Promesas

Sintió los primeros rayos de sol golpear su rostro y abrió sus ojos. Inmediatamente sintió al aroma de ella a su lado y sonrió al notar que estaba dormida sobre su hombro. Finalmente, luego de aquel momento en el que casi sucumben a sus deseos y de pasar horas hablando, ambos habían caído en un sueño profundo.

- Kikyo. - murmuró, pasando su brazo por detrás de su espalda y acercándola más a él, provocando que se removiera un poco. - Te prometo que te liberaré de ese cruel destino.

No importa si yo también muero en el intento.

Su mente estaba agotada de pensar y repensar opciones, pero ninguna parecía tener un final diferente y, por lo pronto, mientras más pensaba, más rápido el tiempo se marchaba. Fijó sus ojos en el cielo, dejándose embriagar por el aroma dulce que tanto le gustaba. El sonido de los pájaros musicalizaban la mañana y no paso mucho hasta que ella abrió sus ojos.

- Buenos días, bonita. - sonrió, encontrándose con su mirada.

- Buenos días. - le devolvió la sonrisa, acurrucándose más contra él. - Se siente bien.

- ¿Qué cosa?

- Despertar a tu lado.

Cada palabra que salía de sus labios se sentía como una caricia al alma, un motivo más para dar todo por salvarla.

- A mi también me gusta que seas lo primero que veo al despertar. - besó su frente. - Pero ya es momento de que los dos regresemos a nuestras responsabilidades.

- Si. - sonrió al mismo tiempo en que él la ayudaba a ponerse de pie. - Ojalá algún día podamos... - se quedó en silencio.

- ¿Qué cosa?

- Nada. - comenzó a caminar. - Sólo estaba pensando en voz alta.

- Oye. - se paró frente a ella, deteniendo su caminar. - ¿Te refieres a...? - se sonrojó.

- ¿Me refiero a...? - rio levemente.

- A... ¿despertar juntos... todos los días?.

- Bueno... - pasó por su lado. - ¿Te gustaría eso?

- ¿Estas loca? - volvió a colocarse al frente. - ¡Por supuesto que si! Pero... - nuevamente desvió su mirada, tratando de controlar sus nervios. - Eres una figura sagrada, se supone que...

- Lo se. - reanudó su camino por tercera vez. - Pero descuida, sólo fue un comentario.

- Bueno pero no pienses que no lo haría. - esta vez se posicionó a su lado y ella lo miró.

- ¿De verdad? - claramente estaba sorprendida.

- Claro que si, además... después de eso... - colocó su mano a la altura de su cintura. - Pasaríamos la primera noche como...

- Ya. - colocó su dedo índice sobre sus labios, callando sus palabras. - Aún tenemos un largo día por delante.

Ambos sonrieron y continuaron caminando unos metros hasta que se vieron en la obligación de separarse. Volvieron a unirse en un profundo abrazo y, segundos después, el lobo comenzó a correr en dirección del bosque.

La miko se quedó observándolo hasta que desapareció de su rango de visión. Emitió un pequeño suspiro, tomando la Perla de Shikon y entrecerrando sus ojos ante los recuerdos de lo sucedido la noche anterior.

¿Qué es lo que sucede contigo? ¿Por que siento que te has vuelto más peligrosa que cualquier yokai?.

Mientras tanto, en la otra aldea...

- ¿Mami? - preguntó la niña, acercándose al bosque al mismo tiempo en que restregaba sus ojos. - ¿Qué estas haciendo?.

- Sayo. - la miró por sobre su hombro. - Buenos días hija, lamento haberte dejado sola. - volvió sus ojos a la bola de cristal. - Mami esta trabajando.

- ¿Qué sucedió? - se posicionó a su lado.

- Algo salió mal. - murmuró. - Se suponía que...

Se suponía que esa sacerdotisa debía morir anoche. Al parecer es más fuerte de lo que La Perla de Shikon pensaba.

- Sayo. - se arrodilló frente a ella, fingiendo una sonrisa. - ¿Quieres saber más sobre el trabajo de la familia?

- ¡Si! - la niña asintió con notable entusiasmo, después de todo no tenía idea de lo que su madre quería decir.

- Bien, entonces deberemos volver a la aldea... con la señorita Kagome.

- ¡¿De verdad?! - los ojos de la niña se iluminaron aún más.

- ¿Podrías pedirle que nos acompañe?

- ¡Claro! - volteó y comenzó a correr hacía la aldea.

- ¡Pero, Sayo...!

- ¡Descuida, ya se como decirle!

- Bien. - murmuró.

Quizás la energía de la sacerdotisa Kagome pueda aumentar la fuerza de la Perla... después de todo, una vez que la vea, será suficiente para sellar su destino.

Mientras tanto, Kagome se encontraba saliendo de su cabaña, sosteniendo la cesta con la que iría a recolectar las hierbas medicinales.

- Buenos días, Kagome. - elevó sus ojos y sonrió al verlo sobre una de las ramas.

- Buenos días, Inuyasha. ¿Dormiste aquí toda la noche?.

- Bueno, no había nadie cerca asique... - aterrizó a su lado.

- Oish, ya te dije que puedes acercarte a la aldea cuando haya personas. Nadie te dirá nada si estas conmigo.

- Keh, no me fío de los humanos. - colocó sus manos en su hahori. - Sólo confío en ti. - se tensó al darse cuenta de que había pronunciado aquellas palabras en voz alta.

- Pues, me alegra mucho saber eso. - para su sorpresa, ella se acercó y entrelazó su brazo con el suyo. - ¿Vienes conmigo a los campos?

- Bu... bueno, si lo quieres...

- Eres mi compañero Inuyasha, por supuesto que quiero.

¿Su compañero? ¿Lo estará diciendo en serio?.

Estaba a punto de hacer la pregunta que necesitaba para avanzar cuando escucharon la voz de la niña llamando a la joven.

- ¡Señorita Kagome!

Rápidamente el híbrido se lanzó hacia el árbol, ocultándose entre las ramas.

- Inuyasha, ¿por qué...?

- Señorita Kagome, que suerte que la encontré.

- Sayo. - susurró. - ¿Qué estás haciendo aquí tan temprano?.

- Mi madre y yo salimos al amanecer. - mintió. - Y tenemos noticias de nuestra aldea.

- ¿Noticias de su aldea? - se sorprendió. - Pero... ¿no la habían destruido?

- Al parecer no todo está perdido. - el entusiasmo de la niña se veía demasiado real para ser una mera mentira. - Por favor señorita Kagome, ¿usted podría acompañarnos?.

- Sayo. - se arrodilló a su lado. - No puedo marcharme, mi deber es proteger la aldea. Aunque quisiera...

- Le prometo que no es muy lejos. - unió sus palmas. - Sólo tardaríamos un par de hormas, por favor señorita, se lo suplico.

- Sayo...

- Venga, mi madre le podrá explicar mejor. - tomó su mano y comenzó a correr mientras Kagome la seguía.

Inuyasha aterrizó nuevamente, observándolas mientras se alejaban.

¿Un viaje repentino a una aldea?.

Entrecerró sus ojos.

Algo en todo esto no me agrada para nada.

Comenzó a caminar, siguiendo a la mujer a una distancia prudente.

- Ni creas que te dejaré ir sola, Kagome. - murmuró. - Hace tiempo juré que te protegería con mi vida y pienso cumplirlo a como de lugar.