Día 3
Cuando despertó a eso de las once de la mañana, en el teléfono tenía una montaña de mensajes pendientes de lectura. Algunos venían de parte de su familia, preguntando cómo le iban las cosas por Blanes y, además, compartiendo cosas de su día a día. También tenía algunos de sus amigos. Ellos habían conseguido madrugar y se encontraban ya de camino a la playa.
Por desgracia, aunque le encantaría dejarlo todo y correr a su encuentro, Antonio decidió que sería un detalle por su parte si echaba una mano a su tía. Al menos unas horas. Así que se vistió, desayunó y bajó a organizar la trastienda. No había demasiado que hacer, su padre lo había dejado todo niquelado antes de partir a Zaragoza. Al final, acabó en una silla al lado de su tía, con la cabeza apoyada sobre una de sus manos y el codo descansando sobre el mostrador.
—¿Hoy no vas con tus amigos? —preguntó Greta, consciente del aburrimiento que envolvía a su sobrino como una pesada manta.
—Más tarde. Me he propuesto ayudarte con la tienda. De alguna manera tengo que agradecer que dejes que me quede aquí contigo cada año.
Su tía lo observó como si hubiera dicho algo que costara comprender y eso desconcertó muchísimo a Antonio. Greta barrió con el brazo el aire frente a ellos.
—¿Ayudarme con qué? Hemos tenido clientes a primera hora y parece que la mañana va a ser aburrida. Sólo vas a estar aquí siete días. Deberías aprovechar para disfrutar todo el tiempo que puedas con tus amigos.
Antonio bajó la mirada y se mordió el labio.
—¿No pasará nada?
—¿Qué quieres que pase? —explotó en una carcajada Greta—. ¿Es que piensas que van a venir a secuestrarme si tú no estás? Cariño, estoy más que acostumbrada a lidiar con la tienda. Incluso en días peores. No te preocupes. Me parece adorable que intentes darme las gracias ayudando en la tienda o en casa, pero no me debes nada. Cada verano, tenerte aquí es una de las bendiciones más grandes que me podrías ofrecer. Así que largo, ve a jugar con tus amigos y a hablar de tonterías. Báñate en la playa. Sé un adolescente, por el amor de Dios. A este paso te convertirás en tu padre y eso sí que sería una tragedia.
Muerto de risa, Antonio cedió a los caprichos de su tía, recogió el teléfono y subió de dos en dos los escalones que llevaban al piso. No tardó en cambiarse a sus bermudas, ponerse las chancletas y meter la toalla del día anterior en la bolsa de tela. Por suerte ya estaba seca. En cuanto mandó el mensaje a sus amigos, Francis le envió una fotografía de la línea del paseo. En poco se ubicó y los encontró, echados en sus enormes toallas, hablando y riendo como si no pudieran molestar a nadie. Cuando se echó sobre la toalla, Eduardo le ofreció ir a darse un baño. Francis prefirió quedarse al sol, trabajando en ese bronceado sano del que tanto hacía gala. Pedro los acompañaría al poco, con Gilberto, que buscaba el agua no sólo para refrescarse, si no también para rehuir a los rayos del sol. La facilidad con la que se quemaba los sorprendía todavía a estas alturas.
Después de horas de agua, arena, palas y conversación banal, los chicos abandonaron la tórrida costa. Fueron hacia el barrio de Los Pinos, en busca de una frankfurtería que tenía precios asequibles para sus bolsillos vacíos. Protegidos bajo el techo de planchas, comieron frankfurt y patatas. Francis no dejaba de quejarse de la sal y la arena, a pesar de que se había duchado antes de abandonar la orilla.
Por la tarde, recién comidos, Antonio se quedó adormilado sobre la toalla. Alguien lo movió y gruñó, mientras resistía la tentación de ignorar al que fuera que estuviera interrumpiendo su idilio con Morfeo. El zarandeo persistió, así que abrió un ojo y agradeció que la sombra de Eduardo le tapara el rostro. Hubiera sido fácil quedarse ciego por la brillante tarde.
—Te vas a quemar —advirtió Eduardo.
No llegó a quejarse, el chico, corpulento y con un claro trabajo de gimnasio, le agarró de un brazo y lo ayudó a sentarse sobre la toalla. Como no lo veía por la labor, Eduardo le puso crema en la espalda. Antonio gritó ahogado por el contraste de temperatura mientras Gilberto y Francis reían por lo bajo. El olor a crema lo rodeó. Le desagradaba lo pegajoso que lo dejaba y, al mismo tiempo, aquel aroma le recordaba lo mucho que le gustaba el verano. Después de protegerse el rostro, miró a su amigo. Éste se echaba sobre su toalla y se recolocaba las gafas de sol. Eduardo era la mamá pollo del grupo. Desconcertaba mucho a cualquiera que no lo conociera, porque su apariencia corpulenta y su seriedad habitual le hacía verse como una persona hosca y poco accesible. La realidad, no obstante, era que Eduardo no podía soportar la idea de que a sus amigos les pudiera pasar algo. Cuando salían tarde por ahí, él enviaba un mensaje para comprobar si todos habían llegado a casa. Si bebían mucho, él se encargaba de quitarles la cartera y pedirles agua para que se fueran despejando. Y si tenía que ponerle crema a alguno de ellos, no se le caían los anillos.
—Mira, mira. ¿No es aquella Megan? —preguntó a media voz Pedro. Su tono acelerado advirtió a Antonio del cotilleo que se avecinaba, así que ladeó el rostro y se incorporó.
A lo lejos, una chica de cabellos castaños rubios, largos, recogidos en una coleta, se paseaba haciendo gala de un vaporoso vestido junto a sus amigas. En un momento dado, sus ojos oscuros encontraron al grupo y sus labios se curvaron en una sonrisa ladeada que buscaba derrochar sensualidad.
—¿Quién es? —preguntó Antonio. Se perdía muchas cosas durante el tiempo que no pasaba en Blanes. Era habitual que, durante sus paseos o incluso en la playa, se encontraran con gente familiar para el resto del grupo, extraños para él.
—¿Ella? ¿No se lo has contado? —Pedro entornó el rostro y enfocó a Francis. El otro con la boca torcida. Con los ojos ocultos tras las gafas de sol, su expresión aún se hacía más difícil de leer.
—Hemos estado sobreviviendo a una pandemia. Ha sido difícil mantenerlo al día de todo. Además, no pensaba que fuese de gran importancia hablar de Megan.
—¿Cómo que no? —se rió Gilberto irónico—. Y yo creyendo que ibais a acabar juntos en cualquier momento. Déjame decirte que, incluso yo, que tengo habilidad nula en estos temas, puedo darme cuenta de lo mucho que le gustas. ¿No salisteis un día juntos en febrero? Para San Valentín, ¿no?
Antonio se quedó sin palabras. Habían hablado menos en ese tiempo, eso estaba claro, pero había creído que le contaría algo tan importante como una cita en San Valentín. Francis no tenía necesidad de salir con cualquiera en una fecha tan señalada. Es decir, si lo había hecho había sido porque la chica le había llamado la atención. ¿Había tenido novia y no se lo había dicho? Le dolió aquella especie de desconfianza. ¿De dónde había salido ese muro?
—Salimos, sí, y después de eso le quise dar a entender que no tenía ganas de volver a salir con ella. Pero la señorita no ha pillado la indirecta.
—¡Puto Francis, a saber cómo se lo habrás dicho! —espetó Gilberto—. Eres capaz de pensar que la tía lo tiene que saber porque pusiste una mueca. Nunca eres directo. Se te da peor cortar que a mí ligar.
Antonio desconectó de la conversación, que pasó a ser un murmullo indistinto en su cabeza. Cierto, aquello no debería ser una novedad para él. Francis siempre había sido una persona enamoradiza, que no se conformaba fácilmente y que daba la impresión que nunca encontraría a la mujer adecuada. Como un bohemio francés, se aferraba a una versión idealizada de una mujer que, según su opinión, no podía existir.
—Tierra a Toño, ¿me reciben? —preguntó Pedro, agitando la mano frente a los ojos de Antonio.
—Sí, perdona, ¿decías? —respondió apurado. En su rostro brotó su habitual sonrisa, que no casaba con aquel frío repentino que se adueñaba de sus extremidades.
—Te preguntaba que qué tal te va a ti. ¿No hay ninguna tía que te llame en Zaragoza? Allí también deben haber y nunca mencionas nada. Venga, venga, cuéntanos. ¿Tienes novia o es que eres como Gilberto y vas a tener que pensar seriamente en ir detrás de algún tío para no morir solo?
Notó que la piel de la nuca se le ponía de gallina. ¿Novias? ¿Ir detrás de algún tío para no morir solo? La garganta se le secó y sus ojos se perdieron en el horizonte. ¿Cómo explicarles a sus amigos que hacía tiempo que no tenía novia y no levantar más preguntas? Porque sabía que, después de una bomba como esa, no podrían simplemente dejarlo correr. ¿Tendría que contarles que, desde hacía cosa de dos años, Antonio había descubierto que las chicas no le llamaban? Porque su despertar había llegado tarde, de manera muy accidentada y, de repente, pum, pandemia al canto. Si había sobrevivido a esa nueva debacle emocional sólo había sido gracias a los diversos foros por internet donde había encontrado testimonios parecidos a los suyos. ¿Por qué no les había contado nada? No sabía bien. Quizás temía decepcionarlos. Quizás le aterrorizaba que su comportamiento hacia él cambiara y nunca volviera a ser el mismo.
—Yo… —empezó, colapsado.
Le daba la impresión de que la playa se había quedado sin aire, que el sol no calentaba, que el mar se había retirado y se acercaba un tsunami. No ayudaba que Pedro siguiera preguntando, sin control, como un investigador de primera. Alzó la mirada vidriosa, abrió la boca y entonces vio que Francis se ponía al lado de Pedro y le agarraba la cabeza con una mano.
—Dejadlo de una santa vez. Cuando tenga pareja, Antonio nos lo va a contar. ¿Creeis que os ocultaría algo tan importante? Puedo recordar más de una ocasión en la que nos ha contado cosas que ninguno hubiera contado al resto.
—Verdad. Algunas historias aún me persiguen en mis pesadillas —concedió Gilberto, asintiendo con los ojos cerrados y de brazos cruzados.
—Tienes una mente muy delicada —comentó Eduardo.
La conversación subió de volumen y se engalanó con risas juveniles. Gilberto trataba de avasallar a un Eduardo que estaba preparado para parar un tren con sus manos desnudas. Hacía falta mucho más que eso para sacarlo de sus casillas. Sin embargo, todo aquello quedaba lejos de Antonio. Los oídos le pitaban, las manos le sudaban y la presión en el pecho no disminuía. Sentía la mirada de Francis clavada en él, aunque no sabía que encontraría en aquel océano. Le asustaba la perspectiva de ver en ellos emociones negativas: desprecio, desencanto, traición. El fantasma de unas lágrimas que querían aparecer hacía que le ardieran los ojos. Sin decir nada, se levantó de la toalla, corrió hacia el agua y se metió de golpe. Ni el brusco contraste de la temperatura logró sosegarle de inmediato. Respiró hondo y miró al cielo despejado. Por un momento había creído que se le caería encima, junto al secreto que arrastraba a diario.
Al rato, cuando estaba nadando bordeando la costa, como si la vida le fuera en ello, Eduardo se le unió. No hizo preguntas a pesar de que su mirada demostraba que entendía que algo le había ocurrido. Con el paso de los minutos, Antonio consiguió salir de su caparazón y volvió a ser él mismo. Acabaron todos en el agua, compitiendo en carreras que iban desde una sombrilla azul a rayas hasta otra roja.
A las siete, con el sol besando el horizonte, decidieron abandonar la playa. Ignorando sus responsabilidades, se negaron a separarse y recorrieron el paseo, charlando de videojuegos. Cerca de la heladería Venezia, el grupo se emocionó con la idea de comprar un helado. Daba igual que la cena no estuviera tan lejos, el estómago de postres reclamaba un sacrificio.
Antonio se desapuntó: desde el momento de tensión en la playa, tenía el estómago flojo y temía que el frío lo descompusiera. Francis tampoco quiso, alegaba que tenía una figura que mantener. El resto del grupo cruzó la carretera y Antonio y Francis, el uno al lado del otro, examinaban al corrillo. En el estómago del castaño brotó un deseo que si bien le ponía nervioso, pronto se convirtió en una necesidad.
—Quiero darte las gracias por lo de antes, Fran.
—¿Eh? ¿Lo de antes? Oh, ya. No me las tienes que dar. A veces se ponen muy pesados, hasta rozar la obsesión. No se dan cuenta de lo mucho que pueden molestar.
—Bueno, igualmente te las quería dar.
Para Francis quizás aquello no había sido nada. Una obra de caridad, una mano que protegía a un cachorro abandonado de la lluvia, pero para Antonio había sido muy importante. Se había encontrado al borde de la parte más alta de la Palomera, con nada más que el océano a unos metros. Francis lo había agarrado y le había impedido caer. Sabía que en algún momento tendría que saltar y que la caída picaría, pero todavía no estaba preparado.
—No dejes que te afecte. Ignórales —dijo de repente Francis.
Antonio entornó el rostro, sorprendido. ¿Quizás había podido leer aquel velo de tristeza que lo envolvía como un luto? Sus ojos verdes rehuyeron la determinación que ensombrecía la expresión de Francis. Los labios de Antonio encontraron la sonrisa, la sacaron del baúl y trataron de darle significado. Él había provocado aquella expresión en Francis, él debía suavizarla. Aquel peso no le pertenecía. No podía ponerle esa cadena al tobillo para aligerar su carga. No podía ser tan egoísta aunque lo deseara con todas sus fuerzas.
—Estoy bien, de verdad. Sólo estoy cansado.
Le sorprendió la mano que rodeó una de sus muñecas, el tirón que le obligó a dar un paso hacia Francis, aquella expresión que enturbiaba el rostro del rubio. Parecía rabia, parecía desesperación, parecía tristeza. No la comprendía.
—Deja de mentir. Nos conocemos de toda la vida. Da igual lo que opinemos, cualquiera de nosotros, no dejes que nada de eso te oprima. Puedes ser lo que tú quieras y nada de eso hará que nos importes menos. Te lo prometo. Seas quien seas, o cómo seas, no me apartaré de ti.
—¡Francis, tienen horchata! ¿Seguro que no quieres? —preguntó la voz de Pedro aproximándose a ellos.
La mano de Francis lo abandonó y él, a punto de explotar, se dio la vuelta y caminó unos pasos hacia la playa. Sus manos volaron a secar unos ojos húmedos y apretó los labios para contener los sollozos que se enredaban en un insoportable nudo en su garganta. Las palabras de Francis seguían resonando en su cabeza. Algo que no creyó necesitar y que le había liberado. Aunque fuese gay, Francis no dejaría de ser su amigo. Y era muy probable que aquello se aplicara al resto del grupo. Ser gay no era ningún delito.
Y, aún así, una parte de él no podía evitar sentirse culpable. El latido acelerado en su pecho pesaba como si hubiera roto el cristal de una iglesia. Había mancillado un terreno sagrado: la amistad. Porque si bien sus ojos alguna vez habían encontrado en Francis un lugar en el que disfrutar, ahora aquello había ido más allá.
