Una nueva heredera
Un año después
La joven se encontraba recolectando las verduras que iba a llevar a la aldea. El día estaba completamente soleado, algo que la ponía de muy buen humor. Se elevó, poniéndose de pie y sonriendo al sentir su presencia acercarse, sin embargo no llegó a voltear, ya que él la envolvió con sus brazos rápidamente, como cada vez que quería tomarla por sorpresa
- Koga... - sonrió divertida, cerrando sus ojos. - Buenos días.
- Buenos días, mi hermosa Kikyo. - respondió, aspirando aquel aroma que tanto le gustaba.
Ella volteó, apoyando su frente sobre la suya mientras sus manos descendían, posándose sobre su cintura.
- ¿Qué te trae por aquí?
- El deseo de verte.
Sonrió, abrazándolo nuevamente. Permanecieron en aquella postura durante unos momentos hasta que se apartaron y ella tomó su cesta, comenzando a caminar en dirección de la aldea mientras él la seguía.
- ¿Por qué no viniste antes? - preguntó sin mirarlo.
- Demasiadas cosas que hacer con la tribu. - suspiró. - Lamento hacerte esperar.
- Sabes que ese nos es el problema. - le sonrió, causando su propia sonrisa.
Caminaron unos metros más en silencio, hasta que él realizó la pregunta que detestaba y que esperaba que algún día desapareciera.
- ¿Has luchado con algún demonio estos días?
Su momentáneo silencio le dio la respuesta que no quería, pero sabía que era en vano el repreguntar.
- Lo normal. - dijo al fin. - Ya sabes, los mismos yokais que quieren apoderarse de La Perla de Shikon.
Aquellas palabras se clavaron en su pecho, como cada vez que las escuchaba, y le era imposible no frustrarse ante la imposibilidad de hacer algo.
- Yo... lamento el no haber estado para ayudarte. - desvió sus ojos. - Desearía poder librarte de...
- Koga. - sus cálidas manos se posaron sobre su mejilla, obligándolo a mirarla. - Siempre vienes por mi y ya con eso es suficiente.
Aquella sonrisa tan particular, una que trataba de mostrarse feliz pero que, al mismo tiempo, mostraba un dejo de tristeza entremezclado con un toque nostálgico, algo que lograba desarmarlo.
- Kikyo. - volvió a abrazarla. - Te prometo que no descansaré hasta encontrar una manera... te lo prometo. - murmuró.
Mientras tanto, en una aldea lejana...
- ¡Señorita Kagome! - gritó la niña, acercándose.
- Hola, Sayo. - le sonrió.
- Mire. - elevó una pequeña rama. - Encontré esto, ¿es una hierba medicinal?
- Muy bien, Sayo. - se arrodilló frente a ella. - Esta hierba sirve para curar ciertos dolores como el de cabeza.
- Entonces, ¿puedo llevársela a mi mamá?
- Claro que puedes, sólo ten cuidado.
- Lo tendré, ¡muchas gracias!
La niña se marchó y ella se quedó observándola hasta que desapareció de su rango de visión. Segundos después, sonrió.
- ¿Por qué te escondes? - preguntó, mirando hacia uno de los árboles. - Sólo es una niña.
- Keh... - descendió a unos metros de ella. - ¿Quién dijo que me escondía? - colocó sus manos en el interior de su haori.
- ¿No lo hacías? - sonrió con picardía al saber que estaba mintiendo.
- Por supuesto que no.
- Lo que digas, Inuyasha.
Inuyasha Taisho, aquel hanyo al que había conocido hacía poco más de un año, de una manera no muy agradable, pero que ahora se había convertido en su fiel compañero de tareas y largos días de responsabilidades. No eran pareja, sin embargo por momentos se comportaban como una, sobre todo en aquellas situaciones en las que los celos del peliplata son volvían imposibles de disimular.
- ¿Qué te sucede? - preguntó mientras comenzaban a caminar en la dirección contraría a la aldea. - Te noto preocupada.
- Tengo un mal presentimiento. - respondió, entrecerrando sus ojos. - Siento que algo muy malo esta a punto de suceder.
- Nada va a sucederte. - se adelantó unos pasos. - No mientras yo esté cerca para protegerte.
Ella sonrió ante sus palabras.
- Lo se... y te agradezco por eso.
Él la miró por sobre su hombro, devolviéndole la sonrisa antes de continuar con el resto de su camino.
Horas después, en el medio del bosque...
- El momento ha llegado. - pronunció aquella mujer, la cual se encontraba parada frente a una especie de bola de cristal. - Todo en este mundo tiene un ciclo... y la Shikon No Tama no es la excepción.
Sus palmas se posaron sobre aquel objeto sin tocarlo y sus ojos se cerraron. Una especie de energía comenzó a envolverla, revelando un nuevo rostro frente a su mirada oculta.
- ¿Es ella? - murmuró. - Al parecer tienes un gusto por esta clase de mujer. - sonrió.
Sacerdotisa Kagome... serás la siguiente protectora de la Perla de Shikon cuando la sacerdotisa Kikyo muera.
