UN PACTO POR AMOR

Tanto Eri como Hades se quedaron helados ante la revelación de Zenos. "¿Meg enferma? ¿Será que ella sea la primera en acabar en el inframundo?", pensó el dios de los muertos, mientras se le dibujaba una sonrisa malévola.

En cambio, Eri estaba en shock, otra vez…, otra vez su madre había caído enferma. Hace unos años, su madre se desmayó en el campo. Durante varios días tuvo una fiebre muy alta, Eri tuvo que trabajar en su lugar y Zenos tuvo que cuidar de ella. Pero no mejoraba. Fue un milagro que se recuperase. Ya que por un momento pensó que su madre se iba a morir.

Sabía que se sobre esforzaba y dejaba de comer para que sus hijos comiesen, por eso Eri tomó la decisión de trabajar en la cantera para ganar más dinero y que su madre no se preocupara, pero ahora, ¿por qué? ¿Por qué había recaído? Comía con normalidad y trabajaba menos horas…

— ¡Eri! —gritó Zenos. Eri volvió en sí, y miró a su hermano. Estaba llorando, sus ojos reflejaban el miedo y el pánico que estaba teniendo en ese momento, estaba desesperado y por un momento fue como verse en un espejo años atrás. Ella también había reaccionado de esa manera. No lo pensó dos veces, agarró de la muñeca a su hermano y salieron corriendo hacia su casa.

Iban corriendo lo más rápido que podían, pero Eri notaba que cada vez tenía que tirar más de su hermano, por lo que paró y le dijo:

— Sube, te llevo a cuestas —su hermano no rechistó, se subió y volvió a poner rumbo hacia la casa lo más rápido que pudo. Notaba que su cuerpo le pesaba, tenía que tener en cuenta las heridas que había recibido hoy, tanto en la cabeza por la mantícora como el latigazo del muslo. Esta última le ardía. Empezaba a notar como le empezaba a doler mucho, pero tenía que aguantar, su madre los necesitaba.

Ya podía ver su casa, ya casi estaban, ya… Erianthe paró en seco, pues en el suelo, delante de casa, estaba su madre tendida en el suelo. Hades también llegó junto con Pena y Pánico, después de que a estos dos los ordenase a investigar que ocurría en Tebas, mientras él era la sombra de la mocosa. Cuando el dios de los muertos vio a Meg tendida en el suelo, tuvo un déjà vu como cuando murió hace 17 años, y su alma llegó al inframundo.

— ¡Mamá! —gritaron los dos hermanos. Se agacharon para ver cómo estaba su madre, Zenos no paraba de llorar, mientras que Eri estaba al borde de un ataque de pánico.

— ¡Hermana! ¿Qué hacemos? ¿Se pondrá bien? —Zenos no paraba de dar vueltas alrededor, estaba muy nervioso y ese nerviosismo la estaba contagiando. Empezó a examinar a su madre: respiraba, tenía pulso, parecía que no tenía ninguna herida…, pero tenía algo de fiebre, necesitaban algún remedio.

— ¡Eri!

— ¡Zenos! ¡Basta! Mamá está agotada. Necesita algunas hierbas medicinales.

— No nos queda nada.

— Lo sé, toma —y buscó dentro de su túnica la bolsita de monedas que le había dado Patroclo. — ves a la aldea, pregunta al dependiente del herbolario que hierbas se necesitan para la fiebre y el cansancio.

— Pero, Eri…, te ayudo a-

— ¡Zenos! ¡Ves a comprar! Yo sola entraré a mamá a casa.

— Está bien, vuelvo enseguida —y echó a correr hacia la aldea.

Eri se quedó a solas con su madre. Esta la cogió de la mano y la apretó:

— Mamá…, ¿por qué lo has hecho? No nos dejes solos…— Hades observaba la escena. Sentía mucha pena por la mocosa, estaba teniendo un día horrible, y si bien, quería que sufriesen, creía que por un día esa chica ya había tenido suficiente. Veía cómo poco a poco incorporaba a su madre para cargarla, ¿sería capaz? Eri era menuda y delgada, ¿podría llevar el peso de su madre?

La chica se levantó cargando a su madre, un leve quejido salió de los labios de Erianthe, mientras en su rostro se reflejaba el dolor. Hades veía cómo le temblaban las piernas, como si no tuvieran la fuerza suficiente de soportar todo el peso. Pero, se dio cuenta de algo más alarmante, a la mocosa le estaba sangrando la pierna desde el muslo:

— Oye, ¿seguro que puedes? Estás sangrando - dijo el señor de los muertos sin pensar, "qué narices estoy diciendo".

— Yo puedo… — veía que no podría, pero era muy tozuda, más tozuda que una mula y vio cómo entró a la casa.

La habitación estaba arriba junto a las otras habitaciones. Su casa era pequeña y sencilla, pero durante todos estos años la habían acondicionado para que cada uno tenga su espacio, todo lo habían hecho ellos desde cero con madera del bosque y paja. Eri miraba las escaleras que eran irregulares y ese momento se lamentaba por el desnivel que había entre peldaño y peldaño. Dejó ir un suspiro y empezó a subir.

Definitivamente, la herida del muslo le quemaba. Notaba como la sangre se deslizaba pierna para abajo, aun así, poco a poco lo consiguió, llegó piso de arriba. Fue hasta la habitación de su madre y la dejó en su cama. El cuarto estaba bastante oscuro, así que prendió la lámpara de aceite que tenía una mesita al lado de la cama. Aliviada, se sentó en el suelo al lado de la cama de su madre. Ahora que se fijaba estaba bastante pálida, ¿cómo no se había fijado antes?

— Eri, cariño, ¿eres tú? —Meg abrió un poco los ojos y vio que estaba en su habitación, le pesaba todo, pero lo peor era su cabeza, sentía como si no pudiese pensar con claridad, además sentía mucho calor y tenía la garganta seca. — cielo, perdóname, no quería preocuparte…— dijo Meg con un hilo de voz.

— Mamá, no digas eso, pero por favor, no llegues hasta estos extremos. No quiero que te pase nada.— se percató que su madre estaba agotada y que su voz era ronca —¿quieres que te traiga un poco de agua?

— Cariño, no te molestes…

— No es molestia mamá. Ahora vengo. — Eri salió de la habitación. En pasillo estaba, Hades tuvo que casi entrar en la habitación de Zenos para dejar pasar a la chica, pues tenía que bajar a la cocina donde guardan el agua. Con mucha dificultad bajó las escaleras, se la escuchaba jadear y de vez en cuando se le escapaba un leve quejido por el dolor.

Se dio cuenta tarde que estaba dejando el piso lleno de gotas de sangre, "por Hera, qué desastre", pensó. Llegó a la cocina, abrió una ánfora y llenó un cuenco con agua. Al volver, su madre estaba medio recostada, la miró y sonrió:

— Cariño, no deberías haberte molestado.

— Tienes sed, así que bebe.

— ¿Dónde está tu hermano?

— En la aldea, ha ido a comprar hierbas.

— Pero, Eri, no tenemos dinero… — Meg la miró preocupada.

— No te preocupes, tenía algo ahorrado.

Meg se bebió todo el cuenco de agua. Hades estaba apoyado en el dintel de la puerta, las observaba, parece que la familia de su odiado sobrino ya estaba sufriendo, tanto su ex esclava, como su hija. Vivian, en una cabaña destartalada, en mitad del bosque, sin apenas nada, trabajaban largas jornadas para poder sobrevivir y tener dinero para comer. Realmente estaban viviendo al borde de la miseria y eso le satisfacía, pero no era suficiente, no…, iban a sufrir más, pero una parte de él, nuevamente pensaba en Eri y en cómo se veía en ese momento tan frágil, sin embargo, se le veía tan fuerte intentando llevar las riendas de la situación.

— Perdóname, Eri, por haber llegado hasta este extremo, han subido los impuestos del campo, la comida está muy cara…, y no quería contribuir menos, como iba a dejar como madre que tú cargases con más cosas.

— ¡Pero mamá, tendrías que haberlo dicho! ¿No pudiste regatear el precio? Por favor, no lo hagas más, así puedes llegar a morir. Y nos dejarías solos…

Meg, agachó la cabeza, su hija tenía razón. Su cuerpo ya no aguantaba como antes, cada vez era más débil y frágil. Alzó la vista y vio la cara de preocupación que tenía, aunque se dio cuenta de que llevaba un vendaje en la cabeza:

— ¡Eri! ¿Qué te ha pasado? ¿Y ese vendaje? —de pronto Meg se sobresaltó al ver a su hija en ese estado, hasta tal punto de querer levantarse de la cama.

— Mamá, estoy bien, no te levantes. He tenido un accidente en la cantera, no me he puesto bien el arnés y me he caído…, eso es todo. — mintió Eri. No le iba a decir que casi se la come una mantícora.

— ¿Seguro qué eso es todo? ¿No te ha pasado nada más?

— No, mamá… Bueno, me han despedido…— Erianthe no podía contarle lo de la suma sacerdotisa. Miró a su madre y le dijo - podría ir al campo contigo, o a lo mejor hay otro trabajo en la aldea… Lo siento, mamá… — el dinero de la cantera les iba bastante bien y ahora, tendría que hacer borrón y cuenta nueva hasta que pudiese ir a palacio, "solo serán 6 meses", pensó.

— Cariño, no te preocupes, no las apañaremos, ya verás. — la mano de Meg se posó sobre la cabeza de Eri y la acarició suavemente - mi niña, ¿desde cuándo has crecido tanto? Parece que haya pasado un suspiro cuando te tenía en brazos. — y abrazó a su hija lo más fuerte que le permitía su cuerpo.

— ¡Mamá! Recuéstate, tienes que descansar. — mientras decía eso, Eri le devolvió el abrazo a su madre.

Estuvieron así un rato, abrazándose, hasta que Eri posó su vista al lado de la puerta, donde había un tapiz parcialmente quemado. Era un tapiz de su familia, sus padres, su hermano y ella, justo antes de que estallase la guerra. "Qué recuerdos", era muy nostálgico pensar en ese día, para ella era uno de los mejores días de su vida. Soltó a su madre, quien tenía cara de agotada y de caer rendida en pocos segundos. Así que se levantó y le dijo:

— Voy a hacer la cena y a limpiar el suelo - por suerte, la herida había dejado de sangrar, pero le seguía doliendo. Su madre miró el estropicio de la sangre y arqueó una ceja - Mamá, ¡no me mires así! Voy a dejar los suelos tan limpios que podrías comer en ellos. — ante eso su madre sonrío.

— Confío en ti, a ver que haces para cenar, aunque creo que solo podrás hacer gachas, ¡oh! Y hay aceitunas y algo de fruta - Meg vio cómo Eri se iba, pero antes le dijo —me sorprende que lo único que quedó de nuestra antigua casa fuese ese tapiz. Me encanta ese tapiz… — Meg poco a poco se volvió a recostar para dormir, mientras Eri se paró delante del tapiz, a ella también le encantaba, ya que era lo de lo poco que quedaba de su padre y de ellos como familia. En su antigua casa, tenían tantos recuerdos y lo perdieron todo, menos el tapiz. Echaba mucho de menos su antigua casa y ya no podría volver, pues ya no existía.

En el tapiz su padre vestía una armadura de héroe, mientras los de más vestíamos túnicas, formales: su madre uno violeta, Zenos una blanca y yo una de color amarillo:

— Recuerdo que no querías ponerte esa túnica, ¿te acuerdas?

— Sí, odiaba esa túnica con toda mi alma, estuve todo el rato quejándome de que quería mi túnica azul, mi favorita. Papá me regañó y tú también. Pero recuerdo lo que más me gustó ese día es que empezó a llover y que luego los cuatro estuvimos jugando en el jardín, mi túnica acabó de color marrón…

— Creo que las de todos acabaron igual. Qué guapo estaba tu padre en con esa armadura. Le echo tanto de menos —Eri miró a su madre, ya estaba recostada, pero si fijó que pensar en su padre le entristecía.

— Volverá mamá, volverá… El siempre cumple sus promesas. — Meg sonrió de nuevo y cerró los ojos. Eri estaba a punto de salir de la habitación cuando su madre dijo:

— ¿Sabes lo más extraño? Llevo un rato oliendo a azufre, es bastante irónico, pero este olor me recuerda a Hades. Siempre hacía este olor cuando aparecía. ¿Tú lo hueles?

Cuando su madre dijo eso, paró en seco. Había olido ese olor todo el día y sabía que esa "persona" seguía ahí, delante de ella. Se quedó en shock, lo que decía su madre tenía sentido: que no lo pudiese ver, el olor, el fuego…

Hades se quedó petrificado "mierda, Meg le había descubierto, ¿por el olor?", tenía que cambiar de esencia. El señor de los muertos miró a la chica, quien miraba al frente con cara de sorpresa, ¿qué iba a hacer?

— No, mamá. No huelo nada, debe de ser imaginaciones tuyas. — se giró y su madre ya estaba dormida. Así que se fue de la habitación, Hades se apartó, no sin antes escuchar:

— Tenemos que hablar. — bajó por las escaleras y salió de la casa. Una vez fuera, aunque Eri no pudiese ver a Hades, hizo un gesto de que la siguiera y se fueron bosque para adentro hasta el arroyo de esta mañana. Una vez allí, fue Eri quien rompió el silencio entre los dos:

— ¿Qué quieres de mí, señor de los muertos? - la chica no se anduvo con rodeos y fijó su mirada donde provenía el olor que llevaba oliendo todo el día. Hades ya no tenía que ocultarse "chica lista" pensó, y se quitó el casco.

Erianthe era la primera vez que lo veía, pero después de todas las historias y descripciones que le había dicho su madre durante todos estos años, era tal se lo imaginaba, lo que no se esperaba era que fuese una figura imponente, además de lo que llegaba a intimidar. Al verlo, sabía que su intuición había acertado "ese alguien" le iba a dar problemas.

— Bueno, por fin ya me puedo quitar el casco y sabes, lo mejor de todo es que no me tengo que presentar. La verdad, Erianthe es que te he estado observando todo el día, quería saber que tal estaba mi ex subalterna y mi sobrino. Y ¡badabim! Uno está en la guerra y la otra está enferma y que decir de ti…, tú estás hasta arriba de problemas, querida.

— Sí, y ¿qué? Ya resolveré mis problemas. O, acaso, ¿has sido tú? Todo lo que ha ocurrido hoy, ¿has sido tú? - esas acusaciones hicieron reír a Hades, pero en parte le molestaba que la mocosa le acusase de sus desgracias.

— ¿Yo? ¿Me estás tomando el pelo? Todo lo que te ha pasado es parte de tu destino, si quieres culpar a alguien, culpa a las Parcas. Ellas son las que tejen el tapiz del destino.— observó a la chica, le miraba esperando a que le dijese que quería de ella - Solo te diré una cosa, tu madre está débil y ¿crees que vas a poder encontrar otro trabajo tan rápido? Estás en serios problemas, ¿pero sabes lo mejor de todo? Voy a ayudarte, voy a dar alguna solución a la oración de antes…

La oración "mierda", pensó Eri, pedía abiertamente ayuda a los dioses y justo ahora tenía uno delante, aunque no fuese el que ella esperaba. Hades vio cómo la chica se había irritado ante lo último que le había dicho. Así que, aprovechó para lanzarle otro bombazo:

— Te propongo algo, curaré a tu madre y tendréis los recursos necesarios, sobre todo comida, para sobrevivir hasta que tu padre vuelva, ¿qué me dices? - Eri le miró sorprendida, un trato, le estaba proponiendo un trato…

— ¿A cambio de qué?

— ¡Hm! Nada importante, solamente tu alma. Solo pido que me entregues tu alma para toda la eternidad. — ante eso el rey del inframundo sonrío, ya casi la tenía…

— Espera. Si te entrego mi alma, quiero añadir algo más.

— ¿Cómo qué?

— Aparte de curar a mi madre y darles recursos hasta que venga mi padre, quiero que no les ocurra nada, que estén protegidos y que no se pongan enfermos.

— Vaya, sí que pides, pero bueno, te lo puedo conceder. ¿Algo más? ¡Ah! No te lo he dicho, pero te vendrás conmigo al inframundo.

— ¿QUÉ?

— Sí, nena, mejor tenerte abajo. Allí trabajarás para mí, harás TODO lo que te pida.

En ese momento, Eri cayó en la cuenta que tenía una misión dentro de 6 meses, así que tenía que pedir algo más, si no estaban perdidos. "A ver si cuela" pensó.

— De acuerdo, pero entonces, quiero un día libre a la semana.

— ¿Un día libre a la semana? Ni hablar.

— ¿Cada dos semanas?

— ¡NO! - el dios estaba perdiendo a calentarse

— ¿Al mes? Ya que te doy mi alma para toda la eternidad y tengo que vivir en el inframundo, déjame, aunque sea un día libre al mes.

Lo pensó seriamente, y no sabía por qué, pero le dio pena la mocosa, después de lo que había visto hoy…

— ¡Vale! Un día al mes y ni uno más. ¿Tenemos trato?

— Tenemos trato.

En ese momento, el señor de los muertos y la hija de Hércules se dieron la mano cerrando el trato, sin saber que ese momento les uniría para toda la eternidad.

¡Por fin! Hemos llegado al punto donde Hades y Erianthe se conocen, tenía muchas ganas de escribir esta escena. Me encanta cuando interactúan. Espero que le haya echo justicia.

Gracias por seguir leyendo. Durante esta semana acabaré de editar el fic.

Y recordad, dejadme algún review para saber que os está pareciendo.