—¡Una vez más, Emma! —vocifera Kagami, sudorosa— ¡Protege con el hombro, no solo con el brazo! ¡Quiero ver esas piernas más separadas! ¡Frente en alto! ¡Pecho afuera! ¡Trasero atrás!
—¡S-Si! ¡Sensei! —jadea, una agotada muchacha. Lanza una estocada— ¡Voy!
Provincia de Le Mans. Jueves. 16:15PM.
— ¡Touché! —Armand, levanta el banderín rojo— ¡Ataque! ¡Contra ataque! ¡Punto para Tsurugi-san!
—¿Cómo es posible? —gimotea la rubia, malograda— ¡Pero si la toqué primero!
—La esgrima no funciona así, joven Agreste —explica el maestro D'Argencourt—. No solo gana quien ataca primero. A veces un movimiento en falso, puede hacerle tocar al rival. Pero si este contrataca en un punto neurálgico de su cuerpo, más arriba del torso, por ejemplo, es válido para el contrincante.
—¿Eso que significa? Es muy complicado —se despeina, ofuscada.
—Significa, en pocas palabras —relata Kagami, certera—. Que, si apuñalas a alguien en el abdomen, puede que llegues a perforarle un riñón. Lo cual, no lo aniquilará. Dado que no es una zona mortal. Y como pueda seguir en movimiento y te clave una espada en el cuello, perdiste la vida. Así de simple.
—¿Debo entonces atacar la yugular? —examina, Emma.
—En la esgrima, no. Pero en la vida real, si —propone Tsurugi—. Una guerrera noble sabe reconocer puntos débiles de su oponente. No muestres debilidad.
—Eh…no estamos enseñando tales artes, Tsurugi-san —advierte Armand, preocupado y ligeramente aturdido—. Por favor, limitémonos a las instrucciones del deporte como tal. El señor Agreste me pidió explícitamente que supervisara el entrenamiento de la señorita. Y recalcó: "No caer en brutalidades"
—Y una mierda. Mi esposo es un galeno —confiesa con altivez, la japonesa—. Su único propósito es curar y sanar enfermos. Yo, soy un samurái. Cuya única profesión durante mil años, ha sido matar. Callase y mire.
— Creo que no me pagan lo suficiente…— el hombre se quiere coser el hocico.
—Ya me escuchaste, Emma. No estamos aquí para aprender a cortar cebollas —exclama la nipona, tomando posición de ataque—. Le objetivo es aprender a cortar cabezas. ¿Te queda claro?
—¡S-si! ¡Tsurugi-san! ¡Estoy lista! —reanuda Dupain-Cheng, garbosa. Toma su florete y acomoda los pies— ¿Profesor?
—¡Ah! ¡Eh! ¡S-si! Este…—D'Argencourt despabila, timorato— ¡En garde! ¡¿Prêt?! —decanta la mano— ¡Allez!
Emma y Kagami se baten a un duelo de floretes.
—La pequeña Emma se está esforzando mucho, Adrien —comenta Nathalie, caminando tras de el—. Me alegra que al fin haya encontrado un deporte digno para canalizar energía masculina.
—Hago caso omiso a mis aprensiones —sisea Adrien, asistiendo al entrenamiento cual espectador—. Mi esposa, mi ex mujer y mi primo hermano determinaron que era lo mejor para ella. ¿Qué puedo hacer? Solo apoyarla. No pretendo quedar como el malo de la obra —se cruza de brazos, observando la escena—. Ahora que la observo con detenimiento, no se equivocaron. Mi hija es muy gallarda a la hora de portar un arma.
—¿Aun teme por su vida?
—Ya no —merma el rubio, satisfecho—. Mírala. Se parece tanto a su madre…
—¿Lo dice con nostalgia por querer remembrar su vida con ella? —cuestiona Sancoeur.
—No. Sucede que…ah —se rasca la nuca, almidonado— ¿Cómo decirlo? Tu no estuviste ahí. Pero viajé con Marinette hacia el sur y vivimos batallas juntos. Es una chica increíble, Nathalie. Ojalá hubiera podido apreciarla más, cuando estábamos casados.
—¿Acaso está demostrando arrepentimiento por su ex? —consulta.
—No. Eso nunca —aclara—. No anhelo volver con Marinette. En nuestros años mozos, fuimos felices y ya vivimos nuestro momento. Superé. Mi corazón ahora late por otra mujer…—confiesa, observando a Kagami a lo lejos—. Se ve tan hermosa ahora. Es como si brillara por sí misma.
—¿De dónde saca tales luces? —consulta, liada.
—¿Tú no las ves? —ríe el conde, abochornado—. Ah. Es que, tú no sabes lo que yo sé, jeje…
—¿Y eso que sería? —no se entera.
—Mi mujer, está embarazada —confiesa Adrien, ruborizado de mejilla a orejas— ¿Puedes creerlo? Está esperando un bebito mío…
—¿Ka-Kagami está preñada? —espeta, espantada.
—Por favor, no utilices esos términos tan salvajes —le reprocha, el ojiverde—. Es mi esposa, Nathalie. Le debes los mismos honores que a mí. Y por lo demás, sea como se dio, fue con afecto. No hay momento en que hayamos intimado sin que lo haya hecho con amor. Mucho amor e indulgencia —profesa, injuriado—. Me siento feliz…
—Si a usted le complace, joven Adrien —rehúye de su mirada, repelente—. Por mi está bien.
—Eres muy mala fingiendo —bufa, de igual forma reprochándole su actitud. Se gira hacia ella y la mira— ¿Por qué te ofende esta noticia?
—Es una fulana, Adrien —rebate.
—No lo es. Es Kagami Tsurugi —desmiente.
—Una afuerina —profesa.
—¿Y eso que? —frunce el ceño.
—Puede que sus ojos nazcan rasgados y-…
—¿Te parece que eso me importe? —la increpa, ofendido— ¡¿Ah?!
—Pe-perdóneme. Pero es que su madre no quer-…
—Mi madre ¿Qué? —rechaza, prohibiéndola—. Ten mucho cuidado con lo que emitas. No olvides que mi mujer te odia y terminarás exiliada.
—¿Usted quiere eso para mí? —contraría.
—Es lo mejor para todos —anula, malogrado—. Si vas a estar dando comentarios tan estúpidos como estos, no me negaré.
—Adrien, yo no-…
—¿Por qué no quieres que sea feliz? —repugna Adrien, azorado— ¿Qué no ves que me siento bien con la noticia? Dios santo. ¿Ustedes de que van? Voy a ser padre, joder. Es más, para que les duela. Pretendo tener muchos hijos con Kagami. ¿Tanto les molesta?
—Por favor, no me-…
—¡Ya basta! —le reprocha el Agreste, fulminándola con la mirada— ¡Quiero rehacer mi vida como dios manda! ¡Merezco esta vida! ¡Ser complacido! ¡Ser mimado, amado y cumplir mis sueños!
—¿Sus sueños se limitan a ser una fábrica de hijos? —ironiza.
— ¡SI! ¡¿Y QUE?!
—…
Silencio entre ambos. Aquellos gritos han llegado a oídos de los asistentes. Kagami detiene su andar. Emma se paraliza. Armand gira la cabeza. Todos los ojos, recaen en aquellos que conversaban restados de la misiva. Sin embargo, Adrien no parece sentirse del todo cómodo con la escena y se larga a perderse. Nadie maneja contexto alguno. Solo una, en particular. Le entrega su espada al entrenador y se resta de la contienda.
—Se acabó el entrenamiento por hoy —determina Kagami, dando por finalizada la obra—. Ve a darte una ducha, Emma. El maestro ya se va. Nos vemos en la cena.
En el salón. Antes de la cena. 20:10PM.
—Le noté muy irascible durante el entrenamiento, esposo mío —confiesa Kagami, abrazándolo por la espalda— ¿Qué le pasa? ¿Acaso es mi culpa? ¿No le gusta lo que hago con su hija?
—Estoy enojado, Kagami —confiesa puerilmente el rubio. Se voltea y toma su rostro con ambas manos—. Y no tiene nada que ver con usted. Pasa que Nathalie y mi madre no comprenden nada.
—Ya me imagino que debe de ser —exhala, frustrada—. No me diga que les comentó sobre mi embarazo.
—¿Por qué demonios tendría que ocultarlo? —riña—. Me parece ridículo.
—No digo eso —murmura Kagami, pesarosa—. Pero usted sabía que a algunas personas de su familia no les haría gracia el tema.
—¿Y usted piensa que me importan? —repugna.
—Por algo está tan irritado ¿O no? —inquiere.
—No estoy irritado por su negativa. Lo hago por su falta de conocimiento —desmiente.
—¿Sobre qué? —consulta.
—Sobre mí, joder —rebate el aristócrata, liado—. Piensan que no la amo lo suficiente como para querer formar una familia. ¿Qué les pasa? ¿Acaso no creen que yo pueda tener sentimientos por-…?
—A mi nada me importa más, que saber que me ama —advierte Tsurugi, cogiendo su rostro entre sus manos—. Me siento repleta, llena de su amor. Satisfecha de llevar en mi útero un heredero suyo. Ya no haga caso a nadie y céntrese en mí.
—Kagami, quiero que sepa…—balbucea, abochornado y comprensivo. Corresponde su toque sincero—. Que nada en el mundo me importa más, que usted. Por supuesto que esto no incluye a Emma porque Emma es mi hija. Mi primogénita. Y nada la reemplazara en el escalafón de-…
— Shhh…ya no diga más —lo acalla, posicionando un dedo contra sus labios—. Ya lo sé. No busco reemplazar el amor que siente por Emma. Es su hija, por todos los dioses. Solo anhelo que podamos llevar a cabo este amor que profesamos, tan lindo.
—Es tan bonito, como usted. Ahh…—exhala, pueril—. Kagami. No dimensiona cuanto me encanta saber que lleva un bebé mío en su vientre —sisea, arrojándose contra su vientre. Frotando su mejilla contra su panza—. Usted no sabe porque no es varón. Pero se siente tan increíble…
—¿Le gusta tanto?
—Me vuelve loco —exclama, obnubilado—. Sé que Marinette dijo cosas sobre cuando ella esperaba a Emma. Pero nada de eso es del todo cierto. Yo soy-…
— Un fiel devoto…—declara Tsurugi, compungida.
—Lo soy —revela—. Daría mi vida por usted y ese neonato. Quiero que crezca sano y fuerte. Que nazca libre y sin ataduras.
—Ha madurado tanto, Adrien. Me fascina escucharlo hablar así. Tan apuesto —revela la japonesa, ruborizada—. Nunca olvidaré nuestro primer encuentro. Temblaba como un cachorrito. Pero en cuanto se sentó en mi mesa y probó una tajada de mi hospitalidad, supe que era el indicado para mí. Tan solo espero que ya nadie se interponga entre nosotros.
—Nadie lo hará. Tiene mi palabra de caballero —sentencia Adrien, besando sus manitas con indulgencia—. Por cierto. Hoy recibí noticias de París. Mi primo escribió. Dice que lograron erradicar aquella secta y que todo estará bien. Pero teme que Zoé quiera tomar represalias.
—¿Zoé? ¿Bourgeois está con ellos?
—Hubo un incidente con Luka, me temo. Aunque él ahora está bien —comenta el ojiverde—. Sin embargo, Zoé está muy molesta con Chloé y decidió exiliarla también.
—Esa tal Chloé —murmura la nipona, sobándose el mentón—. Realmente no la conozco. No le he visto la cara ni he tratado con ella. Pero está claro que no se encuentra bien de la cabeza. Para hacer lo que hizo.
—Es un tema que quería tocar con usted, si es posible…—propone, nervudo.
—¿Qué es?
—Verá. Félix solicita…hacerse cargo de ella, por el momento —relata su cónyuge—. Desconozco por cuanto tiempo realmente, dado que no me dio plazos ni fechas. Pero desea regresar con su merced y darle alojamiento hasta "solucionar" todo. Fue lo que mencionó. Por supuesto que, dada la naturaleza de sus actos, no es una decisión que pueda tomar arbitrariamente —añade, preocupado—. Tomaré en cuenta sus aprensiones al respecto. Mas que mal, provocó el incendio del poblado.
—Su primo es un hombre muy peculiar, Adrien —comenta su esposa, paseándose por el salón—. Estoy consciente de que dije que me parecía atractivo. Lo cual sigue en pie. No obstante, querer hacerse "responsable" de una delincuente desaforada como esa…—frunce el ceño—. No me parece juicioso de su parte. ¿Qué pretende? ¿Redimirla o algo así?
—Discúlpeme. No tengo mayor contexto sobre el tema. Desconozco que tiene en mente Félix para su futuro —profesa el conde, decaído—. Pero sean cuales fuesen las intenciones de mi primo, confío ciegamente en él. Sé que son clementes y no es que pueda tomar a la ligera sus inquietudes.
—Bueno. Está bien —exhala la peliazul, acatando con la cabeza—. Si es lo que finalmente desea, no me opondré. Como dije. No conozco a esa Chloé y si Fathom se hará cargo de ella, espero la mantenga alejada de nosotros. Es todo lo que pido.
—Gracias, cariño. Es usted tan sabia y comprensiva —halaga, depositando un beso casto en la frente contraria—. Le amo mucho.
—¿Podemos hablar de otro asuntillo ahora mismo? —agrega—. Imagino que ya dimos por finalizado ese asunto.
—Claro —asiente— ¿Qué sucede?
—Es sobre mi estado —delimita.
—¿Qué pasa con su estado?
—Para lograr ser mucho más clara en el tema —le extiende una misiva escrita—. He formulado una lista de sucesos criteriosos, que pasarán conmigo a partir de ahora y el cómo debe abordarlas con discernimiento.
—¿Qué? ¿En verdad existe una especie de "tutorial" frente a los embarazos? —ríe Adrien, impresionado—. Wow…ojalá haber tenido esta guía cuando Marinette esperaba a Emma. Literal, me vi siendo David frente a Goliat.
—Si bien, toda mujer en cinta es similar, biológicamente hablando. No es bueno caer en comparaciones burdas —advierte su mujer—. Le prevengo que la experiencia no será igual. No nos comportamos de la misma manera en espíritu. Y con cada hijo que se gesta, cada reacción es distinta a la anterior. Estas son mis demandas, requisitos y complacencias. Sobre el pequeño o pequeña que crece en mí. Espero los tome en cuenta.
—Es increíble, mi amor. Realmente ha hecho una enciclopedia de sentimientos y situaciones que vive, para que pueda entenderlas con claridad. Es usted perfecta…—alaba el rubio, hechizado— ¿Se imagina todas las mujeres embarazadas del mundo hicieran algo así? Nos ayudaría muchísimo a los futuros padres, a comprender mejor sus cambios de humor.
—No exagere tampoco. Habrá momentos en los que ni yo sabré que mierda me pasa. Pero de igual forma, lo incluí en la lista —le señala con el dedo, sobre la hoja—. Que hacer en esos casos para no irritarme más.
—De-De acuerdo. Ya entendí. Este…—relee, concentrado.
Síntomas de Embarazo de Kagami.
«Hinchazón de senos» «Cólicos» «Bipolaridad» «Sexo» «Estreñimiento» «Sed en exceso» «Antojos de madrugada» «Sexo» «Mal humor» «Sensibilidad extrema que lleva al llanto» «Mimos» «Sexo» «Dolor de espalda» «Dialogo» «Dieta balanceada» «Más sexo»
—Este… ¿Cariño? —Adrien se toca la mejilla, confundido—. Hay una palabra que se repite bastante aquí…
—Ya sé. No me haga explicárselo —berrea—. Es lo que es. Asúmalo.
—De acuerdo. Lo tendré muy en cuenta. Es más, será mi nueva biblia —guarda el documento entre sus prendas—. Aquí, justo al lado de mi pechito.
—Bien. Ya que está todo dicho entonces ¿Cenamos ya? —esboza, en una sonrisa ladina—. Me muero de hambre.
—«Dieta balanceada» —asiente con la cabeza, brioso—. Lo pillo. Haré que le preparen todo lo necesario. Cuidaré de su figura cuanto pueda.
—Gracias. Sabía que podía contar con usted —le deposita un beso en la mejilla—. Es un niño muy lindo.
[…]
—Bienaventurado sea usted, joven Alec —le saluda Amelie, con dejo de cordialidad— ¿De casualidad tendrá novedades sobre mi encargo?
Puerto de Calais. Miércoles. 17:10PM.
—¡Oh! ¡Madame Graham! —el lozano marino se quita el sombrero, honrado con su presencia—. Como el gallo canta de mañana. Me vi apremiado por su indulgente urgencia y le tengo la embarcación lista. ¿Le complace?
—Sin duda es un barco muy bonito y amplio —opina la noble, alzando la vista para presenciar tal imponente buque—. La encomienda de mi hijo acaba de arribar al almacén. Le ruego sea cuidadoso con el cargamento. No quisiera que encalláramos en el camino.
—¡No se preocupe! Nuestros carpinteros son los más profesionales de la provincia y han hecho de este bebé, el más rápido de los 7 mares —exclama, garboso—. Por lo demás, no olvidamos quien es usted. Sepa que lamentamos muchísimo el deceso de Lord Fathom. Mis mejores días, fueron en servicio a su empresa. Fue un jefe muy honorable.
—Le agradezco tal muestra de decencia frente a mi difunto marido, Cataldi —advierte la rubia, en actitud agria—. Pero lo cierto es que, de honorable, solo tenía su apellido. No hace falta que caiga en adulaciones petulantes. No hay que leernos cartas de navegación entre marinos. ¿O sí?
—Jajaja…es usted muy elocuente, Duquesa de Hastings. Su fama le precede —berrea el calvo, divertido con su comentario—. Es verdad. Lamento haberme inmolado en falsas modestias. Colt, que en paz descanse. Fue un excelente patrón. Pero como persona…
—Dejó mucho que desear. Descuide. Además, paz es lo que menos tiene, le aseguro —sisea la ojiverde, desplazándose con elegancia por el muelle—. Le traigo noticias. Un ligero cambalache de planes —le entrega un sobre.
—¿Disculpe? —farfulle Alec, leyendo el contenido— ¿Cambio de ruta? ¿Ya no zarpamos hacia Cantabria?
—No. Ya no. Fue invadida por sarracenos del sultán de Navarra y no es un lugar seguro —demanda la mayor, templada—. Iremos a Córcega, ahora.
—Con todo respeto. ¿Sir Félix lo sabe? —no sé entera.
—La carta con la noticia va en camino hacia él. Está en Paris ahora —manifiesta—. Pero créame, no se negará. Mi familia busca nuevos rumbos. Queremos asentarnos en tierras fértiles y prosperas. Formar nuestra propia provincia. Aquí, en Francia.
—Mmh. Córcega queda mucho más al sur de lo que imaginé —se rasca la mejilla, liado.
—Tiene miedo ¿Acaso? —arquea una ceja.
—¡N-no! ¡Para nada! Pasa que…—aconseja, con humildad—. Es una isla poco conocida. Es terreno de nadie. Bien podría ser asediada en un futuro por corsarios italianos, normandos, los mismos navarros, o algo similar.
—Y que vengan —profesa Amelie, altiva— ¿Crees que no tenemos con qué defendernos? ¿Qué tenemos miedo? Somos los Graham de Vanily. No nos subestimes tanto.
—¡Jamás me atrevería a poner en duda la valía de un Graham de Vanily, mi señora! —inquiere el moreno, casi arrodillándose frente a ella— ¡Solo le advertía!
—Tú has servido muy bien a mi familia, Alec Cataldi —admite la aristócrata, depositando su diestra contra su hombro—. Incluso desde mucho antes que tuviera que contraer matrimonio con ese infeliz de Colt. Si juras respetos a mi familia y vienes con nosotros, te nombraré Vicealmirante de navío. Estarás en la cúspide. El más alto rango. A cargo de todas las transacciones que hagamos de la isla. Después de mi hijo, claro. Reconstruiremos el puerto y la empresa que el alcohólico mi marido dejó varada —señala—. Tienes mi palabra de mujer.
—No hay palabra más honrada, que la de una dama —se deshace el varón, arrodillado frente a sus pies—. Es usted muy condescendiente conmigo, Amelie. Una hija de dios. Solo comándeme. Y haré lo que me pida. Le entregaré mi vida.
—Gracias. Qué bueno que lo mencionas. Porque omití algo —saca la lengua, juguetona.
—¿Eh…?
—Hay innegables ilegalidades que asumiremos hacer, jejeje. Ya sabes, saltarnos algunos bloqueos y enlucir ciertos legajos para que eso pase —le da un par de palmaditas en la nuca, chistosa—. Pero bueno. Menudencias ¿No? La vida es una sola y hay que gozarla —carcajea, jocosa—. Resulta que…no soy tan santa como me veo.
— ¿En dónde me metí…? —carraspea, agarrotado— ¿De qué ilegalidades hablamos?
—Ninguna que nuestro señor profane en nuestras almas. Al menos no, que los reyes no hayan hecho antes —bufa, entretenida—. Resulta que el cargamento que trae mi hijo no comparecerá pesado ni aprobado por aduana. Tu descuida, ya les di una "módica suma" de dinero. Me vi forzada a vender todas mis propiedades en Inglaterra —relata—. Pero dado que el rey le puso precio a la cabeza de Félix, no pude si no subastarlas al mejor postor. Era eso o morir de hambre. Fue un mal negocio, por lo demás. Digamos que el líder de mi nación es un pésimo comerciante —se encoge de hombros—. Mi familia aportaba casi el 15% del ingreso imperial. Pobre. Se asesoró mal.
— ¿Amelie Graham de Vanily sobornó a los de frontera? Esto es de teatro. Aunque, vamos. ¿Quién soy yo para cuestionarla? ¿Qué hubieran hecho ustedes si fueran una pobre madre despojada de riquezas apuntada con mil dedos encima de cargos que no cometieron? Natural, creo —el marino despabila, regresando a su centro—. Vale. Ya entendí de que vamos. Solo evitemos usar el termino como "pirata y contrabando". Y nos irá de perilla ¿De acuerdo?
—Tú sí que entiendes cómo funciona el mundo —avisa la rubia, fingiendo demencia—. Y ante lo otro, no sé de lo que me dices —añade— ¿Tenemos un trato?
—Es un trato…—Alec estrecha su mano, furtivo—. Iré por los artículos de Félix. Espéreme aquí. Porque imagino que embarca sola ¿No? ¿Está lista? Veo su maleta ahí.
—Si. Son mis cosas. No —recula—. Bueno…este…ah…—chista, derrotada—. Voy con un acompañante más. Por el momento, solo carga todo.
—Le aviso que se apresure con su aventura —señala el varón—. Zarpamos en 10 —vocifera— ¡Suban rápido esas gavetas, hombres! ¡Tienen 5 minutos, joder!
—¡Si señor! —responden los marinos, corriendo con los cajones.
—¡¿10?! ¡Pero yo no-…!
—Amelie —sisea Gabriel. Parado frente al malecón y con expresión cabizbaja—. Qué curioso. Tuve que preguntarle al mercader de pescado para saber a dónde se había ido. ¿Así que este era su plan desde un comienzo? ¿Largarse?
—Si, Gabriel. Este era mi plan desde un comienzo —lanza Amelie, tomando sus manos en el proceso—. Pero lo cierto es que ya decidí a quienes anhelo que vengan conmigo. Vamos, al nuevo mundo.
—¿A dónde…? —parpadea el peliblanco, estupefacto— ¿A Cantabria?
—¡No, Gabriel! ¡A la isla virgen de Córcega! —desentierra la rubia, jocosa—. Venga conmigo. ¿Ya tiene todo empacado?
—¿Qué me cuenta, Amelie? —no entiende nada—. Si hace un par de días me dijo que no me-…
—¡Mentí! ¡Mentí! ¿Ok? Ya fue —niega con la cabeza, arrojada—. Me decidí ahora. Cambié de opinión. Vámonos. Es ahora o nunca. Si no se monta conmigo en ese barco, no sé qué será de nosotros. Esa es la verdad…
—No iré —refuta el Agreste, soltando sus manos—. De la única forma que piense subirme a ese navío, es si usted me corresponde.
—Lo hago —veredicta la mujer.
—¿Realmente…me ama? —farfulle el varón— ¿No es una artimaña? ¿No me-…?
— Lo amo —repite Amelie, ruborizada de pies a cabeza—. Por favor, le ruego…venga conmigo.
—Amelie…yo…
—¡Hora de zarpar! —anuncia Alec, frente al timón— ¡Eleven anclas! ¡Desplieguen velas! ¡Nos vamos a estribor con rumbo al sur del Mediterráneo! ¡Quien no quiera venir, bájese ahora! ¡Quien sí, súbase! ¡Andado!
—Gabriel…perdóneme —murmura la Duquesa, desarmada—. Ha decir verdad, pasé demasiado tiempo negando lo que sentía por usted. Me comí la cabeza. Y es que temía por mi corazón y por mi hijo. Sin embargo, ahora, yo…
—Córcega ¿No? —consulta el alquimista, sereno. Toma sus maletas y camina por la rampa. Le ofrece la mano—. Vamos con retraso. ¿Viene?
—Córcega. Si —asiente la aristócrata británica, azorada. Toma su mano y se une a él, en un beso brioso—. Gabriel…yo…
—Shh…—demanda el hombre, depositando un dedo contra sus labios—. Si vamos a hacer familia lejos, haremos familia lejos —repite—. Seré su fiel compañero. Su cómplice. Y hare todo lo que esté a mi alcance para erradicar mis pecados. Lo juro por mi honor.
—Gabriel…usted —sisea Graham de Vanily, ruborizada. Iba a decir algo, pero una infame gaviota…—. Se acaba de cagar en su hombro.
—Si. Como que de pronto sentí algo calentito ahí —comenta el peliblanco, hastiado—. Que desgracia la mía. Y eso que apenas estamos comenzando.
—Jajaja…al menos fue un ave y no un oso —carcajea la ojiverde, en lo que le presta su pañuelo—. Las gaviotas se alimentan de peces, algas y krill. Haremos buen uso de su guano como sustrato, en cuanto trabajemos la tierra.
—No vamos a volver ¿O sí?
—Por supuesto que lo haremos. Solo es un viaje de reconocimiento. No correré el riesgo de llegar a mi hijo y a su familia a una muerte segura. Estos jóvenes marinos, trabajaron con mi esposo en el pasado. Son de mi entera confianza —determina la mujer, dejando entrar grandes cantidades de aire marino por la nariz—. Ahh…hace buen tiempo. No tardaremos mucho en llegar.
El barco zarpa. Finalmente, en dirección a la isla de Córcega. Se inicia así un nuevo comienzo para esta historia. Un poblado sin ser explotado en su totalidad por la mano del hombre. Que, en el futuro, se pretende sea una morada y asentamientos para dicho monje anglicano. Mismo que continua en tierra, batallando con las deshonestidades del mal. La historia de Amelie y Gabriel, solo está iniciando. ¿Será realmente un lugar seguro para vivir? Una madre abnegada, no pierde la fe.
[…]
—Que bien —murmura Félix, acabando de leer una carta—. Mi madre se embarcó con mis bienes a otra isla. Lo bueno es que está a salvo. Pero…mh…
—¿Qué pasa? —consulta Luka, a un lado—. Te noto asustado.
—Nada de eso, Luka. Es más bien inquietud —advierte Fathom, malogrado. Guarda la misiva entre sus prendas—. Nunca creí que Amelie fuese tan "aventurera". Ella suele ser muy recelosa y precavida con cada decisión que toma —añade, reflexivo—. Jamás ha pisado ese lugar. Dice que lo vio en un mapa y que algunas personas hablaron bien de él. Sin embargo… ¿Embarcarse sola a un rumbo desconocido?
—Las personas cambian, Félix —murmura Couffaine, enderezando el torso hasta quedar sentado sobre el pajal—. Tal vez lady Amelie desea explorar otra clase de estímulos, ahora que enviudó y está libre del odio de su rey.
—¿Otra clase de estímulos? —manifiesta Fathom, arqueando una ceja en suspicacia— ¿Eso que significa realmente? Suena como a algo sexual.
—Podría ser ¿No? —se encoge de hombros, inocente— ¿Qué tiene eso de malo?
—Por favor, no bromees con estupideces como esas —refunfuña el inglés, abochornado—. Es una mujer mayor, ya. Y por lo demás, es mi madre.
—Pff… ¿Te escuchaste lo ridículo que sonaste? —ríe entretenido, el peliazul. Lo empuja hacia un costado, juguetón—. Jajaja. Félix ¿A ti quien te dijo que las mujeres mayores no tienen relaciones? Encima ¿Qué tenía que ver con que sea mamá? Ni que se le hubiera muerto la-…
— Ya entendí, idiota —lo fulmina, aplacando su sonrisa contra la mano—. No te pases de listo. Es mi madre, joder. Ten un poco de decencia a la hora de referirte a ella —acto seguido, desvía la mirada—. Se que soné patético. Pasa que para mí no es fácil asimilarlo ¿Ok? Ponte en mi lugar también.
—Perdona, tienes razón. Me mamé —se disculpa, apenado—. Ha de ser…complicado. Ya sabes, por el hecho de que ahora esté teniendo una especie de "aventura" con tu tío.
—No es realmente eso ¿Sabes? Dejando de lado al idiota de Gabriel —revela, azorado—. Crecí en una familia muy compuestamente normada. Para mí era natural ver a mi mamá y a mi papá juntos. Como un matrimonio consolidado. A todas partes que iban, ahí estaban. Cumpliendo sus roles. Por supuesto, obviando lo mal que se llevaban, no había otra realidad más que esa —agrega, turbado—. La muerte de Colt significó un alivio para mi espíritu. Sin embargo, no puedo pasar por alto el hecho de que, en el papel, ella es una viuda. Todo ocurrió tan rápido, que no tuve tiempo si quiera de preguntarle como se sentía al respecto.
—Pues desde que te conocí, no has hablado precisamente maravillas de tu progenitor —advierte su camarada, preocupado—. No estaría sesgado cavilar que ella también se haya liberado en parte de su tiranía ¿No?
—Tiene sentido, ahora que veo las cosas desde un punto de vista más maduro y templado —esclarece el ojiverde, abrazando sus piernas—. Colt sin duda, era la clase de hombre que le quitaría la libido hasta al más corrompido sátiro del infierno. Por lo que…hacerme una idea a lo que mencionaste, no suena descabellado. Puede que, si esté viviendo dichas "experiencias estimulantes", con Gabriel. Y en parte no la juzgaré por ello —suspira, asumido—. Se lo merece con creces. Es una chica increíble. Me atrevería a confesar que la última vez que fue tratada como una verdadera mujer en la cama, fue cuando me concibió —. Y eso ya es mucho atrevimiento de mi parte. Yo creo que ni eso. Apostaría mi vida a que el imbécil de Colt no sabía ni donde está el-…
—Pues si realmente llega a ser verdad aquello, suena sumamente triste —murmura su compañero, depositando una caricia en su nuca—. Espero de todo corazón, que Lady Amelie al fin haya encontrado algo de placer y goce en la vida misma. No la conozco del todo. Pero por lo poco que vislumbré en ella, se ve que es una buena mujer.
—Mi madre es la persona más honorable y virtuosa que existe —sentencia Graham de Vanily—. Y nada de lo que haga ni nadie, cambiará esa perspectiva de mí. Lo que ahora me preocupa es el futuro de mi destino. La tierra que vi prometida de antaño ya no es apta para vivir.
—¿Qué les pasó a los planes de Cantabria?
—Fue invadida. No es lugar seguro —determina el rubio—. Sin embargo, he arrojado todas mis cartas de buena fe a que mi madre pueda encontrar un lugar paradisiaco en Córcega. Después de todo, será también tu hogar próximamente.
—Tú sabes que cuentas conmigo para lo que gustes —veredicta—. A donde tú vayas, yo iré contigo.
—Gracias, Luka. Eres un caballero de tomo y lomo —esboza conmovido, el varón—. Procura no hacer tantas locuras, eso sí. Te quiero con vida por muchos años más.
—Lo sé. Lamento mucho lo que ocasioné. Por mis descuidos y mi falta de criterio, les causé un daño innecesario —murmura, sobándose la nuca un tanto mermado—. Tengo que aprender a cerrar la boca en algunas ocasiones, jeje…
—Eres demasiado noble. Ya aprenderás —Fathom le propina un coscorrón afable—. Más vivaracho para la próxima, eh. Te quiero todo un pillo, si la situación lo amerita.
—Todo un bandio', diría Marinette —bufa.
—Hablando de Marinette —se levanta, desplazándose hacia el ventanal—. Ya se tardó. Dijo que luego de interrogar a los prisioneros se reuniría conmigo con noticias. ¿Crees que le haya pasado algo?
—No te vuelvas paranoico. Seguro ya debe de venir en camino —asegura Luka, acompañándolo en la vigía—. Ah. Mira eso. Hablando del rey de roma. Veo su caballo.
—Al fin…—retoza, aliviado—. Vamos. Veamos cómo le fue.
A las afueras de Paris. 22:11PM.
Marinette finalmente ha regresado con novedades frente a su cometido. Nos ha reunido a todos entorno a una fogata improvisada, en la parte trasera de la casucha. A juzgar por su semblante ajado, no trae buenas confidencias. ¿De qué nos íbamos a enterar? Estábamos todos ahí, presentes. Ella se tomó su tiempo para hablar. Más bien, para hilar coherentemente lo que pretendía confesar. De cara a no quedar como una completa esquizofrénica, deduje. Dada la naturaleza de aquella secta y por todo lo que evidencie en carne propia, nada coherente había en su objetividad. Le dimos su espacio, de modo de no invadirla demasiado. Bebió algo de agua, comió un poco y finalmente, se dirigió hacia su expectante público. Nos contó parte de la historia de su líder. El famoso "supremo" como se hacía llamar. El por qué había hecho las cosas. Que la impulsó y la motivó. Y como acabó aquí.
—Su nombre es Marianne Lenoir. Y antes de que me digan alguna cosa respecto a su apellido. Si. En efecto, es la misma que todo francés llegó a conocer. Estamos conscientes de su historia —relata.
Todos parecían tener contexto, menos yo. Claro. Es que no me críe ni nací en estas tierras. Pero me abstuve de preguntas absurdas. Luego ya tendría tiempo de indagar a fondo de que iba toda esta historia.
—Ya veo. Así que no murió después de todo —comenta Zoé, mosqueada—. Que farsa más grande se ha montado.
—Logré que me entregara su confesión por escrito. No teme a represalias. Está claro que nada la intimida, puesto que se conoce las reglas al pie de la letra —advierte Dupain-Cheng, exponiendo la carta entre sus dedos—. Está demasiado convencida de que ha hecho el bien. Lo cierto es que no soy quién para poder llevarla frente a ningún tribunal competente. Si desean tomar venganzas, tendrán que pedir una audiencia con el delfín mismo —zanja—. E imagino que ninguno de los presentes, quiere eso.
—Es un problema —debate Chloé, de brazos cruzados—. Si realmente es quien dice ser, sería casi como una ofensa directa al rey. El mismo lloró su partida.
—Por eso —expone la condesa.
—Vaya…—balbucea Nino, absorto—. Hasta mis padres acudieron a ese funeral. Los Lenoir eran una familia sumamente influyente en esa época. ¿Por qué llegar a estos extremos?
—No tuvo otra opción. El caso…es sumamente complejo. Escapa de mi —lauda Marinette, restándose de la problemática. Le entrega la carta a Zoé—. Hagan lo que estimen conveniente.
—Usted es una noble —apela Luka— ¿No hay nada que pueda hacer al respecto?
—No tengo jurisdicción, por ser una excomulgada —aclara Dupain-Cheng—. Nadie me tomaría en cuenta. Si tan solo lo intentara, me llevarían a juicio a mí.
—Tsk…que fastidio —berrea Lee, tomando el sobre entre sus manos—. Ni si quiera yo puedo tomar participe del asunto.
—¿Por qué no, tesorito? —cuestiona Rose, liada—. Tú eres una Bourgeois. De momento eres la única que tiene peso aquí.
—Si. Pero acudir a las autoridades me dejará expuesta a mi vida personal. Y no pretendo que se metan a preguntar estupideces como: "¿Por qué sigue soltera sin marido?" —impugna la Duquesa—. Por algo no he denunciado a los Agreste. Hay que tener dos dedos de frente para eso.
—¿Alguna idea entonces? —consulta Lahiffe.
—Propongo que la exilien —sugiere Chloé, templada—. De igual forma, está de moda eso ¿No? Varios correremos el mismo destino.
—No empieces, Chloé —exhala Félix, malogrado.
—Pastelito —acota Lavillant, tomando su mejilla derecha—. No. Eso no. No olvides lo que hablamos hace un ratito.
—Disculpen, tórtolas. No me entero —ironiza la hermana— ¿De qué me perdí?
—¿Qué mierda te importa? —Zoé la fulmina con la mirada.
—Uy, que carácter —la rubia se encoge de hombros, simulando falsa ofensa— ¿Acaso tu noviecita no te dijo ya, lo que tienes que hacer?
—Óyeme —gruñe Zoé de vuelta—. No me-…
—Ya. Suficiente —determina Graham de Vanily, alzando presencia con ímpetu—. Yo propongo otra cosa. Y puede que muchos se nieguen a ello. Pero sin conocer a la tal Marianne, de seguro tuvo sus muy buenas razones tal como mencionó Marinette —relata—. Su ofensa no es en contra de la humanidad, si no con ella misma. Está claro, que esa mujer se llenó de rencor y odio injustificado. Puede que necesite recapacitar.
—Mi amor. No…—Dupain-Cheng le toma de los hombros, severa—. Esto es distinto. Es un caso diferente a los otros. No pretendas querer salvar a todos.
—Yo no soy ningún salvador, cariño —profesa Félix, en una sonrisa afable—. Solo hago el bien, mediante estas jeringas. Pretendo que tomen en cuenta la historia detrás de una persona dolida, es todo.
—Me comienzas a caer muy mal, Félix —Zoé lo incrimina, garbosa—. Vete enterando. Como sigas así, te quedarás solo.
—Gracias. Es lo que suele pasar cuando transitas por estos caminos —se siente halagado—. Las personas de buena fe, suelen ser muy solitarias.
—¿Qué dices, estúpido? —le reprocha Lee—. Maldito puritano. Tarde o temprano, te van a apuñalar por la espalda. Y te acordarás de mí.
—Será su ofensa —balbucea, sereno—. No la mía.
—¡Arggg! ¡¿Sabes qué?! ¡Ya no soporto tu actitud de redentor de mierda! —vocifera colérica, la Duquesa— ¡Me largo! ¡Si te excita tanto que personas te traicionen y lastimen, problema tuyo! ¡No seguiré siendo parte de esto! ¡Luka, nos vamos!
—Yo ¿Qué? —Couffaine no se entera.
—Como que, ¿Qué? —aclara— ¡Eres mi caballero, joder! ¡Vine por ti! ¡Vendrás conmigo!
—Con todo respeto, mi señora. Agradezco que me haya nombrado parte de sus huestes. Pero…—sisea, parándose al lado de Félix. Estoico, declara—. No me iré a ningún lado. Le debo mi vida a mi hermano.
—¡Maldito infeliz! ¡¿Por qué tenías que ser tan mari-…?!
—Apoyo la moción del monje anglicano —sentencia Rose, esperanzada.
—¿Q-Que dices…? —parpadea Zoé, absorta— ¿Cómo que-…?
—No estoy llevándote la contraria ni mucho menos. Pero me parece un gesto noble querer salvar a estas pobres almas en pena —declara Lavillant, devota a su fe—. Tú ya me conoces, princesita . Sabes como soy. No te ofendas. Te amo. No obstante, también comprendo el amor que expresa Sir Fathom por el prójimo. Estribaré sus ideales. Es lo que el altísimo hubiera querido para nosotros.
Por muy irrisorio que pareciera. ¿Quién lo hubiera creído? Instantáneamente, el semblante de Zoé cambió radicalmente de un segundo a otro. De un momento, se mostraba tan enajenada y agria. Y ahora…mírenla. Sumamente dócil y descampada como un cachorro recién nacido. Sin duda aquella novicia, tenía poderes perniciosos en Bourgeois. Lo que finalmente se redujo a una permutación radical de opinión. Desprovista de mayores negativas, acató sus aprensiones. Confesando lo siguiente.
—De acuerdo…en fin —exhala la Duquesa, furibunda—. Lo acepto. Hagan lo que estimen conveniente. Pero con una sola condición —exhorta—. La ambiciono lejos de mis tierras. Sea cual sea el destino que pregonen para esa anciana decrepita. No quiero que nada me vincule a ella ¿Les queda claro? —instruye—. En estos momentos, estoy pasando por una transición transcendental en mi vida y no permitiré que nada ni nadie lo injurie.
—Me comisionaré personalmente —aconseja Félix.
—No —impugna Rose, arrojada—. Yo lo haré. Si me permite, monje inglés —le emplaza—. Déjemelo a mí. Veo en sus ojos que ya carga suficiente apremio en su alma. Consienta que aplaque su espíritu de noble seguidor de la fe. Y sea yo, quien asuma este duelo.
— Esta muchacha, es…—Fathom traga saliva, obnubilado con su respuesta. Asiente, altivo—. De acuerdo. Haga lo que estime conveniente. Pero si necesita de mi asistencia, no dude en pedirla.
—No lo dudaré —ríe, jocosa—. Me complace saber que cuento con su favor.
—En fin —destempla Chloé, coartada de toda la historia— ¿En dónde voy a dormir esta noche? Tengo hambre y sed.
—En el granero, como de costumbre hacen los animales —canta Zoé, caminando hacia los jamelgos—. Vamos, mi amor. Vienes conmigo.
—Voy —Rose delimita una reverencia pueril, antes de seguir a su pareja. Monta detrás—. Nos veremos de nuevo, amigos. Por favor, no pierdan la esperanza. Animo ¿Sí? ¡Animo, animo, animo! —aplaude.
Una vez a solas.
—En verdad…lo siento —masculle Chloé, desanimada—. No hay forma de poder expresar el mal rato…
—Tranquila —inquiere Félix. Y de paso los mira a todos los rezagados por igual—. Pierdan cuidado, amigos. No nos quedaremos aquí. Estamos en Paris ¿No? La ciudad del amor, según dicen —descubre, jocoso—. Me he encargado personalmente de adquirir mediante arriendo, unas buenas habitaciones en un hostal de la urbe.
—¿Eso es cierto, Félix? —pregunta Nino, entusiasmado— ¿Podré volver a dormir en un colchoncito esta noche?
—Sin duda, Nino. Tú y todos ustedes —formula Fathom, resuelto—. Esta noche tendremos alimento abundante, un baño con jaboncito y camas cómodas. Ya basta de premuras. Quiero que sepan que estoy decidido a formar mi propia provincia, en un futuro. Así que…partamos por algo ¿No?
—Que bien —evidencia Luka, aliviado—. Mis heridas merecen algo de confort. Y temía tener que volver a esa casa de la secta.
—Todo estará bien, hermano. Nadie volverá a ese lugar infame —Graham de Vanily le regala unas palmadas en la espalda—. Vayan por sus caballos y síganme. Es hora de descansar.
Paris. Hostal de viajeros. 00:10PM.
Esa noche, me aseguré de darles un pedazo de mi cariño a mis aventureros camaradas de usanzas. Me despreocupé de Zoé y su novia, dado que discurrí; ella tendría su propio nidito de amor alejado de nosotros. No la culpo ni la reputo. De seguro se moría de ganas por pasar un rato en la intimidad con su novedosa pareja. Por nuestra parte, me garanticé de desempeñar un noble acto de indulgencia y cenamos contundentemente. Cada quien, tenía consolidada su habitación con aseo incluido. Fortalecido por la idea de un descanso merecido, me volqué de plano y lleno a reafirmar mi relación con Marinette. Ella era mi mujer, después de todo. Y sopesaba el hecho de haberla dispuesto a pasar agrios momentos sin querer. Arrepentido por la responsabilidad que indiscutiblemente le permití, nos dimos un baño de tina juntos. Yo sentado de espalda contra la tinaja y ella, acurrucada entre burbujas de aromáticas fragancias y tibia agua. Me dijo.
—Es un tanto triste. La historia de Marianne.
—¿Todavía sigues pensando en ella? —discurre el varón, acomodando un par de mechones húmedos hacia un costado de su rostro—. Creí que deseabas saberlo.
—Lo quería, sí. Pero ¿Cómo no hacerlo? —murmura Dupain-Cheng, jugueteando con la espuma entre sus manitas—. Félix, esa pobre mujer sufrió lo indeseable. Si yo hubiera estado en su lugar-…
—¿También hubieras enloquecido? —consulta el rubio, frotando mimosamente su mejilla contra la suya—. Te noto inquieta.
—No tiene nada de malo perder el juicio ¿Sabes? —sisea la fémina, febril. Coge su mentón hacia atrás—. No todas las mujeres lo desaprovechamos de la misma forma. En su momento, yo igual caí en desgracia. Cuando tuve que matar a mis propios padres. Convertidos en esas cosas.
—Marinette, esos tiempos son…
—Son mis tiempos, Félix —determina la muchacha, removiéndose contra las aguas hasta quedar sentada sobre sus muslos—. Mírame —toma sus mejillas con ambas manos.
—Te miro, Marinette —murmura el inglés, de pómulos febriles.
—¿Qué ves cuando me miras, Félix? Verdaderamente —examina, azorada— ¿Realmente lo ves?
—Lo veo, mi amor —declara compungido el hombre. Corresponde su dote, acariciando dócilmente sus pómulos—. Eres una mujer increíblemente fuerte. Estoica. Pero que ha pasado por mucho sufrimiento. Créeme, nuestras historias no se alejan tanto. Compartimos un dolor mutuo ¿Sabes? Aunque no lo dimensiones ahora.
—¿Y ese cuál es?
—Nuestro hijo…—atesta el ojiverde—. Lloré por el…
—Te amo, Félix. Yo también lloré por el —sentencia—. Pero ¿Tú me amas de igual forma?
—Como a nada en el mundo, Marinette —determina Graham de Vanily, sosteniendo su mirada—. Estoy consciente de que malgastamos tiempo. Pero ¿Quieres quedarte pegada en la desatendida pérdida?
—Nunca —reverbera la mujer, depositando castos ósculos por todo el contorno de su rostro—. Ya que me ves, tanto como dices. Sabrás que estoy frente a ti como dios me hizo al mundo. ¿No?
—Lo sé —dogmatiza, el británico—. Veo tus pechos alzarse frente a mí. Solo que creí que nos daríamos un bañito juntos, de suma inocencia y de-…
—Si. Es un baño increíble —advierte la fémina, incursionando la diestra sobre su anatomía—. Sin embargo, quiero que sepas que haré todo lo que esté a mi alcance para retomar aquel asunto.
—Ma-Marinette, yo…—Félix se retrae contra su eje, sintiendo esa mano; estimularlo contra su hombría— ¿Quieres tener un hijo conmigo? Hablo de, conversarlo y llegar a un acuerdo. Con tu venia, claro.
— Si —sentencia la chica, finalmente acomodándose sobre su camarada—. Vamos a hacerlo. Me esforzaré.
—Mi amor, yo…—traga saliva, retraído. Toma participe del asunto, envolviendo a su pareja entre sus acuosos brazos y la humedad de su cuerpo—. Quiero que sepas, que yo también me esforzaré mucho. Estoy casi… mhm…
— Ya no digas nada. Tengo muchas ganas de complacerte —sisea la fémina.
Hacer el amor con Marinette, siempre es una bendición del altísimo para mí. Por lo regular solemos unirnos en lugares solitarios, apartados del mundo. No es como que esté acostumbrado a que otras personas sean testigo de nuestra intimidad ¿Saben? Solo que esa noche…algo perturbó mi paz. Al principio, traté muchísimo de concentrarme. Y es que, por unos instantes, juraría haber visto una silueta deambular por fuera del empañado ventanal. Intenté no prestarle tanta atención. Sin embargo, no dio resultado. Fue mi propia pareja quien, en un acto de beligerancia, me volteó el rostro y se encargó de apaciguar mis inquietudes.
Solo esperaba, que todo anduviese bien esa noche para todos.
[…]
—¡Buaaw! —bosteza un soldado. Estirando brazos y piernas, de manera somnolienta—. Ah. Joder. Me aburro estando aquí. ¿Qué se supone que hacemos?
—Estamos resguardando la integridad física de las sectarias, Eric —determina Iván, sujetando con aún más firmeza su lanza—. Como ordenó lady Zoé. Hasta esperar nuevas instrucciones.
Ex casona de la organización. 00:01AM.
—Ya me cansé. Tengo las piernas entumecidas y me duele la espalda —berrea el recluta. Divisa hacia lo lejos, a un puñado de camaradas. Divirtiéndose con juegos y bebida—. No es justo. Es mi primera vez en Paris y no puedo salir a recorrerla.
—¡Arg! ¡Que idiota! —uno de los milicianos arroja sus cartas por los aires— ¡Eso no es justo!
—¡Jajaja, tarado! —se burla otro.
—Suenas bastante campechano, Delmar —espeta Bruel, manteniendo estoica su posición—. Créeme, no te pierdes de mucho. Esta ciudad lo que menos tiene es belleza. Aunque siempre puedes ir a perderte a una buena posada con comida y mujeres. Como lo harían hombres de tu tipo.
—Vaya. No sabía que ya la conocías.
—Soy Parisino, de hecho —aclara el caballero—. Nacido y criado aquí en el distrito de Franconville.
—Un momento ¿Ese no es el sector académico? —inquiere el moreno, pasmado con su revelación—. Tú no eres un campesino como nosotros ¿O sí? Siempre lo sospeché. Zoé te tiene demasiada estima y no se despega de ti —añade, curioso—. Pero ¿Por qué demonios estarías sirviendo a los Bourgeois?
—Tampoco vengo de una familia noble. No exageres —murmura el grandote, esbozando una mueca grácil—. Mi madre murió de cólera cuando yo apenas tenía 5 años. Nunca conocí a mi padre. Digamos que no existió desde el comienzo —relata—. Fui criado por mi padrino. Que es erudito en la academia de ciencias naturales. Técnicamente, el me enseñó todo lo que sé. Sobre todo, a escribir y leer. Me enlisté en las tropas de los Bourgeois porque…—desvía la mirada, compungido—. Bueno. Va a sonar sumamente ridículo. Me da hasta vergüenza confesarlo. Es patético.
—Vamos. No me digas que tú…—Delmar aprieta los labios, tentado a no caer en burlas—. Oh, que desdicha la tuya. Conque te enamoraste de tu patrona.
—No estoy enamorado de ella ¿Ok? —refuta el mayor, ruborizado de mejillas y orejas—. S-solo…me gusta y ya. Además, no es un sentimiento del todo romantizado. Cuando la conocí, ella se encontraba de paso por la ciudad reclutando "nobles caballeros", dijo. Para hacer de su provincia un lugar similar al paraíso —acota—. Es por eso que dejé todo atrás y la seguí.
—¿La seguiste porque te prometió ir al paraíso? —masculle el militar, alucinado con su relato—. Si sabes que eso es más bien una metáfora ¿No? Dicho lugar, no existe.
—No. Te equivocas. Es real —determina Iván, extrayendo un pequeño librillo de bocetos que guardaba en el interior de su pechera—. Finalmente tengo…mi propio paraíso.
—¿Qué es esto? —inquiere su camarada, examinando los dibujos uno por uno— ¿Son…flores? ¿A esto te dedicas en tu tiempo libre? ¿A dibujar flores? ¿Es una broma?
—Soy botánico de tiempo libre. Me interesan mucho las plantas. ¿Qué tiene de malo? —murmura, apabulladamente abochornado—. Considero que es una ciencia que podría salvar vidas en un futuro.
—N-no. Bueno, sí. Discúlpame, tienes razón. No te ofendas —carcajea, grácil—. Es solo que cualquiera que te viera a simple vista diría que no te dedicas a algo tan… "sensitivo" como las flores. Lo digo porque, más bien te veo y eres tan…mghm… ¿Cómo explicarlo?
—¿Jodidamente grande e intimidante? Si. Ya me lo han dicho un par de veces —exhala frustrado Bruel. Le quita el libro de paso—. Tampoco es que sea una santa paloma. Tengo problemas de control de ira y cuando me enojo suelo romper cosas —añade con naturalidad—. No es como que me haya convertido en soldado para salir a recolectar madrigales. Lo hice como una forma de terapia. Matar zombis me ayuda a canalizar mi rabia.
—Jajaja eres el verdadero "de día una de noche otra" —carcajea Eric, dándole palmadas en la espalda—. Tu historia me parece un bulo.
—A mí me parece fascinante —interrumpe Mylène. Quien había escuchado todo de primera fila, tras los garrotes de su celda—. No temas en ser grandote. Un corazón noble como el tuyo, solo cabe en una caja torácica como esa.
—Wow. Ten cuidado, amigo —se mofa el francés—. Creo que le gustaste a la loca de la secta.
—¿Me-Me está coqueteando, señorita? Le ruego no lo haga —advierte Iván, abochornado. Lucha para no mirarla—. No debería andar escuchando conversaciones ajenas. Es de mala educación.
—Le pido una disculpa, caballero —reverbera Haprèle, azorada—. Es que dentro de este oscuro y húmedo calabozo uno a veces pierde los modales.
—Pues será mejor que los meta en una cajita y no los deje escapar más —farfulle el miliciano.
—Jajaja…y tiene sentido del humor. Que dulce —se encoge de hombros, entretenida—. Bueno ¿Quién es uno para juzgar? Yo pierdo mis modales y usted los estribos. Cada quien debe tener su propio cofre de secretos ¿No?
—Y-yo…no…—enmudece, íntegramente obnubilado.
—Uff, bueno. Creo que definitivamente necesito dar una ronda o no me irrigará sangre a los pies —rezonga Eric, zapateando el suelo—. Me voy. Le pediré a Jean que me reemplace. A ver si consigo ir a recorrer un poco la urbe.
—Date prisa, por favor. Este lugar…—manifiesta Bruel, observando paredes y techumbre—. Es tétrico. Y yo no-…—silencio sepulcral. Se ha ido. Traga saliva, sacando pecho con firmeza—. Bien…solo debo aguardar un poco.
—Caballero —dice la muchacha, incomoda—. Realmente no quisiera molestarlo. Pero…creo que debo ir al baño. Mi vejiga no da más.
—Lo siento mucho, señorita —carraspea, nervudo—. Pero tengo ordenes de no dejarla salir.
—¿Realmente desea que me orine aquí dentro? —pregunta, dibujando un puchero inocente en el rostro—. Eso suena muy indecoroso para mis compañeras de celda.
—N-no. Pero…
—Ni te atrevas. Que puto asco —masculle Nora, sentada a un costado—. No seas obtuso, gordito. Y llévala al baño.
—Óigame. No estoy gordo ¿Sí? Solo soy de huesos anchos —le reprocha el varón, injuriado. Aunque ante tal escenario, se ve así mismo confundido y liado. Lo cierto es que no pretende hacerle pasar tal nauseabunda experiencia. Y apelando a su noble corazón, finalmente cede. Coge las llaves y abre la cerradura—. Bien. Venga conmigo. Pero no intente nada estúpido o me veré en la obligación de dejar caerle todo el peso de la ley.
—No se preocupe. No tengo a donde ir, de igual forma —enuncia Mylène, abatida frente a su inminente destino—. Este lugar era mi único hogar. Y ahora que fue desbaratado, no hay posibilidades de nada más.
— Eso suena algo triste, la verdad…—despabila, sacudiendo la cabeza y escoltándola hacia el sector de letrinas—. De acuerdo. Venga conmigo y no haga mucho ruido. Técnicamente no debería estar haciendo esto…
—Descuide. Su secreto está a salvo conmigo, joven botánico —Haprèle le guiñe el ojito.
—Tsk…—chasquea Nora, descalabrada—. Que fastidio. Lo peor es que Mylène tiene razón. Ya nadie tiene a donde ir. Lo más seguro es que me ahorquen.
—No mereces vivir tal desenlace, Nora —musita Marianne, de entre las tinieblas—. Tú no eres como nosotras. Tienes una familia a la cual llegar ¿Lo olvidas?
—Dejé mi hogar hace muchos años, supremo —explica la morena, cabizbaja—. No hay forma de poder retomar aquella vida. Mis padres fueron devorados por esas cosas y la única persona viva que me queda, me odia por haberla abandonado a su suerte.
—Eso no es del todo cierto. Nunca es tarde para hacer las paces, querida —desmiente Lenoir, gentil—. Por lo demás, las circunstancias así lo ameritaron. No tenías otra opción. Era eso o morir de hambre.
—¿Y que pretende? —la increpa— ¿Qué haga borrón y cuenta nueva como si nada hubiese pasado?
—No es algo que pretenda. Es algo que te ordenaría llevar a cabo —sentencia la mayor—. Ustedes merecen tener una segunda oportunidad de vida. La única que no profesa tal derecho, soy yo —añade—. Pues ya viví todas mis chances descritas y elegí mi camino con premuras. Estoy vieja y no hay quien llore mi partida.
—¿Qué pasó con ese viejo amorío del cual me comentó de antaño? —alza una ceja, suspicaz— ¿No se supone que tenía un romance con un-…?
—No hablaré de eso contigo…—gruñe, acallándola de vuelta—. Ya no tergiverses mis palabras. Como tengas la más mínima oportunidad de escapar, hazlo. No dudes, no titubees y por ningún motivo mires atrás. Vete de vuelta a tu pueblo, con tu hermana. Estoy segura de que te recibirá con los brazos abiertos.
—O con un puñetazo…—bromea.
—Lo que venga primero —ríe.
Silencio sepulcral en el ambiente. Permaneciendo ambas mujeres en completa soledad y hermético despojo de libertad, una silueta se abalanza hacia ellas. No han reconocido en primer lugar su identidad. Solo pueden limitarse a percibir, como hace palanca contra la cerradura y logra finalmente desacoplar el mecanismo. Los barrotes, se abren de par en par. Dejándolas completamente estupefactas. Nora se levanta, exaltada. Teme lo peor.
—¿Qué demonios está pasando? —reclama la morena, tomando posición defensiva— ¿Quién eres y que quieres? ¿Acaso vienes a matarnos?
—Por el contrario. Vine a liberarlas —relata la voz. Que, a todas luces, es de una mujer—. No hay destino cierto para ustedes dos. Nadie sabe qué hacer con el caso. Es hora de que encuentren la redención en otro lado.
—¿Chloé? ¿Eres tú? —Nora a reconocido aquel sonsonete y se desplaza hacia ella— ¿Qué estás haciendo? Te meterás en graves problemas si se enteran.
—Descuiden, no me pasará nada —advierte Bourgeois, en actitud osada y audaz—. Yo ya estoy pagando por mis propios pecados. Ya fue leída mi sentencia y apelo a la bondad de algunos. Se que lo entenderán.
—¿Por qué nos estás ayudando? —espeta Marianne, malograda—. Después del trato que te di…
—Realmente no lo sé. No tengo idea —exhala, lánguida—. Lo único que tengo claro, es que deseo hacer alguna cosa buena por una vez en mi vida.
—¿De qué forma soltarnos es algo bueno? —examina la anciana.
—Usted sabrá, Lenoir —explica la rubia, templada—. No soy quién para juzgar ya. Supongo que quiero darle las gracias a un viejo amigo mío. Demostrarle que he comprendido sus enseñanzas. Y así como él fue comprensivo conmigo, yo pretendo serlo con el prójimo —sacude la cabeza, apremiada por el tiempo—. Por favor, ya no cuestionen más mis acciones. Salgan. De prisa. Hay dos caballos esperándolas afuera. Síganme y sean discretas.
—De acuerdo —asienten ambas, al unísono.
En medio de una brisa noctívaga y amparadas por la oscuridad del manto nocturno, Chloé se escabulle con ambas mujeres hacia la parte trasera de la casona. Sus motivaciones, siguen siendo un misterio para dichas personas. Realmente no comprenden del todo el por qué, hace lo que hace. Que la impulsa a darles su libertad, a pesar del horripilante hecho ya evidenciado con anterioridad. Sin embargo, ninguna de las dos pretende quedarse a averiguarlo por más tiempo. Deben moverse rápido. Agazapadas entre la distracción de lozanos soldados que no han dimensionado su escape aún. Una vez montadas sobre jamelgos, Bourgeois les entrega un mapa. Una ruta segura de solución. De la cual pueden prescindir no toparse con enemigos ni mucho menos zombis. En un efímero acto de condescendencia, Lenoir le regala su amuleto. El más sagrado para ella, que colgó sobre su cuello durante años. Y le dice.
—Haz hecho lo correcto, Chloé Bourgeois. Era natural que supusiéramos un problema para esas personas, que solo buscan hacer el bien a la humanidad. Con esto, los has liberado también a ellos —sentencia la octogenaria—. Protege el velo de Anu y vive tu vida con algarabía. Te deseo la mejor de las suertes.
—Igual para ustedes —proclama la Duquesa, jalando las cinchas de su caballo—. Váyanse ya. Y pase lo que pase, por favor ya no le hagan más daño al mundo. La cura a esas criaturas ya está en manos de nosotros y nos encargaremos de sanarlos a todos. ¡Adiós! —azota la cola del animal.
Para Chloé, es un consuelo verlas galopar mientras se alejan entre las arboledas y zarzamoras. No está del todo convencida de sí hizo definitivamente lo correcto, como declaró Marianne. Pero tampoco pretende sacar conclusiones trastornadas de cara a un acto más bien espiritual. ¿Qué es lo que la ha arrojado a actuar así? ¿Tan prematuramente torpe? Ah. Posiblemente, haber presenciado en primera persona, a dos apasionados amantes expresando su devoción más lasciva, en aquel cuarto de hotel. Si. Aquella forma que Félix premunió tras un ventanal exterior, fue ella. No se profesa estimulada por la escena. Por el contrario. Ha comprendido que tal y como mencionó el monje anglicano, el amor si existe. Y que, durante muchos años, fue ciega a él. Chloé examina la diadema que ahora reposa entre sus clavículas. Una imagen pagana. Pero que atesora, haciéndola suya como parte de un paso por su oportuna historia. El perdón viene por añadidura, dijo Fathom. ¿Se puede llevar a cabo una redención similar, sin pedirlo de labios y solo con acciones? El que calla otorga, sabe. Más también está al corriente, de que una acción vale más que mil palabras. Caerá sobre ella la ira de su hermana. Probablemente el rechazo de muchos. Ya nada le importa. Nada teme. Es hora de caminar hacia el sol.
—Gracias…de verdad…
De vuelta al calabozo. Iván nota que la celda está abierta y que, en el interior, no hay morador alguno. El poco color que adornaba su semblante le abandona, empalideciendo en un gris hosco. Se rigidiza.
—Mierda…—masculle, desorientado—. No. Mierda, mierda, mierda ¡Mierda! —corre al interior, desamparado. Grilletes por el suelo. Cuerdas cortadas. Teme un juicio penal—. Carajo ¡¿En dónde están?! ¡¿Cómo es que se escaparon?! Dios mío. Lady Zoé no me lo va a perdonar. No hay manera de que lo haga —se toma la cabeza, exasperado. Camina de un lado a otro cual león enjaulado— ¡¿Mylène?! —recae sobre la única reclusa culpable que le queda— ¡¿Tú tuviste algo que ver en esto?! ¡Fue tú idea! ¡¿Verdad?! ¡¿Planeabas engañarme?!
—¿Qué? ¡N-no! ¡Nada de eso! —se defiende escuetamente, la mujer— ¡Te juro por lo más sagrado que no tenía idea de que algo así pasaría! ¡Yo solo quería orinar! ¡No me-…!
—¡Arg! ¡Gnh! —Bruel se arroja hasta ella, azotándola del cuello contra los barrotes. Irascible, vocifera— ¡Mujer! ¡No quieras verme la cara de idiota! ¡DIME YA!
—¡Iván! ¡Es solo un ataque de ira! ¡Cof! ¡No tuve nada que ver! ¡Cof! —tose Haprèle, agarrotada contra su yugular— ¡Te lo juro por lo más sagrado! ¡Por favor…!
—¡Grgg…! —tarde, pero cae en cuenta de su ofuscada reacción. La suelta— ¡Maldita sea! Tengo que avisar al pelotón. Yo debo dar un informe sobre esto. Debo hacerlo. Debo-…
—Hey. Hey, mírame. Shh…tranquilo —sugestiona Mylène, tomando el rostro del muchacho con ambas manos de manera modesta—. Todo estará bien ¿Sí? No dejes que tu mal carácter nuble tu juicio. No hace falta caer en culpas. Podemos simplemente solicitar una investigación mediante a una fuga sin precedentes y ya.
—¿Eso que significa realmente? —no se entera.
—Significa que fue algo fortuito. Nadie lo vio venir —aclara la fémina, briosa—. Yo estaré contigo y daré testigo fehaciente del hecho. Te juro por mi nombre, que cuentas con mi apoyo. En serio.
—Que hago ¿Entonces? —berrea, sosegado—. A estas horas, lady Zoé estará durmiendo junto con los demás. Y no me-…
—No hay nada que puedas hacer frente a ellos. Sin embargo —sugiere la más bajita, garbosa—. Podemos recurrir a alertar a las tropas. Comanda un puñado de hombres para que las busquen. De esa forma, no se verá tan grave el asunto. Después de todo, te preocupa el asunto ¿No? Para asentar en el tema —expone—. Yo me quedaré dentro del calabozo. Así no habrá forma que nos vinculen.
—Es…cierto —despabila Bruel, con la mente más despejada—. Gracias por la idea, de verdad. ¡Soldados! ¡Reúnanse ahora! ¡Las prisioneras escaparon! ¡Quiero una redada de a lo menos 20 kilómetros desde el sur, el norte, el este y el oeste! —demanda, altivo— ¡Rápido! ¡Divídanse en grupos! ¡No deben de estar lejos!
—¡Si, capitán! —aceptan al unísono.
Sin embargo…la verdad nunca tarda en salir a la luz. Con los primeros rayos del astro rey tocando toda tierra fértil. Zoé es la primera en ser informada de la fuga. Se muestra agraviada frente a tal ultraje y reclama encontrar responsables. Lo primero que hace y por descarte, es decantarse contra los guardias de turno. Nadie osa en arrancarse de su ley, sin tener primero su aprobación. Tanto Iván como Delmar, se cierran a aceptar culpas. Solo responsabilidad en torno a lo ocurrido. Después de todo, no es estriba de ellos darse tantas ínfulas en torno a una paupérrima custodia nocturna. Bourgeois obra entorno a la furia frustrante del asunto. Exige se abra una investigación por lo ocurrido y determina que las huestes cabalguen hacia muchas direcciones, indagando sobre su paradero. No hay quien la apacigüe. Ni si quiera Rose, es capaz de aplacar su arrebato. Se ha visto sobrepasada frente a una actitud terca y despuntada. Prefiere optar por lo sano y no seguir aquel camino de la fe. Si está molesta. Ok. Que lo esté. Que sea libre de aquello.
—Lo siento. Pero conozco mis circunscribas —advierte Lavillant, serena—. No indago ni cuestiono más allá de mis aptitudes. Después de todo, no soy una noble. Tengo mis límites de tolerancia también.
—¿No puedes al menos convencerla de que hable con nosotros? —sugiere Luka, apabullado.
—Félix…—murmura Marinette, contra su oído—. No pretendo ser pájaro de mal agüero. Pero todo apunta a que posiblemente fue Chloé quien las liberó.
—Yo también pienso lo mismo, mi amor —balbucea, timorato—. Sin embargo, no quiero intensificar el conflicto entre ambas. Suficiente me ha costado intentar apaciguarlas.
—Ya lo sé, cariño. Pero…—se encoge de hombros— ¿Qué opciones tenemos? Zoé está muy disgustada y está culpando a sus propios hombres. Ese chico, Iván. Se ve grandulón, pero casi me da ternura. Juraría que es inofensivo.
—Veo lo mismo que tú, mi niña —hace ver Fathom, burlado—. Pero ¿De qué forma podemos solucionar esto?
— Yo las liberé —confiesa Chloé, tomando la palabra entre todos.
—¿Qué dices? —Zoé se alza sobre su silla, enajenada— ¡¿Cómo te atreves?!
—Lo siento —admite Bourgeois, echando una ojeada rápida a los presentes— ¿Alguien más a parte de mi hermana quiere juzgarme por eso? Si es así —recoge una piedra y la muestra—. Tírenla.
—¡¿Qué mierda intentas, Chloé?! —berrea— ¡¿Buscas dejarme mal parada en frente de mis amigos?! ¡Te voy a-…!
— Ya. Suficiente —interrumpe Lahiffe, con altivez y potestad—. Zoé. Ya fue. Antes de que quiera hacer justicia a sus sentimientos. Creo que es momento de escuchar a Chloé. Seguro tuvo una buena razón para hacerlo.
—¿De qué lado estás, escudero? —le reprocha la Duquesa, fulminándolo con la mirada.
—Del suyo, mi señora —aclara Nino—. Por favor no me trate como un desconocido. Usted sabe que tiene mi apoyo. Pero es hora de dejar de lado muchas odiosidades o no vamos a avanzar. Le imploro escuche su versión de los hechos.
—Todos ustedes. Pareciera que sufren de amnesia, bola de tarados —gruñe la rubia, alterada— ¿Acaso olvidan todo lo que ha hecho?
—Nadie olvida, hermana —retoza Chloé, sumisa—. No hay un solo día en que no me recuerdes los males que he cometido. Me atrevería a decir que la única que no supera, eres tú. No hay como hacerte olvidar de nada.
—No puedo hacerlo.
—¿Qué es lo que necesitas entonces? ¿Eh? Dímelo tú —ratifica su familiar— ¿En serio buscas que te diga: "perdón" y ya? ¿De verdad? ¿Solo se basa en eso?
—¿Te parece ridículo? —desdeña Zoé.
—Si. Ridículo. Totalmente ridículo —profesa la mayor—. Porque si es lo que buscas, ok. Te lo diré para que lo escuches complacientemente. "Perdón, hermana" —sentencia— ¿Contenta?
—No. No me complace —priva—. No te creo nada.
—Es absurdo —suspira Chloé.
—Zoé. Te quiero mucho. Te aprecio demasiado. Pero te ruego, dejes este camino de odio —propone Graham de Vanily—. De los presentes eres la única que sigue justificando injurias sobre Chloé. Te doy fe de ello.
—¿Tú y quien más, monje? —exige, soberbia.
— Todos —determina Lavillant, azorada—. Mi señora…por favor. ¿Me harías este honor?
—…
No volaba ni una mosca en medio de aquel silencio contemplativo. Pero muy necesario, por lo demás. Conjeturé que era lo que Zoé necesitaba escuchar. Al verse acorralada por todos, declinó frente a su agria actitud y tras un prolongado mutismo por parte de los asistentes, confesó abiertamente.
—Yo…bueno…—sisea, timorata—. Puede ser…
—Dejemos que Chloé determine qué fue lo que pasó por su mente para liberar a las prisioneras —propone Luka Couffaine, quien aún seguía en la reunión. Aunque algo restado— ¿Puede ser?
—Vale —exhala Zoé, mermada—. Adelante ¿Qué fue?
—Solamente actúe frente a la correcto —fija Chloé.
—¿El que…? —no se entera.
[…]
—¡Tierra a la vista! —anuncia Alec, frente a la popa— ¡Lady Amelie! ¡Estamos en costas de la isla! ¡Veo a Córcega desde aquí!
Mar del Mediterráneo. Jueves. 15:20PM.
—¡Gabriel! ¡Venga conmigo! —chilla la rubia, corriendo hacia la popa. Entusiasmada, dice— ¡Mire eso! ¡No se ven barcos enemigos! ¿No le parece increíble?
—Es sin duda una noticia fabulosa, Amelie —agrega el peliblanco, arrebatado—. Mire que había tan prospero pedazo de tierra para usted.
—Vamos a construir un puerto ahí. Lo presagio —sisea la ojiverde, señalando con el dedo—. Mi hijo estará contento de saberlo. Haremos de este sitio, nuestro hogar sin duda.
—¡Tiren anclas! —vocifera un marino— ¡Desembarcamos!
—Lady Amelie —expresa Cataldi, quitándose el sombrero en el proceso—. Ya llegamos. Tenga esto. Por las dudas y su seguridad frente a lo que abordemos en territorio inhóspito —le entrega un escudo y una espada.
—Disculpe. Pero ¿Esto que es? —reniega la mujer, menoscabada— ¿Por qué me da armas como estas?
—Perdone. ¿No sabe combatir? —especula, turbado.
—No dije eso. Solo que —las deja caer, altiva—. Lo mío es el tiro. Deme algo a lo cual apuntar y disparar, le ruego.
—Perdone, no estaba al tanto de sus habilidades —Alec cambia aquellas herramientas por un arco con flechas— ¿Esto mejor?
—No —reprocha Garham de Vanily, divisando una ballesta. La coge, recargándola—. Esto está ideal para mí. Se amolda a mis dedos.
—Amelie —murmura Gabriel, entretenido— ¿Realmente sabe proyectar esa cosa?
—¿No me cree? —bufa la fémina, soberbia—. Deme un solo objetivo. No fallaré. De niña cazaba patos al vuelo. No me subestime por favor.
—Mi amor, sin duda no tengo como negarme —el Agreste alza las manos, cual cautivo de su ofensa—. No apunte hacía mí.
—¡Jajaja! Es usted tan gracioso como siempre —farfulle la Duquesa—. Denle armas competentes a Gabriel, por favor.
—Tome —Cataldi le entrega la espada y escudo que antes rechazó la mujer— ¿Se las puede? Son pesadas.
—Gracias. Pero lo cierto es que no sé cómo usarlas —carcajea, azorado. Se mira las manos, aturdido—. Qué vergüenza.
—¿Vergüenza? Yo le enseñaré a cómo defenderse —determina la británica, briosa—. Póngase detrás de mí. Lo protegeré de todo mal.
—¿No se supone que el hombre debe hacer eso? —cuestiona el marino, absorto.
—Bueno, él es especial —cita Amelie, divertida—. Gabriel es un hombre de ciencia. No de brutalidades. Con el tiempo, aprenderá.
—Gracias. Pero pretendo defender mi honra por mí mismo a la próxima —carraspea el varón, humillado—. Ejem… ¿Vamos?
Armados de tan solo un puñado de marinos con espadas, ballestas y escudos. Amelie y Gabriel descienden de la embarcación y se adentran en la tierra prometida. Logran divisar paupérrimos asentamientos abandonados, en su mayoría. Hay caminos que se distingue claramente, fueron trasados por la mano del hombre. Mas no se divisa población humana. Tan solo animales salvajes como jabalíes, conejos, ciervos y monos correteando asustados por su presencia. Alec lidera la expedición a la cabeza de la caravana. De mano carga un machete, con el cual corta hiedras y maleza boscosa que impiden su andar. Se abre paso, hasta un claro que contempla vegetación litoral y fungido mundo bajo sus pies. Hay ríos, decantando desde lo alto de las montañas hasta morir al mar. Campos de extensas flores endémicas en la zona. Paradisiacas estepas de vastos frutos creciendo sobre copas de árboles milenarios. Todo un sinfín de melodías danzando en el aire, cual orquesta sinfónica. Desde el cantar de pájaros exóticos, hasta el zumbido de abejas y berridos de hurones pirineos.
Amelie es quien finalmente contempla con grandeza, la escena. Se alza imponente sobre los extremos de una gran meseta de volcán dormido, un claro valle de colorido arcoíris. Es casi como una postal. Un retrato digno de una pintura rupestre. Ha encontrado el cielo en la tierra. Pues es el lugar perfecto para construir un hogar. Con dos riachuelos de norte a sur y extenso bosque de robles picea, cruzando en medio. Definitivamente, es la clase de paisaje que uno solo podría idealizar solo en sueños. Convertir la fantasía en realidad, la regocija de un sentimiento candoroso de deleite y complacencia. Pues nadie ha reclamado estas tierras aún. Y sin titubear ni un segundo más, será ella quien, en nombre de su prole, las nombre como propias. Coge el estandarte de su familia y lo clava contra el pasto. Se gira hacia sus acompañantes, alzando la voz con briosa algarabía.
—¡Caballeros! ¡Este día, marcará un precedente histórico para todos nosotros! —vocifera, gallarda— ¡A partir de hoy, proclamo como estas tierras, conquista de los Graham de Vanily! ¡Y todo aquel que me jure lealtad y ciega fidelidad, tendrá un pedacito de esta para trabajar! ¡Tienen mi palabra! ¡Juro por mi honor, que verán los frutos de su esfuerzo! —añade— ¡Labraremos juntos la fértil madre naturaleza y ya no tendremos que mendigarle nada a nadie! ¡Sean libres! ¡¿Están conmigo?!
La mayoría de los hombres que seguían a la Duquesa, eran indigentes. Menesterosos tipos iletrados, aciagos al mar, buscando trabajo esporádico para sustentar a sus hijos. Conformándose siempre con misérrimas ganancias, de cara a llevar el pan a la boca de sus familias. Amelie había sentenciado un futuro prominente para cada uno de ellos, sin discriminar ¿Qué persona hubiera hecho eso por ellos? Algo que ni reyes ni nobles lograron considerar. Pues solo buscaban enriquecerse a costa de la explotación ajena. Sin mediar duda alguna, caen obnubilados ante su pronunciado discurso y sueltan armas, inclinándose con fe y devoción. Se arrodillan contra el suelo, agachando la cabeza. Se golpean el pectoral y juran en bramantes vigorosos, seguirla hasta el fin de los tiempos. La duquesa no pierde tiempo alguno y demanda que sean montados de inmediato los materiales para la construcción de asentamientos. Mientras más rápido se muevan, mejor. Los individuos se aglutinan frente a ella, consultando por los sectores que ella misma, delimita. Cada uno de ellos, tendrá su lugar. Es lo que ha concluyentemente a determinado por gracia divina. Gabriel, quien fue expectante onírico en todo momento, coge una silla y se la acomoda, armando palco para recibir a sus primeros súbditos.
—Yo, mi señora —murmura un náutico, humilde y deshecho—. Por favor, considere mi sangre como un aporte para el nuevo ducado.
—Todos serán bienvenidos, joven marino —comenta la rubia— ¿A qué se dedica su familia?
—Somos herreros, mi señora.
—Bien. Es lo que necesitamos cuanto antes. Forjas. Hay que crear muchas —exige, extendiendo un saco de monedas de oro—. Tome todo el material que necesite, construya su morada y traiga con usted a sus herreros. Los que pueda.
—¡Gracias, mi señora! ¡Me encargaré de traer a mi familia conmigo y a mis amigos! —acepta, hecho un mar de lágrimas en agradecimiento— ¡Me pondré en marcha cuanto antes!
—¡Yo también, mi señora! —aclara otro varón—. Me llamo Renaud Petit. Somos alfareros.
—Alfareros. Con urgencia son necesitados —Amelie le entrega otro saco de monedas—. Vaya y haga lo suyo.
—¡Estoy a su merced, mi dama! —indica un tercero—. No somos ingenieros, pero si obreros. Sabemos todo sobre construcción.
—Yo soy ovejero —alza la mano— ¡Se pastorear ganado!
—Yo granjero —aclara un pelirrojo—. Conozco toda clase de semillas.
—¡Yo soy leñador, mi señora! —expresa un moreno—. Cortaré toda la madera que necesite.
—¡Por acá! ¡Me dedico a la pesca! —manifiesta un rubio—. Le traeré abundantes riquezas del mar.
—¡Soy apicultor!
—¡Y yo minero!
—¡Hey, hey! Todos a su tiempo. Tranquilos —interrumpe Gabriel Agreste, apaciguando la ansiedad de los hombres—. Tendrán trabajo asegurado, lady Amelie se los promete. Confíen.
—¡Si, señor! —aúlla, unánime.
—Nunca creí que estuvieran tan entusiasmados con la idea —murmura la ojiverde, descalabrada—. Cielos…creo que vine buscando cobre y encontré oro.
—Nada como el amor a la lealtad ¿O no? —comenta entretenido, el varón.
—Una forma romántica de decirlo —pita—. Pero-…
—Yo no soy nada más que un simple marinero, lady Amelie —confiesa Alec Cataldi, azorado—. Pero puedo garantizarle mi fidelidad, si le complace.
—A ti no te quiero de nada más que capitán de mis navíos —sentencia Graham de Vanily, altiva—. Tú serás el administrador de mi empresa. Deseo que cuando llegue mi hijo con su familia, todo esté listo para él. Un poblado meritorio de su confianza —declara— ¿Puedes con eso?
—Sin duda que sí, mi señora.
—Quiero un muelle amplio en la bahía. Fastuoso. Digno de comerciantes ricos y poderosos —demanda, arrojada—. Lo cierto es que tal responsabilidad te llevará a pasar más tiempo en alta mar que en tierra ¿Podrás con eso, Alec? ¿Tu familia no se opondrá?
—Al igual que usted, mi cónyuge acabó víctima de esas cosas horrendas. No tengo familia. Con ella se fue mi futura descendencia —advierte el calvo, ligeramente desahuciado—. Solo soy yo, ahora mismo…
—Lamento mucho tu perdida, Alec —musita la aristócrata, modesta—. Sin embargo, es hora de enaltecer a nuestros caídos. ¿Te animas?
—Lo hago —asiente, brioso—. Comándeme y haré su voluntad.
—Bueno. A parte de encargarte de traer a los familiares, amigos y conocidos de los aquí involucrados; sanos y salvos —enjuicia—. Te quiero listo para una posible invasión. Dime una cosa. ¿Alguno de estos campesinos sabe algo sobre la guerra?
—Ninguno, mi señora —niega con la cabeza—. Solo son mercenarios.
—Bien. Esa es tu nueva misión ahora —demanda la Duquesa—. Consígueme un maestre de armas. Quiero eruditos en lectura, arte, ciencia y profesorado en mi nuevo poblado. Gabriel hará su parte, como catedrático. Pero es imperioso tener algo de cultura y conocimiento. Ya sabes, galenos, boticarios, astrónomos. Anhelo fundar escuelas y sanatorios. Cualquiera que veas en el puerto de Calais con esos dotes, me lo traes. ¿Queda claro? Ofréceles lo que convidé yo, hoy. Tierra prometida y buena ganancia.
—Claro como el agua, lady Amelie —asiente, dispuesto—. Los traeré. Pero ¿Qué hay de la religión?
—¿Qué hay con eso?
—¿No desea profesar ninguna?
—No. Ni de coña —niega—. Aquí todos son bienvenidos, sin importar su índole de fe. Me he despojado de la iglesia desde el momento en que mi hijo fue abandonado por ella —protesta—. No me traigas ridículos monjes ni mucho menos satíricos paganos. Solo gente de bien ¿Me oyes?
—Fuerte y claro —acepta—. Parto de inmediato al continente. Si me permite —se despacha.
—Amelie —contradice Gabriel, aturdido— ¿Realmente se ha separado de sus creencias piadosas?
—Si —desentona— ¿Algún problema con eso?
—N-No…pero…
—Félix me hizo una promesa. Se quitaría el hábito en cuanto nazca mi nieto/a—modesta, la mujer—. Es solo cuestión de tiempo. Ya se dará.
—Si usted lo dice…
— Confío en mi hijo. Todo estará bien, para su regreso.
[…]
—Tengo listos los caballos —determina Luka, de mejor animo— ¿Desean que les asista para montar?
—Con todo respeto —atañe Nino, mermado—. Yo los ensillé mejor.
—¿Qué? —se va a la chucha.
De vuelta a Paris. 15:12PM.
—¿Qué haces? —le reprocha el peliazul.
—Ensillar rocines —Lahiffe se encoge de hombros.
—No me refiero a eso —desmiente Couffaine—. Hablo de querer menoscabar mi ayuda.
—¿Qué ayuda? —bufa el moreno—. Solo es tu trabajo, herrero.
—Óyeme —reclama el ojiazul—. No soy un simple herrero ahora. Soy un caballero embestido por la misma Zoé Bourgeois. ¿De qué vas?
—Aun así, ella te ve como un ordinario escudero —determina Nino.
—¿Cómo dices? —lo fulmina con la mirada, cogiéndolo de las ropas por el pecho— ¡Repite eso, Nino!
—Oigan. ¿Por qué mierda se están peleando? —berrea Lee, mosqueada—. Me dan mucha vergüenza ajena. Compórtense.
— ¡El empezó! —chillan ambos, unánime.
—¿Qué pasa? Los dos me dan lastima —sisea Chloé, de brazos cruzados—. Querer agradarle a mi hermana es lo mismo que chuparle la polla a un burro. Entérense.
— ¡¿Cómo dice?! —vuelven a chillar ambos, unánime
—Zoé —determina Marinette, azorada—. Tú relación con Chloé no mejora y ahora Marianne y Nora se fugaron. ¿Qué tienes en mente?
—Nada, Dupain-Cheng —se encoge de hombros, restándole importancia al asunto— ¿Acaso no escucharon su versión? Dijo que hizo "lo correcto". Vaya a saber uno lo que eso significa dentro de su mente retorcida. Pero ya no me calentaré más la cabeza. Mi sanidad mental está en juego.
—¿Entonces no vas a hacer nada al respecto? —reclama Marinette.
—Exacto, no haré nada —admite la rubia, sincera—. Si tienes dudas sobre mi posición, será mejor que lo hables con tu noviecito el arcángel o con mi hermana la redimida —fija, sarcástica—. Ya me aburrí de llevarles la contra. Están muy convencidos de algo y no hay forma de hacerles cambiar de opinión —chasquea la lengua—. Tsk. Ellos sabrán a que se atienen. Esas mujeres eran peligrosas. Ahora que quedaron en libertad, vaya a saber el diablo que harán. Pero en fin ¿Qué importa lo que yo diga o crea? —berrea, jalando el cincho de su corcel— ¡Monten, soldados!
—¡E-espere! ¡Lady Bourgeois! —advierte un abochornado Iván. En compañía de un poco conocido, rostro familiar—. Este…amm…con todo respeto. La tercera prisionera no escapó a ningún lado. ¿Qué será de ella? No tiene hogar…
—¿Qué te pasa? ¿Por qué te ruborizas al hablarme? —cuestiona la ojiazul, dándose un giro en el eje de su bestia—. Ah…ya veo. Conque de eso se trata. ¿Cuál es tu nombre, enana?
—Me llamo Mylène Haprèle, mi madame —expresa la muchacha, en ligero tono retraído—. Y lo cierto es que tal como dice el noble Bruel. No tengo a donde ir…
—Usted me vieron cara de casa de acogida ¿Verdad? —resopla Lee, despeinándose con hastío—. Bueno, hagan lo que quieran. Ya que le gustaste a mi caballero, el se hará cargo de ti. Solo no me des más problemas o serás la primera en ser comida de perros.
—¡S-si! ¡Como usted diga! —asiente Mylène, desarmada frente a su potestad— ¡Juro servirle honradamente y no hacer tonterías!
—No necesito más súbditos. Pero allá tú —rueda los ojos, echando trote de regreso a la urbe—. Nos vamos. Luka, tú vendrás de regreso conmigo.
—¿Eh? —contradice el peliazul—. Pe-pero…yo me encuentro en una misión importante en estos momentos, mi señora. ¿Es necesario?
—No es una pregunta. Es una orden —demanda, frunciendo el ceño—. ¿Acaso ya no deseas ser mi escudero?
—No he dicho tal cosa —sisea Luka, apesumbrado—. Sucede que Adrien y Kagami nos solicitaron ayuda con el tema de sanar a todos los convertidos que pudiéramos. Aún nos queda camino por recorrer. Ni si quiera hemos investigado bien la urbe.
—Paris es una ciudad que lleva amurallada hace más de medio siglo, Couffaine —explica Zoé, comprometida—. Aquí no encontrarán infectados. Es zona segura.
—De igual manera…no perdemos nada con cerciorarnos ¿O sí? —expresa el muchacho de mirada añil—. Tiempo es lo que más tenemos.
—Yo los acompañaré —sentencia Chloé. Ya que no tiene nada más que ganar o perder, la idea le resulta buena manera de sanear asperezas—. Toda mano amiga es bienvenida. Y me parece que sería lo correcto.
—¿Tú? ¿Ayudarnos? —rebate Marinette, reacia—. Pero si ni si quiera sabes blandir un cuchillo de cocina.
—Puedo aprender ¿No? —inquiere Bourgeois—. No soy la clase de persona tonta que creen.
—No. Sin duda no tienes ni un pelo de ello —Dupain-Cheng rueda los ojos, irónica—. Mientras no nos retrases, todo bien.
—Usted han perdido la cabeza —manifiesta la Duquesa, impresionada con semejante determinación— ¿Realmente pretenden sanar a toda la nación? Les tomará años.
—No sé si a toda la población —revela Fathom, sintiendo el apoyo de sus camaradas en el proceso—. Pero al menos la cantidad suficiente como para asegurar salud en los más necesitados. Tarde o temprano, la cepa declinará si fomentamos inmunidad en los vivos.
—Mhm…me sigue pareciendo una locura. Pero si no son ustedes ¿Quién más lo hará? —suspira la noble, altiva—. A los regentes les vale mierda su propio pueblo. Supongo que…tienen motivación de sobra.
—Tú deberías hacer lo mismo, amiga —sugiere Félix, depositando una caricia noble contra su jamelgo—. Si vas de camino a Flandes, pásate por Le Mans. En estos momentos, mi primo se encuentra fabricando muchas jeringas. Él te dará las que necesites para proteger a tu provincia. Como ya repitió Chloé en más de una ocasión, es hora de hacer lo correcto.
—Bue…si me lo dices así, con esos ojitos tan virginales que tienes —consciente Lee en tono burlesco. Ya completamente asumida frente a su proposición— ¿Cómo negarme? Te tomaré la palabra, chico guapo. Nos daremos una vuelta por los Agreste.
—Nos mantendremos informados mediante correspondencia —sonríe—. No dejen de escribirnos.
—Ni tú. Protege a tu familia, Fathom —asiente con fervor, la chica.
—Con mi vida —determina el inglés, paloteando la cola del animal—. Ve con cuidado.
Nunca profesé confirmar algo tan prematuro como esto. Pero lo que Chloé nos había transmitido esa noche. Mediante tal acto de fe moral, nos permitió a mí y a mis amigos expandir nuestros horizontes sobre qué significaba hacer lo correcto. El bien, por sobre todas las cosas. Ya no era solo un concepto subjetivo que ameritara una vital fortaleza de voluntad. Se trataba de darle redención a la tierra y devolverle paz a este país. Ver partir una vez más a Zoé y sus huestes, me reconfortó de una efímera emoción afectuosa. Yo personalmente, atestiguaba en primera persona la emancipación de una chica mal encaminada. Si había logrado semejante cosa con Bourgeois. ¿Por qué no aliviar el alma de mi tía Emilie también? Aún me proclamo un insobornable hombre de rectitud.
Y mientras más adeptos se unen a la causa, mayor vigor de arrojo consigo ante el infortunio. Ya no existe incertidumbre asidua que nos corrompa el alma. Marinette, Luka, Chloé y yo, retomaríamos esta aventurada senda. Vislumbro el final de esta historia, a la vuelta de la esquina. Solo esperen un poco más.
Muy pronto, todos iremos a casa.
