Disclaimer: InuYasha y sus personajes no me pertenecen. Son propiedad de Rumiko Takahashi. Esta historia está escrita con el único fin de entretener.
Notas:
[1] Yee naaldlooshii: «skin-walker, cambiapieles». De la cultura Navajo; chamán o brujo maligno con la capacidad de convertirse, poseer o disfrazarse de un animal o incluso una persona. Se puede traducir como «así va, a cuatro patas».
[2] Akaname: «lame suciedad». Yōkai que por las noches entra a los baños y lame la mugre de las tinas. No es peligroso para los humanos.
«Come into my arms, that darkness is bitter
You're bewitched, yet you waver.
Come, be now forever, this darkness is sweet
I'll pierce you so deep»
Kuchizuke — Buck-Tick
Akaname
«Y así va, a cuatro patas… y así va, a cuatro patas… y así va, a cuatro patas…»
«Y así va…»
Zakuro entreabrió la boca, queriendo repetir el rezo que resonaba en su cabeza, pero su cuerpo estaba paralizado, entumecido por una fuerza invencible que sometía inexorable todas sus extremidades. Intentaba mover la cabeza, y aunque no podía ver nada entre la oscuridad, se sabía atrapada en una red invisible que la sujetaba por muñecas y tobillos. Podía sentir las cuerdas fantasmales reptar por su piel, apretarse en sus rodillas y codos hasta hacerle daño, hasta encajarse en su piel. En las heridas se le metía una neblina púrpura y densa que ardía al contacto; dejaba a su paso su piel enrojecida e irritada.
—Veneno… —No sabía si lo había dicho en voz alta o entre sueños. «No estoy dormida: estoy envenenada…». Habría querido gritar, pedir ayuda a los sirvientes, a sus padres, a los samuráis del palacio, o a quien pudiese escucharla, pero estaba sola en la oscuridad inmensa de sus aposentos y no podía gritar ni moverse. De alguna manera, sabía que ni siquiera los dioses podían escucharla. Era lo más parecido a estar en el infierno.
«Nadie puede escucharte», contestó la oscuridad misma, viajando en aquella neblina que comenzaba a cubrirla como un lúgubre manto.
«Y así va, a cuatro patas… y así va…»
Su indefenso estado le recordó al pequeño Jiro, un niño sirviente apenas menor que ella, hace ya muchos años muerto luego de la mordedura de una araña. Nunca encontraron a la alimaña, escurridizas como son, pero Jiro pasó una tarde y una noche enteras sudando frío y retorciéndose, llorando de desesperación y gimiendo de dolor, sintiendo cómo su pequeño cuerpecito se le licuaba por dentro. Los ungüentos, las cataplasmas, el agua fría y el arroz blando no lograron ayudarlo ni diluir el veneno que lo devorada por dentro y le contaminaba la sangre. Algunos sirvientes juraron que la culpable había sido una araña yōkai que intentó devorarlo, pero Zakuro no prestó atención a ninguno de los chismorreos más allá de las últimas imágenes del niño, que se quedaron plasmadas en su memoria: los dedos finos y pequeños encrespados, los ligamentos del cuello tan tensos que parecían a punto de romperse, los calambres que retorcían los músculos de sus pantorrillas y muslos, el enrojecimiento de su pecho, y luego la palidez de su rostro cuando la muerte ya se acercaba. Recordó sus labios secos y enrojecidos y su mirada vidriosa, el cabello empapado en sudor, y la uñas que se le desprendieron de los dedos apenas fallecer. Cuando Zakuro lo vio, le pareció que era jalado aquí y allá por una fuerza invisible que amenazaba con hacerlo pedazos como a una vieja muñeca de trapo. Lo recordaba bien, pensó; sólo podía pensar. Intentaba no recordarlo demasiado, con los grandes y redondos ojos oscuros bien abiertos, enrojecidos por las diminutas venas oculares reventadas, mirándola sin verla.
Zakuro se recordó dándole un beso seco en los labios ardientes por la fiebre, como cuando jugaban a los besos con su sirvienta Rio, apenas mayor que ella. El sabor de la muerte jamás abandonó su boca, y con los años, se acostumbró tanto al sabor dulzón y amargo del veneno, que simplemente terminó por hacerlo parte del sabor de su propia saliva; eso era algo que Rio solía decirle. Ahora volvía a recordarlo con mucha más intensidad, como si volviese a besar al moribundo Jiro.
Tuvo que escabullirse para visitarlo, pero en cuanto la descubrieron, que fue más temprano que tarde, la devolvieron a sus aposentos. Despertó con la noticia de la muerte de su amigo; probablemente fue la primera vez que le dolió algo. El niño le caía bien, y sola como estaba, lo consideró un amigo durante toda la niñez, incluso si de vez en cuando lo atormentaba con sus bromas pesadas y hacía a Rio participe de ellas. Con Jiro, la infancia de ambas había muerto también.
Habían pasado muchos años desde que recordase eso, pero ahora podía verlo perfectamente, como si volviera a tener nueve años. Sí, volvía a tener nueve años, pero ya no tenía el cabello largo hasta los muslos, ni usaba ricas telas de seda estampadas con camelias rojas y garzas blancas. Era más pequeña y flacucha, estaba cansada y tenía los pies sucios. Se miró las manos: ya no estaban empolvadas con talcos aromáticos, ni suavizadas por aceites de flores, sino curtidas de callos, con sus deditos pequeños y finos muy tensos, como si le dolieran y no pudiera controlarlos; los vio ennegrecerse en las puntas hasta que las uñas se secaron y se volvieron azules. Comenzaron a desprenderse, dejando a su paso unas crecientes garras gruesas y negras.
—Jiro…
Susurró, tal y como lo hiciera cuando lo visitó en la casa de sirvientes, pero el niño no respondió, y se percató de que ella era quien preguntaba, y también quien debía responder, y ya no era la Zakuro de diecinueve inviernos, ni la Zakuro de nueve, sino el Jiro de apenas ocho años, languideciendo ahí, mirando sin ver el techo oscurecido por las sombras de la muerte que acechaban muy silenciosas su último aliento. Sus sombras se retorcían y se movían rápido a su alrededor, tenían la forma de una araña gigante hecha de negrura y silencio, la misma que lo había matado y amenazaba con morderla también a ella, indefensa como estaba, yaciendo moribunda en un viejo futón empapado de sudor helado, retorciéndose entre las sábanas, sola en esa oscuridad expectante que susurraba una y otra vez «y así va, a cuatro patas…»
Podía sentir cómo los órganos se le licuaban por dentro, cómo la piel blanca se le cubría de repugnantes venas azul oscuro, de llagas púrpuras y pústulas negras, ahí donde el veneno de araña le corría por el cuerpo y destruía sus suaves tejidos, haciendo hervir su sangre y espesándola hasta volverla aceite.
Un espasmo involuntario le recorrió la columna, doloroso y agudo, obligándola a retorcerse violentamente entre las sábanas, que ahora sólo servían para sofocarla; supo que eran ellas quienes le paralizaban el cuerpo, deshilachadas todas y convertidas en una inmensa telaraña que cubría aquí y allá toda su habitación, atrapándola como una polilla entre las hebras de seda. El rezo en su cabeza nunca paró, pero a partir de la primera convulsión, se intensificó desgarrador, tronando en sus oídos, latiendo en sus sienes y acompasándose con los acelerados latidos de su corazón.
«Y así va, a cuatro patas… ¡Y así va, a cuatro patas! ¡Y así va, a cuatro patas!»
Zakuro despertó jadeando, y luego sus gemidos se volvieron gritos de espanto y dolor, remanentes de un dolor fantasma, de una ilusión extraña, lo supo cuando se alejó de su futón, arrastrándose por el suelo con dedos tensos y temblorosos hasta chocar bruscamente con la puerta de la habitación contigua. Tenía las sábanas medio enredadas en las piernas, y sentía la frente perlada de un sudor molesto y sofocante. El cabello se le enredaba y pegaba en las mejillas, en la nuca y los hombros, y gritó una vez más, de miedo y euforia a la vez, cuando se encontró en su habitación iluminada por la mañana.
—¡Señorita Otsuka!
Rio, su sirvienta, corrió la puerta de su habitación sin pedir permiso, asustada como estaba. Abrió la puerta con tanta fuerza que estuvo a punto de romperla. Un suspiro de sorpresa escapó de su boca cuando vio a la joven Zakuro del otro lado de la habitación, sudorosa y temblando; había dejado a su paso por el suelo un reguero de sábanas desordenadas, pero parecía estar sana a pesar del sudor y las mejillas pálidas.
—¡Señorita Otsuka! ¿Está bien?
Su ama parecía desorientada, mirando a su alrededor con los ojos bien abiertos, como intentando cerciorarse una y otra vez de que estaba en el mismo lugar que sus ojos veían y que ya bien conocía.
—Señorita…
Zakuro se sobresaltó en su sitio, asustando a su vez a Rio, aunque su reacción sirvió para aterrizarla; de pronto se hizo consciente del aroma del incienso de sándalo de la noche anterior todavía flotando en su habitación. Se pasó una mano temblorosa por la frente empapada y pálida, y se quitó la sabana de entre las piernas bruscamente, sintiéndose estúpida.
—Nada, nada, Rio… guarda silencio, por Dios —Tenía la voz entrecortada, pero estaba molesta, Rio podía darse cuenta. Se masajeó el puente de la nariz y luego las sienes. Juraba tener todavía atascado en la cabeza aquel rezo interminable que jamás había escuchado—. Una pesadilla, eso es todo. Fue una fea pesadilla, pero estoy bien, sí… —Se retiró algunos mechones húmedos pegados a su cuello, mientras Rio la miraba expectante desde la puerta—. Prepárame un baño, estoy empapada y me duele el cuerpo… tal vez sólo fue una pequeña fiebre nocturna.
«Como si estuviera envenenada», pensó una vez que su sirvienta se fue. «¿Sería ese dolor el que sintió Jiro en su momento, hace muchos años?»
Una voz en su cabeza susurró que sí, sin duda: «eso fue lo que lo mató; eso fue lo que sintió. Querías saber qué se sentía, y por eso lo besaste». Miró al techo: habría jurado que la voz que le respondió no sólo estaba en su cabeza, sino que venía de algún sitio de la habitación, como si su voz interna hubiese decidido escapar a través de sus oídos e instalarse en alguna esquina oscura.
—¿Hola…? —Su voz ya era más tranquila, aunque había un dejo de inquietud en ella. Le perturbaba pensar en Jiro, y sentía que de alguna manera, su alma la estaba castigando con aquella pesadilla por deliberadamente alejarlo de su cabeza por tantos años, como si no mereciese siquiera el ser recordado únicamente porque su muerte había sido repentina y dolorosa. «O quizá por el beso».
De pronto la encontró, y sintió cómo el estómago le daba un vuelco, aunque lo que encontró no fue ni su voz convertida en espectro, ni ningún recuerdo convertido en ominosa sombra. En la esquina más alejada de su habitación, justo del otro lado, estaba una araña gris, con el abdomen dibujado por franjas negras; había pasado la noche tejiendo su telaraña. Tenía las ocho patas gruesas y un abdomen abultado, lo que le daba un aspecto ligeramente tosco, pero al menos no se trataba de una araña yōkai, como se llegó a pensar con la que terminaría por matar a Jiro. Zakuro de igual forma ordenó que la matasen y retirasen todo rastro de su telaraña. Ni siquiera esperó a que los sirvientes vinieran; ella misma se levantó, retirándose de su habitación a paso firme, aunque aún conmocionada y adolorida por el reciente sueño.
No vio que tras ella, el papel de la puerta de la habitación contigua se había roto luego de su apresurada carrera fuera de su futón. El agujero había quedado a la altura de su cuello, y a través de él, un ojo felino, de iris rojas y vetas borgoña, observaba todo con una fascinación perversa debajo de sus pestañas largas y oscuras.
Cuando los pasos se alejaron por el pasillo hasta que dejaron de escucharse, tres patas de araña, enormes y negras, finas y brillantes como las de una viuda negra, se deslizaron a través del agujero, extendiéndose a la luz clara de la mañana que se filtraba por la ventana. Afuera se abrieron, ensombreciendo la habitación como un mal presagio, y tomaron del suelo un único cabello, larguísimo y oscuro, recién caído de la bonita cabeza de la joven Zakuro Otsuka.
—¿Una pesadilla, mi señora? —Rio pasó un rato lavándole la espalda y el cabello, y sólo hasta entonces fue que Zakuro se animó a hablar de aquello que la había atormentado durante el sueño. Estaba demasiado seria, cosa que era inusual en alguien extrovertida y confiada como ella. Apenas había hablado sobre su próxima boda y algunas cosas que necesitaba para el evento. Había pasado todo el rato evitando el asunto del sueño.
—Sí, eso —Zakuro se talló un ojo con una mano empapada. Una gota de agua había quedado atrapada entre sus espesas pestañas hasta caer dentro de su ojo—. Fue espantosa, y extraña. ¿Recuerdas a Jiro? Soñé con él, cuando murió.
Rio había nacido y trabajado en aquella casa desde siempre, y era apenas un año mayor que su ama.
—Ah, sí, claro que lo recuerdo, mi señora —contestó, comenzando a enjuagarle el cabello y rememorando una infancia apacible que no supo muy bien cómo terminó. «Yo conviví incluso mucho más con Jiro; ojalá hubiera vivido un poco más, así no habría pasado nada después…»—. Pobrecito. Murió con mucho dolor.
—Soñé que era él —continuó Zakuro, echando la cabeza hacia atrás para que terminase de exprimirle el cabello. Esbozó una ligerísima sonrisa cuando sintió cómo los temblorosos dedos de Rio se hundían en su cabeza e intentaban desenredar su cabello empapado; a la pobre siempre le temblaban un poco los dedos cuando la ayudaba a bañarse, pero hizo como si no se diera cuenta—. Fue muy extraño, y se sintió aún más raro. Yo era yo, ¿entiendes? Pero al mismo tiempo, era él; yo era Jiro a la edad de su muerte. Creía poder sentir el mismo dolor que debió sentir él cuando murió envenenado por esa araña —Su voz se fue ensombreciendo conforme avanzaba en su breve relato, influenciada por el siniestro tono del sueño—. Creí estar atrapada en una telaraña… y cuando desperté, me di cuenta de que sólo se trataban de las sábanas. Pero estaba sudada y me dolía todo.
—¿Desea que llame al sanador?
—No. Sólo fueron los nervios del sueño. Me vendría bien un masaje…
Tomó con brusquedad una de las manos de Rio, y la posó en el espacio entre su cuello y el hombro. Su sirvienta tenía los dedos cálidos por el agua, ligeramente arrugados en las yemas y todavía nerviosos. Pareció a punto de masajear el lugar, pero se detuvo al sentir una protuberancia ligeramente hinchada y caliente sobre la piel, como si se tratase de la picadura de un mosquito.
—Señorit…
Zakuro la interrumpió poniéndose de pie dentro de la tina.
Rio, desconcertada aún, vio cómo el agua le escurría por la piel blanquísima en gruesas gotas apenas tibias, y la ayudó a salir de la tina para que no resbalase. La cubrió con un kimono blanco de baño, y sin darse cuenta, miró por un instante los pequeños pechos de la joven, empapados bajo la tela. Se sonrojó al notar los pezones rosados marcados tras la tela clara. Inmediatamente desvió la vista, avergonzada y temerosa.
Zakuro no lo dejó pasar, y mientras no la veía, una sonrisa maliciosa asomó por la comisura de sus labios.
—¿A dónde miras? —preguntó burlona, logrando sobresaltar a la muchacha, que se estremeció al saberse distraída cuando Zakuro la tomó por el mentón y la hizo volverse hacia ella. La mantuvo así unos segundos, agarrándola por el rostro y obligando a mirarla a los ojos. Cuando la soltó, Rio notó que le había dejado los dedos marcados en la mandíbula, y estaba tan sonrojada que la cara le ardía, pero su ama estaba fresca como una mañana de invierno.
—No, nada, mi señora —dijo, acomodándole al fin la ropa. La piel blanca de la muchacha brilló contra la luz cuando bajó por las pequeñas escaleras de la tina, obligando a Rio a desviar la vista para evitar sonrojarse de nuevo.
Estaban ya lejos por el pasillo cuando una oscuridad repentina se apoderó del baño. La luz, que se filtraba por los barrotes de las ventanas, apenas parecía capaz de iluminar la estancia, y de entre el vapor suspendido en lo alto del baño, surgió una figura de piel pálida y rojiza. Su piel macilenta se pegaba a sus extremidades hasta fundirse con los huesos. Esquelético como era, las vértebras de la criatura roja saltaban de manera grotesca mientras se deslizaba por la pared del baño sobre sus brazos y piernas, que se estiraban, flexionaban y retorcían de formas imposibles para un ser humano o un animal.
El cabello negro, grasiento y húmedo por el vapor del agua caliente, se movía nerviosamente mientras el yōkai olía, ansioso, los restos de sudor que los pies de Zakuro habían dejado a su paso por el baño, antes de lavarse.
—Qué lástima… ji, ji, ji… —susurró el monstruo, con su risa desagradable resonando en el baño, agrandando las fosas nasales de la nariz anchísima—. Es una muchacha muy limpia. Qué lástima… ji, ji. Es un baño demasiado limpio…
Pero podía oler la sal del sudor nocturno, el aroma de su ansiedad impregnado en las gotas disueltas entre el agua jabonosa que había quedado en la tina, incluso los remanentes de una lascivia diluida y siniestra que flotaba todavía en el agua y en el aire.
El yōkai abrió la boca con un gesto grotesco, sacando una lengua delgada y mucho más roja que su cuerpo. Era larguísima, y se movía como una serpiente en el aire. Sus papilas gustativas estaban ennegrecidas por la mugre que gustaba tanto lamer de los baños humanos, y su aliento solía apestar a sudor, a humedad y a lodo, aunque en sus peores momentos despedía el penetrante olor ácido del orín y el excremento humano. Se posó en la orilla de la tina, lamiendo ansiosamente los sitios donde la piel de la joven Zakuro tocó la madera. La lengua se hundió en el agua, aunque no consiguió gran cosa de ella. Después se inclinó al suelo, con las rodillas y los codos flexionados hacia afuera en un ángulo, que aunque grotesco, no le provocaba molestia alguna. Las manos huesudas, con sus gruesas garras amarillentas, se doblaban hacia adentro. Lamió el camino por el cual los pies de Zakuro pasaron, y su sonrisa lasciva sólo desapareció hasta que una voz profunda y ligeramente rasposa resonó en el baño.
—Akaname [2]
Movió las orejas puntiagudas al escuchar su nombre pronunciado por aquella voz detestable y cruel que ya tan bien conocía y temía. Un escalofrío lo recorrió al mirar atrás, encontrándose con un yōkai mitad hombre que lo miraba con repulsión tras la capucha blanca de babuino que le cubría la cabeza y el cuerpo entero. Estaba de pie a contraluz, y esta sólo conseguía oscurecer aún más su ya de por si lúgubre figura y aura.
—Mi… mi señor Na… Naraku… —titubeó el akaname, estremeciéndose en su sitio y guardando la lengua tan rápidamente que casi se atraganta con ella. Se apresuró a arrodillarse ante él.
—Te dije que escucharas lo que decían y te dejaría lamer los restos de su suciedad —masculló Naraku. El desprecio en su voz podía cortar el aire, pero el yōkai rojizo se limitó a reír por lo bajo, lascivo y burlón—. Yo diría que ya tuviste suficiente.
—Nunca es suficiente, mi señor Naraku. Este baño es demasiado limpio —dijo, sumiso. La saliva espesa le escurría por la boca—. Todavía no termino de lamer el sudor, ahí donde la muchachita caminó, toda ansiosa… ji, ji, ji…
Cada vez que reía, su cuerpo entero temblaba en cada una de sus articulaciones retorcidas, pero Naraku nunca había sido un hombre paciente cuando se trataba de sus súbditos. «No hay tirano paciente», se había dicho alguna vez, y se sintió de pronto lleno de un orgullo vulgar y malsano, no tan distinto al del akaname al hablar de sus escatológicos gustos. A Naraku le daba asco. Despreciaba a los humanos, así que arrastrarse por ahí lamiendo sus desechos le parecía aún más asqueroso, si cabe.
Tres patas de araña surgieron de la boca de la capucha que ocultaba su rostro, tan rápidas que el rojizo yōkai apenas tuvo tiempo de verlas hasta que las tuvo aprisionándolo por el cuello. Naraku lo levantó en vilo, con las extremidades temblando y flexionándose en el aire de formas imposibles. La lengua le salía por la boca, moviéndose nerviosa y salivando sobre las patas endurecidas por una gruesa coraza de queratina. A Naraku le daba tanto asco que no se atrevía ni a tocarlo con sus propias manos, aunque era inofensivo tanto para los humanos como para los demonios.
—Dime qué fue lo que hablaron —ordenó Naraku, impaciente. La voz que salía de entre la capucha era rasposa y cruel. El akaname se atrevió a mirar a través de su sombra, y lo único que pudo ver fue el brillo borgoña de un par de ojos despiadados. Lograron asustarlo, podía leerlo en ellos: si no le daba lo que quería, lo mataría. Esa era la fama que Naraku tenía entre los demonios; tenía más de tirano que de yōkai.
—Mi señor… mi señor… Naraku —lloriqueó en el aire, aún sostenido por las patas de araña—. Apenas pude escuchar algo… yo prefiero salir por las noches… la luz me distrae. Y este baño es demasiado limpio…
—Si sigues lloriqueando, te mataré, akaname —sentenció él, sacudiéndolo un poco. Tuvo que soportar el aroma ácido que despedía la boca amarillenta del demonio y que se colaba entre la capucha—. Ahora, dime qué escuchaste.
—¡No sé! Yo… —No le parecía que la breve charla entre las muchachas fuera importante, pero Naraku le había ordenado decirle todo lo que ahí pasase—. Antes de irse, la princesa de la casa dijo que quería prepararse para su boda, o algo así. Hoy. Dijo que quería ir a la ciudad a comprar perfumes e incienso… y… y luego….
—¿Y luego, qué?
El akaname tuvo que esforzarse para recordar. No era bueno poniendo atención a lo que hablaban los humanos, sólo le importaba lo que dejaban atrás.
—La princesa de la casa le dijo a su sirvienta que estaba nerviosa, por un tal Jiro; se lo dijo mientras se lavaba. Un sueño, una pesadilla con él. Dijeron que había sido un niño sirviente que murió hace mucho, envenenado. ¡Sí! Dijeron que fue mordido por una araña… ji, ji, ji —El yōkai comenzó a burlarse otra vez, echando un vistazo a las horrendas patas de araña que lo sometían—. Ella estaba muy nerviosa, sí, sí: la princesa. Dijo que sintió cómo si ella fuera el chiquillo, envenenada, y que creyó que una telaraña la sometía. ¡Perdóneme, mi señor Naraku! No le entendí muy bien…
Naraku no dijo nada, lo de la pesadilla ya lo sabía, y estuvo a punto de dejarlo ir cuando el akaname continuó.
—Luego, la sirvienta se puso muy nerviosa cuando la princesa salió del agua. Le miraba los pechos a su señora. A la princesa le dio risa, y se burlaba cuando se sonrojó… ji, ji, ji…
—Eres asqueroso… —El tono lascivo del demonio lo hizo torcer la boca, aunque también despertó su interés. «Oh, esto no lo imaginaba».
Soltó al yōkai sin cuidado alguno, dejándolo caer al suelo. El akaname cayó bruscamente sobre el piso de madera húmedo, jadeando, y se alejó tembloroso de Naraku. El golpe lo había lastimado y ahora cojeaba un poco. Creyó que lo mataría, pero pudo respirar tranquilo cuando las patas de araña desaparecieron, tragadas por la capucha.
—Sigue con lo tuyo, demonio repulsivo… —espetó Naraku, apenas dignándose a mirarlo. El yōkai asintió, sumiso, susurrando gracias una y otra vez.
Cuando levantó la cabeza, el híbrido ya se había ido, y él siguió con lo suyo, tal y como le había dicho, lamiendo las últimas gotas de sudor que quedasen por ahí y por allá, y sólo en soledad se atrevió a burlarse de Naraku.
—Todos creen que soy tonto y repulsivo… —susurró lleno de resentimiento, buscando desechos con la lengua—. Pero ninguno entiende que no hay mejor manera de conocer a un humano, que devorando aquello que produce desde adentro…ji, ji, ji… sino, tienen que andar por ahí preguntando y espiando y adivinando…
Encontró una gota de sudor a punto de evaporarse, aunque ya diluida por el vapor y el jabón. El akaname la lamió, y a través de ella pudo ver más allá de sentir: pudo saborear la lujuria corrupta que la impregnaba, la malevolencia juvenil e impune, y aún más, el muy leve sabor del veneno de Naraku que había comenzado ya a consumir de adentro hacia afuera la esencia de Zakuro Otsuka.
Este fanfic tendrá pocos capítulos, dos o tres más, todavía no estoy segura. Quise explorar un poco la habilidad de Naraku como cambiapieles, esta vez no con animales, sino con humanos, empezando por la joven a la cual le roba la identidad y que utiliza al momento de maldecir al abuelo de Miroku con el agujero negro, así que ya pueden estar muy seguros de lo que va a suceder. No sé si se le podría considerar un OC o personaje original porque literalmente esta chica sí aparece en el canon (aunque ya poseída por Naraku), pero bueno, debía darle alguna personalidad antes de transformarse en él, porque en sí, de ella no se sabe nada más excepto que era bonita y de clase alta, a juzgar por la ropa que usa. Espero les agrade cómo este personaje se desenvuelve, es la primera vez que hago algo parecido a un personaje original como protagonista de un fic.
Entre otras cosas, creí que no alcanzaba a publicar este capítulo para hoy Halloween. Este mes ha sido muy caótico, especialmente la última semana, sin contar que estoy destrozada desde hace días por la muerte de Atsushi Sakurai, de la banda Buck-Tick. No tienen idea de lo mucho que amaba a ese hombre, sus canciones y su música, así que tengo el corazón roto y sigo muy triste.
¡Muchas gracias por leer! Espero hayan disfrutado este capítulo y les deseo un feliz Halloween. Yo esta noche seré Jason Voorhees de la película "Viernes 13".
Me despido,
Agatha Romaniev
