Esta historia ya está terminada, así que habrá actualizaciones constantes para poder tener todos los capítulos de este fic por aquí.
Gracias por leer y nos veremos después.
Bendito sea el primer amor uwu.
Sensei.
La línea entre lo moral y lo inmoral era muy delgada y fácil de romper.
Todo el mundo estaba susceptible, al menos una vez, a cometer una locura. Dos por mucho, pero la locura que estaba por hacer en esos momentos Sakurai Ryou estaba rayando a lo incorrecto. Iba en contra de lo que sus padres le instruyeron desde pequeño.
Razón suficiente para sentirse mal por sí mismo ahora.
Pero en el amor y la guerra todo el posible ¿cierto?
Aún si eso metía en más de un problema a quien le rodeaba ¿verdad?
Para situaciones drásticas -y confesiones del más puro amor nacido de un inocente adolescente- eran necesarias medidas desesperadas.
Solo esperaba estar haciendo lo correcto.
Sakurai Ryou se separó rápidamente de la otra persona que lo acompañaba en el enorme salón de música. Ambos solos en la escuela, sin que hubiera testigos de lo hizo el menor de los individuos.
Un notorio sonrojo iluminó las pálidas mejillas del bajito castaño. Estaba parado a un lado del enorme piano que había en el salón en espera de una reprimenda -y en caso de ser peor, un golpe- del hombre diez años mayor que él. El hombre que aún estaba en shock al igual que el por lo que hizo sentado en el banquillo del mencionado instrumento.
En ese momento quería que la tierra se abriera y tragara sin miramiento alguno.
El hombre que respondía a aquel estado se llama Aomine Daiki, maestro de gimnasio, coordinador de los equipos deportivos y culturales de la preparatoria Too y en sus ratos libres, maestro de música clásica.
Un hobby algo contradictorio a su personalidad impulsiva y atrevida.
Bien dicen que la música era capaz de tranquilizar a cualquier bestia salvaje.
Él era la prueba.
Los ojos zafiros del alto moreno quien era su profesor le vieron fijamente. Sintió que su alma se fue en esos momentos. Quería llorar, encerrarse en su habitación y fingir que esto nunca pasó.
¿Así de humillante era el primer amor?
Si es así, no quería volver a experimentarlo jamás.
-Ryou- al fin hablo Aomine saliendo del shock inicial en él estaba, se acercó al castaño invadiendo su espacio personal. Ryou cerró los ojos esperando un golpe o mínimo ser apartado del camino del mayor, pero nada de eso pasó. Al contrario, una caricia en sus cabellos castaños por parte del mayor hizo que abriera los ojos para encontrarse con los ojos de Aomine Daiki viéndole fijamente directamente hacia él. Nadie lo preparo para ser ahora quien recibiera un beso igual de delicado y suave por parte de Aomine como el que él le dio hace unos minutos. Ahora era él quien estaba en shock -fresa-
-¿Eh?- murmuró confundido el menor viendo a Aomine.
-Tus labios- explicó el mayor aún con su mano en la cabeza del castaño, acaricio con el pulgar de la otra mano los labios suaves y húmedos de Ryou -tus labios saben a fresa. Son deliciosos- volvió a acercar su rostro al del pequeño castaño y beso nuevamente sus labios para vergüenza y anhelo del castaño.
¿Eso quiere decir que...?
-Sigue usando ese humectante de labios, de ahora en adelante será mi favorito- ordenó el mayor quitando su mano de la cabeza del castaño y ahora acariciando sus regordetas y rojas mejillas. Un par de lágrimas rodaron por el rostro de Ryou, Aomine sonrió suavemente y limpio delicadamente el rostro del castaño. Demonios, era jodidamente tierno ese niño -te voy a enseñar a besar. Es bueno saber que yo tuve tu primer beso pero si queremos que esto funcione debemos practicar más Ryou, debes de seguir mi ritmo-
-¿Ritmo?-
Aomine se rió a cuestas de la inocencia del castaño, dios, se sentía un jodido pedófilo por eso.
-Ya lo verás- respondió Aomine alejándose del menor -te veo mañana aquí. No llegues tarde Ryou- beso la mejilla del castaño y salió del salón en silencio dejando a un avergonzado y feliz castaño.
Sus sentimientos eran correspondidos. No podía estar más alegre que ahora.
Mientras eso pasaba con el castaño Aomine caminaba despreocupadamente por los pasillos vacíos de la preparatoria con un suave sonrojo en sus mejillas morenas. Una sonrisa se formó en sus labios.
Ese niño era...
Era putamente adorable.
-Y nada me haría más feliz que apropiarme de su corazón enteramente- abandono las instalaciones aún sin quitar su sonrisa en su rostro.
Por ese niño, por mancillar y corromperlo valía la pena ir a prisión.
