Disclaimer: InuYasha y sus personajes no me pertenecen. Son propiedad de Rumiko Takahashi. Esta historia está escrita con el único fin de entretener.
Advertencias: lesbianismo, violencia moderada, menciones de incesto, situaciones de naturaleza sexual, violencia sexual.
Notas:
[1] Shōji: puerta tradicional de la arquitectura japonesa. Suelen ser de papel japonés traslúcido, tener marcos de madera y ser corredizas.
[2] Mokumokuren: «muchos ojos». Yōkai conformado por decenas de ojos que suele vivir en los shōjis y mirar a través de los agujeros en el papel, aunque también pueden aparecer en tatamis y paredes. Suele habitar casas abandonadas o encantadas.
[3] Shunga: «imágenes de primavera» o «estampas del mundo flotante». Género de estampas japonesas cuyo tema principal es la representación de escenas sexuales con diversos tipos de individuos de la sociedad japonesa del período Edo (1603-1868).
«Debes venir conmigo, y amarme, hasta la muerte; o debes odiarme, pero seguir conmigo, y odiarme a través de la muerte y después de ella»
Carmilla —Sheridan Le Fanu
La máscara Tengu
Las heladas luces de las hitodamas revolotearon en el aire, iluminando la espesura boscosa que rodeaba las escaleras que dirigían camino arriba al templo Tō-ji. Sus estelas azules y verdes reflejaban millones de diminutas chispas en los iris borgoña de un demonio que miraba taciturno a la oscuridad. Se sentía impaciente, pero su faz lo hacía lucir aburrido y sereno; la versión retorcida de un sabio corrupto que reflexiona sobre la oscuridad que lo rodea y consume, con la misma tranquilidad de quien sólo se sienta en una roca cubierta de musgo a esperar en medio del bosque.
—Aburakago. Chōchin'obake —masculló. La severidad en su voz contrastaba con la serenidad de su rostro, sin embargo, el tono amenazador en ella fue ignorado por el par de pequeños yōkais que hicieron acto de presencia frente a él. Parecían llevar un rato peleando, y estaban enfrascados en una discusión tonta e infructífera.
—¡Me has intentado cortar la lengua, enano tonto! —reclamó el Chōchin'obake. Su único ojo estaba enrojecido por la ira, y su larguísima lengua salpicaba saliva cada vez que hablaba. La lámpara habría querido señalar su propia lengua, pero no tenía brazos para hacer tal gesto.
—¡Y tú me has quemado la lengua con tu aceite rancio! —respondió de vuelta el pequeño Aburakago, mostrando una insipiente quemadura en la punta de su lengua. Luego se volvió hacia el demonio, que miraba impaciente la infantil discusión—. Usted no me dijo que iría tras la Chōchin'obake, señor Naraku. Yo creí que se tratarían de lámparas de aceite comunes y corrientes.
Las hitodamas revolotearon alrededor del niño del aceite, como secundando su reclamo. Naraku, en respuesta, suspiró y tomó por la punta la vara de madera que sostenía en el aire a la linterna fantasmal y en cuyas leyendas nombraban como Chōchin'obake. La agitó ligeramente, como si jugueteara. La Chōchin'obake, aterrorizada, sintió cómo su cuerpo hecho de papel temblaba a cada sacudida. El demonio Naraku no era alguien conocido por tomar descansos ni juguetear despreocupadamente con sus subordinados.
—¿No era obvio? —respondió Naraku, aburrido, agitando la lámpara al ritmo de sus palabras. Lo hizo de forma que el aceite dentro de ella se agitase también, amenazando con quemar a su propio portador.
El Aburakago, al escucharlo, cayó de rodillas en el suelo y miró asustado a la pobre linterna que se sacudía en el aire ante el control de las manos de Naraku. La pobre había comenzado a lagrimear y gemir, y el niño del aceite no pudo más que sentirse profundamente culpable por ella, incluso si hace sólo un momento habían estado discutiendo.
—Sí… sí. Perdóneme, señor Naraku —dijo el pequeño demonio, haciendo una reverencia. La lámpara de aceite secundó la suplica, pero Naraku no la soltó. Parecía no haberlos escuchado y miraba con ojos ausentes a ambos yōkais.
—Esa chica… es extraña —susurró de pronto, al aire, como si hablara solo—. ¿La asustaron lo suficiente? ¿La asustaron cómo les dije que lo hicieran?
—¡Sí, lo hicimos, señor Naraku! ¡La aterrorizamos hasta la médula! —respondieron ambos al mismo tiempo. Naraku cruzó las piernas y suspiró, sin dejar de agitar la lámpara, fingiéndose distraído. Unas gotas de aceite salpicaron en el delicado papel rojo de la linterna, y en la oscuridad resonó el suspiro de miedo del Chōchin'obake.
—Por favor, señor Naraku… —suplicó la lámpara, pero la mirada del demonio seguía ausente más allá de la oscuridad del bosque.
—¿Qué les pareció a ustedes la señorita Zakuro Otsuka?
No era usual que preguntase la opinión de sus subordinados, así que ambos demonios se miraron desconcertados. Tenían una opinión muy clara de la humana a la que habían sido enviados a atormentar, pero no sabían si debían o no decir la verdad. ¿Cómo se le contestaba, después de todo, a un demonio con tan mala fama como Naraku?
—¡Es una perra muy mala y cruel! —contestó valientemente el Aburakago, poniéndose de pie y plantándose firme en su sitio. Tenía la sensación de que la debilidad sólo conseguiría instigar la desalmada naturaleza de Naraku. Después de todo, el demonio había prometido no absorberlos si lo obedecían, y habían hecho todo cuanto les había ordenado y cómo les había dicho.
—Me agrada la princesa —agregó Naraku, más para sí mismo que para ambos yōkais, quienes se miraron asustados—. Me gusta porque es una perra cruel. Y parecía muy dulce y corrupta, al mismo tiempo; como una cereza podrida.
Luego miró la pagoda del templo, con sus cinco pisos alzándose entre la oscuridad azulada del cielo. La imagen de la torre se vislumbraba entre ligeras luces de linternas amarillas y las siluetas de las ramas de los pinos, que se agitaban mansamente ante la brisa nocturna.
—Soñar con cómo se quema la pagoda del templo Tō-ji… —agregó Naraku sin apartar la vista del sitio—. Es blasfemo. Me gusta esa imagen también.
Luego recuperó el poder sobre su mirada, y de un momento a otro dejó de ser serena y ausente para volverse penetrante y fría. Sus ojos rojos se iluminaron como carbones encendidos entre la oscuridad al volverse hacia el Chōchin'obake, cuyo único ojo, por el contrario, comenzó a llorar a goterones en cuanto se percató de las intenciones de su amo, que aún agitaba el aceite caliente dentro de él.
Tal vez no podría haber tormenta en una noche cálida y despejada como esa, pero la brisa nocturna era perfecta para alimentar el fuego.
La Chōchin'obake suplicó, indefensa:
—Por favor, no, señor Naraku…
Rio contuvo sus lágrimas, tomando del baúl que guardaba en sus aposentos la máscara Hannya y la máscara Tengu que debía usar esa noche. Así había sido desde niñas, cuando entró como doncella al servicio de la princesa Zakuro Otsuka. Pensó que todo sería normal; apenas eran unas jovencitas cuando todo inició hasta retorcerse de la forma en que eran ya las cosas, ahora que ambas eran adultas. Y lo fue: al menos, por un tiempo, las cosas fueron normales. Zakuro era tan encantadora y tan hermosa que Rio a veces no podía evitar mirarla cuando la luz del atardecer le iluminaba las tersas mejillas blancas coloreadas con ligeros polvos rosados. Y era dulce, incluso le compartía sus ropas: la ayudaba a probárselas, le pedía su opinión sobre tal o cual estampado, y cuando estaba de mejor humor, le colocaba en el cabello horquillas ricamente adornadas, las mismas que ella usaba, pero para la sencilla Rio, los pétalos de flores hechos de madreperla y los engarces de jade sólo podían resaltar en el cabello negrísimo y lustroso de su ama. Zakuro también le decía que era bonita, y que sería su doncella por siempre.
Las cosas fueron así por un tiempo, pero después de que los pechos de su señora se volvieran redondos bajo las telas de su kimono, sus caderas se ensancharan y el oscuro vello cubriera su pubis, Zakuro le dio una orden tan retorcida que no pudo más que recordar los tiempos en los que le ordenaba besar a su pequeño hermano Jiro, poco antes de su muerte.
—Vamos a jugar como jugábamos con Jiro —le había dicho ella. A Rio se le erizó el vello de la nuca y un escalofrío la petrificó en su sitio cuando su señora susurró aquella orden a su oído. Zakuro tendría unos catorce años, y ella, apenas dieciséis.
—Pero mi hermano Jiro ya no está, mi señora —había contestado quedamente, bajando la cabeza y sintiendo cómo el estómago le daba un vuelco violento entre las entrañas, dejándola mareada y temblando.
—Pues, entonces, será sin él.
Era su señora, no podía negársele a nada, incluso si lo que le ordenaba era grotesco.
«Deseas que te lo ordene», se dijo Rio con el mismo desprecio con el cual, ahora de adultas, su señora solía hablarle cuando se molestaba con ella. Y sin embargo no podía dejar de pensar que, cuando estaba de buen humor, podía ser dulce y encantadora. Era entonces cuando recordaba cuánto la adoraba. Y se maldijo entonces por adorarla, y apretó su propia mano contra la nalga que le lastimase su señora durante la tarde, apretando ahí hasta que las pequeñas heridas volvieron a dolerle e inflamarse.
Al mirar por la ventana comprobó que ya estaba bien entrada la noche, que aquello no era ninguna pesadilla, y que la orden de su señora no era otra cosa más que esa: volverse ella misma la pesadilla.
Rio apretó más sobre las diminutas cortadas en un intento de despertarse a sí misma, para comprobar que realmente estaba despierta. Cuando el dolor se volvió intolerable, con las puntas de sus dedos hundiéndose en los mismos puntos donde las uñas de Zakuro se hundieron, soltó un liberador gemido de dolor que la hizo apretar los muslos, dejándola mareada y ansiosa.
En la oscuridad, Rio se colocó la máscara Hannya sobre el rostro, luego la amarró tras su cabeza, y caminó en silencio hasta la habitación de su señora. Encontró a Zakuro echada sobre el futón, con actitud indolente y apática. Se sostenía sobre uno de sus brazos, mirando sin interés la pared. Ni siquiera saludó a su doncella cuando esta entró en su habitación temblando de vergüenza.
—No arreglaron ese agujero —masculló molesta, señalando la rasgadura en el shōji [1], el mismo que ella rompiera por la mañana, cuando Rio la encontró sudorosa y asustada recargada contra aquel mismo punto.
—Haré que vengan a repararla mañ…
—Cállate —ordenó tajante, al fin mirándola de soslayo. Le hizo una señal para que se acercase, y Rio obedeció, sumisa y con la cabeza baja. La máscara Hannya, cuya madera había sido pintada hace mucho de un dorado que envejeció en un color amarillento y pálido, sonreía lasciva cuando su sirvienta se paró frente a ella, pero quien se escondía detrás tenía las manos temblorosas, juntas una contra otra, incapaz de levantar la cabeza.
—¿Qué es esa expresión tan patética? Se supone que eres un demonio… —masculló Zakuro en voz baja, burlona. Rio comprendió lo que quería, así que se irguió y se puso de pie, con las piernas ligeramente separadas. Cuando la princesa vio su cambio de actitud, sonrió y agregó—: Así está mejor… Hannya.
A pesar del papel que le exigía tomar, había pronunciado la palabra "Hannya" con el mismo desprecio con el que solía hacerlo cuando estaba de mal humor y llamaba a Rio "sucia sirvienta".
—Creí haberte dicho que serías Tengu. ¿Verdad? ¿O eres tonta?
Rio, como en el callejón durante la tarde, no lo soportó más. Comenzó a llorar. A través de los agujeros de la máscara que hacía las veces de ojos, donde la Hannya lo miraba todo con su mirada ensombrecida por la ira, la tristeza y los celos, vio a su señora rodar los ojos y farfullar con pereza.
—Deja de lloriquear, maldición —Rio intentó tragarse sus lágrimas, pero le costaba retenerlas—. No sabes hacer otra cosa más que llorar, estúpida. Esto es tu culpa, así que arréglalo. ¡Eres mi sirvienta! Me lo arruinaste con el rōnin y quiero un hombre esta noche, así que toma su lugar. ¡Anda! ¿Qué esperas?
Gimoteando, Rio tomó la máscara Tengu que colgaba de su cintura, y con las mejillas encendidas por la vergüenza, vio cómo su señora, sentada en el futón, abría las piernas frente a ella. El kimono blanco de dormir le cubría hasta las rodillas, pero incluso entre las sombras de la habitación, Rio pudo ver que no usaba nada debajo del kimono, igual que ella.
La sirvienta, con dedos temblorosos, se subió los dos extremos de la abertura de su kimono y los sujetó bajo su obi, dejando las vestimentas abiertas hasta la cintura. El pubis desnudo, cubierto por una gruesa capa de vello oscuro, no hizo ni pestañear a Zakuro mientras Rio se amarraba a las caderas las cuerdas de la máscara Tengu. La madera pintada de laca rojiza estaba mejor conservada que la de la Hannya, y brillaba entre la oscuridad, con su gesto severo acentuado por las cejas gruesísimas y negras, talladas en la madera de forma tan pronunciada que el entrecejo llegaba hasta la base de una nariz exageradamente alargada hacia el frente, toda ella rojiza como el resto de la máscara. La nariz tenía la punta redonda y ligeramente curvada hacia arriba.
Cuando Rio terminó de amarrarse la máscara a la pelvis, Zakuro soltó una carcajada burlona. Parecía un híbrido extraño y grotesco entre humano y dos cabezas yōkai: una arriba del cuello, y la otra en la entrepierna. Aquel absurdo juego de máscaras quizá fuera de las pocas cosas, sino es que la única, que Zakuro le tenía permitido hacer a su doncella sin que se tratase de una orden. Rio no soportaba la vergüenza que le provocaban aquellos episodios nocturnos, así que le había pedido usar la máscara Hannya para ocultar su vergüenza. Zakuro sabía que le avergonzaba aquello porque le gustaba, pero no tuvo problema con su petición: le gustaba más así, incluso. «Así no tengo que verla llorar», pensaba con desprecio. Además, de esa forma, disfrazada como estaba, a Zakuro le gustaba pensar que estaba yaciendo con un verdadero yōkai.
«Aunque un yōkai no lloraría por tomar a una mujer humana», se dijo, resentida, cuando Rio se arrodilló frente a ella y Zakuro se acercó para bajarle bruscamente el kimono por los hombros hasta dejarle ambos pechos desnudos. Eran pequeños y redondos, pero ambos pezones estaban ya erectos. Su maliciosa sonrisa se volvió una media luna de dientes brillantes y mezquinos cuando Zakuro los lamió, haciendo que Rio lloriqueara aún más tras su máscara. Luego la princesa se recostó sobre el futón con una sonrisa coqueta y aire despreocupado, abrió las piernas, y acercó a su doncella hacia ella jalándola del pezón izquierdo con tanta brusquedad que logró hacerle daño. El gemido de dolor que resonó quedamente bajo la máscara no hizo más que acentuar la emoción perversa que invadía ya el cuerpo de Zakuro, preparándola para el momento en que su sirvienta se situó entre sus piernas y la penetró con la larga nariz de la máscara Tengu.
Naraku, convertido en Mokumokuren [2], observó desde el agujero del shōji cómo la cruel Zakuro Otsuka se reía y burlaba cada vez que su sirvienta Rio la embestía. Parecía una bruja cruel burlándose de su torpe amante mientras jalaba a la muchacha del cabello, de la ropa, sosteniéndose con rudeza de los cuernos de la máscara Hannya. Cuando se cansaba de ello, hundía sus manos en el cabello de la pobre muchacha, que gimoteaba y jadeaba sobre ella mientras su ama le exigía que lo hiciera mejor. Naraku se percató de que la joven sirvienta estaba asustada y excitada en partes iguales.
«Qué retorcido», pensó en silencio, pero no estaba asombrado: incluso un demonio como él podía percatarse de que, a veces, los peores demonios podían ser los mismos humanos. Y claro que lo iba a saber, se dijo después; él mismo era mitad humano, por mucho que lo odiase. Pero podía notar la desesperación lastimera de la muchacha incluso si su sonrojo y lágrimas quedaban ocultas bajo la máscara: la chica disfrutaba con el dolor de su propio temor hacia su señora y todos sus maltratos; se maldecía, se condenada, y lo añoraba también, incluso si a veces la odiaba. Como demonio que era, le agradó la naturaleza podrida de aquella dinámica cruel de poderes disímiles. De lejos, cuando la perversa Zakuro se colocó sobre sus manos y rodillas y obligó a su sirvienta a tomarla por detrás, podía parecer que la pobre princesa era ultrajada por un humano disfrazado de yōkai, pero la realidad estaba lejos de lo que se percibía a simple vista. El placer malévolo de la joven princesa ni siquiera provenía de un intenso impulso carnal, se percató Naraku, ni siquiera de su gusto por las mujeres o el malsano amor que le tenía a su llorosa doncella, sino de saberse por encima de su sirvienta incluso si se dejaba montar por ella.
«Ah, pobrecita», se dijo Naraku mirando cómo la joven sirvienta acariciaba con devoción las caderas de su señora, entregándose al fin a la lascivia de su señora. «Con los años se forzó a convencerse de disfrutar sometiéndose a los deseos de su ama, por intransigentes que estos sean».
Al terminar, cuando Rio aún jadeaba sobre el futón y temblaba por los remanentes del placer y la vergüenza, Zakuro, en un exabrupto de violencia, la golpeó en los pechos con las palmas de las manos, luego en las nalgas, y le mordió los pezones con tanta fuerza que la hizo sangrar. Estaba gimoteando cuando le ordenó abrir las piernas y la penetró con los dedos bruscamente, haciéndola sollozar de dolor. Zakuro le tapó la boca con su mano libre y la acusó de ser una llorona, antes de enterrar el rostro entre sus piernas hasta que la joven se retorció sobre su espalda, gimiendo y llorando a la vez. Cuando Zakuro levantó la cabeza, Rio la vio limpiarse la boca con el dorso de la mano, reptando sobre su cuerpo como una serpiente. Le descubrió el rostro apenas, bajo la máscara, y la besó abrazándose a su cintura. Rio, indefensa, se abandonó a su señora y su posesivo abrazo, sujetándose con devoción a su delicada espalda. Habría preferido quedarse así, sin pensar en la boda que se avecinaba, en sus tratos crueles, en la belleza de su rostro o en cómo le avergonzaba tanto entregarse al venenoso amor de su señora en noches como esas, y cuando más feliz se sintió al fin, como si ella pudiese percibirlo y aquello le molestase, fue la misma Zakuro quien decidió sacarla de golpe de su ensoñación. Aún sus labios rozaban los suyos después del beso cuando Zakuro la llamó "vulgar sirvienta", ordenándole luego, con la voz llena de desprecio, que se largara. Rio, cubriéndose apenada los pechos y las piernas, acató la orden y abandonó la habitación, cabizbaja y gimoteando, con ambas máscaras bajo el brazo, el cabello hecho un desastre y llena de moretones y rasguños en los muslos, las nalgas y los pechos. Estaba desecha, y el placer de aquel encuentro no había dejado en ella otra cosa más que la vergonzosa sensación de ser usada no más que como un objeto que proporciona placer o afecto a destajo, una muñeca a la cual usar y luego tirar, pero Zakuro, ni siquiera por piedad, terminaba jamás de desecharla.
Naraku se mantuvo silencio, quieto como una sombra, mirando a través del agujero del shōji. Su ojo rojo brillaba como un rubí bajo el sol, pero Zakuro, fastidiada, ni siquiera lo notó cuando se dispuso a dormir. Acomodó sus ropas en su sitio y se recostó sobre el futón sin dedicarle un solo pensamiento más a su maltratada sirvienta ni a lo que acababa de ocurrir. Nunca había estado con un hombre, pero tenía años ordenándole a Rio tomar el papel de uno.
En el sueño, que pronto la alcanzó, jamás habría sido capaz de percatarse de los dedos de Naraku convertidos en larguísimas patas de araña, ni de cómo estos surgieron a través del mismo agujero en el papel de la puerta por la cual el demonio lo había visto todo. Las patas negras, cubiertas de afiladas espinas, se acercaron a la muchacha retorciéndose en sus muchas articulaciones mientras reptaban por el suelo, sigilosas como fantasmas. Eran una masa de oscuridad que tragaba toda la luz a su alrededor, incluyendo la de la luna plateada reflejándose suavemente sobre el tatami.
Las sensibles espinas enclavadas a lo largo de las patas acariciaron primero la suave piel de las mejillas de la princesa, después su cuello fino, y finalmente tantearon su pecho ahí donde palpitaba tranquilo su corazón. La punta de una de ellas reptó por entre sus labios entreabiertos, pero la princesa en ningún momento despertó. Naraku pudo sentir cómo su cálido aliento chocaba con la afilada garra en la punta.
«Y así va, a cuatro patas… Y así va, a cuatro patas… Y así va…»
La letanía se repitió toda la noche. Alguien susurraba en su oído, y Zakuro no podía adivinar si se trataba de un hombre o una mujer, pero repetía aquella frase sin descanso. No la entendía.
«Y así va, a cuatro patas…»
En sueños, la princesa se retorció con el mismo dolor con el que lo hiciera su sirvienta, atenazada hasta el fondo de su alma por una angustia febril y oscura que carcomía el interior de su pecho, amenazando con devorar también su corazón. Intentó correr, huir de lo que sea que intentaba comérsela viva, pero sus piernas entumecidas por la inconsciencia del sueño no respondían, apenas capaces de patear el aire y enredarse inútilmente entre las sábanas. Intentó golpear, no sabía qué, pero sus brazos estaban paralizados, dejándola a merced de su propia indefensión.
Se encontró sujeta por sombras negras que eran afiladas y largas y se enroscaban a su alrededor con articulaciones que parecían romperse sobre sí mismas. La textura de aquellas sombras era asombrosamente sólida, y resultaban heladas y duras contra su cuerpo y su piel, estrujando toscamente sus piernas y brazos, rodeando su cintura, encajándose en su boca y entre sus pechos. Creyó que se asfixiaría cuando aquella cosa se adentró en su boca, y cuando abrió los ojos, vio a Rio sobre ella, usando la máscara Hannya y con al menos una docena de patas de araña brotando de su espalda desnuda. Eran retorcidas, y le separaba las piernas con ellas, dejándola expuesta y desnuda hasta la cintura. Luego vio, horrorizada, que de la cintura para arriba su sirvienta seguía siendo una mujer, pero sobre su pubis no estaba ya la máscara Tengu; de la cintura para abajo, por el contrario, Rio se había transformado en un hombre. Estaba erecto, y el órgano se hinchaba en la base con una forma gruesa y bulbosa, curvándose luego hacia arriba, con la piel ennegrecida y brillante. La punta era afilada como el aguijón de un escorpión.
Quiso pedir perdón, disculparse, suplicarle a Rio que se detuviera y que volviera a ser la misma chica llorona y sencilla de antes, pero no podía hablar, y lo único que la joven le mostraba era un silencio sombrío bajo aquella máscara dorada con su gesto de tristeza y furia enmarcado por aquellas cejas retorcidas por el dolor, sus ojos patéticos y su sonrisa llena de colmillos.
«¡Rio!» Habría jurado llamarla a los gritos, suplicante, tal vez por primera vez en su vida, pero se percató de que la pata de araña enterrada en su boca le impedía hablar, y al bajar la mirada pudo ver cómo una de ellas se encajaba suavemente entre sus pechos, sobre el esternón, como jugueteando con el momento en el cual al fin atravesase su piel.
Zakuro comenzó a llorar intentando liberarse, pero descubrió que lo único que podía mover eran los dedos de sus manos y sus pies. La desesperación oprimió su corazón, y después la sintió de verdad, en su propia carne, cuando aquella horrenda extremidad finalmente se encajó en su pecho, clavándose certero en su corazón de la misma forma que lo hiciera entre sus piernas aquel afilado aguijón. Sintió la sangre correr por sus hombros desnudos y su cuello, y de la boca de la Hannya surgió un cumulo espeso de telarañas blancas que se enrollaron en sus brazos, su torso y sus piernas.
«Las sábanas. ¡Las sábanas…! ¡Y así va, a cuatro patas!», se repitió somnolienta, adolorida y confundida, entremezclando la letanía siniestra que sonaba en el interior de sus oídos y el grito que pugnaba por salir entre sueños de su boca aletargada. Podía sentir cómo la garra de aquella pata de araña hurgaba entre las fibras musculares de su corazón; le dolía tanto cómo podía sentir reptando sobre su piel la viscosidad de la tela de araña que la apresaban como a una polilla en una trampa.
«Y así va, a cuatro patas…»
«Estoy soñando» repitió, y la risilla que escuchó al fondo de su cabeza la sobresaltó mientras sus ojos se movían frenéticos bajo sus párpados cerrados. Era una risa burlona. El tono le parecía familiar, pero no sabía de dónde. Sonaba como ella cuando se burlaba de Rio, que aún estaba encima, ultrajándola de la misma y humillante forma en que ella disfrutaba obligándola a yacer juntas como si fuera un hombre.
Creyó que moriría, y entonces percibió el aroma del perfume de aquella tarde, en el bazar. Su olor parecía renovado, intenso, como si abriesen la botella por primera vez. Habría jurado sentir un dedo rozando su cuello, dejando a su paso el rastro perfumado de loción. Fue ahí que su piel comenzó a arder, a burbujear en una quemadura insidiosa y rápida que penetró las capas de la epidermis hasta alcanzar el músculo y luego las vértebras, como si en lugar de tratarse de delicadas gotas de perfume, le hubiesen untado un ácido venenoso y corrosivo.
Zakuro, retorciéndose por el dolor, se empujó contra las telarañas y las patas que la sujetaban con fuerza, y lo hizo hasta que logró arrancar su brazo de entre los viscosos hilos blancos. Tuvo un instante de felicidad. Si hubiera estado despierta habría gritado de euforia, pero la sensación de victoria se desvaneció con rapidez cuando la telaraña, la sábana, o lo que sea que la aprisionaba, se enredó luego en su cuello, apretando hasta dejarla sin respiración.
Pataleó al aire, gimoteó y lloró mientras sentía cómo sus ojos se hinchaban de sangre. El aroma del perfume la asfixiaba, como si todos sus ingredientes se hubiesen podrido bajo el calor del sol. Entonces se percató de que no era tela de araña ni sábanas lo que la estrangulaba, sino las manos suaves y delicadas de su doncella Rio.
La garra que hurgaba en su corazón salió de entre la herida en su pecho, llevándose consigo el órgano fibroso y sanguinolento. Estaba ennegrecido, pútrido como una manzana carcomida por un virulento hongo. Las fibras se habían descompuesto y desprendido de su tejido conector hasta transformarse en una amalgama grotesca de carne rancia y maloliente, y cuando Rio lo vio, aun empujando entre sus piernas y aprisionando su cuello, sonrió de una manera tan viciosa que no pudo más que aterrorizar el alma de la joven princesa hasta su centro mismo. Zakuro sabía que ella sonreía incluso si ocultaba su rostro tras la máscara. Lo sabía tal y cómo podía saber cuándo lloraba tras ella. Podía oler sus lágrimas, incluso saborear su sal, y ahora podía sentir a través de su piel el placer perverso de Rio al someterla como tantas otras veces lo había hecho con ella, y Zakuro descubrió en su propio cuerpo, desconcertada, el mismo placer que su doncella sentía cada vez que le ordenaba tomarla.
—Tu corazón está podrido, Zakuro —le dijo Rio con una voz rasposa, como si las cuerdas vocales se le hubiesen desgarrado después de tanto llorar y gritar y no quedase en ella más que un remanente de voz humana. Entonces, con aquella boca monstruosa, lasciva y llena de dientes, su doncella, convertida en ogro, mordió y devoró su corazón.
Zakuro despertó en un grito ahogado y doloroso, agitándose todavía entre el sueño y la vigilia. Tenía la sensación de estar cubierta de alimañas, de arañas, de gusanos y mariposas muertas y disecadas que dejaban sobre su piel los restos cenizos de sus alas marchitas. Se quedó paralizada sobre su futón por un momento, percatándose de que se había movido tanto durante la noche, que tenía las sábanas de nuevo enredadas por todo el cuerpo. El cabello larguísimo se le había soltado y enmarañado, enredándosele en el cuello, en los hombros y brazos. Estaba cubierta de sudor, con la piel erizada por aquella espantosa pesadilla, sintiendo entre las piernas los remanentes de su nocturno encuentro secreto con su doncella.
—¡Rio! —Esperó a que la sirvienta apareciera a través de la puerta, pero los segundos pasaron y la chica ni siquiera se acercó—. ¡Rio, ven ahora!
No hubo respuesta, ni siquiera los pasos de la joven acercándose. Algo inusual sucedía, pudo darse cuenta, aún más al escuchar el alboroto en el patio.
Zakuro se levantó, sudorosa y agitada como estaba. Se acomodó el cabello, se limpió el sudor de la frente y el cuello y se vistió apresurada con un kimono celeste con abanicos blancos estampados en sus mangas. Al salir de su habitación pudo escuchar gritos de mujeres, susurros funestos y suspiros de sorpresa entremezclándose que venían desde el patio trasero. Los sirvientes que encontró en su camino parecían dispersos y desconcertados, pero no había ningún rastro de Rio.
—¿Qué sucede? ¿Por qué tanto alboroto? —preguntó a una de las sirvientas de las cocinas que pasó frente a ella por el pasillo principal, deteniéndola en seco, pero la muchacha estaba llorosa y apenas era capaz de sostenerle la mirada.
—Señorita Otsuka, es Rio…
«¿Y ahora qué le pasa a esa tonta?»
Zakuro se apresuró al patio, donde un tumulto de gente se había amontonado alrededor de uno de los árboles de cerezo que florecían contra el muro exterior de la mansión. Su padre estaba cerca, custodiado por dos de sus samuráis. Intentó detenerla al verla caminando hacia el patio donde la gente se aglomeraba.
—Zakuro, no mires.
No lo obedeció. Nunca le había gustado que le dijeran qué hacer, ni siquiera sus padres. Muy en el fondo, Zakuro también sabía que aquella era una de las razones por las cuales ahora se apresuraban para casarla.
«La desobediencia y el amor a las mujeres se cura con un buen matrimonio», pensó, llegando al fin al cerezo, en donde encontró a Rio colgando de una de las gruesas ramas, con una soga alrededor de su cuello. Había elegido como última vestimenta el mismo kimono de la noche anterior, y había ocultado su rostro bajo la máscara Hannya. Las cuerdas de la máscara parecían haberse aflojado con la caída, pues la mitad de su cara estaba al descubierto, pero de la máscara Tengu no había ni rastro. Zakuro torció los labios preguntándose dónde había dejado aquella cosa.
«Maldita idiota…», pensó, aunque se preguntó si tal vez no lo habría susurrado, molesta y asustada como estaba. «Maldita Rio estúpida. Estúpida. Estúpida».
Cuando los sirvientes bajaron el cadáver de la joven y le quitaron la máscara, vieron, aterrados y asqueados, como una araña gris salía de la boca pálida y reseca de la muchacha, descubriendo asombrados que su cuerpo no manaba el hedor de la muerte, sino un penetrante aroma a veneno y ácido.
Un rato después, durante el desayuno, que esa mañana no pudo ser más que sombrío y silencioso, hasta la mansión del clan Otsuka llegó la noticia del devastador incendio nocturno que había consumido por completo la antigua pagoda del templo Tō-ji.
A este fanfic sólo le queda un capítulo más, si es que de pronto no se me ocurre agregar alguna cosa. Por otro lado, me alegra haber actualizado más rápido que la última vez, y también haberme atrevido a escribir una escena de este tipo. Bueno, la verdad tengo experiencia escribiendo lemon, y muchísimo más explícito, aunque no sé si lo siguen llamando de esa forma. Creo que ahora también lo llaman "smut".
En fin, la cosa es que jamás había escrito una escena de violencia sexual así entre mujeres. Hace un tiempo vi una imagen de shunga [3] atribuida a Keisai Eisen, donde dos mujeres están teniendo sexo mientras una de ellas usa una máscara Tengu sujeta a su pelvis para penetrar a su pareja. Me llamaba la atención escribir esto no por la escena en sí, sino por la dinámica desigual de poderes entre los personajes de mi fanfic. Uno suele asociar la violencia sexual por parte de los hombres a las mujeres, pero en este caso ambas son mujeres, Zakuro Otsuka es un poco más joven que Rio, y aunque es la que toma el rol "pasivo" en el encuentro sexual (por llamarlo de alguna forma), esta relación sexual se da de forma coaccionada por ser Zakuro la superior jerárquicamente de su sirvienta Rio, quien debe acceder a sus ordenes hasta formar una dependencia emocional hacia su ama para lidiar con sus tratos crueles.
Según lo que investigué sobre los shunga de tipo lésbico, aunque poco comunes, muchos aseguran que representan más bien fantasías lésbicas por parte de los hombres que sexo real entre mujeres (en la mayoría de las estampas se muestra el uso de dildos dobles, por ejemplo), y según lo que leí también, estas situaciones podían darse con cierta facilidad en la sociedad de la época y en casas donde los hombres no estaban muy presentes, como las de los samuráis. Unos dicen que mostraba más esta "escases" de hombres, que amor o deseo sexual autentico entre mujeres. Quién sabe. En cuanto a mis personajes, no creo que existan rasgos muy sanos que rescatar de la relación que tienen.
Me despido,
Agatha Romaniev
