—¿La infusión para que sirve? —consulta Adrien, no del todo seguro de lo que le ha ofrecido su compañera— ¿Debo beberla?
—Toda —demanda.
Tienda de Kagami. 21:10PM.
—Sabe un poco amarga…—murmura el Agreste, saboreando el líquido transitar por sus papilas gustativas—. Hugh… ¿Puedo saber qué es?
—Nada invasivo. Te dará vigor para esta noche —sentencia Tsurugi, arrebatándosela de las manos, una vez bebida—. Ahora puedes ir a asearte. Te espero aquí en diez minutos.
La ceremonia ha sido todo un éxito. Ambos jóvenes, están ahora oficialmente comprometidos en matrimonio. Siendo marido y mujer, el siguiente paso como en todo pronóstico ya anunciado, es concretarlo en una íntima velada de unión corpórea. Si bien Adrien es médico de profesión, desconoce toda clase de brebajes y comidas que hubo ingerido previo al encuentro. Pero no ve posible la oratoria de negarse a seguir las reglas. Ya se ha resignado al destino que le espera. Y lo que menos desea, es ofender a su compañera. Así que, de forma muy diligente, obedece a los protocolos pertinentes.
Es trasladado a una zona apartada de la cama, separada solo por un panel de madera y papel. En ella, le esperan una cubeta de agua caliente, jabón, incienso y algunos aceites balsámicos que, a juzgar por su apariencia aromática, debe untarlos en su cuerpo. Tras finalizar el ritual, percibe su piel mucho más suave y humectada. Sus manos huelen a jazmín. Su rostro, a flor de Sakura. Y sus partes íntimas…bueno…
—Que limpio me veo. Ojalá los franceses se cuidaran igual —piensa, con las mejillas calientitas en rubor—. Aunque siento la entrepierna tan fresca como los Alpes, jeje…
—¿Ya acabaste? —consulta la chica. Quien lo aguarda arrodillada frente a la cama en una túnica blanca, casi transparente—. Si es así, ven.
—¡S-si! ¡Ya! Ya estoy…—musita tímidamente el rubio, asomando los ojitos por el panel— ¿Tu ya te aseaste?
—Fui examinada por la sacerdotisa —explica— En mi caso es distinto — ¿Qué le pasa? Parece un niño ahí escondido—. Oye… ¿Estás nervioso acaso?
—¿Yo? ¿Nervioso? ¡Nah! ¡Que bah! —bufa, abochornado con su comentario—. No olvides que ya me casé antes. Tengo experiencia —. No es cierto, joder. Nunca viví nada igual. La tensión que siento ahora es…uff…
—Entonces ¿Qué estás esperando? —sisea Kagami, con lascivia en los labios— ¿Quieres una invitación por escrito?
—Mhm… ¿Tal vez? —propone el ojiverde, en tono juguetón— ¿Llamarás a un emisario como lo hiciste con el doctor?
—No me provoques, porque soy capaz —señala, con una ceja arqueada—. Aunque podría solo cabrearme y traer al carcelero para que te arrastre amarrado de pies y manos.
—No está bromeando, eh. La creo sumamente capaz —traga saliva, carcajeando en respuesta—. No hace falta tanta violencia conmigo. No iré a ningún lado…—añade, sentándose justo en frente de ella, de rodillas flectadas— A menos que sea contigo.
—Me gusta que seas tan obediente —sonríe complacida, la heredera de los Tsurugi—. Prende esa vela. Yo prenderé la mía.
—Es-espera…—espeta Adrien, nervudo— ¿Va-Vamos a hacer esto con luz?
—¿Eres una especie de vampiro o algo así?
—N-no. No. Nada de eso —el rubio niega repetidas veces con la cabeza, avergonzado—. Pe-pero…bueno. No sé si estas al tanto. En mi nación no se estila la primera vez con algo así.
—¿Seguro que vives en el reino de Francia y no el reino de las tinieblas? —propone Kagami, entretenida con su absurdo relato—. No seas tonto. Tengo que verle la cara a mi compañero. Si no. ¿Cómo sabré con quien me uniré? Ya deja de darle tantas vueltas y ven. ¿No dijiste que tenías super experiencia? —dijo sin más, recostándose sobre las colchas.
Por muy extravagante que sonara todo lo que le contaba, Kagami tenía razón. Adrien comenzó a sentirse como un estúpido, tras no conseguir argumentar de manera coherente a su lógica. ¿En qué momento llegó a normalizar cosas tan anómalas como, hacer el amor sin ver un carajo? No tenía pies ni cabeza. Tal vez era culpa de la religión que los mismos nobles compactos, habían impartido para no aceptar sus desdichados matrimonios. La mayoría de ellos, no se casaban por amor. Así que, de cierta forma, tendría sentido no querer verle la cara a tu amante. Podría ser feo, gordo, deforme, peludo y hediondo. Quien sabe.
La idea lo sobre estimuló. Y para cuando creyó haberlo visto todo con eso. Descubrió torpemente, que solo era la punta del iceberg. Porque resulta ser que los japoneses, lo hacían desnudos. Sin ni una sola prenda encima. Eso tampoco era parte de sus enseñanzas.
¿Qué era esto? ¿Iba a poder ver todo con lujo y detalle y encima, sin nada que los cubriera? Adrien, sonrío.
—Esto va a ser increíble…
[…]
—No pueden pasar —sentenció Nobu, a la entrada del campamento—. Tsurugi-san está muy ocupada en este momento y no está recibiendo visitas.
—Escucha, me importa una reverenda mierda lo que esté haciendo tu señora —rezonga Zoé, con todo el contingente detrás como soporte—. Pero esto es de vida o muerte. Debemos advertirle que corre peligro.
—¿Peligro? —el capitán observa a sus hombres, soltando una contracción sarcástica. Estos, también ríe—. A menos que Agreste-san sea la deidad del agua en persona, no hay hombre que pueda darle riesgo a Tsurugi-san. Ella es implacable.
—Oye —interrumpe Marinette, más atrás—. Sabemos muy bien que están haciendo esos dos. No hace falta que lo endulces.
—Entonces sí saben, no lo hagan más difícil y lárguense —demanda el varón, fulminándolos con la mirada. Cuatro de sus hombres, sacan arcos y flechas—. No me obliguen a echarlos por la fuerza.
—Tsk…estos orientales de mierda no entienden un carajo —piensa Lee, ofuscada— ¡De acuerdo! Ya entendimos. Al menos ¿Serías tan amable de darle esta carta? Es de suma urgencia. Debemos advertirle.
—Se la entregaré —asiente el samurái, sin quitar la mano de su Katana—. Pero solo cuando acabe sus quehaceres. Lo cual, me temo no será pronto. Así que pónganse cómodos y no se duerman en el proceso —se mofa, retirándose del lugar.
—Lo sabía. Vinimos en vano —exhala Félix, frustrado.
—Ni tanto —comenta Nathaniel, montado en su corcel—. Al menos ahora sabemos que Lila no ha hecho nada. Kagami sigue más viva que nunca, según entendimos.
—Si. El barón tiene razón —profiere Zoé, dando media vuelta—. Vamos a darles un respiro. Están en su noche de bodas, después de todo.
—Yo no me confiaría de nada —sisea Dupain-Cheng—. Lila es capaz de matarte incluso defecando.
—Marinette, entiendo que estés traumada con lo que te pasó —narra la Duquesa Bourgeois—. Pero cuando eso ocurrió, eran otros tiempos.
—Seguro —la peliazul rueda los ojos, exhalando con ironía—. Cuando me casé con Adrien no habían apostado doscientos hombres afuera de mi cuarto. Entonces no es lo mismo ¿Verdad? Tsk. Hagan lo que quieran. No digan que luego no se los advertí —farfulle molesta, taloneando la barriga de su caballo para dar media vuelta.
—Esto es el colmo —balbucea Fathom, más deslucido que otra cosa—. Ni siquiera se molesta ya en disimular que se muere de los celos. ¿Qué les pasa a las mujeres?
—Oye —debate Zoé, dándole un empujoncito con el antebrazo— ¿No has pensando en que quizás estés mal interpretando todo?
—Por supuesto que lo he pensado —masculle el inglés, frustrado— ¿Te parece que ella se muestre conversadora? De las pocas veces que he intentado tocar el tema, huye de mí.
—Tiene miedo. Es todo —revela Lee.
—¿De mí?
—No, tonto —expone la noble, bosquejando una mueca grácil en los labios—. De ella misma. O que pensabas. ¿Qué las mujeres no tenemos inseguridades también?
—Pero…—no entendió nada.
—¡Desmonten y preparen las tiendas! —vocifera la rubia, de cara a sus tropas— ¡A partir de hoy, acamparemos aquí! ¡Donde nuestros ojos puedan vigilar de cerca a los tortolos! ¡Formen contingentes de a diez! ¡Que cada uno de los arqueros aposte torres de vigilancia de norte a sur! ¡Quien vea a la inmunda de Lila Rossi haga sonar las campanas! ¡Si quedó claro, no me hagan repetirlo o los cocinaré vivos!
—¡Si señora!
Los hombres obedecen casi al unísono, replegándose rápidamente incluso en medio de la oscuridad. Las palabras de Zoé me hacen sentido. Hablar de miedos en los tiempos que nos encontramos me parece sensato. Pero si Marinette profesa tales angustias. ¿Por qué no solo hablarlo conmigo y ya? Nos tenemos la confianza suficiente. ¿O no? Sigo sin digerir del todo su comentario. Luka me mira de cerca y me regala una sonrisa jovial. De esas que te motivan a dar un paso en falso, sin temor a nada. Vale. Ahora que nos quedaremos muy cerca de Tsurugi, intentaré manejar mejor el rumbo de la contienda. Dándole un atisbo socarrón a lo lejos, rezo al infinito que no le suceda nada malo a mi primo. Espero de todo corazón, que esté pasando una maravillosa noche de bodas junto a Kagami.
Ahora lo que me preocupa…es aquella agraciada mujer gallarda que se aleja de mí, a trote suave por la colina. Tomó la decisión de acampar aislada del resto. Aunque no estoy del todo seguro si lo hizo por mi culpa. O porque solo pretende pasar un tiempo en retrospectiva contemplación.
—¿Sigues aquí? —se queja Fathom, sintiendo la sonrisa idiotizada de Couffaine aún a su lado—. Ya lárgate. Ya entendí.
—Yo que —carcajea, entretenido— ¡Háblale!
Que molesto se pone a veces. Imaginen por solo un segundo que están de lo mejor. Bien tranquilitos. Pensando en no sé, la inmortalidad del cangrejo. Y se les aparece un webón con cara de psicópata examinándolos como si fueran un error del sistema mundial. ¡Y lo que es peor! No se mueve. Está ahí, como una estatua. Pegado al espacio tiempo. Congelado. ¡Arg! Perturbador.
—Tsk…maldito enfermo —protesta Graham de Vanily, descendiendo de su caballo—. Marinette… ¿Necesitas ayuda?
—¿Pareciera que la necesito? —reniega la chica.
En el instante en que dijo eso, su carpa se desmoronó justo delante de ambos. Si me rio, me mata. Apreté las nalgas del culo porque si apretaba los labios, me delataba.
—Eh…no. Realmente no pareciera —mintió el rubio, rascando su nuca con timidez—. Pero de igual forma me gustaría echarte una manito.
—No te preocupes —objeta la fémina, levantando un par de palos en el intento—. Sé muy bien como armar esto.
—No es verdad. Todas las tiendas anteriores las monté yo. Y no lo digo con soberbia, por el contrario —se encoge de hombros, desviando la mirada como quien disimula no estar mirando—. Está bien. Solo quería comentarte que…ese soporte no va ahí…
—…
—No más…yo digo…
Se ha desarmado otra vez.
—De acuerdo. Puede que quizás…uhm…—la joven madre hace amago de un mohín bochornoso, desviando la mirada tras sentirse derrotada—. Haya olvidado como era que se hacía. Si me quieres ayudar, será mejor que lo hagas ahora antes de que me arrepienta.
—Tranquila, no me demoro nada —confiesa el ojiverde, jocoso—. Tengo los planos en mi cabeza.
—Pues no tardes mucho…—balbucea, intranquila—. Porque luego debes armar la tuya.
—Claro, Marinette —Félix le sonríe en respuesta, con la amabilidad de siempre—. Luego a armo la mía.
Creí que se quedaría ahí, mientras esperaba que yo terminara de montar todo el aparataje. Pero se marchó al cabo de unos minutos, regresando con un puñado de leños y astillas y rocas. En lo que terminaba la rudimentaria construcción, ella se dedicó a encender una fogata lo suficientemente grande como para soportar toda una noche de invierno. Tras acabar mi cometido, noté que mis manos estaban de un color azul producto del frio. Soplé y soplé, ambicionando hacerlas entrar en calor. Me acerqué a ella, manteniendo una distancia prudente entre los dos. Había empalado un par de peces en astillas y calentaba café en una vasija de metal. Me miró de reojo.
—Ya he terminado —dijo Félix, tiritón.
—Te ves fatal —contestó la ojiazul, deslizándose hacia la derecha para hacerle espacio—. Ven al fuego.
—Gracias —asintió afable, amoldándose a la hoguera.
—No. Gracias a ti —murmuró la chica, examinado el perfecto trabajo que había logrado—. Es perfecta…
—Es firme —expresó Fathom, con las palmas abiertas cerca de la pira.
—Y cómoda.
—También segura.
—Y espaciosa…
—Si —siseó Graham de Vanily, esta vez observándola de perfil.
Silencio sepulcral en el ambiente. Las tripas me crujen. Marinette ha escuchado la queja de mi estómago y suelta una risotada chistosa. Me arrima un pescado ya cocido, con una taza de café calientito.
—Ten cuidado. Está caliente —expresa afectuosa—. No vayas a quemarte.
—Eres muy dulce, Marinette. Muchas gracias —asiente complacido el rubio, saboreando los primeros trozos de carne fresca—. Mmh…está delicioso. Se nota que lo sazonaste tu.
—Félix…
Me callo de golpe. Marinette ha captado mi atención de un modo tan etéreo, que permanecí hipnotizado por un par de segundos. Ella revolvía los leños semi consumidos con una rama gruesa, jugueteando como quien busca ganar tiempo. Finalmente me dijo.
—En verdad lamento mucho haberme comportado como una idiota contigo, la otra vez —se refería al día en que supo la verdad sobre Lila—. No debí tratarte de esa forma tan…hostil. Fui cruel y no medí mis palabras. En el fondo, no estaba molesta contigo ¿Sabes? Si no, conmigo misma. Por no saber gestionar mis sentimientos. Y no lograr demostrártelos de manera clara. Todo esto se hubiera evitado…—estruja los labios, frustrada—. Si yo hubiera sido capaz de explicarte lo que sentía a tiempo. Y evitar los malos entendidos.
—¿Y qué es lo que sentías? —preguntó el ojiverde, turbado.
Ella tomó una bocanada de aire extensa y con toda la displicencia de una chica sincera, me describió la verdad. Con lujo y detalles. Cada sensación, cada sentimiento de angustia, cada inquietud y sereno porvenir. Tanto ella como yo habíamos actuado de manera precipitada, arrojándonos a prejuicios dañinos que ningún favor nos había hecho. ¿Cómo no pensé en eso antes? No se me llegó a ocurrir, que podría estar preocupada por el bienestar de Emma, más que otra cosa. Vamos, que tampoco soy adivino ni perfecto. Aunque…lo intento.
—Se que no te lo digo a menudo. Pero ahora mismo es necesario que tengas la total seguridad, de lo que siento por ti. Porque ya no quiero malos entendidos y tampoco deseo volver a ver ese rostro mortifico de odio hacia mi persona. No en tu carita…tan linda que me gusta tanto —reveló Marinette, sujetando el rostro de su pareja con ambas manos. La yema de sus dedos, masajeando los pómulos encendidos de un rubor sentimental—. Te amo, Félix. Te amo mucho. Como nunca antes amé a nadie. Nunca lo dudes ni lo olvides ¿Sí?
Profesé la imperiosa necesidad de responderle lo mismo, en palabras bonachonas y explícitas. Pero ¿Era acaso el momento para oír algo así? Si de igual manera, la forma en que la miraba…consentía en claro absolutamente todo. Anhelaba justificar todas esas palabras que me robó en un aliento certero, plantándole un beso agarrotado de aquellos que te dejan temblando por horas. Admití entre labios, la pasión de un amor que accedía a compartir con ella, como dios manda.
En el instante en que nos separamos, nuestras frentes reposaron sobre si dándonos una visual maravillosa de bellos pensamientos. Comprendí entonces, que privarme de ella era lo mismo que despojarme de todo en este mundo. Ya no me veo a mí mismo, viviendo en su ausencia.
—Tu eres todo para mi —confiesa Félix.
—Y tú eres todo para mi…—responde Marinette.
No tolero ni un segundo más, hallar su cuerpo tan lejos del mío. Aunque estemos unidos en un abrazo fulminante. No es suficiente. Ya nada me basta. Exijo partirle el pecho y meterme ahí dentro. Respirar de sus pulmones. Vivir de los latidos de su corazón. Alimentarme de su sed infinita. Marinette es todo lo que es, en todas partes. ¿No es eso el altísimo? ¿Un ser omnipotente? ¿Omnipresente? He hallado a mi dios. ¿Qué más quiero?
La tomo entre mis brazos, levantándola del suelo. Ella envuelve sus piernas entre mi cintura y nos perdemos en el interior de aquella carpa. La dejé caer delicadamente sobre la cama rudimentaria que había montado para su bienestar. Me besa. Una y otra vez. Los dedos me queman, supurando buscar sus pechos debajo de la tela. De un momento a otro, me coge de las muñecas; deteniendo la incursión de sopetón. Nunca la vi mirarme así. Con las pupilas tan dilatadas y los labios carnosos, de un rosa furioso. Estoy tan excitado que no consigo averiguar lo que desea transmitirme. Algo raro en mí, porque siempre he sabido leerla entre líneas.
—¿Qué pasa, mi amor? —parpadea, febril.
—Félix —murmura Marinette, con la simpleza de una niña y la prestancia de una mujer—. Estoy embarazada.
¿Qué…?
[…]
—Ahh…dios santo Jesús bendito…
Adrien Agreste se desploma sobre las sábanas. Boca arriba y con el pecho subiendo y bajando a duras penas. Está perlado en sudor. Como quien recorre una maratónica carrera por las empinadas crestas de los Alpes. Tenía sus sospechas en cuanto a las habilidades de su ahora cónyuge. Pero ¿De dónde ha sacado tantas habilidades? Ríe en reiteradas ocasiones, sin poder controlar el jolgorio que profesa en esos momentos. Ha sido una experiencia exquisita, a su parecer.
Kagami por su parte, se ha acurrucado a su lado. Mas retraída que, de costumbre, pero no intimidada en su totalidad, no siente la más mínima intención de cubrir su desnuda anatomía. Despojada de total vergüenza, sube una pierna sobre las suyas y le abraza de costado, apaciguando la agitada respiración que ahora le cuesta trabajo recuperar.
—Nada mal, Adrien —murmura Tsurugi, con el rostro empapado en sudor.
—¿Nada mal? Eso ha estado increíble —expresa Adrien en un gesto risueño, satisfecho en su totalidad. Ni si quiera logra abrir los parpados—. Santo cielo…ni si quiera siento mis piernas. ¿De qué estás hecha? ¿De algodón de azúcar?
—Tan melodramático como siempre —bufa risueña, la japonesa.
—Perdón. No estoy pensando ahora mismo en lo que digo —balbucea endeble, rodeándola en un semi abrazo. Besa su frente, agradecido—. Gracias…de verdad. Eres maravillosa…
—¿Ya te rendiste?
—Una tregua momentánea no estaría mal ¿O sí? —sugestiona el rubio, irrefutablemente vencido—. Solo dame…un chance…
—Estoy bromeando —comenta con prestancia, la nipona—. Esas rondas han sido suficiente para mí.
—Es-espera…—espeta el ojiverde, ansioso—. No he dicho que quiero parar.
—No. No lo has dicho. Pero yo si —decreta Kagami, separándose abruptamente de su pareja; en busca de su túnica—. Bebe algo de agua y descansa.
—¿A dónde vas…? —parpadea, acongojado.
—A asearme —expresa la chica—. Te has derramado en mi interior un par de veces.
—¿No dijiste que querías…? —se confunde.
—¿Qué te hace pensar que eres tan fuerte? —debate la nipona, arqueando una ceja en lo que bebe un vaso de agua.
—Bu-Bueno…no es por presumir, pero…—el varón rasca su mejilla, tímidamente—. Mi ex esposa se embarazó de mi en la primera noche.
—Alabada sea la matriz de tu ex esposa entonces. Mis respetos a ella —determina Kagami—. Un heredero fuerte no viene al mundo por la gracia de ustedes. No te creas tan importante. Solo una mujer es capaz de tal honor. Tu aportas la semilla y es su vientre quien lo germina. ¿Te queda claro?
—Ah… ¿No? Creí que era de ambos…—despabila, imitando su gesto. Se viste—. Kagami…—la ve perderse detrás del panel de madera. Escucha como el agua escurre desde lejos—. Oye…
—¿Qué pasa? —pregunta en la distancia— ¿Requieres de algo más?
—¿Qué si requiero de algo más? Pues sí, joder. Ahora eres mi esposa ¿No? —Adrien traga saliva, tentado a sacar valor con la potestad de la posición que ella misma, le ha otorgado—. Si. Quiero que vuelvas a la cama conmigo.
—¿Y por qué tendría que hacerte caso? —ríe.
—Po-Porque…—despabila, reculando. Sentencia—. Porque quiero estar contigo. Por eso. Así que una vez que termines de asearte, ven a la cama.
—¿Y qué quieres que haga contigo en la cama? —examina la chica, suspicaz.
—Nada. Solo…conversar —determina el Agreste— ¿Puede ser?
—¿Conversar? —Kagami esboza una mueca traviesa en respuesta, asintiendo de manera dócil—. Bien. Iré, marido.
—¿Si va a venir? Wow…—se entumece en su lugar, observando como de forma sumisa, la gran Kagami Tsurugi le ha hecho caso. En definitiva, se ha metido debajo de las colchas— Gracias…—se acuesta a su lado—. Ahora quiero que me mires. Gírate.
—Me giro —obedece, clavándole una mirada certera— ¿Tienes algo importante que decirme?
—Yo…s-sí. Claro que sí —tartamudea el francés, simulando un mohín de complacencia—. En realidad…solo quiero saber más de ti.
—¿Esto hacen en tu nación? —cuestiona Kagami, absorta con tales peticiones que le parecen sumamente absurdas— ¿En verdad conversan luego del sexo?
—No lo sé. Realmente no puedo hablar por otros —comenta febril, el rubio—. Pero a mi si me gusta hacer esto. Y espero no te niegues.
—No pretendía negarme —sonríe, festiva.
—Bien. Entonces…—recapacita todo primero, antes de reanudar la plática—. Kagami. ¿Serías tan amable de contarme más sobre ti? No te ofendas, pero ya que nos casamos y nos unimos físicamente, sería producente saber un poco de nosotros mismos.
—Me parece lógico —asiente, entusiasmada.
—¿Qué edad tienes?
—35. ¿Y tú?
—33…—Lo supuse. Es mayor que yo— ¿Algo más que quieras decirme de ti? Ya sabes, color favorito, comida favorita, pasatiempos, gustos, disgustos, anhelos, miedos…
—Bueno. Mi color favorito es-…
—Tsurugi-san —Nobu irrumpe la conversación, desde el exterior de la tienda—. Le traigo noticias de los franceses. Una carta.
—Ahora no —refuta la peliazul, frunciendo el ceño—. Estoy ocupada con mi marido.
—Sumimasen —se disculpa, el capitán—. Pero han sido enfáticos de que es sumamente urgente.
—Nada es más urgente que mi noche de bodas —debate la mujer—. Y eso tu mejor que nadie lo sabe.
—Estoy consciente de eso, mi señora —insiste el hombre, trémulo—. Pero…
—Aish…—Kagami se toma la cabeza, exhalando—. Bien. Entra y déjalo en la mesa. Rápido. Antes que me arrepienta y te corte las pelotas.
Adrien eleva la cabeza, percatándose de que el hombre no trae buen aspecto. Se ve anémico y bastante intranquilo. Deja la nota sobre uno de los muebles y se retira en silencio, aunque sumamente atormentado. Tras regresar la visual hacia su pareja, percibe que ella no muestra signos de estar preocupada por tal noticia. No le incomoda que Kagami sea tan confiada de sus habilidades. Pero algo…agita su pecho.
Propuso reanudar la plática. Pero nuevamente fueron interrumpidos en el acto. Esta vez, era una muchacha.
—Por todos los dioses —rezonga Tsurugi, hastiada— ¿Y ahora qué?
—Su infusión de jengibre con romero, Tsurugi-san —murmura de manera anónima la intrusa—. Como es de costumbre, es prioridad que la beba. Con su permiso…—sentencia, deslizándose hacia el exterior sin mayores aprensiones.
—Ah. Si. Es verdad —suspira la japonesa, levantándose para tomarla entre sus dedos— Es el té "Escarlata".
—¿Té escarlata? —consulta Adrien, curioso— ¿En qué consiste?
—Nada peligroso. Solo una vieja tradición sintoísta —afronta la nipona, tragando de lleno todo el brebaje; hasta no dejar gota alguna—. Luego de la noche de bodas, la mujer debe beber esto para asegurar la fecundidad del heredero.
—¿En serio…? —parpadea el Agreste, receloso—. Que felonía tan curiosa. El hecho de que no tenga que hacer lo mismo…
—¿Ya ves por qué te dije, que no eres tan necesario? —explica, calmada. Regresa a la cama, envolviéndolo contra sus brazos—. Lo siento, pero este extracto induce al sueño. Sígueme contando lo que quieras. Pero dormiré un rato. Y ni se te ocurra escapar ¿Me oíste? Porque eres mío ahora.
—Una extraña forma de marcar territorio, sin duda —el rubio bosqueja una mueca grácil, correspondiendo su abrazo—. Tranquila, no iré a ningún lado. Duerme. Mañana…seguiremos hablando.
[…]
—Insólito. Todos vueltos locos por encontrar a Lila —bufa Nino, contra el fuego—. Pero a nadie pareciera importarle lo que sucede con los Agreste.
—Nino, tu llevas tiempo sirviendo a esa familia ¿No? —expresa Luka, sentado a su lado— ¿Realmente crees que son malas personas?
De regreso a las huestes de Zoé. 03:40AM.
—No. No creo en eso del bien y el mal —suspira, agobiado—. Luego de pasar la mitad de mi vida al lado de Adrien, es imposible saberlo.
—¿Eso que significa realmente? —Couffaine no logra comprenderlo.
—Significa, que todo en esta vida es cuestión de "perspectiva" —revela el moreno— ¿Me explico?
—¿Estás acaso justificando el-…?
Las campanas comienzan a repicar con violencia en el campamento, alertando a los soldados. Cada uno de ellos, sale expulsado de sus tiendas, formando filas ecuestres ante el inminente peligro. Zoé reaparece medio despeinada, aun somnolienta por el interrumpido sueño que profesa.
—¡¿Qué está pasando?! —chilla.
—¡Una horda de zombis se aproxima por el sur! —alerta el vigía— ¡Tenemos que huir ahora mismo!
—¡¿Huir?! ¡Eso jamás! —refuta Lee, corriendo a coger su espada y escudo— ¡Hora de pelear!
—¡No lo entiende, mi señora! —advierte el varón, despavorido— ¡Son demasiados! ¡No damos abasto!
—¡¿Cómo que demasiados?! —inquiere la rubia, montando a su yegua con gallardía— ¡¿De cuantos estamos hablando?!
—Mil…
—¿Qué? ¿Mil…zombis…? —Bourgois se paraliza.
—¡A las armas! —alienta Nathaniel, acomodando un yelmo sobre su cabeza— ¡Rápido, rápido, rápido! ¡Ya vienen!
—¡Es-esperen! —la duquesa se extravía de las tropas por unos instantes, sin tener contexto de lo que ocurre— ¡¿De dónde est-…?!
—¡ARG!
Ni si quiera le ha dado tiempo para despabilar. Dos bestias hambrientas, se abalanzan salvajemente contra un puñado de soldados, devorándolos en el proceso. Zoé da cuatro pasos hacia atrás, espoloneando su jamelgo. Apremiada por el contratiempo, desenvaina su espada. Vociferando contra ataque al instante. El ataque les toma desprevenidos. Nadie si quiera pudo preverlo. Es luchar o morir.
—¡Peleen por sus vidas! —berrea Zoé, arrojándose en garbera hacia los zombis— ¡Córtenles la cabeza! ¡Vamos!
—¡¿Qué está pasando? —aulla Luka, torpemente arrastrándose por el barro— ¡¿Es Kagami?!
—¡No! ¡Son Zombis! —exclama Lahiffe, lanzándole una ballesta a las manos— ¡Nos atacan! ¡Avisa a todos!
—¡¿Pero qué demonios?! —el peliazul, entra en shock. Solo tiene a alguien en mente ahora— Félix…—se levanta del suelo, divisando a lo lejos como su amigo ha tomado los resguardos pertinentes. Le ve escapar de su tienda, con Marinette a cuestas— ¡Félix! ¡Nos atacan esas cosas!
—¡Ya me di cuenta, Luka! ¡Gracias! —manifiesta encandilado el inglés, levantando a su chica por la cintura hasta adecuarla sobre la silla de su caballo—. Toma el camino hacia las montañas. No mires atrás. Asegúrate de llegar al río y cruzarlo, como acordamos. Si todo sale mal, regresa con Emma por favor.
—Félix, quiero pelear —demanda Marinette, cogiendo el pomo de su florete—. Estoy lista.
—No —sentencia Graham de Vanily, fulminándola con la mirada—. Ya no más de eso. No después de…lo que sabemos. No estás en condiciones de arriesgar más tu vida.
—Solo estoy embarazada, Félix. No invalida —debate la muchacha, con gallardía en los ojos— Déjame luchar. Voy a-…
—Marinette Dupain-Cheng —gruñe el rubio, totalmente fuera de quicio— Por una vez en tu maldita vida me harás caso y te irás. Haz lo que te ordeno. Y espera ahí. Yo acabaré con estas cosas —rezonga, dándole la espalda a modo de simular un escudo humano—. Vete. Yo me encargo. Te prometo volver a salvo.
—Félix…tu…
—¡Que te vayas ya! —Fathom palmotea el trasero de su yegua, automáticamente espantándola para galopar fuera de la escena— Solo espérame un poco más. Ya los alcanzo…
Entre tanto, las campanillas internamente de la milicia de Kagami hacen caso unánime al sacrificio. Los pocos mortales que aún se mantienen sanos y activos para pelear, desembuchan Katanas, Yabusames, arcos y flechas. Se ven así mismos sobrepasados en números de diez a uno. La batalla se transforma en una verdadera masacre. En el interior de su carpa, Adrien despierta atosigado por los gritos. El olor a muerte inunda sus sentidos. Se eleva, más estupefacto que nada y divisa la contienda a sus pies. Un cuantioso ejército de muertos no vivos, devoran a medio centenar de los guerreros. Incluso los dos guardias que permanecían apostados en el exterior, son engullidos delante de sus ojos.
Aterrado, cae de culo al suelo. Se arrastra hacia su esposa, zarandeándola en reiteradas ocasiones para que despierte. Esta…no responde. ¿Pero qué demonios? Examina sus ojos, estirando sus parpados hacia un costado para verificar que siga con vida. Está consciente. Pero dormida. Casi en una especie de coma inducido. Solo para cerciorarse de que seguía respirando, pega oreja a su pecho. Está inhalando y exhalando. Débilmente, pero lo hace. A duras penas. Tantea su pulso, posicionando dos dedos sobre su yugular. Mierda. ¿Qué carajos ha bebido? Analiza la copa ya, totalmente vacía. Un rocín oscuro reposa en el fondo del cáliz. ¿La han drogado? Esto no puede ser obra de nadie coherente…
—Hey, despierta —suplica Adrien, acongojado y con la mirada humedecida— ¡Kagami, por favor! ¡No te mueras! ¡Resiste! ¡Eres una mujer fuerte! Te ruego…no me dejes viudo ahora…
—Mhn…gnh…
Se queja la chica. ¿Qué fue? Ha logrado captar un insignificante atisbo de subsistencia en ese gruñido. Al instante, advierte como la fémina ambiciona luchar contra sus adormecidas extremidades. Pero estas no responden coherentemente. Recurriendo a los más ancestrales conocimientos medicinales, el heredero de los Agreste la toma entre sus brazos, sentándola sobre las colchas. Despliega instrucciones de tales síntomas. Sabe muy bien, que hacer en esos momentos. Así que coge un paño humedecido en agua y lo aprisiona contra sus labios. Acto seguido, vitorea su espalda una y otra vez, incitando a su tórax a soltar bocanadas de aire, en tal caso de estar ahogada.
Al cabo de unos intensos minutos, Kagami recobra la consciencia. Aunque no lo suficientemente asaz como para desplazarse por sí sola. Para Adrien es más que una luz de esperanza. Le ha devuelto el alma al cuerpo.
—¡Kagami! ¡Estás bien! —exclama el rubio, abrazándola con aprensión—. Dios, temí que no despertarías. Fue esa infusión que tomaste. Pero no tenemos tiempo para tratarte. Debemos irnos. Los zombis están atacando el campamento.
—Mi…mi…Ka-tana…
—¿Tu espada? —el Agreste dibuja un paneo raudo en el aire. No la pilla—. No hay tiempo. Levántate, no estás en condiciones de pelear.
—¡Mi…! —masculle entre jadeos, demandando una vez más— ¡Mi Katana!
—Por todos los cielos. ¿Tan importante es?
—Es…mi vida…—sisea.
—Mierda —Adrien se levanta, hurgueteando entre los cajones, percheros y cofres con la premura de sus dedos. La encuentra envuelta en una tela de seda roja— ¡La tengo! Ven, ya vámonos. Sujétate de mí hombro.
A duras penas, Adrien logra arrastrar a su esposa hacia el exterior de la tienda. El caos persiste entre los hombres, quienes no resisten la embestida enemiga. Son demasiadas de esas cosas, las que acechan. Consigue divisar un par de caballos que despavoridos, intentan quitarse las amarras a jalones. Se vio tentado a tomarlos y escapar. Pero uno de los samuráis ha llegado primero y evitando que sucumban, desgarra los chicotes con una cuchilla, permitiendo que huyan hacia las montañas. Su único chance, ha desaparecido.
—No puede ser…—traga saliva, estupefacto—. Vamos a morir…
—¡Sigan luchando por sus vidas! ¡No se detengan! —vocifera Zoé, blandiendo al aire la hoja de una espada y alzando su caballo a dos patas— ¡Busquen a Adrien y a Kagami! ¡De prisa!
—¡Zoé! —el rostro del ojiverde se ilumina, como un sol de verano— ¡Kagami, mis amigos han venido a ayudarnos! ¡Debemos acércanos!
—¡Adrien!
—Esa voz…—se gira— ¿Lila…? —parpadea, sorprendido— ¿Qué haces aquí? — ¿Y por qué no está esposada?
—Hemos venido a rescatarte. Luego te explicaré todo —confiesa Rossi, preparando la montura—. Date prisa y ven conmigo.
Todo parece indicar ser, una inocente técnica de rescate. Sin embargo, algo no concuerda con su relato. Si realmente ha venido a salvarlos. ¿Por qué solo trae un jamelgo?
—Un segundo —el medico se retrae de manera instintiva. Frunce el entrecejo, vacilante—. No cabemos todos en un solo caballo. Debes ir por otro.
—No hay tiempo que perder. Zoé dio instrucciones de que te sacáramos cuanto antes —falsea.
—Eso no es verdad —refuta el heredero de los Agreste, estrujando la muñeca de su cónyuge en el proceso; solo para reafirmar su posición—. Yo mismo la escuché gritar que han venido por los dos.
—Ella se encargará de Kagami. Tu ven conmigo —insiste la boticaria— ¡De prisa!
—No me iré a ningún lado sin mi esposa —reprocha el rubio, estoico—. O nos vamos juntos o no nos vamos.
—¿Tu esposa? —retoza la morena, completamente irritada— ¡¿Desde cuándo te importa tanto esa desconocida?! ¡Piensa en tu hija y tu familia! ¡Ven conmigo de una buena vez! —Lila brinca desde el animal, tirando violentamente de su antebrazo— ¡Olvídate de ella! ¡No sobrevivirá!
—¡Es-espera! ¡Ya te dije que n-…!
Todo ocurrió demasiado rápido. Fue cuestión de segundos. Se suponía que Kagami estaría lo suficientemente acalambrada como para promover si quiera un paso. No obstante, y contra todo pronóstico, aun guardaba la fuerza necesaria. La de una guerrera. Misma, que usó para balancear la hoja de su Katana. La trayectoria fue perfecta. Directo hacia la intrusa, que, en súbito acto de amparo, le rebanó la mano a la altura de la muñeca. La sangre roció el rostro de Adrien, enmudeciendo la escena con el impacto de un suceso terrorífico. Lila aulló alterada, supurando dolor. Ahora notaba de forma muy visceral, la ausencia de su extremidad.
—¡Kyagh! ¡Maldita loca de mierda! —chilló en respuesta— ¡¿ME CORTASTE LA MANO?!
—Aléjate de mi marido…—farfulló Tsurugi, fulminándola con los ojos—. O lo próximo que corte, será tu maldita cabeza.
—¡¿Cómo es que sigues con vida?! —rumió la morena, haciendo amago de torniquete con un pañuelo— ¡Se supone que debías morir con ese veneno!
—¡¿Tu envenenaste a Kagami?! —Adrien recién cae en cuenta. ¿Por qué no le sorprende?
—Sorpresa, estúpida. ¿Qué crees? —confesó Kagami, esbozando una sonrisa febril—. Yo ya estoy muerta hace tiempo.
—¿Qué demonios…? —el rubio ya no entiende nada.
Nuevamente las campanas repicando a lo lejos. Es el albor del fin de una batalla. Han salido victoriosos, solo por esta vez. No es momento de cantar victoria. Pero pueden contar a salvo, un día más de anécdotas. Lila intenta escapar, acobardada tras ver desmantelado su ruin plan. Se empotra de un salto sobre el garañón, dando un trote errático hacia un costado. Pero la torpeza de contar con una sola mano, no le permite ir demasiado lejos. Es acorralada a escasos metros de ahí, entre Nathaniel y Félix. Su medio de transporte se ha espantado. Alzándose en dos patas traseras, la deja caer de cara al barro.
—Hasta aquí llegaste, Lila —berrea Kurtzberg, embetunado en lodo y sangre. Le apunta directo al cuello; con su arma—. Se acabó el juego.
—¡Es-esperen! ¡Tengan piedad de mí! —implora abatida la chica— ¡Esa mujer es un monstruo! ¡Miren lo que me hizo! ¡Me cercenó la mano sin piedad!
—Merecido. Ojalá te hubiera cortado las dos —sentencia Fathom—. De esa manera dejarías de darnos tantos problemas.
—Están cometiendo un grave error —disputa Rossi, malograda—. Kagami Tsurugi no es lo que ustedes piensan. Lleva al demonio metido en la sangre.
—¿Y acaso tu no? —refuta Félix, empujándola de una patada hacia adelante— ¡Camina! Volverás a donde perteneces.
Entre tres soldados, obligan a Lila Rossi regresar de vuelta al poste. Y esta vez, se asegurarán de que no escape ni de día ni de noche. Hay demasiadas bajas como para contarlas. Y si bien, Félix anhela reencontrarse con su primo hermano, es otro el asunto que le apremia.
—Regresen ustedes. Ya los alcanzo —murmura el inglés—. Tengo que ir por Marinette.
—Dios. Que día tan espantoso —piensa el pelirrojo, acongojado por la escena—. Esperemos que todo salga bien…
Siguiendo las instrucciones que le di a Marinette, cabalgué en dirección hacia las montañas con la esperanza de encontrarla escondida como acordamos. Me la topé justo en medio de unos matorrales, a poca distancia de un empinado risco. Había bajado de un árbol tras contemplar el fin de la ofensiva. En cuanto me vio venir, se arrojó a mis brazos con el alivio de un reencuentro agridulce. Estaba feliz de verme con vida y yo a ella. Pero temblaba muchísimo. Tenía las manitas congeladas y el rostro empalidecido.
—Mi pobre Marinette —musitó Félix con desazón, acariciando sus mejillas con suavidad— ¿Se encuentran bien?
—Estamos bien. Mas ahora que ya estás con nosotros —musitó Dupain-Cheng, depositando ósculos cándidos en sus nudillos—. Temí que no regresarías.
—Jamás. Te hice una promesa —sentenció, besando su frente.
—Oh, Félix. Estoy tan contenta —siseó, envolviéndolo entre sus brazos con vigor— ¿Tú estás bien? ¿No estás herido? Tienes la carita sucia —añadió, examinándolo.
—No es mía —desvió la mirada, intentando no ser tocado—. Déjala, no te manches.
—Te amo mucho —profesó la peliazul, en una sonrisa jovial.
—Y yo a ustedes —contestó el rubio, en tono amoroso—. Ven conmigo. Volvamos. Adrien estará muy feliz de verte.
—¿Está con vida? —consultó, aliviada.
—Si. Y creo que ahora las cosas estarán mucho mejor entre nosotros —asiente, sereno—. Arriba, señorita —la levanta de la cintura, acomodándola sobre la montura. Acto seguido, se quita la capucha y la envuelve en ella, por la espalda— ¿Tienes frio?
—Ya no —comenta la condesa, apegando su mejilla a su espalda en un abrazo sincero—. Expeles mucho calor corporal. Estás calentito.
—Jajaja —ríe animado, taconeando el corcel—. Es el resultado de haber vivido toda una vida al sur de una isla. Deberías venir un día conmigo. Me encantaría presentarte a mi madre.
—Papá solía decir que Inglaterra es fea —bufa Marinette, de parpados cerrados y sonrisa juguetona—. Pero si voy contigo, tal vez me guste un poco.
—Que pesada, ni si quiera la conoces —carcajea de vuelta.
¿Realmente suena prudente poder reírnos y cortejarnos con tanto afecto, luego de semejante masacre? Cuando estoy con Marinette, me olvido un poco de la existencia de esas cosas. Desearía poder sentirme culpable de vivir un romance en épocas de guerra y muerte. Pero no puedo evitar concebirme tan a gusto a su lado. El coqueteo es algo casi natural. Nos sale del alma y en situaciones bien paradójicas, les diré. Si antes ya nos portábamos como dos críos jugando a ser cazadores de zombis. Ahora somos como Lucifer y Lilith en el infierno. ¿Qué será? ¿La confianza que por fin hemos afiatado? ¿O hay alguien más…que ahora nos une, en perpetuo silencio de lo inexplorado?
Cuando regresamos al campamento, todo atisbo de jolgorio se esfumó en el ambiente. El panorama no invita ni al bufón más gracioso de la corte, a reír. Si realmente existe un dios…no está en este mundo. Al igual que yo, Marinette lleva un par de años combatiendo a estas cosas. Ha presenciado de todo. Desde tripas al aire hasta personas devorándose a otras. Pero ahora mismo no la veo en condiciones de poder soportar tanta mugre. El suelo se ha teñido de rojo. Los cuervos revolotean mancillados de un hambre casi profana. No quiero que sea testigo de más muerte. No ahora, que lleva un bebito en su interior.
—Es horrible…—murmura la chica, apabullada contra su espalda.
—Mi amor —Félix la observa sobre el hombro, intranquilo—. Creo que lo más prudente sería que te quedes en la tienda con Zoé. Yo me encargaré de sepultar a los caídos.
—¿Sabes? Nunca te lo dije realmente, porque no quería quedar como una cobarde —confiesa Dupain-Cheng, garbosa—. Pero…me pone muy nerviosa lo que haces.
—¿El que?
—Lo de enterrar a estas cosas. Podrían de pronto levantarse y…
—¿En serio le preocupaba eso todo este tiempo? —Félix suelta una sonrisa ladina, descendiendo del caballo—. Lo sé. Es por lo mismo que hago esto. Me aseguro que no se levanten —le enseña su daga, envuelta en un rosario—. Les corto la cabeza, a la altura del cuello. Así logro separar la aorta del-…— Marinette gesticula una mueca nauseabunda ante su relato. Recula—. Bueno, hago lo que es necesario. Tu descuida. Ve.
—Dame un beso al menos, tonto —exige, con morriña.
—Que demandante me saliste —ríe el ojiverde, regalándole un piquito—. Ya ve. Prepara algo de té.
—Félix.
—¿Sí?
—Quiero que me traigas al padre de mi hija —solicita, dando media vuelta—. Necesito hablar con él.
—Como usted ordene, mi lady —reverencia.
[…]
—¡Zoé! —aúlla Adrien, contento de verla— ¡Que alegría verte una vez más!
—Adrien —retoza Zoé, molesta— ¿Qué mierda está pasando? Solicité una audiencia con tu señora hace media hora y aun no tengo respuestas.
—Eh…ah…si —Agreste rasca su nuca, liado—. Disculpa, es que aún sigue mareada con los efectos del veneno que Lila le dio y dice que no quiere recibir visitas hasta que no vea a un doctor.
—Con un demonio, Adrien. ¡Pero si tú eres doctor! —Lee lo empuja hacia atrás, obligándole a dar el paso— ¡A un lado!
—¡Es-Es lo mismo que le dije yo! ¡Pero no quiere hacerme caso! —insiste abrumado el rubio, siguiéndole detrás— ¡Espera! ¡No es buena idea interrumpirla! Se pone de malas…
—A mí un huevo me importa. ¡Yo le salvé la vida y me debe honores! —Bourgeois ha irrumpido en el interior de la tienda, incluso si no es bienvenida— ¡Kagami! ¡Es hora de que hablemos!
Kagami yace recostada en una cama a ras de suelo, con el torso completamente vendado. Hastiada, inclina la cabeza hacia adelante para examinar con detenimiento a la intrusa. Es una mujer. Ya no le resulta tal peligro. Lo que, si le fastidia, es que Adrien la haya dejado entrar. ¿Acaso sus órdenes no fueron claras?
—Me desobedeciste —le reprocha la nipona.
—¡N-no! ¡Claro que no, cariño! —ríe nervudo el francés— ¡Yo le transmití tus intenciones a la capitana! Pero ella…
—Bueno —exhala la rubia—. Ahora me queda más claro quién es el que la mete en este matrimonio.
—¿Disculpa? —Adrien no se entera.
—¿Qué es lo que quieres, Bourgeois? —espeta Kagami, malograda— ¿Qué no ves que estoy en una condición delicada de salud?
—No quieras verme la cara de estúpida, Tsurugi —frunce el ceño, en respuesta—. Estás en perfectas condiciones. Ninguna boticaria vulgar podría acabar con tu vida así de sencillo.
—Si viniste hasta aquí para reprocharme que le corté la mano —advierte la peliazul—. Te informo que se lo buscó. Intentó secuestrar a mi marido.
—¿Eso hizo Lila? —Adrien no se entera, de nuevo.
—Nah. Si tuviera que reclamarte algo, sería el por qué no le cortaste las patas, mejor —farfulle con sarcasmo, la francesa—. Vine porque tú y yo, tenemos un asunto pendiente que resolver. Y no me iré de esta maldita tienda, hasta que respondas a todas mis preguntas —coge un cojín y se sienta sobre el—. Ahora me dirás, que mierda eres.
Silencio incomodo en el ambiente.
—De acuerdo —suspira abatida, la guerrera—. Hablaremos. Pero primero quisiera ver a mi doctor.
—Si te refieres al ancianito de barba gris y túnica blanca, eso no será posible —reclama Zoé—. Se comió a tres de mis hombres y le corté la maldita cabeza. Así que…veamos…—hace un paneo por el lugar— ¿Cuál es el protocolo a seguir? ¿Ustedes beben alcohol o algo similar? Tengo sed. ¿Me ofrecerás algo o me lo tengo que servir yo?
—¿Alguno de mis soldados sigue con vida, al menos? —consulta Kagami, avergonzada.
—Ninguno —Lee se levanta, hurgueteando un par de botellas del estante. No reconoce ninguna etiqueta, pero ha de suponer que la de color negra es la buena—. Ni si quiera el engreído del tal Nobu sobrevivió. ¡Ah! Esto si huele bien —lo olfatea— ¿Quieres un poco?
—Demonios…—Kagami chasquea la lengua, hastiada. Asiente—. Si. Sírveme igual…—. Maldita sea. Ahora he quedado a total merced de estos estúpidos. Esto no estaba en mis planes —divisa al pelirrojo—. Dile a tu perro que salga.
—El Barón Kurtzberg es mi mano derecha. Algo así como el eunuco de Nobu —decreta con soberbia la Duquesa, sirviendo tragos para todos los comensales ahí presentes—. Se va a quedar te guste o no.
—Bueno…yo…—Adrien hace una pausa, tentado a salir—. Las dejo para que conversen, jeje…
—Epa. Tu no vas a ningún lado, Agreste —indica la ojiazul—. Te quedas a escuchar. Esto te compete.
—Oye —Kagami la fulmina con la mirada—. No le hables así a mi esposo. La única que puede darle ordenes aquí, soy yo.
—Un momento. Ya me harté…—el joven medico carraspea, resentido—. Con todo respeto. Ninguna de las dos tiene tal poder. Así que les pediré por favor algo de pleitesía. Me voy a quedar. Y me importa bien poco si les gusta o no —y se sienta. Eso. Marcando terreno. Kagami ya no se profesa incomoda con su respuesta. Por el contrario, la acata con sumisión— ¿Y bien? ¿Qué está pasando?
—No te hagas el desentendido, Adrien —confiere la capitana, tomando un sorbo de aquel licor extraño— Joder, esto quema feo…—. Yo sé que tú también lo viste. Tu esposa no es una mujer ordinaria. Así que ya no nos pisemos la cola entre nosotros y hablemos esto a calzón quitado —adiciona, con actitud hosca—. Kagami está infectada.
—¿Cómo se ha enterado? —Adrien traga saliva. Será mejor que se tome todo el vasito o no podrá conversar sin tapujos—. Vale. Es cierto. Ya lo sabía.
—La señori-…quiero decir —recapacita Nathaniel, despabilando—. La señora, Tsurugi. Nos indicó en su carta que tenía la cura para este mal. ¿Es eso cierto?
—Así es. La tengo —confiesa Kagami, con naturalidad.
—¿Y dónde está? —exige la Duquesa.
—La estás viendo —proclama—. Justo delante de tus ojos.
—¿Tu eres la cura? —consulta el Agreste, estupefacto— ¿Es una broma?
—Lo soy —confirma el samurái, vaciando de lleno su trago; sin arrugarse—. Por mis venas corre el primo gen del virus. Fui la primera en experimentarlo. Mi cuerpo se adaptó tan bien a él, que el vínculo me hizo mucho más fuerte de lo que pensábamos.
—Un segundo —interviene el médico, exteriorizando confusión en el semblante—. Yo sabía que estabas infectada. Pero como es que…
—¿No me he convertido? —refuta Kagami, esbozando una mueca altiva—. Pues porque, en primer lugar, se usó mi ADN para la creación del mismo. Los estudios de mi madre eran irrefutables. Fue su idea el instaurar tal genoma. En un comienzo, estaba destinado para ser usado en mongoles y coreanos. Enemigos de mi nación. Pero al cabo de meses de lucha, nos dimos cuenta que era demasiado contagioso para soltarlo con mera irresponsabilidad.
—De todas las armas conocidas en el planeta, lo que Tomoe creó, es la más letal —asevera Zoé— ¿Te das cuenta de lo que soltaron? Esto ya no es solo el poder de una ballesta o de una hoja afilada. Un mal como este, que ataca viralmente a todo que esté en contacto…
—Posiblemente sea la primera arma biológica que se haya manifestado en el mundo —murmura Adrien, incrédulo a lo que escucha—. Es tan letal, que podría acabar con la raza humana en su totalidad.
—No es la primera. La peste fue la primera —Kagami se encoge de hombros, restándose de responsabilidades—. Tampoco entren en prejuicios ignorantes, por favor. Hablan como si nunca antes hubiéramos afrontado tal cosa.
—Bueno, si me permiten —el joven doctor toma la palabra, reflexivo—. Mis estudios me han llevado a largos periodos de enfermedades. He analizado la peste, la colera, la tuberculosis, un centenar de males. Si bien estaba consciente de su poder, nunca logré llegar al meollo del asunto. Al "origen" de cada una de ellas. Quiero decir…—observa a los integrantes, templado—. Salían de la nada ¿No? Un día estabas sano y de pronto…todo se iba al carajo.
—En eso te equivocas, marido—canta Tsurugi, reconociendo con asidero juicio, su error—. Es cierto que esas enfermedades existen. Pero ninguna de ellas "brotó" de la nada. Como un castigo divino o algo así. Todas y cada una de ellas, tuvo su comienzo.
—Explícate —exige Zoé, tras ir por la segunda ronda de Sake—. Y se clara. Ninguno de nosotros es médico. Solo Adrien.
—Aunque se lo explicara a Adrien, ni si quiera para él tendría sentido. Y espero no te ofendas por eso, eres demasiado sensible —cuenta la chica de ojos marrones, recibiendo un shot de licor—. Cuando tenía quince años, solía visitar un templo sintoísta a las afueras de la provincia de Kanto, en mi nación. Era un lugar sagrado, según el sacerdote que lo protegía. Pero hubo una vez, que, en medio de uno de mis rezos, una rata se escabulló por el vestíbulo. Yo, como es natural, me espanté. Y quise aplastarla con una escoba —agrega—. El monje me detuvo y me dijo que jamás volviera a hacer tal cosa. Que ese animal, como cualquier otro era inofensivo. Y por un tiempo lo creí así. Todos somos hijos de Amaterasu (Su dios). Lo que no significa, que todo lo que acarrea la rata, lo sea también. El mundo de un roedor es hostil. Mas de lo que imaginan. Escarban en la basura, en la carne putrefacta, en los árboles. En todos lados, en busca de comida y sobrevivencia —adiciona, desviando la mirada hacia el Sake que reposa en su cuenco—. Me hizo sentido cuando lo comparé con nosotros, los humanos. ¿Acaso no somos lo mismo, pero con menos pelo?
—No estoy entendiendo…—irrumpe Zoé, confundida.
—Yo si…—revela Adrien, atrapado con su narrativa—. Se de lo que hablas.
—Y por eso eres mi esposo ahora, tontito —Kagami suelta un graznido jovial, dando otro sorbo al vino de arroz. Está ligeramente ebria. Pero eso no detendrá su relato—. Por esos años y provista de un conocimiento religioso casi ancestral, permití que toda clase de alimañas recorrieran a gusto los rincones del templo. Hasta que un día, mi maestro enfermó. Cayo grave en cama y con una fiebre tan alta, que si lo tocabas te quemabas los dedos. A los pocos días, la enfermedad lo fulminó y falleció delante de mí —sisea, incomoda con el resultado de su historia—. Tras su partida, descubrí algo. Un día haciendo el aseo habitual, encontré heces de ratas cerca de su cama. Y no solo eso. También rastros de haber tocado los nichos de arroz, el sake y los encurtidos del sótano. Entonces entendí todo. Ya no los veía de la misma forma. Las ratas no eran el problema. Los bichos que acarreaban, sí.
—Y entonces…—manifiesta Adrien, totalmente convencido de la verdad. Ya no tiene duda alguna—. Te diste cuenta del potencial que había ahí. ¿No?
—Los antiguos egipcios los denominaron "Ahkfer" que significa "mini universos". Los griegos "mikrós" que significa pequeño y "bio" de vida. Un ser vivo. Microbios —declara—. Pero yo los llamé "la solución". En legendario árabe "baktem". Que significa, "bacteria". Un pedazo de un microbio, mejorado a bacteria. Mutado y genéticamente alterado —frunce el ceño—. Fue la clave de nuestras victorias. Los cuerpos de los caídos en batalla se pudrían al sol. De su descomposición, surgieron larvas. Las larvas, fueron comidas por ratones. Los ratones, se infectaron de esas bacterias. Y el resultado fue un arma letal, capaz de diezmar toda una población. Usamos los cadáveres enquistados, como verdaderos morteros humanos. Los lanzábamos hacia los poblados, en catapultas. Un solo cuerpo caído en medio de un mercado, y todos morían. Era infalible. Así conseguimos espantar a los invasores. Entonces mi madre-…
—Gnh…—Adrien explota en colera. Una odiosidad nunca antes vista. Se levanta de su asiento y se arroja a su cónyuge, jalándola del pecho— ¡¿Qué mierda insinúas?! ¡¿Qué tu esparciste la peste?! ¡Podría matarte ahora mismo por eso!
—Podrías, Adrien —murmura imperturbable la chica. Pero ahora mismo, un Tanto (cuchilla corta japonesa) reposa en su cuello—. Pero no llegarías ni a intentarlo. Porque te rebanaré el cuello.
—No matarías a tu esposo —berrea, furibundo.
—De la misma forma que no me matarías a mi —declara—. Así que te recomiendo soltarme ahora mismo o la cura de la humanidad, se esfumará.
—Tsk…—el Agreste la suelta de mala gana, caminando hacia la salida de la tienda—. No te necesito realmente. Solo tu sangre.
—Es probable y no te lo niego —acepta Kagami, con voz metálica— ¿Eso te irrita?
—Tu no…—aprieta los labios, con la mirada humedecida—. Ya cállate —se larga.
Silencio sepulcral en el ambiente.
—Perdónalo —manifiesta Zoé. Quien, a pesar de haber escuchado toda la historia, se muestra impávida frente a los hechos—. Es un chico muy sensitivo.
—Lo sé —asiente Tsurugi, con una sonrisa afable a sí misma—. Por eso lo elegí. Es el tipo de hombre que me gusta. Lleva la pasión a otros límites.
—Con todo respeto —comenta Nathaniel, intranquilo—. Creí que preferirías un hombre más fuerte a tu lado. Quiero decir, según lo que sabemos de ti, eres una muchacha muy airosa.
—Lo soy —suspira derrotada la nipona—. Pero soy un sable muy afilado. Y todo sable, necesita su vaina.
—Algo me dice…que este matrimonio arreglado nos traerá muchas más bondades que desaprobaciones —piensa Zoé, espabilando—. Agradezco mucho tu relato, Kagami. Y la paciencia con la que nos cuentas de él. Pero ahora mismo me importa muy poco tu pasado. Necesito cerciorarme de que busques lo mismo que nosotros. Se sincera. ¿Realmente quieres acabar con este virus?
—¿Quieres sinceridad? Bien, te la doy —sentencia Tsurugi—. Aprovechando ahora que Adrien no está y su sensibilidad no lo permite escuchar. Al principio me casé con el como una forma de provocar a los Agreste. Mis acciones eran motivadas por el dolo de una venganza sublime.
—Lo sabía. Era algo más…—piensa Zoé, mirando de reojo a su compañero.
—Sin embargo…—adiciona la peliazul, cabizbaja—. Ya no me siento lista para llevar tal posición.
—¿Qué insinúas? —confiere Nathaniel, preocupado— ¿Ya no te gusta Adrien?
—No. Al contrario. Ese es el problema…—sisea la nipona, rehuyendo de su mirada de manera febril—. Creo que…me gusta mucho. Tanto, que posiblemente no pueda huir de este compromiso.
—De acuerdo —la Duquesa Bourgeois toma la iniciativa—. Entonces, vamos a firmar otro convenio.
—¿Otro? —refuta la japonesa.
—Lo siento. No quiero abusar de tus sentimientos, pero has cometido la nobleza de dejarlos a tras lucir y ahora que sé que te importa demasiado la vida de Adrien Agreste —extrae un trozo de papel desde el interior de su armadura—. Aquí está. Otro acuerdo. Entre tú y yo.
—Lo siento. No tengo tinta. Mi escriba murió.
—No te preocupes por menudencias —Lee interpela al pelirrojo—. Tenemos a Nath. El será nuestro testigo.
—¿Qué mierda quieren de mi ahora? —protesta Kagami, mosqueada—. No les daré mi vida, si eso buscan tarados.
—Descuida. Es algo simple. Nada complicado —aclara Zoé, consiguiendo un lápiz en el proceso—. No te quiero muerta. Ya vi lo que pasaría si mueres. Adrien se pondrá muy triste.
—¿De qué hablas? —especula Kagami—. A Adrien no le interesa mi vida.
—Yo no estaría tan segura de eso, amiga —bufa la rubia, divertida—. Se negó a dejarte sola cuando Lila intentó secuestrarlo. Yo creo que le importas más de lo que crees. Así que… ¿Firmas?
Kagami Tsurugi los examina a ambos, dubitativa. ¿Es seguro confiar en esas personas? Ahora que todos sus hombres están muertos y no hay quien le de protección. ¿Serían capaces de darle seguridad para acometer su venganza? Ella solo busca compensar la muerte injusta de su madre. Si firma. ¿Adrien estará de su lado…?
—¿Qué se supone que estoy firmando? —consulta, confundida— ¿Esto afectará la relación con mi marido?
—Al contrario —ríe Zoé, metiendo presión en sus palabras—. Si lo firmas, todo estará bien entre él y tú. Tienes mi palabra de honor, que me aseguraré de que nada ni nadie los separe.
—Oigan, escuchen…—sisea Kagami, acongojada—. Se los digo en serio. No me hagan quedar mal delante de él. Si me obligan a-…
—Kagami —reitera Zoé, suspicaz—. Firma —insiste—. Firma y te prometo, que pase lo que pase, nada te separará de tu marido. Tienes mi palabra de mujer.
—Bien…—asiente, de manera dócil—. Voy a leer…
A las afueras de la tienda.
—No entiendo nada…—farfulle Adrien, sosteniendo su cabeza en ambas manos— ¿Qué he hecho? ¿Acaso la he cagado?
—Primo…
—¿Félix? —se voltea instantáneamente, estupefacto— ¿Qué haces aquí?
—¿Qué manera de saludarme es esa? —ríe—. He venido por ti —declara Félix, con una sonrisa socarrona en los labios— ¿Vienes o te tengo que montar yo?
—No, yo…—mira hacia atrás, suspirando—. Estoy libre esta noche, creo. ¿A dónde me llevas?
—¿A dónde más, tonto? —farfulle divertido, el inglés. Golpeando las riendas de su caballo en respuesta—. A donde perteneces. Calla y sujétate. Hay alguien que te extraña.
—Espero sea Emma…
[…]
—Todo lo que es, en todas partes —balbucea Adrien, pasmado— ¿Eso dices?
—Adrien, no te cité para hablar de mi relación con Félix —esclarece Marinette, acongojada— ¿Por qué lo mencionas?
—¿Porque está aquí presente, supongo? —mira a su primo, confundido.
Tienda de Marinette. 23:20PM.
—Suena muy feo que lo menciones, después de haber contraído matrimonio con Kagami Tsurugi —murmura Félix, solo a un costado de la tienda y con una copa de vino en la mano—. Pero vamos, por mí ni se detengan, yo pernocto aquí.
—¿Duermes con mi ex mujer y aun así me increpas? —farfulle malogrado el francés.
—Adrien…—Fathom agacha la cabeza.
—No solo duerme conmigo —intercepta Marinette, decidida—. Es mi pareja ahora.
—Ah. Me alegro por los dos —bufa el Agreste, sarcástico— ¿Qué sigue ahora? ¿Te embarazaste de el?
Silencio en el ambiente.
—No puede ser…—reverbera el rubio, mosqueado— ¿Es en serio? Hace un par de meses que solo se conocen y ya…
—Seis, para ser exactos —Graham de Vanily camina hacia Marinette, rodándola por la espalda en modo defensivo—. Necesito que te calmes.
—Estoy calmado, primo —rezonga.
—¿En serio? Porque no lo pareces —expresa el inglés—. Te ves muy crispado.
—Félix, no quieras…
—Adrien —le reprocha Dupain-Cheng, de manera hosca— ¿Por qué te casaste con Kagami?
—Eso pregúntaselo a Zoé —masculle—. Ella hizo el acuerdo.
—No quieras vernos la cara de idiotas. Te conozco —espeta la peliazul—. Si no querías llevarlo a cabo te negabas y ya. ¿Qué fue? ¿Falta de sexo?
—¿Disculpa? —el joven medico se retrae en su posición, intentando negar lo obvio— ¿Sexo? ¿Qué es eso?
—Ay, primo —balbucea el monje, hastiado con su falsa modestia—. Ya deja de fingir. A todos nos importa ese tema. Incluso a mí, que pasé años sin él. Insistimos. ¿De qué va? ¿Te atrapó? Porque si confiesas, te juramos no juzgarte.
—¿Tú me vas a juzgar a mí? Cabrón —masculle el francés, apretando los puños.
—A ver, ya. Se me calman los primitos —interviene Dupain-Cheng, hastiada.
—¡El empezó! —ambos se apuntan entre sí.
—En realidad, la culpable soy yo ¿Ok? —admite Marinette, sin animosidad de comenzar una batalla familiar—. Yo y mi infinita falta de responsabilidad. En el fondo, ninguno de nosotros lo planeó. Solo…se dio. Te llamé porque quería tocar otro tema, Adrien. La situación, es complicada —añade.
—Lo veo. Claro que es complicada —Adrien Agreste se pasea por la carpa, con actitud corrompida. Los fulmina a ambos—. Marinette, tú no te puedes embarazar.
—¿Ahora me vas a privar de eso también? —retoza, la peliazul.
—No lo entiendes ¿Verdad? —confiere el médico, preocupado—. Estás infectada, Marinette. Y mientras ese virus recorra por tus venas, nada bueno saldrá de ello. Lo más probable es que ese bebé…no terminé su gestación apropiadamente.
—Por eso mismo te he convocado —expresa la ojiazul, parada a un costado de su amante—. Se de muy buena fuente que Kagami tiene la cura a esto. Necesito que me la des, cuanto antes.
—¿Es una broma? —protesta el ojiverde—. Ni si quiera yo sé, de que va esa supuesta "cura" que dijo.
—¿No hablas con ella? —reprocha el inglés.
—Ustedes mismos lo mencionaron ¿No? —murmura el doctor—. No la conozco tanto como para llegar a pedírsela.
—Y, aun así, intimaron —la condesa arquea una ceja.
—¿Otra vez con lo mismo? Dios, es el protocolo. Si te casas, debes hacerlo —niega con la cabeza, malogrado— ¿Podemos ya dejar de hablar sobre mi vida sexual? En serio, no es tan genial y les daría depresión a ambos —agacha la cabeza—. Muchachos, de verdad. No les miento. Nuestro matrimonio era provechoso. Era tomarlo o renunciar a todo. No saben cuánto extraño a Emma…ni si quiera enviaron la carta que les solicité. Por favor, les ruego ya no me miren así y me ayuden. Tanto yo como ustedes jalamos para el mismo bando. Kagami podrá ser muchas cosas, pero mentirosa no es. Es una mujer honorable dentro de todo. Cumple su palabra. Démosle crédito a su cultura, que por lo demás es bastante más civilizada que la nuestra.
—Vale. Supongo que…no nos deja más opción que confiar en ella —se queja Marinette, decaída—. Al menos deberías presentarla como corresponde.
—Quisiera, pero ahora mismo está hablando con Zoé —apunta hacia atrás—. Desconozco de que va la plática, pero les aseguro que se trata de un nuevo compromiso. Ya conocen a la Duquesa Bourgeois. No deja cabos sueltos. Probablemente esté obligándola a tomar una decisión que no la favorezca.
—Y aun así ¿Acepta? —exclama Félix, pensativo—. Le debes de importar bastante como para eso.
—Le importo. Lo que no sé es…—Adrien desvía la mirada, nervudo—. Con que propósito…
—No seas tan ingenuo tampoco —aclara Marinette, elocuente—. Yo sé que, aunque no quieras admitirlo abiertamente, te sentiste cortejado por ella. Y no te culpo. Tienes todo el derecho del mundo a querer rehacer tu vida. Pero hasta que no estemos seguros de que es lo que quiere contigo, será mejor que tomes distancia.
—¿Y cómo sugieres tú, que tome distancia con ella? —plantea el galeno—. Es mi esposa.
—No te va a tomar mucho trabajo, Agreste —bufa la noble, con sarcasmo y cierto ademán de recelo—. Lo hiciste conmigo en el pasado, dejándome sola en ese castillo en Paris. Harás lo mismo con ella.
—¿Nunca te pusiste a pensar que quizás, me dolió? ¿Qué me arrepentí? —indicó el rubio— ¿Qué no quise?
—No —se encoge de hombros, frugal—. Has dejado muy en claro que solo te importa Emma y tus padres. Lo cual no es malo. Ahora, puedes largarte de mí tienda.
Ouch. Bueno, hasta a mí me dolió aquello. ¿Marinette no se estará extra limitando con tales dichos? Quiero decir, la amo muchísimo. Pero a veces es muy afilada con la lengua. Mi primo parecía concebirse atravesado con una daga en el corazón, en esos momentos. Temí que se llenara de rencor o alguna clase de sentimiento nocivo que pudiera nublar su pensar. Pero no fue así. Desanimado, cogió su capucha e hizo abandono del cuarto en total mudes. Marinette permaneció estoica en su posición, como quien sale victoriosa de una beligerante contienda. Pero yo lo vi como una afrenta de humillación. Lo cual me instó a increparla.
—Fuiste muy dura con el —señala Fathom—. Adrien no es un mal hombre y lo sabes mejor que nadie. ¿Cómo es que pasaste de defenderlo a regañadientes a lanzarlo al abismo del olvido?
—Adrien no es un chico que pueda ser "olvidado" de tal manera, Félix —asevera Marinette, avergonzada—. Pero es la única forma de que logre entender. Es tan sensible, que no dimensiona a cabalidad lo que hace. Pone mucho corazón y poca mente. Debe endurecerse.
—¿Y es necesario menoscabarlo de esa manera? —frunce el ceño, rebatiendo su prejuicio.
—Lo es. Es lo que aprendí con los años.
—Lamento que haya sido tan grotesco para ti, tomar el camino de la indulgencia de manera frívola —advierte Graham de Vanily, ofuscado—. Pero con él, ese método no avanza de tal cualidad. Sé gentil, comprensiva y compasiva. Le haces daño.
—¿Desde cuándo tan aprensivo con Adrien? —cuestiona Marinette—. Pensé que estarías de acuerdo en ese trato. Dijiste que era la forma en que un niño se hacía hombre.
—¿Acaso eres tan ciega de no darte cuenta? —espeta, con la mirada humedecida en dolo—. Que él y yo, somos iguales.
—¿Te molesta? —consulta, acongojada.
—No. Me lastima —sisea Félix, decepcionado en su actuar—. La próxima vez que le hables así, piensa que lo estás haciendo conmigo.
—Félix, tu no-…
—Yo no que, Marinette —gruñe en respuesta, sin permitir dejarle acabar la frase.
—…
—…
—Nada…—aprieta los labios, devastada—. Perdón…
—No es a mí a quien le debes una disculpa ¿Sabes? —sentencia el rubio, saliendo de la carpa.
—Ya entendí…
Ya sé, joder. Se lo que deben de estar pensando. "Perdónala, está embarazada y muy susceptible". Pero no pienso justificarla ahora. Independientemente de las incongruencias que él y yo tengamos, sin estar de acuerdo con nada, lo sigo amando como de niños lo profesé. Tal vez las mujeres sean más directas a la hora de dialogar con la verdad. Pero entre varones, ciertos códigos siguen inamovibles sin importar los años. Entiendo a la perfección todo lo que siente Adrien. La frustración. El no tener respuesta a ciertas inquietudes. El ser juzgado de manera inquisitiva por otros. Es el mundo que transitamos los hombres de esta época. Uno oscuro y solitario, en donde a nadie le importa que cavilamos o concebimos como real. Solo nos califican por nuestras faenas. Somos el eslabón descarriado de la cadena más desagradecida. Porque sin importar que hagamos, siempre hemos coexistido como el villano de un cuento mal contado.
No caeré en tales fruslerías. Adrien es como mi hermano. Morirá siéndolo. Y yo mejor que nadie comprendo, que lo motivó a contraer matrimonio con Kagami. Deambulo por el campamento, topándomelo entre medio de unos arbustos. Estaba abriéndose el morral del pantalón. Un momento idóneo y cuestionable para que dos primos conversaran a corazón abierto.
—¿Te interrumpo? —consulta Félix, frotando sus piernas—. No me aguanto más las ganas de mear.
—¿Desde cuándo tan tímido? —musitó Adrien, jovial—. Adelante. Solo vine a vaciar la vejiga.
—Yo también —expresó Fathom, estirando las piernas en un apremiante baño improvisado—. Ahh…bebí mucho vino esta tarde.
—Suertudo. Yo llevo semanas solo tomando Sake. Pero no tuve oportunidad de orinar durante todo el día —ríe jocoso, el francés—. Las cosas se pusieron tensas entre Kagami y Zoé.
—Gnh…—Félix emite un gruñido, entre tanto—. Yo espero que, lo que sea lo que estén firmando, nos beneficie a todos.
—Félix…te has tardado en expulsarla —confiesa Adrien, en su calidad de médico.
—¿Tú crees? —se mira así mismo.
—¿Te duelen los riñones? —consulta el Agreste, preocupado— ¿Sientes abultada la pelvis?
—Un poco…si —se lamenta el inglés, adolorido—. Nhn…a veces, siento como si orinara navajas.
—Eso no está bien, primo —menciona su primo, atemorizado— ¿Te molesta si reviso?
—¿En serio me la quieres mirar? —cuestiona Graham de Vanily, abochornado—. Te advierto que es más bien pequeña, eh.
—Por favor, es solo algo médico —aclara su compañero, acomodándose el pantalón—. A todos nos mide chiquita en reposo, no seas ridículo. Además, tienes el rostro amarillo —se agacha.
—¿Amarillo? ¿Cómo que estoy amarillo? —traga saliva—. Adelante…—asiente Fathom, desviando la mirada con incomodidad—. Se rápido. Me da mucho frio…
—Mierda…—Adrien se levanta, atónito. Tras una revisión rauda, sentencia—. Félix…no se ve bien eso.
—¿Qué significa eso? ¿Qué pasa? —se aterra al instante—. Carajo, Adrien. No me asustes así.
—Tienes una infección. Y lleva semanas supurando —revela el doctor, inquieto—. Te voy a recetar algo —saca lápiz y papel del morral.
—¡Espera! Alto ahí, tonto —Fathom lo detiene, jalándolo del antebrazo—. Ya dilo. Se sincero y confiesa. ¿Qué significa? En serio…—realmente está muy intranquilo.
—De acuerdo. Primero, límpiate —Adrien le extiende un pañuelo—. Arriba —le amarra la cintura del pantalón. Suspira—. Félix, debes dejar de intimar con Marinette.
—¿Qué…? —se va a la chucha.
—Ya se los advertí en la tienda, pero supongo ella estaba demasiado sensible para entenderlo—sisea—. Dado que tú no estás embarazado, te lo diré a ti abiertamente. Hasta que Kagami no nos de la supuesta cura, no puedes seguir acostándote con ella. ¿De acuerdo?
—Escúchame, estúpido —Félix lo toma del pecho, zarandeándolo— ¡Dijiste que esta cosa no se pegaba por tal contacto! ¡¿Y ahora resulta que sí?!
—¡Es que nunca vi un caso similar! —se defiende el francés, turbado— ¡No pensé que fuera real!
—¡¿En base a qué?! —insiste el británico.
—¡En base a que intimé con Marinette cuando ella tenía el virus! —aúlla revuelto, el médico— ¡Y no me pasó nada!
—¡¿Te acostaste con mi mujer, idiota?! —lo increpa.
—¡Pero si era mi mujer en esa época, estúpido! —Adrien lo zarandea de vuelta— ¡¿Estás ebrio o qué?!
—Cierto…—Félix lo suelta, acomodándose el cuello de la camisa—. Bien. Perdonado.
—¿Qué te pasa…? —tose el Agreste, confundido— ¿Te sientes bien?
—No. La verdad es que me siento muy irritado…—rezonga el monje, colérico—. Tengo muchas ganas de matar a alguien. Y no de un sentido figurado.
—Primo, esto es muy serio. Por favor, escúchame con atención —sentencia Adrien, tomándole de las mejillas para no perderlo de vista ni un segundo—. Esta cosa actúa así. Lo viví con mi hija. Y ya se todo el discurso de mierda que podrás decir, porque experimente con mi propia descendiente. Pero era necesario —lo suelta, dando cuatro pasos hacia atrás. Se abraza así mismo—. Si no te lo pegas por una mordedura y va directo a tu torrente sanguíneo, alterará la química de tu sistema nervioso. Te vuelve sensitivo a estímulos violentos. Es por eso que mi madre determinó que Emma debía vivir en un entorno sano y lleno de paz. Alejada de todos. Un mínimo cambio en tu hábitat y…
—¿Puedo matar a alguien? —murmura, con voz agria.
—Si. Puedes, sin duda —esclarece el rubio—. Es por eso mismo que Marinette se alejó de nosotros y se auto exilio a Paris. Entiendan de una buena vez, que esta cosa es peligrosa. Si no tomamos medidas-…
—Ya entendí, Adrien. Gracias —refuta Fathom, caminando de vuelta al campamento.
—¿A dónde coño vas? No pensarás en dormir con ella esta noche en ese estado —advierte—. Estás irascible como nunca.
—¿Y quién mierda te dijo que iba a su tienda? —lo fulmina con la mirada, colérico—. La rama de ese árbol se ve tierna. Lo escalaré y dormiré ahí.
—Primo, no me-…
—Cállate, Adrien —le interpela el británico, agraviado—. Consigue luego esa cura con tu nueva increíble esposa. ¿Quieres? Ya me cansé de este juego virulento. Marinette lleva a mi hijo en su vientre y no descansaré hasta conseguir un poco de seguridad y paz en este lugar.
—Vale…—asiente el Agreste, decidido—. Prometo hacerlo.
—Hasta mañana —se despide su familiar.
—Hasta mañana…—lo ve partir, malogrado.
[…]
—Adrien —farfulle Kagami, balanceándose sobre una muleta improvisada que, a mal traer, promueve su andar— ¿A dónde te metiste? Te mandé a buscar durante todo el día y no te encontraron. Espero no estés pensando en escapar, porque ahora mismo eres mi esposo. Y yo no-…
—Kagami —le intercepta el rubio, haciendo ingreso por la cortina de su tienda. Sin preámbulos, la cierra con dos pinchos incrustados en la tela. Se voltea a verla—. Si realmente dices tener la cura, será mejor que me la des cuanto antes. Hay mucho en juego y no puedo seguir esperando.
—Te presentas aquí luego de desaparecerte misteriosamente y ¿Exiges una cura? —bufa sarcástica, la japonesa—. Si que tienes huevos. Te recuerdo que asumes deberes como marido que cumplir.
—Lo sé. Y lo siento —niega con la cabeza—. Pero no estoy en las condiciones sentimentales de suplir tus avideces cárnicas ahora mismo.
—¿Por quién me tomas? Nadie habló de tales deseos —expresa Tsurugi, molesta—. Tengo otras aprensiones que manifestar contigo. No soy tu Geisha personal, Agreste.
—Habla entonces —le reprocha, impávido— ¿De qué se trata todo esto? ¿Qué firmaste con Zoé esta tarde? Y por favor no me mientas, porque no estoy dispuesto a tragarme más cuentos baratos. La vida de mi ex esposa y mi primo corren peligro ahora.
—Jm. Es un poco tarde para demandar otro destino del que ya está descrito —sonríe, furibunda—. Pero te lo concedo esta noche. Me siento generosa.
—¿Perdona?
—Bueno. En realidad, la verdadera ambiciosa en todo este cuento es tu amiga, la Duquesa —profiere la japonesa, llevando un bocado de comida a la boca—. Está dispuesta a perdonar la miserable vida de tus padres, siempre y cuando le entregues las tierras de tu familia a ella.
—¿Es una broma? Eso jamás —niega Adrien, aturdido con su planteamiento—. Esa provincia le ha pertenecido por generaciones a mis antepasados. Y en lo que a mí respecta, es el único bien material que poseo de forma heredable. Por lo demás…—desvía la mirada, melancólico— Ni si quiera estoy pensando en mí. Gran parte de esa porción de fértil tierra, le pertenecen a Emma ahora.
—Lo sé. Es lo mismo que le comenté a Bourgeois —exclama Kagami, con voz huraña—. Le dije de hecho, que ni si quiera eres propietario de ellas en su totalidad. Por lo mismo, le plantee una transacción un poco más flexible. Mi sangre, con la cura. A cambio de tu pedazo de tierra.
—Es una locura, Kagami —espeta el rubio—. Es más, de un cuarto de la región. Emma no tendrá de que vivir de grande.
—Créeme, es un trato más que justo. Si tus padres terminan colgados en una plaza pública, esas tierras serán expropiadas por la corona. Y ni tu ni tu querida hija obtendrán ni una sola tajada —balbucea Kagami, con actitud socarrona—. ¿Prefieres eso acaso? ¿O es mejor que yo las cuide por ti?
—No…realmente…ninguna de las dos ideas me agrada. Pero ¿Qué opciones tengo?
—Exacto. ¿Qué opciones tienes? —Tsurugi se eleva sobre el cojín, dándole una palmada reacia en el hombro a su camarada—. No te preocupes. Soy muy buena administradora. Ahora que eres mi marido, cuidaré bien de los bienes familiares. Mientras tus padres estén en el exilio, claro.
—¿Me darás tu sangre ahora, entonces?
—Adelante. Es toda tuya —expone la guerrera, deslizando el antebrazo de su kimono—. Se breve. El frio no es del todo idóneo.
—Yo…—Adrien hace una pausa, liado. Se toma la cabeza— ¡Mierda! Demonios…
—¿Y ahora qué? —resopla.
—Es que…no traje conmigo mis utensilios para llevar a cabo ninguna mezcla —chasquea la lengua, mosqueado—. Solo vine con lo necesario para asistir en combate. Y en cuanto a materiales…el laboratorio de mi padre es el más idóneo para ello.
—Bien. Eso significa que entonces tendremos que volver a Le Mans ¿No? —sisea.
—Si. Le escribiré de inmediato una carta para que-…
—Nada de cartas —Tsurugi le ataja con violencia, apretujando su muñeca—. Llegaremos sin menesteres; como el viento nos lleve. Poner de sobre aviso a Gabriel lo espantará.
—Vale…tienes razón. Aunque… —sobre piensa el rubio, dubitativo— ¿Cómo se yo que no intentarás hacerle nada estando ahí?
—Adrien —rezonga, hastiada—. Vine a las costas de Francia con cinco mil soldados. Y ahora solo quedo yo. ¿Te parece que tenga un ejército suficiente como para poder enfrentarlo? ¿Yo y cuantos más?
—Es verdad. Lamento lo de tus hombres —ladea la cabeza, melancólico—. Le avisaré a los muchachos. Partimos al alba.
—Solo soy yo…y mi inocente espada, contra el mundo —confiesa la fémina, en un gesto morboso— ¿Qué daño podemos hacer?
Adrien estaba convencido de la inocencia de Kagami. Por lo que no dudó en alertar a las tropas de Zoé durante la madrugada e informales del nuevo cambio de planes. Volverían a Le Mans para concluir con esta ajetreada historia de terror, ya que el clímax de tal proeza tocaba sus narices. Pero ¿Era realmente seguro confiar en ella?
A veces es de justos y pecadores…caer sobre la misma moneda torcida. Por lo que es sabio llegar a dudar de la veracidad de las personas.
¿Es el destino el que doblega la voluntad de los hombres? ¿O son los hombres, los que se doblegan a el? Para Kagami, no había juicio más acorde al celestial que la muerte a mano propia. Una tradición ancestral al que los japoneses denominaban: Tenshuo. El castigo divino. Algo que ni un matrimonio arreglado ni la arcana fantasía de tierras conquistadas, menguaría en sed de venganza. Después de todo, el virus recorría sus venas con el fuego de mil volcanes.
Y la ira es a regañadientes, el único corazón que la impulsa.
A la mañana siguiente, las huestes emprendieron retorno hacia la provincia. Un tanto desanimados por las batallas aciagas. Pero esta vez, con la esperanza de tener por fin una solución al mal.
Era hora, de rezar.
