Disclaimer: InuYasha y sus personajes no me pertenecen. Son propiedad de Rumiko Takahashi. Esta historia está escrita con el único fin de entretener.
Advertencias: violencia moderada, situaciones de naturaleza sexual, violencia sexual.
Notas:
[1] La pagoda de cinco pisos del templo Tō-ji: el templo Tō-ji es un templo budista ubicado en Kioto que data del periodo Heian. Cuenta con una pagoda de cinco pisos cuya altura es de 55 metros. Actualmente es la pagoda más alta de Japón.
[2] Hannya: máscara de ogro del teatro Noh y las danzas Kagura que representa el alma de una mujer convertida en demonio a causa de los celos, la ira, la tristeza o la obsesión.
[3] Kasa: tipo de sombrero tradicional japonés, usualmente hecho de bambú, usado para resguardarse de la lluvia, la nieve o el sol.
[4] Hitodama: «alma humana». Son las almas de los recién fallecidos tomando una forma fantasmal. Aparecen como esferas azules o verdes con una estela larga.
[5] Chōchin'obake: linterna de papel que adopta una forma fantasmal, con una cara formada por un solo ojo y una gran boca con una legua larga; se le puede ver volando por las noches.
[6] Aburakago: «niño del aceite». Yōkai con la forma de un niño que suele merodear cerca de las lámparas de aceite. Tiene una lengua larga que usa para lamer el aceite caliente.
[7] Tengu: puede ser considerado un yōkai o un dios en la religión sintoísta. Tiene la forma de un ave de rapiña, y su característica más llamativa es su nariz extremadamente larga. Las máscaras de Tengu son muy populares en el teatro japonés.
«Esa sonrisa tan tierna no era la de un demonio ni la de un espectro maligno disfrazado de mujer»
Seiajin: el espíritu de la rana azul —Okamoto Kidô
El rōnin
La princesa Zakuro Otsuka habría enviado a sus sirvientes al bazar, pero necesitaba despejar su mente; los laberinticos y silenciosos pasillos de su hogar le resultaban cada vez más asfixiantes y aburridos conforme se acercaba el día de su boda, y todavía tenía en la boca el regusto amargo de su pesadilla, como si realmente hubiese probado de los labios del pequeño Jiro el ácido veneno de la araña que lo consumió hasta matarlo. Se relamió los labios esperando sentir algún ardor en su lengua, o quizás el cómo sus labios se hinchaban a consecuencia del veneno, pero no sintió otra cosa más allá de la húmeda calidez de su propia saliva. Por su cabeza pasó la idea de hacer que una abeja clavase su aguijón en sus labios, sólo para saber qué se sentía, cuánto dolía, y cuánto podrían sus labios hincharse y enrojecerse, pero no dijo nada al respecto.
Suspiró aburrida de pesadillas y abejas, recordando una vez más las responsabilidades que tenía ya más de una semana evadiendo por una u otra razón; no la dejaban en paz y su madre no tardaría en comenzar a presionarla. Los preparativos de su boda la tenían podrida y hastiada. Encima de todo, sus sirvientas eran estúpidas y nunca lograban adivinar lo que quería y le gustaba. Todo alrededor de su boda le parecía un aburrido desastre y había delegado la mayoría de los asuntos a sus padres, pero más temprano que tarde tendría que involucrarse también.
«Todas son unas tontas», solía pensar al evocar la imagen de las tres sirvientas que la seguían a todos lados. «Todas lo son, y Rio es aún más tonta. La más tonta de todas». La joven nunca atinaba con los perfumes, las flores, ni los estampados que le agradaban, pero aún más le ofendía que su doncella favorita fuese incapaz de complacerla a pesar de conocerla tan bien y tener tantos años a su servicio.
—¡Como si no supieras a qué huelo, tarada! —la había reprendido la última vez, justo antes de arrojar al rostro de Rio la crema aromática que recién le había conseguido. Sus sirvientes siempre le llevaban aromas florales y discretos, pero Zakuro prefería los frutales y cítricos, incluso ambarinos. Se había decantado por ellos hace muchos años, cuando entró a la habitación donde descansaba el moribundo y envenenado Jiro. Tenía un ligero aroma a almendras, a ceniza y madera fresca. Eso sí lo recordaba muy bien: las paredes se impregnaron de su olor durante semanas. Aquel había sido un olor extraño y decadente, uno que ya no era el olor natural del niño. No era un olor que pudiera siquiera considerarse humano, y no tardó en volverse penetrante y desagradable.
«El aroma dulzón de la muerte», pensaba a veces, por las noches, al recordar los labios azules y envenenados de Jiro. Lo recordó una vez más, durante al desayuno, al morder una ciruela madura y sentir cómo los jugos rojizos corrían por su barbilla. Rio apenas alcanzó a limpiarla con los dedos justo antes de que las gotas de jugo manchasen su impecable kimono de ríos esmeraldas, grullas doradas y peonias rosas.
—Oh, con cuidado, señorita Otsuka —susurró la joven, quien estuvo a punto de tomar una servilleta para limpiarse. Zakuro, intrigada por su atrevimiento al tocarla, tomó con rudeza la mano de su doncella y lamió las gotas de ciruela que escurrían por sus dedos. Escuchó el suspiro ahogado que salió de la boca de Rio cuando su lengua paseó cálida por encima de las yemas, y bajo el firme agarre de su mano, sintió temblar la muñeca de la joven sirvienta. Pudo ver cómo el cuerpo entero de Rio se tensó bajo su kimono al mirar a su alrededor y comprobar que estaban solas en la sala. Asustada, intentó apartar su mano lejos de su ama, pero Zakuro no se lo permitió, reteniéndola en su agarre con una fuerza cruel que se acrecentaba conforme el miedo de la muchacha crecía.
—¿Me manché? —susurró con suavidad la joven princesa, relamiéndose los labios. Rio asintió tímidamente, susurrando que los jugos de la ciruela le habían coloreado los labios de un tenue color rojizo.
«¿Y así se verán los jugos de cadáver al salir por la boca?» se preguntó Zakuro, y con aquel pensamiento revoloteando en su cabeza, se dirigió a la ciudad.
La pagoda del templo Tō-ji [1], con sus cinco pisos, podía verse desde la estrecha calle del bazar elevándose hacia el cielo azul y despejado en todo su horizonte. El finial en lo alto de la estructura de madera empuntaba altísimo, tan imponente como delicado; de vez en cuando atraía a los rayos durante las tormentas y los neutralizaba. Zakuro se preguntó cómo luciría aquella majestuosa estructura envuelta en llamas contra una oscura noche de tormenta.
Se habría detenido para reflexionar, pero no lo hizo; la confusión misma se lo impidió, y una parte de ella no pudo más que avergonzarse de sí misma. ¿Desde cuándo pensaba esa clase de cosas? Zakuro sabía muy bien que los pensamientos que a veces irrumpían en su cabeza eran crueles, y que una parte de ella, revoloteando muy en el fondo de su ser, sentía una fascinación malsana por el caos y el dolor. Todos lo sabían, se habían dado cuenta de una forma u otra, la misma Rio se lo había dicho una noche, hace mucho tiempo, pero Zakuro comenzaba a sentir que esa parte suya, antes oculta tras un velo delgado, se apresuraba por surgir hacia la superficie de forma inexorable, rasgando a través de la tela con garras hambrientas de sangre y carne.
Se imaginó destripándose a sí misma para dar a la luz a la verdadera Zakuro Otsuka, saliendo de entre sus entrañas cubierta de sangre y con el rostro deformado, convertido en la máscara Hannya [2] que obligaba a Rio a usar por las noches. Si se concentraba en aquella imagen, podía incluso ver cómo su cuerpo emanaba el vapor de la sangre cálida contra la noche helada.
Miró a Rio, tal vez en un intento de encontrar calma, y la encontró a su lado, como siempre, concentrada en mantener estable la sombrilla que usaba para protegerla del sol. No pudo evitar pensar que lucía bonita así, tan lacónica, buscando con mucho más interés que ella algo que pudiese interesarle. Tan temerosa de equivocarse y tan ansiosa por complacerla.
Zakuro se obligó a olvidar aquellas ideas de sangrientos partos y pagodas en llamas, y prosiguió en su camino hacia el bazar. La acompañaban sus tres sirvientas además de Rio, dos samuráis de su padre, uno delante de la pequeña comitiva de mujeres y el segundo tras ellas, seguidos por un pequeño carruaje listo para ser abordado por la princesa en cuanto se cansase de caminar o quisiera regresar a casa.
Rio, en su afán por complacer a su señora, cada tanto le señalaba algún puesto que creía podía interesarle, pero Zakuro mostraba siempre poco interés en sus sugerencias; en algunos lugares se detuvo, pero no más de un par de minutos.
—¡Ah, no encuentro nada que me guste!
—Tal vez si prueba alguna fragancia nueva… algo como jazmín, o bergamota. El sándalo siempre funciona.
—No, no me agrada. Es común —contestó con más dureza de la que quiso, pero enseguida miró de reojo a su sirvienta y sonrió de la misma forma que lo hiciera esa mañana, cuando se duchaba—. O tal vez… sí. Podría intentar algo nuevo. Tienes razón, Rio.
Su doncella la miró, y la sorpresa en sus ojos pronto se transformó en una alegría súbita que le iluminó la mirada. Su señora usualmente no aceptaba sugerencias de nadie, ni siquiera de ella, o incluso de su madre, así que esta era una amabilidad poco habitual, tan exigente y quisquillosa como era. La muchacha no pudo evitar sonrojarse, pero su nerviosismo se apaciguó cuando su ama le devolvió una cálida sonrisa, con sus labios rojos resaltando sobre la piel blanquísima y tersa. Recordó el desayuno de la mañana, al mancharse la barbilla con jugo de ciruela. Cuando sonreía de esa forma parecía aún más bella de lo que ya era, pensó Rio. «Más hermosa que una muñeca», pero la luz en sus ojos se desvaneció en cuanto Zakuro habló:
—Quiero algo especial para mi noche de bodas; no para la boda. ¿Comprendes? —La sonrisa de su sirvienta desapareció, pero la de Zakuro se volvió cruel y traviesa—. ¿Tú qué usarías, mi querida Rio, si se tratase de tu boda?
La muchacha apretó los labios y bajó la mirada.
—Yo no me atrevería a sugerirle algo que usara ninguno de sus sirvientes, señorita Otsuka. Sería inadecuado y poco digno de su posición.
—¡Oh! Qué lástima… —exclamó Zakuro, y agregó, siseando como una serpiente—. Bueno, claro que no podrías sugerirme nada para mi boda. Nunca vas a casarte, ¿sabes? Yo jamás te daría permiso.
Rio asintió, sumisa, y miró al suelo. Las comisuras de sus labios cayeron, y la sombra de la pagoda del templo Tō-ji devoró ambas figuras: la de la doncella y la princesa. A Zakuro le pareció que su sirvienta nunca se vio más bonita que en esa ocasión; lucía muy decaída.
Siguieron su camino, pero Zakuro se mostraba cada vez más desinteresada y aburrida, y justo cuando Rio creyó que en cualquier momento ordenaría volver, al fin algo pareció captar la atención de su exigente señora. Un puesto sencillo se alzaba, pequeño e insignificante entre otros tantos, casi al final de la calle. La princesa percibió un aroma dulzón y exótico, muy distinto a cualquiera que hubiese olido antes: era intenso, tanto que casi la hace estornudar. Olía a peonía, a jengibre y jazmín, y podría jurar que el sitio emanaba algo más, pero el aroma le resultó demasiado extraño como para identificarlo. Estaba emocionada, tuvo que admitir: por primera vez en mucho tiempo, algo lograba al fin sacarla de su constante estado de tedio.
Zakuro se detuvo en seco. Rio casi tropieza con ella, pero logró mantener el equilibrio y evitar que la sombrilla se le resbalase de las manos. Tomando aire, miró a donde su señora miraba: era un puesto sencillo que no parecía tener nada especial. Un hombre de piel tersa y suaves ojos azules atendía el lugar, desplegando sobre la mesa docenas de frascos con líquidos y cremas aromáticas de rosas, gardenia y fressia; había inciensos de sándalo y pachulí, y jabones que desprendían el ácido olor de la naranja, la bergamota y la menta. En una esquina de la mesa, Zakuro vio delicadas cajas con ceras y tinturas rojas para los labios junto a palitos de maderas aromáticas que, al quemarse, podían usarse para pintar los ojos y las cejas.
—Un comerciante holandés —le susurró Zakuro a Rio, percatándose del rostro alargado y los ojos redondos y claros del vendedor.
El puesto parecía solitario en comparación a la poca mercancía todavía disponible, signo de que la mayoría de los artículos se habían vendido ya, y sólo quedaba un cliente potencial que curioseaba en silencio entre un artículo y otro. Era un hombre altísimo, y parecía indeciso entre llevar o no un delicado frasco de vidrio que sostenía entre los dedos. Estaba de espaldas, y usaba un decolorado hakama negro sobre un viejo kimono azul marino. Llevaba una katana a la cintura, con la vaina rasguñada por el tiempo y un pomo desgastado por el uso; se notaba que era una espada vieja. Tenía el cabello largo y ondulado, y le caía como una oscura cascada sobre la espalda y los hombros anchos, cubriéndose del sol con un kasa [3] teñido de negro. A Zakuro le dio la impresión de que el aroma extraño provenía de él y no de los perfumes del comerciante, pero enseguida descartó la idea, distraída por la presencia del hombre desconocido.
—Ahí —susurró alejándose de su sequito. Les ordenó que se quedasen en su sitio, pero Rio pudo darse cuenta de cómo su señora miraba a aquel hombre.
«Es un rōnin», supuso la doncella por la ropa desgastada, la espada vieja y el cabello larguísimo; sólo los samuráis de renombre o con un señor al cual servir se podían permitir afeitarse la cabeza. Apretó la boca y se encontró tragando su propia saliva, que le supo amarga y viscosa. «De todos los hombres en los cuales podía fijarse antes de casarse, tenía que ser un maldito rōnin».
Apretó la boca, y las comisuras de sus labios se deformaron mientras arrugaba la nariz y las cejas. Una de sus compañeras la miró de reojo, silenciosa y confundida, y cuando Rio se percató de ello, se obligó a recuperar su expresión neutra, volviendo a tragar saliva. Sintió que podría ahogarse con ella.
La luz del insipiente atardecer iluminó el cabello brillante de la joven Zakuro, que caminó delicadamente hasta el puesto. Pronto estuvo a un lado del misterioso rōnin, que inclinaba la cabeza bajo el sombrero, cubriéndose de la intensa luz amarilla que comenzaba a proyectarse sobre la calle del bazar. El comerciante le dio la bienvenida a la joven princesa en un japonés marcado por un fuerte acento holandés, pero ella no prestó demasiada atención más allá del olor que en primer lugar la había atraído.
—Ese aroma…
La voz de la muchacha sobresaltó al rōnin, quien dejó caer sobre la mesa el pequeño frasco de perfume que tenía entre los dedos. Musitó una queda disculpa y se apresuró a recogerlo, mientras Zakuro, aunque impropio de su posición, se acercó también para tomar el frasco y devolvérselo. Fue un instante, pero cuando las puntas de sus dedos se rozaron, una descarga eléctrica nació ahí, en el punto exacto donde los relieves de las huellas en las yemas de sus dedos se tocaron. Aquella suave descarga de electricidad se apresuró a recorrer las áreas más sensibles del cuerpo de la joven, instalándose tan profundamente en sus células, que pudo estar segura de que la sola presencia de aquel hombre podía representar las hecatombes más perversas de su vida. Se quedó sin aliento al imaginarse raptada por él, y no pudo evitar sonreír al pensarse jugando a la doncella. Luego fantaseó siendo rescatada por su futuro esposo, o por alguno de los samuráis de su padre, y la visión de la cabeza decapitada del pobre rōnin rodando por el patio de su casa hasta chocar con los cerezos florecidos logró retumbar en su corazón con tanta fuerza, que le coloreó un encantador sonrojo en las mejillas; era un rosa muy similar al de la flor de sakura.
«Y como último acto de amor, me encantaría cortar un mechón de ese cabello tan largo y oscuro. Lo guardaría por siempre en un pañuelo de seda, justo debajo de mi kimono y muy cerca de mi corazón».
Pensó en Jiro, y en el venenoso beso que compartió con él en su lecho de muerte; pensó también en Rio y en sus lágrimas. «Te la pasas llorando», se recordó diciéndole a solas, entre sombras. Vio los ojos dolidos de la muchacha camuflados entre la servidumbre cuando se anunció su compromiso matrimonial. Vio charcos de sangre sobre hierba fresca por el rocío de una mañana calurosa y azulada justo después de una batalla injusta entre dos, y escuchó los gritos de desesperación de una mujer joven, seguido de maldiciones y reclamos. Un intenso sentimiento de odio se incrustó en su corazón como una dentadura llena de colmillos clavándose en él, y deseó, de la nada, poder ordenarle a aquel rōnin que usara su mellada katana para cortar la cabeza del comerciante extranjero, de los samuráis de su padre, de sus sirvientas, de la llorona de su doncella Rio y de todo aquel que estuviese cerca de ambos.
—Tócala —se recordó ordenándole a Jiro, señalando, a su vez, a Rio. Habían pasado muchísimos años de aquello; aún eran niños.
Recordaba las pequeñas manos del niño temblando justo antes de hacerlo, y cómo siguieron temblando hasta antes de morir; a Zakuro poco le importó que Rio fuera la hermana mayor del pequeño. Pocos años después, le ordenaría lo mismo a su doncella: ella también tembló al cumplir sus órdenes.
Zakuro se perdió en sus pensamientos un instante. Se percató de ello cuando sintió cómo el extraño rōnin le entregaba el frasco y decía algo, pero no logró entenderlo. Su mirada se oscureció, dominada por una emoción traviesa que la hacían ver más atrevida, o al menos así es cómo la percibía siempre Rio, incapaz de apartar la vista de su ama, atenta a su interacción con el hombre desconocido.
—Ese aroma… —se dio cuenta de que estaba repitiendo sus propias palabras, como enajenada por la mezcla de aromas del puesto del holandés. Había dicho aquello hace apenas un momento, pero una parte de ella sentía haber viajado de regresó cincuenta años al pasado en un segundo.
—Llévelo usted, señorita —sugirió el rōnin, que se había percatado de cómo las fosas nasales de la muchacha se abrían ligeramente cada vez que la brisa agitaba el perfume alrededor de ellos—. Puedo ver que le agradó.
Zakuro recuperó la compostura, sonriéndole con una timidez encantadora y coqueta. A unos pasos, Rio comenzaba a empalidecer por una muda e infructífera ira.
—Oh, no se preocupe. Llévelo usted; insisto.
El rōnin inclinó la cabeza de nuevo, y a Zakuro le pareció que lo hacía a propósito. Era la tercera vez que intentaba verle la cara, pero él, como si adivinase sus intenciones, se resistía. Debajo del kasa sólo podía verle la boca y la nariz. Le agradó su mandíbula afilada y el mentón limpio y terso, como el de una mujer, libre de todo rastro de vello facial. También tenía bonitos labios; delgados, de un suave tono melocotón. Él le sonrió, mostrándole unos dientes inusualmente blancos. Zakuro notó que tenía unos colmillos demasiado prominentes, pero aún era una sonrisa encantadora. «Así lucirían los gatos si pudiesen sonreír», se dijo, y tan rápido como lo vio, tan rápido cómo interactuaron, el rōnin se retiró justo después de pagarle al vendedor, perdiéndose entre un tumulto de gente al doblar la esquina por el camino hacia la pagoda de Tō-ji.
Si bien la exótica fragancia había atrapado su atención, al final Zakuro decidió no comprar el perfume; había perdido todo interés en él en cuanto el rōnin se fue, y optó por seguir caminando por el bazar junto a su séquito. Rio enseguida tomó de vuelta su lugar justo a su lado, pero la muchacha seguía pálida y apenas se atrevía a mirarla a la cara. Zakuro, en su lugar, comenzó a provocarla mirándola fijamente cada tanto y hablándole de cualquier nimiedad, pero su doncella apenas le contestaba y su falta de reacción terminó por aburrirla.
Cuando el sol se ocultó tras la pagoda enclavada en el horizonte frente a ellos, Zakuro decidió que ya era hora de regresar, pero no tuvo siquiera tiempo de dar la orden. La altísima estructura de la pagoda se ensombreció a contraluz de la calle del bazar, y con su esbelta sombra proyectándose sobre ellos, entre las cabezas que se desplazaban por aquí y por allá a lo largo de la calle, Zakuro juró ver el sombrero del rōnin. Ni siquiera esperó al primer descuido de los samuráis; la princesa, ágil como era, se escabulló entre la gente sin decir palabra, tomando por sorpresa a sus sirvientas y huyendo de ellas y los guardias mientras se levantaba el kimono con ambas manos para correr entre el tumulto. Los escuchó llamarla entre la sorpresa y la preocupación, pero los ignoró tal y como solía hacer cuando era niña. Siempre había sido desobediente.
Siguió al hombre, aunque no sin cierta dificultad. El rōnin se adentró en la zona de restaurantes, casas de baño y hostales, así que Zakuro de pronto se vio entre un montón de gente agolpaba afuera de los establecimientos esperando entrar o saliendo de ellos. Lo perdió de vista una vez, luego dos veces, y finalmente tres. De pronto aparecía delante de ella, a sólo unos pasos, pero con una marea de gente interponiéndose entre ellos, y volvía a perderse entre la muchedumbre para aparecer a su izquierda, saliendo tranquilamente de un restaurante; luego, lo encontraba curioseando afuera de alguna tienda u observando indeciso los productos que ofrecían los vendedores de cereales, hierbas y semillas. Zakuro, al intentar alcanzarlo, volvía a perderlo de vista sin remedio, ya fuera por el paso de un carruaje o un grupo de niños corriendo a tropel a mitad del bazar, y al encontrar de nuevo al rōnin, este aparecía a su derecha, y después, justo detrás de ella, dándole la espalda. Lo veía, y en un abrir y cerrar de ojos, desaparecía como un fantasma. Comenzó a pensar que simplemente se trataban de diferentes personas usando un kasa negro.
«Y yo siguiéndolos a todos como tonta», se reprochó deteniéndose contra la fachada de una casa de té. Estaba cansada. Miró al cielo, dándose un respiro de su improvisada persecución. Estaba sudada y agotada de aquella infructífera carrera, y se percató de lo cerca que estaba ya de anochecer.
—¿Pero cuánto tiempo caminé? Sólo fueron unos minutos —susurró al aire. Desconcertada, miró de un lado a otro, pero no vio el sombrero del rōnin ni el de ninguna otra persona, así como a ninguna de sus sirvientas ni a los samuráis de su padre. La incertidumbre se agitó en su pecho al percatarse de que estaba perdida.
—Carajo… —masculló apretando los labios en una mueca desagradable y hostil que intentaba ocultar su miedo. Se sentía incómoda. No era ella quien solía asustarse.
Miró a su alrededor, pero fue incapaz de reconocer el lugar. Había una casa de baños muy grande a su izquierda, y justo frente a ella, una sencilla casa de té. Con la insipiente noche oscureciendo las calles de un azul grisáceo, en los establecimientos comenzaron a encender las lámparas, cuyas intensas luces rojas y naranjas brindaron al distrito un aspecto mucho más atractivo y animado ante la noche venidera. Del restaurante al final de la calle le llegó el aroma del arroz cocido, el pescado frito y la carne al vapor; de la casa de té percibió el aroma del incienso, las galletas de arroz y las hierbas aromáticas desprendiendo sus vapores y sabores en el agua tibia, y de las casas de baños salía el olor de la espuma jabonosa, pero por encima de todos esos olores, viajando en la brisa ligera de la tarde, percibió la fragancia del perfume que compartiera con el rōnin un rato antes, en el puesto del comerciante holandés.
Todavía era incapaz de identificar los ingredientes del perfume, pero su cuerpo siguió la brisa y su olor ahí donde la llevó entre la gente, entre los puestos atestados de clientes, las posadas y restaurantes con su ir y venir de personas. Las risas y conversaciones que salían de las casas de té y los bares le embotaron los sentidos, haciéndola sentir una insistente desesperación retumbando en el interior de su pecho, rogando por un silencio y una calma imposibles hasta llenarle el estómago de nudos. Las luces a su alrededor se tornaron volátiles, cambiando del naranja al amarillo, luego del rojo al rosa y de regreso. Su fulgor cálido e intenso viajaba a todo lo largo de la calle, como inusuales y coloridas hitodamas [4]que la perseguían en su carrera tras el aroma del perfume, sorteando aquí y allá a la gente y chocando con ellos cada dos por tres sin siquiera musitar una disculpa. No tenía tiempo para eso ni para nada ni nadie más, no con la súbita y persistente sensación de que las lámparas de las casas de té a su alrededor comenzaban a transformarse en decadentes chōchin'obake [5], con sus ojos enormes enfocándola únicamente a ella.
La persecución de Zakuro, entonces, se tornó en una huida sin rumbo cuando aquella sensación de incertidumbre se volvió real al ver cómo docenas de lámparas se transformaban frente a ella, mientras un niñito trataba de alcanzarlas con su lengua larguísima y viscosa. Sintió un escalofrío de asco cuando vio al mismo niño intentando cortar la lengua de una fantasmal lámpara para poder hurgar dentro de ella.
«¡Aburakago!» [6] pensó, deteniéndose en seco por la sorpresa. Había escuchado sobre "el niño del aceite", pero jamás lo había visto. Era pequeño y rechoncho, con el cabello ralo y oscuro amarrado en lo alto de su cabeza. Tenía mejillas redondas y pálidas, y usaba un roído kimono amarillo. Zakuro se quedó petrificada en medio del camino mirando al niño con su lengua larga y roja intentando alcanzar el aceite de las lámparas sólo para darse cuenta, con un lloriqueo estridente, de que las lámparas del distrito se habían transformado en chōchin'obake y que su aceite estaba ahora rancio y quemado.
Zakuro, a pesar de lo insólito de la situación, no pudo más que pensar que el pequeño yōkai era estúpido, y este, sintiéndose observado y juzgado, la miró de vuelta. Tenía dos pequeños cuernos marrones en la frente; sus ojos redondos eran amarillos y estaban enmarcados por un par de cejas gruesas y desordenadas, y tenía una nariz pequeña y abultada. Llevaba una desgastada máscara de zorro sujeta a la cabeza, y tenía los pies sucios de tierra.
Zakuro vio horrorizada que la cara del aburakago era igual a la del fallecido Jiro.
—No…
Se echó hacia atrás, intentando huir del espectro, quien se quedó quieto en su sitio junto a una lámpara que se retorcía molesta por su intromisión. El pequeño yōkai no la seguía, pero tampoco dejaba de observarla.
—¿Jiro? —murmuró Zakuro. El espectro continuó inmóvil, siguiéndola con sus ojos amarillentos.
La princesa se dio la vuelta, corriendo frenética entre las personas. A pesar de que todas las lámparas se habían vuelto yōkais, nadie más que ella parecía notarlo. En su huida chocó con un pequeño grupo de mujeres que le gritaron indignadas una vez que ella se alejó a toda prisa. Luego, tiró al suelo a un vendedor de hierbas, cuyos manojos de hojas y raíces quedó desperdigado sobre el suelo junto a una canasta de mimbre, y no muy lejos de ahí derribó a un niño que se había atravesado por la calle mientras jugaba. Por un segundo Zakuro creyó que se trataba del mismo Jiro, ahora convertido en el niño del aceite, pero cuando vio al pequeño lloroso en el suelo y a su madre llamándolo no muy lejos de él, reanudó la marcha; no se trataba de Jiro, ni del aburakago. Y nadie los veía más que ella. Entonces, finalmente lo encontró: a sólo unos metros, por encima de varias otras cabezas, el sombrero negro que tantas veces había visto esa tarde sobresalía por encima de todos, andando por el distrito con una tranquilidad que contrastaba con la desesperación y el miedo de la muchacha. Estaba tan cerca que Zakuro pudo ver el cabello ondulado que caía sobre aquella espalda; era inconfundible.
Estaba perdida, estaba asustada por la aparición del espectro y las lámparas poseídas, y no conocía a nadie ahí más allá del rōnin, incluso si desconocía su identidad. ¿Quién diría que terminaría acudiendo a él por necesidad y ya no sólo por diversión?
Fue tras el él, y aunque parecía que a cada paso se alejaba un poco más de ella, tal y como sucediese un rato antes, su nariz la guiaba. Aquel perfume era inconfundible justamente por exótico y extraño; era un dulzor ácido, como a fruta muy madura, al punto de la putrefacción. También olía a tierra mojada, pero en ella fue incapaz de percibir el aroma de la lluvia.
«No es el olor de la tierra mojada por la lluvia; es el aroma de tierra empapada por sangre y veneno».
El hombre dobló en una esquina, justo entre un restaurante y una casa de té. Zakuro creyó que de nuevo lo perdería de vista cuando se encontró de pronto flanqueada por un callejón estrecho, oscurecido de lado a lado por los aleros de ambos edificios uno junto al otro, casi tocándose. La callejuela era solitaria, ajena al bullicio del exterior, y se extendía larguísima frente a ella. Ahí dentro los sonidos de la gente, sus pasos, risas y charlas se amortiguaban. Le dio la impresión de que la salida por el otro extremo era tan lejana que sencillamente resultaba imposible de alcanzar.
Se asomó a la calle por un segundo: las lámparas seguían colgadas afuera de los restaurantes y las casas de té, pero ahora no era más que simples linternas rojas de papel, y del aburakago no había ni rastro, como si todo lo que había visto se lo hubiese imaginado.
—Tal vez así fue… —susurró tragando saliva y luchando por recuperar el aliento. Tal vez eso fue lo que pasó, se repitió; asustada como estaba al encontrarse perdida, aún con el sueño sobre la muerte de Jiro presente en su cabeza. Y llevaba todo el día pensando en abejas, templos en llamas, samuráis errantes que destajan inocentes. Recordó los dedos de Rio limpiando su barbilla esa mañana y tuvo el súbito deseo de morder sus dedos.
Se volvió al callejón. Seguía sola, y frente a ella se extendía la oscuridad. Se adentró allí, cautelosa, como atraída por una fuerza inminente. En cualquier otra ocasión hubiese evitado entrar a un lugar como ese, pero temía volver al distrito y encontrar de nuevo lámparas fantasmales y pequeños yōkais con el rostro de aquel niño muerto.
—¿Hola…? —dijo al aire, pero nadie le respondió. «Estoy sola», volvió a pensar, pero el rōnin tenía que estar ahí, se dijo; todo el lugar olía al perfume del vendedor holandés. Aquel hombre forzosamente tenía que haber pasado por ahí, sino es que incluso podría estar escondido en alguna esquina, quizá agazapado tras una maceta u oculto bajo las vigas de los edificios. Quién sabe, puede que incluso estuviera al tanto de su pequeña persecución.
—¿Hola? ¿Hay alguien?
Silencio. Zakuro, naturalmente, supuso que estaba tan sola como sola lucía la callejuela, pero al menos no había lámparas que atrajeran a aquel espíritu infantil de mejillas pálidas y cuernos en la frente. Incluso si estaba perdida, tarde o temprano los samuráis de su padre la encontrarían. Comenzó a desear sólo volver a casa.
—Maldita sea —masculló al aire, mirando de un lado al otro—. Tanto correr para nada.
Entonces, un susurro se adentró en su oído izquierdo, penetrante y suave como un eco alimentado por la oscuridad de una caverna abismal. Estaba tan cerca que casi podía sentir cómo aquel susurro acariciaba el lóbulo de su oreja, y estuvo a punto de caer de rodillas, vencida por la sorpresa y un súbito terror al saber que, en realidad, no estaba sola en aquella oscuridad.
«Y así va, a cuatro patas…»
—Hola, señorita Otsuka.
La princesa, sobresaltada, se dio la vuelta. Frente a ella estaba el mismo rōnin que conociera en el bazar, con la cabeza aún oculta bajo el kasa negro aunque el sol ya se había ocultado.
¿Cómo es que había estado tras ella todo ese tiempo? Su duda empalideció en importancia al percatarse de algo que no fue capaz de entender en ese momento.
—¿Cómo sabe mi nombre?
—Lo escuché de la señorita que la acompañaba —contestó él sin dejar de sonreír bajo la sombra de su kasa.
—Oh. ¿Lo hizo? No lo recuerdo —Se relajó, restándole importancia. Había olvidado el incidente del espíritu de las lámparas, y en su lugar se acercó a él. Lo observó con más atención, aunque la oscuridad que los rodeaba le impedía ver más allá de lo que saltaba a la vista. Su altura era imponente junto a sus hombros anchos, y tenía las piernas y los brazos largos. Su ropa, si bien no eran harapos, era vieja y ligeramente descolorida en las orillas, y su cabello largo indicaba que tenía ya muchos años como un rōnin.
Zakuro miró a su alrededor, comprobando que estaban solos y a oscuras.
—Quería esto, ¿no es así? Por eso me seguía.
«Lo sabía», se dijo Zakuro. «Él sabía que estaba tras él. Aun así huyó de mí».
El rōnin se acercó ella, extendiéndole el frasquito de perfume. Zakuro reaccionó de una forma inusual en ella: se petrificó. Pocas veces podía sentirse avergonzada y atrapada justo como le sucedía en ese instante, incluso si el hombre parecía tomárselo con ligereza y humildad. Lo miró sorprendida.
—Ah… yo no… —Zakuro fue incapaz de reconocerse en aquel torpe tartamudeo. No estaba acostumbrada a que nadie le hiciera frente ni la dejara en evidencia. Él esbozó una sonrisa serena, y agregó:
—Lo compré esperando obsequiárselo, pero en su momento no me atreví a tomarme tal libertad y creí que sería grosero de mi parte. Discúlpeme, por favor.
Las palabras del hombre aligeraron su tensión. ¡Vaya, estaba avergonzado! Tal vez más que ella. Zakuro respondió con una risilla nerviosa que pronto se tornó coqueta, pero al rōnin parecía gustarle.
Suspirando agotada, se acercó a él para tomar el perfume.
—Gracias —dijo con tono mucho más suave del que solía usar. Por su cabeza, como un pensamiento fugaz, surgió la idea de proponerle huir juntos en ese momento, o de enviarlo a asesinar a su futuro esposo para después raptarla y llevarla lejos. Quizás estuvo a punto de hacerlo, Zakuro nunca lo sabría porque el rostro de su sirvienta Rio irrumpió en sus pensamientos. Si huía, jamás volvería a verla. El rostro de la muchacha, llorosa por la vergüenza y vívido como un retrato en su mente, fue suficiente para hacer su lengua trastabillar en su audacia juvenil e impulsiva. Al final, Zakuro lo único que atinó a preguntar al rōnin fue su nombre, pero apenas hacerlo un grito de alivio resonó en la callejuela, haciéndola volverse: al otro extremo vio aparecer a su doncella, asustada como un gato.
—¡Zakuro!
Tuvo ganas de cachetearla. Rio corrió hacia ella con el rostro desencajado por la desesperación. El peinado comenzaba a deshacérsele, dejando cabellos sueltos sobre su nuca ligeramente humedad por el sudor. Zakuro resopló fastidiada y se volvió de nuevo hacia el rōnin, pero el hombre se había esfumado tan rápidamente como lo hiciera en el bazar, y lo único que dejó para ella fue el frasco de perfume holandés entre sus manos y la pregunta por su nombre sin respuesta.
—¿Qué pasa? ¿Por qué tanto alboroto, Rio? —musitó ella con la boca torcida. La doncella, jadeando, finalmente la alcanzó a través de la callejuela.
—¡Te hemos buscado por horas! —reclamó la muchacha, tomándola por los hombros. Enseguida se dio cuenta de lo hacía y soltó a su señora, espantada y con las manos temblorosas. Zakuro estaba muy seria y comenzaba a impacientarse.
—Qué exagerados son todos. Solo me fui unos minutos.
—¿Minutos? ¡Horas! ¡Han pasado horas, Zakuro! —Rio se detuvo para tomar aire, pero ni bien se había recuperado cuando levantó la vista a su señora. En su mirada había un escalofriante brillo de rabia, y su boca era un gesto de disgusto no tan distinto al que vio en ella cuando anunciaron su compromiso, o cuando cometía un error y la golpeaba en el rostro o le arrojaba lo que tuviera al alcance. Aun así, Rio fue incapaz de contener por más tiempo los horrendos celos que la carcomían, y mascullando, agregó:
—Y todo para irte buscando a un rōnin extraño y miserable… —La ira ahogó las palabras en su garganta, pero continuó; su recelosa mirada competía fácilmente con la hostilidad que ensombreció los ojos de Zakuro—. A veces te comportas como una zorr…
No pudo terminar de hablar. Zakuro, con una fuerza desproporcionada, la empujó de cara contra la pared, sometiéndola por la nuca, hundiendo ahí su antebrazo con tanta fuerza que Rio sintió cómo sus propios dientes se encajaban en su mejilla interna hasta hacerla sangrar.
—Escúchame bien, sirvienta: tú no eres nadie. ¿Entiendes? ¡Tú no eres nadie para juzgarme!
La empujó más contra la pared. Rio gimió de dolor y miedo cuando sintió cómo Zakuro le levantaba el kimono hasta las caderas, apretando una de sus nalgas con tanta fuerza que las uñas se encajaron en la piel suave. Sintió ganas de llorar, y luego, como un bálsamo, hasta ella llegó el aroma suave de Zakuro, y se hizo consciente del calor que emanaba el brazo que la sometía por la nuca.
—¿Crees que porque sabes todas mis cosas tienes derecho a decir si lo que hago o no es correcto? Lo que yo haga o no, o a quien yo busque, es cosa mía. Acostúmbrate, sirvienta. Y no me vuelvas a llamar sin el honorifico; tú y yo no somos iguales.
Le hablaba con tanto desprecio que Rio no fue capaz de saber qué le dolía más: si la nuca, la mejilla apretada contra la pared de madera, o la piel ya enrojecida bajo el yugo de las manos crueles de su señora, quien enseguida, como una arpía de cuento de hadas, se elevó por encima de ella, como intentando sofocarla. Rio sintió los pechos suaves contra su espalda y el aliento cálido de su señora en su oído. Su risa suave y traviesa, pero despiadada, logró helarle la sangre.
—Pero, para que no digas que soy una arpía… —Rio sintió que las rodillas amenazaban con hacerla caer. Era como si le leyera la mente. Apretó los dientes cuando sintió cómo la mano de Zakuro bajaba por su cadera hasta alcanzar la cara interna de su muslo. Le encajó las uñas, y la escuchó reír en su oído cuando se quejó por el dolor—, hoy te permitiré ser el señor Tengu [8].
Rio no pudo soportarlo más. Comenzó a llorar cuando juró sentir cómo su ama la penetraba bruscamente con los dedos, quejándose quedamente contra la pared, y lloró más cuando se percató de que sólo lo había imaginado.
Zakuro, asqueada por sus lágrimas y quejas, la soltó justo antes de que la alcanzasen en el callejón las sirvientas y los samuráis de su padre.
—¡Oh, disculpen! —se excusó la joven educadamente mientras su séquito se acercaba a ella a toda prisa—. Quise explorar un poco por mi cuenta, pero sólo conseguí perderme y perder también la noción del tiempo. ¡Una torpeza mía! Discúlpenme, por favor —Hizo una educada y sencilla reverencia—. No se lo cuenten a mi padre, por favor. Sólo ha sido una tontería de mi parte.
Los samuráis se miraron entre sí, muy serios, dudando, pero al final asintieron solemnes.
—Al final la hemos encontrado sana y salva, señorita Otsuka. Eso es lo importante —dijo uno de ellos. Las sirvientas secundaron su opinión y, a su vez, prometieron también guardar silencio, aunque una de ellas se acercó a la consternada Rio, que se mantuvo todo el tiempo no muy lejos de Zakuro, limpiándose las lágrimas y acomodándose nerviosa el cabello y el kimono.
—Oh, no le pasa nada —dijo Zakuro a la sirvienta, quien le había dado la mano a Rio en un intento de calmarla—. Comenzó a llorar cuando nos encontramos. Pensó que algo malo me había pasado. Mi pobrecita Rio…
Cuando se alejaron, de regreso a casa, Rio se percató de que las uñas de Zakuro habían logrado dejar una marca de ardor ahí donde se encajaron en la carne. Le dolían a cada paso, y habría querido también sorprenderse y asquearse por la humedad que se había alojado en su entrepierna, o por la emoción desagradable que anidaba en la boca de su estómago, incluso por la fresca indiferencia de Zakuro a su dolor, caminando a su lado como si nada. Deseaba con todas sus fuerzas indignarse por sus tratos crueles, pero sabía que en algún momento, tal vez desde que eran niñas, había comenzado a añorarlos. Y su cruel y querida Zakuro Otsuka lo sabía.
Habría querido actualizar este fic desde hace meses, pero tuve muchísimo trabajo y me fue imposible siquiera tener listo el segundo capítulo hasta ahora, además de que hice muchos cambios a todos los capítulos. También recientemente uno de mis cuentos fue seleccionado por una editorial para ser publicado en una antología de cuentos de terror en formato físico, con regalías y toda la cosa. Durante el proceso de edición me trataron muy bien y aprendí mucho, pero un poquito que sí perdí la confianza. Me sentía muy novata frente a profesionales con mucha más experiencia que yo, y noté en mi escritura muchos vicios y detalles por mejorar, así que he estado trabajando con eso y pasando los últimos meses corrigiendo todo mi material. Casi no tuve tiempo para mis fics.
Quisiera estar más emocionada y orgullosa por la publicación del libro, pero no me siento así. No sé por qué.
En fin, muchísimas gracias por leer.
Me despido,
Agatha Romaniev
