Cruces en el hielo
Al día siguiente de la presentación, Inuyasha intentaba ignorar el dolor punzante en su hombro mientras se preparaba para el entrenamiento matutino. La lesión llevaba semanas molestándolo, pero la idea de tomarse un descanso lo irritaba más que el propio dolor.
—Sigues insistiendo en lastimarte más, ¿no? —dijo su entrenador, mirándolo con desaprobación.
—Estoy bien, viejo. Solo caliento y salgo al hielo.
El entrenador suspiró, cruzando los brazos.
—No, no estás bien, y estoy harto de verte ignorar las órdenes médicas. Así que aquí tienes: una semana fuera del equipo principal.
—¿Qué? ¡No puedes hacer eso! —Inuyasha se giró bruscamente, ignorando el pinchazo en su hombro.
—Sí puedo. Y lo haré.
—¿Y qué esperas que haga, sentarme en casa a ver la televisión? —replicó Inuyasha con sarcasmo, frunciendo el ceño.
El entrenador esbozó una sonrisa irónica.
—Claro que no. Durante esta semana, darás clases de iniciación a los niños.
Inuyasha parpadeó, confundido.
—¿Qué demonios? ¿Clases para niños? ¿Y por qué yo?
—Porque te vendrá bien aprender un poco de paciencia y responsabilidad, dos cosas que evidentemente no tienes.
—¿Paciencia? ¿Yo? —soltó una carcajada irónica. —¿En serio crees que voy a perder mi tiempo con un montón de mocosos que apenas saben caminar sobre el hielo?
El entrenador se acercó, clavándole una mirada dura.
—Sí, lo creo. Y no me importa un carajo si te gusta o no, Inuyasha. Es eso, o te mando a descansar a la fuerza por un mes. Elige.
Inuyasha apretó los puños, tragándose un comentario mordaz. Por mucho que detestara la idea, sabía que el viejo no estaba bromeando.
—Tsk. Está bien, lo haré —gruñó finalmente, apartando la mirada.
El entrenador asintió, satisfecho.
—Buena elección. Por cierto, diviértete. Los niños son encantadores. —La sonrisa en su rostro era todo menos amable, y eso solo aumentó la frustración de Inuyasha.
———
Inuyasha llegó al complejo de la pista de hielo más temprano de lo necesario, arrastrando los pies con evidente molestia. Todavía no podía creer que su entrenador lo hubiera obligado a participar en un curso para niños como castigo por no descansar adecuadamente. "Maldito entrenador", pensó, ajustándose la chaqueta mientras cruzaba el vestíbulo.
Cuando abrió la puerta que daba hacia la pista, el frío lo golpeó de lleno, pero algo más llamó su atención: un grupo de niñas practicaba movimientos sobre el hielo, siguiendo con atención las instrucciones de una joven que se movía con una gracia sorprendente.
Inuyasha se detuvo en seco. No podía creerlo. Era ella, la misma chica que había visto durante la presentación de sus sobrinas.
Kagome Higurashi.
La patinadora parecía estar en su elemento, deslizando los pies con facilidad mientras corregía la postura de las niñas y les demostraba los giros con una sonrisa. Había algo hipnotizante en la forma en que se movía, como si el hielo estuviera hecho para ella.
Sin darse cuenta, Inuyasha se quedó apoyado contra la barandilla, observándola en silencio.
—¡Tío Inu! —la voz emocionada de Setsuna lo sacó de sus pensamientos.
Antes de que pudiera reaccionar, sus sobrinas corrieron hacia él desde el otro extremo de la pista. Ambas lo rodearon con entusiasmo, tirando de su chaqueta.
—¡Viniste temprano! —dijo Towa, sonriendo.
—Sí, bueno, tenía que... —comenzó a decir, pero se detuvo al notar que Kagome lo miraba desde el centro de la pista. Su sonrisa se había desvanecido y ahora lo observaba con curiosidad, como si estuviera tratando de recordar de dónde lo conocía.
Setsuna, sin darse cuenta de la atención de Kagome, señaló hacia ella.
—¡Mira! Ella es nuestra maestra asistente, ¿no es genial?
Inuyasha miró a Kagome, incómodo por el repentino interés que ella parecía mostrarle.
—Sí, supongo.
Kagome finalmente se acercó, las niñas se aferraban a sus manos, mirándolo con una mezcla de curiosidad y diversión.
—¿Tú eres el famoso tío del que tanto hablan? —preguntó, arqueando una ceja.
Inuyasha levantó ligeramente el mentón, un atisbo de orgullo asomándose en su expresión.
—Bueno, no esperaba que me reconocieras, pero sí, supongo que algo famoso soy.
Kagome lo miró con desconcierto por un instante antes de que la comprensión la golpeara. Su sonrisa se ensanchó con picardía.
—¿De qué hablas? Me refería a que eres famoso por ser "el tío gruñón". —El comentario le arrancó risas a Towa y Setsuna, quienes no hicieron ningún esfuerzo por contenerse.
El rostro de Inuyasha se tensó.
—¿Eso dijeron? —preguntó, girándose hacia sus sobrinas con una mezcla de incredulidad y fastidio.
—¡Sí! —respondió Towa con total naturalidad.
Inuyasha apretó los labios y resopló, rascándose la nuca mientras trataba de recuperar su compostura. Finalmente, cambió de tema.
—¿Qué haces aquí?
Kagome alzó una ceja, cruzando los brazos.
—Trabajo aquí. ¿Y tú? No pareces el típico entrenador de niños.
—No estoy aquí porque quiera —murmuró, desviando la mirada hacia los niños en la pista—. Es un castigo.
Kagome rio suavemente, inclinando la cabeza hacia un lado mientras lo estudiaba con una mezcla de burla y curiosidad.
—Bueno, eso explica por qué pareces estar sufriendo.
Inuyasha frunció el ceño, listo para soltar una réplica, pero Kagome lo interrumpió con un gesto de la mano.
—Muy bien, chicas, recuerden lo que les dije: práctica hace al maestro. Nos vemos en la próxima clase.
Kagome se giró hacia las niñas, despidiéndose con una última sonrisa antes de salir del hielo con su grupo. Mientras se alejaba, Inuyasha la siguió con la mirada, una parte de él todavía tratando de procesar su inesperada presencia.
Cuando Kagome desapareció por la salida, Inuyasha soltó un suspiro pesado y se volvió hacia su propio grupo de pequeños aspirantes a jugadores de hockey. Los niños lo miraban con ojos brillantes y llenos de expectativas.
Se colocó los guantes con movimientos deliberados y frunció el ceño, evaluándolos uno por uno. Era evidente que algunos apenas podían mantenerse en pie sobre el hielo, pero eso no iba a detenerlo.
—Muy bien, mocosos. Escuchen bien porque no pienso repetirlo —dijo, golpeando el stick contra el hielo para llamar su atención.
Un niño levantó la mano tímidamente.
—Señor, ¿nos va a enseñar trucos como los jugadores de la tele?
Inuyasha suspiró, frustrado.
—Primero aprendan a no caer de bruces cada cinco segundos, y luego hablamos de trucos.
Mientras trataba de mantener el orden entre los niños, Inuyasha no pudo evitar que su mirada se desviara hacia las gradas. Allí estaba Kagome, inclinada mientras terminaba de guardar sus cosas. De repente, ella levantó la vista y le dedicó una ligera sonrisa, como si encontrara entretenido verlo en medio del caos.
Inuyasha desvió la mirada de inmediato, fingiendo estar completamente absorto en su tarea. Sin embargo, no pudo evitar sentir cómo la atención de Kagome lo hacía perder un poco el control de la situación.
Kagome terminó de recoger sus cosas y, antes de irse, miró una vez más hacia la pista. Esta vez, su sonrisa era apenas un atisbo, pero tenía un toque divertido, casi desafiante.
Él siguió fingiendo concentración, con los ojos fijos en los niños que patinaban torpemente frente a él. Pero, aunque no la miraba directamente, no podía ignorar que su presencia lo afectaba más de lo que estaba dispuesto a admitir.
Cuando Kagome finalmente desapareció por la salida, Inuyasha soltó un leve suspiro, sabiendo que ese día estaba lejos de mejorar.
