—Bueno, yo planeaba invitarlo, pero él se me adelantó —explicó con una media sonrisa, recordando la bella piel pálida de Malfoy ser acariciada por la luz amarilla de las velas.
Ron bloqueó con los ojos muy abiertos.
—Tú, él- —balbuceó a la vez que turnaba su mirada desde su amigo hasta la puerta por la que había pasado el rubio.
—Te regalo mis boletos si quieres. Ya no los usaré.
El semblante de Ron cambió a una gran sonrisa.
—¡Bendito sea el hurón! —exclamó alzando ambos brazos en celebración —. Pero ¿ya son tan amigos?
—Supongo.
Las mejillas de Harry se sonrojaron, gesto que Ron noto.
—¿Amigos, verdad? ¿Amigos como tú y yo?
—Dije que lo supongo, Ron, ¿por qué insistes?
Ambos conectaron sus miradas. El pelirrojo fruncia el ceño queriendo descifrar los más oscuros y profundos secretos del moreno.
—¿Cómo estás con Ginny? —preguntó Weasley, como si no quisiera la cosa, adoptó una posición casual y tomó su bebida.
—Bien, me mandó una carta ayer... Espera, ¿qué tiene que ver?
—¿Te gusta hablar con ella?
—Sí, claro. Sigo sin entender a dónde quieres llegar.
—Elige, ¿a quién llevarías a escalar una montaña?
—¿Qué?
—¡Elige!
La confusión era notable en el rostro del oji-verde. Mientras que Ron lo apuntaba con su dedo y empezaba a contar.
—¡A Draco!
Ron sonrió con suficiencia y se recostó en el respaldo de la silla.
—¿Y por qué no a Ginny? Sabes que adora escalar.
—Yo-
Harry calló, pensando en la respuesta que había dado.
Era verdad, había ido con Ginny en repetidas ocasiones a las montañas más altas para subir hasta la cima sin magia. Draco, en cambio, tenía un porte más pulcro y elegante como si odiara el hecho de cualquier cosa que provocará que sus zapatos se ensuciaran.
—Yo también amaría llevar a Hermione a un partido de Quidditch aunque a ella no le apasione tanto como a ti. Y Hermione amaría más llevarme a una librería que a cualquier otra persona en el mundo que tenga el mismo amor por los libros.
Harry sopesó las comparativas. Se perdió en un mar de pensamientos. No entendía sus razones para escoger a Draco sobre otras personas. Sin embargo, no le importaba.
Decidiría ir con Draco a cualquier parte de lo que le gustaría hacerlo con otros más.
Malfoy se había convertido en alguien incondicional. Alguien al que le gustaba pensar en la mañana y antes de acostarse. Y, en algunas ocasiones, también invadía sus sueños.
—¿Quieres decir que me gusta Draco?
—No dije eso —volvió a sonreír con superioridad —, pero veo que son cercanos si ya le dices por su nombre.
Harry volvió a sentir el calor en sus mejillas.
—¿Podemos cambiar de tema? —suplicó.
Ya era domingo.
El reloj marcó las doce en punto de la tarde con un insistente (e irritante) tic-tac.
Harry vio el objeto circular colgado en su pared de la estancia.
Se recostó en el sillón, dejándose sumergir entre los esponjosos cojines. Cerró los ojos, respiró, movió su pierna con intensidad, jugó con sus manos.
Hizo de todo para poder relajar su alterado corazón. Y nada funcionó. Al contrario, este se expandió con el golpeteo de la puerta que con solo ser escuchado por el moreno, se levantó como un robot y corrió hasta la entrada.
Abrió la puerta y vio a su rubio con una brillante sonrisa con el cabello perfectamente peinado hacia atrás. Vestía su traje blanco sin una arruga o imperfección. Sus zapatos negros brillaban aún sin un sol presente.
—Hola —saludó el mayor, ladeando su cabeza.
Qué lindo. Pensó Harry.
Basta.
—Hola —correspondió con una sonrisa tímida y nerviosa, pero que a la vez transmitía felicidad.
—¿Listo para irnos?
Harry asintió, quitándose del medio y dándole paso a Draco, que no dudó en caminar hacia la sala donde se encontraban las maletas.
—Usaremos la aparición, si no te molesta, es más complicado llevar los baúles por polvos flu —mencionó Malfoy a la vez que le ofrecía el brazo para que lo tomara.
Harry dudó un poco, no obstante, lo hizo y con su otra mano agarró el equipaje.
Sintió ese ya conocido revoltijo en el estómago y al abrir los ojos ya estaba frente a una gran mansión con extensos pastos verdes adornados por arbustos con formas extravagantes y muchas flores que le aportaban un aspecto alegre y colorido.
Potter entre-abrió la boca con asombro.
—Dime que esta no es la casa.
Draco la miró.
—Sé que es un poco pequeña, le dimos la otra al Ministerio por-
Su voz abandonó su garganta provocando que las palabras se amontonaran en su garganta creando un nudo.
—Gracias —dijo Harry, al notar el estado del más alto —. Creo que nunca te lo había agradecido, pero me ayudaste mucho a ganar la guerra. Fuiste muy valiente en enfrentarte a Bellatrix aún cuando te ponías en riesgo a ti y a tu familia.
—Lo que hice no es nada comparado por los sacrificios que has hecho tú. Quiero compensarte cada cosa mala que hice.
Harry sonrió.
—¿Te parece si yo cocino? —opinó el oji-verde a la vez que caminaba por el camino de piedras.
Y Draco lo siguió. Como haría el resto de su vida.
El equipaje ya había sido trasladado a las habitaciones gracias a los elfos.
Harry y Draco estaban en la cocina. El segundo se encontraba sentado presenciando como el moreno lucía un delantal verde y se movía entre la mesa y la estufa.
Cortaba algunas verduras, las echaba al fuego y las revolvía.
—Siempre pensé que odiaba cocinar —confesó Harry después de un rato —. Mis tíos me obligaban a hacer la cena, ellos nunca me trataron muy bien... Pero un día les cociné a Hermione y a Ron y descubrí que en realidad esa actividad me gustaba. Lo que me desagradaba era hacerlo para mis familiares.
Draco lo miró con un brillo en los ojos.
—Eres como el sol, ¿lo sabías? —interrogó Malfoy, a la vez que se levantaba de la silla de madera del comedor y se acercaba al cuerpo del más pequeño.
Harry le daba la espalda y aprovechó esa oportunidad para pasar sus brazos por su cintura y recostar su cabeza en el hombro ajeno.
—Y yo sería la luna. Yo brillo por ti. No obstante, tú brillas por ti solo. Y eres la estrella más brillante de todas —susurró Draco en su oído.
El azabache sintió el calor y cosquilleo producirse en su oreja y extenderse hasta la yema de sus dedos. Tanto que sus manos temblaron un poco, dejando de tomar correctamente el cucharón.
Draco, al darse cuenta de ello, tomó la mano de Harry y lo ayudó a sujetar de nueva cuenta el cubierto y seguir con la tarea.
Guió las vueltas que debía de dar por el sartén.
—Siempre me ha gustado la luna —murmuró Harry —. La veía cada noche cuando me dieron una habitación a los once. Era como una esperanza para mí. Sabía que la luna no cambiaba aquí y en Hogwarts, era lo que me conectaba con mi verdadero hogar.
Potter se dió la vuelta, quedando frente a frente con Malfoy.
—¿Sí? Pues a mí me gusta más el sol. Me demuestra que hay un nuevo día para ser mejor.
Harry río levemente.
Conectaron sus miradas, en segundos que se hicieron eternos. El tiempo se detuvo con ellos. Mirarse era el ancla para no zarpar a un mar salvaje. Los mantenía en la tierra, no era necesario volar ni soñar, lo que más deseaban estaba cuando abrían los ojos.
