—Que puto asco —berrea Zoé, escupiendo su brebaje con nauseabundo semblante— ¡Arg! ¡Dios! ¡Cof! ¡Cof! ¡Escudero! ¡¿En dónde te metiste, bueno para nada?! ¡Escudero!

—¿Me llamó, Zoé? —se presenta Nino, timorato.

—No lo sé, Lahiffe —ironiza, furibunda— ¿A ti que te parece? ¿Ves a muchos escuderos rondando por aquí?

Provincia de Flandes. Un par de días antes de los incidentes. 10:34AM.

—N-ninguno, sin duda —aclara el moreno, intimidado—. Lo cual me hace preguntarme el por qué no tiene escuderos. Bueno, es algo que me he venido cuestionando desde que la conocí —añade—. Sucede que lo normal, es que un noble tenga a su cargo una persona que le asista en ensillar caballos, pulir sus botas, afilar su espada, recibir su cor-…

—¡Ya cállate! —chilla la rubia, tirándole por la cabeza un tazón hirviendo— ¿Sabes por qué no tengo? ¡Porque no necesito! ¡Mucho menos si me van a estar preparando un café tan asqueroso como ese!

—¡Uwah! —el moreno alcanzó a agacharse. Menos mal. Casi la ve verde—. Cielos, señorita ¿Co-como que no le ha complacido? — . Mierda. Pero si me demoré toda la mañana en moler los granos y todo—. Discúlpeme por favor. Puede que haya pasado demasiado tiempo con Adrien y él no solía hacerme reparos sobre la forma en preparar el café.

—No. Espera. Tienes razón —agrega la ojiazul, altiva. Mientras se pasea por el salón—. Ahora que lo pienso, creo que si necesito un escudero. Es más. Por un par de horas, tuve uno. Pero ¿Qué crees? Lo intercambié por ti —bufa, sarcástica— ¿Puedes dimensionarlo? El peor negocio jamás cerrado antes. Una burla a mi nivel de negociación. Luka Couffaine es mi escudero. Y ahora el maldito se fue a ayudar a los Agreste.

—Yo también puedo ser de mucha ayuda, lady Bourgeois —acota Lahiffe, mermado—. Créame. Llevo años sirviendo al joven Agreste. Y mis habilidades no solo se limitan a trabajo d-…

—¿A qué edad te enteraste que servir y complacer no son la misma cosa?

—¿A qué edad? Pues…—reflexiona, confundido—. A ninguna, creo. Es la primera vez que escucho algo así.

—Ahí tienes —manifiesta Lee, dejándose caer sobre una cómoda y amplia silla—. No me complaces, Lahiffe. Ese es el problema. Súmale a ello que trabajaste toda tu vida para un hombre. Y los varones son algo…ew…mh ¿Cómo decirlo sin castrarte en el proceso?

—Descuide, no me ofenden los discursos de sexo —esboza Nino, optimista—. Aunque le parezca raro, Adrien era un chico muy abierto de mente frente a esos temas. No le preocupa su masculinidad como a otros.

—Me alegra. Pero a mi si me importa —añade—. Abiertamente te digo que los hombres son muy fáciles de contentar. Se conforman con demasiado poco y eso, me irrita en demasía porque debo lidiar con ellos a diario —rueda los ojos—. Dios, las vergüenzas que me hacen pasar algunos pobres diablos.

—No comprendo a donde quiere llegar.

—Como que ¿A dónde quiero llegar? ¿Qué me viste cara de carreta, acaso? —le reprocha la rubia—. Te estoy diciendo que no me complaces. Y quiero a Luka Couffaine de vuelta.

—Vale. Pero… —se rasca la nuca, liado— ¿Yo que puedo hacer al respecto?

—Pues tienes dos opciones. O vas por él y me lo traes de vuelta —sentencia—. O te transformas en una copia de él. Aunque mas chica y oscura.

Que chistosita —carraspea el moreno—. Me parece más factible la segunda opción. Luka en estos momentos se encuentra sirviendo a Félix. Y mientras eso se mantenga, dudo quiera regresar. Lo noté bastante entusiasmado con la idea.

—Lo sé. Lo tengo muy en claro. Esos dos son como gonorrea a huevos. No los van a separar con nada —Zoé chasquea la lengua, mosqueada—. Y para peor al muy idiota se le ocurrió enamorarse de él. Vaya loca me saliste, Couffaine —se levanta de un brinco, cogiendo su capucha—. Sígueme, quiero ver cómo va la restauración de mi Mojo-Dojo.

—¿No va a desayunar entonces?

—No. Verte la cara me dio indigestión —bufa, caminando por delante—. Por cierto ¿Por qué te llamas Nino? No te ofendas, pero si está bien culero. Es como "niño" pero en gangoso.

Es un encanto —exhala, derrotado—. No lo sé, mi señora. Fue el nombre que me dio mi santa madre. ¿Usted por qué se llama Zoé?

—Ni idea. Pero es un autorreferente de todo lo que está bien en esta vida —se mofa, propinándole un codazo—. Es como "Soe genial" "Soe lo máximo" "Soe increíble" ¡Jaja! ¿Lo pillas? ¿No? Bue, a tomar por culo.

Jesús me ampare…

Zoé y Nino se pasean de un lado a otro, verificando que la reconstrucción se lleve a cabo como fue comandado. Los trabajos han dado los primeros frutos. La mayoría de los muebles fueron reemplazados. Los estucos, pintados de cero. Las escaleras, presentan nuevos peldaños. Puertas, ventanales, techumbre, en vías de quedar como antes. Satisfecha con lo que vislumbra, le da una palmada en la espalda al campesino y le invita a cabalgar por la campiña. Visitan el ganado, los silos de trigo, los cultivos de maíz y las caballerizas. De paso, bajan al poblado para degustar un cuantioso tentempié en la posada de la urbe. En ella, son recibidos con honores y mucho respeto por parte de los aldeanos. Se les ofrece cerveza recién fermentada, uvas, higos, pan, carne y queso. Para Zoé, todo presenta tan solo un trabajo sincero de servidumbre. Sin embargo, su compañero ya no opina igual. Se ha fijado una meta luego de aquella intrusiva conversación. Convertirse en un digno escudero de una mujer noble. Todo un reto, ya que poco contacto con ellas profesa.

Sin embargo, antes de comenzar cualquier tipo de artilugio de dócil obediencia, debe conocer a su "desafío". Indagar un poco en sus gustos y goces, sus preocupaciones, tormentos y desazones. Lee no es una mujer fácil de leer. Aunque ligeramente pragmática, de tratar. Dado a su comportamiento huraño y curiosamente similar a un chico quinceañero. Pues se permite la mayor parte del tiempo, mostrarse como un déspota mimado de frágil corazón y exacerbada ambición.

Despide una energía masculina extraordinaria. En comparación con otras damiselas de la corte o del poblado. Casi como si tuviera que tratar con dos personas en un mismo cuerpo. Fascinante, según él. Pero atrevido, si no se trata con mesura y templanza. Puesto que le gustan mucho los conflictos de primera fila y profesa un bizarro placer por la bebida y las damas. ¿Acaso Zoé es…?

Bueno. No le costó mucho trabajo averiguarlo. Dado que una mañana, visitaron el monasterio del pueblo y una tierna e inocente novicia, los recibió con mucha indulgencia.

—Qué bueno que vino, Duquesa —merma la rubia, descampada y nervuda—. Nos preguntábamos con papá cuando nos visitaría. Supimos sobre el incendio del castillo y nos preocupamos mucho por su bienestar. Es que usted a hecho tanto por nosotros…que no puedo glorificarla suficiente por sus bondades —venera, ruborizada.

—Señorita Lavillant —sisea Bourgeois, escudriñando con la mirada en el interior de la morada— ¿Su padre se encuentra en casa?

—N-no, mi señora. Padre se fue a faena con sus sirvientes —repara Rose, sutilmente insinuante—. Estoy sola, solita. Desamparada, con nuestro señor de testigo. Y últimamente…me siento triste por eso.

—Que bien. Viva la soledad —bosqueja Zoé, satisfecha. Ni si quiera le dio pena su comentario—. Escudero, cuida mi caballo —le arroja las riendas por la cara—. Nadie entra y sale de aquí ¿Me oíste? Si ves a alguien, le atraviesas el cráneo con la espada ¿Entendiste?

—S-si…mi señora —asiente Lahiffe, jalando a su corcel hacia atrás.

—Rose, cielito —sisea Zoé, quitándose la capucha— ¿Su padre volverá pronto?

—Temo que puede, vuelva mañana… ¿Sabe? —murmura, sugerente—. Que mal…

—No tema, Rose. Para eso estoy yo —se aventura la aristócrata, sujetando el mentón de la fémina—. Le traje grano y algunas regalías. Mi escudero las descargará luego. Mientras tanto, yo le haré compañía a ese increíble cuerpo de cristo en nombre del padre, del hijo y del espíritu que me cargo.

¿Zoé y esta novicia se conocen? El trato que mantienen me parece demasiado intimo para ser simples amigas —reflexiona Lahiffe, simulando no enterarse de nada.

—Es usted tan indulgente…—gimotea, en una sonrisita lasciva—. Venga conmigo. Le voy a leer el apocalipsis del Genesis.

—Zoé ¿Debo descargar entonces? —consulta el moreno, suspicaz.

—Si, si, eso —responde, sin prestarle mayor atención—. Descarga. Con la novicia vamos a rezar un par de ave marías. Adiós.

La puerta se cierra de un portazo contra su rostro. Nino, ya no necesita seguir cavilando ni imaginando escenarios irrisorios. Es obvio, que los placeres cárnicos de su nueva patrona, se limitan a cortejar algunas damiselas. Aunque algo el choca tantito. ¿Qué mierda pasa con las monjas? ¿Son todas de la misma calaña? Curioso.

—Bue…no soy quién para juzgar nada —se encoge de hombros, acariciando el hocico del jamelgo— ¿Vamos? Dejemos esto en el granero. Y no me mires así. Solo eres un animalejo. Tsk, joder.

[…]

—¿Por qué me miras de esa forma? —consulta Zoé, cabalgando de vuelta hacia el castillo— ¿Acaso te parezco una hija del diablo? ¿Una pecadora?

—¿Qué cosas me dice? —Nino finge demencia, desviando la mirada; acalorado—. N-nada de eso. Al contrario. Creo que es una mujer muy valiente para hacer a su voluntad lo que se le plazca sin temor a represalias.

21:01PM.

—"Represalias" —carcajea Lee, tomando un sorbo de una botella de vino en el proceso—. Te falta mundo, escudero. Pero no te culpo. Has viajado por tanto tiempo viendo horrores. Y, aun así, te has privado de lo más lindo que este plano nos ofrece.

—Está ebria —advierte divertido, el moreno—. No habla coherente.

—Estoy muy cuerda, hombre —berrea la rubia, de pómulos carmesí y cabello semi despeinado—. Te lo digo yo. La vida es una sola. ¿Pretendes pasar viviendo en el gris de tu propia desaventurada naturaleza?

—¿A qué se refiere? —consulta embrollado, el escudero.

—Vamos, sabes perfectamente de lo que hablo ¡Hip! —hipa, jocosa— ¿Por qué una mujer joven y hermosa como yo, no puede darse un revolcón de vez en cuando?

—Nadie ha dicho que no pueda, Zoé —desmiente su compañero.

—¿Entonces?

—Disculpe mi ignorancia. Solo soy un escudero iletrado que no comprende muchas cosas —advierte Nino, entusiasmado—. Lo cierto es que es la primera vez que me topo con una chica como usted. Y tiene razón al decir que me falta mundo. Quizás si hubiera recorrido la sociedad con otros ojos, conocería mejor su naturaleza.

—Allá afuera, hay un sinfín de mujeres como yo ¿Sabes? Incluso hay varones así —ríe, grácil—. Pero la iglesia y los lideres obtusos, no lo comprenden. Se han encerrado en temerarios y fortuitos preceptos que ni de ellos son. Se apoderaron de la fe. Y los arrojaron a vivir en las sombras, solapados —bebe otro sorbo extenso, jalando de las riendas de su caballo—. Pero yo, me libré de ellos. Soy libre. Porque no tomaré como mía, una enseñanza que no me representa.

—Usted es rupturista para la época. Por sus deslices —balbucea.

—No son deslices. Anda. Dilo. Se lo que quieres preguntarme. Te mueres por hacerlo —demanda, embriagada—. No te colgaré de ningún lado. Curiosea con confianza.

—¿Le gustan las mujeres? —desentraña.

—Si —sentencia Zoé, a los vientos—. Me encantan. Pero no es como que uno vaya por el mundo declarando tales gustos. A diferencia de los hombres, que van por el mundo declarando a los cuatro vientos su frágil gusto por ellas. Solo los más imbéciles hacen eso. Que se jactan de porquerías como el largo de su miembro ¡Jajaja! ¡Pobres! —carcajea—. Y es chistoso. Porque muchos de esos hombres, también gustan de otros hombres —revela, llevándose otro trago de vino a la boca. Este último, se escurre por la comisura de sus labios—. Da igual. Yo tengo un lema y lo mantendré hasta la muerte.

—¿Y ese cuál es? Si me permite preguntar.

—Sé coherente —determina Lee, arrimando su jamelgo a las caballerizas—. La coherencia, escudero. Lo es todo. Una persona de una sola línea, es más confiable que aquella que cambia de bando como sopla el viento. No soporto a los traidores —aclara—. Por eso confío más en la gente mala que en la que pretende ser buena y se golpea el pecho amparado en la religión. Al menos ellos pretenden reconocer errores y mejorar. Los otros, ni el diablo los chupa.

—¿En base a que, determina aquello?

—En base a que la persona que es buena, no sabe que es buena ¿Sabes? Solo actúa conforme su corazón lo dicta. Mientras aquellos que se glorifican de "bondad". Son una mierda —aclara Zoé, a duras penas y torpemente, intentando bajar de su corcel— ¡Uwah!

—¡Zoé! —el varón la ataja, antes de caer por completo— ¡La tengo! ¡Le dije que bebió demasiado!

—Gracias, escudero. Al fin comienzas a caerme bien —masculle solaz, la rubia. Aunque prefiere quedarse con el trasero contra el pasto—. Aunque no me agrade depender tanto de los hombres para ciertas cosas. Son algo así como hermanos menores para mi —dice, enderezando la espalda.

¿Hermanos menores? Entonces…—Nino hace una pausa, timorato—. Esa chica…Rose. Se ve una muchacha muy tierna y dulce.

—¿Qué pasa con ella? —murmura Lee, bebiendo un trago de alcohol—. Ni se te ocurra mirarla. Es mía, cabrón.

—Por favor, no me mal interprete —se camarada se toca la cabeza, de manera festiva—. No la conozco para nada. Solo quería comentarle lo que presencié de primera línea. El trato que le dio parecía más bien…de una vieja amiga.

—Veo que eres muy observador, campesino —esboza la noble, levantando la vista a los astros nocturnos—. En efecto. Rose y yo nos conocemos desde hace un par de años. Cuando era más joven. Y como todo adolescente que despierta su sexualidad, comencé a profesar gusto por las mujeres. Fue Chloé quien me robó una carta de amor, que había escrito para una de las damiselas de la corte. Por supuesto no dudó en contarle a mamá. Siempre me tuvo envidia y deseaba quitarme del camino a como dé lugar. Se armó un escándalo de proporciones como comprenderás —relata, gesticulando una mueca melancólica—. Mi padre me amaba muchísimo. Me tenía una estima muy alta y viendo una forma de evitar un castigo mayor que acabara conmigo, desheredada. Me envió a un convento en Gales, lejos de todos. Por esos años vivíamos en Inglaterra como diplomáticos políticos —ríe, tras remembrar aquellos días— ¿Sabes? Fue chistoso enterarme de que la mayoría de las monjas que ahí asistían, también habían sido enviadas por la misma causa que yo.

—¿Todas eran…?

—Bueno. No todas. Pero en su mayoría —carcajea, jovial—. Si no hubiese sido porque la madre superiora me pilló en una de esas usanzas, probablemente en estos momentos sería lo mismo que Félix, solo que menos castrense. Finalmente decidí huir y regresar a casa. Aprovechando que mi madre estaba de gira por Francia. En fin ¿Qué cosas digo? —sacude la cabeza, aliviada—. De igual modo ha pasado muchísimo desde que escapé de la isla y me vine a vivir a Brest. Me costó trabajo reagrupar a mis tropas y conseguir poder de nuevo. Algunos de mis hombres murieron en los barcos.

—Ya veo. ¿Entonces conoció a Rose en el convento?

—No. Claro que no. Eso solo fue un spoiler de mi pasado —se encoge de hombros—. En realidad, a ella la conocí en una fiesta de disfraces, en Versalles. Yo iba de la virgen maría ¡Jajaja! Y ahí estaba la adorable señorita Lavillant. Con su hermosa sonrisa y su lindo disfraz de monjita.

—Eh. Pero, Zoé —advierte Nino, liado—. Rose si es, una novicia de verdad. No es un disfraz…

—¿Qué? ¿En serio? Bueno, yo qué sé. Estoy ebria —retoza, mientras lo empuja hacia atrás—. No me arruines la historia, joder. ¿Qué no ves que estoy inspirada?

Realmente no tiene ni un sentido —el joven escudero traga saliva, mermado frente a su relato—. Por la manera en la que se refiere a ella, se nota que la estima mucho.

—Digamos que me gusta a un nivel mucho más complaciente del que jamás nadie me dará. Es por eso que en cuanto la vi, me la traje a vivir a Flandes —bufa la rubia, levantándose del suelo a traspié—. Arg, se me humedeció el trasero. ¿Quién regó aquí sin mi autorización? —gruñe, olfateándose los dedos—. Nop. Retiro lo dicho. Es meado de oveja.

—Con todo respeto, Zoé. Dada la magnitud y el calibre de sus sentimientos hacia la muchacha —sugiere— ¿No sería más cómodo para usted, formalizar esto?

—¿Form-…? ¿Qué? —se paraliza. E instintivamente, voltea raudamente hacia su compañero— ¿Qué demonios quieres decir con eso?

—B-bueno. Disculpe. Es solo que, jeje…—se soba la nuca, modestamente—. No hacen mal pareja. Si fue capaz incluso de traerla a vivir al poblado y la visita regularmente. ¿Por qué no hacerla su pareja?

—¿Para qué? ¿Para que viva en mi castillo, dices tu? —propone— ¿Y sea ama y señora de mis tierras? ¿Y tenga poder sobre mis súbditos?

—Pues… ¿Sí? —insiste— ¿Qué tiene de malo? ¿No es eso lo que hacen las parejas?

—¿Te golpeaste la cabeza, escudero? ¡Rose ni si quiera es una noble! ¡Su padre es mercader de licores! —Bourgeois lo jala del pecho, desde la camisa—. Óyeme bien, rata. No te conté mi historia para que la uses en mi contra y me estés llenando la cabeza de ideas absurdas. ¡Ni una palabra de esto a nadie! ¡¿Me oyes?!

—¡D-Dios santo! ¡Por favor, cálmese! ¡No lo dije con mala intención! —se excusa el pobre muchacho, zarandeado— ¡No era para que se sobre estimulara así! ¡S-solo me pareció una excelente idea! No creí que lo de los títulos…fuera algo relevante.

—¿Excelente idea? ¡¿Te paree una excelente idea presentarme frente al mundo de esa forma?! ¡Ni si quiera tiene que ver su sangre, tarado! —lo suelta, dándole un palmetazo en la cabeza— ¡Despabila, Nino!

—Óigame…esto…no es para nada lo que hablamos hace un rato, eh —advierte Lahiffe, enfurruñado—. No me parece correcto de su parte.

—¿Que mierda? —rebate.

—Usted dijo que había que ser coherente en esta vida ¿No? —la increpa, el varón—. Pues fíjese que no lo está siendo ahora mismo.

—No sabes lo que hablas, cierra la boca —gruñe, fulminándolo con la mirada.

—No lo voy a hacer —refuta Nino, de frente en alto—. Parte de mi trabajo complaciente es también decirle sus verdades. Es lo que haría un verdadero escudero. Y déjeme decirle que negar de esta forma sus sentimientos, es muy incoherente. ¿No mencionó que odiaba a los traidores? Se está traicionando a usted misma.

—¿Tú qué sabes de mis sentimientos, campechano? —desmiente Zoé, injuriada—. Apenas me conoces.

—Está claro, que está enamorada de esa muchacha —sentencia el moreno, con severidad—. Nadie en su sano juicio, seguiría a una persona de una provincia entera a otra. Para entregarle tierras, un trabajo a su padre y regalías. ¡Solo porque si! Pero en vez de asumirlo, la visita clandestinamente como si fuese una mujer cualquiera. Eso, no me-…

—¡Ya fue suficiente! ¡Una palabra más y te corto la lengua! —aúlla la Duquesa, de puños y mandíbula contrita. Calla de golpe, de espaldas a él. Tras un par de segundos en completo hermetismo, expone—. No lo entenderías. No es algo fácil para mí.

—¿Por qué no? No parece ser usted una mujer temerosa o débil.

—Para poder sobrevivir en este mundo hostil, lleno de prejuicios y maldad. Se hace falta mucho más que solo coraje, Nino —revela Lee, apabullada—. Rose es para mí…lo que su nombre mismo, significa. Una rosa. Proteger a quienes amas, no siempre te llevará a tomar las decisiones más cómodas.

—¿Realmente la oculta por eso?

—¿Por qué otra cosa más, sería? —balbucea, observándole por el rabillo del ojo—. No todo lo que brilla es oro, Lahiffe. Métetelo en la cabeza. Si el mundo fuese un terreno ideal…yo sería la primera en tomar sus preeminencias. Pero para hacer de este reino, mi propio paraíso primero necesito convertirlo en un lugar seguro.

—Todo este tiempo…—sisea el muchacho, pasmado— ¿Ha estado actuando en son de su bienestar?

—No tengo otro propósito. Lo último que quiero, es verla convertida en una de esas cosas horribles…

—Zoé…—murmura Nino, conmovido—. Usted, realmente no está viviendo bajo el lema de "la vida es una sola" ¿Sabe? Es…triste.

—Lo es. Pero así funciona la cosa —exhala, rendida.

—Aun así, merece ser feliz. Como lo son Adrien y Félix y los demás —manifiesta, posando cálidamente una mano contra su hombro—. Y en verdad le digo, que debería formalizar esto y traerla con usted. Ya es momento de que la tierra se limpie.

—¿Sabes? Es curioso…—esboza la aristócrata, volteándose hacia su camarada—. Nunca antes le conté de esto a nadie. No suelo hablar de mi vida o mis sentimientos con las personas. Ni si quiera a Félix, a quien considero un gran amigo. Y ahora que estás tú aquí…a pesar de que apenas te conozco —desembucha, aplacada—. Me siento mucho mejor ahora. Como que me has quitado un peso de encima. Supongo que te juzgué mal.

—Prometí ser un escudero complaciente ¿No? —narra el jovencito, en una sonrisa grácil—. Veo que ya dimos un paso.

—Fue más que un paso, la verdad. Te diste tremendo salto, engreído —lo sacude, amistosamente—. Lo cierto es que tienes razón. Estoy harta de pasar en vela noches enteras sin ella. La quiero a mi lado…

—¡Mi señora! —interrumpe uno de sus soldados. Quien trae un morral cruzado en el pecho—. Le traigo correspondencia de urgencia.

Ah. Que pésimo momento —. Si no es el conteo de arcas de mi dinero, no me interesa —se desentiende la Duquesa, tambaleándose hacia la escalera.

—Son noticias de Le Mans, mi señora —alarma de forma inminente, el cartero.

—¿Le Mans? —se gira Zoé y le arrebata el puñado de misivas—. Dame eso. Y desaparece de mi vista.

—¡Si! —se esfuma todo cagado ¿?

—¿Zoé? —cuestiona Nino, preocupado— ¿Qué pasa en la provincia de Le Mans?

—Buenas y malas noticias, escudero —comprueba la Duquesa, arrugando el ceño en el proceso—. Que chistoso. Nadie se dignó a escribirme. Pero Luka lo hizo. Aunque su letra sea de un crio de 9 años con paraplejia. Aun así, logro entender —eleva la mirada, briosa—. Encontraron la cura y lograron sanar a algunos.

—¡¿De-De verdad?! —brinca Lahiffe, jubiloso. Calla. Recula y despabila—. Vale. Esa fue la buena. Una MUY BUENA noticia ¿La mala?

—La hija de pu-…bueno, no —se retracta—. No insultaré a mi madre. Pero la infeliz de Chloé incendió Le Mans.

—¡¿Qué?! —se espanta— ¡¿Alguien murió?!

—Solo un par de personas —ocasiona Zoé, estrujando el papel entre sus dedos—. Pero nadie de nuestros amigos. Siguen vivos todos. Aunque lograron controlar el fuego.

—¿Qué más ponen? —inquiere el súbdito— ¿Cómo se encuentran Adrien, Emma y…?

—¡La puta mierda! —exclama Bourgeois, lanzando la carta a las llamas de la chimenea y paseándose por el salón— ¡Maldito Félix! ¡Le dije que tenía que ayudarme a encontrar a mi hermana y no me hizo caso! ¡Ahora paga las consecuencias! ¡Por eso digo que los monjes son todos unos amanerados buenos para nada!

—Con todo respeto, dudo que Sir Fathom sea un ma-…

—¡Es un decir, idiota! ¡¿No me sigues?! —le amonesta—. La única marica aquí soy yo.

—Perdón…—baja la cabeza—. Ya entendí la referencia. Lo que ahora me preocupa es que no quiera ir para ayudar. Digo, conociéndola. Querrá aportar en algo ¿No?

—Imposible —sentencia la duquesa, agraviada—. No hasta que logre estabilidad en mi propia casa. Solo un par de semanas más y estaremos listos.

—Temo que, para ese entonces, sea demasiado tarde —indica.

—Nunca es tarde. Mientras esa mocosa siga con vida —refunfuña Lee, damnificada—. Yo personalmente la voy a matar.

—Usted no lo dice en serio —señala alarmado, Nino—. Jamás podría hacer eso con su sangre. Lo dice porque está tomada. Para mañana, pensará mejor.

—Vaya…—esboza la aristócrata, gozosa por su apostilla—. En efecto, comienzas a conocerme mejor de lo que pensé. Sin embargo, no me provoquen tanto. Porque como me pongan entre la espada y la pared, siempre tomaré la espada. Así que espero esto se mantenga así —previene—. Estoy cansada. Me daré un baño y me iré a dormir.

—Permítame asistirla en su ablución y ser su fiel escudero. Como Luka hubiera querido —asesora el moreno, sumiso—. Le traeré los mejores jabones, lo prometo.

—Buen consejero de la limpieza. Así me gusta —exhorta Bourgeois, subiendo las escaleras—. Aunque te advierto una cosa, eh. Por mucho que hayamos hablado a calzón quitado, nunca serás Couffaine. Y si en algún momento, él se ve en peligro. No dudes ni por un segundo que iré por el —instruye— ¿Te queda claro?

—Claro, como el agua —asiente Nino, exhorto—. Ahora, por favor siéntese y permita que le quite las botas.

—Bien…

Tarde o temprano, la potestad de un sentimiento febril se haría sentir en la Duquesa de Flandes. Porque, así como las lluvias de buenas noticias vuelan con la brisa, caen y empapan la tierra. Las malas también, desarrollan patitas y caminan por si solas de cara a la verdad. Esa tarde, un desesperado Félix le había escrito a Zoé como el ultimo recurso de defensa personal. Buscando en ella, consuelo y ayuda. ¿Ustedes que creían? ¿Qué no iba a responder y a hacer vista gorda? Al diablo con el diablo. Lo primero que hizo fue levantarse briosa de su cama y tomar el primer puñado de soldados para ir en socorro de su compañero. Sobre todo, si involucraba a su noble caballero recién embestido y a su bastarda hermana pagana. Que harto daño había hecho ya. Sería ella, quien tomaría personalmente las riendas de su destino.

—Nos vamos —informa Zoé, cogiendo su armadura, espada y cinturón—. Ensilla mi caballo, Nino. Se acabó.

—¿A dónde vamos, mi señora? —consulta un obnubilado escudero.

—¿A dónde más? A parís, idiota —decanta Zoé, gallarda—. Iré por mi caballero y mi asquerosa hermana. Y no me importa entrar con un millar de huestes. ¡Nos vamos, dije!

—¡Si, mi señora! —asienten los soldados, briosos.

Nino estaba entre que deseaba largarse a la mierda y querer ir. Aun así, no declinó a la hora de ser convocado. Pues vislumbraba una ventanita de luz, para reencontrarse con Adrien y viejos camaradas. Se dispuso a armar morrales y ajustar cinchas sobre los jamelgos. Su sorpresa fue mayúscula, tras divisar como Zoé caminaba hacia el…en compañía de una inusual personita.

—Eh…dis-disculpe…—tartamudea el joven, boquiabierto—. Pe-pero…

—¿Qué te pasa? En boca cerrada no entran moscas —Lee le sube el mentón, hastiada—. La señorita Lavillant vendrá con nosotros.

—¡Estoy emocionada y lista para la acción! —chilla la rubia, vistiendo pantalones y ropa holgada de combate.

—¿Realmente es seguro que venga con nosotros? —sugestiona el escudero, preocupado—. Quiero decir, es una novicia. No es como que sepa blandir una espada.

—¿Qué te pasa? ¿En verdad crees que las del clérigo no saben luchar? —carcajea Zoé, sarcástica— ¡Rose es tremenda guerrera! ¿Verdad, preciosa?

—¡En efecto! —asiente Lavillant, gallarda—. Traigo conmigo todo lo que necesito. Tengo mi cruz, agua bendita y mi biblia. Con eso es suficiente.

No hay forma de que esto salga bien…—se fue a la chucha.

—¿Por qué te quedas tieso como mojón de acequia? Te recuerdo que Juana de Arco solo corría con un estandarte y no hizo ni mierdas, más que gritar como loca —Bougeois lo jala del brazo y lo tira hacia su caballo—. Ya súbete luego

—E-es que…—despabila, totalmente descalabrado—. Disculpe. Voy —monta— . Pa que negarlo si es verdad.

—Nunca subestime el poder de un buen subidón de moral, joven escudero —brinca Rose, alzando el animal en dos patas— ¡Les daré todo mi apoyo en la contienda! ¡Ustedes pueden!

—Dios mío, cuanto positivismo…—Nino realmente siente el vientecito del amor propio.

—¿No es un encanto? —le guiñe el ojo, jalando de las riendas— ¡Hacia París, señores!

[…]

Agua…por favor…—suplica Luka, atado de muñecas y tobillos frente a un poste.

—¡¿Agua?! ¡El agua es para los puros! —berrea un miembro de la secta, propinándole una patada en el costado del costillar— ¡Tú no recibirás nada más que el fuego eterno!

—¡Cof! ¡Cof! ¡Arg…! —se queja Couffaine, malogrado—. Mierda. Comienzo a ver borroso. Ya casi no distingo lo que digo. Félix…perdóname. Creo que perdí la gargantilla que me diste. Dios, indúltame por no saber pecar. Espero mi amor te glorifique —alza la vista al cielo nubloso, descalabrado—. Absuélveme.…

Paris. Segundo piso. 15:14PM.

—¿Quieres dejar de moverte así? —orienta Marinette, castigada—. Me pones muy nerviosa.

—Ya basta. ¡Ya basta! —exclama Félix, damnificado— ¡¿Qué mierda te pasa, Marinette?! ¡Luka está atado a un poste, listo para morir como un cerdo al matadero y solo te preocupa como me muevo! ¡¿Por qué?!

—¡¿Por qué, tú?! —se levanta, increpándolo.

—¡¿Qué dices?! —rebate.

—Hubieras sido más sincero en un comienzo si me comentaras tus gustos…—sisea.

—¿Mis gustos? —rebate el inglés, agraviado— ¿Pero que mierda estás sopesando, Marinette? Por la chucha. ¿Qué te pasa?

—¡No quieras hacerme ver como una estúpida, Félix! —lo confronta, azorada— ¡¿Por qué no admites que te gustan los hombres?!

—¡¿Pero que cojones dices, mujer?! —se va al carajo— ¡¿Es eso lo que piensas de mí?!

—¡Si! ¡Lo pienso! —revela— ¡¿Y qué, con eso?! ¡¿Te vas a hacer el ofendido?!

—¡De primera, jamás tocamos mis gustos por nadie! —advierte Graham de Vanily, agraviado— ¡Yo tampoco sé de los tuyos!

—¡¿Y eso que?!

—¡¿Disculpa?! —desmiente el rubio— ¡¿Entonces debo asumir que te gustan los hombres y ya?!

—¡No, estúpido! —vocifera la fémina, abochornada— ¡Solo me gustas tú!

—¡Y bueno! ¡Vete enterando que estamos igual! —aclara el británico— ¡Porque solo me gustas tú! ¡¿Qué caraj-…?!

—Ya, Félix. Ya…—lo agazapa, cogiendo su rostro con ambas manos. Dice—. Ya basta. Odio tener que discutir contigo. De las cosas que más horrorizo, es esto. Me carga. Lo aborrezco.

—Es chistoso como intentas cargarme todo a mi cuando yo no tengo nada que tocar aquí. Soy inocente de tus aprensiones.

—Solo estoy…escrupulosa ¿Ok? —advierte Marinette—. No me humilles así.

—No pretendo hacerlo, mi amor —dictamina el monje—. Pero yo no-…

—¿Realmente no sientes nada por Luka? —consulta, timorata.

—Marinette. Yo amo, a Luka —revela Graham de Vanily—. Y el me ama a mí. Pero te juro por mi madre y lo más sagrado de mi alma, que no es la clase de amor que crees. Es un amor religioso, sano y pueril. Nada que ver. Somos compadres, por todos los dioses.

—Perdón. Es que —lo suelta, mermada—. Esto es nuevo para mí.

—Ya. Lo entiendo. Pero por favor te ruego, no me injuries falsas amonestaciones que no profeso —implora, tomando sus manitas—. Mi amor. Entiendo que sea desconocido para ti y no lo comprendas. Solo dame la chance de querer salvarle la vida.

—¿Porque lo amas? —sigue sin creerlo.

—Si. Por eso mismo. Lo amo tanto como a mi primo, como a mi madre y a Emma. Tanto como a ti. Luka es mi familia, dios mío. Lo veo como mi hermano —aclara, mermado— ¿Es tan difícil de entender?

—N-no…ahora que lo mencionas así y lo comparas con otros amores —aclara la fémina—. Lo entiendo.

—Ayúdame —ruega el rubio, desamparado—. Le escribí una carta a Zoé.

—Que hiciste ¿Qué? —parpadea la peliazul, compungida.

—Cariño, el plan se torció. Ya nada saldrá como planeamos. Fingir solo alargara nuestra agonía —advierte en relato, Fathom—. Ya viste de que son capaces estas personas. Tenemos una sola misión. Que es acabar con esta secta de mierda. Y erradicarla de la tierra. Pero no podremos solos. Necesitamos refuerzos.

—Bueno, tiene sentido. Fue muy estratégico de tu parte —reflexiona su pareja, abrazándolo en el proceso—. Lo que más desea Zoé es apresar a Chloé.

—Me respondió que viene en camino —corresponde, acariciando indulgente sus cabellos—. Por lo demás, solo debemos esperar un poco más.

—El problema de eso, amor. Es que no sé cuánto tiempo más le den al pobre de Luka…—murmura, levantando la mirada—. Escuché de boca de uno de esos tipos, que pretenden llevarlos a un valle.

—¿Un valle?

—Si. Mencionó que es ahí donde los dejan, para ser comidos por zombis —relata, despavorida—. Al parecer, los mantienen cautivos por una razón.

—Es horrible. Es peor que morir en la hoguera —gruñe Fathom, frustrado—. Tsk. Mierda. Tendremos que movernos más rápido entonces. Ya convencí a la líder de "iniciarnos". Por el momento, no sospecha de nuestras intenciones. Sin embargo, no sé por cuanto tiempo más podamos fingir esto.

—Yo solo espero que-…

La puerta del cuarto se abre de golpe. Joder, ni si quiera son capaces de tocar al menos. Dos encapuchados ingresan de manera ordenada y se descubren la cabeza. Por fin, he reconocido los rostros que cobardemente, se ocultaban tras las sombras.

—Jóvenes. Tengo el agrado de presentarme frente a ustedes de cara a la iniciación de hoy —revela—. Mi nombre es Nora. Y soy suma sacerdotisa del templo de Anu.

—Yo soy Mylène —añade la otra—. Segunda al mando de las legiones de Enki.

¿Qué clase de profanas religiones son estas? Jamás oí nada igual —Graham de Vanily traga saliva, fingiendo permanecer en calma frente a sus títulos—. Un placer conocerlas, Nora y Mylène. Comprenderán que somos nuevos en esto y no sabemos muy bien de que va la ceremonia. ¿Tendremos que dar algo a cambio?

—Nada monetario, joven monje —manifiesta la mayor—. Tan solo entregar su alma en devoción a nuestros dioses. De cara a un juramento que se sella con sangre.

—¿Sa-Sangre…? —espeta Marinette, aturdida— ¿De qué clase de sangre hablamos?

—Es solo una pisca. No duele tanto —murmura la más bajita—. Se hace un corte en la mano con una daga sagrada. Por favor, vistan esto —les entrega un par de prendas—. Pueden ir a asearse. La ceremonia se llevará a cabo dentro de una hora. Asegúrense de comer bien y tomar abundante líquido. El recorrido es un tanto largo.

—Como. ¿No es aquí? —cuestiona Félix, turbado.

—Es en el valle —determina la morena, apuntando hacia el ventanal de la habitación—. A unos 5 kilómetros. Favor no demoren. El supremo odia los retrasos y a los impuntuales.

Marinette y yo nos miramos, completamente fuera de sí. Asentimos. Si bien estaba consciente de que esta era una "secta" como tal. Parte de nuestra misión era averiguar qué clase de pregones se fanfarroneaban por seguir. Ya saben a lo que me refiero. Todo culto, tiene un algo por lo cual, entregar en devoción su vida. Sin embargo, jamás llegué a oír tales nombres. Posiblemente, por ser muy arcanos a nuestra cultura occidental. Algo llegué a oír de refilón, cuando Adrien comentó que Sabrina mencionó ser extranjero. Muy lejano. Pero ¿Qué tan remotamente lejos puede ir algo como esto? Encima, para lograr obtener tantos adeptos. Supuse y di por sentado, que nos enseñarían un poco de que iba esto, mientras marcháramos. Y en efecto, así lo hicieron.

Luego de darnos un baño, comer y beber mucha agua. Vestimos túnicas blancas de lienzos curiosos y escritura jeroglífica. Nos escoltaron hacia el patio. En donde nos esperaba una caravana de a lo menos 10 feligreses. Todos, de rostro furtivo, claro. También conseguí divisar al pobre de Luka, en la parte trasera de una carreta. Con barrotes de madera cual jaula de animales. Creí que estaba muerto, tras no percatar movimiento alguno. Pero distinguí un suspiro endeble que movió sus costillas de arriba abajo. Menos mal, seguía con vida. Solo que demasiado débil para emitir juicio.

No era el único. Estaban Chloé y dos personas más que no estudié a profundidad. Sus rostros, no eran semejantes a nada conocido. Iniciamos el viaje, hacia el supuesto valle. Como peregrinos. El supremo líder, carga consigo un pesado libro del cual, desprende palabras, citas e historia que nos llega en forma de rigurosos preceptos a doblegarse. Someterse a ellos, en efecto. Y por primera vez, echamos ver un atisbo de lo que se oculta detrás de todo esto.

—«Así habló, Zaratustra. Profeta y mesías encargado de esparcir la voluntad de los dioses que descendieron del sol. En tiempos de hambruna y guerra, cuando el hombre aún deambulaba; ciego, sordo y mudo, como un animal en taparrabos. Anu, padre y señor. Arquitecto de los 7 mundos. Formó al humano a semejanza. E instruyó sus enseñanzas en su primogénito mayor, Enlil»

No estoy…entendiendo nada. ¿De qué clase de Dioses, hablamos? ¿Seres que bajaron del sol? Eso no me parece lógico.

—«Los dioses fueron indulgentes con la humanidad y dotaron al hombre de sabiduría y conocimiento cósmico. Entregando así la escritura, el habla y el pensamiento mismo. Erigiendo templos en su honor. Montando sacrificios de sangre a los no creyentes y erradicando el pecado a fuego, tras barcas de luz que flotaban en el paraíso»

Arcas de luz…flotando en los cielos. ¿Qué me cuenta?

—«Vinieron a nosotros, sintiendo lastima. Pero el hombre fue corrompido rápidamente por la ambición y el libre albedrió. Enki, padre y sucesor, tentó a los pecadores y los puso a prueba. Quienes lograron pasar la tentativa, se elevaron a los astros y regresaron a su lugar de origen. Allá en lo alto. Con Orión de juez, bajo el manto de su constelación. Para quienes no lo consiguieron y se vieron sometidos a las mundanales enfermedades de la carne, fueron enviados a las Pleyades. Nuestra constelación menos lejana y, sin embargo, más oscura»

¿Orión? ¿Pléyades? ¿Astros? ¿Planetas? ¿Constelaciones? Pero…esto es…

—«Así volvió a hablar, Zaratustra. Y expresó a los hijos incubados en la casa los ingenieros; "El reino de Dios solo yace por sobre la bóveda azulada que nos precede. Quien tenga ojos, que vea. Quien tenga boca, que hable. Quien tanga oídos, que escuche". Nos espera un camino celestial. Un viaje eterno, por el universo. Nosotros somos los rezagados. Los que quedamos. Y daremos nuestro espíritu, fuerza y energía de vuelta a ellos. Para que, en la hora de nuestra muerte, seamos elevados y devueltos a nuestro hogar natal. El origen, de todo»

Félix —murmura Marinette, de voz baja y contra su oído— ¿Qué diantres está pasando? Te juro que no entiendo nada de lo que esta mujer dice. ¿De qué va todo esto? Tengo miedo ya…

No temas, mi amor. No es algo tan fuera de serie. Creo que esta gente…—sisea, confrontado frente a lo que dirá. Dado que es una locura. Pero es eso, o nada—. Esta gente cree en "extraterrestres".

¡¿En qué?! —se va a la chucha— ¿Qué mierda son los extraterrestres? ¿Eso de donde salió? ¿Qué significa?

Pues…básicamente están convencidos que existen seres que viven fuera del planeta tierra. Y vinieron de antaño a fundar la civilización y nos crearon. O, eso creo. Me parece que profesan, que no somos de acá. Dios, me encantaría poder explicártelo —murmura, agazapado—. Pero…tendrá que ser para otra ocasión. De momento, descuida. Se cómo manejar esto.

¿Cómo demonios, pasó esto? —reverbera, anonadada— ¿Dices que esta secta cree en seres inteligentes fuera de aquí? ¡Es una puta locura! ¡No tiene lógica!

Pues, yo no estaría tan seguro de eso, eh…

—¡Hemos llegado! —veredicta la líder—. Bienvenidos, al valle de los moribundos.

Finalmente. Delante de nosotros, se presenta el tal "esperado" valle. Un lugar siniestro que, a todas luces, parece haber sido víctima de la caída de un meteorito o algo similar. Es literalmente un orificio en el suelo. Con bordes quemados y bosque de coníferas carbonizada. ¿Pero esto que coño es? Me siento como en la prehistoria. ¿Y cómo es que lugares como estos aún se mantienen intactos en Francia? Definitivamente, tendrán que venir arqueólogos a futuro a investigar la zona, eh. Me parece que hay mucho que desenterrar aquí. Por ahora, solo diviso una montonera de zombis deambulando sin rumbo. Típico de ellos. De paso, se ciñe un montículo de barro y tierra arenisca que, sin mayores miramientos, fue intervenido por la mano del hombre. Ya que cuenta con empalizadas dispuestas para colgar personas. Sin contar el hecho de que algunos huesos y calaveras se esparcen por el terreno. Mierda. Esta gente, perdió el juicio.

Luka, Chloé y los otros dos NN son amarrados a un poste de vigas altas y braceras listas de cara a un lento y doloroso ahorcamiento. Que no termina ahí. Porque está más que dicho, que les hacen un corte para atraer a esas cosas. Con la sed infinita de siempre. Cavilo, que finalmente no terminan asfixiados. Si no, devorados por esas bestias. Dios nos libre de presenciar tal calvario. Marinette y yo somos conducidos hacia la parte trasera del lugar. Nos tenían preparado un caldero ardiente en medio. En donde se reúnen todos, generando así un círculo casi perfecto. Nos obligan a arrodillarnos. Mylène vierte agua limpia en las palmas y da inicio al rito.

Donde quiera que estés, Zoé. Ven rápido. Ya no aguanto ni un segundo más, en este nauseabundo ambiente.

[…]

—Es aquí. Son las coordenadas que me dio Félix —comenta Bourgeois, escabulléndose sobre un risco empinado. Dotada de un catalejo, observa el panorama—. Miren, ahí están. Abajo. Tenemos una chance. Se ven distraídos por una festividad o algo así. Diviso solo cuatro guardias custodiando a los prisioneros.

—Ok ¿Alguien tiene un plan para poder escabullirnos? —consulta Nino, agazapado entre la maleza.

—¿Quién necesita un plan cuando tenemos a Dios de nuestro lado? —Rose se persigna—. El señor guiará nuestro camino.

—Eso…suena bastante alentador, señorita Lavillant —bosqueja Lahiffe, todo cagado—. Pero hablando en términos terrenales. ¿Si tenemos alguna estrategia en mente?

—Propongo saltar frente a los guardias y mostrarles mi cruz —señala entusiasmada, la rubia—. Si son paganos, se quemarán con la luz de cristo.

—No, pimpollito. No puedes hacer eso o llamarás mucho la atención —niega Zoé, jalándole la mejilla derecha—. Será mejor que te quedes rezagada apoyándonos.

—No seas así, panquesito —infla las mejillas, berrinchuda—. Vine para aportar a la aventura. Por lo menos déjame crear una distracción lejana.

—Lo harás a su tiempo, conejita —Bourgeois besa su frente, mimosa.

Estoy a dos segundos de vomitar azúcar por los oídos, no les miento. Y joder, que mierda de sobrenombres se pusieron. No doy más.

—De acuerdo. Vengan aquí los dos. Junten sus manos —sisea Rose, envolviéndolos en su rosario. De paso, unge agua en sus nucas—. Esto los va a proteger. Van con todo mi amor. Y saldrán victoriosos.

—Este…—Nino no entiende nada ya— ¿Se supone que ahora me volví inmortal o algo así?

—No exagere, joven escudero —sonríe, jovial—. Lo hago para que, si muere, su alma no se vaya al infierno y se queme eternamente en el olvido.

En realidad solo me quiero ir a mi casa…—no está soportando.

—¿Qué casa? Si ni tienes, tarado. Es más, ni el caballo es tuyo —Zoé lo motiva, jalándolo del brazo—. Andando. Sígueme y no hagas mucho ruido.

Rose es tan positiva y alegre y Zoé tan negativa y amargada. Creo que encontré oro, señores.

[…]

—¡ Anu ha hablado conmigo personalmente! ¡Me dice que debo iniciar a estos jóvenes extraviados y encarrilarlos por el camino del bien! —exclama la mujer, desentrañando una daga de entre sus ropajes— ¡Traigan al cordero y la sangre del inocente!

¿La sangre del inocente? ¿Qué mier-…? —Félix se paraliza, tras divisar a un pobre niño todo sucio y moqueado—. Oigan. Esto…

—Cortesía de la señorita Bustier. Como de costumbre —promueve Mylène, satisfecha.

Nora jala del cuello a un pobre animal. Un lechón, que vocifera a los vientos. Es amarrado de pezuñas y pescuezo. Casi puedo verme en sus ojos. Está tan aterrado, como aquel desamparado huérfano que llora en silencio. Nadie entiende nada. Es horrible. Mi corazón se apuna contra mi tórax. Marinette me observa, aterrorizada. Niega con la cabeza. Me veo en la obligación empírica de detener esto. ¡¿Pero de qué forma?! ¡Zoé! ¡¿En dónde est-…?!

Escucho un par de peñascos romper contra las rocas. ¿Qué fue eso? Diviso de reojo como unas siluetas descienden desde la cresta de aquel pico empinado. Y se esconden tras un montículo. Reconocí unos mechones rubios. ¡Es ella! ¡Finalmente nos alcanzó! Es ahora o nunca…

—Alcen sus palmas abiertas, jóvenes —solicita con potestad, el supremo—. Darán su sangre, a los dioses. Nora.

—A la orden.

Nora degolla al animal. Sin preámbulos. No le tiembla la mano. Marinette cierra los parpados, menoscabada. Omite presenciarlo. Mi garganta se comprime, palpitante. El borrego convulsiona, mientras sus fluidos salen expulsados por su cuello y reposan sobre un cáliz de oro. Mi mano se ve tentada a tomar el escalpelo que descansa escondido dentro de la túnica.

¡Por favor, liberen a Luka!

[…]

Los cuatro guardias que permanecían estoicos frente a los prisioneros, caen de bruces al suelo. Todos noqueados. De un solo golpe certero propinado por una hábil Zoé, que no da tregua a su fuerza.

—¡Nino! —murmura Zoé, en cuclillas. Le lanza una cuchilla—. Desátalo. Rápido. Trae a Chloé igual.

—¡Aquí tengo los caballos! —susurra Rose, acurrucada a un jamelgo— ¡Dios está con nosotros! Amén. ¡Go, go, go!

No es por nada, pero esa chica sin duda me da mucho ánimo— ¡Amigo! ¡Hey! —Nino palmotea la mejilla de Luka, buscando que entre en consciencia— ¡Luka! ¡Despierta, hombre! ¡Hemos venido por ti!

—¿N-Nino? ¿Eres…tú? —tartamudea el ojiazul, casi al expirar— ¡Cof!

—¿Quién más, si no? —se descubre la capucha— ¿Qué no me reconoces?

—Discúlpame ¡Cof! —farfulle Couffaine, agotado—. Es que te ves más pálido de lo normal.

—Natural. Es lo que pasa cuando vives rodeado de supremacistas blancos —bromea, desatándolo en el proceso—. Vamos, ven conmigo. Apóyate en mi hombro. ¿Aun te quedan fuerzas para montar?

—Algo…—confiesa el ojiazul, deshidratado. A duras penas, logra subirse al caballo—. Chloé sigue ahí. Por favor, no la abandonen ¡Cof!

—Descuida, vinimos por los dos. Tienes mi palabra —le guiñe el ojo, regresando.

—¿Ya están? —consulta la Duquesa, juntándose con Rose—. Por favor, llévalos a la cabaña que acordamos ¿Si, caramelito?

—¡Animo y fuerza, amor! —determina la novicia, regalándole un ósculo casto en los labios—. Me los llevo. ¡Salva al mundo, terroncito!

—En tu nombre, osita —Zoé le lanza un beso volador, toda derretida.

—Bue…creo que puedo llegar a acostumbrarme a esta cursilería —bufa Lahiffe, jocoso— ¿Ahora qué sigue? ¿Nos vamos o qué?

—Ni en tus sueños más húmedos, Nino —Lee desenvaina su espada y monta de un salto sobre su corcel—. Es hora de que le hagas bautizo a tu título de "escudero". ¿Me resguardas o le temes al éxito?

—Jejeje, solo un imbécil podría negarse a esta ofensiva, Zoé —envalentonado como nunca antes. Nino se empotra sobre su silla, jalando las riendas de su rocín y consiguiendo espada blandida al aire—. Ha sido todo un honor servirle. Quiero que lo sepa.

—Que no te escuche Adrien o se pone celoso —bufa, taloneando su cuadrúpedo— ¡SOLDADOS! ¡ES HORA DE LA BATALLA! ¡SALGAN Y VENGAN CONMIGO!

¡En su honor! —vociferan todos.

[…]

—¡En el nombre de Anu! —proclama la líder, alzando su daga contra el inocente, que aun llora— ¡Yo te declaro un fiel-…!

¡GRHA!

¡NGAH!

—¡¿Qué son esos gritos?! —se detiene de golpe— ¡¿Qué significa este desorden?!

—¡Supremo! ¡Nos atacan! —advierte uno de los sectarios— ¡Ahí vienen! ¡Es una horda!

—¡¿Cómo dices?! —se voltea, impávida— ¡Suelten a las bestias!

¡Es ahora! ¡Marinette! —Félix le lanza una cuchilla.

La tengo —la ataja, briosa.

Marinette y yo, cortamos las sirgas que nos apresan de los talones y ambos, de codo a codo. Espalda con espalda, tomamos actitud defensiva. El caos se desata entre el tumulto. Los asiduos, desenvainan espadines de hierro y escudos solases. Descubriendo cada uno de ellos, sus rostros al aire. Pero ninguno da resistencia similar a la embestida que Zoé arremete contra ellos. Sus huestes, masacran a todo aquel que muestre hostil defensa y de paso, permite que sean devorados por las mismas cosas que la pagana líder, había licenciado. Mi mujer aniquila a un par. Mientras yo, la asisto, exterminando a los otros. Somos una pareja infalible, avispada y austera. Zoé se modela frente a nosotros. Garbosa, engreída y sagaz, sobre su caballo blanco. No hay quien le de pugilato devenir. Al cabo de media hora, todos los asistentes fueron eliminados. Y los zombis, enterrados bajo tierra. Solo hemos dejado un par de personas vivas. Sin duda, la líder de la secta. Ella. Y sus dos mandamases. Mylène y Nora. Fue una carnicería, lo reconozco. Pero era optar por ello para desarticular la hermandad o caer presa de ella. Ahora entiendo por qué llamaban a este lugar el valle de los moribundos. Todo ha cobrado sentido para mí.

Nos reunimos a eso de las 19:50PM en la casona de la cofradía. Presos tenemos a los principales organizadores de esta enfermiza disputa. Zoé se reencuentra conmigo. Nos damos un abrazo fraterno, entrañable. Y de paso, Nino se reúne con nosotros. Ha comandado a sus caballeros más pobres a patrullar la zona, para despejar insurrectos. Por primera vez en tierra parisina, nos sentimos seguros con mi mujer. Aunque mi camarada de batallas, no deje de lado su ambición por conquistar terrenos inhóspitos. Y permita que sus nobles, hagan de las suyas.

—Que bulo más grande se han montado estos esquizofrénicos —comenta Zoé, afrentada— ¡Caballeros! Tienen permiso para saquear todo el lugar. Tomen todo el oro, las joyas y prendas valiosas que encuentren. Son suyas. Es un trofeo por su valentía.

—¡Como usted ordene! —acata el conscripto—. Soldados, recorran la casa. ¡Todo es suyo!

—¡PERO NO TOQUEN LOS LIBROS! —amenaza—. Dejen el conocimiento para mí.

—Si, mi señora —asiente el general.

Las milicias de Zoé desbaratan la morada. No me parece del todo correcto. Pero ¿Qué voy a hacer? Si finalmente fui yo, quien le pedí socorro. En fin, es lo de siempre. Los dejo hacer su voluntad. Mientras escucho vidrios rotos, camas revueltas y remover escombros en aspirar riquezas. Zoé se ha adueñado de este lugar. Y no me voy a quejar. Lo tiene ganado. Se empotra sobre una silla alta, en la gran mesa del comedor. Coge una botella de vino y se sirve un vaso colmado. Bebe, satisfecha. Dice.

—Enhorabuena, Félix. Por fin has logrado desbaratar el mal de esta ciudad —halaga la rubia—. Puede que en unos años más, Paris se convierta en la capital de la nación gracias a ti. Quien sabe.

—Lo que menos me importa ahora, es esta metrópoli —impugna Fathom, azorado—. Solo vinimos para acabar con la secta. Que por lo demás, te pediré no interfieras en ello. No me mal intérpretes. Estoy consciente de que, gracias a ti, nos libramos de esto. Pero tú sabes y ya me conoces. Que no busco sacar información por la fuerza.

—En efecto. Lo del dialogo burocrático te lo dejo a ti —difiere Bourgeois—. En realidad, solo vine por mi caballero y mi maldita hermana.

—Hablando de Luka —ratifica el inglés— ¿Qué pretendes hacer con él? ¿En dónde está?

—En un lugar seguro —insinúa, solapada—. Descuida, no le haré nada a tu concubino.

—Basta de bromas. Luka es como mi hermano —critica el rubio—. No tergiverses las cosas.

—Marinette tiene algo que decir al respecto de esta relación atípicamente extraña —propone— ¿No?

—Nada —rectifica Dupain-Cheng—. Ni lo intentes. No te esfuerces demás.

—Zoé, por favor —suplica Nino, contra su oído—. Se que le gusta pelear. Pero en estos casos…

—Ya sé, joder. Que aburrido —especula, levantándose—. Me gusta el drama. No obstante, veo que se aprendieron el guion del teatro al pie de la letra. Por la mañana los llevaré a ver al preciado caballero Couffaine. De momento —rebate, haciendo una pausa para observar a los prisioneros— ¿Qué harán con ellos?

—Yo los voy a interrogar —consta Marinette, furibunda—. Tengo muchas dudas que saldar con esta gente horrible.

—¿Estás de acuerdo, Félix? —murmura la Duquesa, altiva.

—Estoy de acuerdo —sentencia—. Es la voluntad de mi mujer y acataré su atrevimiento.

—Bien. Entonces, no tenemos nada más que dialogar —sentencia—. Sin embargo, me los llevaré como prisioneros de guerra. Son mi trofeo y tengo derecho a reclamar por su vida. ¡Soldados! —dos hombres se presentan frente a ella—. Lleven a estas lacras infrahumanas al calabozo de la casona. Serán interrogados por Marinette. Pero no tengan contemplación. Sin comida ni agua. ¿Me oyen?

—A su orden —aseveran ambos, tironeando de los prisioneros— ¡Andando, basuras!

—Vale. Es el precio a pagar. No me quejaré…—piensa Marinette, viéndolos pasar frente a sus ojos—. Félix, si tanto te urge ir a ver a tu amigo Luka, puedes ir.

—¿De verdad…? —consulta el monje, descalabrado.

—Tranquilo. Todo está bien —asiente la condesa.

—Dije que por la mañana —disiente Zoé.

—No —desaprueba el británico—. Ahora.

—Bueno, que prisa te cargas por tu amante —contesta Lee, divertida. Camina hacia la puerta—. Acompáñame. Te llevaré con él.

Tsk, que molesta te has vuelto, mujer —Fathom acepta a regañadientes, siguiéndola por la mampara—. Volveré en un rato, mi amor. Tranquila.

—Tú, descuida. Aquí te espero —sisea.

Se me había olvidado lo molestosa que era Zoé a veces. No es que me irritara en sí, su forma de ser. Pero digamos que había situaciones en donde aquel humor negro que tanto le caracterizaba, le pasaba factura. De igual manera, yo no era quien para protestar ofensa. Nadie me mandó a ser tan sensible, joder. De momento, mi cabeza era lo más similar a un huevo estrellado. Y solo podía pensar en una sola cosa. La vida de Luka. Bourgeois me llevó junto con Nino, hacia la ladera de un descampado desnivelado; cruzando cierto riachuelo. Era una especie de silo abandonado. De puertas corroídas, ventanales chirriantes y acechante maleza. Un lugar sin duda muy estratégico, poco conocido a las afueras de Paris. Ni a un pobre diablo o alma en pena se le hubiera ocurrido buscar aquí. Miré mi reloj de bolsillo. Eran las 00:50AM. El momento perfecto para que alguna de esas cosas nos atacara, si deseaba hacer caso a su avidez de apetito y sed de sangre.

Así que me apresuré a entrar rápido, salvaguardando mi morral. Ya que, en el interior, cargaba las ultimas muestras de suero que me quedaban para el viaje. No me aguanté. De un solo portazo, entré a la vivienda.

—¡Luka!

—Ah…Félix —bosqueja un aturdido Luka—. Mi señor…

—Luka…

No pude evitarlo. Tenía que hacerlo. En cuanto lo noté ahí, todo magullado, compungido y estropeado. Me vi en la obligación de arrojarme a sus brazos, como lo haría un motivado crío hacia su madre. Lo envolví contra mi pecho, encorvándome frente a su calor. Seguía con vida, menos mal. Y agradecí al altísimo de que así fuera. Luka frotó su mejilla contra la mía. Nos quedamos restados un par de minutos así, cogidos en la penumbra de un silencio religioso. Sin embargo, terminó por desenganchar mi entusiasmo; y me dijo.

—Esto solo fue una prueba, Félix —advierte el peliazul—. Pero quiero que sepas, que nunca decliné a tu poder de protección.

—Te vi morir, en el valle de los moribundos —desentraña, el rubio—. La gargantilla que te regalé, se partió en dos. Temí lo peor.

—Estoy bien, hermano —declara Couffaine, juntando su frente contra la suya en un acto de amor sensitivo—. Ahora que estamos juntos, nada podrá separarnos.

—Ten, amigo —manifiesta Graham de Vanily, devolviéndole el trozo que se coartó—. Es tuyo. Aun puedes repararlo. Solo no lo abandones.

—Nunca lo haré, Félix —inclina, el ojiazul—. Tú y yo, estamos unidos por la gracia divina de nuestro señor.

—¡Aaaawwwh! ¡Pero que escena tan romántica! —berrea Rose, conmovida de lágrimas y aplausos frente al acto que acaba de presenciar— ¡Sir Couffaine! No sabía que tenía un novio.

—¿Eh? ¿Qué? N-no…nada de eso, señorita. Se equivoca —desmiente el peliazul, abochornado. Instintivamente, ha soltado a su camarada y se aleja—. Con Félix solo somos…familia.

—Si. Bueno —añade Fathom—. Digamos que es algo así como mi hermano perdido, jeje…

—Oh. De acuerdo, les pido una disculpa por la pretenciosa aseveración que hice hace un rato —se amonesta la rubia— ¡Pasa que soy muy fan de maricones!

¿Fan de…? —Luka no se entera— ¿Qué chucha dijo?

—Descuide. No somos de masculinidad frágil, por así decirlo —ríe Graham de Vanily. Aunque ligeramente absorto por su presencia—. Este… ¿Y usted es?

—¡Si! Que torpe de mi parte —se da un golpecito en la cabeza—. Rose Lavillant, para servirle noble monje.

—Félix Fathom, en su honor —le estrecha la mano, aun confundido— ¿Es amiga de Zoé?

—Pues…—rueda los ojos hacia un costado.

—Es mi novia —sentencia Lee, parándose a su lado entorno a un acto de presencia furtivo. La toma del hombro y la atrae hacia ella— ¿Algún problema con eso?

—¿T-tú…? ¿Qué? ¡Ah! ¡N-no! ¡Para nada! —despabila, avergonzado—. Disculpa si mi reacción fue un poco sacada de onda. Es que…no me lo esperaba tan de pronto.

—Tch…al fin sales del closet, desviada —berrea Chloé. Tirada a un costado del suelo, con claros signos de maltrato—. A ver como se lo toman tus queridos súbditos cuando se enteren.

—¿Tú me tratas a mí, de desviada? —masculle Zoé, anejanada. La jala del cabello— ¡Maldita malcriada! ¡¿Te das cuenta de todo el mal que has causado por tus caprichos?! ¡Aquí la única enferma eres tú!

—¡Ouch! ¡Hey! ¡Me despeinas, infeliz! —se queja, de vuelta— ¡Quítame tus sucias manos lésbicas de encima! —la aparta, colérica— ¡Yo solo estaba buscando erradicar el pecado de esta tierra!

—Pues para que eso pase, debiste haber partido por extinguirte tu misma, lacra —espeta la Duquesa, hastiada—. Tu sola presencia es un insulto a la sociedad.

—¡Tú jamás serás digna de mi respeto! ¡¿Me oyes?! —Chloé se eleva del piso, propinándole un empujón— ¡Te odio! ¡No sabes cuanto te dete-…! ¡Nhng! —se contrae sobre sí misma, adolorida.

—Señorita Bourgeois. Por favor, no se mueva tanto —inquiere Lavillant, preocupada—. Sus heridas aun no sanan.

—¿Y a ti que te importa, monja sucia?

—¡Óyeme! —Zoé la jala del brazo, fulminándola con la mirada—. De mí, puedes decir lo que se te venga en gana. Pero ni te atrevas a meterte con Rose. Encima que tuvo la decencia de curar tus heridas. Ni las gracias sabes decir.

—Yo no pedí que me rescataran ¿Ok? —rebate su hermana, mosqueada—. Estaba dispuesta a morir y a aceptar mi destino. Prefiero eso que acabar siendo comida por esas bestias.

—No te confundas, mocosa. De que vas a morir, lo harás —impugna su contrincante—. Pero no serás tú quien lo decida. No te daré tal placer.

—Dios, que dramón familiar se cargan ustedes dos —comenta Félix, malogrado—. Chloé. Esto se acabó para ti. Ya no hace falta que sigas haciendo esta clase de estupideces. Con mi primo ya encontramos la cura a este mal y ya no hay nada que nos impida salvar a los pobladores.

—¿Cómo? ¿Qué es eso de que tienes una cura? —contradice—. No te creo, sacerdote mentiroso.

—¿Para qué mentir con algo como eso? Es ridículo —objeta el rubio, mostrándole un par de jeringas del interior de su bolso—. Es la pura y santa verdad. Así que deja esos miedos infundados y declina de una vez. No hay tal "pecador" en esta tierra. Y si te refieres a los no muertos, son los únicos que serán erradicados.

—…ghn. Siguen siendo patéticos.

—Señorita Bourgeois —murmura la joven novicia, mustia— ¿Por qué tanto odio en su corazón? Nuestro señor nos abraza a todos por igual. Somos hijos de él. Fruto de su compasión. No está bien ir por la vida queriendo matar a todos, solo porque se siente mal.

—Ni te esfuerces en intentar convertirla o algo así, cariño —exhala Zoé, derrotada—. Esta mujer obtusa no entiende con palabras.

—Todos tenemos derecho a redimirnos, terroncito —aspira la rubia, con vehemencia—. Solo debemos abrir nuestros corazones al amor.

—El amor no existe. Dejen de inventar estupideces, por favor —niega Chloé, compungida.

—¿Por qué negarse a tal sentimiento dadivoso? —sisea Rose, apelando a dóciles palabras de consuelo—. Por supuesto que existe

—No para mí —farfulle, desalentada—. Dejé de creer en él hace muchos años, ya…

—Vamos ¿Quién le hizo tanto daño como para que piense así?

Silencio sepulcral. Todos callan de golpe. Y en simultaneo, se giran hacia Félix. Aunque hayan intentado hacerlo de forma disimulada. Es obvio a quien están culpando de eso. Viéndose así mismo acorralado frente a tal injuria, desvía la mirada; cabizbajo.

—En verdad…lo lamento, Chloé —admite el Duque, compungido—. Realmente no tengo palabras para describir lo mucho que me arrepiento de lo que pasó entre nosotros. Lo cierto es que…nunca quise hacerte semejante daño. Nadie pudo evitar lo que ocurrió al final —añade, gesticulando una mueca descorazonada—. Pero eso no quita el hecho de que nada de eso hubiera sucedido, si yo no hubiera ido por el mundo jugando a los adultos.

—Félix. No hace falta que seas tan duro contigo mismo. Eras un crio, solamente —le endosa Zoé—. No te dejes manipular por mi hermana.

—¿A qué se refiere, joven monje? —consulta Rose, pasmada—. Usted se ve un hombre de fe.

—Tan santo no es, niña —masculle Bourgeois, injuriada—. Ese sujeto que ves ahí, con ese hábito. No es más que un hipócrita. El me arrebató mi virginidad. Y por su culpa, nos vimos forzados a contraer matrimonio.

—Basta, Chloé. Las cosas no pasaron así —aclara Lee, frunciendo el ceño en el proceso—. Tu muy bien sabes que fue consensuado. Ambos así lo quisieron.

—Es verdad. No me estoy quejando realmente de lo que hicimos en si —carraspea Chloé, apabullada—. Pero no hubiéramos llegado a ello, si este infeliz no me hubiera llenado la cabeza de aire con palabras bonitas y poesía barata.

—Que Félix hizo ¿Qué? —Luka hace una pausa, anonadado con lo que escucha. Se gira hacia su camarada.

—Es cierto. Yo la busqué en aquella fiesta. Yo la cortejé. Yo la seduje —admite el inglés, sin tapujos ni mayores miramientos—. Lo hice porque me pareció una mujer sumamente atractiva y por esos años, me encontraba pasando por un proceso hormonal complicado para mí. No pretendo huir de mi error ni mucho menos de mis acciones —sentencia, frente a todos los presentes—. Sin embargo, no pienso cargar con sus dolos. Solo me hago responsable. Más no, culpable.

—Así que ahora lo admites ¿No? Cabrón —balbucea Chloé, con la mirada humedecida—. Que solo estabas jugando conmigo.

—No era un juego para mí, Chloé. Nunca lo fue. Con nadie —manifiesta Félix, templado y con altura de mira frente a sus camaradas—. No soy la clase de persona que creen. En realidad, buscaba lo mismo que tú. Un poco de…amor. Afecto. Cariño. Y lo canalicé de mala forma, en personas que no resultaron ser lo que pensé. Puedo reconocer mi responsabilidad en lo que pasó —la mira, ofendido—. Más no consentiré que se me emitan juicios tan sesgados frente a mis sentimientos. Porque, aunque quieras negarlo, tú sabes que te traté con amor. Te consta. Fui decente contigo. Y te traté como una damisela. Jamás con ojos morbosos —contrae los puños—. Así que, es hora de soltar el pasado, Chloé. Somos adultos ahora. Maduros. Tal y como dijo Rose, olvida el odio y ábrete al amor. Porque nadie aquí presente, desea lastimarte. La única que lleva años lastimándose a sí misma, eres tú.

—Yo si te amaba, Félix —sincera Chloé, abrazándose así misma en un sollozo pueril—. Lo hice desde el primer momento en que te vi.

—Lo sé. A pesar de todo lo que la gente solía decir de ti, yo siempre lo supe. Lo llegué a sentir —relata Fathom, caminando hasta ella hasta quedar de rodillas frente a su merced—. Sé que me amaste. A tú extraña manera, pero lo hiciste. Y te debo una disculpa por no haber podido corresponderte como debía. No vamos a engañarnos entre nosotros ¿Sí? —musita, removiendo las lágrimas que laceran sus mejillas—. Vamos, Chloé. Tú sabes que somos incompatibles. No hay forma de que esa relación hubiera funcionado. Y no mereces vivir en el engaño. Ya encontrarás a alguien que te haga honores. El reino está lleno de nobles caballeros que darían su vida por ti —finaliza, envolviéndola en un abrazo cariñoso—. Ya no llores. Es tiempo de sanar…

Por increíble que pareciera, Chloé cedió frente a mis palabras y terminó correspondiendo mi abrazo, cual niña pequeña en manos de un piadoso padre. Hubieran visto la cara que tenía Zoé en ese momento. Completamente empalidecida y boquiabierta. Rose, Luka y Nino lloraban a moco tendido, como si se tratase del climax de una obra teatral. Joder, que bola de tontos que son.

—Qué bonita es la terapia —hipa Nino, limpiándose las secreciones en la ropa de Luka—. Creo que necesito una de esas.

—Por qué me tiras tus porquerías, puerco —Couffaine lo empuja, asqueado.

—Es muy lindo. Todos necesitamos abrirnos al amor —sisea Rose, removiéndose los parpados con una hoja de la biblia—. Yo te amo mucho, abejita —se aferra a su pareja.

—Y yo a ti, cachorrita —Zoé besa su frente, mimosa.

—¿De dónde se sacaron esos sobrenombres tan cringeros? —Luka se va a la chucha.

—Tranquilo, con el tiempo te acostumbras a escucharlos —bufa Lahiffe, sonándose la nariz contra su hombro.

—¡Que te quites, cerdo de mierda! —lo patea.

Nunca creí que llegaría el día en que confesaría esto. Pero creo que Chloé…finalmente comprendió todo. No estoy diciendo que se haya "absuelto" de sus malas acciones. No obstante, yo no buscaba del todo que pidiera disculpas por sus faltas. Tan solo anhelaba poder sanar su espíritu. El reconcomio de maldad, no yace en corazones oscuros. Solo en quienes han sufrido lo suficiente como para negar la jurisdicción del amor. Cerrarse a él, es lo mismo que morir de pie. No hay otro sentimiento similar al cariño, que pueda curar a una persona. Fue lo que pensé, en el instante en que nuestras miradas se reencontraron y ella me regaló una sonrisa puritana. Llevaba un tiempo negando mi vocación de servicio por el prójimo. Reculando constantemente, si era correcto continuar transitando estos caminos de la fe. Mi paso por la religión anglicana, se había transformado en una herramienta, al final del día. Pues yo no profesaba las palabras del altísimo con un texto sanscrito en mano, ni objetos que representaran un credo. Como una cruz o un rosario. Yo era, si no, un emisario. Un puente, entre lo espiritual y lo terrenal. Y mi verdadera devoción al culto, era el amor. No otra cosa. Ni otras figuras de adoraciones paganas.

Cada célula de mi cuerpo solicitaba a gritos, poder echar un capote a otros. A reencontrarse consigo mismos. Así como Adrien era un doctor del cuerpo. Yo lo era del alma. Esa fue mi conclusión.

Chloé demostró ser mi primera "buena acción" por así decirlo. Una real. Concreta. Dejando de lado mi ambición por sanar no muertos. Yo no iba a exigirle nada, más que fuera feliz de una buena vez. Que soltara candados. Ataduras, que la aprisionaban a girar en la misma rueda del odio. Es tal y como le dije a Luka en aquella vez. Nadie tiene enemigos. A partir de ese momento, todo cambió.

—Todo muy bonito, Fathom —reclama Zoé, azorada—. Pero Chloé tiene que decir algo al respecto ¿Acaso pretendes dejar las cosas así? ¿No vas a pedir perdón al menos?

—¿Es necesario hacerlo? —murmura su hermana, arisca.

—Tsk, es lo mismo que nada entonces —chasquea la lengua.

—No. Lo cierto es que no es necesario —admite Félix, tomando indulgentemente el hombro de su amiga—. Nadie te está obligando a ello, Chloé. Descuida.

—Con todo respeto —inquiere Rose, preocupada—. Las enseñanzas de nuestro señor, indican que para sanar debemos saber perdonar y pedir perdón.

—Es lo que él recomienda mediante escrituras, claro —exhala Fathom, brioso—. Sin embargo, no es del todo correcto cuando comprendemos que no existen las malas acciones.

—¿Cómo que no existen? —contradice Zoé, molesta— ¿Te estás oyendo? ¡Mi hermana ha hecho puras cagadas desde que nació!

—Es cierto, que Chloé las ha cagado. Pero díganme ustedes y con una mano en el corazón —los interpela— ¿Quién aquí no la ha cagado alguna vez? ¿Eh? ¿Puede alguien sin pecado arrojar la primera piedra? Olvidan que todos aquí, por igual, vinimos a aprender. Y no hay manera de lograrlo, si no hacemos cagadas —los observa a todos, sereno— ¿O cómo es que se dieron cuenta que no deben mentir, si no mintieron alguna vez? Echando a perder se aprende. Y mientras tengamos la sabiduría de entender que errar es humano, el perdón se da por añadidura. Juzgar a otros, no me parece correcto.

—Son puras patrañas. No estoy de acuerdo —reniega la Duquesa, mosqueada—. Chloé me debe una disculpa.

—Chloé no te debe nada, Zoé. A nadie. Si hay alguien a quien debe pedir perdón, es a ella misma —sentencia el inglés—. Es tu ego herido el que habla por ti. En el fondo, sabes que también la amas.

—Engreído. No quieras sacar conclusiones de mis sentimientos por mi —farfulle colérica, la rubia—. No quiero volver a ver a esta mujer cerca mío. Si quieres ir por la vida permitiendo estupideces, hazte cargo tú de ella.

—Cariño —murmura Lavillante—. Yo no creo que-…

—¿Eso que significa? —le reprende Chloé.

—Significa, que estás fuera —determina Lee, fulminándola con la mirada—. Estas oficialmente expulsada de mis tierras. Te irás exiliada, junto con los Agreste.

—¡¿Qué?! ¡No puedes hacerme esto! —sermonea la mayor— ¡Soy una Bourgeois también!

—¡Tu querías acabar con nuestro apellido! ¡No vuelvas a mencionarlo! —grazna la noble, caminando hacia la puerta—. Es mi última palabra. En cuanto te recuperes, te irás lejos. No volverás conmigo a Flandes.

—Zoé —advierte Graham de Vanily, descalabrado—. No me-…

Y tú, Félix —lo apunta, inculpándolo en el proceso—. Puedes ir metiéndote tus lindas y rosadas palabras por el culo. Ya me cansé de tener que lidiar con personas que no aportan nada bueno en mi mundo. ¡Quiero paz, joder! Ahora que estoy dispuesta a hacer mi vida con la mujer que amo, no permitiré personas de mierda en mi circulo —remata—. Se acabó. Me voy a dormir. Adiós —sale de la cabaña.

Mierda. Esto…sin duda no estaba dentro de mis planes. ¿Exiliada también? Yo ni si quiera estaba dispuesto a aceptar tal destino para mis propios tíos. ¿Ahora debo encargarme de Chloé por igual? Qué problema…

—Po-Por favor, perdónenla. Solo está muy molesta y dolida. No es lo que realmente siente —concluye Rose, ofreciéndoles una reverencia de vuelta—. Yo hablaré con ella ¿Sí? No tomen muy en serio lo que una persona irritada dice. Suele caer en fatuos preceptos. Si me disculpan…—la sigue detrás.

—Genial. Ahora resulta que tendré que irme a vivir a la punta de la mierda —exhala Bourgeois, deslucida.

—No es por nada, pero le dijiste que la odiabas y la detestabas —inquiere Nino.

—Chloé no odia a nadie, Nino —explica Fathom, vencido—. Solo se odia a si misma. Vamos a darle tiempo al tiempo ¿Sí? No nos apresuremos.

—Le tienes mucha confianza, amigo —musita Luka.

—¿Tu no la tendrías? —lo mira.

—Eres un buen hombre, Félix —asiente, desahuciado—. Ojalá todos fueran y pensaran como tú —niega con la cabeza, apartándose—. Iré a descansar. Me duelen las costillas.

Nino me observa y también niega con la cabeza. Chloé solo se limita a sentarse en un rincón, abrazando sus piernas. Rehúye de todos y guarda silencio, en soledad. En estos momentos tan lóbregos de desamor. Solo puedo apelar a una última carta bajo mi manga. La confesión de aquellos integrantes de la secta. Confió en Marinette. Estoy seguro, de que Chloé aún puede salvarse. Siempre y cuando conozcamos, que la impulsó a semejantes enajenaciones.

[…]

—Tiene derecho a interrogar a los prisioneros, condesa Dupain-Cheng —explica, el más grandulón de los caballeros—. Sin embargo, la duquesa Bourgeois fue especifica en mencionar que solo cuenta con media hora para ello. Sea breve, por favor.

—Gracias, Iván. Prometo no tardar mucho.

Calabozo. A esa misma hora.

—Pierdes tu tiempo, Marinette —señala Nora. Atada de muñecas y tobillos—. No diremos nada que pueda comprometer a nuestro credo.

—No vine a hablar con las ovejas —sentencia Marinette, juntando el entrecejo—. Si no, con el pastor.

—El supremo tampoco dirá nada —niega Mylène, en igual de condiciones.

—Yo no estaría tan segura de eso —determina, sagaz. Pues aquella persona que se esconde tras una capucha, alza la vista con avidez—. Toda la secta fue desarticulada. Zoé Bourgeois desmanteló la casona. Todas sus reliquias y textos paganos, fueron robados, confiscados o quemados. Además, acabó con la mayoría de sus integrantes y los pocos que quedaron, huyeron cobardemente de Paris. Actualmente, están siendo intensamente buscados por todo el reino —arguye, de manos contra su espalda—. Es cuestión de horas para que caigan en manos de sus hábiles soldados. Así que, dada la premura de un inminente y fatídico final, le recomiendo que hable. Puede que, si me convence, aminore su sentencia.

—¿Y esa cual sería? —pregunta la líder, en tono hosco.

—Morir, claro está —esboza Dupain-Cheng, altiva—. Lo cual me imagino que no es un problema para usted. Ya que según entendí, su dogma afirma que solo la muerte los librará del pecado y podrán finalmente descansar al lado de sus extraterrestres.

—¿Extrate-…? —Nora parpadea, liada— ¿Qué?

—Yo no los llamaría de esa manera, condesa —señala la mayor—. Son seres demasiado evolucionados como para clamar tal sobrenombre vulgar.

—No viven en la tierra. Por lo que el termino les va de perilla —sisea la ojiazul, sentándose frente a ella—. Antes que todo, quiero que sepa que no soy religiosa. No profeso ninguna fe. Me excomulgaron hace años, por pedir la disolución de mi matrimonio. Lo cual, para las leyes arcaicas de esta nación, solo se logra mediante un reclamo de adulterio —explica, serena—. Obviamente no lo soy. Pero era apelar a ello o continuar la farsa al lado de un hombre que dejé de amar.

—Ya lo sabía —sisea su rival—. Todos nuestros integrantes, eran ateos o de plano excomulgados por la iglesia. Pierde cuidado con tu explicación.

—Antes de continuar. Me irrita no verle la cara —la fulmina con la mirada—. Descúbrase la cabeza.

—Me temo que no será posible —bufa, irónica. Le enseña sus muñecas atadas—. Apenas puedo moverme.

—Ya basta de juegos, bruja de mierda —gruñe Marinette, irritada. Se abalanza hacia ella y deliberadamente, le quita la capucha. Lo que ve a continuación, le roba el aliento—. Pero… ¿Qué demonios? Solo es una…

—Si. Ya sé lo que debes de estar pensando —ríe—. "Es solo una ancianita". Pero juzgar a un libro por su portada, es algo soberbio de tu parte.

—¿Quién demonios eres? —Dupain-Cheng entra en furibundos sentimientos, perdiendo total trato de respeto— ¡Habla de una vez!

—Mi nombre es Marianne Lenoir —confiesa la octogenaria—. Y soy la fundadora, de este credo.

—¿Lenoir, dijo? —tartamudea, estupefacta—. Es usted…la ¿Legendaria dama de hierro? ¿Es una broma?

—Veo que conoces mi historia, jovencita —esboza, satisfecha.

—¿Quién es? —examina Haprèle, aturdida— ¿Es alguien famoso?

—Meh…algo así —comenta Nora, encogiéndose de hombros—. Al menos entre los nobles.

—¿Tú la conocías? —le increpa su camarada—. Siempre supiste quien era.

—Eres una campesina —bufa—. Natural que no reconozcas su historia.

—¿Disculpa? —farfulle, ofendida.

—Ya cállense, ustedes dos —demanda la peliazul, descalabrada—. Eso es imposible. Eres una impostora. Marianne Lenoir murió hace muchos años. Durante la-…

—Si. La cruzada de Mahdía. Del reino franco-genovés contra los tunecinos. Conozco el relato —interrumpe, altiva—. Yo estuve ahí, condesa. Lo cierto es que no morí. Heme aquí. Viva y coleando.

—¿Qué pasó? ¿Por qué se desapareció del mapa? —consulta Marinette, ávida de dudas—. Se supone que el rey lloró su partida. Incluso hasta un funeral le hizo a su familia.

—Mi barco fue asediado por las tropas del sultán bereber de Masmuda —aclara—. Me tomaron prisionera y pasé parte de mi juventud vagando por oriente. Cuando finalmente logré escapar, hui al noroeste de Libia. Y viví un tiempo con las tribus Hilias del antiguo imperio babilónico. Fue ahí, donde adquirí conocimiento arcano —narra—. Descubrí entonces, el verdadero significado de la existencia. Fui instruida por los iraquíes de Babil. En los textos sumerios de los pretéritos hombres. Los primeros, en su especie.

—¿Por qué no volver a tu nación? Si tuviste la oportunidad de escapar —su historia no le hace sentido— ¿Qué necesidad?

—Al igual que tú, muchacha. Mi matrimonio fue concertado y forzado por intereses políticos. No me vi lista para regresar a verle la cara a mi esposo —confiesa la mayor—. Que por lo demás, me detestaba. Dado que nunca quise darle un heredero. Imagino que tu mejor que nadie comprenderá mis razones.

—Si —frunce el ceño—. Pero eso no quita el hecho, que has dañado y fragmentado a mi reino, con tus paganas creencias.

—Es cierto. No le resta importancia. Pero de pagano no tiene nada. Solo diría que es algo "ortodoxo" de comprender —ambiciona Marianne, en una sonrisa sagaz—. No estoy arrepentida ni una pisca de lo que hice en esta vida mundana. Conocí grandes experiencias y…furtivos amores. He viajado mucho. He visto mucho. He recorrido caminos sombríos y también llenos de luz. Sé de lo que hablo —completa—. Es lo más cercano a tocar el cielo. De mis más grandes logros, incluso llegué a la antigua China y evidencié el placer máximo del goce.

—Tú relato no me contenta —falla Marinette, levantándose de la silla—. No es suficiente, para que hayas querido infectar la mente de personas inocentes.

—Me importa bien poco lo que quieras pensar de mí, Dupain-Cheng —descubre Lenoir—. "Inocente". Que palabra tan corriente. No existe tal cosa en este plano. Abre los ojos y vete enterando, que el mundo no gira entorno a tus ideales.

—¿Y si de los tuyos? —contradice la ojiazul, hastiada—. Es una historia indisciplinada sin gobierno ni potestad alguna en base a nada. Ese lugar. El "valle de los moribundos". Tú lo creaste ¿No? Para hacer de las tuyas.

—No. Te equivocas una vez más conmigo. Para cuando decidí volver a este país, ya existía —explica la anciana—. Alguien más, antes que yo. Ya llevaba a cabo estos preceptos. Será mejor que investigues a fondo antes de juzgarme.

—No seré yo quien te juzgue —toca la puerta, solicitando salir—. Se acabó el interrogatorio. Ya me diste toda la información que requería.

—¿Qué harás ahora? ¿Irás corriendo hacia los Bourgeois para acusarme como una cría? —carcajea, en tono arrogante—. Que sepas que los Bourgeois eran parte también de esta cofradía. Ten mucho cuidado en donde metes la nariz, Marinette. Puede que te lleves una sorpresa no muy grata que digamos.

—¿Qué insinúas? —se gira, increpándola.

—Gracias, Marinette — Marianne la despacha—. Fue muy afable dialogar contigo.

—¿Todo bien, señorita? —consulta Iván, abriendo la puerta.

—Tsk. Y una mierda —berrea la fémina, caminando hacia el pasillo totalmente enfurruñada—. Necesito hablar con Zoé. O Chloé. La primera que se presente. Llámalas. Que vuelvan.

—S-si…cuanto antes —asiente, obediente.

¿A qué se supone que están jugando los nobles? Manga de imbéciles. Voy a quitarles la máscara a todos, ya sea me cueste la vida…en el proceso.