Está inspirado inicialmente en la canción "So it goes", de Taylor Swift. Quizás en algunas otras de otros artistas.

Ubicado 5 años después de Luna Nueva, y al día siguiente de que Anastasia deja a Christian.

Debería estar ambientando alrededor del año 2011, pero, honestamente acomodaré el tiempo en la historia para que sea a mi beneficio y es muy probable que coloque cosas o situaciones de hoy en día.


Por cierto, aunque creo que es algo obvio al ser un crossover con 50SoG, de todos modos, lo diré, esto contiene escenas hot y temas relacionados al BDSM. Por favor si vas a leerlo, QUE SEA BAJO TU RESPONSABILIDAD.

Disclaimer, ya se la saben… Twilight y sus personajes pertenecen a Stephanie Meyer. La serie de 50 Shades y sus personajes son de E.L. James. Yo juego con los personajes y los hechos. Si ven algo que sea reconocido, no es mío. Bla, bla.


Isabella POV

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—¿Te duele? —Grace pregunta.

—No realmente.

—Retirar los puntos es lo que menos duele de cuando tienes una herida de este tipo.

—La primera vez que me suturaron las heridas, estaba sedada, entonces no sentí nada —respondo con calma. —La segunda vez estuve cerca de llorar. Si me dolió demasiado.

—Lo imagino —asiente. —Christian me contó que la segunda vez, te hicieron los puntos sin anestesia a petición tuya.

—Solo quería que terminara —confieso en tono avergonzado. —Fue mi culpa que se abrieran de nuevo.

—Bueno, en casos como el tuyo, se recomienda al paciente guardar reposo para que los puntos puedan hacer su función correctamente —Grace suspira.

—El doctor Gerandy lo hizo. Varias veces me repitió lo mismo —me encojo de hombros. —Es un buen doctor.

—¿Lo es?

—Sí, lo es. Fui quien no hizo caso a sus indicaciones —suelto un pequeño quejido culpable. —No soy tan buena paciente como Angela.

Grace suelta una pequeña risa.

Angela volvió la semana pasada al trabajo. Las heridas de ella eran menos graves a comparación de las mías, por lo que sus pocos puntos, fueron retirados antes que los míos. Ahora, mi amiga puede moverse casi con normalidad, aún hay movimientos que la incomodan, pero Grace le sugirió –ordenó- asistir a terapia de rehabilitación para que sus movimientos no se vieran afectados.

Yo, en cambio, he tenido que soportar una semana más con los puntos en mi piel, al parecer destruir la casa Cullen venía con este precio. Ese día, con mis bruscos movimientos y con las cosas que se rompieron a mí alrededor, me gané heridas nuevas, además de que ocasioné que las suturas que ya tenía, se abrieran y se lastimarán más. El doctor Gerandy me realizó puntos más profundos para cerrar esas heridas.

Sí, fue mi maldita culpa que mi recuperación haya sido más lento. No, no me quejó. Es un jodido precio que estoy pagando desde la maravillosa comodidad de la Escala.

Desde la conferencia de prensa del periódico, no he puesto un pie en mi casa, Christian no me lo ha permitido.

No, tampoco me quejo.

Mi estancia en la Escala ha hecho que mi recuperación sea mucho más sencilla de sobrellevar. El plan de Gail y Christian era obligarme a estar completamente en reposo, el único movimiento que tendría permitido sería para moverme de la cama al baño y de regreso a la cama. El primer día mí agotamiento se los permitió, desde el segundo uno en el que puse un pie en la escala, me dejé arrastrar hasta la cama donde pasé el resto del día dormida.

El segundo día la casa estalló en caos.

Christian se molestó porque me vio pasearme por toda la escala, Gail también se enojó porque no permití que me llevara el almuerzo a la cama, Taylor incluso intentó arrastrar el sofá en el que me encontraba solo para conseguir llevarme de regreso a la habitación. Ninguno tuvo la satisfacción de ganarme. Al tercer día, comprendieron que era demasiado terca como para que sus intentos fuera útiles, así que desistieron y se limitaron a ayudarme para que mis movimientos fueran más sencillos.

Poco a poco, Gail me permitió hacerle compañía en la cocina desde la comodidad de una de las sillas junto a la barra. Al inicio solamente bebía café y charlaba con ella, ahora le ayudo con pequeñas cosas como batir algo o mezclar la ensalada de la cena.

Christian comenzó ayudándome a bañarme, cambiarme y cepillar o peinar mi cabello, pero seguía entrando en crisis cuando me veía pasearme por la Escala. Ahora solamente me mira cuando aparezco por el pasillo de una habitación a otra, me pregunta a donde me dirijo o si necesito ayuda y se asegura de traer alguna manta o almohada para que yo esté más cómoda.

Taylor ha sido el encargado de ir y venir con Grace cuando hay que limpiar y lavar mis heridas, o si yo necesito algo, es él quien sale a conseguirlo. Sawyer, simplemente se queda detrás de mí cuando subo las escaleras para cuidar que no me caiga.

Fuera de eso, me han dejado hacer mi vida con cierta libertad.

—Tienes una buena cicatrización —Grace murmura en un tono bajo, como si hablara más para sí misma.

—Eso es bueno ¿cierto? —levanto mis cejas.

—Lo es —acepta. —Tus heridas han sanado a la perfección y no hay señales de que alguna cicatriz se vuelva queloide. Solamente debes cuidar tu piel a partir de ahora para que se desvanezcan y no sean notorias.

—Eso será más sencillo.

—No eres una persona paciente ¿cierto, querida? —pregunta. Puedo escuchar la burla en su voz.

—Estar en reposo estaba volviéndome loca —exhalo bruscamente.

—Christian dice que puedes ser algo terca.

Hago una mueca.

—Tiene razón. Aunque Christian también puede llegar a ser... —busco la palabra ideal para describirlo, —exagerado algunas veces. ¡Muy exagerado!

—Lo sé —Grace se ríe.

—A pesar de tener accidentes muy seguido, no soy buena lidiando con todo lo que conllevan —resoplo. —No me gusta ser una carga para las personas.

—Para las personas que nos preocupamos por ti, no eres una carga, Isabella.

Algo en mi interior se remueve, un déjà vu, un recuerdo que he suprimido en mi interior. Ya me han dicho eso antes.

Sacudo la cabeza, una risa se me escapa.

—Supongo que si soy algo terca.

—¿Christian sabe que estas aquí? —Grace cambia el tema de la conversación.

—No he hablado con él. Pero, no me sorprendería que ya lo supiera o que estuviera de camino aquí.

Mi cabeza se gira en dirección a la puerta, el pequeño espacio de cristal en el medio de esta me permite ver el rostro serio y consternado de mi guardaespaldas. Sus ojos están fijos en mí, siempre atento a su trabajo. Le ofrezco una sonrisa amable, Sawyer responde con un asentimiento.

Regreso mi atención a Grace, inclino mi rostro en su dirección como si ese movimiento nos diera más privacidad.

—Sawyer es muy chismoso —susurro. —Cree que no me he dado cuenta.

Grace se carcajea. —Creo que solo hace su trabajo, querida.

—Lo sé —chasqueo mi lengua. —Contarle a su jefe todo lo que hago es parte de su trabajo.

—Protegerte, es su trabajo.

—Por poco y me sigue al baño, Grace —me quejo. —No me sorprendería que me tome tiempo y le entregue bitácoras darías a Christian.

—No creo que llegue a tanto —se ríe. —Me parece que Sawyer conoce los límites.

—Sé que ese es su trabajo, Grace. Pero no estoy acostumbrada a tener una sombra siguiéndome siempre —me explico.

—Es comprensible. Y no es porque Christian sea mi hijo, pero sé que él solamente quiere protegerte —suelta una leve risa. —Aunque tienes razón, puede ser muy exagerado a veces. Así es él.

—No es la primera vez que alguien trata de protegerme colocándome en una delicada caja de cristal —confieso. —Recuerdo como me solía sentir, enjaulada y asfixiada.

—¿Sientes que Christian te asfixia?

—No —sacudo mi cabeza. —Todo ese control que parece que él ejerce en mi vida, lejos de asfixiarme, me hace sentir tranquila.

—No sueles tener el control de tu vida, ¿verdad querida?

—Soy una complaciente patológica de personas —confieso. —Siempre me hago a un lado para que los demás sean felices.

Me siento estúpida diciendo eso en voz alta, pero es la verdad. Grace solo asiente comprensiva, no me mira, no me juzga.

—Cuando creí que al fín podía tener algo que yo quería… se fue —exhalo. —Pasé demasiado tiempo sintiéndome perdida.

—Lo entiendo.

—Quizás estoy demente, Grace. Christian es todo lo que alguna vez llegé a criticar, a juzgar a decir que nunca querría yo eso —me rio nerviosa y avergonzada de mi misma. —Pero ahora es todo lo que quiero.

—Y ahora no te molesta que alguien quiera cuidarte.

—Christian me cuida, pero no me encierra —mis cejas se juntan. —¿Eso tiene algún sentido?

—Mmm hmm.

—Tampoco puedo juzgarlo o molestarme por toda la sobreprotección que ha puesto sobre mí —murmuro. —Sé que estos días han sido difíciles para él.

Mi mente viaja a nuestro encuentro en Forks. Christian tuvo una crisis nerviosa al enterarse de los lobos y los Cullen. Además de añadirle el ingrediente principal; La loca pelirroja. No puedo culparlo, él actuó de la manera que yo debí hacerlo en su momento.

—Christian se preocupa mucho por ti, Isabella —Grace habla en un tono cálido y amoroso.

—Lo sé —acepto. —Es solo que me siento culpable. Está cansado, se nota en su rostro, él cree que yo no me doy cuenta, pero sé que le cuesta dormir, más de lo usual.

Es mi culpa, lo sé. Christian no tendría que estar pasando por esto.

—No es tu culpa —Grace me consuela. —Es la idea de que algo te pase, lo que lo vuelve loco. Lo menos que quiere es perderte.

—Yo tampoco quiero perderlo —suspiro las palabras.

—Christian puede ser compulsivo, obsesivo y controlador, pero esa es la manera en la que expresa sus sentimientos —Grace se encoje de hombros. —Así cuida a las personas que ama.

—Amor —exhalo la palabra que ha estado prohibida en mi vocabulario durante años.

Las manos de Grace dejan sus tareas, endereza su espalda, coloca sus ojos en los míos.

—Tu y él son muy parecidos —me dice con ternura. —Les cuesta creer que alguien puede amarlos.

Mi espalda se remueve contra la silla en la que estoy.

—No es eso —carraspeo. Ella me mira, cuestionándome en silencio. —¿Por qué todos mencionan esa palabra?

Su boca se eleva en una sonrisa cariñosa que ilumina sus ojos.

—Christian te ama como no ha hecho con nadie, Isabella —sus palabras salen de su boca con demasiada seguridad. —Hay que ser muy ciego o tonto para no notarlo.

Doy un respingo. No estoy segura de que es lo que debo de decir.

—No puedo hablar por ti, Isabella. Solo tú conoces lo que hay en el interior de tu corazón —Grace vuelve a sus tareas, las pequeñas pinzas de hospital vuelven a rozar mi piel. —Pero, sí conozco a mi hijo y sé que sus sentimientos por ti van más allá de lo que él mismo comprende.

—Ninguno ha dicho nada de ese tema —consigo decir. —Ninguno menciona la palabra.

—A veces, las palabras resultan solo son eso, Isabella. Palabras —Grace me responde. —Lo que en verdad vale son las acciones de las personas.

—Sé a lo que te refieres —asiento.

"Ahora tu eres mi vida" "No puedo vivir en un mundo donde tú no existas" "No tengo la fuerza para mantenerme alejado de ti" "Te amo, Bella"

Todo eso fue una puta mentira. Sus palabras, todos esos juramentos de amor, todas sus promesas se fueron al carajo cuando decidió abandonarme.

La conversación con Grace muere ahí. El silencio nos envuelve, mientras ella continúa haciendo su trabajo de retirar los puntos en mi brazo yo decido cerrar los ojos y perderme en el torrente de pensamientos que inunda mi mente.

—¿Doctora Grey? —un par de toques en la puerta nos sobresaltan. Una enfermera abre la puerta y asoma su cabeza —Su hijo está en recepción.

—Ya se estaba tardando —me burlo. Grace me sigue el gesto.

—¿Viene alguien? —una voz temblorosa cruza el consultorio. Sus palabras son claras a pesar de que le cuesta pronunciar la vocal "i".

—Sí, así es —digo con calma. Mi rostro se gira hacia el lado contrario para que mis ojos busquen los suyos, mis labios embozan una sonrisa cuando lo veo.

—¿Quién v-viene? —su cuerpo se estremece y tartamudea haciendo que le sea muy complicado pronunciar las palabras.

—Es un amigo mío —digo tranquilizadoramente. No funciona solo parece alertarlo más.

—¿M-me va a last-timar? —pregunta convirtiendo el sonido de la "r" en el sonido de la "d".

Un nuevo temblor lo estremece. Es inevitable que yo tenga la misma reacción.

—¡No! —chillo la palabra. Mis ojos observan su cuerpo sobresaltarse por mi grito. Muerdo mi lengua y maldigo internamente. ¡Joder, Isabella! La idea es que lo tranquilices, no que lo asustes más.

Pero, no pude contenerme, la idea de que piense que Christian puede herirlo de alguna manera, me atormenta. El jadeo que brotó de Grace al escuchar las palabras me dice que piensa lo mismo que yo.

—Es mi hijo, cariño —Grace habla ofreciéndole una sonrisa amigable. —Te aseguro que sabe portarse bien. No te preocupes.

—Christian es bueno —le aseguro. Apenas logro mantener mi voz. —No te hará daño, te lo aseguro.

—Ah —asiente.

Da una mirada a la puerta del consultorio antes de regresar su atención a las figuras y juguetes que Grace le ha prestado cuando termino de curarlo. Sus movimientos ahora son lentos y cautelosos, además de que sus grandes ojos negros miran con nerviosismo la puerta antes de volver a mirarnos a nosotras solo para bajar un par de segundos en dirección a los juguetes que hay rodeando sus piernas.

Mi corazón se estruja.

Para Teddy, no es sencillo conocer a las personas nuevas. Su historia es similar a la de Christian, similar a la de todos esos niños y niñas que están bajo el cuidado de la asociación. Una infancia llena de dolor, miedo, desconfianza, traumas, tristeza, pánico y abandono.

Los pequeños momentos como este, me hacen sentir orgullosa. Son estos pequeños momentos cuando esos niños se superan a sí mismos, superan a la oscuridad y el miedo que los rodea. Son pequeños momentos que me dan la esperanza de que, con amor y paciencia, algún día dejarán todo ese dolor en el pasado y quizás podrán disfrutar lo que resta de su infancia de manera feliz.

Lo que me recuerda, debo hablar con Charlie sobre nuestra investigación del pasado de Christian. Tengo curiosidad si ha encontrado algo relevante.

—Teddy, ¿Por qué no vas con Sandy a la sala de pediatría? —Grace canturrea tiernamente. —Escuché que van a trasmitir una película de dinosaurios.

Mi atención regresa al pequeño rostro al fondo del consultorio, hay una mueca pensativa en él lo que significa que está considerando la propuesta de Grace. Pero también hay una sombra en su carita. Me mira, sus ojitos me preguntan en silencio que es lo que debe hacer, no quiero condicionarlo a que haga algo, pero he visto cómo la idea llamó su atención. Decido guiñarle un ojo y asentir para impulsarlo a tomar una decisión.

Sus pequeños hombros se levantan, su mano herida e inmovilizada por el cabestrillo se aferra con fuerza a su pequeño oso de peluche, su espalda se endereza y su cabeza busca a la enfermera que aún está en la puerta esperando con una sonrisa amable.

—¿Bella viene? —la voz infantil llama mi atención. Sus ojos negros llenos de ansiedad se han convertido en un océano, hay lágrimas contenidas.

Mierda.

Es inevitable que mi corazón se convierta en mil pedazos.

—Isabella se tiene que quedar conmigo —Grace le señala mi brazo el cual aún tiene algunos puntos en él. —Pero te prometo que yo subiré contigo, y después tú y yo iremos por un helado, de esos que venden en la quinta avenida, que tú puedes elegir la cantidad de helado que quieres comer. O quizás podremos pasar a comer hamburguesas y quedarnos un poco en los juegos.

Observo como el niño se relame sus labios al pensar en la idea de comer todo eso.

—Está bien —responde tímidamente. De nuevo tiene problemas con la pronunciación de la vocal y de nuevo usa la "d" para suplir la "s".

Grace se gira en mi dirección y me guiña un ojo.

—Ven conmigo, Teddy —Sandi extiende su mano en dirección al niño. Él sujeta con fuerza su oso de peluche y se levanta acercándose lentamente a la enfermera. —¡Nos vamos a divertir mucho!

El pequeño cuerpo del niño se estremece con esas palabras. Mi mente me traiciona y me muestra una versión pequeña de Christian, llorando y temblando de una manera más dolorosa.

—Si eres tan amable, Sandy, permite que Christian pase. Ya casi terminamos aquí.

La voz de Grace me regresa a la realidad.

—Sí, doctora Grey —Sandy asiente. Le sonríe a Teddy que está sacudiendo su manita al lado de su cabeza para despedirse. Le toma su manita y lo conduce fuera del consultorio.

Grace me ofrece una larga mirada antes de continuar con su tarea de retirar los últimos puntos de mis heridas. El silencio nos envuelve nuevamente, pero ahora es algo incómodo y tenso, por suerte, apenas pasa un minuto antes de que un par de toques nuevos en la puerta nos alertan de la presencia de Christian.

El hombre no espera una respuesta, gira la perilla y empuja la puerta con urgencia.

Mierda.

—¿Ha pasado algo? —pregunta agitado. —¿Qué sucedió?

—Hola —sonrió. Mi mano libre y sana se estira hacia él, busco su contacto y su calor. —Llegaste.

—¿Estás bien? ¿Qué sucedió? —exige, sus piernas lo llevan a recorrer el espacio que lo separan de mí. Su mano toma la mía, sus ojos me inspeccionan en busca de alguna herida nueva.

—Christian, hijo, no seas grosero —Grace usa su tono maternal para reprenderlo por su descortesía. —Cuando entras a un lugar, debes saludar a los presentes.

—Lo siento —Christian exhala. —Hola, madre.

Suelta mi mano y se acerca a su madre dándole un beso en la mejilla, Grace sonríe y lo mira con cariño, no puede tocarlo o saludarlo porque en sus manos siguen los guantes y una pinza. Christian regresa a mi lado, se inclina y deposita un largo pero sencillo beso en mis labios.

—Hola, cariño.

—Hola de nuevo —sonrío.

Se acomoda a mi lado, su mano juguetea con los dedos de mi mano, brindándome apoyo silencioso mientras su madre se ocupa de mí. Se siente bien, se siente correcto, se siente normal y humano. Mi sonrisa se expande.

—Grace me está quitando los puntos —comento sin molestarme en ocultar mi emoción. Sé que es algo obvio, pero mis palabras tienen un doble sentido, Christian entiende el mensaje al instante, su se ilumina con picardía recordando el trato que hicimos la semana pasada.

Adiós puntos y heridas abiertas; Hola cuarto rojo, sogas, látigos y sexo desenfrenado.

—Dice que ya he sanado y que puedo volver a mi vida —hago pequeño bailecito mientras digo las palabras.

—Primero terminaré de quitarte los puntos y podremos negociar tu regreso a la vida loca —Grace se ríe.

Hago una mueca. Su tono y la expresión en su rostro me dice que no será tan pronto como yo quisiera. Christian se ríe por lo bajo.

—¿Cómo llegaste aquí? —pregunta retomando su papel serio, aunque puedo ver que ahora que sabe lo que hago aquí, en el hospital, en el consultorio de su madre, está más relajado. —Creí que estabas en la asociación.

—Lo estaba —acepto. —Surgió algo, Grace tuvo que venir y me ofrecí a acompañarla. Además, decidimos que se podía aprovechar el paseo para retirarme los puntos.

Christian escucha mis palabras con atención, sus ojos grises se suavizan cuando se da cuenta que nada grave ha sucedido.

—Creí que no tenías turno hasta mañana, madre.

—Tranquilo, hijo —Grace habla, sospechando hacia dónde va el comentario de su hijo. —Isabella y yo estamos bien.

—Puedo verlo —asiente Christian.

—Sabes cómo es esto —la mujer le resta importancia. —Las emergencias surgen y tengo que atenderlas.

—¿Por qué no me llamaste, Isabella? —la atención del cobrizo ahora se coloca sobre mí, su comentario me recuerda lo tercamente obsesivo del control que suele ser. Yo pongo los ojos en blanco.

—No quería interrumpir tu reunión —me encojo de hombros. —Además, no era necesario. Tu madre y yo llegamos aquí con Sawyer escoltándonos.

Grace asiente dándome la razón y continúa con sus labores de médico.

—Cuéntame ¿cómo te fue en la reunión? —le pido a Christian para alejar su mente de la molestia de que no lo llamé cuando venía hacia el hospital. Él comienza a narrarme los hechos que sucedieron en la empresa en el transcurso del día.

—¡Terminamos aquí! —Grace salta emocionada después de un largo rato de silencio. El resto de nosotros nos sobresaltamos ante su repentino entusiasmo, la mujer gira su cuerpo para depositar las cosas que ha usado en la charola que tiene a un costado.

—¡Al fin! —digo yo en el mismo tono.

—Como nueva, Isabella —da un par de aplausos. —Aunque, me gustaría que la siguiente semana asistas a rehabilitación antes de permitir que vuelvas al trabajo.

—Pero, pero… ya puedo moverme sin ayuda —intento persuadirla.

—Aun así, me gustaría que tuvieras algunas sesiones de rehabilitación —Grace le da una mirada a su hijo. Christian asiente con severidad.

Mierda. No podré salvarme de esto.

—No te preocupes, madre. Isabella hará lo que sea necesario —asegura Christian. Hago un puchero.

—Perfecto —Grace asiente.

—¿Podemos irnos ahora? —Christian pregunta. Yo miro a mi suegra de manera esperanzadora, ya no soporto seguir aquí, quiero huir del maldito hospital.

—Sí, claro —Grace asiente. —Tengo que volver por tu hermana a la asociación.

—¿Podemos ir con tu madre? —le pregunto a Christian.

Christian sujeta mi cintura y me ayuda a bajar de la camilla dónde Grace me ha mantenido todo este tiempo. Mis piernas tocan el suelo con firmeza, Me siento como nueva.

—¿Es necesario? —él me mira, receloso. —Tengo una reunión en 20 minutos y me gustaría que me acompañaras.

—Ve con él —me anima Grace. —Sabes que yo tendré que desviarme.

—¿Desviarte? —Christian mira con curiosidad a su madre. Yo asiento recordando la promesa que le hizo al pequeño hombrecito que nos obligó a realizar este paseo al hospital.

—Así es, tengo una cita importante que atender —Grace parlotea. —No vayas a creer que pasaré por una hamburguesa al Mc Donalds, o por un enorme helado de chocolate.

Ahogo una risa con mi mano, Grace me sonríe cómplice y Christian aumenta su mueca de confusión.

—¿Eso haces cuando sales del trabajo? —Christian levanta las cejas.

—Por supuesto, hijo. —Grace coloca su mano en el brazo de su hijo. —Todas las mujeres necesitamos nuestro momento de soledad y confort.

—Usualmente involucra chocolate —le digo.

—O una hamburguesa —Grace se ríe.

—Pero a mí nunca me llevaste al Mc Donalds —Christian murmura ofreciéndole a su madre una mirada de indignación.

—Tampoco a tus hermanos —Grace responde entre risas. —No te sientas tan especial, hijo.

Suelto una carcajada. Christian sacude la cabeza e intenta hacer una mueca de molestia, pero la risa también le gana.

—Vamos cariño —me rio dando un leve empujón al pecho de Christian para apresurarlo. —Llegaremos tarde a tu reunión si no nos damos prisa.

—Comentaré tu caso con el Dr. Snow, querida —Grace dice, camina un par de pasos a mi lado. —Le pediré que te visite en la Escala para tus sesiones de rehabilitación.

—Gracias, Grace —acepto con resignación. —Nos vemos después.

—Los veré en la Gala —Grace nos mira. Le da un beso en la mejilla a Christian y otro a mí.

—Sí —mi acompañante asiente. —Adiós, madre

Christian me escolta con cuidado y firmeza por la puerta del consultorio, Sawyer nos da un asentimiento y se propone caminar unos pasos detrás de nosotros a través de los pasillos del hospital y por los pasillos del hospital hasta la calle donde Taylor nos espera.

—Hola, Taylor —le saludo.

—Señora Isabella —me brinda una sonrisa.

Christian nos detiene antes de subir al auto. Me coloca de frente a él y toma mi rostro en sus manos.

—¿Cómo te sientes? —me pregunta, sus ojos grises buscan en las profundidades de mis ojos —¿Te molestan las heridas? ¿Estas cansada?

—Me siento bien, Christian —resoplo. Giro mi rostro lejos de él y tuerzo los ojos.

—Es la segunda vez, Isabella. Esta vez, fingiré que no me di cuenta —gruñe. —Si vuelves a poner los ojos en blanco, no lo dejaré pasar.

Trago el nudo que se forma en mi garganta. Sé que habla muy enserio.

—Mis heridas ya sanaron —le aseguro, mi rostro vuelve a él. —Ya no tengo puntos y me puedo mover perfectamente y sin molestias.

Sus ojos grises analizan los míos. Después de algunos segundos parece convenido de que no estoy mintiendo.

—Bien —exhala. Se aleja de mí un par de pasos, da órdenes a Taylor y a Sawyer para que nos sigan en el otro auto. No menciona el lugar al que iremos, y eso dispara la curiosidad en mí.

—¿A dónde vamos? —pregunto. Deslizo mi cuerpo en el asiento del copiloto.

—Ya lo verás —dice. Las comisuras de sus labios se elevan. Cierra la puerta, rodea el auto para subirse al asiento detrás del volante y me da una mirada antes de encender el motor del auto.

Durante los primeros minutos del viaje, hablamos sobre como terminé en el hospital. Le cuento del accidente de Teddy en el columpio y como terminó con su pequeño brazo roto llorando desconsoladamente mientras Grace y yo lo llevábamos al hospital.

—La señora Grayson había organizado una obra de teatro para los niños —decido desviar el tema a algo un poco más alegre. —Tu hermana se quedó. Ella sería caperucita roja en la obra de teatro.

Christian tarda en procesar mis palabras, sus labios se estiran en una media sonrisa.

—A mi hermana le encantan los niños —dice después de aclarar su garganta.

—Me contó que la gala benéfica que organiza tu familia comenzó como una idea de ella.

—Así es —acepta. —Realmente ella solo quería ayudar a niños con situaciones similares a la mía. Grace y Carrick la llevaron a varios centros, hospitales y orfanatos. Pasaba el día allí y le suplicaba a papá que les diera mesada a esos niños.

Puedo imaginarme a la pequeña Mia haciendo eso.

—Pero, Mia decidió reunir un poco más de ayuda. Mamá y papa hablaron con sus amigos, las personas fueron sumándose a la causa y poco a poco se creó lo que actualmente es la gran Gala Benéfica de los Grey. Mía se supera cada vez con la organización.

—Te creo —le digo. Recuerdo como montamos un centro de operaciones en la casa Grey. Mia se encargó de llenar un estudio de muestras de telas, decoraciones, imágenes de referencia, nombres de personas, papel y tintas de distintos tipos. Por un segundo sentía que estábamos organizando la Met Gala.

Una de las cálidas manos de Christian se coloca sobre mi muslo. La tela de la falda color limón que cubre mis piernas no es suficiente barrera como para privarme del calor de su toque.

Es julio, en la ciudad ya se respira el aroma a verano y el clima cálido ha hecho su acto de presencia. En cierto punto, estoy agradecida, el clima caluroso me ha obligado a usar vestidos y ropa delgada y suelta, por lo que es más fácil vestirme sin lastimar mis heridas.

—Mi madre y Mia están muy emocionadas con esta gala. Es diferente a años anteriores, porque tú y Angela accedieron a ayudarles con la organización —su rostro se inclina ligeramente en mi dirección. Su otra mano no suelta su agarre firme en el volante del auto. —Gracias por eso.

—No fue nada —siento mis mejillas calentarse. —Sé que debía guardar reposo, pero eso no significaba que no pudiera ser útil. Con el trabajo que me envía Julie y con toda la organización de la gala, siento que estos días no fueron tan malos.

Han pasado casi tres semanas del accidente, cerca de veinte días según mis cuentas. Honestamente no he prestado mucha atención a las fechas últimamente.

Antes de que Angela fuera dada de alta y se le permitiera volver al trabajo, pasábamos todas las tardes junto a Grace y Mia, pasando tiempo de chicas mientras ayudábamos con la organización de la Gala. Ahora que volvió al trabajo, pasa saliendo de la oficina.

Elliot también ha sido una visita constante, sospecho que es la presencia de Angela la que lo impulsa a estar cerca de mí, aunque el rubio siempre alega que es por la remodelación que le prometió a su hermano. En la escala pasó las últimas dos semanas, ahora la distribución es ligeramente diferente.

—¿Me dirás a dónde vamos? —pregunto de nuevo.

—Ya casi llegamos —me responde con voz tranquila.

—Eso no fue lo que pregunté —refunfuño.

—Pero es todo lo que obtendrás —se ríe.

Mis ojos lo observan; su rostro está fijo en el cristal del frente del auto, sus ojos se pasean de un lado a otro, alerta a cualquier problema que se pueda presentar, hay una sonrisa bailando en sus labios. Su camisa blanca tiene desabrochado los primeros botones, sus mangas están arremangadas hasta los codos, y no lleva corbata.

Me relamo los labios. Este hombre es jodidamente sexy.

—¿Qué sucede, Elliot? —pregunta. Sus ojos miran el tablero con el ceño fruncido. La pantalla brilla en señal de la llamada de su hermano.

—Tengo una duda —responde la voz a través de las bocinas del auto. —¿Tu cual usas para atar a Isabella? ¿Sogas de yute o de cáñamo?

Es inevitable que una carcajada escape desde mi interior.

—Eso no es de tu incumbencia —Christian le responde con un gruñido.

—Si lo es —dice tercamente el hombre del otro lado de la llamada. —Dice la señora vendedora que no puedo comprar cosas BDSM a lo idiota como era mi plan original, hermano.

—Pues no —Christian exhala. —No puedes hacer esas compras a lo idiota como estabas planeado.

—Ayúdame —suplica la voz. —Ya he ido a tres tiendas diferentes de las cuales no tenía ida de su existencia, las vendedoras me tachan de pervertido y me echan a la calle.

Ahogo una carcajada. Imagino lo que Elliot tuvo que hacer para que lo echaran de esas tiendas.

—Hermano, no permitas que siga haciendo el ridículo.

Christian suelta un bufido.

—La soga de yute usualmente es usada para el shibari, es la más común por ser más flexible y blanda —Christian responde en tono receloso. —La soga de cáñamo es más resistente y gruesa, así que es más usada para la suspensión.

—¿Escuchó, señora? —Elliot chilla. Supongo que en dirección a la vendedora de la tienda en donde se encuentra. —Quiero ambas.

—Espero que no lastimes a nadie —Christian le ladra antes de colgar la llamada con ayuda de los botones en el volante.

—Yo también aprendí algo hoy —comento. —Esos detalles sobre las cuerdas yo los desconocía.

—Aun tienes mucho que aprender, cariño —me dice. —Y que seas más paciente que Elliot ayuda bastante.

—Aun no puedo creer que te haya convencido de enseñarle todo eso.

Elliot ha manejado bastante bien el tema desde que fue forzado a escuchar esas verdades de su hermano. Al inicio se mantuvo receloso, le hizo un par de preguntas a Christian y se dispuso a preguntarle sobre la remodelación de la Escala. En ese momento, todos pensamos que dejaría el tema por la paz.

Hace unos días, Elliot pasó por la tarde a la Escala con la misión de dar por terminado el proyecto de remodelación y a recoger las herramientas que allí se habían quedado. Por casualidad, el cuarto rojo estaba abierto porque Gail estaba dentro limpiando. Nadie notó que el rubio se infiltro en esa habitación a curiosear, tampoco sabemos cuánto tiempo duró allí antes de ser notado por Gail cuando le comenzó a preguntar detalles de cada cosa que veía.

Gail bajó corriendo por las escaleras con su rostro más rojo que un tomate, lo acusó con su jefe y fue a esconderse en la cocina. Christian subió con Elliot y al parecer tuvieron una muy detallada conversación respecto a todo lo que hay al interior de esa habitación. La plática de hermanos duró hasta la madrugada. Lo siguiente que supe fue que Christian prometió enseñarle del tema.

—Yo tampoco puedo creerlo —dice secamente.

—Elliot es terco —señalo.

—Y un idiota —Christian ladra. —Más si cree que puede comenzar a hacer esas cosas así, de la nada y sin el conocimiento correcto.

—Quizás no quiere volverse completamente un Dom o un Sub —comento en un vano intento de defender las intenciones de Elliot —Tal vez solo quiere aprender unos cuantos trucos para aplicarlos después. Para subirse el ego, ¿quizás?

Hay que aplaudirle que desde que Elliot es conocedor del secreto de su hermano, ha sido bastante cuidadoso con el tema, se asegura de hablarlo solo con Christian, aunque eso no evita que, si no obtiene respuesta de su hermano, acuda a mí en busca de respuestas. Y tampoco parece molestarle que sean pocas las veces que puedo ofrecerle una explicación detallada, usualmente término contándole las pocas experiencias que he pasado en esa habitación.

La razón de que hayan sido pocas veces no es porque yo me haya negado.

Desde el accidente, Christian ha sido muy cuidadoso conmigo respecto al sexo, sé que no quiere lastimar mis heridas o volver a botarme los puntos, pero mi cuerpo solo es consumido por el ardiente deseo y el doloroso anhelo de que me folle tan duro como solo él sabe.

Cada que, por culpa de Elliot, pongo un pie en el cuarto rojo, es inevitable que mi mente se inunde con fantasías de todas las maneras en las que Christian puede follarme en ese lugar.

¡Maldito sea, Elliot!

Maldito seas por hacerme sufrir así.

—Llegamos —anuncia Christian. Su voz me saca de mis pensamientos.

Emocionada y ansiosa por conocer nuestro destino, giro mi rostro para mirar por la ventanilla del auto. Suelto un jadeo, mi ánimo cae hasta el piso.

Joder. Mierda. ¿Qué carajos hacemos aquí?

—Christian… —intento hilar una frase cuando aparece de mi lado del auto, ha abierto mi puerta y su mano está extendida para ayudarme a bajar del auto.

—Ven conmigo, cariño —sacude su mano con insistencia. Titubeo, pero es inevitable que mi cuerpo obedezca a su exigencia. En segundo estoy de pie entre su cuerpo y el auto.

—Chris… Christian —balbuceo. —Yo no… yo no puedo estar aquí.

No dice nada. Se limita a colocarme a su lado y conducirme a la puerta.

—Christian, por favor detente —le suplico. Mi cuerpo busca la manera de detener sus movimientos. —Christian, si me ven aquí van a llamar a la policía o… o me s-sacaran como la última vez y… y yo…

—Isabella —detiene sus pasos abruptamente. Nos gira para quedar de frente, una de sus manos acuna mi mejilla, la otra sujeta mi cintura con fuerza. —Nadie te sacará de aquí, nadie evitará que entres y no voy a permitir que nadie te ponga un maldito dedo encima.

Parpadeo.

Mi cerebro intenta procesar sus palabras tan frías y cálidas a la vez.

—Cariño, ahora estás conmigo —su voz se dulcifica al decir eso. —¿Bien?

Estoy con él. Somos Christian e Isabella. Con él a mi lado, nadie se atrevería a humillarme.

—S-sí.

—Vamos —indica. —Nos están esperando.

Entrelaza nuestras manos mientras me obliga a caminar a su lado.

—Señor Grey —un hombre habla desde la puerta. Es inevitable que mi cuerpo se congele al reconocerlo.

Mierda, me van a echar de este maldito lugar. ¡De nuevo!

—Bienvenidos al Pink Door —el hombre continua con su saludo, es como si no me hubiera reconocido. La mirada que me da me dice que sí, lo hizo.

—Señor Roberts —Christian le saluda sin soltarme de la cintura. Ambos hombres se estrechan la mano.

—Señorita Swan —el hombre extiende su mano en mi dirección. Tomo una profunda respiración antes de extender la mía. No permitiré que me intimide este hombre.

Sonrío falsamente.

—Señor Roberts, ¿Por qué no nos conduce a la oficina? —Cristian sugiere en un tono que no da lugar a objeciones. —Le recuerdo que la señorita Swan necesita estar cómoda.

¿Oficina? ¿Porque vamos a la oficina?

—¡Por supuesto! —acepta el hombre. —Síganme, por favor.

El hombre nos conduce al interior del restaurante. Los flashes de la última vez que estuve en este lugar me producen un par de arcadas que Christian alcanza a notar. Su mano en mi espalda es reconfortante. Intento componer mi rostro para que no sea más notorio mi estado de ánimo, pero sé que solo consigo colocar una mueca patética en mis labios.

El restaurante está vacío. Por la hora es normal, pero cualquiera creería que el personal del restaurante ya habría hecho su aparición para montar las cosas necesarias para el horario de apertura.

Continúo paseando mi mirada de un lado a otro mientras cruzamos todo el lugar hasta la oficina. El señor Roberts abre una pequeña puerta mostrando un espacio pequeño y del mismo concepto que el resto del restaurante. Los muros tienen el detalle de ladrillos a la vista, además de algunas pinturas, también hay un escritorio de madera oscura decorado con sillas del mismo estilo que las que son usadas por los comensales, un pequeño librero del mismo estilo y una ventana que da al exterior pero que está cubierta por una persiana entrecerrada.

Todos tomamos asiento.

—Bueno, si me permiten comenzar —el hombre habla. Parece emocionado por ser él quien inicie la conversación. —Debo admitir que su propuesta me resultó muy inesperada, Señor Grey.

—Sin embargo, aquí estamos —es la simple respuesta de Christian. —Recuerde lo que hablamos, Señor Roberts.

—Señorita Swan —el hombre llama mi atención. Instintivamente, mi cuerpo se inclina hacia Christian en busca de protección. —Permítame ofrecerle mis más sinceras disculpas.

—¿Cómo dijo? —pregunto abriendo los ojos al máximo.

—Lo que sucedió la última vez que nos honró con su presencia —comenta con la vergüenza escrita en su rostro. —Mi esposa y yo nos sentimos profundamente avergonzados y horrorizados por cómo sucedieron las cosas.

—Yo me sentí de la misma manera esa noche, señor Roberts —confieso. Puedo escuchar en mi voz el veneno que escurre de mis labios.

—Lo lamento, señorita —el hombre dice. Mis ojos se entrecierran. —Sé que mis disculpas no pueden borrarle ese mal momento, pero si quiero confesarle que se tomaron medidas preventivas hacia ese hombre y acciones hacia nuestro personal que le faltó al respeto de la misma manera.

Parpadeo.

Observo con atención el rostro del hombre frente a mí, sus gestos que se forman en su cara resultan sueltos, lo que indica que no está fingiendo. Sus palabras y su tono de voz también suenan honestos. Creo que puedo creerle.

—Gracias, supongo —digo. Mi cuerpo se remueve en la silla.

—No podemos cambiar lo que sucedió esa noche, ¿verdad? —el hombre se lamenta.

Es inevitable que mis ojos busquen a Christian.

La noche que me humillaron y me echaron a la fuerza de este lugar, fue la noche que lo conocí. Si tuviera que volver en el tiempo a esa noche, al menos sabiendo lo que ahora sé, volvería a soportar la situación con tal de conocerle de nuevo.

—No, no lo cambiaría —digo perdiéndome en esos ojos grises que me fascinaron desde esa primera noche.

—Señor Grey, permítame disculparme por la tardanza para ofrecerle una respuesta a la propuesta que nos ha hecho —el hombre coloca su atención en Christian, el tono en el que habla es profesional y similar al que Christian usa cuando se pone en modo empresario. —Había cosas que mi esposa y yo debíamos discutir antes de tomar una decisión respecto a este lugar.

—Es entendible, señor Roberts —Christian le resta importancia. —Tengo entendido que le tienen mucho cariño al lugar.

—La madre de mi mujer fue quien dio su vida para fundar este lugar —el hombre baja su cabeza mientras pronuncia esas palabras. —Con su muerte, nosotros quedamos a la cabeza del restaurante, pero ahora la enfermedad de mi esposa nos impide darle la atención necesaria al negocio.

Ahora me siento avergonzada por portarme tan hostil con el hombre. Lo que sucedió esa noche no fue su culpa.

—Nos duele despedirnos, sin embargo, no queremos que este lugar muera junto con nosotros —su cabeza se levanta de nuevo. El señor Roberts hace también un esfuerzo porque no sea notable el torrente de emociones en su rostro. —Confió en que la decisión que hemos tomado es la correcta.

—Se lo aseguro —Christian asiente.

—Si no hay más remedio —el hombre da una palmada a la madera del escritorio. Se inclina, abre uno de los cajones y saca un folder que coloca en el medio del espacio que nos separa a los tres. —Aquí está el contrato de compra-venta que le mostré la última vez que nos reunimos, solo necesita ser firmado.

—¿Compraste este lugar? —es inevitable que la pregunta salga de mis labios, mi cerebro hace clic al comprender las palabras que están intercambiando.

—Así es —es la respuesta que me ofrece. Su cuerpo se inclina y con sus manos toma el folder, lo arrastra hasta mí. —Solo necesitas firmar este contrato y será tuyo.

—¡¿Disculpa?! —salto en mi asiento. El hombre frente a nosotros se sobresalta por mi arrebato.

—¿Hay algún problema? —el señor Roberts pregunta, nos regala una mirada llena de cierta preocupación. Nosotros lo ignoramos.

—C-Christian… —sacudo mi cabeza intentando procesar la situación. —¿Qué está pasando?

—Dije que tenía un regalo para ti ¿recuerdas? —Christian me mira, sus cejas se levantan arrugando la piel de su frente. —Firma el contrato y el restaurante es tuyo.

—¡¿Me estas regalando un restaurante?! —jadeo.

—Isabella —responde con una voz demasiado dulce. Es como si estuviera explicándole las cosas a un niño. Me confunde aún más. —Te estoy regalando el Pink Door.

—Pe-pero, pero —balbuceo. —El auto nuevo... yo creí que ese era el regalo.

Después que mi auto quedara hecho trizas por el accidente. Christian un día llego a la escala con un auto nuevo que resultó ser un regalo para mí.

—Sí, también lo fue —dice despreocupadamente.

—¡Christian! —jadeo de nuevo. —N-no creo que sea lo correcto, es demasiado. A-además yo no… yo no creo que…

—Señor Roberts —me interrumpe, sus ojos se colocan en nuestro acompañante que nos observa desde el otro lado del escritorio. —¿Puede dejarnos a solas algunos minutos?

—¡Por supuesto, señor Grey! —el hombre se levanta. —Tomen el tiempo que sea necesario, creo que aún tengo cosas que empacar.

Con ansiedad, observo al hombre rodear el escritorio, mi silla y el librero para llegar hasta la puerta. Nos da una última mirada por encima de su hombro, hay una sonrisa bailando en sus labios antes de cerrar la puerta detrás de su espalda. El sonido de sus pisadas se va perdiendo conforme se va alejando.

—Christian —giro mi rostro hacia él. Sus ojos grises son lo primero que veo. —No puedes hacer esto.

—Puedo y lo estoy haciendo, Isabella —sentencia de manera despreocupada. —Es un regalo que yo quiero hacerte, por tu ascenso en el periódico, por como manejaste la situación, no le veo nada de malo.

—¡Pero es un restaurante! —suspiro. Mi cerebro aun no entiende las razones para hacer esto. —¿Qué esperas que yo haga con esto?

—Lo que tú quieras hacer —responde. —Este lugar, será tuyo. Puedes hacer lo que tú quieras. Puedes venderlo de nuevo, puedes ponerlo a trabajar, desmantelarlo y quedarte con el lugar para ocuparlo de alguna otra manera, lo que tú quieras cariño.

Miro a mí alrededor. La oficina se ve más pequeña que cuando entramos, las paredes se ven más grandes, la oscuridad del lugar de repente es demasiada.

—Mírame, Isabella —ordena. Yo obedezco. —Parece demasiado, pero no lo es.

—Una cosa es que me regales flores, que me compres toda esa ropa, ¡maldita sea, Christian! Incluso puedo aceptar gustosa el auto nuevo —mis labios se mueven con rapidez. —Pero esto, esto es un restaurante, no, no, es el maldito restaurante del que me sacaron esa noche.

—Lo sé, Isabella.

—¡Por eso lo estás haciendo! —chillo histéricamente. —¿Verdad? ¡Lo haces por lo que sucedió esa noche!

—No, Isabella. Esa no es la razón —dice secamente. —Al menos no la razón principal.

—¡Christian!

—Te estoy regalando este lugar solo porque no dejo de pensar en la manera en la que tu rostro se iluminó ese día, cuando me contaste todo lo que arreglarías de este lugar.

Mi mente me muestra ese momento, Christian y yo, días después de conocernos, él sentando frente a mí, observándome, yo hablándole, contándole cada detalle, cada idea, cada cosa que cambiaría si yo fuera dueña del Pink Door.

No puedo creer que esa información se haya quedado grabada en él.

—Pero, Christian... —intento razonar con él. —Es un restaurante. Debió costarte mucho dinero y tú me lo estás regalando así, como si nada.

—Quiero volver a verte así, como ese día, Isabella —confiesa. —Si para eso debo gastar mi dinero o comprar toda la jodida ciudad, lo haré. Voy a cumplir cada deseo, cada sueño, cada capricho que tengas, si eso significa que vas a sonreír como lo hiciste ese día.

Sus ojos grises continúan mirándome, me gritan en silencio demasiadas cosas que sus labios no pueden.

Christian hace esto por él, no por mí. Hace esto por su jodido y desesperante deseo de complacer a alguien, de tener el puto control mientras lo hace. Él y yo sabíamos que solo necesitaba tres meses para que pudiera comprarme un auto nuevo por mi cuenta, y aun así decidió comprarme uno. Él y yo sabemos que, aunque pasara mi incapacidad en la Escala, podía haber llevado mis cosas y aun así decidió comprarme ropa nueva por segunda vez. Él y yo sabemos que ahora tengo la facilidad de que, soñando demasiado alto, en cinco años puedo comprar mi propio lugar y montar mi propio restaurante, pero aun así ha decidido que debe ser él quien me ayude.

—Solo me lo estas regalando ¿verdad? —pregunto con un nuevo pensamiento oscureciendo mi mente. —Si decido trabajarlo, venderlo o cualquier opción que mencionaste… lo haré yo sola ¿correcto? Tú no vas a interferir en eso.

Una expresión de sorpresa cruza su rostro antes de transformarse en ¿orgullo?

—¿Es eso lo que quieres? —pregunta. Puedo ver que no soy la única armando un plan en el interior de mi mente.

—Sí decido aceptarlo —digo titubeante, aún no he aceptado este lugar. —Sí, quiero hacerlo sola.

—Bien —asiente. Una sonrisa aparece en su rostro. —Así será.

No es la primera vez que alguien me ofrece un regalo, siempre me ha costado aceptar lo que los demás me obsequian, sobre todo después de lo que pasó en mi cumpleaños, pero es la primera vez que me planteo aceptar algo tan costoso. Tampoco es la primera vez que alguien quiere regalarme algo costoso, pero hay algo en esta ocasión que se siente diferente.

Christian está usando su dinero y su poder para que yo obtenga lo que deseo, para que el camino sea más sencillo. No para condicionarme con ello. Esta vez, tengo la sensación de que yo seré libre de hacer lo que me plazca con este regalo sin las imposiciones de nadie.

Una sonrisa macabra cruza mi rostro.

—Eso significa que no te aceptaré como socio, ni como inversionista, ni nada parecido —digo en el tono más serio y seco que puedo. La sonrisa en el rostro del hombre frente a mí desaparece. —Yo sola, Christian.

—Isabella… —intenta negociar.

¡Ja! Sabía que algo estaba tramando.

Lo he observado lo suficiente en las últimas semanas, puedo notar la diferencia entre el hombre, el empresario, el amo y señor y el humano asustado. También sospechaba que tenía razones ocultas con este lugar.

—No —digo firme. —Si voy a tener éxito o si voy a fracasar, quiero hacerlo yo sola. Quiero poder demostrarme de lo que soy capaz, Christian.

Me observa algunos segundos, está analizando las opciones.

—Bien —acepta finalmente. Yo sonrió.

—¿Tenemos un trato, señor Grey? —pregunto sin perder mi tono formal. Mi mano se extiende hacia él.

—Tenemos un trato, señorita Swan —su mano toma la mía siguiendo mi juego.

La sensación de calidez en el interior de mi pecho se ha vuelto algo usual, pero esta vez es más intensa, más ardiente, más abrazadora. Joder. Es como si mi corazón estuviera a punto de explotar.

Es inevitable que me sobresalte. Es demasiado abrumador.

Soy yo quien retira su mano primero. Sus hombros se relajan, su espalda se recuesta contra el asiento de la silla y me mira de una manera más relajada. Ha conseguido lo que quiere.

—Aunque —habla causal, —como soy tu novio, te daré mis críticas constructivas respecto a lo que hagas.

Pongo los ojos en blanco. Suelto un resoplido.

Debí imaginar que tenía un As bajo la manga. Christian, el señor y amo del universo, por supuesto que siempre consigue salirse con la suya.

—¿Acabas de ponerme los ojos en blanco? —escucho su pregunta. Mis ojos se abren al máximo.

Puta madre.

Joder.

Mierda.

Estoy en problemas.

No me importa. Puedo molestarlo un poco y divertirme con eso.

—Si —digo con voz clara. Mi barbilla se levanta, desafiándolo.

Christian chasquea su lengua. Divertido, sorprendido y complacido con mi cinismo.

—Te advertí que no lo hicieras, Isabella.

—Sí, eso hiciste —acepto.

No puede hacerme nada aquí ¿verdad?

—No debiste hacer eso —exhala.

Son segundos lo que le toma. Más rápido de lo que mi cerebro alcanza a procesar, Christian se impulsa en la silla, su espalda se endereza, sus piernas se estiran para ponerlo de pie a la vez que sus manos alcanzan mi cintura. Un segundo esto volando por los aires y al otro estoy inclinada sobre el escritorio.

—¡Christian! —chillo por la sorpresa. Mi abdomen, pecho, brazos y cabeza están sobre la fría madera.

—Silencio —ordena. El tono grave y oscuro en su boca me hace estremecer.

—Christian, no puedes hacer esto aquí —le digo.

—Puedo y lo haré, Isabella —gruñe. —Te lo advertí.

—Christian alguien puede vernos —balbuceo. El calor de su cuerpo contra mi trasero no me deja pensar con claridad. —¡Nos van a escuchar!

—En ese caso cierra la boca —me ordena. —No hagas ningún sonido.

Siento sus movimientos. Su cuerpo se inclina, siento sus dedos rozar mi pantorrilla, sujeta el dobladillo de mi falda subiéndolo por mi pierna. Es inevitable que mi cuerpo reaccione a su toque. Las descargas eléctricas recorren todas mis terminaciones nerviosas. Su otra mano se mantiene firme en mi espalda, manteniendo mi cuerpo contra el escritorio.

—¡Christian! —chillo de nuevo. El airé fresco que nos rodea acaricia mi trasero medio cubierto con mis bragas. Ha subido completamente mi falda.

Mi cabeza se levanta lo poco que mi posición me permite, busco a nuestro alrededor alguna señal del señor Roberts, de Taylor o Sawyer o de cualquier persona que pueda entrar a esta oficina y vernos en esta posición tan comprometedora. Maldita sea, incluso puede que alguna persona chismosa que vaya pasando por la calle se asome y nos vea por la ventana.

—Pon las manos en la espalda —ordena. Lo obedezco al instante.

El ausente dolor de mi brazo no pasa desapercibido. Me hace sonreír al sentirme recuperada y revitalizada después de deshacerme de los puntos y las vendas.

Su mano que se mantenía en mi espalda sujeta mis dos brazos, los presiona contra mi cuerpo inmovilizándome.

—No puedo creer que vayas a hacer esto —digo. La histeria en mi voz es evidente.

¡Mierda! Se siente denigrante, humillante y excitante. Mi cabeza intenta moverse, mi ansiedad dice que mire la puerta, que cuide que nadie entre, pero a la misma vez, la sensación de adrenalina por ser descubiertos hace que mi excitación crezca.

—Al parecer debo enseñarle, señorita Swan, a controlar sus expresiones —gruñe juguetonamente, el tono amenazante y peligroso oculto. Su mano libre acaricia mi trasero, amasa, acaricia, arrastra la piel de esa parte de mi cuerpo.

—Christian…

—Silencio —ordena. Su mano se estrella contra mi trasero.

Un chillido amenaza con salir de mi garganta, soy lo suficientemente rápida como para contenerlo. Mis dientes presionan mi labio con fuerza.

—Quédate quieta —me amenaza. —O te pegaré durante más tiempo.

Su mano frota la zona de mi trasero que ha golpeado, el ardor está presente y disminuye ligeramente cuando acaricia la zona. Joder. Se siente caliente, estoy caliente.

Me azota de nuevo.

—¿Por qué estoy haciendo esto, señorita Swan? —pregunta. Puedo escuchar su respiración pesada y agitada.

—Porque puse mis ojos en blanco —consigo responder. Sé cuánto le encabrona que no lo haga. —Tres veces.

Un nuevo azote llega a mi trasero. Mi cuerpo se tensa.

—Así es —apremia. —¿Crees que eso es educado, Isabella?

—No —gruño.

Un golpe más fuerte.

—Mierda —escupo con dolor.

—Silenció —gruñe. Un golpe nuevo. Un empujón a mi espalda. Quiero más.

Puedo sentir mi trasero en llamas. Está asegurándose de no golpearme dos veces en el mismo lugar. Va a extender mi dolor por toda esa zona.

—¿Volverás a hacerlo? —pregunta. Golpea demasiado abajo, demasiado cerca de otro lugar.

Casi suelto un gemido.

—Sí —digo. Una sonrisa se desliza en mis labios. Golpea más fuerte en advertencia.

—Te gusta jugar conmigo, señorita Swan —ronronea. Me golpea ligeramente suave esta vez.

Es inevitable el gemido que sale de mi garganta. Llevo semanas ardiendo por Christian, lo quiero, lo deseo, lo necesito desesperadamente. El jodido "sexo vainilla" como él lo llama, no ha sido suficiente.

—Si —gimoteo. El dolor en mi trasero, el dolor en mi espalda, el peligro de que el señor Roberts pueda descubrimos, solo hacen que sea más excitante.

—Si juegas con fuego te vas a quemar, Isabella —advierte. Suelta otro azote a mi trasero. Su mano me acaricia con más brusquedad, me da un pellizco en la zona dónde sigue ardiendo por su golpe.

—No me importa arder en el maldito infierno —jadeo ahogadamente. —No debió enseñarme a jugar, señor Grey.

Su pecho se presiona contra mi espalda. Puedo sentir el bulto al interior de su pantalón restregarse contra mi trasero en llamas.

—Aun no sabes cuánto puede doler, Isabella —dice junto a mi oído. Me golpea de nuevo. Lleva diez azotes, cada uno más doloroso que el anterior. Es inevitable el escozor en mi piel.

También es inevitable que mis ojos se pongan en blanco de nuevo al escuchar sus palabras. He pasado cosas peores que una follada dura.

Su mano se estampa contra la piel de mi trasero. Esta vez, el sonido de las pieles chocando hace eco en mi miente. Me ha golpeado con más fuerza y firmeza.

—¡Carajo! —siseo.

—Te voy a azotar cada vez que me pongas los ojos en blanco, ¿entiendes?

Su tono oscuro, amenazador y helado congela mi cuerpo y mi mente. Esta vez no está jugando.

—Respóndeme, Isabella —demanda.

—Sí, señor Grey —digo en automático. —Lo entiendo.

Me golpea de nuevo y luego me acaricia suavemente. Mi cuerpo se tensa, mis puños se aprietan, mis dientes muerden mi labio con fuerza, pero no me quejo, no hago ningún sonido. Ni siquiera cuando mi cuerpo me traiciona y comienza a excitarse con cada sonido que hace eco en la oficina.

Mierda, Isabella. Estas jodida de la puta cabeza.

Mi cuerpo arde, mi piel está escociendo y mi coño está chorreando en silencio por Christian.

—Suficiente —respira roncamente. Se ha detenido.

Doce veces azotó mi trasero. ¡Joder!

Su mano que sujeta mis brazos contra mi espalda me suelta, ahora la coloca a un lado de mi cadera mientras su otra mano se coloca del otro lado. Tira de mi cuerpo, me ayuda a enderezar mi espalda y a colocarme sobre mis dos pies.

—Lo hiciste muy bien, cariño —exhala. Sus manos deslizan la tela de mi falda a su lugar.

No soy capaz de moverme. Si me muevo soy capaz de saltarle encima y pedirle que me coja duro aquí y ahora. Mi cuerpo comienza a temblar, los espasmos recorrer cada extremidad de mi cuerpo. Deseo, dolor y más deseo son las únicas cosas en las que puedo pensar, en ese orden.

—¿Isabella? —jadea a mis espaldas. Su tono alerta me confunde.

Giro mi rostro para mirarlo. Sus ojos son gris piedra, oscuros se mantienen sobre los míos, parpadeando apenas. Su rostro está pálido y su piel hace un hermoso contraste con sus ojos y con el vello oscuro de su barba. ¡Mierda! Es tan guapo.

—Isabella —pronuncia mi nombre como una plegaria aterrada. —Isabella, cariño, yo…

Cierra sus ojos. Una ola de innumerables emociones cruza su rostro. Mi mano se levanta, con la punta de mis dedos recorro su mandíbula cubierta por la barba rasposa. Abre los ojos al instante, la desolación en sus ojos me hace reaccionar.

Mi mano recorre su rostro hasta su cabeza, con un movimiento empujo su rostro al mío, la gravedad hace lo suyo y sus labios terminan sobre los míos. Lo he tomado por sorpresa, pero son segundos los que tarda en comprender el mensaje de mis demandantes labios. Sus manos sujetan con fuerza mi cintura, empujándome contra su cuerpo.

Gemimos al unisonó.

Nuestros labios se mueven en sincronía, nuestras lenguas exploran nuestras bocas, nuestras manos recorren nuestros cuerpos.

No es suficiente. Quiero más.

Pero Christian se aleja de mí.

—Isabella —murmura mi nombre en el medio de su respiración entrecortada. Me mira como un ciego que ve la luz por primera vez.

Sus ojos brillan, arden.

—Christian, por favor —balbuceo suplicante.

—¿Qué, Isabella? —pregunta. —Háblame, dime lo que quieres.

—Fóllame —gimoteo. —Por favor, señor Grey. Te necesito.

Se inclina ligeramente hacia atrás para mirarme, sus ojos están oscuros y muy brillosos, están ardiendo, él también me desea.

—¿Aquí?

—Sí, aquí, ahora, Christian —mis manos sujetan su cuello. Necesito acercarlo a mí de nuevo, necesito tenerlo ahora.

Una de sus manos sube a mi mandíbula, me sujeta con firmeza mientras su boca cubre la mía con fiereza, con hambre, con deseo. Su lengua recorre mi labio, sus dientes mordisquean mis labios antes de besarme de nuevo para ahogar mis gemidos deseosos. Su cuerpo me empuja hasta el escritorio, mis muslos rozan el borde de la madera. La mano que mantiene ha vuelto a uno de los costados de mi cuerpo, ha vuelto a levantar mi falda hasta mi cintura, su otra mano suelta mi mandíbula y sin romper el beso, usa ambas manos para subirme al borde del escritorio. Acomoda su cuerpo entre mis piernas, mi falda enroscada en mi cintura nos da libre movimiento a ambos.

—Que traviesa es, señorita Swan —ronronea sobre mis labios. Su mano se desliza entre nosotros, con sus dedos hace a un lado la tela de mis bragas tocando directamente mi clítoris.

—Christian —jadeo.

—Silencio —ordena. Sus dedos bajan aún más. Sin problemas los desliza en mi interior. —Mmm, estas tan mojada —sus dedos se mueven en mi interior. Con una inmensa calma los sacas y los introduce de nuevo en mí. —¿Te excitó que te azotara, Isabella?

—Si —consigo responder. Mi cadera se mueve sobre su mano. —Por favor, Christian.

—Quieta —susurra. Su otra mano ha dejado de tocar mis piernas, siento que se aleja un poco de mí, escucho el sonido de la bragueta de su pantalón. Muerdo mis labios. —Te voy a follar, Isabella. Va a ser duro y rápido.

—Si —sacudo mi cabeza frenéticamente. Sus dedos siguen jugando con mi centro y las descargas en mi interior están consumiéndome.

—Si haces algún ruido, me voy a detener y llamaré al señor Roberts para continuar con la reunión —me advierte. La desesperación comienza a crecer en mí. —¿Entiendes?

—Sí, lo entiendo —respondo al instante. Siento la cabeza de su pene colocarse en mi entrada.

—Se buena —casi suplica oscuramente. —Más tarde, gritarás mi nombre sin parar.

—Por favor, Christian.

Me penetra de un solo movimiento. El impulso es demasiado, mis brazos caen a mis espaldas, mis manos se colocan sobre el escritorio para evitar que mi cuerpo caiga hacia atrás. Mi grito queda atorado en mi garganta. Sale de mí y se estrella de nuevo contra mi cuerpo, mi postura inclinada hace se introduzca aún más profundo.

—Carajo, Isabella —dice demasiado bajo.

Sus manos sujetan mi cintura con firmeza, manteniéndome quieta mientras entra y sale de m con rapidez. Mi cabeza cae hacia atrás, mis piernas golpetean los costados de su cuerpo, mi cuerpo rebota sobre el escritorio, mis dientes presionan con fuerza mis labios para mantenerme en silencio.

—Vamos, cariño —gruñe, su respiración es errática. Mi cuerpo comienza a estremecerse, sé lo que viene, conozco a la perfección la sensación. Puedo sentir el familiar torrente de calor y electricidad que me recorre cada vez que me lleva al borde del orgasmo. —Vamos, nena. Córrete para mí.

Obedezco a sus palabras. Pierdo el control de mi cuerpo, las convulsiones me toman prisionera, mis músculos se endurecen, mi respiración se corta, hago un doble esfuerzo para no gritar. Christian se mueve un par de veces más antes de tensarse y eyacular en mi interior. Su cabeza cae contra mi hombro. Ambos nos quedamos allí, agitados y complacidos.

Se separa de mí. Enderezo mi cabeza y le brindo una sonrisa.

—¿Crees que alguien se do cuenta? —pregunto. Siento el bochorno de vergüenza volviendo a consumirme.

—Espero que no —murmura. —Aunque no me importaría que el señor Roberts supiera como consiento a mi mujer.

Sale de mi interior. Es inevitable que de mis labios salga un gemido, mi cuerpo quiere más de Christian, aún no he tenido suficiente de mí.

Dando un último beso en mi frente, se despega de mí, el frio roza mi cuerpo sustituyendo el calor de su cuerpo. Christian comienza a acomodar sus pantalones y el resto de su ropa que mis manos han revuelto. Me obligo a hacer lo mismo. Tomo un impulso con mis manos hasta que consigo bajarme del escritorio, mis piernas tiemblan. Acomodo mi ropa interior y mi falda lo mejor que puedo. Mis bragas harán un enorme esfuerzo por evitar que el líquido que amenaza con deslizarse por mis muslos llegue a algún lugar visible.

—Iré a llamar al señor Roberts —exclama. No estoy segura si me está avisando o se está convenciendo a sí mismo. Observo su cuerpo moverse en dirección a la puerta.

—¿Christian? —lo llamo. Se gira, me mira. —Puedo lidiar contigo.

Me siento orgullosa de cómo he dicho esa frase. No me refiero solamente a lo que acaba de suceder, puedo lidiar con toda la mierda que quiera mostrarme, pero también puedo lidiar con él metiendo sus narices en el proyecto que haré para este lugar.

Christian no responde. Solo observo la sonrisa que se desliza en una de las comisuras de sus labios. Ha captado mi mensaje.

—¡Señor Roberts! —asoma su rostro al exterior de la oficina mientras habla en un tono muy alto y firme. —¡Estamos listos!

—¡Muy bien, señor Grey! —se escucha la voz del hombre seguido de sus pasos en nuestra dirección.

Logro acomodarme en mi asiento y fingir que nada ha sucedido, fingir que no me acaban de azotar y follar sobre ese escritorio. Mis manos se pasean rápidamente por mi rostro y por mi cabello en caso de que mi aspecto sea demasiado desalineado.

¿Por qué de repente hace tanto calor en esta jodida oficina?

El señor Roberts entra de nuevo a la oficina. Agradezco en silencio que aborde la conversación no hubiera notado nada extraño en este lugar, aunque la mirada que nos da a Christian y a mí me hacen creer que sí se ha dado cuenta.

¿Estaba espiándonos?

Casi me ahogo con la idea. Carajo, necesito que abran la ventana o que prendan el aire acondicionado de la oficina.

La reunión continúa con cierta normalidad. Aunque ambos ya habían discutido el trato antes, la conversación que mantenemos durante los siguientes quince minutos es del señor Roberts asegurándose de dejar en claro el valor sentimental de este lugar para él y su esposa.

—Señor —Taylor llama desde el otro lado de la puerta de la oficina. Su voz nos sobresalta. —¿Me permite?

El tono serio y urgente me pone en alerta.

—Disculpen —Christian se levanta de su asiento y sale de la oficina. Algo ha sucedido. Mi instinto es levantarme y salir detrás de él, pero nuestro anfitrión no me lo permite.

—Entonces, señorita Swan —el señor Roberts llama mi atención. Mi rostro se gira para verle extender su mano en mi dirección. —Ahora es todo suyo este lugar.

—Lo es —accedo. Mi mano estrecha la suya.

—Muchas felicidades —me dice el hombre con una sonrisa sincera.

—Gracias —digo saboreando la mezcla de emoción y nerviosismo en mis propias palabras.

—¿Se quedará con el restaurante? —pregunta con curiosidad.

—Siempre he amado este lugar, sr. Roberts —respondo con honestidad. —Mi idea es mejorarlo, únicamente.

El hombre parece aliviado con mis palabras.

—Espero poder visitarlo cuando lo tenga en funcionamiento —dice el hombre. —Si no le molesta, claro.

—Será un placer recibir a su esposa y a usted, señor Roberts.

Veo al hombre sostener en su interior el sentimiento que lo invade y aprecio que aun así me muestre una sonrisa.

—Vamos, yo la acompaño —se levanta. Yo hago lo mismo. —El señor Grey debe estar esperando por usted.

Cruzamos la puerta a tiempo para ver a Christian darse la vuelta y a Taylor yendo en dirección a la salida. El cobrizo llega a mi lado, puedo notar la postura tensa que tiene en sus hombros, y la mirada pensativa que hay en sus ojos, también veo el momento en el que coloca en su rostro una expresión de falsa tranquilidad.

Nos despedimos del señor Roberts y salimos al auto. Taylor y Sawyer nos siguen en silencio.

Christian me sube al auto, no pierde tiempo antes de que ya estemos sobre el tráfico de la ciudad. Siento la calidez de su mano deslizarse sobre mi pierna, acariciando mi muslo sobre la tela de mi falda. Quiero preguntar, pero mejor me encierro en mi mente repasando la última hora de mi vida.

Soy dueña de un restaurante. No, no. ¡Soy la maldita dueña del Pink Door!

—¿Crees que Rhian acepte darme algo de asesoría? —pregunto rompiendo el silencio. —Hay muchas cosas que quiero preguntarle.

—Podemos buscar a un experto, Isabella.

—Rhian es experta —digo tercamente. —Quiero hablar con ella, con alguien que pueda entender a dónde quiero llegar. No quiero hablar con alguien que solamente lo haga porque le estoy pagando.

—En ese caso, deberías llamarla —Christian asiente. —Quizás puedas ir a sus restaurantes.

—Sí, esa es una buena idea —me rio, feliz. —La llamaré más tarde.

Me sumerjo de nuevo en mis pensamientos, mi mente me muestra todas esas fantasías que he tenido desde el primer momento en que entré al Pink Door. Hago una lista mental de todo lo positivo que tiene ese lugar, otra de todo lo que sé que quiero cambiar, y finalmente otra con todas esas dudas que quiero consultar con Rhian.

Siento que el auto se detiene. Mi cabeza se gira a la ventanilla del auto y veo mi torre de departamentos.

—¿Mi casa? —pregunto. Christian ya está debajo del auto, abriendo la puerta de mi lado. —¿Qué hacemos en mi casa?

—Llevas semanas sin venir a tu casa, Isabella —dice conduciéndome al interior. Incluso, pasa de largo el elevador y me arrastra hacia arriba por las escaleras.

—Eso no te importó cuando te pedí quedarme aquí —siseo. Christian me ignora. De una de las bolsas de su traje, saca una llave. —¿Tienes un duplicado de mi llave?

—Sí, Gail lo obtuvo la última vez que vino a limpiar —dice las malditas palabras como si hablara del clima.

Mis ojos observan sus manos meter la llave a la cerradura y girar el pomo de la puerta revelando ante mí el interior de mi casa.

Doy un respingo.

No sé qué es lo que esperaba mi cerebro, pero la vista del interior de mi departamento me asusta. Titubeante, doy un paso al interior, luego otro, otro y otro hasta que me encuentro caminando. Mis ojos se pasean a mí alrededor, el interior está limpio, todo está en su lugar, pero se siente la soledad y mi ausencia en este lugar.

Se siente extraño. No se siente como solía hacerlo. Es mi casa, pero, no se siente como mi hogar, no se siente la calidez y seguridad que solía brindarme este apartamento. Ahora es una persona quien me produce esa sensación.

—¿Qué hacemos aquí, Christian? —pregunto, me giro para enfrentarlo. Christian está de pie el medio de la sala de estar. —Durante semanas me has dicho que la Escala es más segura, que allí estoy segura. Accedí a quedarme allí, te pedí que al menos me trajeras por mis cosas y me lo negaste.

—Tu seguridad es mi prioridad, Isabella.

—Eso es mierda —gruño. Los recuerdos de las veces que me dijeron esa frase me asaltan, me enojan, me encabronan.

—¿Disculpa? —levanta las cejas por la sorpresa.

—Dije que eso es mierda, Christian —repito con voz más clara. —Estas mintiéndome. Esa no es la razón por la que durante semanas me prohibiste venir a mi propia casa.

—¿Crees que miento? ¿Crees que Sawyer solo está para seguirte y que me diga donde carajos estas? —pregunta subiendo el tono de su voz. —Sé que no puedo meterte en una bola de cristal, tienes una vida, lo sé, pero eso no significa que no pueda tomarme ciertas libertades para asegurarme de que estés bien.

—Tú y yo sabemos que hay una vampira psicópata detrás de mí —lo observo volverse una sombra quieta y temerosa al mencionar eso. —Ambos sabemos que desde que volvimos de Forks, los lobos hacen guardia constante en los bordes de la ciudad, y ambos sabemos que en el momento en que esa loca lo desee, aquí, en la Escala o en China, puede alcanzarme. Así que, Christian, ¿Por qué carajos estamos en mi casa?

Sus ojos están fijos en mí. Al inicio la sorpresa es clara en su rostro, luego, su mandíbula se aprieta mientras sus ojos brillan con aprehensión, también es notable su rabia, su pánico, su incertidumbre y su debate interno.

—¿Qué es? —pregunto suavemente. Doy un paso en su dirección.

Sacude su cabeza. No se aleja de mí, no intenta retroceder.

—¿No vas a decirme?

Suspira y cierra los ojos.

—No.

—¿Por qué? —pregunto.

—Porque no tiene que ver contigo. No quiero enredarte en esto, Isabella.

Tomo una profunda respiración.

—No, no tiene que ver conmigo —acepto. —Pero lo hará.

Hace una mueca. —No tendría porque…

—Lo hará porque te involucra a ti, Christian —me quejo. —Recuerda que ya no tienes que hacer las cosas solo.

Lo observo bajar su cabeza, algo dentro de él entra en conflicto.

—Christian, prometimos que no habría más mentiras y secretos —le recuerdo. Sus cejas se unen como si hubiera olvidado ese detalle, o como si deseara que yo no lo hubiera recordando. —No más mierda entre nosotros, Chris.

Abre los ojos. La tormenta ha vuelto a ellos.

—Hay una mujer... —comienza a hablar. Son tres palabras que menciona, pero es información que yo no estoy preparada para recibir y me golpea con fuerza. Mis piernas se tambalean. —Su nombre es Leila Williams, es una ex sumisa.

Busco a tientas el sofá más cercano que tengo, a trompicones dejo caer mi trasero.

—Fue antes de que sucedieran las cosas con Anastasia —sigue explicando, su tono es cauteloso. — Lo que tuvimos se terminó porque ella quería más y yo no.

—¿Qué pasa con ella? —pregunto. Mi voz sale más baja y débil de lo que me gustaría.

—Entró a la Escala sin anunciarse. Hizo una escena delante de Gail —me mira, evaluando mi reacción. Lo miro, con una ceja arriba. —Hizo un intento fortuito de abrirse una vena, Gail la llevó al hospital y desde allí avisó a Taylor.

Esta información es demasiado delicada y yo no estaba lista para recibirla. ¡Mierda! pero ahí voy de preguntona.

—Estamos en tu casa porque, envié a Taylor a investigar y es más fácil para Sawyer que nos quedemos aquí un par de horas —dice derrotado. Le está costando admitir esto. —Además necesito que Welch haga una evaluación a la Escala y que las grabaciones de seguridad sean revisadas.

—Pues... ¡mierda! —exhalo. —¿Qué significa esto? ¿Suicidio? ¿Por qué? ¿Qué es lo que quiere Leila?

Me mira. Luce realmente incómodo. ¿Qué no me está diciendo?

—Hago un seguimiento de mis sumisas, por seguridad mía principalmente, pero también de ellas —confiesa. Se aclara la garganta. —Leila siguió con su vida, se casó y se mudó hace poco menos de dos años.

—Bueno, ¿Qué hay de su esposo? ¿Su familia?

—No tengo ninguna información de ellos —niega. —Su esposo falleció hace poco, cerca de dos semanas… Supongo que eso la volvió inestable.

Bueno, a Victoria también le pasó eso. Con un poco más de drama y cosas sobrenaturales, pero es un buen resumen.

—Espera, espera —sacudo mi cabeza para organizar mis ideas. —Entonces, Leila pierde su vida y en lugar de buscar la manera de arreglarla, ¿elige un atentado suicida para atraer tu atención?

Christian me mira. Veo la manzana en su cuello subir y bajar mientras traga el aparente nudo que se ha formado en su garganta. He dado justo en el puto clavo.

—Es…muy asusta, si lo pensamos —digo. Hay que admitirlo, su plan le está resultando efectivo, tiene la atención de Christian. —¡¿Qué carajos?! ¡¿Todas tus ex tienen que estar locas?!

—Yo…

—¡¿Es requisito?!

—Isabella —gruñe.

—¡Oh no! No intentes de minimizar esta conversación —salto al ataque, gruñendo de la misma manera en la que él lo hace. —Cuando alguien dice que su ex está demente, usualmente es por rencor, Christian. ¡No porque de verdad lo estén!

Pone los ojos en blanco. Mis ojos se abren al máximo.

¿El cabrón si puede pero yo no?

—¡Christian! Puede que creas que lo digo por celos o por justificarte, pero, ¡tus ex novias sí están locas! —chillo. Me da una mirada.

—¿A tu ex novio chupasangre no lo consideramos loco? —pregunta receloso, sus brazos se cruzan sobre su pecho.

—Puedes mejorar tus apodos, cariño —le digo endulzando mi voz. —Jake ya lo llama así, Paul lo llama sanguijuela, Charlie lo suele llama vampiro light... ¡Oh! Angela lo llama rata inmunda, animal rastrero, escoria de la vida y más cosas.

Christian frunce los labios. La mirada que me da es de molestia e inconformidad.

—Sí, lo sé, cariño. Sé que ellos ya se llevaron los más creativos —me encojo de hombros. —Estoy segura de que puedes encontrar uno.

Me mira fijamente.

—Aunque, cariño, me resulta completamente entendible que permitas que alguien te llame "loca" solo porque le tienes rencor al imbécil —murmura con aire pensativo.

Ahora soy yo quien le mira con la expresión en blanco.

—Bueno, solían decir que actué como una loca después de que… —corto mi discurso de golpe. Incluso creo que me mordí la lengua. —¡¿Soy la ex loca?!

Yo soy la ex, me deprimí, me volví volátil y vulnerable, además yo también intenté suicidarme. ¡Mierda! Soy todo lo que puede desagradarme de ellas.

—Yo no dije eso —aclara Christian con rapidez. —A lo que me refiero es que nadie te culpa por tenerle rencor, sobretodo después de lo que sucedió. Mírame a mí, yo no soy su ex y lo odio tanto o más que tú.

Es inevitable que una sonrisa se deslice en mis labios. Por supuesto que Christian lo odia, desde que supo de su existencia lo ha dicho, no se molesta en ocultarlo.

—¿Por qué Leila quiere volver a ti? ¿Qué puede querer? —pregunto volviendo a nuestro tema importante. Mi cabeza me da la respuesta en segundos. —¿Volver a ser tu sumisa?

—No lo sé —se encoje de hombros. Su tono de voz me dice que tiene por lo menos una teoría.

—Pero sospechas de sus razones —digo. Lo miro con ojos entrecerrados.

—Sospecho que tiene algo que ver contigo —da un paso en mi dirección, cauteloso se hacer a mí sentándome a su lado en la cama. —Quizás fueron las fotos del periódico, alguna de las notas que nos han dedicado recientemente las revistas, o quizás…

Deja las palabras al aire. Su rostro se pone pálido antes de verse envuelto en una sombra de oscuridad que se apodera de él. Sus ojos grises me observan con terror brillando en ellos, eso me hace darme cuenta de lo que sus palabras acaban de implicar.

—Quizás... Victoria la envió porque sabe que Leila es la única que podría llegar a mí sin que resultara sospechoso para los lobos o para nosotros —completo la frase que se ha quedada en su interior. Mi voz tiembla con cada palabra.

—Tengo que llamar a... a Welch... y a…a alguien de la manada —se pone de pie en un movimiento, sus manos buscan en sus pantalones su celular. —Ninguna de ellas se acercará a ti.

Con esa última sentencia, se aleja de mí. Va a la cocina donde comienza a dar vueltas mientras sus dedos golpean con fuerza la pantalla de su celular.

—Tenemos problemas —es lo que dice cuando la persona responde la llamada. Supongo que es alguno de los lobos, Sam, quizás.

Una parte de mi quiere quedarse aquí, escuchar su conversación con los lobos y ayudar a crear un plan para detener o atrapa a la persona o vampira detrás de esto, o no lo sé, simplemente para que saber que algo va a suceder. ¿Quizás mi lado masoquista quiere saber cuánto tiempo de vida me queda? Otra parte de mi quiere esconderse debajo de la cama, encerrarme en mi habitación o rogar para que pueda desaparecer de este mundo. Como si eso me fuera a proteger, como si esa fuera la manera de mantenerme con vida.

Golpeo las palmas de mis manos contra mis muslos, me recuerdo que esto es real, que de verdad esta mierda está pisándome los talones. Sacudo la cabeza. Me levanto del sofá y doy vueltas por toda mi casa en busca de algo para distraerme. Termino de pie cerca de la ventana, escondiéndome en una esquina del marco, como si eso me protegiera del exterior.

A mis espaldas, escucho a Christian en la sala de estar, yendo y viniendo de un lado a otro, gritando, siseando y ordenándoles a todo mundo las cosas que se deben hacer. Detrás de todo ese coraje, molestia y furia, puedo escuchar la preocupación y el pánico en su voz. No soy capaz de ir a él. No me necesita en este momento, necesita hacer esto a su manera. Pasa un buen rato antes de que escuche sus pasos volverse más pesados y tranquilos, luego su voz cesa completamente.

Suelto un profundo suspiro.

A través de la ventana, observo la que solía ser mí área de la ciudad, la vida en ella se sigue moviendo, el tiempo sigue pasando demostrándome una vez más que yo no soy el maldito centro del universo. Yo no soy nada. Solo un maldito huésped que tiene que lidiar con mierda que no le corresponde.

¿Podré tener tranquilidad algún día?

Un suspiro se escapa de mis labios.

¿Qué hay de Christian? Su vida no era tranquila antes de conocerme, pero ahora todo se está volviendo salvaje. Conmigo en su vida, siempre habrá peligro, siempre habrá algo peligroso cerca, acechándolo, esperando por nosotros a la vuelta de la esquina.

¿Vale la pena?

"Lo vales, Bella"

Una voz en mis recuerdos susurra, una voz que rara vez aparece en mis recuerdos pero siempre me ha mostrado la luz. Jasper.

Quizás tiene razón. Lo valgo.

Pero, ¿para Christian será suficiente si nunca puedo ofrecerle paz?

Puedo ofrecerle cualquier cosa que tenga, puedo darle cualquier cosa que me pida, puedo retarme a mí misma y convertirme en sumisa si es lo que necesita, puedo quedarme encerrada en la Escala si me lo pide, puedo ser dueña de toda la ciudad si eso es lo que quiere, pero no puedo ofrecerle tranquilidad. ¿De qué sirve darle todo lo demás?

—Sal de tu cabeza y vuelve conmigo —murmura contra mi cabello. Sus brazos rodean mi cintura atrayéndome a su cuerpo.

—¿Hablaste con Sam? —pregunto. —¿Con Jacob? No me digas que estabas hablando con el imbécil de Paul.

—No te preocupes por eso, cariño —deposita besos en mi cuello. Cierro los ojos disfrutando de la calidez —Quiero tu atención en otra cosa.

—¿Otra cosa? —jadeo. Continúa rozando mi piel expuesta con sus labios.

—Mmm hmm —sus labios vibran. Sus manos suben y bajan por los costados de mi cuerpo y mi abdomen. Me siento acalorada. Sus manos empujan la tela de mi blusa hacia abajo por mis hombros, sus labios trazan el mismo camino por mi piel desnuda.

Mierda.

—Hace rato, en el restaurante… —consigo decir. Mi mente es un torbellino de pensamientos incoherentes.

—Si…

—Tú dijiste que —me atraganto. Su lengua recorre el camino de mi piel que va desde el hombro hasta la piel detrás de mí oreja. Aprieto mis labios para ahogar un gemido.

—Dije muchas cosas, Isabella —habla contra mi oído. Es inevitable que una corriente eléctrica —Tendrás que ser más específica.

—Q-querías —me aclaro la garganta. —Querías cumplir todos mis caprichos. Dijiste que querías que yo tuviera todo lo que deseara.

Sus manos toman los costados de mi cuerpo, me acomodan girándome ligeramente, ahora sus labios han bajado a mi pecho, cerca del borde del tirante de mi sujetador. Tan cerca pero tan lejos.

—¿Qué es lo que deseas, Isabella? —pregunta con voz grave y demandante.

Joder. Mierda. Sí. Es tan sensual cuando me habla así.

Lo quiero, lo necesito, ahora.

Sus manos siguen paseándose por mí cuerpo, sus labios siguen recorriendo cualquier espacio de piel desnuda que hay entre mi pecho y mi rostro. Acariciando mí cintura, me da la vuelta, ahora estoy frente a él completamente.

—Habla, Isabella —ordena. —Dime, ¿Qué es lo que deseas?

—A ti, Christian —gimoteo. —Por favor. Ahora.

—¿Ahora qué, Isabella? —habla tan suave, tan falso, tan seguro que obtendrá lo que quiere de mí.

Sus ojos observan los míos, me pierdo en el color gris oscurecido por el deseo y la excitación que se está apoderando de él. Desde que comenzó a tocarme sabía lo que estaba causando en mí, sabía el frenesí en el que me sumergiría, ahora, con una sola mirada, sabe que ha cumplido su objetivo. Lo necesito, lo deseo, lo quiero justo ahora. Pero, también con esa mirada, me dice una orden silenciosa, una orden que él necesita para poder cumplir lo que yo quiero.

—Cógeme, fóllame, hazme el amor —jadeo en el medio de un suspiro anhelante, mi cuerpo tiembla mientras mis labrios pronuncian esas palabras. —Hazme tuya, Christian.

La sonrisa maliciosa aparece en sus labios.

—Será un placer, señorita Swan —ronronea. Me pierdo en ese momento.

Sus labios se colocan sobre los míos, me besa con hambre, con deseo, con pasión, con todo ese anhelo que ha estado conteniendo durante estas semanas. Su lengua encuentra la mía, suelto un gemido que aprovecha para explorar mi boca. Nuestras manos van y vienen por nuestros cuerpos, acariciándonos sobre la ropa, tironeando nuestro cabello, tentándonos y retándonos a ir más allá.

—Dime que quieres, nena. Háblame —habla, pide, ordena en el medio de los besos y jadeos. —Dime cómo quieres que te tome, Isabella.

Mi- er- da. Casi puedo correrme con sus palabras.

—Desnúdame —le pido. Poco me interesa que estemos en la sala y que las ventanas estén muy abiertas. ¡Lo quiero ahora!

Sonríe contra mis labios. Sus dedos se enganchan en la abertura de mi blusa, cada una de sus manos tiran la tela hacia un lado contrario rompiendo los botones y abriendo la prenda a la mitad.

—¡Christian! —chillo por la sorpresa.

Sus dedos se deslizan por debajo de los restos de la tela, la empuja por toda la longitud de mis brazos hasta que logra liberarme de ella, la lanza a algún lugar lejos de nosotros. Luego, conduce sus manos hacia mi costado, alcanza la pretina de mi falda, abre el botón y baja el cierre. La gravedad hace lo suyo, mi falda cae al piso rodeando mis pies.

Estoy frente a él usando solo el conjunto de mi ropa interior.

—¿Lo vas a romper? —pregunto. Ya sé la respuesta a eso.

Sus ojos se conectan de nuevo con los míos, la sonrisa traviesa vuelve a sus labios. Siento sus manos actuar, una de sus manos usa su habilidad para soltar los broches de mi sujetador, muevo mis manos para dejar que la prenda caiga al suelo. Sin dejar de mirarnos, sus manos se mueven de nuevo, su sonrisa se ensancha mientras escucho la tela de mis bragas siendo desgarrada.

Muerdo mi labio.

Arrancarme la ropa interior, arrancar de mi cuerpo esos finos encajes y telas en los que ha gastado millones le produce una sonrisa de completa satisfacción.

—¿Ahora qué, Isabella? —ronronea.

—Bésame —le respondo.

—¿Dónde? —levanta las cejas. Más tarde tendré que adularlo por la paciencia que está poniendo en esto.

—Aquí —señalo mis labios. Christian se inclina y lo hace. Besa mis labios con firmeza y dominancia. —Ahora aquí —murmuro contra sus labios, con mis manos señalo mi cuello.

Christian obedece mis peticiones, desliza sus labios por el camino que le voy marcando. Mi cuello, mis clavículas, mis pechos, mi abdomen, cada parte que mi mano toca, cada punto que mis dedos señalan, son remplazados por sus besos húmedos.

—Aquí, Christian —murmuro señalando el interior de mis muslos. —Bésame aquí.

—Oh, será un placer —habla roncamente. Cae sobre sus rodillas, besa mi monte de venus antes de adentrarse en ese punto entre mis piernas. No tarda en ponerse creativo, desliza su lengua por mis pliegues, mojando aún más de lo que ya estoy, si es posible. Yo no tardo en deshacerme en gemidos y jadeos de placer.

Antes de que pueda hablar para pedirle que pare, lo hace, se detiene y se aleja de mí.

Él lo hace, se coloca sobre sus rodillas

—¿Qué más deseas, Isabella? —pregunta mirándome.

—Quiero complacerlo, señor Grey —jadeo. Christian entiende lo que quiero decir, se pone de pie y se coloca frente a mí.

¡Joder! ¡Sí! ¡Es mío!

Mis manos actúan como si tuvieran vida propia. Desabotono su camisa y la quito de su cuerpo lanzándola lejos de nosotros, me deleito con su pecho agitado por su reciente actividad. La ligera capa de vello que lo cubre, que esconde algunas de las cicatrices de su pasado y que a su vez conducen en dirección a la "V" en el medio de sus caderas.

Lo miro entre mis pestañas, pidiendo permiso en silencio, rogando que me deje hacerlo. Sus ojos grises se congelan, pero asiente.

Mis manos suben a sus pectorales, se tensa bajo mi toque, pero no me detiene, aun continua mirándome. Mis dedos recorren el camino del vello en su cuerpo, hasta llegar al cinturón, abro la hebilla, luego el botón de sus pantalones que bajo por sus piernas con un movimiento. El bulto en sus bóxers es notorio y solo hace que relama mis labios.

—Isabella —dice mi nombre. No estoy segura si es una advertencia o una súplica.

Paso una de mis manos por el bulto en sus bóxers, la calidez roza mi mano y hace que la respiración de Christian se acelere. Sonrío maliciosamente. Mi mano se desliza por debajo de la tela que lo cubre, mis dedos se pasean por su longitud de manera perezosa. Quiero provocarlo, tentarlo, alargar lo más que pueda la necesidad que tiene por mí.

Observo sus hombros y su mandíbula tensarse. Algo sisea entre dientes.

Decido finalmente bajar sus bóxers. Observo extasiada como su longitud se extiende y crece frente a mis ojos. No puedo soportarlo más, inclino mi cabeza y lo deslizo al interior de mi boca, doy un par de succiones deleitándome con su sabor. Lo deslizo fuera de mi boca, mi lengua se pasea por su piel, dando vueltas en la punta, o recorriéndolo hasta la base

—Isabella —suspira mi nombre.

Lo introduzco más profundo, la punta de su pene golpea el fondo de mi garganta apenas permitiéndome controlar la sensación de arcadas. Una de sus manos sujeta mi cabeza, comienza a marcar un ritmo, dentro, fuera, dentro fuera. Mis manos se sujetan a sus muslos buscando un poco de estabilidad para ambos.

—Joder, nena —gime. Mis ojos se elevan, busco su rostro para memorizar su expresión de placer. —Basta, es suficiente.

Lo saco de mi boca al instante. El sonido del "pop" produce una corriente eléctrica en mí. Christian sube las manos a mis hombros, me pone de pie y me empuja contra el sofá. Un chillido escapa de mis labios por la sorpresa. Mi cuerpo rebota un par de veces

—No te muevas —me ordena. Mis ojos lo observan mover sus piernas, se libera de su ropa y de sus zapatos, pero se inclina a recoger algo del suelo. Eso llama mi atención. —Extiende tus manos al frente.

Lo obedezco.

Con un movimiento ágil, forma un círculo con su cinturón, luego dobla el material hasta pasarlo nuevamente por la hebilla, formando una especie de símbolo de infinito. Toma una de mis manos, la desliza por en medio de uno de los círculos, luego hace lo mismo con la otra. Da un fuerte tirón para cerrar las esposas improvisadas que ha hecho, el cuero del cinturón ciñe la piel de mis muñecas.

—Buena chica —me elogia. Sus llameantes ojos recorren mi silueta desnuda y sentada en el sofá. —Eres tan jodidamente preciosa.

Con una de sus manos, rodea mi cintura, me mueve hasta un extremo del sofá, impulsa su cuerpo provocando que caiga sobre mi espalda con él sobre mí. Tira del cuero hasta colocar mis manos sobre mi cabeza. De nuevo me observa, lame sus labios. Se inclina sobre más, arrastra sus labios por mi cuerpo hasta llegar al medio de mis pechos, su atención se desvía a uno de mis pezones.

—Christian —jadeo. Su lengua y sus dientes juguetean con mis pezones, alternando uno y luego el otro. Me retuerzo debajo de su cuerpo. —Christian, por favor.

—¿Por favor qué? —murmura entre mis pechos.

—Te quiero dentro de mí. Por favor.

Aparta mis piernas con las suyas, alinea su cadera con la mía y se mueve de una manera tan deliciosamente lenta. Lo siento introducirse en mi interior, lento, despacio, sin prisas.

—Mi Isabella —gime cuando consigue estar completamente dentro de mí. Sus ojos me miran, brillantes, ardientes, provocadores y extasiados. —Solo mía.

—Christian —consigo jadear. Poco a poco se mueve, sale de mí muy lentamente antes de llenarme de nuevo. —Christian.

Quiero mover mis manos, alcanzarlo, tocarlo, acercarlo más a mí. No puedo, tiene bien sujetas mis manos contra el colchón de mi cama. La sensación de posesión que proyecta sobre mí causa que mi cuerpo vibre de placer. Cierro mis ojos al sentir que se desliza fura de mí. Mis caderas se levantan para reunirme con él al momento que empuja en mi interior de nuevo.

—¡Christian! —su nombre sale de mis labios acompañado de un gemido. Envuelvo mis piernas en su cadera, necesito más. Quiero más de él. —Por favor... necesito...

Sale de nuevo.

—Dime, cariño —murmura contra mi oído, de nuevo se mueve dentro de mí. —Dime lo que necesitas.

—Más rápido... necesito más.

Sus labios toman los míos. Me besa mientras mueve su cadera contra la mía. Adentro y afuera, de nuevo adentro y afuera. Dentro, fuera. Dentro, fuera. Establece un ritmo constante que resulta ser un castigo, una tortura para mí. Santa y deliciosa tortura.

—Christian. Christian. Chris... Christian —jadeo su nombre sin parar. Puedo sentir la sonrisa que se coloca en sus labios mientras besa el costado de mi cuello. Su rimo aumenta, nuestros jadeos aumentan, las sensaciones aumentan. Aun no es suficiente. Enredo mis piernas en su cadera, eso hace que llegue más profundo en mi interior. —¡Christian!

—Vamos, nena —ronronea. —Córrete para mí. Conmigo.

Mis sentidos son abrumados por la ola de placer que me recorre. Mi cuerpo le obedece, me retuerzo debajo de su cuerpo mientras me vuelvo prisionera de mi orgasmo.

—¡Christian!

—Oh mierda —gruñe. Su cuerpo se tensa y colapsa sobre mí. —¡Isabella!

Su cuerpo presiona el mío, ambos estamos agitados, temblorosos y cubiertos de sudor. La sensación es maravillosa. Christian se mueve con cuidado, endereza su espala y con sus manos desata el cinturón que sujeta mis muñecas, mis manos ahora están libres y algo acalambradas por la anterior posición. Despacio, bajo mis brazos hasta enredar mis dedos en su cabello.

—Isabella —Christian se acomoda de nuevo sobre mi cuerpo. Uno de sus brazos sostiene el respaldo del sofá, su otra mano descansa contra mi cabeza ayudando a sostener su peso. —Cariño... yo...

La frase queda atorada en sus labios. Su rostro se frunce en una mueca torturada, su boca se abre y se cierra como si se estuviera ahogando en la nada, la nuez en su garganta sube y baja. Ver a Christian Grey sin palabras me toma desprevenida. Presiono mis parpados con fuerza para libérame de la niebla que aún me rodea, mis ojos se colocan en los ojos grises de Christian, la oscuridad del deseo se ha ido, ahora es un color brillante y cálido.

—Cariño... yo... —sus cejas se juntan. Aclara su garganta. —Yo... te a... —se interrumpe de nuevo.

Sus ojos me advierten que no podrá completar esa frase, al menos no hoy. Sus ojos me dicen que quiere hacerlo, pero aún no está listo. No importa. Esas preciosas obres color plata liquida me dicen lo que su boca no puede.

A mi mente vienen las palabras de Grace. Christian me ama, pero aún no sabe cuánto, tampoco sabe expresarlo y aun así está aquí, entre mis brazos, intentándolo.

—Shh —acaricio con ternura su mejilla. —Está bien, no tienes que decirlo. Aun no, Christian.

—Isabella... yo... —se atraganta.

—Lo sé —lo tranquilizo. —Aun no es tiempo y eso está bien. No tenemos que correr, cariño.

Tiro de su rostro y deposito un beso en sus labios que parece tranquilizarlo. Se separa de mí, recuesta su cabeza de nuevo contra mi pecho, sus manos recorren los costados de mi cadera, mis manos acarician los rizos de su cabello, mis dedos se enredan en ellos.

Un par de toques nos sobresaltan. Ninguno de los dos se mueve.

¿Qué no podemos tener cinco minutos de paz?

De nuevo golpean en la puerta. Mis cejas se juntan en mi frente.

—¿Esperas a alguien? —Christian me pregunta. Su voz aun suena agitada y ronca.

—No —respondo al instante. —Quizás es Taylor que ya ha regresado.

—No, no es él.

Los golpes en la puerta se intensifican. Christian se separa de mi cuerpo, su rostro mira con cautela la puerta de mi casa, no, mira más allá, como si desde su lugar pudiera ver a la persona que está en el pasillo de afuera de mi casa.

Más golpes resuenan. ¿Quieren tumbarme la maldita puerta acaso?

—Iré a ver —anuncia el cobrizo. Se inclina al suelo y toma sus pantalones. Yo me enderezo. —Ve a la habitación.

Sus indicaciones producen un malestar en mí. Una ola de aire frio me recorre la columna vertebral.

—No haré eso —murmuro agitada, mis manos intentan detenerlo pero él no me escucha, ya está caminando hacia la puerta mientras abrocha sus pantalones.

Desesperada busco algo con lo que cubrir mi cuerpo para ir tras él. Encuentro la camisa que Christian ha dejado en el suelo, en un movimiento la coloco sobre mi cuerpo desnudo, luchando para abrochar unos cuantos botones.

Escucho la puerta ser desbloqueada y abierta.

—¡¿Quién diablos eres tú?! —una voz pregunta desde afuera.

Mierda. No, esa voz no.

Mis piernas se congelan, mi cuerpo se convierte en piedra. ¿Qué carajos hace aquí?

—Puedo preguntar lo mismo —responde Christian con irritación. Se está asegurando de que la puerta obstruya la vista al interior de la casa, su mano presiona la puerta contra sus hombros asegurándose que su cuerpo es lo único que se está visible.

—¡¿Quién eres? ¿Cómo entraste?! —le pregunta. La histeria es obvia en su voz.

—Las personas civilizadas usamos las puertas —la calma de Christian me sorprende. —¿Quién es usted? ¿Por qué carajos irrumpe así en las casas ajenas?

—Eso no es de tu incumbencia —escucho el jadeo de indignación.

—El allanamiento a propiedad privada es incumbencia de todos —se defiende el cobrizo. —Y es ilegal en nuestro país, señora.

—¡Yo no estoy haciendo nada ilegal!

—Por lo que veo, soy yo quien ha abierto la puerta —Christian responde acompañando sus palabras de un bufido. Casi puedo verlo poniendo los ojos en blanco. —Soy yo quien estaba dentro de la casa. Usted es la que está cometiendo un delito.

—¡La prostitución también es un delito, ¿lo sabías?! —la mujer escupe las palabras.

¡Oh no! Eso no es bueno.

—¿Entonces porque carajos está aquí? Nosotros no hemos solicitado ningún servicio.

—¡¿Yo?! —la mujer se atraganta. —¡Yo no soy una prostituta!

—¿Entonces que carajos hace aquí?

—¡Más bien soy yo quien debería preguntar eso! —su voz chillona se eleva unas octavas. Estoy segura que los vecinos deben estar disfrutando el espectáculo desde el pasillo. —¡¿Quién eres y que diablos haces aquí?!

—¿No es obvio? —alcanzo a distinguir la malicia y la burla en las palabras de Christian.

Sé que mi labial aún está en su cuello, su cabello está revuelto dándole la apariencia de una persona que acaba de tener sexo. ¡Y del bueno!

—Renée —grito interrumpiendo la conversación que está en desarrollo. Una de mis manos frota mi rostro intentando arreglar mi maquillaje corrido, la otra cepilla rápidamente mi cabello.

Mi madre levanta su cabeza sobre el hombre de Christian, buscándome con la mirada. Christian se gira de costado para mirarme con curiosidad, pero sin dejar de bloquear la puerta con su cuerpo. Corriendo a través de la sala de estar, llego hasta ellos.

—Que sorpresa verte aquí, mamá —digo sin emoción. —No esperaba que me honraras con tu presencia.

El rostro de mi madre pasa por un torrente de emociones. La sorpresa y alegría de su rostro se transforma a una expresión de desconcierto y luego a una mueca de asco. Sus ojos suben y bajan por mi cuerpo analizando mi atuendo.

—¡Oh por Dios, Bella! —una de sus manos sube a su rostro, cubre su boca, ahoga el jadeo que intenta brotar de ella.

—¿Qué haces aquí, mamá? —me cruzo de brazos, intento cubrirme. Agradezco que la camisa que el cobrizo ha decidido usar hoy es de un color azul marino, eso evita que se transparente y que mi madre me vea, desnuda. Aun así, me muevo, escondo mi cuerpo detrás del costado de Christian.

—¡Bella, hija! ¿Qué has hecho? —Renée hipa con dramatismo.

—¿Disculpa? —parpadeo, confundida. —Yo no he hecho nada.

Bueno, además de follar en el sofá de mí casa... No, no he hecho nada que deba preocuparle a mi madre.

—¡Bella, ¿ahora qué voy a decirle a Laura?! —mi madre manotea al aire mientras salen de su boca esas palabras.

—¿Laura? ¿Quién es Laura? —pregunto. —¿De qué estás hablando?

Por la esquina de mis ojos veo a Christian, él también observa a mi madre con una mueca de perplejidad y confusión.

—¡Nos costó tanto concretar esa cita, Isabella! —responde mi madre. —¡Jack es un buen hombre, no merece que le hagas eso.

Los engranes en mi cabeza hacen un sonoro ruido cuando caen en su lugar. Ese maldito nombre es todo lo que se necesita para saber de lo que está hablando mi madre.

Christian gira su rosto en mi dirección. Chasquea su lengua y me lanza una mirada molesta.

Mierda, de nuevo estoy en problemas. ¡Y mi madre no está ayudando!

—¿Por qué no entramos? Así conversamos más cómodos —me aclaro la garganta. —Estaremos mejor con la puerta cerrada y sin la mirada de los vecinos.

Con mis manos, tiro del cuerpo de Christian hacia atrás, mi madre aprovecha el espacio para escabullirse al interior del apartamento. Otro jadeo escapa de sus labios cuando ve el resto d nuestra ropa escabullida por el suelo. Intenta sentarse en el sofá grande, y ahora soy yo quien jadea.

Mierda, mi madre se va a sentar justo donde acabo de correrme gritando el nombre de mi novio.

Supongo que Renée es inteligente y prefiere ir al sofá de una plaza que está hacia la izquierda, se desploma en el sin contener sus expresiones de asco. Christian y yo nos miramos, él suelta un bufido molesto, yo un suspiro cansado.

—Va a ser una larga conversación —le advierto.

—Por el bien de ella, espero que no —es todo lo que dice. Cierra la puerta no sin antes asegurarse de echar una mirada al exterior.

Es inevitable el resoplido que sale de mí. Acompañada de Christian, caminamos hasta donde se encuentra mi madre. Nosotros si nos sentamos en el sofá que hemos usado antes, me siento asegurándome de que la camisa esconda mis partes privadas, apenas y cubre lo suficiente. Christian se mantiene al borde del mueble, lanzando miradas amenazadoras a la mujer desconocida a mi costado.

—Mamá… —intento hablar con ella.

—Es que no lo entiendo —solloza. —Creí que sería una bonita sorpresa, ver a tu madre después de tanto tiempo...

—Es bueno verte —aclaro mi garganta. El momento no es el mejor, pero ver a mi madre después de casi un año, casi me emociona. —Pero, mamá, si hubieras llamado antes...

Intento ofrecer una excusa al desastre que nadie se ha molestado en arreglar. Más bien, no hemos tenido tiempo. Renée ignora mis palabras.

—Vine aquí para verte y para pasar tiempo con mi yerno —se lamenta. —¡¿Ahora qué le voy a decir?!

—¡Mamá! Acabas de conocerlo y decirle que... —de nuevo, intento hablar.

—¡Oh, Dios mío! —jadea interrumpiéndome. Otra puta vez. —¡No puedo decirle que encontré a mi hija teniendo sexo con un desconocido! ¿Te das cuenta del desastre, Bella?

—Renée —digo su nombre severamente. No quiero que siga hablando.

—¡Estas engañando a Jack! —me acusa.

—¿Que carajos? —el gruñido de Christian me distrae por un par de segundos.

—¡Yo no estoy saliendo con...! —de nuevo intento defenderme y de nuevo soy interrumpida. Esta mierda comienza a ser hartarte.

—En esa última llamada sonabas tan ilusionada, tan enamorada y feliz... y yo... no lo entiendo Bella. ¿Porque harías algo así?

Tomo una profunda respiración. Necesito aclarar este maldito desastre de una vez por todas.

—Renée —intento de nuevo. —La cita que tú amiga y tú organizaron, fue un completo desastre. No estoy saliendo con Jack.

Mi madre detiene su llanto, su cabeza se levanta y me mira con los ojos muy abiertos.

—P-pero... —tartamudea. Sacude la cabeza para organizar sus ideas. —Bella, cuando hable contigo...

—Sí, sé lo que dije —acepto recordando mis palabras.

—¿¡Me mentiste?! —explota en lágrimas, de nuevo. —¡Bella! Debes dejar ese papel de víctima. No eres la primera y tampoco serás la última persona en este mundo a la que abandonan sus parejas.

—Lo sé, madre —tuerzo los ojos. He escuchado este maldito sermón por más tiempo del necesario, comienzo a hartarme.

—Debes estar abierta a las nuevas oportunidades que te da la vida, hija —me reprende. —Sé que tienes necesidades, todos las tenemos, pero ¿tienes que caer tan bajo para satisfacerlas?

—¿Disculpa?

—¡Fue idea de Angela, ¿cierto?! —se levanta manoteando al aire. —¡Ella te convenció de contratar a un prostituto como él!

Señala a Christian. El cobrizo está sentado a mi lado en el sofá, sus piernas abiertas, sus codos sobre sus rodillas, su torso aún sigue desnudo y ahora su pecho sube y baja agitadamente, sus hombros están tensos, sus puños aprietan tronando los nudillos de sus manos. Su mandíbula está apretada, sus labios son una línea fina en su rostro y las aletas de su nariz se abren y cierran conforme a sus respiraciones agitadas.

Está enojado. No, no, enojado no. Christian está encabronado.

—Maldita mujer —sisea. Está listo para responderle y liberar toda la furia que ha creado mi madre con sus palabras, pero resulta que no estoy lejos de ese sentimiento.

—¡Reneé! —me pongo de pie mientras grito el nombre de mi madre. —Christian no es un prostituto.

—¿Y entonces que es? —mi madre se cruza de brazos. —¿El suplente de ese niño, Edward?

Ouch, ese es un golpe bajo.

—No, tampoco es nada de eso —siseo las palabras, me dejo caer de nuevo en el sofá. Mis brazos cruzados de nuevo sobre mi pecho.

—¡Por dios, Bella! —mi madre resopla las palabras. —Según las fotos que me mandaste en esa época,¡soniguales!

—¡No, no lo son! —escupo con furia las palabras. —¡Christian no se parece en nada a él!

—¡Isabella! —chilla mi nombre con histeria. —¿Qué es lo que esperas obtener de un tipo como este? No te tomará en serio, no te quiere.

Es inevitable que mi cuerpo se estremezca al escuchar esas palabras. Mi madre está siendo cruel. Ella no sabe nada sobre mí, ya no soy la niña que solía vivir con ella, no tiene idea de todo lo que en verdad he pasado. Durante los últimos cinco años se ha limitado a invalidar mis propios sentimientos o a echármelos en cara. Ya no más.

Renée no sabe nada sobre mi relación con Christian y no tiene derecho a opinar al respecto.

—Escuche, señora... —Christian gruñe a mis espaldas. Mi madre lo interrumpe.

—Déjate de estar jugando a la maldita adolescente y confronta tu vida, Isabella —su dedo apunta en mi dirección con cada maldita palabra que dice. —Sé que Jack aún está interesado en ti. Llámalo y dile que ya lo pensaste bien. ¡Hombres como él no se encuentra siempre!

—¡Jack Hyde es un imbécil! —grito por sobre sus últimas palabras. —Es un idiota, presuntuoso, narcisista, egocéntrico y pendejo.

Mi madre me mira estupefacta. Su boca se abre y cierra buscando las palabras.

—Pero, bella… dijiste que era…

—¿Qué, madre? ¿Que dije? ¿Que era un elegante y sensual filántropo, que además es todo un caballero, que me trata con el respeto y cuidado que una dama se merece? —recito las palabras de la última conversación que tuve con ella por teléfono. —¿Que es un hombre súper inteligente e interesante? ¿Qué cada día a su lado está lleno de un romance y una pasión que jamás en mi desgraciada vida había experimentado?

—Sí, eso dijiste —dice con un hilo de voz.

—¡Estaba hablando de Christian, no del idiota de Jack Hyde!

A tientas, mis manos buscan a Christian. Ahí me doy cuenta de que me he puesto de pie mientras soltaba todas esas palabras, también he dado un par de pasos en dirección a mi madre, por eso su rostro se transformó de repente. Pero eso no es todo, Christian se ha movido en reflejo a mis movimientos; él también se ha puesto de pie, se ha colocado a mi costado, pero manteniéndose detrás de mis hombros.

Está aquí, cuidándome, apoyándome y respaldando mis palabras.

Toda la atención de mi cuerpo se va cuando desliza sus dedos por mi brazo hasta entrelazar nuestras manos.

—¿Bella? —mi madre inclina su cabeza. Sus ojos van a mi rostro, se detienen en nuestras manos entrelazadas y luego suben al de Christian.

—Llegas a mi casa, sin avisar; insultas a mí novio, sin razón y te pones a hablarme como si todavía tuviera quince malditos años —no puedo contener el veneno con el que escurren las palabras. —¡Recapacita, Renée!

—B-Bella, yo…

—Estoy haciendo mi vida, Renée. Me ha costado demasiado, pero lo estoy haciendo, ¡a mi manera! —doy un paso más en su dirección. Ella se encoje en su lugar en el sofá. —Tengo un trabajo que me gusta y un nuevo puesto ganado con sangre, sudor y lágrimas; Un estatus dentro del periodismo que me he ganado con esfuerzo; Tengo amigos que me quieren, me cuidan y se divierten conmigo.

Mi madre traga pesadamente. Sus ojos se llenan de lágrimas.

—¡Y lo tengo a él! —mis ojos se colocan sobre Christian y en la sonrisa que me brinda. —La única persona en este mundo que entiende lo que es sentirse abandonado, solo y perdido en la oscuridad.

—Bella... —mi madre se pone temblorosamente de pie. —¿Qué le voy a decir a Laura? Se supone que nosotras… que planeábamos que Jack y tú...

—¡Por Dios, Reneé! Si tanto quieres a Jack, ¡cásate tú con él! —exploto. Mi grito resuena en todo el apartamento. —De todos modos, te encantan los hombres jóvenes, ¿no es así?

—¡Bella! —mi madre cubre su boca con sus manos. Sí, he ido demasiado lejos. ¡A la mierda! No me importa. No cuando me ha lastimado insultando a Christian.

Mi madre necesita salir y tocar pasto. Necesita un golpe de realidad.

—No tengo porque estar soportando esto —digo. Giro mi cuerpo buscando quedar completamente frente a Christian. —Quiero irme, por favor.

—Bien —accede al instante. —Vamos a cambiarte.

Da un apretón en mi mano, me empuja con suavidad para moverme e ir en dirección a mi habitación. Una mano más delgada y ligeramente fría se ciñe alrededor de mi muñeca libre.

—P-pero, esta es tu casa, Bella —mi madre intenta detenerme. —¿A dónde vas?

—Con Christian —es mi respuesta. Tironeo de mi cuerpo para zafarme de su agarre.

—¿Y qué hay de mí? ¿Qué voy a hacer? —pregunta. —Se supone que venía a visitarte, a pasar tiempo contigo, hija.

—Vete, quédate. Regresa a Florida o busca a Jack y quédate con él —giro mi cuerpo con brusquedad, eso hace que ella me suelte. —¡No me interesa lo que hagas, Renée!

—¡Isabella Marie Swan! —dice mi nombre completo. —¡No puedes faltarle al respeto así a tu madre!

—¡Entonces tú tampoco me insultes! —le grito de regreso. —¡Ya no soy una niña, Renée! No puedes controlarme, tampoco puedes cuestionar mis decisiones solo por tus caprichos.

—¡Soy tu madre!

—¡¿Y cuándo has actuado como tal?! —le reclamo. Llevo años suprimiendo esto, años convenciéndome de que estaba bien, que yo pude criarme sola, que no necesitaba que mi madre actuara como tal.

—¿Otra vez, Isabella? ¡Ya hemos tenido esta conversación —se queja. Cierto, pasó algo similar en Florida, hace cinco años.

—¡Y no lo has entendido! —le grito. —Además, mi vida es diferente ahora, no soy la misma que fue contigo a Florida, tampoco soy la misma que viste hace un año.

—¡¿Diferente?! —se burla. —Diferente serías si no hubieras arruinado las cosas con Jack.

—Sí, Renée. Soy diferente ahora —digo sin hacer caso a su última fase.

—¡Bien! Diviértete con tú gigoló prostituto, Isabella —mi madre levanta las manos al aire antes de golpearlas contra sus caderas. —Pero cuando termines llorando no vengas a buscar a tu madre.

—No, te preocupes —me enojo de hombros. —No pensaba hacerlo.

Mi tranquilidad enciende más la mecha de la molestia de mi madre.

—Dime algo —se acerca un par de pasos. Me limito a mirarla —¿Que vas a hacer cuando él se vaya? ¿Cuándo te abandone? ¡¿Te vas a suicidar de nuevo?!

Mis puños se aprietan a mis costados. Ha tocado la parte sensible con la que sabe que puede lastimarme de verdad.

—Cierra la boca, Renée —siseo. —Es suficiente.

—¿Vas a hacer de nuevo un drama por un hombre?

—¡Cierra la jodida boca! —exploto. —No sabes de que mierda estás hablando Renée. Tú no sabes lo que es que te abandonen, no sabes lo que es sentirte tan solo y tan perdido porque la persona que amabas se fue.

—¡Esas son estupideces, Bella!

—¡¿Estupideces?! —me carcajeo. Permito que todo el veneno se escurra por mi voz. — Estúpida tú que crees tener algún derecho para cuestionar mis sentimientos.

Ahora soy yo quien da los dos pasos que restan para acortar la distancia entre ambas. Soy apenas tres centímetros más alta que ella, pero es suficiente para que la situación le resulta intimidante.

—¡Estúpida tú que abandonaste a Charlie dejándolo con depresión y ansiedad durante años por robarle a su hija y prohibirle convivir con ella! —le grito con toda las fuerzas que puedo. —¡Eres una maldita egoísta que solo piensa en si misma!

Pasa antes de que pueda evitarlo. Su mano se estrella contra mi mejilla acompañada de un sonoro golpe.

—¡En tu jodida vida vuelvas a ponerle una mano encima —el rugido de Christian llega a mi oídos. Mi mano sube a mi mejilla presionando la zona de mi rostro que está en llamas. Arde. Unas manos me sujetan por la cintura y tiran de mí hacia atrás.

—¡Suéltame! —el chillido de Renée taladra mis oídos. Eso hace que mis ojos se centren en la escena que se desarrolla delante de mí.

—¡Taylor! —grita Christian. Se ha colocado entre mi cuerpo y el de ella, sus grandes manos sujetan los antebrazos de Renée mientras usa su cuerpo para empujarla y obligarla a retroceder en dirección a la puerta.

—¡No me toques, imbécil! —ella se sacude, intenta zafarse.

—Taylor —dice Christian en cuanto el hombre cruza el umbral de la puerta. Se acerca apresuradamente para ayudar a su jefe. —¡¿Dónde carajos está Sawyer?!

—Hay un altercado con reporteros en la entrada del edificio, señor —Taylor explica. —Se está encargando de eso.

—¡Bella! ¡Diles que me suelten! —grita Renée histéricamente.

—Llévatela —Christian escupe con furia. —Sácala a rastras del maldito estado si es necesario.

—Si señor —Taylor obedece las órdenes de su jefe.

En shock, observo como Taylor arrastra sin esfuerzo a mi madre hasta sacarla del departamento. Christian va detrás de ellos para asegurarse que de verdad logren sacarla del edificio.

En el silencio y la tranquilidad que me ofrece la soledad, caigo en el sofá cubriendo mi rostro con mis manos. Es inevitable que me suelte llorando.

Sé que Christian ha vuelto cuando me veo envuelta en la calidez de sus brazos.

—¿Está mal que me alegre de que se vaya?

—No, cariño —Christian dice con suavidad. Su mano se desliza por mi muslo, da un apretón reconfortante.

—Por segunda vez en mi vida, Jack arruina algo para mí —mi llanto se intensifica. El pecho de Christian vibra con un gruñido, sus brazos me presionan con más fuerza.

¡Maldito Jack! No comprendo la obsesión de mi madre por ese hombre.

Yo tengo una parte de la culpa, fui yo quien dijo todas esas cosas buenas sin especificar que hablaba de Christian. Pero creí que al conocerlo, se daría cuenta de todo lo que dije en esa llamada es cierto y que también ella quedaría maravillada con el cobrizo. Ahora eso nunca pasará. Jamás se me cruzó por la mente que Renée haría un berrinche cual si fuera adolescente. Tampoco estaba en mis planes que llamara prostituto a mi novio.

—Lamento todo lo que te dijo mi madre —me disculpo entre hipos y llanto con toda la honestidad que puedo sacar de mí.

—No fuiste tú quien dijo toda esa mierda —me responde. —No te disculpes.

Eso hace que aparte mi mirada de sus ojos. Sé que detesta cuando muestro debilidad. Pero me siento culpable y avergonzada.

—Mi madre no era así —me quejo. —No es un ejemplo a seguir como madre, pero me dejaba hacer mi vida sin cuestionarme mucho al respecto. Prefería ocuparse de su vida o de sus deseos… al menos así fue hasta que…

—Hasta que perdiste el control de tu propia vida —Christian dice. Asiento con mi cabeza. El llanto continua.

—Por favor, sácame de aquí —le pido. —Quiero volver a casa.

—¿A casa? —pregunta. Su voz suena diferente, libre de enojo. —¿La Escala? ¿Quieres ir a esa casa?

Un pequeño jadeo de vergüenza brota de mis labios.

—Lo siento, no me di cuenta de lo que dije —murmuro. —La Escala es tú casa, no mía.

—Eso tiene solución —suspira.

Toma mi rostro entre sus manos, me obliga a mirarlo. Sus ojos grises me miran, sorprendidos, consternados, emocionados. ¿Por qué me mira como si acabara de deslumbrarlo?

—¿Christian?

—Ven a vivir conmigo, cariño.

—Llevo un mes viviendo contigo, Christian —respondo ligeramente risueña.

—Porque no te di opción —dice. Sus cejas se juntan arrugando su frente. —Esta vez quiero que sea porque tú lo decidas.

—¿Eso es lo que quieres? —pregunto.

¿Eso es lo que yo quiero? Joder, sí. Después de pasar cada mañana despertando en sus brazos y de irme a dormir igual. No puedo, no quiero que sea diferente. Además, estoy segura de que las pesadillas van a volver y cada maldita noche la pasaré sin dormir por el miedo de que algo suceda y yo no esté allí, junto a él.

—¿Quiero que tu identificación y documentos tengan el mismo domicilio que los míos? ¿Qué todos sepan que vives conmigo? ¡Joder, sí! Eso quiero Isabella.

Es inevitable la sonrisa que aparece en mis labios. Las lágrimas se han ido gracias a él.

—La siguiente semana estaré muy ocupada, entonces —murmuro al aire. Como si hablara para mí misma en voz alta. —Nunca creí que mudarse significaba tantos trámites.

—¿Eso es un sí? —pregunta. —¿Aceptas mudarte conmigo?

Me rio. ¿Por qué tiene que hacer esto tan formal? ¡Ya vivo con él!

—Sí, oficialmente me mudaré contigo, Christian.

Toma mi cuerpo, me levanta por los aires hasta colocarme a horcajadas sobre él. Suelto un chillido por la sorpresa, pero es ahogado por sus labios sobre los míos. Me entrego completamente a su beso lleno de energía, emoción y júbilo.

Se separa de mí cuando a ambos nos falta aire. Sus ojos grises me miran, taladran hasta mi alma mientras nos comunicamos en silencio. No necesitamos decirnos más, nuestras miradas lo dicen todo.

Nos interrumpe el sonido de mi celular sobre la barra de la cocina. De alguna manera ha llegado allí. Christian y yo nos levantamos para ir a responder la llamada.

No tengo que mirar la pantalla para saber quién es la persona que me llama, la voz de Britney Spears mientras canta el coro de "…One More Time" es la pista que necesito.

—Dime, Elliot —respondo. Presiono el altavoz para tener las manos libres y seguir acariciando los brazos de Christian que me han vuelto a rodear por la cintura.

—Tengo una pregunta —me dice con voz calmada e inocente. —Y antes de que me lo digas, no, esta pregunta no puede resolverla mi hermano.

—Bien, te escucho —digo con resignación.

—¿Cuál crees que le gusté más a Angela? —dice emocionado. —¿El vibrador de tres velocidades pero que tiene estimulador de clítoris y punto G? ¿O el de cinco velocidades pero que únicamente tiene perilla giratoria?

—¡Elliot! —Christian y yo gritamos al unísono.


¡Hola! ¿Cómo están?

¡Yo muy emocionada porque por fin pude traerles nuevo cap! ¡Y vaya capitulo!

¿Alguien más tiene una inmensas ganas de golpear a Renée?