristeza, miedo o enojo fue desapareciendo de mi mente. Lo último que sentí fue el tacto de ella pasando sus dedos por mis hebras de cabello y seguí escuchando su dulce canto a mi oído. Y nada más.
Comencé a soñar, y de nuevo me sentí triste, triste, triste, porque desde que estuve entre el mundo de la conciencia e inconciencia me despedí de mi vida. Supe que nunca volvería a despertar. Sin embargo, estaba con Elisabet, mi amor, y eso bastó para mí.
