Día 2
Los golpes que su tía daba contra el culo de una cacerola a duras penas lo lograron sacar del profundo sueño en el que siempre moraba. La noche anterior le había costado caer en los brazos de Morfeo. Nunca se acostumbraba rápido al clima húmedo de la Costa Brava. Hasta que no dieron las doce y media, no cayó rendido. No obstante, debería admitir que aunque hubiera dormido doce horas, su tía lo hubiera encontrado igual de noqueado. Coincidió que entreabrió los ojos justo cuando Greta levantaba la persiana de un brusco tirón. Antonio gimió al mismo tiempo que se tapaba con las manos.
—He preparado churros con chocolate. No tardes.
De vuelta a la quietud, el joven examinó despeinado el hueco de la puerta. Su cabeza trabajaba a pedales, luchando por enlazar pensamientos coherentes. El olor de aceite y harina le recordó lo que Greta había anunciado. Su estómago se contrajo gruñendo. Se puso una camiseta antes de dirigirse a la cocina. Desde una silla, su padre le echó un vistazo por encima de la tablet en la que leía el periódico. Su análisis terminó en sus pies y resultó en una mueca.
—¿Es que no tienes zapatillas? Ve a por ellas. Se te van a quedar los pies negros.
—Me gusta ir descalzo —apostilló Antonio, ignorando el consejo de su padre y tomando asiento frente a los rizos de churros amontonados en un plato.
—Si se cae cualquier cosa no dudes de que te harás daño.
El joven subió los pies a la silla, enfocó a su padre y se encogió de hombros mientras reprimía una sonrisa.
—Así no me pincho con nada.
Fernando puso los ojos en blanco antes de regresar a la lectura. Greta se acercó a la mesa con dos tazas de chocolate y se unió al atracón de churros. Fernando interrumpió la conversación amena minutos después alegando que si comía más sería incapaz de ayudarle en la tienda. Ignoró la afilada mirada de su hermana y con un gesto de los dedos instó a Antonio a levantarse. El chico rescató unas zapatillas de tela fina de su habitación y se peinó antes de bajar a la tienda.
Durante el resto de la mañana se dedicó a ayudar en todo lo que pudo a su padre: ya fuese descargando cajas, enfrentándose a los problemas del ordenador o haciendo inventario. A mediodía, para compensar las horas de arduo trabajo, su padre los llevó a comer a un restaurante elegante que había frente al peñasco que se conocía como La Palomera y que dividía el litoral blandense.
A las tres, Fernando cargaba su bolsa en la parte de atrás y se despedía de Greta. Se dejó a su hijo para el final. Lo abrazó y antes de que se apartara demasiado, aferró su brazo. Se notaba que tenía prisa por marcharse.
—Compórtate, ¿me oyes? Y ni se te ocurra perder el autobús de regreso. Otro año te podrás quedar más, lo prometo.
—No te preocupes papá. No tengo dieciséis años.
Le sorprendió que su padre no tuviera nada más que decirle. Lo estrechó, besó su mejilla y lo soltó para poder meterse en el coche. Al lado de Greta, Antonio pasaba su peso de un pie al otro, inquieto. Cuando el coche se perdió a la vista, su tía le palmeó la espalda con fuerza y le hizo dar un paso en falso al frente.
—¡Largo! Tus amigos te están esperando, ¿no?
—Cómo me conoces, tía Greta —admitió con una expresión culpable.
—Si no vas a venir a cenar, avisa. Y a las dos, a más tardar, te quiero en casa. Si te dejo trasnochar continuamente, tu padre me corta el cuello.
Se inclinó y besó su mejilla. Notó que su fina mano palmeaba una de las suyas. Tía Greta olía a crema y a una colonia muy agradable. Después de unas palabras de escueta despedida, Antonio, portando al hombro una bolsa de tela, cruzó y se metió de lleno en la costa. Sacó el móvil de su bolsillo y mandó mensajes a sus amigos para confirmar que se encontraban donde siempre. Antes de que ninguno le contestara, dio con ellos. Francis y Gilberto discutían como siempre, con la intensidad de una pelea que da la impresión que puede romper una amistad. Pedro estableció contacto visual con Antonio y agitó la mano para que se acercara. En cuanto se sentó en la toalla, Antonio se quitó la camiseta sin perder de vista el acalorado debate.
—¿Por qué discuten esta vez?
—Francis quiere saltar de la Palomera y Gilbo le ha dicho que está como un cencerro. Francis se ha ofendido, lo ha llamado cobarde y así están.
—¿Nadie quiere subir con él? Es algo bastante popular entre los jóvenes, ¿no?
—¿Quizás? A ninguno nos llama especialmente saltar desde un pedrusco sin saber si hay otros pedruscos, posiblemente afilados, bajo el agua.
El alegato de Pedro llegó a oídos de Francis a pesar de que aún estaba discutiendo. Entornó el rostro y sus ojos azules refulgieron furiosos.
—Por enésima vez, es seguro —se quejó señalando La Palomera—. ¿Crees que si fuera peligroso el ayuntamiento permitiría que los chavales saltaran? Ya nos lo hubieran prohibido. No pienso volver a clases y ser el único que no ha saltado del estúpido montículo.
—Pero si vas a ir a la universidad —rebatió ronco Gilberto.
—Que te calles. Si ninguno tiene los cojones de saltar, iré yo solo.
Francis, descalzo, se dio la vuelta y su cabello dio un latigazo al aire. Casi al mismo tiempo, sus amigos negaron con la cabeza. Se le daba muy bien ser dramático. A nadie le hubiera extrañado si hubiera decidido dedicarse al cine o teatro. Antonio vio su espalda tensa mientras se alejaba y un pellizco de culpabilidad (y algo más sin nombre, al menos por ahora) le retorció el estómago.
—Voy con él. —Anunció al tiempo que se levantaba.
—Siempre te dejas arrastrar por Francis a las situaciones más descabelladas. Rezaré por ti —sentenció Gilbo tras dejarse caer sobre la toalla.
Trató de ignorar sus palabras y corrió sobre las ardientes dunas. Alcanzó a Francis cuando recorría el estrecho camino de piedras que serpenteaba entre las dos playas, la que bañaba la zona céntrica de Blanes y la que recorría el barrio de Los Pinos.
—Espera, voy contigo —le dijo jadeando.
—De sobras sabía que si alguien tiene lo que hay que tener en este grupo, eres tú, Toño.
La sonrisa de Francis hormigueó en su estómago y él entornó el rostro, avergonzado aunque con un gesto homónimo.
—No sé si diría tanto a mi favor.
—¿Entonces por qué has venido? No me digas que ha sido por no dejarme solo.
«¿Es que ese no es un motivo suficiente?», pensó mordiendo su labio inferior. Su carcajada ahogada brotó entre sus dientes.
—Necesito una buena historia que contar a mis compañeros de Zaragoza. ¿Qué mejor que he saltado al mar desde una roca?
La risa de Francis vibró en el aire y le puso la piel de gallina en las lumbares. Curioso que ese sonido, hasta el momento tan familiar, le provocase unas reacciones tan desconocidas. Agradeció que, al caminar lado a lado, Francis no se fuera a dar cuenta.
—La verdad que suena bastante bien. Los tendrás entretenidos un rato.
El vaivén de las olas acariciaba las piedras húmedas y éstas brillaban como piedras preciosas bajo el sol de las primeras horas de la tarde. Antonio señaló a unas rocas bajas, donde unos chavales se turnaban para saltar al agua.
—¿Saltaremos desde allí? —preguntó Antonio. Cuando entornó el rostro, Francis le observaba con un escepticismo condescendiente que lo molestó y avergonzó por partes iguales—. ¿Qué?
—No hemos venido a La Palomera para saltar desde las piedras de las que saltan los niños. Si quieres tener una historia que contar, tenemos que subir un poco más alto.
—¿Seguro que no está prohibido?
—Hay gente, ¿no lo ves?
Antonio entrecerró los ojos y usó una mano de visera para protegerse del sol. Efectivamente, siluetas distantes coronaban unos montículos algo más altos. Francis golpeó su brazo y encabezó la marcha. Por si no fuera poco, para llegar tenían que salirse del sendero que subía hacia la cima y escalar descalzo por las rocas. Cuando llegaron había una pequeña cola, así que les iba a tocar esperar.
—¿Estás seguro de que podemos saltar desde aquí? —preguntó Antonio. Los nervios le roían el estómago y hormigueaban en sus dedos.
—Todo el mundo salta desde aquí. Deja de darle vueltas. ¿Tienes miedo?
—¿Sabes el nerviosismo mientras esperas a montarte en una atracción? Se parece a eso. No lo llamaría miedo.
El silencio los recogió entre sus brazos y avanzaron unos pasos más sobre la piedra. Tenían que mover los pies constantemente para no quemarse por el calor que se acumulaba sobre la superficie erosionada.
—Uhm… Ayer no pudimos hablar mucho, pero quería decirte que estoy muy contento con que hayas podido venir este verano. Da igual que sólo sean siete días.
—Ya, por un momento pensé que mi padre no me dejaría venir —rio Antonio resignado.
—Me ha sorprendido que estás bastante cambiado —admitió Francis sin mirarle a la cara. Daba igual que Antonio hubiera girado la cabeza para mirarle.
—¿Cambiado? Espero que para bien —bromeó el castaño.
—Sí. Eso creo. No te sé decir muy bien qué es. Te ves como más adulto.
—Pues ya te aseguro que no he crecido. Espero que el cambio que haya ocurrido me haya sentado bien.
—Diría que sí.
Las preguntas que se acumularon en la cabeza de Antonio tuvieron que esperar. Los últimos muchachos saltaban y sus gritos los seguían en el camino abajo. Cerca del filo, bajó la mirada. Sus sentidos se nublaron unos segundos, presos de un vértigo inesperado. A pesar de los intentos, su rostro mostró aquella inquietud en la que daba vueltas. La mano de Francis en su hombro le arrastró a la realidad. Sus ojos azules brillaban con una preocupación que fue muy evidente.
—¿Quieres que regresemos? No hace falta que saltes.
—No. He venido para acompañarte. Sólo me ha sorprendido la altura. Desde abajo no parecía tanta.
El martilleo en su pecho no reducía ritmo. Podía hacerlo, aunque no sabía cuánto tiempo le iba a tomar reunir el suficiente coraje para saltar al vacío. Ojalá fuera antes de que alguien subiera y se volviese a formar cola. La calidez de una mano envolvió la suya. Alzó la mirada y encontró la sonrisa confiada de Francis. Brillaba más que aquella tarde. Mechones de oro desaliñados rozaban su cuello.
—Saltaremos juntos. Así nos damos apoyo moral el uno al otro. ¿Te parece bien?
Antonio asintió y devolvió la vista al paso y medio que lo separaba de la caída. Francis propuso saltar a la cuenta de tres. Cuando llegó a él, Francis se adelantó y su mano tiró medio segundo de él. Al siguiente, Antonio corría y saltaba junto a Francis. La playa deslumbraba con un brillo plateado, las sombrillas formaban un dispar tejido de lunares y los niños corrían y nadaban por la orilla. El mundo se detuvo un segundo en todo su esplendor. Durante un instante tuvo la sensación de que podría volar si se lo propusiera. La gravedad los empujó hacia el mar. Su pelo se agitaba y le golpeaba el rostro. El peso de Francis tiraba de él hacia abajo. De repente, sus pies rompieron la superficie del agua y la inercia lo llevó un poco más abajo. Agitó las manos y subió hasta encontrar el aire y el cielo despejado. Francis, que había emergido un segundo antes, se apartaba el pelo de la cara. Cuando se encontraron, una amplia sonrisa se propagó por sus rostros. Francis alzó las manos y Antonio no sólo chocó risueño, también las agarró mientras vitoreaba por la hazaña. En el agua, mientras ignoraban las quejas que les llovían desde La Palomera, Antonio y Francis se abrazaron borrachos de euforia.
Empapados y risueños, recorrieron el sendero de regreso charlando a viva voz de la proeza que acababan de acometer. Detrás, sus pisadas se perdían entre las de otras tantas personas. Francis le dio un suave codazo y señaló a Gilberto y Pedro. Disfrutaban del sol bocabajo sobre la toalla. No tuvieron que intercambiar más que una endiablada sonrisa, Antonio se encargó de Gilberto y Francis de Pedro. Sus alaridos se convirtieron en uno y la gente a su alrededor los observó.
Entre risas, Francis y Antonio decidieron recuperar cada uno su lugar en la toalla mientras el resto maldecía a viva voz. Más tarde, sus amigos, agotados después de la décima reinterpretación del salto desde la Palomera, se retiraron a sus casas. Antonio se quedó a solas con Francis.
—Bueno... ¿Te están esperando en casa? Podemos ir a dar una vuelta si te apetece —propuso Francis mirando sus propios pies.
Algo en su postura enterneció a Antonio, que asintió y se puso al hombro la bolsa de tela con su toalla. El paseo bordeaba la costa que iba desde la Palomera hasta el Puerto. En ese trecho se concentraban a ambos lados pintorescos comercios. Estaban desde las habituales tiendas de moda hasta los bares y heladerías que servían una gran variedad de comida. Se sentaron en la conocida heladería Venezia y se metieron entre pecho y espalda una copa de helado. Mientras la devoraban, conversaron sobre los estudios y los amigos que tenían cada uno en su ciudad.
En compañía de Francis las horas no pasaban. Podían estar hablando de su carrera, su futuro y de repente saltar a contar chistes o chismes incluso sobre personas que no conocían. Cuando se quisieron dar cuenta, el sol empezaba a caer y Francis, como muchas otras veces, propuso ir a su casa. Tenían un acogedor balcón desde el cual se veía la rotonda y la costa. Allí habían cenado en otras ocasiones que Antonio había visitado Blanes. Pasaban allí las horas hasta que se hacía demasiado tarde y Antonio recorría los pocos metros que lo separaban de casa de su tía corriendo.
En cuanto pisó la casa de los Bonnefoy, no sólo el hermano, Robert, lo recibió con los brazos abiertos, la madre lo abrazó con la intensidad similar a la de la suya y le hizo una avalancha de preguntas dignas de un policía criminalista. Después, con la bondad de una santa, les preparó una cena que entre los dos trasladaron a la mesa redonda de metal.
—Siempre se me olvida lo bien que cocina tu madre hasta que vuelvo a estar en este balcón —admitió Antonio con una sonrisa amplia. No perdía el tiempo e iba llenando su tenedor. Sería un delito dejar que se enfriara. La risa de Francis, no obstante, le arrancó del plato.
—Y a mí siempre se me olvida lo que te gusta comer. Por eso la tienes encandilada. ¿Tú sabes lo que es tener que competir contra ti? Mañana tendré que escucharla decir que si Antonio es un cielo, que si tiene un futuro prometedor por delante… Es difícil estar a tu altura. Lo tienes todo.
—Anda ya, exagerado. Si tienes muchas más virtudes que yo —proclamó risueño Antonio.
—¿Como cuál? Venga, regálame las orejas con unos cuantos piropos, señor Toñito. Este pobre mortal necesita que le digan cosas bonitas.
Su carcajada quedó ahogada por el ruido del bar a pie de calle. Se cruzó de brazos y acarició con la yema el borde de la copa de vino que tenía a medio beber.
—Pues... Después de estos dos años diría que cuidas aún más tu aspecto. Pareces un modelo, aunque no creo que esto te lo tenga que decir yo. ¿Cuántas chicas habrán caído a tus pies a estas alturas? Debes ser el terror del instituto.
—Unas cuantas, no lo negaré. ¿Y qué más?
Francis apoyó los codos en la mesa y se inclinó. Sus ojos azules brillaban con las débiles farolas y la luna llena plateada. Un repentino miedo sacudió de pies a cabeza a Antonio. Se le sumó un cosquilleo en el estómago. Carraspeó, echándose contra el respaldo.
—Ah, no sé... Sigues igual de sabelotodo que siempre. También pareces un líder... —se quedó atento a la expresión del rubio, que seguía pendiente de él. Gruñó y se revolvió el pelo de la patilla izquierda— No seas así, Francis. No se me dan bien estas cosas.
El rubio se rió y le palmeó un brazo. El cosquilleo del estómago no hizo más que incrementarse. ¿Por qué su corazón y su cuerpo decidían reaccionar con tanta violencia y pasión cuando estaba en presencia de su amigo? ¡Su amigo! Estaba claro que Francis no había cambiado tanto. Seguía siendo ese chico con el que se quedaba hablando hasta las tantas, con el que compartía secretos y travesuras. ¿Y por qué tenía la impresión de que todo había cambiado?
Se peinó, intentando recuperar el dominio de sus emociones y el control de la situación. Francis ponía patas arriba todo su cerebro con una facilidad insultante. Cuando su pecho se relajó y el temblor de sus manos disminuyó, se atrevió a observarle por el rabillo del ojo. Lleno de orgullo, sonriente, Francis admiraba la playa. Estaban rozando las doce y aún hacía 26 grados. Sería una noche de calor en la costa.
—Es una pena que sólo vayas a quedarte siete días. El año que viene tienes que pelear con tu padre para que deje que te quedes al menos dos semanas. Si quieres, yo mismo interpelaré por ti. Incluso mi madre, si se lo proponemos, luchará por tu custodia.
Antonio rió.
—No lo dudo. Sois capaces de formar una asociación y adoptarme entre todos. Me encantaría quedarme dos semanas con vosotros. Así que, cuando se acerque el verano que viene, más te vale que cumplas tu promesa.
Aquellas noches de verano no parecían terminar y Antonio, a la vera de Francis, deseaba que las horas no pasaran. No le importaría quedarse para siempre detenido en el tiempo en aquel enclave.
