La compuerta del calabozo se azota violentamente contra el muro. Uno de los guardias, hace ingreso con una bandeja de alimentos fríos, pan duro y agua poco bebestible. Tanto Emilie como Lila, son azoradas por el haz de luz que atraviesa la penumbra; cegándolas al instante. Una vez depositados los suministros sobre una mesilla corroída, las desata de manos. Mas no, de tobillos.

—Es hora del desayuno.

Emilie examina las provisiones, cotejando una mueca nauseabunda en respuesta.

—No pretenderás que coma esto —reniega la rubia—. Guacala.

—No sé usted, pero yo si le entro —masculle Rossi, atormentada por el apetito y la sed. Se abalanza de lleno a tragarlo—. Mierda, que hambre.

—Que asco. ¿Por qué no me extraña? —expresa la señora Agreste, masajeándose las muñecas con dolor—. Después de todo, solo eres una campesina ordinaria.

—Coma —demanda el soldado—. Ordenes de Tsurugi-san.

—A mi ninguna extranjera vulgar vendrá exigirme cosas ¿Me oyes? —espeta, con el ceño fruncido—. Mucho menos en mi propia morada. Prefiero morirme antes.

—Tu "ex" morada, querrás decir.

Kagami brota desde el exterior, cargando consigo un pesado libro y una afilada katana alrededor de la cintura. Ha demandado con ímpetu, que el adalid se retire y le conceda la llave de vuelta. Emilie la fulmina con la mirada. Su presencia la irrita a nivel celular. De solo sentir su perfume, el poco gesto escueto de templanza que aún le quedaba, la abandona. No es algo que le importe mucho, a su rival. Por el contrario. La glorifica de una victoria que merece experimentar.

—Veo que te divierte vernos así —refunfuña la mayor.

—Me encantaría poder confesarte que si —revela la samurai—. Pero los dioses no me dotaron de sentido del humor.

—Es una lástima —gruñe la condesa—. A mi hijo Adrien le encanta hacer bromas.

—Sin duda. Justo esta mañana me gastó una —relata Tsurugi, arrastrando una silla hasta empotrarse sobre ella—. No encontró nada más divertido que liberar a su padre y largarse a Flandes, mientras yo recuperaba el sueño.

¿Qué? ¿Adrien soltó a Gabriel? Que pérdida de tiempo. A la que debió liberar es a mi —Emilie aprieta los puños, fingiendo soberbia—. Bueno. Tendrás que ir acostumbrándote. Es un niño muy juguetón.

—No te preocupes por eso. A mí también me gusta jugar —esboza la peliazul, dibujando una sonrisa morbosa en los labios—. Sobre todo, con su increíble anatomía masculina.

Gnh…—Emilie no logra controlar sus impulsos asesinos. Mostrarle los dientes, es todo a lo que puede aspirar—. Eres una mujerzuela. No tienes modales, ni buenas costumbres. Eres simplemente un animal salvaje.

—No seas tan dura contigo misma, Agreste —ríe garbosa, la japonesa—. Siéntete orgullosa. Estoy muy satisfecha con su desempeño como esposo.

—No me imagino que tan poca cosa debes de ser, como para haber tenido que atrapar a un hombre de esa manera —sisea, provocándola— ¿No tienes amor propio?

—¿De qué hablas? Adrien me ama y yo a el —se encoge de hombros—. No comprendo de donde proyectas tantas frustraciones en mí. Que aburrido y poco producente, debe de haber sido tu matrimonio. Bueno, ahora entiendo el por qué Gabriel huyó de ti.

—Gabriel no ha huido de mí. Cuida tus palabras, mocosa.

—¿Estás segura de eso? —sisea Kagami, sobándose el mentón—. Mhm…yo creo que el encierro te ha alterado la realidad. Porque lo cierto es, que Gabriel si escapó de ti. En cuanto tuvo la mínima oportunidad, no dudó ni un segundo en correr a los brazos de su amante.

—¿Amante…? —Emilie se paraliza, innegablemente vulnerada por tal revelación— ¿De-de que mierda estás hablando…? —. ¡Estúpida Nathalie! ¡Dijo que había acabado con mi hermana!

¡Cof! ¡Cof! ¡Cof! —Lila se atraganta, escupiendo parte de los alimentos, del asombro—. Dios. Creo que…el pan se me fue por el camino viejo, jeje…—. Mierda, que rápido se enteraron. Y esta vez, juro no fui yo quien abrió la boca.

—¿Tú sabías de esto, infeliz? —le reprocha la mujer, furibunda—. Así que todo este tiempo, fuiste cómplice de mi marido ¿No? Ocultando sus perversiones. ¡Sabia que algo te traías entre manos!

—¡A mí ni me mire! ¡Solo tengo una! —levanta el muñón, descalabrada.

—¿De qué tanto te quejas, Emilie? Si de igual forma, te iras desterrada de estas tierras —exhala la guerrera, abriendo el texto que traía consigo. De entre medio de sus hojas, extrae un documento—. En realidad, no vine a hablar sobre mi matrimonio ni el tuyo. Vine para que firmes este documento. Es el edicto que el rey le otorgó a tu familia para hacerse cargo de esta provincia. Ahora que Adrien es mi marido, el tomará posesión de los bienes.

—Estás loca si piensas que voy a firmar eso, niña estúpida —refuta la rubia, agraviada.

—Jamás dije estar cuerda —ríe—. Pero no tienes otra opción. No podrás hacerte cargo de nada, estando en el exilio. Lo natural, es que sea tu hijo, el heredero de los Agreste, quien administre la fortuna en tu eterna ausencia.

—¿Crees que no me doy cuenta de lo que intentas hacer? —se levanta del suelo, enfrentándola de cara a la ira— ¡¿Te parece que sea tan estúpida como para dejarme engañar?! ¡Tú lo único que buscas es apoderarte de mí fortuna, utilizando a mi hijo como excusa!

—¿Por qué te molesta tanto la idea? —Kagami arquea una ceja, suspicaz— ¿Acaso no es eso lo que acostumbran a hacer las mujeres de bien en tu nación? ¿Casarse con un buen partido, para apoderarse de sus tierras? —añade— ¿No es lo que hiciste tú, con Gabriel?

—¡No quieras manipular las cosas, arpía! —vocifera la ojiverde, enajenada— ¡Mi matrimonio con Gabriel era legitimo! ¡Adrien es un excomulgado! ¡Jamás será reconocido por la iglesia!

—No necesito que una entidad pagana —farfulle de vuelta—. Que roba, miente y abusa de la población más débil, determine si es legítima o no nuestra alianza. Adrien es mi marido, por derecho divino. Nos unimos bajo mis leyes —alza el cuerpo, dando un paso hacia su contrincante—. En estos momentos, tu hijo es legalmente amo y señor, de la cuarta parte de japón. No te equivoques conmigo, Agreste. No soy esa mujer "ordinaria" de la que dices prejuzgar tan deslenguada. Los Tsurugi somos una familia honorable, de principios y tradiciones. Deberías azotarte la espalda con un fierro caliente, de que haya tomado por esposo a ese rechazado.

—Adrien no es ningún rechazado —Emilie se arroja a ella, azotándola contra la pared— ¡Retira tus palabras, infame!

—¡Lo es! ¡Su propia fe, le dio la espalda! —lucha Tsurugi, siendo ella quien ahora la golpea frente al paredón— ¡Al igual que ese monje patético! ¡Nadie los quiere! ¡Su pueblo les abandonó! ¡Y seré yo! ¡Quien le devuelva la gloria a su nombre! ¡Ahora, firma! —masculle, empujando una hoja afilada, contra su cuello—. Si no quieres que te mate aquí mismo.

—Tus amenazas no me intimidan, niña —veredicta la francesa, enclaustrada entre las rocas y la navaja—. No firmaré nada. Así que puedes ir olvidándote de tu absurda venganza.

—Bien. Supuse de igual forma, que te negarías. Eres demasiado predecible —acepta la peliazul, recuperando el talante sereno de costumbre—. Aun así, quería primero intentarlo contigo. Antes de ir por el asesino de Gabriel.

—Mi esposo tampoco va aceptar nada. Que te quede muy claro.

—A estas alturas del partido, dudo rechace mi oferta —esboza victoriosa, caminando hacia la salida—. Me he asegurado de que sea tan buena, que solo un imbécil se negaría a tomarla.

—¿Qué pretendes hacer con él?

—Nada muy ortodoxo —abre la puerta—. Solo le haré elegir entre morir a manos de su propia entidad religiosa, como el genocida que es. O…unas largas e increíbles vacaciones en el exilio, junto a su amada. ¿No te parezco generosa? —bufa, sarcástica.

—…

—¡Guardia! —demanda Kagami—. La señora Agreste manifestó no tener apetito. No habrá comida ni agua para ella hasta que mi esposo regrese. De momento, solo traigan alimentos a la boticaria. ¿He sido clara?

—Si, Tsurugi-san —asiente—. Aunque…eso pueda llevar a matarla de hambre.

—No te preocupes. No la veo con intenciones de morir —sisea, observándola por sobre el hombro—. Es una mujer muy cobarde para eso. Si tan solo hubiese sido un poco más honorable, ya se hubiera rajado el estómago hace rato. Supongo que no le teme a la humillación. Vigílenla.

—Como usted ordene —acata.

—Ah. Y ensilla mi caballo —adiciona—. Quisiera darme una vuelta por mi nueva provincia. Algunas cosas, van a cambiar a partir de ahora.

—De inmediato.

[…]

Todo…se salió de control por acá. Amanece. ¿Pero a que costo? La mitad del castillo de los Bourgeois ha quedado reducido a cenizas. Producto del incendio, algunos caballos huyeron del espanto. De entre los escombros, logré rescatar un par de cadáveres. Calcinados. Servidumbre, que no alcanzaron a huir de las voraces llamas. Son las 8:40AM. Y los soldados continúan acarreando cubetas de agua; apaciguando los posibles focos que aún se resistan a consumirse. Nadie pegó ojo alguno. No hemos logrado descansar apropiadamente. Y la falta de sueño, se reciente bajo unas pronunciadas ojeras. Que desastre. Estoy agotado. Me tiemblan las canillas. Emma aspiró una gran porción de humo y permanece bajo constante monitoreo por parte de Marinette. Mi tío y mi madre se dedicaron toda la noche a sacar documentos de la biblioteca. Rescatar libros, en su mayoría. Cosas de un valor incalculable. Luka se desploma sobre sus rodillas, exhausto. Se contempla las manos, horrorizado. Le duelen. Enrojecidas. Laceradas, con trozos de piel expuesta y carne mordaz. Se quemó intentando salvar a Zoé. Sin duda es el hombre más valiente que he conocido.

—Permíteme —advierte Adrien, vertiendo una botella de alcohol sobre un paño—. Está esterilizado. Te va a doler.

—¡Ngnh! ¡Arg! —pronuncia Couffaine, supurando el escozor que este le provoca— ¡Mierda! Tenías razón. Si me dolió.

—Eso fue muy atolondrado de tu parte, Luka. Pero…al mismo tiempo, muy osado —sincera el médico, de manera jovial—. Te queda de maravillas el título. Salvaste a tu señora, como es debido. Siéntete orgulloso.

—Y-Yo solo estaba actuando frente a mis nuevos mandatos, Adrien —escudriña el ojiazul—. Espero poder seguir sirviendo así.

—Dudo que ahora te den de baja. Zoé te tiene en buena estima —ríe, jocoso—. No solo ella. Todos nosotros, ahora.

—¿De verdad lo piensas así? —murmura el caballero, ruborizado— ¿Crees entonces que el Duque de Hastings se fije en mí?

—¿Disculpa? —no se entera— ¿Te refieres a mi primo…?

Un poco más allá.

—Fue ella —rezonga Zoé, mosqueada—. Esa perra de mierda de Chloé. Mira lo que dejó —le enseña un trozo de escombro, a semi pintar—. Marcó la casa para el fuego. Con tinta roja. Una cruz invertida medio extraña. Jamás la vi antes.

—¿Por qué de pronto piensas que fue ella? —consulta el inglés, aturdido—. Pudo haber sido cualquiera. Esto no significa nada.

—Vale. Y si no fue ella —espeta— ¿En dónde está ahora?

—¿Ya revisaste su pieza?

—Mi hermana ni si quiera tenía una pieza, Félix —reniega—. Dormía en el potrero. Pero todo, cuadra. Su cadáver no apareció. No estaba cuando se inició el fuego. Y habló sobre leer libros paganos. Se volvió completamente loca.

—No entiendo nada —exhala.

—Despabila, Fathom —le da un golpe en la nuca— ¿Acaso te estoy hablando en chino?

—Hey —reclama Marinette—. Que tienes con los chinos.

—Ahora no, Dupain-Cheng. No estoy de cirquera —la corretea, sugestionada—. Tú sabes bien lo que esto significa. Es la famosa "marca" de la que hablamos anoche.

—Ah…no puede ser. Mierda —Graham de Vanily se toma la cabeza, liado—. No me vengas a decir ahora que la caprichosa de tu hermana se metió en cosas turbias, por favor. Es lo último que podría creerme.

—¿Sabes qué? A la mierda —lo empuja hacia atrás—. Los monjes no sirven para nada. Hazme el puto favor de tirarte 4 ave maría y lárgate de mí vista.

—¡Está bien, está bien! Disculpa. Perdona —recula el inglés, arrepentido—. Dios. Cualquiera pensaría que Zoé también lleva el virus por las venas. Pero en el fondo, lo único que le corre es un cumulo de mal genio y mañas—. Te creo. Si pudo haber sido ella. Pero ¿Con que finalidad?

—Huir, sin duda —determina la rubia, molesta—. Solo un imbécil le hubiera creído el cuento de que "se redimió". Mi hermana lleva al diablo en el cuerpo. Lo dejó muy en claro cuando tenía 6 años.

—¿Qué hizo, con 6 años? —parpadea, absorto.

—¿No te enteras? —bufa la Duquesa—. Chloé solía masacrar animalitos inocentes. Incluso los despellejaba vivos. Pero vamos. No te culpo. Mis padres buscaban por todos lados encontrarle un marido estúpido que cayera en sus artilugios.

—Gracias, que amable —rueda los ojos.

—No digo que tú lo hayas sido —aclara—. Tus padres lo eran. No. Miento. Disculpa —se retracta, observando a lo lejos a Amelie—. Tu madre es una santa, Félix. Tu padre, era un imbécil.

—Que sepas que no hubo tales "artilugios" como mencionas —aclara Graham de Vanily, lavándose la cara con un poco de agua—. Chloé no me manipuló esa noche para desflorarla. Lo hice yo.

—¿Eras putito antes, Fathom? —ríe, mimosa.

—Lo era —arquea una ceja— ¿Te molesta?

—Nah. Ojalá yo poder decir lo mismo —se encoge de hombros—. Pero eso no viene al caso. Mi hermana huyó. Necesito encontrarla ahora.

—Lo siento. Pero ahora mismo, no puedo ayudarte con eso —se rehúsa, el inglés—. No te ofendas. Porque de antaño me diste una mano y yo también. Pero en estos momentos, es imperativo volver a Le Mans. Vine por mi madre y Emma. Necesitamos crear esa cura para el virus. Espero lo comprendas.

—Lo hago. Y no me negaré. Te ayudaré en eso. Aunque…—Zoé se toma la cabeza, liada—. Me demoraré un poco. Digamos que debo reconstruir mi castillo primero.

—Tomate tu tiempo. De igual forma, algo aportamos…

¿Qué cosas estoy diciendo? Ni si quiera puedo fingir estar preocupado por otras personas. Mi prioridad ahora es mi mujer y ese bebé que carga. Necesito volver a mis cávales. Aunque muchos no me entiendan. Regresaré a Le Mans. Y el que no quiera acompañarme, que se pudra en el intento.

—Mami —sisea Emma, mermada—. Tengo sueño. Hambre, sed y frio. ¿A dónde iremos ahora?

—A casa, hija —advierte Marinette, decidida—. Coge tus pocas cositas. Nos vamos ahora mismo.

—Pero mami —musita temerosa la menor—. Mi abuela…

—Lamento mucho que hayas tenido que pasar por esto, Emma —interviene Félix, jovial—. Toma. Te regalo esto.

—¿Su…rosario? —parpadea, estupefacta.

—Es una protección —manifiesta el inglés—. Te cuidará, de camino a casa.

—Primo —advierte Adrien, injuriado—. No te corresponde darle tales panegíricos a mi hija.

—No pretendía tal, primo. Solo estaba intentan-…

—Adrien —sentencia Dupain-Cheng, fulminándolo con la mirada—. Tú también vienes con nosotros. Coge lo poco que te queda y ensilla los caballos. Regresamos. Y por favor, no hagas escándalos de celoso estúpido delante de Emma.

—Perdona…—asume el Agreste, cabizbajo—. Ya entendí.

—Madre, quiero que vengas con nosotros —sentencia Félix.

—¿Qué cosas dices, cariño? —ríe Amelie, garbosa—. Yo no volveré a Le Mans. La última vez que estuve ahí…—se toca el abdomen, adolorida—. Me apuñalaron…

—No. Sin duda no me refiero a eso. Cuando digo que quiero que vengas con nosotros…—añade, entregándole en sus manos un fajo de billetes cuantiosos—. Hablo de que me esperes.

—¿Qué tienes en mente, niño? —pestañea absorta, la mujer—. Esto es mucho dinero. ¿De dónde lo sacaste?

—De ningún lado mal habido, madre. Créeme —profesa el rubio—. Me lo gané honradamente. Son casi todos mis ahorros. Pero quiero que los uses. Te dará el chance de hospedarte como corresponde, con lujo y comodidades en la provincia de Calais.

—¿El puerto? —advierte—. Félix, regresar a Inglaterra, es…

—No he mencionado nada de Inglaterra —revela, fastuoso—. Solo te pido que me aguardes ¿Sí? Ya te daré noticias.

—Yo quiero ir con ella —desembucha Gabriel.

—No. Imposible —niega tajantemente, el Duque—. No te acerques a mi madre. No pued-…

—Gracias, hijo —interrumpe abruptamente su progenitora, esbozando una sonrisa airosa—. Haré buen uso de este capital. Y en cuanto a Gabriel, deslígate de él. Yo me haré cargo.

—Pe-Pero…

—¡¿Ya nos vamos?! —prorrumpe Emma, sobre su jamelgo— ¡Muero de sueño!

—Vas a dormir en el camino, mi amor —Marinette la envuelve entre sus brazos, simulando ser una camita cómoda y cálida—. Tu tranquila. Andando.

—Con todo respeto, mi señora —sisea Luka, de manos vendadas—. Quisiera acompañar a sir Fathom de regreso a Le Mans. Ahora que soy un caballero, prestaré mis servicios en su nombre.

—Si, bueno. Puedes hacer lo que gustes. A cambio me quedaré con el escudero —Zoé le avienta un mazo Lahiffe en el proceso—. A trabajar, aldeano.

Que carácter, dios —añade Nino, malogrado—. Perdóname, Adrien. Pero…

—Tranquilo. Todo estará bien —expresa Adrien, empotrándose sobre su corcel—. Vendré por ti, si te necesito.

—Bien…

—Vamos, padre —exige el galeno—. Volvamos.

—No iré, hijo —sentencia Gabriel. Aunque no sin antes, entregándole de mano sus alegatos—. Aquí tienes la formula. Síguela al pie de la letra. Lo cierto es que no deseo retornar a Le Mans. No podría ver a Emilie ni a Nathalie a los ojos ¿Lo entiendes?

—Algo…—murmura el médico, turulato—. El problema es que, por ahora, eso será algo complicado. Kagami no perdonará tu ausencia tan fácilmente. Sin contar el hecho, de que su sentencia será irrefutable. Así que trata de no envalentonarte demasiado.

—Me mantendré oculto. De bajo perfil. Aguardando el dictamen de Tsurugi —acepta—. Buen viaje. Que el universo te acompañe —su padre lo despide, jocoso.

—Lo mismo para ti, padre…—desentona el rubio.

A pesar de estar a bastante distancia, mi madre continuaba despidiéndose de mí, desde lo alto de la colina. Agitando la manita de derecha a izquierda. Me duele dejarla otra vez. Es como una pesadilla de esas recurrentes, que no tiene fin. Nuestro tiempo juntos se me hace efímero. Insuficiente. Mi pecho se comprime de inevitable angustia, pavoroso por un mañana. Es demasiado incierto lo que nos depara. Más aún, que Chloé huyó de la provincia, prendiéndole fuego al castillo de paso. No voy a engañarme ni mentir sobre ello. El tema me preocupa demasiado. Es peligroso, que ande deambulando tan libremente. Y tan trastornada.

Lo único que le da algo de sosiego a mi alma, es la presencia de Gabriel. Ahora que mamá se ha quedado con mi tío, por lo menos me aseguro de que alguien la cuidará en mi ausencia. Si realmente la ama como dice hacerlo, estará dispuesto a dar su vida por ella de ser necesario. Era imperativo sentir la omnipresencia de un nuevo aire, colmándome de vigor. Y es chistoso que lo diga, siendo el; el varón más funado de todo el reino. Me parece que el altísimo anda de payaso hoy en día.

Durante el trayecto, permití que Luka y Adrien se encargaran de la recolección de ramas, alimento, arme y desarme de las tiendas. En lo que yo me concentraba fijamente en el cuidado y protección, de Marinette y su hija Emma. Tras pasar un par de noches durmiendo juntos, en algún momento llegué a la conclusión de que la presencia de aquella niña, apaciguaba la sed de ira de mi pareja. Algo así como un suero tranquilizador o un té relajante. Sumado a ello, la inquebrantable bondad paternal de mi primo; quien aminoraba el ambiente con una pueril sonrisa. Dupain-Cheng reía más de lo habitual, estando en "paz" con su ex esposo. Relajando el semblante y permitiéndole desenvolverse con garbosa actitud. Verlos a los tres. Así, rebosantes de goce. Sin dobles intenciones. Me ayudó. ¿Saben? Muchísimo. Sentí que había madurado a un nivel inmensurable. Se me hacía inconcebible percibir celos o malos augurios, de pensamientos nocivos. Me produce felicidad. Mi corazón navega en aguas dulces, reencontrándome con mi yo interno.

Ese que, en algún momento, dejé en el olvido producto de la guerra y esas criaturas. Volver a mi centro, era lo que me faltaba para cerrar un ciclo. Es…maravilloso.

—Nunca antes te vi sonreír así —murmura Luka, jovial. Y de paso, sentándose a su lado—. Es admirable lo mucho que has cambiado.

—No molestes —bufa el inglés, jugueteando con la madera quemada—. Yo siempre he sonreído de esta forma.

—Pues cuando te conocí, no lo hacías —sisea Couffaine, cerrando la tapa de un libro—. Solías ser un hombre muy inexpresivo. De mirada reservada y un tanto arisco. Por unos momentos, creí que había sido Marinette quien te cambió. Pero ahora me doy cuenta, que me equivoqué.

—¿En qué sentido? —consulta Fathom, curioso—. De cierta forma, no estas tan errado. El amor que siento por ella, sin duda me ha transformado en una mejor persona.

—Ese es el punto, Félix —examina el peliazul—. Es mi apreciación ¿Sabes? Puede que no estes de acuerdo con ella. Pero siento que…siempre fuiste así. Es solo que te habías dado cuenta.

—Así ¿Como?

—Un buen hombre —confiesa el soldado—. Preocupado, tierno, sensible, de sonrisas afables y cariñosas. Leer me ha hecho ampliar mi campo visual —levanta el texto.

—Sacaste esas conclusiones ¿Por leerte "la divina comedia"? —farfulle el rubio, arrebatándole el objeto de las manos—. Esto tiene que ser una broma.

—No, tontito —ríe el ojiazul, llevándose a la boca un trozo de higo seco—. Solo lo di de ejemplo. Me refiero a que, al ser un hombre más culto. Ahora puedo distinguir sentimientos y emociones con más profundidad. Tu no lo notaste, porque estabas muy emocionado en ese momento. Pero yo presencié el reencuentro con tu madre, junto con el resto —añade, en una mueca grácil—. Eras un niño pequeño, lloriqueando en brazos de quien le dio la vida. De la misma forma, en la que tú ves a Emma, en brazos de Marinette.

No lo…había pensado así…

—Por eso digo, que si bien el amor por la señorita Dupain-Cheng, te ayudó —sentencia el francés—. No lo hizo de tal forma, en la que te cambiara. Creo que te regresó a tu centro. A volver a ser, quien siempre fuiste. Mucho antes de que todo se fuera a la mierda.

—Cielos, Luka. Sin duda volverte caballero te hizo renacer de las cenizas —carcajea Graham de Vanily, dándole unas palmadas gentiles en la espalda—. Mírate ahora. No solo lees y escribes. Si no que también hablas bonito.

—¿Hablo bonito? —balbucea su compañero, ruborizado— ¿Y-yo te parezco alguien bonito?

—¿Ah? — ¿Y eso a que vino? —. O sea. No sé qué entiendes tú, por "bonito". Pero si te refieres a que te encuentro guapo. Pues sí, te ves más guapo ahora —esclarece el monje—. Si sigues por ese camino, será cuestión de tiempo para que una buena chiquilla se fije en ti.

—Ah. Pu-pues…yo…—Luka agacha la cabeza, abochornado—. N-no estoy tan seguro de si…me gusten realmente las chicas. ¿Sabes? Últimamente, tengo la mente en otras cosas…

—Lo sabía. Así que lo tuyo son los caballos entonces —se mofa el ojiverde—. Hasta que lo reconoces.

—¡Claro que no, tarado! —protesta Couffaine, empujándole hacia un costado—. Aunque ahora que mencionas eso de ser caballero. Me pregunto si no será una limitante para nuestra relación.

—¿Por qué dices eso? —reniega el anglicano, entre risas—. No seas paranoico. Nunca te he tratado como un simple herrero tampoco.

—¿Seguiremos siendo amigos?

—Lo somos. Tienes mi palabra de honor —le estrecha la mano, garboso—. Es más, puede que incluso considere el hecho de que vengas con nosotros.

—¿Ir con ustedes? ¿A dónde? —parpadea, atónito— ¿Te refieres a Cantabria?

—¡Claro! O a donde sea que nos lleve el viento —exhala Félix, sereno—. Me seria de mucha utilidad tus conocimientos y el arte de tu espada. Pretendo formar una familia con Marinette. Un buen compañero de batallas como tú, siempre es bienvenido.

—Pues para mí sería todo un honor, Félix —expresa Luka, con el rostro iluminado en prosperidad—. Con gusto le plantearé el tema a mi señora.

—No creo se niegue. Zoé ya tiene suficientes esclavos que la asistan en sus caprichos —esboza Graham de Vanily, bebiendo un sorbo de agua—. Lo que sí, ahora tendremos que mantener los ojos bien abiertos. La estúpida de Chloé anda en malos pasos. Todo indica que se volvió más loca de lo que estaba y ahora es parte de alguna secta pagana o algo así.

—¿Es verdad lo que dijo la señorita Bourgeois? —inquiere el hidalgo— ¿Qué el incendio lo provocó ella?

—Temo que lo sea, Luka —advierte el rubio, con el ceño fruncido—. Aunque si a mi me lo preguntas ¿Con que, finalidad? No tengo la menor puta idea. No tiene sentido que, a estas alturas, después de todo lo que ha pasado, desee tomar represalias. Su venganza está infundada. No cuenta con el apoyo de nadie —se encoge de hombros—. Ya nadie daría un duro por su causa.

—¿Estará trabajando para alguien más?

—Chloé no se ve, del tipo de chica que le guste recibir órdenes de otros —relata el británico—. Sin embargo, su nula capacidad para tomar decisiones coherentes. Sumado al narcisismo que se carga, la pueden haber llevado a caer engañada en las intenciones de otro.

—Comprendo. Entonces lo más lógico sería que la están usando.

—Sin que ella sepa que la usan, claro —expone—. A partir de hoy, no descartaremos a nadie. Podríamos no conocer a nuestro enemigo. O quizás, esté más cerca de lo que pensábamos.

—Una vez me dijiste, que nadie tenía enemigos realmente —desembucha Luka, lanzando un par de leños para alimentar el fuego—. Que nuestro único enemigo, era nuestra propia mente.

—Es verdad. Y me mantengo firme a lo que te dije —asiente, templado—. Ni si quiera puedo echarles la culpa a esas criaturas horrendas. Porque ni vivos están. Dudo mucho tengan un raciocino más grande que el de comer carne. Se mueven por inercia muscula, básicamente. A quien debemos tenerle cuidado y respeto, es a los involucrados detrás —se levanta, removiéndose el polvo de la sotana—. Es por eso, que estamos regresando a Le Mans. Para enfrentar a la única responsable de esto. Y hacernos con la cura.

—¿A dónde vas?

—A patrullar. Yo haré la primera guardia —sentencia—. En cuanto termine, tú me relevaras. Por el momento, cuida de mi familia.

—Con mi vida —se golpea el pecho, gallardo.

En realidad, ni si quiera me siento apto para culpar a mis tíos de esta miseria. Con todo el historial nutrido que los Agreste mantienen, mi único argumento válido para juzgar esta locura, es que están enfermos. Mal, de la cabeza. De igual forma que Chloé y Lila. Parte de mi entrenamiento como hombre de fe, es tener la capacidad de empatizar con el más descarriado. Una persona en su sano juicio, no hubiera llegado a estos extremos ni por asomo.

Es tal y como mencioné al inicio de mi travesía. No existen tales enemigos. Es la mente del ser humano, quien lo encarcela y los ciega. Al punto de no reconocer ya, el bien del mal. Si tuviera que atribuir impúdicos reproches, sería a esta guerra horrible. Y a quienes la iniciaron en un comienzo. No dimensiono que tan quebrada pudo haber estado mi tía como para esparcir ese virus. Creí que los Tsurugis o los Agreste, eran los villanos de la historia. Me equivoqué. El verdadero villano es…el dolor.

Mi pregunta ahora es una sola. ¿De qué forma se puede sanar, tal dolor? ¿Qué es lo que tiene que pasar para que, Emilie regrese a sus cávales y se cure? ¿Cuál es el resultado que espera obtener? ¿Cómo equilibrar la balanza? Para que sea perfecta. Me parece que tendré que volver a tener una plática larga y extendida con ella, antes de continuar comiéndome la cabeza en conclusiones infundadas.

Mierda. Entre tanto pensar y pensar, me salí del camino. Sin darme cuenta, me alejé demasiado. Ya pasé por esa hilera de árboles. Debo volver.

—Félix…

—¿Marinette? —Félix es abordado sorpresivamente por la muchacha, en medio de la oscuridad— ¿Qué haces aquí? ¿Qué pasó? ¿Todo bien con Emma?

—Relájate. Estas muy nervioso —murmura Dupain-Cheng, aproximándose con cautela—. Nada malo ha sucedido. La dejé durmiendo con su padre, en la tienda. Luka está de vigía.

—Discúlpame. Es que con todo lo que ha pasado…—exhala Fathom, aliviado—. Solo vine a caminar para distraerme un poco. Ya sabes, aclarar la mente.

—En realidad…vine a buscarte —susurra la fémina, posando sus manos contra su pecho—. Hace días ya, que te vengo echando de menos. Te extraño mucho…

—Ma-Marinette…—traga saliva, un tanto febril—. No hace falta que hables como si me hubiese ido. Sigo aquí, a tu lado.

—Lo sé. Pero es que como no me has tomado últimamente…—musita la peliazul, en un brioso carmesí—. Temí que ya no me amaras.

—¿Qué tonterías estás diciendo? Por supuesto que te amo, Marinette. Muchísimo —sentencia el inglés, tomando sus manitas con pujanza—. Ya lo hablamos ¿Recuerdas? T-tu…tu sabes que no podemos hacerlo. No mientr-…

—Es que ya no me aguanto, Félix —revela Marinette, dejando salir un jadeo caliente de entre sus labios—. Te necesito. Demasiado. Justo ahora. Necesito sentir tu aroma. Tus manos sobre mi cuerpo. Sentirte dentro de mi…—añade, empujándolo paulatinamente contra un árbol—. Es una tortura. Realmente, deseo besarte. Lamerte entero…con esa carita linda que tienes. Tu cuello…

Vamos. No voy a negar que escuchar tales palabras, dotadas de semejante lascivia, no me excitaron. Me prendí como un maldito volcán. Sabía perfectamente como reconocer las intenciones de mi chica, cuando se ponía en ese plan. Y si bien, jamás le costó ni un poco el lograr estimularme, no podía dejar de pensar en el virus. Lo mal que nos haría, volver a caer en lo mismo. Dios santo. Que pruebas tan grandes me pones en el camino. ¿Saben lo horrible que se siente, tener que rechazarla? Con las ganas que vengo acumulando hace semanas. Era el momento perfecto. Estábamos solos, alejados de todos. Amparados en el umbral de la oscuridad, el frio noctívago y los gimoteos febriles que me esparcía por el cuello. Me estremecí, de pies a cabeza. Mi pecho subía y bajaba, sofocado. Fatigado, de lujuria. Si tan solo no tuviéramos este "pequeño" problemilla. En un abrir y cerrar de ojos, la desnudaba ahí mismo y la hacía mía. Sin vergüenza alguna. Como un loco animal.

—Po-Por favor, Marinette…—sisea Félix, acalorado—. Solo espera a que lleguemos a Le Mans, y-…

—Ya estás muy duro —farfulló la mujer, acunando el bulto que se formaba en su entrepierna—. Permíteme…probarte

—¿Probarme…? —masculle, descalabrado— ¿Acaso, quieres…?

—Probarte…probarte —repite, exasperada—. Quiero…comerte entero.

Madre de cristo. Jamás la vi así, de fogosa. Esto es nuevo para mí. A duras penas, logro apretar sus hombros, dando una batalla campal que pierdo al instante. Su lengua recorre mi cuello, embetunándome en saliva. Ya ha llegado a mi oreja derecha. Succionando el lóbulo de esta. Se frota contra mi anatomía, vigorosa. Ya no…puedo más. No voy a resistir. No voy a…

Que hambre.

¿Qué ham-…? Un momento.

—¿Marin-…?

Un mordisco. Un jodido, puto y doloroso mordisco. MARINETTE ME ACABA DE DARA UN MALDITO TRASCÓN DE MIERDA, QUE CASI ME ARRANCA LA OREJA.

¡ARG! ¡NH! ¡MARINETTE! —Félix aúlla violentamente, empujándola hacia atrás con todas sus fuerzas— ¡¿Qué mierda crees que haces?!

La veo caer de cola al suelo, completamente fuera de sí. Horrorizado, me palpo la zona con los dedos y doy cuatro pasos hacia atrás. Mi mano chorrea a destajo. La observo de vuelta, estupefacto. Y me mira como si hubiese asesinado a alguien. Con los labios abrillantados en mi propia sangre. Ya no hay forma de que pueda negar lo que acaba de pasar. No puedo hacerlo. Sería engañarnos a ambos. Está claro, como el agua. Marinette…intentó comerme. Vivo. Literalmente, me dio una probada, como quien, degusta un trozo de carne.

Las copas de los árboles se remueven vehementes, frente a una ventisca amenazante. El silencio, nos envuelve a ambos. La escena, ha sentenciado nuestra relación. Y yo solo puedo sentir el pánico recorrer por mis venas. Mi sistema nervioso, está a tope. No sé qué decir o que hacer. Tras un par de tortuosos minutos, Marinette levanta la mirada. Su semblante es mortuorio. Lo más similar, a un cadáver. Se toma el rostro, entre lágrimas.

—¿Que he hecho…?

Me dice. No me siento apto para responderle. Es una pregunta que se disuelve en el aire, de lo etéreo. Porque ni yo sé, que hizo. De entre los arbustos, la silueta de Luka rebrota para almidonar el ambiente. No tiene contexto de nada, sin embargo, ya se ha hecho una idea semejante a lo que pasó. Es cosa de sumar dos más dos. Sin muchos miramientos, amenaza con tomar el pomo de su espada y desenvainarla. No obstante, y contra todo pronóstico, es Marinette quien; arrodillada, estira las muñecas. Dispuesta a ser apresada como en el pasado, lo fue.

Es hora, de volver a la cruda e infame realidad.

[…]

—¿Qué tan mal se ve? —pregunta Félix— ¡Ouch! ¡Hey! ¡Ten más cuidado, idiota!

—Dis-Disculpame…—balbucea Adrien, limpiando la zona con gaza y alcohol—. Es que estás muy inquieto y no dejas de temblar…

—¿Qué dices? —retoza Fathom, atrapando la mano de su compañero—. Eres tú, el que no ha parado de tiritar. ¿Así es como tratas a tus pacientes? Que poco profesional, primo.

¿Pero que mierda le pasa? —el joven Agreste hace una pausa, pasmado— ¿Por qué me hablas así? ¿Cómo puedes estar tan tranquilo después de lo que pasó? ¿Acaso no dimensionas la gravedad de los hechos?

—¿Te parece que esté tranquilo, imbécil? —Graham de Vanily lo fulmina con la mirada, inflamada y humedecida en dolor—. Tsk…carajo. Será mejor que te des prisa con eso. No pretendo perder la oreja.

Nunca antes lo vi tan estoico. Por unos segundos, creí que se largaría a llorar. Lo cierto es…que está luchando para no hacerlo delante de mí —el galeno traga saliva, compungido. Coge hilo y aguja—. Descuida, no vas a perderla. Aunque…te sacó un pedazo, con una buena sutura y tiempo, sanará bien.

—Menos mal que no fue en la cara —exhala el inglés, empinándose una botella de vino en el proceso—. Es la única porquería atractiva que tengo.

—No digas estupideces —declara el francés—. Tu eres un hombre muy guapo. No solo por tu rostro. Pero lo cierto es que pudo haber sido peor.

—En eso te doy la razón —farfulle el británico, intentando bajarle el perfil al asunto— ¿Te imaginas me arrancaba el pito? Que el altísimo no lo permita. ¿Luego que hago yo, sin pito?

—Félix —exhala su compañero, liado—. No puede ser posible que te importe más tu verga que tu vida.

—No es que me importe más. Pero vamos, tampoco pretendo quedar como un muñeco de greda —bufa, tomando otro sorbo.

—Es chistoso que hagas bromas como esas, siendo un monje anglicano.

—Ya no menciones eso. No es algo de lo que esté orgulloso —revela el Duque, malogrado—. En cuanto nazca mi bebé, me lo quitaré. No sirvo para esto. Además, le hice una promesa a mi madre.

—Qué bueno que te des cuenta al fin —añade Adrien, cubriendo la zona con un apósito de algodón—. Ya estás. Como nuevo.

—Me arde mucho —inquiere Fathom, palpando la zona con morriña—. Recétame algo para el malestar.

—Solo puedo recomendarte antisépticos —determina el doctor, con melancolía—. La mordedura de un humano promedio, transmite alrededor de 340 bacterias bucales. Sin embargo, la de un-…

—No te desgastes en explicarme. De igual forma yo ya estaba infectado desde antes —se levanta del pasto, dando otro sorbo extenso de la botella—. De momento, solo me interesa no quedar sordo. Ah. Y…otro tema en particular —le advierte, furibundo—. Ni una puta palabra de esto a Emma. Ni a nadie. Solo tu y Luka lo saben ahora. Guarda silencio.

—Y Marinette, claro —adiciona, guardando sus instrumentos.

—Es ridículo pensar que Marinette dirá algo al respecto —declara Fathom, desviando la mirada—. Es más…puede que quizás ya ni si quiera nos dirija la palabra. Nunca más…

—No hay que caer en melodramas ¿Quieres? —expresa jovial, el doctor—. Estamos a solo un día a caballo de Le Mans. En cuanto tenga la cura y se la suministre, todo volverá a ser como antes.

—Dios te oiga y el diablo se haga el sordo —cita el inglés—. Me voy a dormir. Nos vemos luego.

—¡Félix! ¡Espera! —lo ataja del antebrazo, preocupado—. Marinette fue atada de manos y pies. A petición propia. ¿No te gustaría poder hablar de esto con ella?

—No hay nada que decir, Adrien —aclara el religioso—. Marinette es una buena mujer. Lo mejor será que tanto tu como yo, olvidemos este percance. Suficiente tiene con cargar con esa mierda en el cuerpo. Seguir echándole culpas al hombro, la va a martirizar. Solo asegúrate, de mantenerla alejada de Emma hasta que hagas el suero —demanda—. Protege a la niña.

—Lo haré. Pero…está algo difícil ¿Sabes? —el Agreste se rasca la nuca, enmarañado— ¿Cómo le explico a mi hija que no puede ver a su madre?

—No lo sé. Ya te las ingeniarás. Eres experto —se va—. Buenas noches. Y gracias.

—…

No. Ciertamente él tiene razón. Por supuesto que es difícil. Emma y Marinette han pasado por tantas penurias, que separarlas de nuevo, es la aberración más grande que existe. Pero, Marinette tenía razón. Siempre la tuvo. Consciente de que era peligrosa para el bienestar de su hija, se auto exilio a Paris en un comienzo. Fui yo el ingenuo que creyó, poder salvarla de un fatal destino. El que al final del día, me cayó a mí. A pesar de todo, estoy aliviado ¿Saben? Me da satisfacción, que haya podido ser yo, la víctima. Fue algo que asumí hidalgamente desde que nos volvimos a ver. Si para saciar la sed infinita de esa mujer, tengo que morir yo…

Con gusto lo haré. Es el camino que el altísimo me ha hecho recorrer. Indulgentemente, lo voy a transitar. Hasta que finalmente, mi destino se revele. Dije que iría a dormir. Sin embargo, no pegué pestaña en toda la noche. ¿Quién coño podría conciliar el sueño, luego de algo tan tétrico como esto? Me duele un chorro la oreja derecha. No hay momento, en que su lacerante palpitar no me acometa. Me bebí toda una botella de vino para pasar el malestar. Buscaba adormecer mis sentidos. No escudriñar embriagarme para olvidar. Solo apaciguar.

Y fue en estado etílico, que llegué a Le Mans esa tarde. Mi primo se las había ingeniado para inventarle a Emma un relato ridículo, que excusara la presencia de Marinette. El por qué, ahora cabalgaba sola y más atrás de todos. Le dijo.

—Comió un par de hongos venenosos anoche y anda mal del estómago. Le he recetado un medicamento que la hace expulsar la toxina; en vómitos intermitentes. Son involuntarios. Es por eso que lo mejor será, que cabalgues conmigo, cariño.

—Comprendo —responde Emma, suspicaz. Y no del todo convencida de su relato— ¿Tío Félix también comió lo mismo?

—N-no…para nada —tartamudea Adrien, nervudo— ¿Por qué lo dices?

—Es que no se ha quitado la capucha de la cabeza en todo el camino —lo observa más atrás.

Lo hace para cubrirse la oreja —el joven médico, carraspea en respuesta. Recula y reformula—. Solo está pasando por un severo cuadro de otitis. Ha corrido mucho viento fresco y se le inflamaron los tímpanos. Se le pasará en casa. Descuida, mi amor. Tu padre lo solucionará. Para eso soy doctor.

—¡El mejor, sin duda! —Emma lo abraza briosa— ¡Ah! ¡Ya puedo ver el castillo desde aquí! —apunta, hacia el bajo— ¡Ya llegamos!

—¡Si! ¡Llegamos, al fin! —carcajea su progenitor, fingiendo entusiasmo.

Ah. Que fastidio. Había olvidado que tendría que verle la cara a mi tía de nuevo. Y también, soportar las inclemencias del mal carácter de Tsurugi. Solo espero que no nos cuelgue de los huevos en cuanto nos vea. Mas que mal, Adrien liberó a Gabriel en contra de las ordenes de Kagami. Me persigno. Ruego a los cielos, que al menos haya modificado un poquito su actitud, estas cuatro semanas.

Castelo de la familia Agreste. 18:54PM.

—¿Hola…? —consulta Adrien, extrañado de no ver un alma en pena, por la entrada— ¿Hay alguien aquí? —. ¿En dónde están todos? — ¿Kagami?

—Que falta de respeto, no venir a recibirnos —exclama Luka. Ejerciendo con autoridad, su nuevo título, dice— ¿Qué clase de ofensa es esta? Mi señora Zoé, jamás lo permitiría.

—Bájate del unicornio, Luka —bufa Félix, dándole un codazo inofensivo—. Ni que fueras el rey de Francia.

—Estamos a su servicio, Félix —protesta Couffaine—. Es de caballeros que nos reciban con distinción. Ya me leí todo el estatuto del noble "señor". Es un texto fascinante, por lo demás.

Ojalá toda Francia pudiera tener una comprensión lectora, como el —Graham de Vanily le regala una palmada en la nuca—. Vale. Tienes razón. No digo que sea malo. Pero conociendo a Kagami, puede que haya salido a hacer alguna cosa importante —se gira a su primo— ¿Le avisaste que veníamos?

—Claro. Le escribí —señala el galo, sobándose el mentón—. Hasta me contestó y todo. Dijo que estaría esperándome. Pero este lugar…está vacío.

—De acuerdo. Por el momento, tomaremos maletas y escogeremos nuestras habitaciones de invitados. Conozco esta casona —impone el británico, bajando de su caballo a una silenciosa Marinette—. Ven conmigo. Te llevaré a tu cuarto —la fémina asiente. Mas no emite palabra alguna—. Luka. Ayuda a Emma a acomodarse en sus aposentos. Adrien, tu encárgate de lo demás. Eres el dueño de casa. Averigua que pasa.

Que chistoso. Me dice que soy el dueño de casa, pero acaba de organizar todo sin consultarme —asiente obedientemente, esbozando una mueca optimista—. ¡Guardia!

—Diga, joven Agreste —se presenta frente a él, un miembro de las huestes.

—¿Mi esposa en dónde está? —consulta, sin aspavientos.

—En el burdel del poblado, señor —revela.

—¡Ah! ¡En el burdel! ¡Jajaja! ¡Ya veo! —consciente, natural—. No. Espérense. ¿Qué dijo? Un momento —despabila— ¿Qué? ¿Co-Como que…en un burdel?

—Es…lo que dije, señor —repite, nervudo.

—Un segundo —retoza el rubio, completamente fuera de si—. Eso no tiene sentido. ¿Por qué alguien casado, iría a un burdel?

—N-no lo sé, señor —sisea el varón, intimidado—. ¿Supongo que para caer en el pecado de la carne y el adulterio? — ¿Para qué otra cosa más sirve? Dah…

—¿Qué estás…? —Agreste lo cachetea, zarandeándolo— ¡Ya sé para qué sirven, tarado! ¡No me hagas quedar como imbécil! ¡¿Quieres que te ejecute?!

—¡Le pido disculpas, mi señor! —se entiesa— ¡No sé qué dije! ¡Hablé, por hablar! ¡Por favor no me mate!

—Tch…—lo suelta, enajenado—. Por la mierda. ¿Qué chucha pasa, Kagami? —regresa por la puerta—. Ensilla mi caballo. Voy a salir.

—¿También desea ir al burdel, mi señor? —consulta, confundido.

—¡VOY A IR POR MI MUJER! —vocifera, colérico— ¡QUE ENSILLES MI MALDITO CABALLO, CABRÓN!

—¡Voy de cabeza! —corre.

Poblado de Le Mans. Centro de eventos "La mademoiselle". 19:20PM.

—La calidad de este lugar, es paupérrima —sentencia Kagami, ofendida—. No puedo creer que esta sea la clase de nivel que ustedes manejan aquí. Ponme las botas, campesina —demanda, sentándose sobre un amplio sofá.

—¡Le pido nos disculpe, mi señora! —se exculpa la matrona— ¡María! Ve y viste a la dama.

—A la orden —merma una de las trabajadoras, arrodillándose para acomodar sus prendas—. Por favor, póngame el pie en el regazo.

—Esto va a cambiar ¿Me oyen? —sentencia con autoridad, la japonesa. Toma un sorbo de vino—. Hasta el alcohol aquí, es de pésima calaña. Muy barato. ¿Así es como pretenden mantener felices a los soldados? —las fulmina a todas, con la mirada—. Dan pena ajena.

—Con todo respeto, Tsurugi-san —explica la meretriz, desazonada—. Nuestra profesión, por muy antigua que sea no es bien vista para el reino. La población nos discrimina y hemos pasado por momentos muy humillantes durante años —relata—. Lo cual nos parece una hipocresía. Porque son los mismos que nos juzgan, quienes pagan por nuestros servicios. ¿Si me entiende?

—Llevo un tiempo estudiando a los fantuches —sisea la nipona, de manera despectiva—. Ustedes no tienen de que preocuparse ya. Ahora la que manda aquí, soy yo. Les devolveré la gloria que merecen. Y haré de estas tierras, un lugar prospero para trabajar en lo que gusten. ¡Pero! —insinúa, una cosa—. Nada de arcaicas y antiguas costumbres. Puede que yo no haya nacido en estas tierras. Sin embargo, en mi nación, sabemos muy bien como agasajar y complacer con elegancia y honor a los que buscan el calor mundano. Si no me llevan la contra y aceptan mi ayuda —se levanta, gallarda—. Voy a financiar esta casa. Inyectaré dinero, para educarlas y enseñarles los buenos artes de la seducción. Me he fijado un objetivo, señoritas. Mi esposo, es un hombre insigne. Todo lo que haga, será en su nombre. Respétenlo. Y les prometo la gloria en ganancias cuantiosas.

—¡Es usted un dios en persona, Tsurugi-san! —la dueña se inclina hacia ella, seguida de varias otras muchachas a medio vestir— ¡Acataremos lo que usted nos demande!

—Los señores Agreste llevan un siglo cuidando estas tierras —murmura una muchacha, timorata—. Pero desde que Emilie llegó al poder, no hemos podido si no solo sentir culpa del pecado. Es muy religiosa…

—Emilie ya no está —se encoge de hombros, cogiendo su katana—. Se jubiló. Y muy pronto ser irá de vacaciones al cielo. Vayan haciéndose a la idea. Las voy visitar una vez por semana. Quiero que lean esto que les traje —demanda, arrojándoles un pergamino—. Está en japones. No se los pienso traducir. Aprendan el idioma —camina hacia la salida—. Por cierto, sus vestidos están ajados y son de mala calidad. Encargaré telas y seda de oriente para ustedes. Boten ese vino. Desde ahora, en esta casa se servirá solo whisky, sake y cerveza. Nada más. ¿Me escucharon?

—¡Si, mi señora! —responden unánime.

—Bien —abre la puerta—. Por cierto. Una cosa más.

—¿Dígame?

—Esa mujer —enjuicia Kagami, apuntando hacia una esquina—. La de cabello zanahoria. ¿Cómo se llama?

—Sabrina, señora…—revela la dueña.

—Sabrina —sisea la nipona, bosquejando una mueca febril—. Tiene excelentes dedos y una lengua bastante incisiva a la hora de emitir juicios. La quiero para mí. Solo, para . Resérvenla y mándenla al castillo cuando yo lo decida.

—Como usted ordene, mi señora —acata la administradora.

—De acuerdo. Me retiro. Si me-…

La portilla se azota de par en par contra la pared. No es una forma muy amable, de abrir una puerta. ¿Quién osa a enajenar de tal manera, la madera? Kagami da un paso hacia atrás, dispuesta a combatir al intruso. Pero en cuanto reconoce aquella cabellera amarilla como el sol, flaquea. Le ha robado el aliento. Pues no esperaba para nada aquel entremetido hombre, merodeara su camino.

—¿Adrien…?

—Kagami —muge Adrien, vejado— ¿Qué mierda hace en esta casa de remolienda?

Silencio sepulcral en el ambiente. Las mujeres se miran entre sí, difamadas. Kagami, ofendida, se escuda en un inventado ultraje que no le corresponde. Pero que, de igual forma, representa parte de su naturaleza. Lo increpa, con la arrogancia que le acaece.

—Le ruego cuide su vocabulario —reprocha—. Estamos en presencia ajena.

El aire se vuelve denso de respirar. De un segundo a otro, la tensión no solo se traspasa entre las mujeres. Si no que recae en miradas hurañas en contra del varón. El hombre, que ha interrumpido un provechoso negocio, avergonzando a la casa misma. Infamado y algo agraviado, Adrien relaja el semblante. Solo porque mil miradas inquisidoras lo acuchillaron. Le da un espacio, para hacer abandono del lugar.

—Le traje su caballo, Kagami —sisea el rubio—. Es hora de volver a casa.

—¿Me está dando órdenes? —lo enfrenta.

—No. Nada de eso. Pero es hora de ir a casa. Tenemos invitados —solicita—. Acompáñeme. Por favor.

—Gracias. Que amable de su parte —finge demencia, empotrándose sobre su corcel—. En la casa hablaremos. ¡Arrhe! —talonea al jamelgo.

[…]

—¿Profesa gusto por las mujeres, Kagami? —consulta Adrien, molesto.

Castelo de los Agreste. Habitación matrimonial. 21:14PM.

—No. Para nada —declara Tsurugi, detrás de un biombo de madera. Se cambiaba de ropas—. Me gustan las personas. No caigo en tales enjuiciamientos. En realidad, me da igual todo.

Adrien Agreste se desplaza por el cuarto, cual león enjaulado. Tiene tantas cosas que decir, que emitir, que enjuiciar, que soslayar. Pero evita conflictos innecesarios y afrentado, pesquisa iracundamente las palabras más humildes para expresarse. Aunque no logre transmitir de lleno, que se profesa celoso y muy ultrajado.

—Me ha faltado el respeto.

—¿De qué forma lo he hecho? —consulta Tsurugi, vistiendo una Yukata elegante—. Solo he ejercido mi potestad como esposa, en su ausencia. No solo recorrí los campos de ganado y trigo. También fui a las barracas militares y sin duda, a los burdeles. En este último, yo deb-…

—No puede visitar esa clase de residencias sin mi —dictamina— ¿Lo entiende?

—¿Está celoso? —comenta la nipona, sugerente.

—Y qué ¿Si lo estoy? —no se aniña al admitirlo.

—¿Por qué lo estaría? —sisea Kagami, acorralándolo contra la cama. Con ambas manos sobre su pecho, declara—. Soy su esposa. No debe temer de sus habilidades.

—No temo de mis aptitudes como marido ¿Ok? —Adrien la rechaza tajantemente, apartándola a regañadientes—. Mis celos son más complejos que eso. Lo que no me gusta es que otros la vean como un objeto sexual. Algo, que no es para mí.

—¿No lo soy? —juguetea— ¿Nunca?

—Por favor, no juegue así —reclama el ojiverde, ruborizado—. Sabe muy bien a lo que me refiero. Si hablamos de intimidad, es natural que la sexualice tanto como usted a mí. Hablo de otros indoles.

—Entienda que solo cumplía con mi deber —exhala, frustrada.

—Entonces ¿No se acostó con una de esas meretrices? —refuta— ¿En mi ausencia?

—No voy a mentirle en la cara…—señala—. Tácheme de lo que guste. Pero mentirosa no soy.

—Me parece irrisorio que crea que ser "sincera" pueda exculparla de su adulterio —berrea, ofuscado— ¡No puede hacer eso! ¡Yo no-…!

—¿Qué adulterio, Agreste? —lo increpa, nuevamente acorralándolo contra la pared—. Solo estaba ansiosa por verlo. ¿Acaso olvida como me dejó antes de partir? Usted liberó a Gabriel, contra mi voluntad y órdenes.

—¿Entonces es eso? ¿Se quería vengar?

—Jamás —lo aparta, enajenada—. Yo no juego así con mi sexualidad. Solo con la de otros.

—No con la mía, sin duda —sentencia el médico.

—¿Qué dice?

—Se terminó —veredicta laudo, el Agreste—. No me va a volver a tocar.

—¿Cómo? —lo fulmina con la mirada.

—Lo que escuchó —dictamina el francés—. No lo hará. Hasta que expíe su infidelidad. Se acabó esta conversación.

—¡Espere! ¡Adri-…! —se fue—. Puta mierda. ¿En qué momento se mostró tan injuriado? Si no es…—despabila, briosa—. Vale. ¿A quién quiero engañar? Yo lo elegí como marido. Quisiera…que me amara como soy. ¿Pero cómo hacerle entender este fuego que hay en mi…?

[…]

"Azúcar, flores, y muchos colores". No. Esperen. No iba así la formula. Lo cierto es que llevo días con mi primo encerrado en este oscuro laboratorio. Se supone que nos falta la receta "X" ¿No? Sin embargo, no existe para nosotros. Mi primo consiguió finalmente extirpar la sangre de Kagami. La diluyó, con la sangre de Emma. Hemos construido todo un modelo sapiente de nuevas metodologías y ninguna parece tener resultado. Han pasado tres días. Y no siento que hayamos avanzado mucho. De pronto me dice.

—Necesito nuevos sujetos de prueba. Experimentales. Tráeme a uno de esos no vivos.

¿Saben lo que eso significa? En efecto. Tuve que irme de pelea en contra de cualquier zombi que me topara en el camino. Por supuesto no vine solo. Luka me acompañó. Y es que capturar viva a una de esas cosas, era una proeza maratónica. Yo aún seguía medio sordo de mi oreja derecha. Desprovisto por la mitad de mi capacidad auditiva, aun así, le cubrí las espaldas. Al cabo de varios días, nos hicimos con un par de muertos vivientes. Mi primo inyecto mil jeringas en esos seres. Ninguno de ellos, sobrevivió. Estaba en nuestro poder la cura al mal. Y, aun así, no lo hallábamos. ¿Qué clase de juego infame nos montan?

—¡Esto no tiene ningún puto sentido! —vociferó Adrien, golpeando al escritorio con rabia— ¿Por qué? ¿Por qué no está resultando? He seguido al pie de la letra las instrucciones de mi padre. El dejó todo escrito aquí —masculle, repasando una y otra vez los documentos en desorden—. Todos los sujetos han muerto. ¿Qué es lo que me falta? ¿Acaso me estoy saltando algo por alto? No comprendo. La sangre de Kagami debería ser suficiente.

—Primo…—murmura Félix, desorientado—. Discúlpame. Tu sabes que no se muy bien de estos temas científicos. Por lo demás, es conocimiento sumamente avanzado para la época. ¿Tal vez deberíamos recurrir a alguien más?

—¿A quién? ¿Quién mas que yo, podría saber de esto?

—Bueno, no lo sé. Pero tiene que haber alguien ahí afuera que pueda aportarnos al asunto —Fathom se soba la nuca, liado— ¿Sabes? No creí que diría esto. Sin embargo…tal vez, Lila sepa de-…

—Ni lo sueñes —el Agreste se toma la cabeza, en negativa—. No recurriré a esa mujer infame a que me ayude con esto. Es capaz de crear un virus incluso más letal y matarnos a todos en el proceso.

—No. No digo que ella venga al laboratorio a ayudarnos —aclara el inglés—. Me refería a que como ella es boticaria y conocida en la provincia, ya sabes. Tiene contactos. Puede tener algún dato importante.

—Tsk. Lo ultimo que quiero es verle la cara —se sienta, frustrado—. Me niego a preguntarle algo.

—Puedo hacerlo yo, si gustas —explica el monje—. Si es por una causa noble y común, no caeré en inmodestias pueriles.

—¿Qué te hace pensar, que nos daría una mano? —protesta el francés—. Bueno…la única que le va quedando, por lo demás.

—Puedo intentar convencerla. Llegar a un trato con ella.

—No haré mas tratos, con Rossi —le reprocha—. Está fuera de discusión. Lo único que lograría es sacar ventaja y beneficios de esto. De seguro te exigirá a cambio que la liberes. Y es algo…que no puedo hacer. Kagami fue clara en ello.

—¿Desde cuando te preocupa tanto lo que piense Kagami? —expresa su primo, suspicaz—. Si hace un par de semanas atrás, desobedeciste sus ordenes al liberar a mi tío.

—Si. Lo hice. Y ya ves lo que pasó al respecto —revela el conde, desviando la mirada con desazón—. Mi relación con ella ahora mismo está un tanto…tirante.

—¿En verdad esperas a que te crea eso? —sugiere el Duque, garboso—. Si Kagami se hubiera molestado por ello, ya hubiera tomado otra clase de medidas. ¿Qué está pasando realmente entre ustedes dos? Se sincero. Sabes que puedes confiar en mí.

—Es…complicado, primo —balbucea el galeno, compungido—. Digamos que son problemas mas bien "maritales". Íntimos ¿Sí? No quiero hablar de ello.

—Lo siento, Adrien. Pero este no es el momento más idóneo para que te pelees con tu esposa —retoza Félix—. Será mejor que dejes de lado tu orgullo y te evoques en lo que realmente importa. Marinette sigue enclaustrada en su habitación, manifestando arranques de ira un tanto violentos. Y esta cosa ha comenzado a expandirse por mi cuerpo, también.

—¿Tienes…marcas?

—Las tengo —Graham de Vanily desliza su túnica hacia un costado, revelando parte de su hombro izquierdo. Las imágenes, son contundentes—. Y quiero que sepas, que no pretendo acabar encerrado como ella. Me necesitan juicioso.

—Mierda —esboza el médico, hilvanando una mueca torcida en los labios—. Pero ten muy en cuenta, que no haré tratos con ella. Nada que tenga que ver, con ser liberada. Lila pagará por sus acciones, le guste o no.

—Bien. Me encargaré de buscar otro método —acata el británico—. Por cierto, mi tía ha pedido verte. Se queja de que la has dejado abandonada. ¿Cuándo irás a verla?

—No creo que pronto —enjuicia el ojiverde, rehuyendo de su visual—. Te pido no intervengas en ello. Es mi decisión.

—Solo te recuerdo, que sigue siendo tu madre.

—¿Eso que tiene que ver? —rebate—. Madre o no, es una persona cruel. Nada quita el daño que me ha hecho.

—Te desconozco, primo—le contradice, su familiar. Aunque sin animosidad de discutir. Regresa por la puerta—. Solías decir que no importaba si el mundo se volvía malo. Tu jamás te dejarías seducir por la oscuridad. Piensa bien en el asunto, antes de seguir actuando con la mente tan hervida.

—Félix…—le intercepta el conde, con actitud vapuleada— ¿Tu en verdad crees que mi madre tenga salvación alguna?

—Si me lo preguntas como civil, te diría que no. No la tiene —murmura, templado—. Pero en mi calidad de hombre de fe, diría que sí. Aun puede. Bien dicen las enseñanzas bíblicas que "del arrepentido es el reino de los cielos".

—Ese es el punto —señala el Agreste, apocado—. Mi madre no se arrepiente de nada. Por el contrario. Pareciera que incluso se jacta de sus fechorías.

—Emilie es una mujer descarriada, Adrien. Está enferma —propone Fathom—. Necesita ser orientada. Cuidada, para ser sanada. Dejarla a su suerte no sería piadoso. Es todo lo que diré. Con permiso —se retira.

Una mujer descarriada…—exhala Adrien, victima de sus propios agrios pensamientos. Se cuestiona a regañadientes, la situación—. Vale, pero ¿Eso que significa realmente? ¿Qué estoy obligado a perdonar a todo aquel que me ofende? Eso no es justo. No lo es ¿Verdad…?

Calabozos. 16:10PM.

—Tsurugi-san solo ha permitido que hables con las reclusas por diez minutos —reverbera el soldado—. Será mejor que te des prisa.

—Gracias —Félix ingresa al cuarto, observando como es dejado a solas con ambas prisioneras. Emilie le sonríe de vuelta— ¿Contenta de mi visita, tía? ¿Me extrañaste?

—En realidad me causa gracia que seas tú, el único que se aparezca por aquí —bosqueja la mayor, con altivez—. Ni si quiera mi propio hijo se digna a tal proeza. Pero no lo culpo. Me debe de odiar en estos momentos.

—Para ser quien lo pariste, lo conoces bien poco —argumenta Fathom, arrastrando una silla para sentarse frente a ambas—. Adrien sería incapaz de odiarte. No olvida que sigues siendo su madre.

—¿Es por eso que no me visita? —bufa.

—Exacto. Es por eso mismo, que no lo hace —sentencia sereno, el inglés—. Está tan consciente de tu importancia en su vida, que el dolor causado le provoca contradicciones. Sentimientos encontrados. Sin duda se muere de ganas por comparecer. Dale tiempo. Terminará cediendo, tarde o temprano.

—¿A qué has venido? —masculle Emilie, cabizbaja—. No tengo ganas de verte la cara.

—No vine por ti. Necesito hablar con la boticaria asesina.

—¿Conmigo? —Lila se alza del suelo, arrodillándose a su altura— ¿Qué sucede? ¿Acaso Kagami se arrepintió de mis cargos? ¿Piensa liberarme?

—Estas paredes, sin duda son dignas de una cárcel infrahumana —narra Graham de Vanily, examinando el lugar—. Pero no lo suficientes como para encerrar la imaginación que te cargas. No es ni lo uno ni lo otro. He venido porque requiero algo de ti. Y en cuanto me lo des, me iré.

—Ah…conque es eso —ríe la morena, briosa—. Pierdes tu tiempo entonces, monje. No te daré nada.

—Solo es información —sisea.

—La información vale oro, últimamente —protesta.

—No mas que tu cabeza, yo creo —ríe el varón, con soberbia—. Hasta el momento has sabido aprovechar muy bien, tus conocimientos. Te han salvado el pellejo en incontables ocasiones. Sin embargo, tu suerte ya está echada, Lila. Kagami no ha declinado en sus preceptos. Te va a matar. Que no te quepa duda alguna —dictamina—. No obstante, puede que quizás…logres "aplazar" tal destino. A cambio de una pequeña, modesta información.

—¿Qué insinúas? —Rossi traga saliva, atemorizada—. Se claro.

—Tengo una proposición para ti. Es módica, pero honesta —manifiesta el rubio, de voz imperturbable—. Como bien ya debes de saber, Kagami pretende exiliar a mis tíos. Lejos, de estas tierras. Un pacto de honradez que juró con mi primo, al momento de casarse. Que es avalado por Zoé. Con quien, firmó un documento digno de abolengo —cuenta—. Si me das lo que busco, me aseguraré de que te incluya en tales planes.

—¿Realmente propones convencerla, de tal estupidez? —farfulle la boticaria, desconfiada—. Tonta no soy, Félix. No tienes el poder para interceder.

—Yo no lo tengo. Mi primo sí. Actualmente es amo y señor de todo lo que ves —menciona—. Kagami no es tan obtusa, si se trata de su matrimonio. Accederá, si se lo pide. Prueba de ello, es el hecho de que Adrien liberó a Gabriel contra su voluntad. Y no tomó represalias al respecto. ¿Qué más dudas tienes?

—Gnh…mh…—la muchacha aprieta los labios.

—Es un trato justo. Es lo único que tienes. Aspirar a más, es absurdo. Así que —Graham de Vanily se palmotea los muslos, resuelto— ¿Qué dices? ¿Me ayudas?

—¿Qué clase de información es la que buscas? —consulta la ojiverde, recelosa.

—Actualmente con mi primo estamos enfocados en encontrar una cura a este mal. Tenemos todos los ingredientes necesarios y llevamos días enteros, experimentando en ella. Lamentablemente, no hemos tenido resultados fructíferos —relata Félix—. Sentimos que algo nos falta. Tu, como boticaria y con una amplia red de contactos, de seguro conoces a alguien más ahí afuera que pueda aportar conocimientos. Dudo mucho que solo Adrien se haya dedicado a conseguir erradicar el virus.

—En efecto. Sería muy soberbio de su parte creer que es el único en el reino, luchando contra esas cosas —desentona Lila, cimbreante—. Conozco un par de personas que también lo hicieron. Aunque déjame decirte, que no son gente de los trigos muy limpios. Tu mejor que nadie sabe que la iglesia prohíbe las practicas nigromantes. Es mas —advierte—. Los galenos como tu primo, viven ocultos en la clandestinidad por miedo a la inquisición.

—No esperaba menos de ti —Fathom se encoge de hombros—. Estoy consciente de que te mueves en ese mundo. Por eso vine hasta acá. No me importa si se trata de un excomulgado, un hechicero pagano o un pirata. Lo necesitamos.

—Bien. Te daré lo que pides —consciente la muchacha, derrotada—. Anótalo bien, porque no te lo repetiré dos veces.

—Soy todo oídos —saca pluma y papel.

—No creo —bufa— ¿Qué le pasó a tu oreja?

—Se estresó y decidió tomarse un descanso. Ignora eso —carraspea, sutilmente abochornado—. Dime. ¿De quien hablamos?

De seguro Dupain-Cheng lo mordió. Este tipo es mas estúpido de lo que piensa, si cree que no sé lo que pasa ahí afuera —sentencia—. No es francés. Es extranjero. Ilegal, por lo demás. Su nombre es Wang Fu. Se dedica a comerciar especias al este de las montañas del poblado. Encontrarás su cabaña a unos 4 kilómetros de aquí. Pasado la herrería de "Louis", en dirección norte. Reconocerás la casucha. Te aviso desde ya, que es un viejo ermitaño de muy mal carácter —agrega—. No le gustan los ingleses.

—Meh. ¿Por qué no me sorprende? —chista el ojiverde, divertido—. La mayoría aquí nos odia.

—Y con justa razón. Joder, que pesados que son ustedes —le saca la lengua.

—Me aseguras de que si lo visito. ¿El tendrá algo que aportar en esto?

—De que tiene cosas que aportar, las tiene. Es un anciano muy excéntrico. Practica cosas milenarias de otros reinos. Solía comprarle trozos cercenados de esas cosas a mi padre. Lo último que supe de él, fue que capturó vivas a una de esas bestias —franquea la herbolaria—. Aunque no sé con que finalidad y desconozco si llegó a algo.

—Vale. Lo pillo —el Duque repasa sus anotaciones—. Chino octogenario de dudosa reputación que compra cadáveres para rituales satánicos. Gracias por tu tiempo, Lila —se levanta— ¡Guardia! Ya me retiro.

—Espero no olvides nuestro trato, monje —berrea la farmacéutica—. Ya te di lo que buscabas.

—¿Trato? —carcajea Félix, fingiendo demencia— ¿Qué trato?

—¿Qué estás…? —Rossi estalla en cólera, brincando en el suelo— ¡Estúpido inglés de mierda! ¡Eres un bastardo, Fathom! ¡MALDITO CABRÓN!

—¡Jajaja! —Emilie desembucha una risotada burlesca en respuesta—. Si que eres tonta, Lila Rossi. Con razón Adrien nunca se casó contigo.

—¡Cierra la boca, vieja oxigenada! —ladra la morena, envuelta en llamas— ¡Me las vas a pagar, hijo de puta!

Desde el exterior, me detuve a escuchar con graciosa curiosidad; el cómo Lila se quedó soltando blasfemias en mi nombre. Vale. Lo admito. Solo deseaba provocarla un poco. Después de todo el daño que nos ha hecho, lo mínimo que espero es que se desespere al punto de golpearse la cabeza contra las paredes. Un poco de desesperación no le hará mal. No obstante, no pretendo faltar a mi palabra. Se lo que le dije. Intentaré comentárselo a Adrien a ver si puede modificar su destino. Solo, si estoy de humor, claro. Armado de la información que necesitaba, busqué a Luka en los establos. Le pedí que me acompañara en la travesía. Se entusiasmo tanto con la noticia, que no dudó ni un segundo en enlistar los caballos y galopar hacia las montañas. Es muy tierno. Me cae bien. Lo quiero mucho.

Siguiendo las instrucciones, dibujé un mini mapa mental en mi cabeza. Pasando por la herrería, un camino tétrico que nos condujo directo hacia la ladera de un cerro. Ahí, en medio de la nada. Entre frondoso forraje y sonidos espeluznantes, di con la "morada" de tal sujeto. Es curioso. Era tal como relató Lila. Este lugar parece ser tierra de nadie. Sin dios ni sol que le dé, producto de las altas copas de arboles prehistóricos. Era el lugar idóneo para venir a esconderse de las miradas fisgonas. Luka me dice.

—Félix ¿Qué estamos haciendo aquí? —pregunta, apabullado—. Parece que buscáramos la congregación de una secta satánica.

—No es ninguna secta satánica, Luka —comenta Fathom, jocoso—. Solo un brujo come hombres.

—¡¿Qué?! —se espanta.

Jajaja…tan tierno —recula, dándole una palmada en el hombro—. No seas marica, amigo. No es momento de acobardarse. Andando —talonea su jamelgo.

—Marica si soy. Cobarde nunca —solo aclaraba.

Tras descender de mi corcel, no dudé en llamar a la puerta. El techo parece estar en casi una descomposición mohosa. Las flores de la entrada, deben de llevar tiempo marchitas. Siento el aroma pestilente de un ambiente de pocos amigos. Aun así, no me amedrenta la escena. Necesito dar con este "Wang Fu". Es imperativo. Golpeo la puerta a medio corroer, en reiteradas ocasiones. Nadie nos atiende. ¿Será que salió?

—Félix…no es que esté intimidado ni nada de eso —murmura Couffaine, sin quitar la mano del mango de su espada—. Pe-pero…este lugar, realmente es muy fúnebre. El viento hace silbar los árboles. Está oscureciendo. Y huele a mierda.

¿Qué desean?

—Comienzo a escuchar voces —advierte timorato, el ojiazul—. Dios bendito. Algo me habla…

Oigan.

—Y algo toca mi hombro justo ahora. Joder —traga saliva, tieso como una estatua—. Félix…creo que…hay fantasmas aquí.

Jovencito —lo voltea violentamente.

—¡KYAGH! ¡PUTA MIERDA! —Luka da un salto despavorido, seguido de un chillido muy femenino. Desembucha su espada— ¡Es un enano de las montañas! ¡Atrás, criatura de satán! ¡Estoy armado!

—Pero que modales…—el hombre no se entera.

¡¿Pero que carajos?! —Félix lo alcanza a sostener, empujándolo hacia atrás— ¡¿Qué mierda crees que haces, tarado?! ¡No es ninguno enano! ¡Es un ancianito solamente!

—¡Yo no-…! —Couffaine cae en cuenta. Tarde, pero cae. Despabila, parpadeando repetidas veces. Ahora que lo ha visto mejor y más calmado…—. Ah…pe-perdon…le pido una disculpa, jejeje…—guarda su espadín, injuriado de su propia torpeza—. Señor…es que…

—No te disculpes, caballero —ríe jovial, el peliblanco—. De igual forma no te equivocas. Por aquí, abundan los enanos malvados. Es por eso mismo que no tengo jardín. Les encantan las flores perfumadas. Son unos pillines.

¿Qué carajos acabo de escuchar? Luka y yo intercambiamos miradas, aturdidos. Examino al hombre de pies a cabeza. Bueno, no hay mucho que mirar realmente. Debe de medir lo que mi rodilla al pie. Realmente es muy bajito. Sin embargo, no se asemeja en nada a los relatos de Lila. Por el contrario, lo que menos percibo, es el semblante de un hombre hosco y huraño. Nos estaba… ¿Sonriendo? Vi que cargaba una especie de mochila en la espalda. Con un cumulo de leños. En la mano derecha una cesta de patatas. Y en la izquierda una raíz de jengibre seca. Pero si es…un simple e inocente ancianito de rasgos asiáticos.

—Por favor, le ruego perdone la ignorancia de mi caballero —esboza Graham de Vanily, abochornado—. Mas bien, la de ambos. Somos afuerinos. Y-…

—Un inglés —murmura el mayor— ¿No?

Mierda. Mi acento, me delata siempre —el rubio traga saliva, intranquilo—. Si. En efecto, señor. Lo soy. Perdone…

—¿Por qué te disculpas? No tengo nada en contra de los ingleses —declara el hombre, caminando hacia la puerta—. Vengan conmigo. Pasen.

¿Realmente nos está…invitando a pasar? Ni si quiera ha demostrado aberración por mi nacionalidad. Lila de mierda. ¿Qué tanto mentiste? Luka y yo hacemos ingreso a la humilde casita. Por dentro, no es similar a por fuera. Quiero decir. Aún mantiene ese aspecto un tanto tétrico. Pero me atrevería a confesar que es solo ignorancia mía. De no ser tan conocedor de su cultura. Le escucho soltar un quejido apesumbrado, a la hora de sacarse esa pesada mochila de la espalda. Corro a ayudarle.

—Permítame, señor —le asiste el ojiverde, pasando delicadamente las correas por sus brazos—. Esto está muy pesado. Admirable que pueda cargarlo solo.

—Gracias, jovencito. Es usted muy amable —agradece el hombre, a duras penas enderezando la espalda—. No soy tan débil como aparento. Pero lo cierto es que ya no me profeso un pueril muchachito a la hora de cargar peso —añade, brioso— ¿Gustan alto de té? Traje esta raíz recién cortada.

Mierda. Le acabo de escuchar tronar un par de huesos. No les miento —Félix asiente, con modestia—. Nos honraría mucho, señor. Muchas gracias. Tenemos algo de sed.

—Por favor, pónganse cómodos —los invita—. Y ya no hace falta que me llame "señor". Mi nombre es Wang Fu. Pero puede decirme, Fu.

No es ningún chamán. No es ningún brujo. Ni si quiera es un pordiosero. Es un…

—De acuerdo, maestro Fu —señala el Duque, casi que jalando a Couffaine para que lo acompañe a tomar asiento—. Una vez más, quisiera reiterarle mis mas sinceras disculpas. Sucede que buscábamos a una persona como usted. Y en el poblado de Le Mans, no comentaron cosas que-…

—Jajaja…los pobladores —bufa Wang, sirviendo tres tazas de té caliente—. No tiene por qué disculparse, monje…

—Félix —aclara—. Mi nombre es Félix Fathom. El es mi mejor amigo, Luka Couffaine. Ya no hacen faltas tantas distinciones. Somos humildes hombres en busca de ayuda ancestral.

—Ah…comprendo —Fu toma asiento frente a ambos, flectando las rodillas y esbozando una mueca opacada en suspicacia—. "Fathom" —cita—. De todas las personas que pensé llegar a conocer en esta nación, nunca me imaginé que me toparía con el mismísimo "Argos" en persona.

¿Qué? ¿Este hombre…me conoce…? —Félix traga saliva, endureciendo el semblante al instante. Un tanto pálido, comenta—. No soy aquel hombre que cree, maestro. Es solo un apodo injurioso que los fanáticos religiosos me dieron. Jamás desempeñé tales ofensas.

—Al contrario, Félix —revela el anciano, sonriente—. Siento solo una profunda admiración y respeto hacia dicha persona.

—¿Disculpe…?

—Bueno. Es tan solo una leyenda urbana, más que otra cosa. Pero las historias que los aldeanos contaban sobre el —relata Wang, tomando un sorbo de su bebida—. Eran muy distintas a las que los clérigos y miembros de la aristocracia, profesaban. No me cabe duda que intentaron manchar su honra.

—Perdone, pero…—le interpela, indiscreto— ¿Qué clase de cosas, escuchó de mí?

—Nada malo. Solo maravillas —descubre el chino—. Supe de buena fuente que ayudó a muchas familias. El misterioso hombre "encapuchado" que se reveló frente a sus superiores y decidió hacer el bien. No matar por matar —relata—. No seguir a las huestes del rey. El excomulgado. Los campesinos del sur compusieron hasta canciones en su nombre. ¿No sabía?

—N-no me…llegué a enterar…—lo escucha y no lo cree.

—¿Cómo podría? Si estaba enfocado en hacer el bien. El amor por el prójimo, lo es todo. Lo cual me lleva a preguntar una sola cosa —examina Fu, preocupado— ¿En que podría yo, servirle a tal causa? Dudo haya llegado a mí, solo por malas lenguas.

—Al contrario. Vine porque me enteré, que es el hombre mas capacitado para ayudarme en mi contienda —devela Félix—. Mi primo y yo, estamos en proceso de finalmente encontrar una cura a este mal. Dimos con la raíz del problema. Tenemos la sangre del primer infectado, en nuestro poder.

—¿Cómo dice? —carraspea el asiático, descalabrado y al mismo tiempo, anonadado— ¿Pudieron dar…con el origen del mal?

—En efecto, maestro —asiente Félix, muy estoico—. Hemos intentado de todo. Incluso usando infectados, como objetos experimentales de prueba. Empleamos su sangre, para ello. Pero la verdad de las cosas…es que no logramos conseguirlo. Teniendo todo a la mano, no nos dan las fórmulas. Ni las ecuaciones —comenta, cabizbajo—. Fue por ese motivo que me impulsé a buscar segundas opiniones. Siento que algo nos falta. Algo…decidor. Y fue como llegué a usted.

—¿Cómo es que teniendo la sangre del primer infectado, no lo logran? —cuestiona Wang, impactado.

—Bueno…digamos que tiene mal carácter —ríe.

—Ya veo. Así que es una mujer —bufa de vuelta.

—¿Cómo? —escupe su té, atragantado— ¡Cof! ¡Cof! —. Con un demonio. ¿Tan cierto es? —recula—. Si, maestro. Es una mujer. Pero no es el meollo del asunto. Ella ha colaborado. De mala gana, pero lo ha hecho.

—Ese es el problema —se levanta.

—¿Perdone?

—Es tal y como dice, joven Fathom —explica Fu, deambulando por sus estantes polvorientos y desalineados—. Mis investigaciones me han llevado a la conclusión, de que no sirve solo la sangre del portador original. Hay ciertas ciencias, las cuales yo llamo "holísticas" que interfieren en el proceso.

—¿Me explica en palabras simples? —refuta—. No quiero tener que interpretar que, porque sea mujer, es un problema.

—No, no. Para nada. Al contrario. Es muy beneficioso. Pero…—desvía la mirada, cogiendo un texto de entre tantos. Lo abre, en presencia de ambos—. Las artes antiguas, determinan que, para poder curarse de cualquier mal que agobie al cuerpo, es necesario que los tres chi estén alineados. Me refiero, a la voluntad.

—¿La voluntad?

—Para lograr una balanza perfecta. El ser humano necesita de los tres chi —revela, enseñándoles abiertamente el libro—. Aquí. ¿Lo ve? Mente, cuerpo y alma.

—Lo veo —sisea Graham de Vanily, estupefacto con tal aseveración—. Mente…cuerpo…y alma…

—No basta solo que, en cuerpo, la portadora alimente de su sangre. Debe quererlo de psicológicamente y de espíritu. De corazón —advierte Wang, frunciendo el ceño—. Si realmente desea de mi ayuda, será imperativo que podamos trabajar en eso. Los chakras comprometen confluir. Para ese balance. Armonía, como una melodía. Somos 78% agua, joven Fathom. El agua, es lo que mueve nuestras moléculas ancestrales —niega—. De nada sirve que solo aporte gotas de tal elemento, sin que esa agua sienta el compromiso de salvar a la humanidad ¿Me explico más claro ahora?

—Claro…como el agua que menciona —asiente, decidido—. Entonces, eso es lo que nos falta. El eslabón perdido de la cadena. Tiene que venir conmigo. Cuanto antes —se levanta, brioso—. Vamos. Permítame escoltarlo. Mi primo estará complacido de tenerlo en el laboratorio.

—¿Qué pretende? —descuece el asiático, receloso—. Si la cura al mal, recae en una mujer. No tengo como ayudar en eso.

—Claro que puede —insiste el inglés—. Su nombre es Kagami. Es japonesa. De una nación alejada como la suya. Nadie mas que usted podrá aportar tal conocimiento a la causa. Si no acepta a venir conmigo…—sentencia.

Luka se levanta reciamente de su silla, a portas de desenvainar su florete. Es una amenaza, no un trato. Es eso o nada. Wang Fu frunce el ceño, ultrajado. Rechaza toda clase de intimidaciones. Sin embargo, tampoco se cierra a la posibilidad de encontrar acabar con el odio que azota esa remota nación. Profesa sentimientos encontrados. No en el acto, si no en la forma. Félix está desesperado. Iracundo, chasquea los dedos. Cuatro guardias de palacio ingresan a la choza. Ha determinado que aquella balanza se nivele. Se lo prometió a su primo hermano. A el mismo, que es consumido por el virus. A su mujer, que desolada se recluyó en una habitación. Será por la razón o la fuerza. Así de simple. Acorralado, Fu exhala frustrado.

—De acuerdo. Iré con usted. Solo permítame ir por mis cosas —advierte.

—Soldados —demanda Fathom—. Ayuden al maestro Fu a empacar. Lleven todo lo que pida. A partir de hoy, será nuestro invitado de honor. Trátenlo con respeto.

—Si, señor —acatan los caballeros.

—¿Me va a pagar por esto, Félix? —consulta el anciano, armando maletas.

—No. No tengo un duro para ofrecer —masculle el ojiverde—. Pero sin duda Adrien Agreste, lo hará. Le dará una buena recompensa por esto.

—¿Adrien Agreste? —especula el anciano, mermado— ¿Que pasó con Emilie y Gabriel?

—Se fueron de vacaciones al infierno. Descuide. Ya luego me da las gracias —protesta el británico, saliendo de la casona y montando su caballo de vuelta—. Me voy. Luka. Asegúrate de que Fu llegue sano y salvo a la casona. Como le pase algo, te culparé a ti. ¿Me oyes?

—¡S-si! ¡Llegará bien! —se entiesa Luka.

Perdón. Realmente no quería tener que recurrir a la dictadura menospreciada de tiempos pretéritos. Pero no tuve opción. Era eso o permitir que este longevo científico se negara. Me adelanté ante todos. Dispuesto a entregarle un informe contundente de mis usanzas a mi primo. Espero que para cuando regrese, haya disciplinado las fruslerías que agitaban su matrimonio. Espero…

[…]

—Tiene el rostro morado, Adrien —murmura Kagami.

—¿Disculpe?

Habitación matrimonial de los Agreste-Tsurugi. 22:10PM.

—¿Mi sangre no le complace del todo? —esboza Tsurugi, acomodándose la camisola para dormir—. Se la he dado, como pidió.

—No es eso lo que me agobia ahora mismo —falsea el Agreste, quitándose el pantalón—. Mis estudios para conseguir la cura siguen en marcha. Le ruego no especule al respecto.

—Merezco tener un informe detallado de sus avances —demanda la nipona, caminando hacia la cama— ¿En qué va?

—No es imperativo —berrea el rubio, despojándose de su camisa a torso desnudo—. Tráigame la sayuela de dormir, por favor.

Sorpresivamente, Kagami obedece. Coge la prenda y se la alcanza.

—Gracias —musita— ¿Se lavó la cara?

—Lo acabo de hacer —advierte— ¿Y usted?

—No vamos a intimar, si es lo que pregunta —reniega el Agreste, injuriado. Se viste—. Aun no la he perdonado por su amancebamiento.

—No he sido infiel. Ya se lo expliqué —exhala la fémina, frustrada.

—Es usted muy promiscua —sentencia el rubio, abriendo las colchas para acostarse. Y de paso, coge un libro para lectura ligera—. Mientras no se encamine en el buen andar, no pienso dar mi brazo a torcer.

—Adrien, por todos los dioses. Le pido deje de ser tan obtuso —sisea la peliazul, acostándose a su lado—. No vamos a llegar a ningún lado así. Este comportamiento huraño que tiene conmigo, nos va a alejar, más que acercar.

—Bien. Si nos tenemos que distanciar, mejor para mi —farfulle el francés, deslizando la pierna derecha bajo las sábanas—. Ahora, si me disculpa. Quiero leer.

—Adrien, por favor —implora, azorada—. No me eche de la cama.

—No la he echado —admite, templado. Volteando la página de aquel texto—. Solo busco concentrarme en leer.

—Si ya no quiere dormir conmigo, no hace falta que haga esto ¿Ok? —Kagami se levanta, dispuesta a abandonar el catre que comparten—. Me iré a dor-…

—¿A dónde cree que va? —reclama el cónyuge, atajándola del antebrazo. La fulmina con la mirada—. No. Usted se queda conmigo. Dormirá aquí. Donde mis ojos la vean.

Como me encanta…que me dominen así —Kagami regresa hacia el colchón, enrojecida como un tomate maduro—. Me acaba de rechazar.

—No la he rechazado. Dije que no quiero tener intimidad. Eso no significa que no desee dormir con usted. Es mi esposa. Me debe respeto —se despeina, ofuscado— ¡Arg! ¡¿Y sabe qué?! A la mierda. Me voy a dormir —apaga su vela, en un soplo—. Buenas noches —se voltea, dándole la espalda—. Lo siento. Es que…

—No volveré a caer en eso —murmura Kagami, con la mirada humedecida— ¿Sí? Perdóneme por favor…

¿Kagami está…llorando? —se gira, azorado—. Kagami…

¿Por qué ya no me quiere, Adrien?

—N-no diga eso…—devela el francés, apabullado—. Jamás he dicho tal cosa…

—¿Entonces? —solloza la mujer, cabizbaja—. Si ya le dije que-…

—De acuerdo —el heredero de la familia se sienta sobre la cama, decidido. Enciende nuevamente su vela. Es hora de hablar a calzón quitado, como dicen—. Perdón. Ya. Ok. Discúlpeme. Esto es…nuevo para mi ¿Sí? —coge sus manitas, timorato—. Hablemos…

—Bien…—retoza Kagami, aspirando mocos violentos contra su nariz. Desembucha—. Adrien. Creo que llegó el momento de hablar de nuestros deslices y aversiones.

—Nu-nuestros ¿Qué? —parpadea, barajado— ¿Se refiere a sus…extravagantes gustos?

—Algo así —corea la muchacha, ligeramente ruborizada—. Hay ciertas cosas que no conoce de mí. Y lo cierto es, que no hemos logrado pasar tanto tiempo de calidad juntos. Para llegar a conocernos mejor. Tenia razón cuando mencionó lo de conversar, luego de nuestros encuentros. Sin embargo —añade, conmovida por la calidez de sus dedos—. Considero que es imperativo, que lo hagamos de ahora en adelante en otras circunstancias también. Como, durante la cena o los paseos. Deseo…de corazón, poder abrirme con confianza. Sin ser juzgada por ello.

¿Kagami está…realmente mostrando intenciones amorosas conmigo? —acepta el joven, sintiendo el fervor emanar de sus pómulos—. Por mi no hay problema. Me encantaría mucho hacer eso. Al igual que usted, siento que debemos afiatar nuestra relación en base al dialogo y la confianza. Para así, lograr una balanza perfecta.

—No solo pretendo tomar en consideración sus demandas. Asimismo, profeso un entusiasmo sensitivo por interesarme de lleno en sus sentimientos —revela la japonesa, bosquejando una sonrisa timorata—. Sería de mucha ayuda para mí, elevar nuestro trato a un plano mayor, más allá del respeto complaciente.

—Comprendo. Yo quiero lo mismo —asiente el rubio, relajando el semblante—. Aunque no lo parezca, yo soy un chico muy romántico ¿Sabia?

—Lo sé. Lo veo en sus ojos —ríe Tsurugi, encandilada—. Estoy consciente de que al principio me mostré bastante recelosa sobre indagar en temas amorosos. Mas bien, era aprensiva. Porque no estaba muy clara de que deseaba sentir por usted. Pero me he decidido y nada me haría mas feliz…—sisea, deslizándose hasta la punta de sus labios—. Que dejarme cortejar por usted. No se prive más, de tales capacidades. Ambiciono…me coquetee. Como lo haría con cualquier otra chiquilla de la corte.

Mi corazón late tan fuerte en estos momentos, que podría jurar es capaz de escucharlos. Aunque sea escasa la distancia que nos separa, se me descuece la boca por besarla —traga saliva, brioso—. Si está dispuesta a abrirme su corazón, yo podrí-…

Shh…—le acalla Kagami, robándole un escueto ósculo; almidonado—. Estoy dispuesta no solo a abrirme de esa forma…—dice, en lo que le atrae hacia su cuerpo, pasando sus manos por la cintura del muchacho—. Venga conmigo. Ya olvidémonos de todo lo demás.

Adrien no ve escapatoria alguna a sugerentes palabras. Kagami sabe mimarlo, como solo ella conoce. Y se desenvuelve entre sus brazos, cual pétalo en flor. Un beso profundo y duradero, le permite entrar en contacto con la piel desnuda de su amante. Las velas del cuarto arderán esa noche, hasta que su cera sea consumida en su totalidad.

Hasta que la luna se recueste en el cielo y el astro rey de la mañana, de sus primeros bostezos de luz. La balanza ahora…está completa.