—A ver, pequeño monstruito —gruñe Colt— ¿Cuáles son las reglas?

Sobre el carruaje. De camino a Le Mans.

—No mirar. No hablar. No respirar. No existir —dicta el pequeño Félix, hastiado— ¿Algo más?

—¿Quieres dejar de llamarlo así delante de mí? —protesta ofendida, Amelie—. Me enerva que no reconozcas el potencial de nuestro hijo —acaricia la nuca de su hijo—. Félix, cariño. No hagas caso. Tu padre solo está estresado porque ahora hace negocios con el esposo de mi hermana ¿Sí?

—Si, madre —responde con voz metálica.

No —sentencia Fathom—. En realidad, me pone de mal humor que sea tan rarito. Lugar al que vamos con él, nos echan. ¿Cómo no te das cuenta que es un problema?

—Es el único heredero de los Graham de Vanily —repele la mujer— ¿Cómo es posible que todos puedan verlo menos tu? Date con una roca en el pecho de que seamos tan afortunados.

—Me doy con una roca en los huevos, mujer —exacerba el mercader, tomando un sorbo de una pacata de whisky— ¿Ya escuchaste lo que le dijo al conde? Quiere ser bufón.

—Deja de beber mejor será —rezonga la ojiverde— Maldito alcohólico.

Verano de 1439. Condado de los Agreste. 10:20AM.

—¡Hermana! —chilló Emilie, en un abrazo furtivo— ¡Hermosa! ¡Gracias por venir otra vez! Haremos grandes cosas juntas

—¡Yo también espero lo mismo! —revela Amelie, fulminando a su mierda de marido— Y ojalá este pendejo no arruine todo.

—Quiero presentarte a tu sobrino —indica su familiar—. Adrien, él es tu primo Félix. ¡Salúdalo!

Todo mal. El primer contacto con la humanidad que Adrien y Félix tienen, es arisco. No por parte del francés, en conclusión. Es que el inglés, viene de una doctrina nefasta y de pocos amigos (por no decir nula)

—¡Primo ven conmigo! —alardea Adrien, jalándolo contra su voluntad— ¡Te voy a presentar amigos!

Amigos…—Félix rueda los ojos, cáustico.

La actitud huraña de Fathom no intimida a su enérgico familiar. Mas jocoso que otra cosa, lo arrastra hacia un costado del jardín trasero. Hay alguien muy importante del cual, esta reunión no puede presidir.

—Mira, primo —dice Adrien, jovial— Ell-…

—Hola. Mucho gusto. Félix Fathom —el inglés realza la mano, esperando una respuesta interrumpida a la presentación—. Soy alérgico a las nueces y me gustan los truenos. ¿Qué te gusta a ti?

El sujeto se entiesa frente a él. No sabe que decir o que responder. Solo se limita a contestar con igual características; vánales y escuetas.

—Me gustan las castañas —dice sin más— ¿Jugamos a-…?

—¡Vamos al abedul! —propone Adrien, contento— ¡El ultimo que llega es ardilla!

—¡Yo voy! —berrea el invitado.

—Las ardillas me dan miedo —sentencia Félix, sin preámbulos— ¿Leemos algo?

—¿Primo? —Adrien no entiende nada.

—Yo si…—Marinette, se obnubila— A mí también me dan miedo las ardillas…

[…]

Ojos tengan, que no me vean

Manos tengan, que no me toquen

Pies tengan, que no me alcancen

No permitas que mi muerte sea violenta

Ni que mi sangre se derrame en vano

Tú que todo lo conoces gran juez,

Tú qué sabes de mis pecados,

Pero también de mi buena fé,

No me desampares.

Ni ahora ni al momento de tu abrazo.

Cuando me levanté del lodo, cien mil ojos como estrellas fulminantes recayeron en mí. El silencio reinaba entre los soldados, aunque flotara en el aire un intrigante sentimiento de desconcierto, pánico y ligera curiosidad religiosa. Lo sé. Yo también tenía miedo. Estaba tan aterrado como ellos. Pero mi misión no disiparía mi fe. Así que me incorporé entre sus filas, aunque vacilara desenvainar mi espada; con el corazón agitado y la boca seca.

El general Le Roux posó su mano sobre mi hombro y susurro en mi oído palabras de esperanza. Desde ese momento, pasó a convertirse en mi vigilia de batallas, jurando así protegerme como portador de luz en la muerte. Hasta aquel día, en el que fue herido por una de esas infectadas criaturas y cayó presa de la misma maldición.

Innumerables peleas tuve que presenciar en los años venideros. Hasta que el último fiel caballero del delfín sucumbió bajo el filo de mi navaja. Lo siguiente…es parte de la leyenda.

[…]

Con Marinette habíamos tomado rumbos completamente distantes y, sin embargo, tan similares. Mientras yo reñía mis incipientes batallas en el cerril de la sangre ella se había casado con mi primo. Para ese entonces, la vida de una dama de buena familia era todo a lo que podías aspirar. Ganabas una posición importante en la sociedad y al mismo tiempo, el respeto de quienes se codearán vanidosos con tu apellido. Lo cual obviamente no significaba que tu voz tuviera relevancia en temas importantes. La opinión, no era una opción. Siendo una mujer tan transgresora, debe de haber sido difícil para ella. Pero estar con Adrien era lo mismo que disfrutar de un sol de primavera. El jamás coartó sus decisiones y por algún tiempo, asumió que sería una relación muy enriquecedora. Hasta que, en el verano del siguiente año, ella dio a luz a una hijita. Una Agreste, para ser exactos. Y recalco este detalle porque si bien, su nivel de maternidad jamás se vio opacado en cuanto a conocimientos y menudencias se tratase, aquella nueva normalidad cambió la forma en la cual se atañían con sus suegros. Emma nunca fue una niña ordinaria. Y era algo que los señores Agreste tenían muy presente.

Pero ¿Quiénes eran estas personas? ¿Por qué les importaba tanto? ¿Y qué clase de vinculo habían generado con los Dupain-Cheng?

—No estoy de acuerdo —el señor Dupain respondía agraviado. Lo que había comenzado como una simple platica de negocios, ahora era más bien la disputa de sus vidas— Entiendo que no quieras tener una "relación" con nosotros. Pero deben dejar fuera a Emma. Ella también es mi nieta.

—No es personal, Tom —manifestaba Gabriel Agreste en una sonrisa traviesa— Debes entender que Emma también debe pasar tiempo con su padre. Y ya estuvo suficiente con Marinette.

—Estas mezclando las cosas, Gabriel —refutaba el grandulón en lo que fruncía el ceño— ¿Qué fue? No estás siendo para nada sincero con tus intenciones. ¿Es un tema comercial? ¿Es porque ya no harás negocios conmigo? ¿Acaso Fathom te lavó el cerebro?

—En realidad, es más bien un tema de sentido común —el peliblanco abandona el sillón, depositando su copa de vino en un costado—. Deja a Fathom fuera de esto, por favor. Ese pobre diablo no sabe ni donde está parado. Lo hago por el futuro de mi nieta.

—Lo estás usando…

—Yo no —Gabriel se encoge de hombros, restándole importancia—. Él se humilla solo. Si no fuera tan engreído podríamos haber hecho grandes cosas. Pero esta guerra ya no le hace bien a nadie y debo proteger a mi familia.

—Fue idea de ella ¿Verdad?

Silencio sepulcral en la habitación. Gabriel afila la mirada cual lince en plena cacería. Su compañero es acérrimo altruista de lo suspicaz y nota como el color de sus ojos cambia de un tono gris a otro más opaco, hasta extinguirse con el fulgor de la chimenea. El señor Dupain suelta un suspiro violento, dejándose caer sobre su peso con el mundo sobre sus hombros. Su expresión amortajada responde a las inquietudes de este impasse. ¿Qué más puede hacer? Es un noble. Pero empobrecido por las ocurrencias de dos lideres hambrientos de poder. Los Agreste tienen el toro por las astas, solo por coexistir en una sociedad machista que favorece al hombre, más que a la mujer.

Marinette lleva un tiempo en casa de sus padres, tomando vacaciones con Emma. Es algo que habitualmente hace, como todos los años. Ahora es forzada a volver a la finca en un inverosímil acuerdo que poco intuye. Tanto ella como su madre acatan la orden, armando maletas y carruaje. Ninguna de las dos entrevé nada raro. A excepción de la señora Cheng.

—¿No te parece extraño?

—Los Agreste son así, mamá —exhaló Marinette, rendida—. Muy extravagantes. Hubieras visto lo que trajeron de su viaje a África el mes pasado. Cabezas.

—¿Ca-Cabezas…? ¿Cabezas de pescado? —parpadeó atónita— ¿O cómo?

Humanas. Reducidas. Muy pequeñitas —musitó con recelo, procurando que su pequeña hija no oyera—. Y eso no es todo. También les gusta mucho cazar animales exóticos.

—Esa familia es extraña. Siempre lo fue —comenta inquieta, Sabine. Toma a Emma entre sus brazos y le regala un beso en la frente a modo de apaciguar sus afrentas—. No sé por qué te empeñaste tanto en elegir a ese jovencito entre tantos. Tu padre estuvo dispuesto a cancelar todo.

—Ay, mamá. Adrien es un chico muy bueno —explicó Dupain-Cheng, jocosa—. Él no tiene la culpa.

—Ya sé. Disculpa, no me refería precisamente a el —farfulló, entrecerrando los parpados con actitud somnolienta—. Tienes que entender que cuando te comprometes con un muchacho, lo haces con su familia también. Y todo lo que eso conlleve.

—No estoy comprometida con Adrien. Adrien es el que está comprometido conmigo —bufó entre risas sarcásticas—. Vamos a estar bien. Solo será una temporada. Ven aquí —sostiene a su hija entre brazos—. Posiblemente quieren que vuelva antes por temas de negocios. A Emilie no le gusta dejar solo a su hijo por mucho tiempo y la entiendo. Yo me siento igual con mi pequeña princesa.

—Adrien no es un niño, cariño —espetó aprensiva la madre—. Es un hombre grande ya.

—Jm…no tanto como lo debe de ser su primo —susurró, cavilosa.

—¿Disculpa? —arqueó una ceja.

—Eh…—Marinette acaba desviando la mirada, en lo que soltaba un graznido incomodo frente a su comentario—. N-no…no he dicho nada. Ignoralo…

—Creí que, con el paso de los años, te olvidarías del inglés.

—Me olvidé de él, no exageres. Es más, ni me acuerdo ya de su cara —fingió—. No pretendas que me quede con la imagen de una persona con la cual jugué de niña un par de veces. Tampoco soy tan ingenua.

—Ese chico ya está comprometido con una doncella de la corte —advirtió sagaz la señora Dupain-Cheng—. Y con una Bourgeois, por lo demás. Ese matrimonio es política. No lo olvides.

¿Y el mío no lo es? —la peliazul pensaba aquello, con la melancolía anidada en los ojos. Por supuesto que no admitiría frente a su progenitora; aunque no hiciera falta. Entre ambas, no había secretos—. Yo…bueno, ya me voy. Te escribiré como de costumbre ¿Sí? Por favor, cuídense de la plaga.

—Ve con Dios, hija. Tom es fuerte como un roble viejo y yo no me terso con nada.

Marinette se despide de sus padres en la penumbra de una angustiosa partida. Se le ha quedado en la cabeza la mal pensada intención por parte de sus suegros. ¿Pero qué más puede hacer que encomendarse en buena aventura? Confía en su esposo. Fiar la seguridad de la pequeña Emma es todo lo que importa ahora. Echa una última ojeada fugaz a la figura de sus antecesores y sube al carruaje acometida. Siglos de generaciones ahora yacen entre sus brazos, a la espera de dos pequeños orbes aletargados. El bostezo inocente de la bebé calma sus latidos más vehementes. Los caballos galopan día y noche con apremio, como si estuvieran escapando de las voraces sombras.

Al tercer día, es recibida por las primeras lluvias de invierno. Adrien corre a su encuentro y saluda a ambas de un sentimental beso. Le acompaña su madre, Emilie Agreste. Una mujer tan distinguida que su sola presencia intimida a los dioses. Estoica, de rostro espigado, brazos extensos y cejas arqueadas como arcos. No hay manera de no caer rendido a sus encantos. Con expresión gentil, recibe a su nieta. Para ella, un beso. Para su nuera, solo una reverencia frívola. El respeto entre ambas es mutuo. Pero denota un dejo de relaciones tibias y no gratos momentos. Marinette no se deja amedrentar. Quizás es eso mismo, lo que crispa a la mujer.

—Nathalie. Que preparen el baño para ambas y una cena abundante, por favor —demandó Emilie.

Nathalie Sancoeur lleva más tiempo sirviendo a esa familia que años de vida. No es una ama de llaves simplona. También fue la nodriza de Adrien. Marinette sabe muy poco de ella, por no decir nada. Es callada, sutilmente tímida, pero inspira un enorme reconcomio de sumisión. Además, su esposo es devoto confidente de ella, por lo cual no teme confiarle la vida de su hija. Para el señor Agreste, Nathalie es parte de la familia. Para la señora Agreste, un mal necesario. Emilie es una mujer de mundo bohemio y detesta los que haceres del hogar. Alguien tiene que encargarse de la mugre. Aunque como madre, ejerce su papel a la perfección y no hay quien la juzgue de lo contrario. Tiene una hermana gemela. Ver sus retratos juntas suele removerle las entrañas. No puede evitar preguntarse: ¿Serán ambas iguales tanto física como espiritualmente? Todo es muy ambiguo.

Condado de Verdún. Provincia de Rúan.

—Está cada día más hermosa —halagó en la penumbra. La belleza de su hija cautivaba la mirada inocente del rubio. Y en un acto amoroso, dejó trazos de caricias por sus hebras—. Ya comienza a parecerse más a ti. Cuando grande tendré que espantarles a los buitres.

—¿A dónde van tus padres esta vez? —consultó la ojiazul, cepillando su cabello.

—A la costa.

—¿A la costa, donde?

—No lo sé —respondió sereno.

—¿No sabes a dónde van? —le increpó su mujer, embrollada— ¿Al menos sabes por cuánto tiempo se van?

—No me lo han dicho —se encogió de hombros.

—Eres increíble…—farfulló Dupain-Cheng, tomando asiento al borde del lecho matrimonial—. Mírame. Necesito que dejes de hacer esto.

—¿El que?

Esto —reiteró molesta, la muchacha—. Adrien, son tus padres. Deberías cuestionarlos por lo menos una vez al mes. No lo sé. Ser alguien normal y hacer preguntas como para al menos cuestionarme si "debo preocuparme".

—Amor, sabes que mis padres viajan mucho por negocios. Están yendo y viniendo y sería molesto para ellos interrogarlos a cada rato —explicó el joven médico. Sus dedos, entrelazados con los de su cónyuge—. Además, no me gusta ser tan entrometido.

—Puedes hacer lo que gustes cuando solo se trate de ti —rezongó la fémina, dando una breve caminata por la habitación nocturna—. Pero esto nos involucra a ambos ¿Sabes? Fui obligada a salir de la casa de mis papás para poder venir a estar contigo. Y no quiero escucharte decir una estupidez como que es lo correcto. Sabes que las vacaciones con Emma en mis tierras son necesarias.

—Cariño…—el Agreste hizo una pausa, sobando su nuca con letárgico bochorno— ¿Es necesario hablar de esto justo ahora? Es de madrugada y no quiero discutir contigo.

—Yo si quiero discutir contigo —sentenció la chica.

—¿Por qué rayos querrías algo así? —extrañado.

—Porque eso hacen las parejas, Adrien —reveló Marinette, más irritada que antes—. Las parejas discuten las situaciones. Sobre todo, cuando no están de acuerdo en algo. Lo hacen justamente para solucionarlo.

—No somos una pareja. Somos un matrimonio.

—No juegues conmigo, que no estoy de humor —lo fulminó con la mirada.

—Vale, vale, vale. Ya entendí —el rubio bosqueja una mueca agria, finalmente asintiendo a la par que la abraza. Rodearla entre sus brazos, siempre disminuye el estrés antes de comenzar una conversación incomoda. Realmente no es que no desee discutir. Pero debido a la hermética crianza que ha recibido, no es algo que aprendió en casa. Sus padres nunca discutían delante de el—. Voy a mejorar eso ¿Sí? Mañana por la mañana les preguntaré todo eso. Y prometo intentar ser más inquisitivo con la información que proporcionan. Lo prometo.

—Jmh…—Marinette asiente. No del todo convencida, pero si esperanzada con su declaración—. De acuerdo. Confiaré en que así será.

—¿Cuándo te he fallado? —Adrien deposita un beso gentil en sus labios— ¿Vamos ya a la cama? Ha comenzado a helar.

—Yo no tengo frio —manifestó Marinette, rehuyendo astutamente de la mirada contraria. Ya había dejado entre ver sus claras intenciones.

—Bueno…yo no tengo sueño —insinuó el varón, acomodando el candelabro sobre la mesilla— ¿Quieres…?

Emma duerme en su cuna como si no hubiera un mañana. No hay impedimento para que dos jóvenes se amen en silencio. No es una gran casona, pero si una habitación amplia. Y como testigo acústico es muy bueno para amortiguar el ruido ajeno. Ambos se escabullen bajo el interior de las sábanas, tentando el calor foráneo de sus cuerpos. Adrien es estudiante de medicina y ha estudiado a fondo la anatomía humana. Sin embargo, de la teoría biológica al arte del amor hay un abismo que lo separa y bien lo sabe su esposa. Marinette se las ha arreglado para apañarse en la previa conquista. Un truco que es infalible, si no se profesa del todo templada aún.

—Peina tu cabello —demandó febril.

—¿Hacia dónde? —parpadeó confundido.

Hacia-la-izquierda.

[…]

—¡My lady Marinette! ¡Son noticias urgentes desde Dijon! —berreó su escudero, Kim. Traía en sus manos un mensaje empapado en sangre de dudosa procedencia. A juzgar por la palidez de su rostro, no había comido o bebido nada en al menos dos días— ¡El poblado! ¡Sus amigos! ¡Sus padres! ¡Todos…!

—¿Qué…demonios…?

No pudo llevarse a su hija ni mucho menos a su esposo. Con la ausencia de sus suegros, tendría que apañárselas sola. Armada de un caballo y una espada, tomar una decisión tan austera no era cuestionable. No importaba. Ella era una chica valerosa y sagaz, con un entrenamiento militar de altura. Sin importar las inclemencias de los vientos, partió en socorro.

Durante el trayecto, la historia que su escudero intentó relatarle se tornaba pavorosamente macabra. No tenía pies ni cabezas. Ni si quiera las palabras coincidían con lo que el mismo, había presenciado. Le costaba trabajo modular. Todo se inició con una vaca que enloqueció una tarde. Atacó a su dueño y este, terminó escupiendo sangre. De ese mismo brote, el medico que le atendió cayó en lo mismo. Y entonces comenzó a apoderarse de las personas hasta que la mayoría se devoraron entre sí. La primera impresión de Marinette fue una posesión demoniaca. Algún hechizo pagano o de plan brujería. Lo segundo, sería descartar intervención inglesa o enemigos inventando chismes para espantar aldeanos iletrados. Hubiese llegado a creer el cuento más absurdo y ridículo de todos. No obstante, eran los Dupain-Cheng los involucrados. De clase media, pero seguían siendo nobles. Meterse con una familia así, era escrudiñar muy profundo.

Para cuando la doncella arribó a Dijon, su mundo se había reducido a cenizas. La mayoría de sus amigos de infancia estaban muertos. Y el resto, deambulaban por el lodo cruento, como cadáveres mortíferos. Su sed era infinita. El hambre se los había zampado desde las entrañas. Kim tenía razón. Era obra del mismísimo diablo. Ni si quiera sus padres lograron salvarse. Buscarlos por la campiña fue una tarea maratónica. Para su mala suerte, serían sus gruñidos de ultra tumba los que trazaron el camino. Tanto Tom como Sabine ya no eran humanos. Tenían las bocas atragantadas de viseras de vecinos, colegas y gente de bien. Sus miembros colgaban casi desprendidos en su totalidad. Y ninguno de los dos logró reconocerla. Su primitivo instinto: comerse a su propia hija.

Pudo haber lloriqueado cuando los vio enajenados, precipitarse a ella. Pero no lo hizo. Perder la razón a un punto demencial es mucho menos doloroso. Así que simplemente sonrió. Sonrió hasta que le dolió la cara. Marinette sintió el vértigo de la total oscuridad, al tomar su espada y cortarles a ambos la cabeza. El mundo se inclinó a sus pies y ella resbaló al abismo de la paranoia. Cayó y cayo y cayó. Hasta que la infinita tiniebla, se abrió para engullirla. Ella y su alma, condenadas por siempre a sufrir en carne el pecado concedido. Y morir por ello.

¿Qué había salido tan mal? ¿Por qué ella? ¿Por qué sus padres? ¿Y por qué Dijon? ¿De dónde venían estas criaturas? ¿Quién demonios era el responsable de todo esto? ¿Dios? Ni siquiera creía en él. Vagó durante horas como una sonámbula por los recovecos de la casa que la vio crecer. Cada rincón de ella guardaba un pedacito de su corazón. ¿Quedaría alguien vivo para recordarla? Buscando a ciegas, dio con el despacho de su padre. En el escritorio, Tom conservaba una torre de cartas entreabiertas, leídas y no rasgadas aún. Muchas sin remitente. Otras, vencidas. Una en particular llamó su atención. Citaba el nombre de "Colt Fathom" en el pliego superior derecho. El sello era de un conde, sin duda. Un sujeto importante. Involuntariamente lo había relacionado con alguien de su pasado. La misiva explicaba un manifiesto de cargamento que había zarpado desde las costas de Calais hacia Inglaterra. Solo hace una semana atrás. Coincidente con la partida de sus suegros, entre otras cosas. Era aquel socio comercial con el que su padre había tenido problemas de antaño. ¿Por qué seguir en contacto con él? Obviamente no era de fiar. Por lo que cambiar el destinatario por un nombre mucho más familiar…no costó demasiado.

Algo muy extraño estaba pasando con esa embarcación. Fuese lo que haya atacado su poblado, haría lo mismo en Hastings.

No si puedo evitarlo —sentenció la muchacha de mirada añil, sellando el sobre— Tendré que conseguir un mensajero que no haya sido el postre de nadie…

—¡Marinette! —chilló Alya Césaire— ¡Estás con vida! ¡Santo dios, amiga!

El poco color le volvió al rostro. Ver a sus amigas con vida, le regresó el alma al cuerpo. Alya y Alix, dos grandes guerreras astutas y valientes como ella, se apretujaron en medio de la habitación en decadencia. Un alivio dulce para sazonar un poco la amargura.

—¿Qué hay de los señores Dupain-Cheng? —examina Alix. Su camarada negó con la cabeza, abatida— Lo siento mucho…

—Mis hermanas pequeñas también…—reveló Césaire, dándole palmadas de animo a su amiga—. Pero debemos mantenernos fuertes. Estas cosas…podrían volver en cualquier momento.

—Ni si quiera se han ido —siseó Marinette, con la mirada endurecida por la ira—. Presiento que esto está solo comenzando, chicas. Será mejor que se preparen.

—¿Estas herida? —masculló la morena, notando sangre en la sien de su amiga— ¿Te lastimaste?

Marinette se limita a guardar silencio y se retira de la habitación, hastiada.

—Esa sangre no es de ella —murmuró Kim, con semblante cabizbajo—. Ya la escucharon. Busquen refugio. Y no hagan muchas preguntas ¿Quieren?

—…

[…]

—¡Félix! ¡Despierta!

El grito estridente de Luka me despierta de un sobresalto en medio de la noche. Transpuesto, me incorporo a la escena en donde no logro vislumbrar zombi alguno. ¿Qué demonios pasa? Diviso un caminillo intermitente de sangre, que vacila entre las frazadas de Adrien y Nino. Otro grito ensordecedor. Esta vez, es desgarrador. Proviene detrás de unos matorrales. Lo que me inquieta no es la ausencia de enemigos. Si no…otra cosa. Trago saliva, empachado con la angustia que me asalta. ¿Y dónde está Marinette?

—¿Marinette…? —pregunta sin destino.

Una tenue voz similar a un lamento llega a mis oídos. Se desliza hacia mi bota, una mano irreconocible. Le faltan un par de dedos y la carne se despega hasta revelar la parte ósea. Se de quien es esa mano. Se de quien es esa voz. El que no quiere enterarse soy yo.

—¿Adrien? —masculló Félix, pasmado.

Aléjate de ella.

¿Qué me aleje de ella? ¿De quién? ¿De Marin-…?

Demasiado tarde, monje de mierda.

[…]

Mierda Pensé que me había orinado. Otra pesadilla. Maldita sea. No recordaba cuando fue la última vez que sudé tanto. ¿Qué carajos fue eso? ¿Será porque escuché el relato de Marinette? Aunque no sé a quién pretendo engañar, sabiendo que en el fondo ese sueño, podría fácilmente volverse realidad. Ella tiene ese bicho metido dentro. Si mi primo no encuentra luego una cura, puede que todos terminemos…

—Arg, no puede ser —masculle entre dientes.

Ya. Pero fue una mala pasada solamente. Hago un paneo rápido de mi entorno y todos duermen. El chirrido de los leños me tranquiliza un poco. ¿En verdad Marinette no teme morir? Aunque en su condición, asimilo que le asusta comerse a alguien que quiere, más que otra cosa. Observarla desde este ángulo es hipnotizante. Su silencio me seduce a imaginarla despierta, contándome alguna anécdota. Nunca había conocido a una chica tan atrapante. Hemos sufrido casi lo mismo. Pero ella no es igual a mí. Tiene a su hija. En cambio, yo…

¿Qué mierda tengo?

—¿Te sientes bien? —le preguntó Marinette.

¿Otra vez estaba despierta? —Fathom desvío la mirada, con los pómulos teñidos de un carmesí inocente—. Tu nunca duermes ¿Verdad?

—¿Te diste cuenta por las ojeras? —bromeó la chica, inclinando el cuerpo hasta quedar sentada frente a la hoguera.

—No has pegado ojo alguno desde que salimos de tu casa —reveló el inglés, preocupado.

—Simular dormir cuando viajas en compañía genera un ambiente de tranquilidad para el entorno —explicó la fémina, pegando un bostezo sereno en el proceso—. Lo aprendí cuando nació Emma. Había noches en las que ella no dormía si yo no lo hacía también.

—Ya veo. ¿Entonces lo haces para velar el sueño de otros? —sonrió—. Eso suena noble de tu parte.

—¿Noble? —carcajeó Dupain-Cheng, impresionada con su acotación—. Es una buena forma de asumirlo, Félix.

—Después de contarme un pedazo de tu historia, lo hago —asintió, febril—. Y también creo que luchas por una buena causa. Lo que me preocupa un poco es…bueno…

Entendió a la perfección a que me refería, cuando se levantó la manga para contemplar la marca. Se expandía cada vez más rápido, como un rio de surcos sin caudal. Posiblemente a estas alturas, ya se hubiese ramificado por su pecho y parte de su cuello. Pero no iba a enterarme nunca. Antes solo la vi de espaldas. Me miró de vuelta y me regaló una sonrisa de esas que parece que te estas despidiendo del mundo. En ese instante, comprendí que Marinette se tenía mucho menos fe de lo que dimensioné. La idea de no volver a ver a su hija le aterraba. Se notaba a leguas. Cree ser muy buena ocultándolo, pero no de mí. Mi papel en esta historia tomaba fuerza conforme pasaban los días. Se que dije que no tenía razones para luchar, más que encontrar una cura y salvar a la mayor cantidad de humanos posibles.

Sin embargo, luego de lo que ya he presenciado en los campos de batalla. Los lideres narcisos y petulantes sacerdotes que comandan las legiones de su falso dios. ¿Merece realmente la humanidad salvarse? ¿Son solo unos pocos los elegidos? ¿O simplemente no es ninguno? Porque si lo analizo bien, las personas que quiero ayudar…caben contadas con los dedos de mis manos. Me ha comenzado a cabrear un poco esto de ser indulgente con "todos".

La verdad es que ahora mismo, solo me importa…

—¡Aquí estamos! —anunció Nino, apuntando hacia la montaña.

Al fin hemos llegado a Le Mans. El lugar donde se supone en un comienzo, debí arribar. Adrien no ha parado de hablar maravillas de mis tíos. Repite constantemente lo complacientes que son. La benevolencia con la que tratan al resto y el cómo amasaron su fortuna. Gabriel Agreste era un simple sastre de la corte cuando conoció a mi tía Emilie. Ella, siendo una Graham de Vanily aun no tenemos del todo claro que le vio a ese tipo. Mamá solía decir que su hermana solo buscaba una excusa para escapar de las garras de mis abuelos puritanos. No obstante, el idiota de Colt siempre tan casquivano se negaba a una historia tan vulgar. Al ser socio de Gabriel la historia era distinta. Usó la frase "amor a primera vista" como cantico inaugural en una cena familiar. Y desde entonces, todos quedamos con esa idea idílica de su matrimonio.

En lo que a mí respecta, no me creo ninguna de las dos versiones como verdad absoluta. Me parece que hay un poco de ambas y una tercera razón. Los Graham de Vanily son muy ambiciosos. Es algo de sangre ¿Saben? No importa si eres un muerto de hambre. Si tienes como conseguir poder sobre algo, eso es más que suficiente. Me pregunto ¿Qué super poder tendrá mi tío?

—Que obediente eres, querida Emma —halagó Emilie, manifestando una sonrisa radiante y cordial—. En diez minutos la cena estará servida. No olvides lavarte las manos antes de sentarte.

Mansión de la familia Agreste. Le Mans. 14:09PM

—Requiero que pongan dos platos más —inquirió la menor.

Emilie se voltea a cruzar miradas con Nathalie. Esta última, no comprende su petición. Es remota la idea de que alguien venga a verlos. No después de los acontecimientos venideros. Gabriel en cambio se muestra reticente a entrar en discusiones y consciente a su nieta, demandando en un chasquido de dedos que se haga su voluntad.

—¿Acaso esperamos visitas de las cuales yo no me he enterado? —pregunta la señora Agreste, simulando falsa modestia.

—Vienen mis padres.

—¿Cómo lo sabes? —reitera.

—Mamá me escribió una carta —anunció oportuna.

—¿Una…carta? —Emilie fulmina con la mirada a la sirvienta, quien en respuesta da un paso hacia atrás, liada. Ambas se hablan telepáticamente— ¿Cómo entró esa carta sin mi autorización?

Debe de haber sido por su ventanal. No tengo acceso a todo en esta casa…—Nathalie curvó los labios—. Am…que maravillosa noticia ¿No creen? Hace muchísimo que no vemos al joven Adrien.

—¿No se supone que Marinette estaba enferma? —siseó la rubia.

Un silencio cobarde se crea en el ambiente. Su poder es tan mortífero, que llega a perturbar sutilmente a Gabriel, el esposo retraído y abnegado. Fisgonamente intercambia mirada con su nieta al otro lado del salón. Nathalie hace una pausa prolongada, soltando un reproche en respuesta. Ha lanzado una demanda para que reacomoden el orden de los platos. Por breves instantes, la paz les alcanza. Pero no durará mucho. El descontento de la señora Agreste reactiva una problemática que creían tapada bajo una alfombra polvorienta. Marinette y ella no se llevan, es así de sencillo. Está contenta de ver nuevamente a su querido hijo. Sin embargo, no logra hacerle frente al cumulo de sentimientos encontrados que la asaltan. Odia sentirse desprevenida. Siendo una mujer que se caracteriza por tener un talante implacable, no permitirá ser pasada a llevar. Simula consentir a su pequeña nieta, tras una sonrisa sínica. Aunque en el fondo, lo rechace a regañadientes

—Bueno. Siempre lo he dicho —añade la mujer—. Donde comen dos pueden comer tres.

—Am…me parece que serán mucho más que tres, mi señora…—intercepta la ama de llaves, observando por el ventanal con expresión grisácea—. Ya están aquí.

¿Pero qué demonios?

La gran compuerta de madera se levanta tras un breve anuncio del guardia. Cinco cerriles corceles brotan desde el albor de la tarde. En sus monturas, caras conocidas se asemejan a la grandeza de sus títulos. A excepción de un invitado en particular, que no estaba contemplado ni por asomo. Marinette es la primera en bajarse a brincos del caballo, echando una carrera veloz hacia el reencuentro de su hija. Ambas se abrazan con vigor, como si el mundo fuese acabar en ese mismo instante. Han pasado tantos años separadas, que las lágrimas no bastarían para expresar lo cándido del momento. La emoción brota por sus mejillas.

—¡Te extrañé tanto, mami! —chilla Emma, con el rostro colorado en melancolía.

—¡Y yo a ti, mi pequeña princesa! —hipa la peliazul, en respuesta.

—¡Papá también está aquí! —adiciona la rubia, lanzándose a los brazos de su progenitor— ¡Y Nino! ¡Y…! —calla, confundida— ¿Y ellos…?

—Pero si es…—Gabriel traga saliva, abochornado.

—Papás, a que no adivinan con quien me he topado en el camino —pronuncia Adrien, sacando pecho con orgullo— ¡Es el primo Félix! ¿Pueden creerlo? Vino desde Inglaterra.

Otro mutis, aun mas incomodo que el anterior. ¿Qué es lo que realmente los descoloca? ¿Qué esté ahí en carne y hueso? ¿O que vista de una manera poco… sospechada?

—Buenas tardes, tía Emilie —se pronuncia Félix, despojándose de la capucha—. Tío. Cuanto tiempo.

—¿Cómo es que estás vivo? —cuestiona el señor Agreste, incrédulo.

—¿Disculpa? —Adrien masculle atolondrado con su pregunta— ¿Por qué dices eso, papá?

—¿Por qué no debería estarlo? —Fathom litiga suspicaz, frente a su indiscreta locución— ¿Te sorprende tanto?

—N-no. Por favor, no me mal interpreten —Gabriel suelta una carcajada desagradable, cambiando drásticamente el camino del tema—. Bienvenido, Félix. Si que ha pasado mucho tiempo sin vernos. Discúlpame. Es que con todo lo que ha sucedido…

—Imagino que estás al tanto de lo que le pasó a Colt —confiere Graham de Vanily, agraviado— Después de todo, era tu socio comercial.

Algo…supe…

Marinette y Félix se observan de reojo, altercando sospechas que solo ellos comparten. Sin embargo, la chica opta por hacer caso omiso a la polémica y finge estar más preocupada del reencuentro; más que otra cosa.

—Supongo que recibieron mi carta. Muero de hambre —expone la ojiazul, garbosa de confianza— ¿Qué hay de comer?

—Hola, Marinette —le intercepta Emilie, con ceja arqueada— ¿No vas a saludar a tu suegra?

Emilie Agreste le ha estirado la mano, para que bese su anillo en respuesta. Es una primera provocación que, a todas luces, disgusta de sobremanera a su nuera. Dupain-Cheng arruga la nariz, tan solo flectando las rodillas en un típico saludo cortés; como un noble saludaría a otro. Evitará el contacto físico a como dé lugar. Ella también la ha desafiado, dentro del juego absurdo que ambas maquinan. Ninguna de las dos, dará jamás su brazo a torcer.

—Hola, lady Agreste —balbucea Marinette, pasando de ella— ¿Entramos, hija?

—¡Vamos! ¡De postre hay torta blanca! —Emma la jala del brazo.

—Bienvenido, escudero —le atiende Sancoeur, sopesando la existencia de un quinto integrante que tímidamente, se asoma detrás de Nino— ¿Y tú eres?

—Nadie me ha presentado, pero no pasa nada. Puedo hacerlo solo —Luka le regala una reverencia grácil—. Luka Couffaine, para servirle señorita.

—No te arrodilles frente a ella —refuta Emilie, arrogante—. Es la criada.

—Y yo solo soy un simple herrero, madame —explica Couffaine, con humildad—. Acompaño a Sir Félix por una deuda de honor.

¿Por qué no me sorprende? —rueda los ojos— Ah. Un campesino.

—¡Muchas sorpresas en un solo día! —reverbera el peliblanco, entusiasmado— ¡Tenemos mucho de qué hablar! Pasen, pasen. El almuerzo está listo.

—El herrero y el escudero comerán en la cocina con los demás sirvientes, como es tradición —demanda la condesa, sin mayores miramientos ni reclamos de nadie.

Félix frunce el ceño, frustrado. Sin embargo, Luka hace amago de acatamiento y asiente con la cabeza, respetuoso. Para él no es nada nuevo aquel trato por parte de la casta más alta de todas. Aunque el inglés ahora, esté más desconcertado que nunca.

[…]

¿Qué clase de personas son estas? No recordaba para nada que mi tía Emilie fuese así. Ni mucho menos que Gabriel le avalara todo. La última vez que los vi, al menos aparentaban ser simpáticos. Ahora que estamos en la mesa, creí tener la sensación de que me observaban como si fuese un perro callejero. Como si me hubieran recogido de la calle o algo así. Un huésped no grato. Supuse que Dupain-Cheng se concebía igual, por el modo constante en que cruzaba sus ojos conmigo sin emitir palabra alguna. No podía sacarme de la cabeza la idea de que estos dos, tenían algo que ver con la muerte de Colt. ¿Qué era esa sensación tan nauseabunda que me invadía? Me reconfortó notar que al menos Emma, la hija de mi primo; sonreía como un sol de verano. Radiante y hermosa, como imaginé. Tenía un poco de ambos, para ser sincero. La nobleza pueril de Adrien. Y el carácter indómito de Marinette. Pero a pesar de haber tanta algarabía, hipócrita en lo personal; detrás de esos mohines galanes se escondía un profundo sentimiento de soledad y resentimiento familiar. No consigo despegar el trasero de mi silla. Lo siento atornillado a ella. Si bien degustamos de deliciosos platillos contundentes, el aire se abriga denso de respirar. Y esas jodidas pausas, tan extensas de silencio sepulcral, empiezan a desesperarme. Adrien es el único que parece esforzarse de sobremanera para romper mudeces.

—Papá —comenta veraz, el rubio— ¿Leíste mi última carta?

—¡Mh! Claro que sí, hijo —responde el padre, dejando de lado su copa—. Hiciste un muy buen trabajo con los pobladores de Reims. Te felicito. Con tu madre estamos muy orgullosos de ti. Sin duda eres un excelente doctor.

—Gracias, padre —musita ruborizado, el menor—. Ha decir verdad, me he esforzado muchísimo desde que Emma vive con ustedes. Siento que estamos todos unidos como familia, combatiendo el mismo mal.

—En efecto. Tu padre te enseñó todo lo que sabes —acota Emilie, perspicaz—. Debes estar agradecido.

—Lo estoy…—agrega, desviando la mirada. Añora ser el orgullo de ambos.

—Y Félix —adiciona Emilie, rotando la mirada hacia el inglés—. Qué maravilla tenerte con nosotros en Francia. Debo admitir que estoy bastante sorprendida de verte vistiendo un "habito" —Lo cual me parece insólito. Ni si quiera eres casto—. Lo último que supe de ti, es que estabas comprometido con la hija de los Bourgeois. ¿Qué pasó con eso? Por cierto ¿Cómo está mi hermana?

—Para mí también es una maravilla estar con ustedes, tía —confiesa Fathom, dejando de lado sus cubiertos para entablar conversación—. En efecto, estuve comprometido con Chloé. Pero dadas las circunstancias del destino, no fue posible llevarlo a cabo. Colt murió de una manera muy extraña y producto de ello, se canceló. Mamá está bien, gracias a Dios. Fuerte como un roble. Ya sabes como es. No le entran flechas. Ahora mismo está viviendo en la finca de York —completa—. Decidió aislarse del mundo un tiempo, hasta que al menos toda esta locura pase.

Locura —murmura Emilie entrecerrando los parpados, desconfiada— ¿De qué locura hablas?

—¿Qué acaso no te enteras de los muertos vivos que andan por ahí?

—Ah. Te refieres a eso —la ojiverde se encoge de hombros, llevando un trozo de carne a la boca—. Descuida, eso ya pasará.

—Con todo respeto, tia. Pero con el pasar de los años, solo ha ido en aumento —cuestiona Félix, malogrado— ¿No has visto la cantidad de gente que ha muerto?

—Estoy al tanto, si —indica la fémina sin mucho interés—. Pero es parte del plan de nuestro señor ¿No? Supongo que en algún momento esto tendrá que ceder.

¿Pero que me está contando? —Graham de Vanily hace una pausa, anonadado con su comentario. La frivolidad con la cual se expresa, no le parece humana—. Tía Emilie, no sé si-…

—Emma —interrumpe abruptamente la señora Agreste, volteando hacia la menor— ¿Está rico?

—¡Mh! —asiente— ¡Delicioso, abuela! ¡Gracias! Y ahora que mamá y papá están aquí, estoy más feliz que nunca.

Por unos instantes, pensé que mi tía se había vuelto loca o solo simulaba tener demencia frente a los acontecimientos. Pero en cuanto me percaté de la forma en como miraba a Emma y le dirigía la palabra, comprendí que era parte de un show montado para no preocupar de más a la pequeña. Entendí que no era un tema que se tocara tan explícitamente en una mesa. Exhalé frustrado, pero sereno.

—Tienes razón. Dios tiene un plan y él sabe por qué hace las cosas —asintió resignado el inglés, en una sonrisa afable—. Muy pronto todo acabará. Espero nada más puedas seguir tomando resguardos frente al asunto y se protejan todos aquí.

Noté que Marinette me estaba viendo cómo se contempla a una figura sagrada. Jamás la vi regalarme tal mirada. Una sensación fogosa se apretujó en mi pecho. No había sentido nada similar a eso. Me recordó a las veces que mi madre me cantaba canciones de cuna de pequeño. Se lo que me dijo. Lo leí en sus hermosos orbes añiles. Me daba las gracias con tanto afecto, que por unos instantes me faltó el aliento. Ninguna mujer antes; además de Amelie me avistó así. Ni si quiera Chloé. ¿Era cariño? ¿O solo compasión samaritana?

—Estaremos bien, Félix. Gracias por expresar tus preocupaciones con tanta ternura —comentó Gabriel—. En efecto, hacemos lo que podemos para sopesar todo esto. Pero juntos, saldremos adelante. Nos cuidamos las espaldas.

Adrien era el único que, por el rabillo del ojo, insospechado sugestionaba cosas en su cabeza. Vamos, primo. No imagines cosas que no son.

—Y Marinette —sentenció Emilie. Esta vez, sin tapujos en la lengua— ¿Qué haces fuera de tu castillo? ¿No era que te quedarías una temporada en Paris?

—Paris ya no es un lugar seguro —determinó Dupain-Cheng, con voz agria—. Y como ya sabrá, la situación ameritaba que estuviera cerca de mi hija.

—¿Por qué no vino Kim? —preguntó inocente, la pequeña Emma— ¿En dónde está? Me gusta jugar con él y que montemos a caballo. ¿Vendrá más tarde?

Adrien bajó la cabeza, atragantado con sus alimentos. En lo que a mí respecta, no podía quitarle los ojos de encima a Dupain-Cheng. Dios, estaba idiotizado con ella. Me profesé atrapado en las sensaciones melancólicas que Marinette transmitía con cada sutil gesto que emanaba de su semblante acabado. Si hubiera tenido que definir de qué color la veía, diría que gris. Ligeramente agarrotada, mintió con la frescura de una madre en son de proteger a su hija.

—Le ordené a Kim que volviera a su pueblo natal, cariño —reveló finalmente—. Ya no trabajará más para mí. Discúlpame por no avisarte antes. Echaba mucho de menos a su familia y con estas cosas dando vuelta, lo mejor era despacharlo. Espero lo entiendas.

—Todo bien, mami —aceptó con hidalguía, la niña—. Hiciste lo correcto. Admito que lo voy a extrañar mucho. Pero…debemos estar con nuestros seres queridos. Siempre.

El rostro de la muchacha volvió a ser arcoíris.

Ya veo. Esto no se trata de los zombis. Ni mucho menos de Marinette. Ni de mi tía, mi tío, mi primo, ni si quiera yo. Todos aquí vibraban y giraban en torno a la salud mental de Emma. ¿Qué clase de mentira se ha urdido frente a esa pobre chica? Esto me da una pésima mala espina. Sin embargo ¿Quién soy yo para intervenir? No puedo desviarme de lo que me compete aquí. Necesito…aclarar algunas cosas.

Luego del almuerzo, degustamos pastel en la sala y Marinette se retiró al jardín para estar a solas con su hija. Adrien fue ocurrente y por tener asuntos que atender, se aisló al despacho de su padre para platicar. Era el momento idóneo para interrogar a Emilie. Si es que no seguía con su red de mentiras paradójicas.

Me la topé vencida frente a la chimenea, sorteando a su suerte con algunos leños en el fuego. Quise acercarme a ella de manera etérea, sin sonar muy imprudente. Así que cogí una botella de vino del estante y le ofrecí compartir una copa conmigo. Ella accedió y nos sentamos a charlar frente a la hoguera. Con la luz dándole entre medio de su femenina fisionomía, pude evaluar con mayor elocuencia su semblante. Definitivamente ya no era la misma que conocí de pequeño. Un par de arrugas ponzoñosas sobresalían debajo de dos prominentes ojeras. Las hebras doradas que antes la dotaban de una belleza juvenil, ahora se teñían de sutiles visos matiz ceniza. Amelie y ella compartían la misma edad. No sé si similares experiencias, pero me hice una idea de cómo se vería mamá ahora mismo. Virtualmente hablando, me la imaginé. Canosa y ajada. ¿Es el dolor lo que opaca su vida? ¿O hay algo más que las ha marcado? Se que quiere hablar. Pero quizás no sabe cómo iniciar. Le daría un empujón.

—¿No vas a preguntarme como es que llegué aquí?

—En barco, imagino —respondió sin sabor.

Me dio cierto confort saber que, sin importar las efemérides, la diferencia de edad o las nacionalidades; Emilie seguía siendo casi una copia genética de mi adorada progenitora. Lo que me facilitó la conversación como no se imaginan. Poseen un humor similar.

—En efecto. Ni modo haya llegado volando —chistó Félix, reflexivo—. Ten. Tengo algo para ti. Me lo dio mi madre cuando salí de Inglaterra.

Le entregué la carta, pues nunca llegué a abrirla. Aunque hubiese tenido que protegerla de las inclemencias del mal tiempo. Emilie la recibió entre sus dedos. Aunque sin muchos ánimos de abrirla. La contempló dubitativa unos momentos y luego la rasgó, leyendo el contenido. Me vi tentado a preguntarle que decía la misiva, pero no me dio tiempo. A los pocos segundos, la arrojó al fuego como si no tuviera relevancia alguna. Eso me descolocó un poco.

—¿Por qué ha hecho eso?

—Ya no tiene sentido —farfulló endeble. Me miró socarrona—. Ya estás aquí ¿No?

—Créame que jamás la llegué a abrir, por espeto a ella —manifestó Félix, preocupado— Pero, aun así, deseaba saber que decía.

—Nada realmente más importante que tu presencia —decretó Emilie, desanimada—. Escribió que vendrías a estar con nosotros, por la muerte de Colt. Y que el rey te buscaba. Que por favor cuidáramos de ti. Aunque eso ya no se ve factible —agregó, echándole una ojeada de pies a cabeza—. Veo que alguien más ya lo hizo por nosotros.

—Los vientos no eran favorables cuando zarpé de Hastings. Y mi inexperiencia como navegante me jugó una mala pasada —explicó Fathom, tomando un sorbo de su copa—. Naufragé en una isla de Cantabria y por milagro, fui acogido por un monasterio de monjes anglicanos.

—Ya veo —dijo, imitando su gesto con la bebida—. Así que por eso ahora llevas ese hábito.

—No soy realmente monje —revela el varón— ¿Sabe?

—Lo sé, Félix —determinó la rubia, apacible—. Si las cosas hubieran salido distintas y tuviera que elegir quien seguiría ese camino…sin duda sería Adrien.

—No la entiendo —Félix frunce el ceño, liado— ¿Por qué dice eso?

—Vamos. Tú sabes por qué lo digo —ríe despejada, la fémina. Toma otro sorbo aún más extenso y le acerca la copa para ser saturada con súplica— ¿Acaso lo olvidas? ¿Lo que solías repetirnos? Tu querías ver las estrellas. Estudiar los astros. Eh… ¿Cómo llaman a eso?

—¿Quería ser astrónomo? —cuestiona Graham de Vanily, rellenando su copa.

—Algo así —carcajea animada, la rubia—. Pero eso sería lo mismo que ser excomulgado.

—Soy un excomulgado, de hecho —advierte lánguido.

—¿Incluso siendo monje? —cuestiona, admirada.

—Ya le dije, que no soy-…

Félix.

Me paralicé en cuanto noté que cargaba la voz con intencionalidad sobre sus labios. Se levantó del sofá y se paseó por la sala como un animal salvaje enjaulado. Como si no tuviera a donde más ir para expresar lo que sentía. Quería revelar algo. Quizás alguna verdad en vela. Pero estaba consciente que le costaba trabajo hacerlo. ¿Acaso era por mis ropas? La gente me ve y por lo regular busca confesarse conmigo de maneras casi burdas. De un momento a otro se quedó parada frente al preludio del fuego y se volteó a verme con el calor de la chimenea en los ojos. Ardía por dentro.

—Esta guerra nos destruyó a todos —confiesa Emilie Agreste, abrumada. Su copa se estremece trémula entre sus dedos, al hablar— Muchos de nosotros ya estábamos muertos, antes de que este brote de "maldad" se alzara en el mundo. Pero era necesario hacer algo al respecto. Porque como mujer cristiana que soy, Dios ya no era suficiente para tomar al toro por las astas. Nuestro señor es el creador y dicta órdenes. Nosotros sus siervos, obedecemos su voluntad como el, demanda. ¿Lo entiendes? —agregó, sonante— Somos el carruaje. El medio. El que lleva a cabo los actos más crueles de todos.

—¿Qué está…insinuando, Tía?

—No teníamos otra opción —Emilie niega con la cabeza, bebiendo de golpe todo el brebaje de su cáliz, hasta contraer la nariz producto del alcohol—. Así como el vino es la sangre del hijo de nuestro señor, entendí que es sangre lo que demanda en respuesta. La sangre…tira.

—¿Disculpe…?

—Sangre, Félix —la señora Agreste se arrodilla frente al menor, cogiendo sus manos con desazón. Entre lágrimas, confiesa— ¿No lo entiendes? Estamos todos condenados frente a los vínculos que formamos. La sangre, nos une. Es lo que los elementales piden. Y es lo que hicimos. Gabriel y yo…lo hicimos…

Sentí un escalofrió inhumano recorrerme el espinazo. Me levanté de un sopetón, aterrado frente a su discurso de doble moral. Que, de alguna manera, no era un desahogo religioso ni mucho menos expiatorio. Era una confesión criminal. Todas mis sospechas, tomaron asidero en ese preciso momento. Lo supuse. Mas bien, lo sabía. En el fondo de mi corazón. La muerte de Colt, los muertos no vivos, miles y miles de inocentes contagiados como la peste, la venganza de Dios, Marinette...

No era si no, el producto de una mente retorcida y enferma que velaba por acabar con su propio sufrimiento. Di dos pasos hacia atrás, pasmado. Las piernas no me respondían, para rechazar crecidamente su toque pecaminoso. Sentí el horror y el pánico de tenerla frente a mí, de una forma tan visceral que incluso el vino se me hizo agua en la boca. Ya no estaba ebrio. Me curé del espanto. Ahora todo tenía sentido.

—¿Ustedes…esparcieron esto? —berreó Félix, despavorido.

—Si. Lo hicimos —decretó Emilie, en una sonrisa febril que rayaba en la demencia total— ¡Si! ¡Jajaja! ¡Así es! ¿Puedes creerlo? Es…una mierda…—desvío la mirada.

Del miedo instantáneo, pasé al odio iracundo más horroroso que pudiese experimentar. Me arrojé a ella, casi asfixiándola del cuello entre mis dedos. La estrujé el pescuezo, azotándola contra la pared al borde de la enajenación. ¡MALDITA SEA!

—¡Mujer! ¡¿Cómo puedes decirme esto?! —aulló Félix, colérico— ¡¿Tienes idea del daño que han causado?! ¡¿La cantidad de vidas que han arrebatado?! ¡¿Sabes lo que has hecho?!

—¡Lo sé! ¡Lo sé! ¡Mátame! ¡MATAME YA! —imploró.

En ese preciso instante, comprobé como el diablo era el ministro de mi organismo. Estaba convencido que, si comprimía un poco más, rompería cada huesito de su anatomía y de paso, reventaría todas sus diminutas arterias. Pero me contuve, tras notar como su aspecto permutaba de un tono rosa a uno carmesí y luego lila. Cuando caí en cuenta de que la estaba asfixiando, frené el impulso asesino del hacedor de oscuridad y retrocedí entelerido casi medio metro de distancia. Emilie se desplomó contra sus rodillas frente a la chimenea y soltó crispada una risotada maquiavélica. ¿Qué mierda había pasado en mi familia? El insurrecto se había apoderado de mi tía. ¿O acaso era yo un ser tan empíricamente ingenuo que, cegado a la fe transigente no deseaba ver la maldad en la humanidad? ¡Como pude ser tan estúpido! Aterrorizado, reanudé el retroceso por la sala y como un vil ladrón espantadizo, hui de la escena.

—¡Marinette está infectada! —chilló Emilie, casi al expirar— ¡Aléjate de ella, niño ingenuo! ¡O te va a comer!

Fue lo último que alcancé a escuchar.

Tengo que contarle esto a alguien más.

No. Esperen. ¿A quién? ¿A quién mierda se lo voy a decir? Extraviado entre la carrera que eché por las escaleras y el insinuado lugar en el que me encontraba, llegué a dar con el jardín trasero de la morada. ¿Qué está pasando? El corazón me latía tan fuerte que, a duras penas, conseguí recobrar el aliento. Di un céfiro extenso, inmortalizando las enseñanzas que me habían dado en el monasterio y tragué saliva, con la catadura fúnebre. Uno de los sirvientes me divisó a lo lejos. Cargaba un costal de harina en el hombro derecho y me regaló una sonrisa preocupada. Verlo me revolvió el estómago y me lancé al pajal de la caballeriza a vomitar cuanto pude. Mis pensamientos eran una tormenta en esos momentos. Mis sentimientos, inanimados. Si tan solo…

¡Jajaja! ¡No tan rápido, mamá!

La risita infantil de Emma tocó mis oídos como las trompetas del apocalipsis. Y fue ese gesto servicial, lo que tomé como una señal del altísimo. Ver a Marinette y su hija danzando como ninfas entre los matorrales, me volvió el alma al cuerpo. Ya sé lo que tengo que hacer.

[…]

—¿Por qué me has citado a los establos en medio de la madrugada, monje? —siseó Marinette, en tono coqueto— ¿Ya te abandonó el espíritu santo?

—Marinette. Esto es serio —Félix la agarró de los hombros—. Me acabo de dar cuenta de algo.

—¿De qué? —añadió picaresca— ¿De qué te gusto? ¿Vamos a follar?

—¿Perdona? —Fathom se retuerce en su lugar.

—¿No es eso? —resopló Dupain-Cheng. Entre divertida y frustrada, susurra— Que aburrido entonces…

—¡Marinette! ¡No es eso por favor! —insistió el rubio, zarandeándola en el proceso— ¡No podemos quedarnos aquí! Debemos irnos.

—¿Por qué? —Marinette se alejó de él, frustrada—. Vale. Solo estaba jodiendote. Ya sé lo que vas a decirme.

—Ah. ¿Sí?

—Si —se encoge de hombros.

—¿Y qué es? —insiste el varón.

—Emilie me quiere muerta.

—¿Cómo sabías…? —parpadea atónito, el inglés.

—Me odia —manifiesta rendida la ojiazul—. Que. ¿Ahora me vienes a decir que te diste cuenta? Por favor. Esa mujer es mala, Félix. Perdona que te lo diga, porque sé que es tu tía. Pero lleva años intentando separarme de mi hija. Una suegra que te quiere no haría eso. Ella sabe que estoy infectada. De hecho —hace una pausa, tomándose el mentón—. Vaya, me sorprende que no haya envenenado la comida…

—Marinette, no me parece correcto que te estes tomando esto tan a la ligera —espeta Graham de Vanily—. Si, tienes razón. Mi tía no es lo que pensé. Pero ella tiene mucho odio en su corazón.

—¿Y quién dijo que lo hago? —protesta ofuscada la condesa. Lo empuja por el pecho, irritada—. Ya sé. La odio también. Estoy harta de fingir.

—No lo entiendes —niega con la cabeza— No es personal. Ese odio, no es solo contra ti. Ella odia a todos. A la humanidad…en general…—acalla de golpe, desviando la mirada— Yo también temo por mi vida estando cerca de ella.

No sé si lo que le dije le hizo mucho sentido o fue la sacudida violenta que le di, pero algo le hizo click en su cabeza y por fin logro que se ponga seria. Me toma del rostro y me dice.

—Félix. Yo ya lo sabía ¿Sí? —revela finalmente, desanimada. Se aparta de él y confiesa, de espaldas—. Perdóname por haberte usado para llegar hasta aquí. Se que en el fondo lo sospechabas, pero como vi que no te importaba, no le di muchas vueltas. Aunque hoy durante el almuerzo…me percaté que realmente si te afecta.

—¡Claro que me importa! —berrea, ofendido el rubio— ¿Por quién me tomas?

—Por nadie, en especial —se abraza así misma, liada—. Eres un hombre…distinto al resto ¿Ok? Lo he notado. Y no lo digo porque seas primo de Adrien. El y tu son…—suspira, derrotada—. Bah. ¿Para qué decirlo? No son iguales. Tu eres…

—¿Qué soy? —gruñe Fathom, volteándola de manera forzosa.

—Ya te lo dije. Distinto —no lo mira.

—¿Qué más? —solicita.

—Ya basta. Suéltame —se separa—. No seas morboso.

—Es por mi hábito ¿Verdad? —reclama Félix, colérico— ¿Es esta maldita ropa? ¿Es eso? ¿Por eso no puedes verme? ¿Por qué visto como un monje?

—Que bobo eres…—balbucea Dupain-Cheng, ligeramente ruborizada—. Te veo, Félix. Te veo desde mucho antes de que tú me vieras a mí.

—¿Qué dices?

Pasos resuenan a las afueras de las caballerizas. Me exaspero de una forma que ni yo podría describir y jalo a Marinette del brazo, escondiéndola en la penumbra mientras cubro su boca con la diestra. Son Adrien y Nathalie quienes deambulan por fuera. Reconozco sus siluetas. Me he concentrado en apabullar la respiración de mi compañera para que no sospechen de nuestra íntima relación, pero ella se empeña en humorísticamente respirar muy enérgica sobre mis dígitos. Como si quisiera provocarme algo más. Lo cual me atiborra de lujuria. La libero al instante, aunque no sin antes, pedirle cuantiosamente que guarde silencio a solo centímetros de su delicado rostro. Nunca estuve tan cerca de ella. Aprieto su cintura con vigor, rehuyendo torpemente de su mirada. Estoy consciente de que está comiéndome con la mirada. Trago saliva en el proceso. Temo que los latidos de mi corazón revelen más que mis intenciones. Se siente muy cálida para mi pesar. ¿Será que nos hemos sincronizado? Le hago un gesto para que aguarde. Si me descuido, se mete mi dedo en la boca. ¿Qué pretende? Dios mío…

—No ha salido bien —confiesa Adrien, azorado—. Esta tarde, le he mentido a todos. Me siento fatal.

—¿A que se refiere? —pregunta Nathalie, inquieta— ¿No es cierto que ha avanzado en la investigación de la cura?

—No. De hecho…—advierte el Agreste, aspirando una pipa en el proceso—. Últimamente solo me he dedicado a fumar opio.

—¿Opio? —Sancoeur detiene su andar, pasmada—. Joven Adrien. ¿No habíamos quedado en que dejaría los estupefacientes?

—Es imposible, Nathalie. La presión que ejercen sobre mi es demasiada —revela el rubio, entre lágrimas— Nunca fui lo que mis padres deseaban que fuera. Mientras estuve en el laboratorio de mi padre, me di cuenta que no sirvo para nada. Él ha avanzado mucho más de lo que pensé.

—Pero los mismos aldeanos dicen que lo ha hecho estupendo —le halaga la mujer.

—Si, lo sé. Pero no estoy realmente buscando una cura ya —confiesa hundido el francés—. Desde que Emma no está con nosotros, no hallo otra opción para esto.

—¿Usted también cree lo mismo? —parpadea la muchacha, pasmada.

—Si. Hoy lo comprobé —dictamina sin preámbulos el ojiverde—. Emma es la cura definitiva. Es por eso que mis padres la retienen aquí. No quieren decírmelo, pero tonto no soy ¿Sabes? Lo que me da pánico es decirle a Marinette la verdad…

Marinette me mira con los ojos inyectados de sangre.

—¿Y cuál es el siguiente paso? —pregunta la ama de llaves.

—Emma…—advierte Adrien, indiscutiblemente consumado— Debe morir…

Marinette se retuerce entre mis brazos, completamente alucinada tras lo que escucha. Quiere zafarse y partirle la boca a Adrien. La retengo cuanto puedo. Pero su fuerza es inimaginable.

—Adrien, yo no creo que-…

Entre el forcejeo, Marinette pisotea un tablón. Generando un ruido sordo en el ambiente que alerta a los foráneos. Nathalie toma posición defensiva, sacando una cuchilla. Mierda. ¡Por favor quédate quieta! ¡Se lo que estás sintiendo! Le transmito con los ojos. Pero ella reclama ser redimida sin medir consecuencias. No se va a calmar. La sirvienta comienza a sospechar de nuestra presencia en el cobertizo. No me queda de otra que…

Besarla.

Lo siento. ¡Era la única forma! ¡Se que suena cliché y muy abusador de mi parte! ¡Perdóname! Marinette me cachetea una vez. Luego otra. Y otra. Pero me niego a soltar sus labios. Entre tanto, Nathalie afloja el semblante tras un prolongado silencio y se relaja, regresando a su camino con mi primo. Ninguno de los dos ha cerrado los parpados. No fue un beso romántico. Ni mucho menos idílico ni poético, joder. Pero era la única opción. Cuando finalmente no oigo nada y mis oídos se despejan de toda duda, libro a mi compañera. Aunque no sin antes regalarme un hermoso rodillazo en la entrepierna. ¡SAN PEDRO COMO TE VI A TI Y LAS ESTRELLAS! ¡OUCH! Me dejo caer sobre las rodillas, con ambas manos aferradas a los testículos. ¡Me lo busque! Intento regular la respiración para excusarme inocentemente.

Pe-Perdón, yo no-…

—Eres una mierda, Félix —rezonga Marinette, rabiosa— No te quiero volver a ver.

¡Bueno! La chica me odia. Pero al menos evité una tragedia familiar. O al menos eso quiero creer. Solo para cuando me regresa el color al rostro y Dupain-Cheng se retira muy damnificada, alzo la vista al manto nocturno y suplico al altísimo, que me perdone.

—Dios santo…que fuerza tiene…perdón…nunca más…

Ya, pero…

Igual…yo…

A la mañana siguiente. Le Mans. 10:20AM.

—Me voy —sentencia Marinette— Recoge tus cosas, mi amor. Te vienes conmigo.

—¿A dónde nos vamos, mamá? —pregunta Emma, aturdida— ¿Papá viene con nosotros?

—No. Papá no irá a ningún puto lado —reverbera la condesa, iracunda. Comienza a armar sus maletas— Tu vendrás a donde yo esté. Me cansé de estar lejos de ti. ¿Te quieres quedar aquí aburrida o prefieres vivir una aventura conmigo?

—¡Una aventura contigo siempre es mejor! —brinca animada la menor—. Me llevo mi pijama.

La escena es abruptamente interrumpida por Emilie, Gabriel, Nathalie, Adrien y yo. CARAJO. Yo no vengo como ningún intercepto ¿Ok? Al contrario. Ya escuchamos suficiente la noche anterior y si tengo que raptarlas a las dos, lo haré.

—¿A dónde crees que vas con mi nieta, Marinette? —refuta Emilie, irritada.

—Me largo, Emilie —disgustada, Marinette se interpone entre ella y la menor; simulando una pared humana. Todos callan en el proceso. Pues conocen a la perfección el poder de la chica. Incluso si tuviera que enfrentarse a todos los guardias de la casona, ella tiene un plus— ¡A un lado, pendejos!

—¡No te llevarás a mi nieta! —grita la señora Agreste, reclamante.

—Aparta, bastarda infeliz —la peliazul revela sin tapujos, la marca que sobresale de su antebrazo. Al unísono, todos retroceden espantados; como si estuviera infectada de colera— ¡Si! ¡Ya todos lo saben! ¡Tengo el maldito bicho que tú y tu marido crearon para matar a miles de personas! ¡¿Qué pensabas?! ¡¿Qué no nos íbamos a enterar?! ¡Maldita vieja bruja! Da un paso ¡Y LOS MUERDO A TODOS!

—¡Marinette! ¡Espera! —le retiene Adrien, soslayado— ¡Con papá estamos a punto de crear una cura! ¡Si tan solo-…!

—¡Ya cállate mentiroso de mierda! —aúlla su ex mujer, frenética— Eres un fraude, Adrien. Aunque siempre lo sospeché de ti. Nunca pensé que llegarías a sacrificar a tu propia hija en el proceso. ¡Si! No pongas esa cara de cordero degollado. Anoche te escuché con Nathalie y pretendes sacrificar a tu propia hija.

—¡Eso no es verdad! ¡Yo jamás le haría daño a nuestra hija! —rebate Adrien, sollozante—¡Solo le comenté a Nathalie que yo-…!

—¡¿Qué pasó?! —interrumpe Luka Couffaine. Se ve así mismo, fuera de contexto. Pues Félix le ha llamado, pero no entendió un carajo— ¿De qué me perdí?

—Herrero —dictamina Marinette, fulminándolo con la mirada— ¿Quieres vengar a tu hermana?

Si quiero.

—Ve por los caballos. Nos vamos —decreta.

—¡Voy! —Luka acepta sin entender nada, pero asiente. Ya fue. Félix lo respalda— Permiso~

—Marinette. No se realmente que habrás escuchado anoche —añade Gabriel, mesurado en su semblante—. Pero creo que hay un mal entendido. Es cierto. Todos sabemos que estas infectada. Sin embargo, mis estudios indican que solo necesitamos un poco más de sangre de-…

—¡¿Sangre?! ¡¿Aun quieres más sangre de mi hija?! —berrea Dupain-Cheng, enajenada— ¡¿Cuándo fuiste tú mismo quien provocó todo esto?!

—Las cosas no pasaron así —analiza el señor Agreste—. Esto se salió de control. Por favor déjame explicarte…

—Ya no hay nada más que explicar, Gabriel. Se acabó el juego. A mí no me pondrán más cadenas en las muñecas. La sangre no manda como ustedes creen —Marinette dictamina, esta vez mirando a Félix— ¿Vienes o te quedas? Monje fraudulento…

No sé si me molestó más el cinismo de mis tíos. La soberbia de Gabriel. La prepotencia de mi tía Emilie. La templanza cobarde de mi propio primo hermano. O el sonsonete de mierda de Marinette. Pero me molestó tanto la situación, que a la mierda todo. Lo primero que hice fue tomar a Emma de los brazos y arrojarme por el ventanal. Si. Así como lo leen. Con maleta y todo. Menos mal que caí en un costal de pajal o me rompía todos los huesos. Ya no pasaré ni un solo puto segundo ni día al lado de esta gente. No después de todo lo que sé. Luka podrá ser un campesino iletrado que con suerte sabe lo que hace. Pero es tan leal a la causa, que trajo los caballos ensillados tal y como pidió Marinette. En cuestión de segundos, ella imitó mi gesto en un acto valiente de gallardía y los cuatro, nos empinamos a cabalgar lo más lejos que pudimos de la morada de los Agreste. Adiós Le Mans. Váyanse a la mierda. Encontraré otra forma de salvar a todos. Lo juro por mi honor…

[…]

—Mami, quiero hacer pis —murmura Emma, temblona.

Ducado de Flandes, dos semanas después. Provincia de Saint-Bourgeois. 18:23PM.

Hay un dicho muy griego, casi apológico que dice que el ser humano es un animal de costumbre. Pero yo me rehúso a creer que mi nivel de entendimiento, esté a la par con los primates. Sin ofender a nuestros hermanos menores. Todos somos manifestaciones de Dios. A lo que me limito a creer que el destino no es más que un designio de nuestro entendimiento. ¿Por qué he llegado a esa conclusión? Bueno. Pasa que no soy partidario de juzgar que todo esté descrito en un astro sobrenatural. Si, manifiesto la voluntad de la naturaleza, como hombre. Mas no me confino a la posibilidad de construirla yo mismo mediante una serie de analogías aprendidas conforme sea mi paso por este mundanal porvenir. ¿Me explico? A lo que quiero llegar, es que si bien, todos tenemos un compromiso, no todos somos cargamento. Si no algunos por menores que sonemos, somos solo barcaza. Y fue ese el papel que desempeñé con Marinette desde que dejamos a su…

No. Esperen. A nuestra familia, toxica. Caí en cuenta que yo no me llevaba bien con mis familiares cuando fue mi propia tía, quien de boca y usanza confesó ser la líder de esta orquesta. Pero ya no estaba en edad para seguir cuestionándome nada. Opté por callar a mis más intrusivos cuestionamientos y recurrir a otras instancias mas terrenales. Mis vínculos. Algo que Colt infructuosamente intentó inculcarme pero que yo, dentro de mi inmadurez no logré alcanzar hasta la edad avanzada de mis treinta. Marinette había escapado con su hija, como un delincuente rapta a una persona. Éramos prófugos de la ley, si así se quisiera tomar. Y no era momento para debatir si era educado o no apelar a viejos lazos sociales. Así que dotado de una astronomía casi ancestral, los empujé a buscar socorro en la familia Bourgeois.

Ya sé lo que todos deben estar pensando ¿Ok? "Ah, mira a este pendejo. Dejó a una chica a portas de casarse en el altar. Merece lo peor". Les juro por lo más sagrado, que no fue así. Yo tenía mi coartada. Pero Chloé…bueno, era hora de hacer el mea culpa. Cuando me ostenté en la puerta de su castillo, esperé lo peor. Digamos que, si fue algo de "esperarse" pero vamos, pudo haber sido peor. Lo primero que vio fue a su ex novio a caballo, con una mujer desconocida, una niña y un campesino. ¿Ustedes como hubieran reaccionado? En el siglo XIV (catorce)

—¿Embarazaste a una prostituta? —cuestionó.

Ya bueno. Tampoco tan desalmada. Pónganse en su lugar. Chloé era una Duquesa. No una condesa. Natural. ¿Cómo se lo explico? Apelé a su bondad. El único en todo el reino que la conoció ligeramente entusiasmada.

—¿Podemos hablar? Te juro que no es lo que piensas —admitió Félix, derrotado.

Dupain-Cheng casi me asesina con la mirada. Normal. Le dije que íbamos a casa de una "conocida" pero no hay quien pueda hacerse vecino de la hija mayor de los Bourgeois. No la culpo. Lo único que pedí humildemente fue alojamiento por una noche para Marinette y su hija. Si teníamos que dormir con los animales Luka y yo, bienvenido sea. Sin embargo, para la sorpresa de todos los lectores, Chloé nos ofreció una cena, baño con tina calientita, ropa y muchos sirvientes a nuestra disposición. No me quise profesar sorprendido. Así que aparenté delirio frente a mi compañera y clemencia frente a mi ex. Se que nunca les ha pasado, pero no fue tan malo. Sorpresivamente la rubia se había instruido de lo que pasó en Hastings y de alguna forma, midió aquel hecho con nuestra inopinada visita durante la cena.

—Supe que Colt murió —murmuró Chloé— De una forma muy horrible.

—Chloé —admitió Félix, durante la cena—. Solo quiero que sepas, que las cosas no pasaron como crees. Yo quería-…

—No pienso nada, Sir Félix —interrumpió Bourgois, tomando una copa de vino—. Pasado, pisado. Dice el dicho, creo. Tu y tus "amigos" pueden ir a descansar. Mis súbditos ya les prepararon todo.

—Se lo agradezco, Duquesa —expresó Marinette acongojada, removiendo parte de mugre en los labios de su hija—. Es usted muy amable. A pesar de que no nos conocemos, nos ha ofrecido más de lo que merecemos.

—En efecto —respondió Burgeois, con voz altanera—. No te conozco y no sé si deseo hacerlo. Pero digamos que tengo una deuda pendiente con Lady Amelie.

—¿Lady…Amelie? —parpadea la peliazul, atontada.

Mi madre —sentencia Félix, lacerado.

—Vaya. Así que tú y la mamá de Félix son amigas —murmura la muchacha.

—No precisamente —sisea la noble, arqueando una ceja en el proceso—. Era mi suegra o algo parecido.

—¿Cómo que suegra? —Dupain-Cheng hace una pausa, atragantada con la noticia. Busca réplicas en los ojos del monje, quien sigue esquivando la visual con vergüenza— ¿Ustedes acaso…?

—Marinette, realmente no es lo que estás pensando ¿Sí? —explica Fathom, con los pómulos abochornados y las cejas caídas—. Luego con calma te lo explico. Es una larga historia.

—¿Larga historia? —carcajea Chloé, soltando bocanadas de aire caliente cual niña pequeña— ¡No seas tan engreído, Fathom! Yo diría que duró como unos 10 minutos, aprox.

—¿Disculpa? —Marinette frunce el ceño, apernada a la silla como quien desea que la tierra se la trague. Ha comprendido la indirecta con lujo y detalle, con la ponzoña de su burlesca sonrisa— ¿Pero esta chica que pretende?

—Chloé, este no es el momento adecuado para eso ¿Quieres? —refunfuña el inglés, dejando entrever la presencia de un menor de edad en la mesa— Por favor, si deseas humillarme, no aquí.

—¡Bah! ¡Si quisiera realmente vengarme de ti, Félix! —se levanta de su asiento, lanzando un pañuelo al mesón—. En primer lugar, no los hubiera ni recibido. Se más agradecido ¿Quieres? Me pregunto qué pensaría tu Dios al respecto.

Tsk. Ni si quiera me siento en la posición de reclamar. Mas que mal, la dejé plantada. He tenido que tragarme el orgullo, mordisqueándome los labios. Está bien. Puede que aun siga molesta. Ahora es lo que menos me preocupa. Puedo lidiar con la decepción de Chloé. Lo cual, claramente no podría hacer si fuese el caso de Marinette. Espero no esté pensando lo peor de mi…

—Con todo respeto, duquesa —entorpece Marinette, ocurrente—. Nunca olvidaremos este gesto. Y ya tendremos mucho tiempo para platicar. Es solo que mi hija Emma tiene mucho sueño —se levanta—. Con su humilde permiso, nos retiramos.

—Vaya con calma con su hija, condesa —inquiere Chloé. Acto seguido, fulmina al monje—. Todos pueden ir a dormir. Incluso el herrero. Menos tú, Fathom —sentencia—. Hay cosas que debemos hablar.

Me quedé en mudez un par de segundos, haciendo ante sala de que todos abandonaran la escena. Pensé que tal vez Marinette me regalaría, aunque fuese un efímero retoco de visual, mas no lo hizo. Ni por sobre el hombro. Solo dios sabrá que estará maquinando ahora mismo. Mi ex prometida permaneció de piedra unos instantes, clavándome las pupilas como quien contempla una tumba. Por unos instantes visualicé su semblante huraño, aventándome una copa de agua en la cara o montando una escena de aquellas. Supongo que estos años que han pasado por nosotros, no fueron en vano. Ella ya no era esa muchacha inmutable de antaño. Ahora mismo, la noté desencantada del vivir.

Esperen un momento. Ya que reflexiono con calma y a solas, no he visto rastros de Zoé, su media hermana. ¿En dónde están los señores Bourgois? ¿André? ¿Audrey? ¿Qué fue? Trago saliva, sopesando el fervor del vino que tiñe mis mejillas; en una mueca despreocupada.

—De acuerdo —carraspea el varón—. Ahora puedes decirme todo lo malo que sientas hacia mi persona.

—Mis padres están muertos —suelta Chloé.

De la nada. De lleno, a la vena. La noticia se me ha clavado como un puñal en el pecho. De inmediato, sospecho lo peor. ¿Y Zoé? ¿Ella también? Examino casi circunspecto. Niega con la cabeza. Gracias al cielo.

—Es chistoso —ríe desganada la muchacha, mientras se abraza así misma—. Pero fue la misma institución que proteges, la que la salvó. La noche que fuiste a palacio, tuvimos una fuerte discusión familiar. Ella había abandonado el convento —explico, sentándose a su lado—. Pero papá descubrió que en el fondo la expulsaron por tener conductas…mhm…bueno…ya te imaginarás.

Ya veo. Aunque ya lo sospechaba de antes —Félix se arrima a ella, acortando la distancia que los separa de forma suspicaz—. La excomulgaron.

—Si —se encoge de hombros— Y solo para serte algo sincera, me daba lo mismo ¿Sabes? Nunca me llevé bien con ella. Así que cuando dijo que se iría de casa para no volvernos a ver, me sentí aliviada. Torpemente pensé que sería lo mejor para la familia. Ya sabes cómo funciona esto. Una deshonra como esa, hubiese manchado demasiado el apellido de los Bourgeois. Pero…—acalla, apretando los labios trémula—. Luego nos enteramos de lo que ocurrió en palacio con el hijo de su majestad y todo se volvió un caos. La gente enloqueció de un momento a otro. El pánico se apoderó de todos. Para cuando decidí revisar los establos, toda su ropa y su caballo ya no estaban.

—Un momento. Si Zoé huyó de Hastings a tiempo —cuestiona Graham de Vanily— ¿Cómo sabes que sigue con vida?

—No fue fácil enterarme. El Rey estaba furioso, Félix. Luego de matar a Colt, emitió un decreto de insurrección en contra de tu familia. Él sabía de nuestra conexión. No pasó un solo día en que no acosara a mis padres. Como desapareciste, apostó guardias para que me vigilaran día y noche, por si volvías por mí. Te odiaba…de una forma casi enfermiza —agregó, observándole a los ojos con desazón—. Me interrogaron muchas veces. Frenaron las exportaciones de papá. Nos quitaron parte de nuestras tierras y nos obligaron a jurar lealtad al reino. Todo el acoso constante, sumado a las lenguas afiladas de las viejas cortesanas, nos empujó al abismo. Mamá estaba harta. Quiso salir de Inglaterra. Armamos maletas y teníamos un barco listo para volver a Francia —relató, malograda—. Fue entonces cuando recibí una carta de Zoé que indicaba que ya estaba acá, en Flandes. Pensé que al llegar me la encontraría, pero…ella ya no estaba aquí. Esas cosas no tardaron en llegar hasta acá. Consulté con algunos pobladores y me informaron que la habían visto, en compañía de…una mujer. Supongo que su "amiga".

—Así que…Zoé está aquí, en Francia —añade al relato—. Pero no sabes dónde.

—Nadie sabe dónde. Esa es la razón por la cual te dejé entrar…

—¿Cómo?

—Félix —Chloé toma sus manos, apenada—. Yo siempre supe que tú y Zoé eran muy amigos. Bueno, hablaban casi siempre. Se llevaban bien. Sin embargo, creo que si se entera de que estás aquí puede que regrese. Tengo…esperanzas de eso.

—Realmente la quieres en el fondo ¿No?

—No hablaré de mis sentimientos contigo —refuta la rubia, levantándose para separarse de golpe. De un segundo a otro, endurece el semblante—. Tampoco te creas la gran cosa ¿Quieres? Siempre fuiste tan altanero…

—Y era eso lo que te gustaba de mí —bosqueja el monje, en una sonrisa rufián— ¿O me equivoco?

—No hables como si aún te quisiera —desvía la mirada, avergonzada—. Yo ya te superé…

—Vale. Escucha. Esto puede salir mejor de lo que piensas —Fathom la sigue por el salón, sujetando sus hombros; decidido a ser escuchado—. Chloé, en verdad estaré infinitamente agradecido por lo hospitalaria que has sido con nosotros. Pero tengo información que puede sernos de utilidad. La chica que me acompaña-…

—¿Estás enamorado de ella?

¿Cómo?

Su interpelación me ha soltado la mandíbula de abajo. Realmente no sé qué clase de cara le he puesto, que de un momento a otro se mofa como si fuese innegable. Chloé no llegó a conocerme a fondo, como gozase anhelado. Pero supongo que siendo mujer su instinto más prehistórico la impulsaba a dilucidar una idea similar al cariño, como para hacer tanto jaleo por una chica que apenas calaba. Por ella y por su hija, sin ser nada mío. Si bien su pregunta me descolocó del eje en el que me profesaba, no pretendí darle muchos detalles sobre mi corazón. Pues ahora mismo, estaba más confundido que un marino sin timón. Solo me limité a exhalar en respuesta y abrazarla, con la pujanza de un ministro de fe que este hábito sacerdotal me otorgaba.

—Le debo mi vida —admitió Félix, fingiendo responsabilizar sus actitudes; en un acto de piedad—. La ayudo porque ella me ayudó. Pero creo que juntos, podemos ayudarnos entre todos. Si logro hacer que Zoé vuelva. ¿Puedo contar contigo para lo que se viene?

—Ni si quiera sé de qué estás hablando —rezongó estropeada, la ojiazul— ¿Qué mierda se supone que haremos ahora?

—Si tienes algo de tiempo, te contaré toda mi historia sin endulzar nada de principio a fin —aclara el religioso—. A cambio de tu reservada asistencia. ¿Serás recatada con la información que te dé?

—Habla ya, Duque —gruñe Bourgeois, dando dos pasos hacia atrás— ¿Qué está pasando realmente? ¿Y que tienes que ver tu con estas cosas?

—Verás. Lo que sucede, es que…

[…]

—Mami —balbucea Emma, con la cabeza sobre la almohada; ya lista para dormir— Ese hombre extraño con ropa de cura que nos acompaña. ¿Es de fiar? Quiero decir, es un desconocido total.

—Ese hombre extraño vestido de cura como dices tú, se llama Félix —esclarece Marinette, depositando un sentimental beso en la frente despejada de su retoño— Es el hijo de la hermana de tu abuela. Lo que lo convierte en primo hermano de tu padre Adrien. Por lo tanto, desconocido no es. Ya que es tu tío político.

—Discúlpame. Es que yo no lo conocía…—murmura, apabullada.

—Es natural, cariño —expone Dupain-Cheng, comprensiva—. Pero créeme cuando te digo esto. En estos momentos, es el hombre que más de fiar tenemos de nuestro lado. Él nos va a ayudar y proteger.

—Pero mamá —reniega la menor—. Tu siempre me has dicho que no debemos depender de un varón. Mucho menos si es inglés. Solías repetir que no son de confianza.

—Y nadie dice que debas hacerlo ahora —aclara la peliazul, templada— Pero dale una oportunidad ¿Sí? No olvides que Adrien también es un hombre y es muy bueno — Demasiado, para ser verdad…

—Pues si es familia, si lo acepto —asiente más calmada, la rubia. Ya acurrucada, manifiesta entre bostezos—. Es muy guapo. Se parece mucho a papá.

—Lo sé…—Marinette hace una pausa prolongada en silencio, desviando la mirada— Se parecen mucho físicamente, pero realmente no lo son…

—¿Te gusta?

—¿Co-Como dices…? —se suspende en el aire.

—Que si te gusta que nos ayude —insiste Emma.

—¡Ah! ¡Te refieres a eso! ¡Jaja! —la ojiazul despabila, sacudiendo la cabeza para volver a su centro—. Claro que me gusta que nos tienda una mano. Luka también es un buen samaritano y nos va a acompañar ¿De acuerdo? Al menos hasta que podamos acabar con esas cosas.

Estuve a punto…

—¿Eh? —no comprende— ¿De qué?

—De encontrar la cura, con el abuelo —señala la Agreste, desaprovechada—. Estuve ayudándolo con los experimentos. Él está convencido de que mi sangre contiene algo que podría frenar a esas cosas. Sus estudios son muy certeros, mamá. Él me dijo que-…

—Lo que sea que te haya dicho tu abuelo, por favor descártalo —interrumpe Marinette, ofuscada— ¿Quieres? Gabriel y Emilie están enfermos. No tienen idea de lo que hicieron. Y no van a encontrar la cura a nada.

—¿Entonces quien lo hará?

¿Quién lo hará? No había noche lóbrega ni día radiante, que Marinette no rectificara en su mente una y otra vez la agria revelación indiscreta, escuchada en Le Mans; en el granero. La conversación entre Adrien y Nathalie era más que una revelación. Una sentencia de muerte, frente a lo único que había hecho bien en este mundo. Incomoda, decide negar con la cabeza y terminar por arropar a su hija. Ya habrá tiempo para discutir aquello. Antes de hacer abandono del cuarto, le concede una última ojeada a Emma. La boca le sabe amarga. Pero el irascible sentimiento del odio crece en su interior, seguido de la marca que se expande rauda hasta su cuello y ahora toca furiosa su mejilla, comprometiendo su propia existencia. El reloj avanza y no es indulgente con su vida. Si no hace algo pronto, acabará como esas criaturas del infierno.

A seis pasos fuera de la habitación, se topa con la sobria silueta de Félix. A juzgar de lleno por su semblante tranquilo, la plática con Chloé ha salido bien. Aunque en el fondo, Marinette opina que le debe más que una sola noche de explicaciones. Por esta vez, no pretende interpretar el papel de una madre abnegada. Si no, el de una mujer solitaria que está siendo acechada de cerca, por la mano de la muerte. Ambos intercambian miradas silenciosas, concediéndose un breve espacio para contemplarse con la hermosura que los dioses les han dotado.

Y es que, a los ojos de Félix, Marinette es sublime.

A los ojos de Marinette, Félix le resulta muy atractivo y fastuoso. ¿Qué sigue ahora? Solo la verdad más cruda de dos corazones abiertos, irrigados de vehemente pasión.

—Te acostaste con Chloé —sentencia ella.

—Lo hice —declara el.

Otro silencio.

—Siempre supe que no eras un monje de verdad —profesa Marinette.

—No soy casto, si es lo que querías saber —confiesa Fathom.

—Eres un excomulgado —añade la chica.

—Lo soy —acepta el chico.

—Somos dos.

¿Qué? Nuevamente, otro silencio. ¿Por qué ahora mismo…?

—Me gustas.

—Tú también me gustas, Marinette.

Los astros resplandecían demasiado en el firmamento. Tanto, que me pareció ver la aurora boreal entre ambos. ¿Qué es esa luminiscencia que danza alrededor del contorno de tu rostro? He concluido que no es la primera vez que nos encontramos, tú y yo. Porque fuimos hechos el uno para el otro. Así lo quiso el universo. Así lo quiso Dios. Así lo quiso…tus labios, conectados con los míos, mientras nos fundíamos en el interior de aquel cuarto, ávidos de lujuria y la delicia de nuestros cuerpos.

Hasta desprendernos…en la total perdición del amor…