7.- Maestro y aprendiz.

Me abracé al atuendo Banuk mientras temblaba de frío.

—Ni siquiera ha salido el sol… —dije con voz ronca.
—Es mejor empezar desde temprano. No quieres tener a todos observándote, ¿o sí? Con esas ropas y ese rostro ya llamas bastante la atención —respondió Kotallo.
—De acuerdo, ¿qué tengo que hacer?
—Ven conmigo a la arena.

Bajamos. Ese momento era a lo que yo llamaba una hora azul. El cielo no estaba amanecido ni anochecido, pero estaba obscuro y totalmente azul. Ese punto de la madrugada era curioso. Froté mis brazos para aliviarme del frío de aquella hora tan temprana; el mariscal vio de reojo pero no dio remedio a mi incomodidad.

Cuando estuvimos en la arena me posé derecha frente a él y tomé la lanza que me ofreció. Era algo parecido a un palo bo aunque no llegaba ni a los 180 centímetros, quizá eran unos 165 centímetros. Al igual que el día anterior, me dijo que lo golpeara con lo que tuviera.
Era desesperante ver que, como si fuera la más leve cosa, esquivaba mis ataques uno tras otro. Solía dar consejos e indicaciones en contadas situaciones, pero siempre era de forma fría y con aquella expresión de molestia.

—¿Quién te dijo que hicieras esto? —pregunté jadeando, producto del esfuerzo producido por el entrenamiento.
—¡Menos preguntas y más acción! —gritó la orden—. Creo haberte mencionado que yo hacía las preguntas.

En ese instante lanzó un golpe que terminó por hacer que me tambaleara. Por fortuna la propia lanza sirvió muy bien para apoyarme contra el suelo y lograr permanecer de pie. A pesar de que según el mariscal se estaba conteniendo, sus ataques tenían la suficiente fuerza como para desequilibrarme.

—Eso… no es mi… problema…
—¿Qué estás haciendo?, ¡arriba! Vamos otra vez.
—¡No quiero hacer esto! Solo necesito… que me lleves con Elisabet cuando acabe… esta tormenta.

Kotallo volteo a ver el cielo. Era temprano, por lo que el clima parecía tranquilo, pero como todo un experto sabía que pronto todo empeoraría cuando el día fuera avanzando.

Estaba apoyada sobre la lanza con una rodilla tocando el suelo y la planta de mi otro pie bien posicionada.

El hombro todavía me dolía un poco aunque el dolor había disminuido considerablemente gracias al tratamiento que había recibido. Eso fue una buena excusa para no dar todo de mí en el tedioso entrenamiento con el mariscal. En vista de que yo no estaba dispuesta, él me habló.
Caminó sospechosamente de un lado a otro antes de dirigir su lanza hacia mi dirección.

—No conoces este mundo. Hasta ahora solo has convivido con los Tenakth del Clan del Cielo, sin embargo, más allá de estas tierras hay personas que desconocen sobre el pasado y que harían todo lo posible para matarte. Otras tribus, otras tradiciones… ¿Entiendes lo que digo? —Me miró como si pudiera juzgarme, mi vida, mi pasado; yo detestaba esa mirada. Kotallo siguió hablando con calma. Puso la punta de su lanza sobre mi barbilla y la alzó obligándome a levantar la cara y verlo a los ojos—. ¿Qué harías… —siguió diciendo hipotéticamente—… si tu preciada Elisabet se encuentra en peligro, rodeada de cazadores que desean hacerle daño? Ella se encuentra capturada, te ve y pide tu ayuda… Pero resulta que eres una inútil debilucha que no es capaz siquiera de protegerse a sí misma, por lo que ella, aun teniendo inútilmente esperanzas en ti, es atacada y muere a manos del enemigo. Todo lo que tenía era a ti, y la defraudaste…

Dejó que el silencio le diera un peso tétrico a su cruel visión del futuro. Levantó más la lanza para alzar más mi rostro. Cuando hubo captado terror en mis ojos, prosiguió.

—No fuiste capaz de hacer nada porque luchar es imposible para ti. Llegas tarde, ellos ponen un cuchillo en su cuello y entonces…
—¡No! —dije con fuerza—. ¡Eso no va a pasar!, ¡yo la voy a salvar! Yo… voy a…

El mariscal apartó la lanza de mí y media sonrisa se dibujó en su rostro cuando su terrible relato fantasioso tuvo un efecto positivo a su plan.

—Ponte de pie entonces.

Me puse de pie, pero no por las órdenes del hombre, sino por mí y por ella. Estaba aterrada. A pesar de haber recibido un trato aceptable en medida de lo posible seguía sin creerme que verdaderamente no me encontraba en mi época. Comencé a preguntarme, «¿cómo es el nuevo mundo más allá de las tierras del Clan del Cielo?» Temía averiguarlo, pero debía aventurarme.

Todo tipo de vagos pensamientos vinieron a mi mente y una jaqueca halló el momento correcto para atormentarme. Estaba sacada de quicio, desorientada, asustada y profundamente triste. Pensar en el pasado era lo que me mantenía de pie, pero, sobre todo, ¿desde cuándo se había acordado que debía seguir órdenes? No me importaba quién lo hubiera decidido, yo estaba dispuesta a cambiar eso.

—Si logro derribarte… ¿me devolverás mi foco?
—Fue lo que prometí.
—Y quiero algo más. —dije y él me miró con cautela. Agregué—: Vas a responderme una pregunta.
—Si es solo una pregunta puedo hacerlo. Ahora atácame, el clima empeora. —Agregó—: Si devolverte ese aparato hara que no vuelvas a meterte en mi cama, entonces estoy dispuesto.

Listo, esas palabras fueron el incentivo perfecto para provocarme ira.
En medio del revoltijo de emociones comencé a preguntarme a mí misma: «¿por qué he de soportar todo esto?» Además de mi interés por Lis, no debía tener otra razón para dejar que me humillaran.
En cuanto me olvidé del frío me lancé hacia el mariscal y con la punta de mi lanza apunté a su pecho, herida que desvió con facilidad y que de todas formas no habría causado daño gracias a su pesada armadura. Enseguida di el segundo golpe y de nuevo fue evadido con un tacto firme. Lejos de apuntar a zonas simples había comenzado a enfocar mi atención a su pecho, hombros y rodillas; pese a toda mi atención en los ataques no pude hacerle un solo rasguño.

El mariscal me miró con decepción y molestia.

—Hasta ahora solo he sido yo quien ha estado defendiéndose de tus ataques —dijo. De nuevo hizo una de sus pausas pavorosas para luego seguir—. Me pregunto… ¿eres capaz de esquivar mis ataques?

Vi el fuego en su mirada y un escalofrío recorrió mi cuerpo.

—Es-Espera… ¿no estaras pensando en…?
—¡Reacciona!

Sin pensárselo lanzo un golpe fuerte dirigido a mi pantorrilla que hizo que me tambaleara, estaba entumecida.

—¡Agh! —me quejé.
—¡Usa tu lanza para cubrirte! —indicó con un tono rudo a la vez que repetía el golpe en la otra pierna.
Otra vez volví a fallar con mis reflejos de defensa.
—¡Auch! —volví a quejarme. De instinto puse mi mano en mi pantorrilla para aliviar el dolor, cosa con la que obviamente Kotallo no estuvo de acuerdo pues sin esperar demasiado volvió a levantar la lanza hacia mí y de nuevo volvió a golpearme en el muslo. Volví a chillar de dolor.
—¿Qué pasa?, ¿aún no entiendes cómo se hace? ¡Contraataca!, ¡defiéndete! —Me tomó del brazo y me jaló hacia él para ponerme de pie.

Su agarre fue brusco pero efectivo. Los Tenakth no era muy indulgentes con las mujeres por lo que pude deducir. Volví a sorprenderme por su fuerza; me puso de pie con un solo brazo como si mi peso se tratara de nada.

—Ese hombro… —dijo, poniendo su arma en mi hombro—. Voy a dislocarlo.
—¿Q-Qué?

Se lanzó hacia mí con la intención de herirme.
Por la propia adrenalina apenas me di cuenta de que había actuado con rapidez. Posé mi lanza entre la suya y mi cuerpo, consiguiendo un bloqueo perfecto de aquel golpe que pudo ser letal. Mis brazos temblaban; si el mariscal se estaba conteniendo, no lo hacía demasiado. Era tosco y firme. Se mantuvo en esa posición y cuidé que no fuera a realizar algún otro movimiento que significara problemas para mí. Fue malo suponer eso, pues aunque el bloqueo de la lanza entre mi hombro, pecho y rostro fue limpio y casi inmejorable, mis piernas seguían descubiertas, por lo que con un rápido giro movió la punta de la lanza hacia mis tobillos golpeándolos y haciendo que por reflejo cayera hacia el suelo de golpe. No tuve tiempo ni siquiera de meter las manos. Incluso al estar sostenida a mi arma terminé soltándola por mero reflejo. La estaca quedó en el suelo.
La tierra que el impacto levantó se quedó reposando en mi cabello. Tosí con molestia. El golpe dolía.

—No está mal —elogió de manera desinteresada—. Veo que te pones viva cuando hay dolor de por medio. Supongo que este es el método que tendrá que usarse. —Se relamió los labios antes de seguir hablando—. No olvides cubrir la parte trasera de tu cuerpo; si proteges tu pecho, no olvides tu espalda. Si te encuentras protegiendo la parte superior, entonces recuerda que debes proteger tus piernas. Ahora levántate, lo haremos de nuevo.

Estaba cansada pero de ninguna manera podía desistir. Supuse que, después de todo, en un mundo tan salvaje las personas que se ofrecerían a enseñarme serían escasas. Además, el recordar el escenario anterior que involucraba a Elisabet me hacía sentir realmente mal, como si se tratase de una pesadilla. Al tenerlo en mente me puse de pie otra vez ignorando el dolor que me había sido provocado y sostuve la lanza una vez más con ambas manos luego de recogerla de entre la tierra blanca y húmeda.

«Concéntrate», me dije. «Concéntrate…»

Respiré hondo y me mantuve firme. De repente todos mis sentidos parecieron volverse más agudos. Percibí el olor a la tierra mojada, la humedad de la nieve acumulada, el aroma a bayas silvestres que Kotallo desprendía, la sensación áspera de la madera de la lanza, el temblor en mis músculos, el aleteo de las aves invernales. Todo apareció de repente.
Durante los últimos días mi cabeza daba vueltas. Y con razón. Había mucho en qué pensar, mucho qué hacer, y los días no tenían suficientes horas como lo deseaba.
Mis recuerdos iban y venían, iban y venían, hasta que de pronto uno de ellos decidio quedarse. Meneé la cabeza con confusion. No era el momento para que esas memorias comenzaran a manifestarse, sin embargo lo hicieron.

—¡Aquí voy! —avisó Kotallo antes de lanzarse a mí, pero yo no lo estaba escuchando.

Estaba concentrada en encontrarme a mí misma y recuperar esa memoria perdida; tan embodada que no me di cuenta de que levanté la lanza y la apunté sin pensarlo directamente al estómago de Kotallo, a donde no cubría su armadura. De inmediato con uno de sus movimientos expertos desvió mi desplazamiento tan solo para volver a tomar una pose apropiada y esta vez atacarme igual que antes, esperando que yo ya hubiese aprendido mi lección y bloqueara el golpe como era debido. Cosa que no hice.

Pensé. Recordé un momento en específico cuando estábamos las tres tomando café frente a nuestro computador en la base. Elisabet, Tilda y yo. No podía recordar de qué hablábamos, pero sí recordaba que las tres reíamos de algo… Algún tipo de conversación trivial que me hizo generar un buen recuerdo. Y esa fue una de las pocas veces en que las tres pudimos convivir en armonía. Las cosas cambiaron terriblemente poco después. Como si se tratara de un sueño, como si estuviese sonámbula, pude oír muy en el fondo de mi mente a Elisabet llamándome con esa voz animada que solia tener antes de la catástrofe. «Buenos días, _», la oí decir.

Mi mente en blanco.

«Es verdad… Soy la aliada de Elisabet y ella es la persona más importante de este proyecto. Yo estoy del lado de Elisabet Sobeck y de nadie más».

Fui obligada a salir de mis memorias cuando el fuerte golpe de la lanza contraria me atacó. Fue veloz y trajo consigo un dolor punzante que se vio reflejado en el rastro carmesí que escurría desde mi frente.

Me quedé tirada en el piso con una mano sobre la herida. El filo cortó desde mi párpado a través de la ceja derecha hasta llegar a rozar parte de la frente.
Observé mi mano al retirarla. Estaba teñida de rojo, la sangre brotaba sin parar. Temblé, no obstante, más allá de preocuparme por el dolor o la marca que dejaría esa herida, me sentí emocionada y con un ligero alivio, pues había recordado mi nombre.

—¡¿Qué te sucede?! —exclamó Kotallo acercándose hacia mí con prisa. Se puso de cuclillas y con una de sus manos me tomó de la muñeca, tan solo para retirar mi propia mano de la herida y observar mejor el corte—. ¡Por los Diez! Es un corte profundo… Yo no creí que… ¡¿Por qué no alzaste la lanza o al menos lo esquivaste?!

Volví a ponerme la mano sobre la herida rápidamente. Esbocé una sonrisa, cosa que terminó por desconcertar al hombre.

—¿Qué pasa?, ¿el golpe fue tan duro que te ha dejado mal de la cabeza? —dijo exagerando la situación. Él, que había sido el causante de mi dolor, debía saber que no era nada de gravedad.
—No es eso. Es que… acabo de recordar algo importante. Mi nombre no es Gaia. Me llamo _. Así me reconocen todos en mi época, o al menos así lo hacían…
—Mira cuánta sangre está brotando… —dijo por reflejo. Con cuidado tomó un trozo de tela color azul que traía doblado de entre su armadura. Me quitó mi propia mano del rostro y puso de inmediato el trapo para luego tomar mi mano e indicarme que la mantuviera encima de la herida—. La sangre se absorberá más rápido así. Cuando se haya secado podrán tratarte.

No pareció prestar atención a mis palabras. Seguro que mi nombre le daba igual.

Me mantuve absorta dado que el corte había comenzado a arder. Esperé por las indicaciones provenientes de él para ponerme de pie, pero no dijo nada por unos minutos, por lo que yo misma me levanté

—Sigamos —sugerí.
—¿Eres imprudente? Luego de esto no creo poder enseñarte nada. Es obvio que esto va a ser difícil. —Hablaba con cara de fastidio, con una mano en la cintura y la otra sosteniendo su arma.
Pasé saliva antes de hablar y tomé el riesgo.
—¿Acaso… fue fácil para ti, mariscal?

Kotallo se quedó pensativo.

—Esa es una historia que no pienso contarle a alguien como tú.
—No te pido escucharla. Solo pregunto: ¿aprendiste a luchar sin dificultad?

Guardó silencio unos segundos antes de clavar la lanza en el suelo imponiendo presencia.

—¿Qué te parece si mejor cambiamos de método? Digo, si no quieres volver a descansar a tu habitación.
—¡Estoy harta! Si me niego ahora, seré incapaz de aprender y esto se repetirá una y otra vez, ¿cierto? Muéstrame.

Él vio hacia el cielo. Al notar que comenzaba a caer nieve otra vez, se dio cuenta de que era mejor hacerlo antes de que el clima trajera consigo fuertes ventiscas. Dio un suspiro antes de ponerse firme y dar una nueva orden.

—Has estado atacándome y en respuesta he estado esquivando tus ataques —dijo con calma y yo asentí—. Pues basta de eso. Voy a contraatacar…, no, no pongas esa cara, no voy a usar la punta de la lanza, pero deberás imaginar que cada golpe podría provenir de ella. Ven y atácame con todo, te devolveré el golpe. Si has aprendido de la lección anterior sabrás qué es conveniente hacer. —Se puso en posición invitándome a asaltarle—. Estoy esperándote.

Volví a tomar la lanza con ambas manos y la apunté hacia él. Estuve quieta durante el tiempo suficiente como para provocar incertidumbre en su consciencia y ello lo llevó a cambiar de posición. Se encontraba en posición de reposo inicialmente y luego puso ambas manos en frente para recibirme. Esperaba todo menos que el mariscal fuera a dejar su arma en el suelo. Quizá estaba dándome una ligera ventaja, o eso pensé, y fue un error.
Cuando me lancé hacia él, atinó a bloquear el ataque para luego hacer un agarre en mi brazo con el suyo, mientras que con su otra mano alzó mi pierna y logró lanzarme hacia el suelo. El sonido hueco desde luego reflejó el nivel de dolor que sentí, pero fui ágil para volver a levantarme. Giré la lanza hacia su torso y el rápidamente volvió a sujetar la lanza para hacer un firme bloqueo y dirigirla hacia mi pierna, golpe que bloqueé exitosamente.
Kotallo resopló.

—Nada mal.
—Sería terrible que luego de lo anterior no hubiera aprendido a bloquearlo —dije y acepté su elogio.
—Así es, sería terrible —coincidió encogiéndose de hombros.

Con la parte no filosa de la lanza me golpeó en la espalda, precisamente en el omóplato izquierdo, y con un golpe seguido tan veloz que fue imposible para mí de prever me dio un golpe certero en la pantorrilla. De nuevo caí. Volví a levantar la lanza, pero la misma fue apartada por un golpe feroz de la lanza de Kotallo que me hizo apartar mi defensa de enfrente. Me sujetó del brazo y con su pierna me empujó hacia atrás. Quedé boca arriba totalmente aturdida; cuando quise levantarme la parte inofensiva de la lanza me presionó contra el suelo por el pecho. El mariscal no tuvo piedad cuando posicionó una rodilla sobre mi abdomen obligándome a recostarme.

—B-Basta… —dije jadeando—. Me rindo…
—¿Te rindes? No, no. Levántate.
—No… ¡No puedo hacerlo! —Tosí con fuerza. El dolor en el pecho era terrible.
—Y por una situación como esta es que lo recomendable es usar una armadura en lugar de esas ropas tan blandas. Si quisiera… —dijo a la vez que presionaba con la lanza sobre mi pecho y yo gemí de dolor— …podría perforar justo aquí. La posibilidad no está lejos de la realidad.

Comencé a enojarme más y más. El corte de mi ceja estaba sangrando otra vez; la sangre caía y me cubría la vista. Lágrimas se asomaron por mis ojos. El dolor físico y psicológico estaba mezclado en mí.

Cuando Kotallo vio que las lágrimas se escurrían por entre mis mejillas de inmediato se hizo a un lado, enlazó su brazo con el mío y me levantó. Volví a cubrirme el rostro con el trapo de antes para detener el sangrado. Las lágrimas lavaban la tierra de mi rostro.

—¿Te golpeé lo suficientemente duro como para hacerte llorar? —dijo en todo bajo como si no pudiera creérselo—. Me disculpo —dijo con un tono de voz que no parecía expresar lo que decía—, pero así es el mundo real. Si hago esto es para que no mueras, para asegurar tu sobrevivencia.

» Si quieres depender de los demás entonces te diré algo: estás perdida. En un mundo como este cada quien debe cuidar su propio pellejo, no se sabe cuándo algo o alguien va a atentar contra ti. El mayor rasgo de apreciación por otros es el mostrarte cómo defenderte a ti misma. Esto… fue orden de Fashav, porque es un hombre extremadamente considerado. Y créeme, estoy siendo demasiado indulgente contigo.
» ¿Sigues sin creerme? No me mires con enojo. Tú misma pediste esto porque deseas llegar lejos, puedo verlo en tus ojos. No quieres morir. Y, a decir verdad, a mí tampoco me conviene que te pase algo. Tu muerte significaría un severo castigo para mí. Nuestro trabajo debe ser mutuo, y por eso necesito que te pongas de pie, olvides tus heridas y sigas peleando.

—Yo soy la que está siendo indulgente contigo, señor mariscal… —dije entre sollozos ahogados—. Acabo de recordarlo… Mi nombre no es Gaia. GAIA fue por un tiempo como la mejor amiga de Elisabet, quizás hasta como su propia hija. No merezco llevar su nombre…

El mariscal me miraba con sus ojos entrecerrados en señal de que mis palabrerías no lograban captar del todo su atención. Me apoyé en la lanza con una mano mientras que con la otra presioné el trapo sobre la herida del rostro.

—¿Quieres saber mi verdadero nombre? Me llamo _. Es el nombre que mis padres decidieron darme. Estaría tan aterrada si hubiera sido incapaz de recordarlo…

Kotallo se acercó a mí y me tomó del rostro, limpiando con brusquedad la sangre de mi herida diciendo que se pondría bien pronto. Me quejé.

—¿Tu nombre es _? Qué nombre tan extraño… —dijo con genuina curiosidad, a lo que yo rodeé los ojos.
—Y preferiría… que me llamaras así a partir de ahora. Quiero decir, ¿tienes idea de mi posición? No podría seguir permitiendo que me manipularan luego de saber esto. Soy la Dra. _, estuve trabajando junto a mis colegas en un proyecto importantísimo. No tienes idea de lo mucho que tuve que trabajar para llegar a formar parte de ese equipo… Años de estudio y formación. Y, desde luego, no puedo permitir que tú ni nadie sigan manipulándome como se les dé la gana. Señor mariscal, así como me ve, puedo parecer débil, pero en esta mente —dije apuntando a mi sien— hay más de lo que podría esperar. Las respuestas del pasado.

Kotallo pareció mostrarse un poco más comprensivo por unos segundos y pronto esa expresión en su rostro desapareció.

—Puede que en tu mundo fuiste una persona con influencia… ¿Quién sabe cuántas cosas viste e hiciste? Pero ahora es diferente. Nadie te conoce y estás bajo mi cargo. ¿Qué piensas hacer? Ningún título del pasado te sirve ahora. Necesitas volver a construir tu historia. Para eso hay que seguir luchando como los Diez. —Tras cada palabra me miró severamente. Tal y como esperaba, al mariscal no le importaba mi historial, sino lo que podía hacer en el presente. Me limpié los últimos restos de lágrimas. Ordenó—: Volvamos adentro. Mira, todos están comenzando a despertar y estoy seguro de que no quieres tener público como ayer. Anda, enviaré a alguien para que cure tus heridas.

Caminé hacia lo alto del Baluarte para encerrarme en mi habitación y reposar. No me gustaba levantarme temprano cuando estaba haciendo un clima tan espantoso, pero ello no suponía problema alguno para los Tenakth. Cuando estuve adentro, Serivva llegó unos minutos más tarde sin llamar antes.

—¡Que herida tan fea! —exclamó mientras me inspeccionaba y ponía unos cuantos ungüentos sobre la cortada.
—Auch… —me quejé.
—¿En serio te lo ha hecho el mariscal Kotallo?
—Supongo que la idea de un entrenamiento es precisamente tomarlo en serio, pero no fui capaz de darme cuenta de eso minutos atrás… Esto fue lo que me gané por una distracción.
—Debe ser difícil para ti.
—Sí, bastante. Ni siquiera le da importancia a quien realmente soy.
—¿A quien realmente eres?
—Sí, aunque es difícil de explicar. Todavía siento que voy a despertar en mi cama en cualquier momento. Es… complicado.
—Podría entenderlo si me lo explicaras, quizá —dijo con una sonrisa mostrándose curiosa.

«Claro que no…», pensé. Apenas pude sonreír ante el pensamiento. «Quizá no hay nadie en este mundo salvo Elisabet que pueda entenderme de verdad».

—Digamos que mi cargo es tan importante como el de un mariscal —dije a modo de explicación intentando ser breve—, pero él no lo entiende. Ambos no podemos andar juntos porque nuestro orgullo no nos lo permite. Solo mira lo que ha pasado… Nunca en mi vida había peleado antes con alguien y ahora simplemen-… ¡Ay! —No pude acabar de hablar por el dolor punzante que sentí.

Serivva selló la herida a como pudo. La piel estaba abierta, el corte atravesaba parte del parpado y la ceja hasta llegar a la frente. Sin embargo, gracias a sus cuidados la herida estaba cubierta con una especia de bandita adhesiva hecha con hiervas.

—Estarás bien —afirmó—. Los Tenakth solemos aprender en base a la experiencia. Es un rudo estilo de vida, pero va a gustarte. Cuando aprendas a enfrentarte por ti misma a las bestias de metal y salir vencedora, entenderás el placer de la lucha y la victoria.
—Esa es la cuestión. Sé de una forma para no enfrentarnos a las bestias nunca más. ¿Me creerías si te dijera que hay una forma de erradicar la maldad en las máquinas?
—Imposible…
—No, no lo es. Conozco una forma, pero necesito apoyo.

Serivva evadió mis palabras. Terminó de palpar las hiervas en mi herida y se puso de pie.

—Debo salir, Gaia. Si sientes algún tipo de malestar, estoy en el nivel inferior para ayudarte. Con permiso.
—¡E-Espera!

No pude evitar que saliera a toda prisa. Cuando se hablaba del "mundo antiguo", como todos en este mundo se referían a mi estilo de vida, la histeria les ganaba por completo.
Había un espejo de bolsillo en la habitación, por lo que terminé de limpiar los restos de brebaje de mi rostro y me quedé dormida hasta el mediodía. Todavía no estaba bien acostumbrada a no tomar siestas per debía estarlo.
El señor mariscal y yo perdimos cinco días estancados en el Baluarte, imposibilitados de seguir con nuestro recorrido debido a la terrible tormenta que se avecinaba tras cada noche. Aun así, seguimos con el entrenamiento cuerpo a cuerpo dentro de las habitaciones cuando nos hallábamos atrapados en la tormenta y el foso de lucha era inhabitable. El entrenamiento no fue menos violento que el anterior, pero sí más útil. Aprendí a sobrellevar el dolor y a agilizar mi defensa pese a que mis reflejos de ofensa eran terribles.
¿Mi miedo? El saber que Kotallo ni siquiera estaba usando su verdadera fuerza.

Sin embargo, esos días terribles se terminaron más pronto de lo que se tenía previsto. Al día sexto de nuestra llegada en ese lugar el mariscal irrumpió en la habitación donde yo dormía. Debía acostumbrarme a la poca privacidad que todos me daban.

Mis heridas estaban sanadas aunque eso no quería decir que los moretones hubieran desaparecido.

—Partimos —dijo sin más.
—¿Partimos?, ¿a dónde?
—¿No eras tú quien quería ir a encontrarse con la Redentora? Nos vamos a la Base.
—¡Desde luego! Pero, ¿salimos hoy?
—En una hora. Asegúrate de traer todas tus cosas, es probable que no regresemos en mucho tiempo. Alístate, te esperaré abajo junto a la hoguera.
—¡Seguro! —dije entusiasmada. Por fin mi oportunidad de ver a Elisabet había llegado.

Tomé mi bolso con la ropa que traía puesta apenas desperté en el mundo actual, provisiones de comida y hiervas medicinales.
Bajé hasta el punto de encuentro con el mariscal, en donde Tekotteh ya nos había provisionado con comida y una armadura del Clan del Cielo para mí.
Sus hombres nos ofrecieron sus buenos deseos y su plegaria para el buen camino, y entonces, Kotallo y yo partimos montados en nuestros galopadores. Estaba todo forrado de nieve acumulada de los días anteriores, mas no nevaba.
Mi corazón estaba acelerado… Una vez que viera a Elisabet todo se resolvería, estaba segura.

Y quizá estando junto a Kotallo yo estaría a salvo.

Nota: Algunos acontecimientos del juego van a ser mencionados y otros no, así como también pueden tener incoherencias con la línea temporal del juego. Esta historia se desarrolla al final del Horizon Forbidden West, pero como dije, unos sucesos se saldrán de contexto. No tengo planeado ser demasiado fiel con lo canon, después de todo.

¡Finalmente nos aventuramos junto a Kotallo! ¿Cómo se desarrollará nuestra relación? Acompáñenme en esta historia y descubrámoslo juntas :D