Víspera de Samhain
El amanecer encontró a Draco y Harry despiertos, tumbados juntos en la cama de Draco. Solo sus manos, con los dedos entrelazados, se tocaban. El pulgar de Draco trazaba círculos perezosos sobre la piel de Harry, que tenía la mirada perdida entre los cristales de la lámpara de araña.
— ¿Quieres volver a repasarlo? —le preguntó, girándose de lado para, con la mano libre, acariciarle la mandíbula sin afeitar.
— Creo que eres tú el que lo necesita —respondió Harry, suavemente burlón.
— Bueno, — Apartó la mano, un poco molesto— vamos a contactar con el otro lado y pedirles que te libren del horrocrux a cambio de tu sangre. Permíteme que esté preocupado, hasta tú puedes sentir que conforme se acerca Samhain en esta casa están los espíritus más revueltos. No me gustaría tener que enfrentarme a los de tus abuelos, por ejemplo.
— Para eso está la piedra, Draco.
— La piedra que solo sabemos como funciona por un libro que teoriza nada más.
Harry se giró también hacia él y enredó sus piernas.
— Hemos estudiado el ritual mil veces. Los tres estaréis conmigo y confío plenamente en vosotros. Habéis hecho litros de poción reponedora de sangre.
Pero Draco no se relajó. Exhaló un montón de aire, cerró los ojos y unió sus frentes.
— No puedo parar de pensar que va a aparecer también el espíritu de Severus y nos va a reprochar no haber ido a rescatarlo.
— Mañana. Está todo listo, Draco.
— ¿Aún estamos a tiempo de huir? hice búsquedas, ¿sabes? de lugares donde podríamos escondernos, lejos. Ahora mismo la Patagonia me resulta atractiva.
La risa de Harry le hizo abrir los ojos. Estaba cerca, muy cerca, tanto que podía distinguir las vetas claras en sus ojos verdes, tanto que hizo temblar su resolución de no besarle. Lo siguió con la mirada mientras Harry se apartaba un poco y trasteaba en su cuello, sacando con dificultad la cadena y el anillo que colgaba de ella.
— Hace dieciocho años, un día como hoy mi padre James ayudó a mi padre Regulus a hacer su primer patronus. Y le regaló este anillo como promesa de que todo acabaría y estarían juntos para siempre.
— Potter, no… —Le cortó Draco, sujetándolo por la muñeca.
— Escúchame solo un momento, por favor. —Puso su otra mano sobre la de Draco, que dio un respingo al sentir el cosquilleo de su magia— No voy a hacerlo, no te haré promesas que los dos sabemos que quizá no pueda cumplir. Regulus me lo dio con el deseo de que nos traiga buena fortuna, a mí y a la persona que elija para vivir mi vida. Solo quiero que sepas que me comprometo a luchar con todo lo que tengo por vivir esa vida contigo.
Draco tragó ruidosamente. A continuación, sacó la varita de debajo de la almohada y, con toda la firmeza que pudo, dijo las palabras que nunca había intentado pronunciar.
—Expecto patronum.
De su varita salió un dragón. No cualquier dragón, un colacuerno húngaro, que revoloteó torpe por la habitación como si acabara de salir del huevo. Harry le imitó y ambos vieron emerger una dragona que de inmediato comenzó a perseguir al dragón de Draco.
— Estás obsesionado conmigo, Potter —trató de bromear con la voz tomada por la emoción—, así me perseguías por los pasillos.
— Bueno, eso no lo puedo negar. Me alegra que sea mutuo.
— Siempre —susurró Draco, abrazándose a su pecho.
Tras estudiar los cinco libros, los cuatro habitantes de Grimmauld Place habían llegado a varias estudiosos celtas mantenían que el poder de Samhain era, tal y como había afirmado Regulus tiempo atrás, una energía que iba en aumento los días previos. Esa energía incluía la cercanía a las almas que estaban al otro lado, algo que era clave para su plan: iban a hacer un ritual en el que pedirían, a cambio de un sacrificio de sangre, que sus seres queridos al otro lado se llevaran el pedazo de alma de Voldemort en el interior de Harry. La piedra de la resurrección ayudaría además para evitar espíritus hostiles.
Igualmente, a pesar de haberse preparado a fondo, también Regulus estaba tenso y nervioso y seguía revisando libros compulsivamente en la biblioteca.
— Papá.
Levantó la mirada. Por las ventanas ya no entraba luz, señal de que la hora del ritual estaba ya muy próxima. Enderezó la espalda y trató de sonreir a su hijo.
— Dime.
— ¿No quieres té?
— No creo que me entre nada en el cuerpo ahora mismo.
Harry entró en la biblioteca y se apoyó en la mesa en la que tenía los libros extendidos. Desde ese ángulo, el parecido con James era estremecedor.
— ¿Has pensado qué le vas a decir?
— ¿A quién?
— A James. Sé que va a ser él la persona que aparezca.
— No puedes estar seguro de eso, Harry.
El chico se encogió de hombros y una media sonrisa Black apareció en su cara.
— Simplemente lo sé.
Regulus negó con la cabeza y se puso de pie, estirando la espalda.
— Necesito mantenerme concentrado, no puedo permitirme pensar en eso.
— Va a ir bien. Ellos no me harán daño, murieron por mí.
Estirando la mano, Regulus acarició el cabello revuelto.
— Estoy tan orgulloso de ser tu padre, Harry.
— ¿Incluso de mis elecciones? —cuestionó el joven, mordiéndose un poco el labio inferior.
— Oh, vamos, llevo meses intentando que me hables de él —respondió un poco divertido, chocando sus hombros—. Solo tened cuidado, ¿vale? no quiero ser abuelo tan pronto.
— ¡Papá! —protestó sonrojado, enderezándose.
— ¿Qué? yo también he sido adolescente en una guerra, se hacen locuras cuando uno cree que está en peligro de morir. ¿Necesitas una charla de anticonceptivos?
— Por dios, no. Ni tan siquiera nos hemos besado.
Una de las cejas oscuras de su padre se alzó y Harry se vio en la obligación de explicar.
— Ha dicho que no quiere besarme antes de que todo esto se solucione. Yo… le he hablado mucho de vosotros, no quiere ser una persona destrozada si esto acaba en tragedia.
Regulus volvió a estirar la mano y enredó los dedos en el cabello oscuro de su hijo.
— Puedo entenderlo, aunque no creo que un beso cambie eso. ¿Entonces por las noches realmente dormís?
— Hablamos, mucho. Pero no, no nos quitamos la ropa, todo muy puro y virginal.
— Oh. Bueno, te daré la charla entonces cuando todo esto acabe y se levante el veto.
Harry no respondió, solo lo cogió del brazo para arrastrarlo a la cocina a tomar el té, aunque también su estómago estaba cerrado. Decidió que, tal y como le había prometido a Draco, se aferraría a pensar en todo lo que haría cuando se viera libre de la carga de ser el arma por la que se peleaban dos ejércitos.
Habían elegido para realizar el ritual el sótano. Por una cuestión práctica, era la única habitación cuyo suelo era directamente de tierra. Narcissa, que había estado leyendo varios libros de rituales, sugirió que era bueno el contacto con la tierra y la posibilidad de que la sangre fuera a ella, así que Harry estaba tumbado con solamente un pantalón corto en el suelo de tierra aprisionada, con los brazos y las piernas extendidos, tratando de no temblar.
A su alrededor parpadeaba un círculo de velas y el aire se estaba llenando del olor a varias hierbas quemadas que ocultaba el de la sangre que fluía por los cortes que tenía en los brazos y piernas. Casi era mejor que el humo y la falta de sus gafas le impidiera ver la expresión de Draco en ese momento.
— ¿Preparado? —preguntó Regulus, en cuclillas junto a él.
— Hazla girar —solicitó con voz ronca.
Regulus se irguió y Narcissa le puso la piedra en la palma de la mano. Tras intercambiar una mirada con ella y con Draco, tomó aire y la giró en su mano. Las velas revolotearon un momento y al volver a alzar la vista, había un grupo de figuras traslúcidas a los pies de Harry. El corazón le dio un giro al descubrir a James en primera fila, mirándolo con el ceño fruncido.
— ¿Qué le hacéis a mi hijo? —le cuestionó, claramente confundido por la presencia de Draco y Narcissa.
Necesitó tragar saliva un par de veces para ser capaz de hablar, siguiendo los pasos del ritual.
— Os hemos convocado aquí porque sois los espíritus benefactores de Harry. Necesita vuestra ayuda.
— ¿Qué es lo que tiene? —intervino Lily, sus perspicaces ojos fijos en el muchacho— siento una presencia hostil en él.
— Es un horrocrux.
La voz que intervino dejó callado a Regulus. Euphemia Potter se había adelantado hasta ponerse en el lateral de Harry, junto a otra presencia rubia con la que no contaba.
— Puedo sentirlo —insistió Pandora, estirando hacia él las manos con las palmas abiertas— hay un trozo de alma de Voldemort en él.
Los espíritus murmuraron. Regulus distinguió entre ellos a Sirius y a Fleamont, los demás eran claramente antepasados Potter. Volvió a mirar a James.
— Él os entrega su sangre como pago por librarle de este mal —prosiguió con las frases del ritual.
El espectro de Fleamont apoyó su mano en el hombro de su hijo y casi pudo recordar como era ese tacto.
— No necesitamos su sangre —Con un gesto de Euphemia, las heridas se cerraron— porque nosotros somos su sangre y James ya la derramó en su nombre al morir.
— Esto va a doler —avisó Lily, que se había colocado junto a Pandora— quizá queráis coger su mano.
La mirada que le echó a Draco fue tan fiera, que el muchacho se apresuró a obedecer. Se agachó junto a Harry, pálido como si también hubiera derramado su sangre, y agarró su mano entre las dos suyas con fuerza.
El grito que salió de Harry no fue humano. Seguramente Regulus lo recordaría para siempre, aunque la mayoría del tiempo su mirada estuvo en James, confiado en el trabajo de los tres espíritus femeninos. Sería Draco el que tendría pesadillas durante mucho tiempo por el recuerdo de Harry vibrando sobre el suelo, con los ojos en blanco y una desagradable baba negra saliendo de la boca. Y sus gritos, agudos como chirridos.
Fueron menos de cinco minutos, pero resultó eterno para el joven, que casi se desplomó sobre Harry cuando por fin terminó y pudo abrazar su cuerpo inconsciente. Las tres mujeres se alejaron de él, sosteniendo entre sus manos varias bolas de energía de color oscuro.
— Llevaremos esto al lugar que le corresponde. Cuidad de él, por favor —se despidió Lily antes de desaparecer.
Los demás espectros la siguieron, salvo James y Sirius. Narcissa retrocedió un par de pasos, porque sintió que era un momento para que los tres hombres estuvieran a solas, pero en realidad Sirius se dirigió en primer lugar hacia ella.
— Hola, prima —le saludó con su voz rasposa.
— Hola primo.
— Lo has hecho bien, pero el efecto de la piedra terminará rápido y es posible que tras nosotros lleguen personas menos agradables. Debéis terminar y salir de aquí cuanto antes, la sangre les está atrayendo. Sella la habitación, se quedarán atrapados por la tierra y la sangre.
Narcissa asintió hacia él.
— Gracias por el aviso. Y lo siento.
— Yo también. Cuida de ellos, ¿vale?
Ella asintió de nuevo, con los ojos aguados porque su primo, antes de alejarse hacia Regulus, le tiró un beso como hacía cuando eran niños.
Parpadeó varias veces para recomponerse y se movió rápidamente, apagando velas y desvaneciendo directamente los montones de hierbas. Podía sentirlos cerca, las oscuras presencias de sus antepasados, ligadas a la tierra y a la casa.
— Tenemos que sacar a Harry de aquí, Draco —le urgió, agachándose junto a él.
Su hijo solo asintió y sacó la varita para, entre los dos, mover con cuidado hasta su habitación al muchacho inconsciente.
— Regulus, debemos irnos— le urgió también.
Pero su primo estaba congelado, sin poder despegar los ojos de James y a ella se le rompió el corazón por obligarlos a despedirse de nuevo.
— Regulus, por favor, vamos arriba. Harry necesita cuidados —le recordó, tirándole de la manga.
— Ve, Narcissa, yo subo enseguida.
Ella apretó los labios y miró a los dos espectros antes de salir del sótano apresurada.
— Hermano, —Sirius se acercó a él— tiene razón, debes salir de aquí. Y debes deshacerte de la piedra, es peligrosa.
— ¿Ahora eres la voz de la razón, hermano?
Sirius se encogió de hombros.
— Me creas o no, me preocupo por ti.
Regulus le ignoró para volver a mirar a James.
— Harry me ha preguntado hoy si tenía pensado qué iba a decirte. Lo siento. Te echo de menos tanto que creo que podría romperme por la mitad a cada paso sino fuera por Harry. Y te quiero, eso es todo lo que puedo decirte.
El espíritu de James se acercó tanto que Regulus pudo sentir su frío.
— Mañana estaremos a vuestro alrededor aunque no podais vernos. Vais bien encaminados, Reggie. Te amo, os amo a los dos. Ahora ve.
Con lágrimas cayendo por las mejillas, Regulus se guardó la piedra en el bolsillo y corrió fuera del sótano justo en el momento en el que de la tierra comenzaban a brotar los espectros de los otros muertos Black.
Harry abrió los ojos un par de horas después. Con esfuerzo, porque le pesaban, trató de enfocar a su alrededor.
— Espera.
Las manos suaves de su padre le colocaron con cuidado las gafas. Eso le permitió ver su rostro hinchado, con los ojos enrojecidos.
— ¿Ha ido mal?
— No, no, —Trató de sonreírle Regulus— creemos que ha ido bien. ¿No recuerdas?
— Recuerdo solo el olor de las hierbas. Y dolor, mucho dolor.
Draco apareció en su rango de visión, pálido y serio, con una poción en la mano. Le pasó la mano por la nuca y lo alzó con cuidado
— Bebe. Te has destrozado la laringe.
Obedeció, abrió la boca y tragó despacio, porque efectivamente le ardía la garganta. Buscó la mirada de Draco, pero parecía que él estaba decidido a rehuirle y eso casi dolía más que las consecuencias del ritual.
— ¿Qué ha pasado?
— Intenta hablar pársel —le solicitó Regulus, sentándose en el borde de su cama.
— ¿Qué? —cuestionó confuso.
— Como prueba.
Cerró los ojos e intentó concentrarse, recordar las veces que había hablado con las serpientes en el pasado. Visionó la gran serpiente en el zoo, pero no pudo recordar sus palabras. Tampoco el significado de la contraseña para entrar a la cámara secreta.
— No me sale. Pero estoy muy cansado —consiguió murmurar mientras intentaba abrir los ojos que le pesaban cada vez más. .
— Ve a descansar, tío, yo me quedo con él.
Sintió como su padre besaba su frente y salía de la habitación. Y la cálida presencia de Draco tumbándose junto a él.
— Aparecieron tus padres y tus abuelos. Y Sirius y una mujer rubia que supongo que era la madre de Lovegood —le explicó casi al oído a la par que le pasaba los dedos suavemente por el cabello enredado por el sudor.
Quiso responder, quiso preguntar por Regulus y James, pero el sopor le pudo y volvió a dormir.
Le enredó un sueño confuso, en el que podía ver figuras transparentes girando a su alrededor. Figuras que le hablaban y a las que no podía entender. Algunas eran oscuras, sabía que eran pura maldad, otras brillaban con luz blanca, pero no conseguía identificar ninguna cara, el remolino se movía demasiado rápido.
— Harry, escúchame, Harry. Está vivo, Severus está vivo. Dumbledore sabe dónde, tenéis que rescatarlo. Y no te separes de Draco.
Esas palabras fueron lo único que pudo distinguir en el sueño, un murmullo insistente que sabía que pertenecía a su madre.
— Fue horrible verte así.
La voz de Draco en su oído le ayudó a luchar por salir del sueño. Y sus dedos todavía entre sus mechones.
— He visto antes personas torturadas. Crucios sobre todo, se retuercen de maneras imposibles. Yo mismo, con elsectumsempra. Pero tú, como si te estuvieran atravesando mil crucios, te juro Harry que creo que no he respirado en esos minutos.
— Te habrías desmayado —atinó a murmurar, entreabriendo un ojo.
— Hablo en serio. —Le golpeó suavemente en lo alto del brazo— Realmente soy un cobarde, lo de la torre no fue algo aislado. El dolor me asusta.
Harry parpadeó para despejarse. Al nombrar elsectumsemprale vino a la memoria lo que había descubierto sobre ese día.
— Te vi en los recuerdos de Snape. Le pedías que te dejara morir.
— No lo recuerdo exactamente. Pero tampoco tenía muchas razones para querer vivir en ese momento.
— Tu madre.
— ¿Qué? —inquirió Draco, desorientado por el gesto intenso en la cara de Harry, que además le había sujetado por la muñeca y apretaba con fuerza inesperada.
— Si me pasa algo, sigue por tu madre.
— No te creas tan importante.
Pero la mirada de Harry, limpia y abierta, le hizo callar. La sostuvo y finalmente asintió, luego escondió la cara en su hombro.
— ¿Viste entonces a mis padres? —preguntó al cabo de unos minutos.
Draco frotó la cara contra su hombro, sintiendo la calidez del pijama grueso con el que lo habían vestido tras sacarle del sótano. Luego se incorporó y se sentó en la cama junto a él, con las piernas cruzadas.
— Yo… sí, un momento antes de que todo comenzara. Tu madre es… enérgica. Me dijo que te cogiera la mano y después ya solo podía mirarte a ti.
— ¿Y Regulus?
— Cuando te sacábamos, él y James... tenías razón, esa manera de mirarse es… pobre Severus, no tiene nada que hacer.
— ¿Lo sabes? —Harry se incorporó sobre los codos sorprendido.
— Lo conozco. Mucho mejor de lo que él cree. Solo lo he visto desmoronarse por Regulus. Por mucho que pueda creer que te debe algo, en el fondo lo hace por él.
— Lo sé, lo vimos en sus recuerdos.
— ¿En serio? eso no es bueno. Solo haría algo así…
— … si fuera una nota de despedida. Lo sé, y Regulus también.
Con una mueca de pena, Draco se estiró para coger una de las manos morenas y entrelazar sus dedos, sin mirarle.
— Cuando era pequeño… yo soñaba con que él fuera mi padre, ¿sabes? que mi madre y él se enamoraran y los tres nos fuéramos a vivir lejos.
— ¿Por qué? —cuestionó Harry con suavidad.
— Para mi padre solo existía su apellido y su posición. Nosotros éramos accesorios para lucir nada más. Severus era quien estaba conmigo. Él me enseñó a leer y a hacer pociones. Y a querer a mi madre por encima de todas las cosas. Por eso yo pensaba que se enamorarían. Cosas de niños.
— He soñado con mi madre que me decía que está vivo, que vayamos a por él. Y que no me separe de ti.
— Tengo miedo —confesó Draco, mirándolo por fin, los ojos grises brillantes y asustados—. No pensaba ser capaz de decir eso en voz alta.
— Yo también. Pero también alivio, porque lo que sea que pase, mañana habrá terminado.
— No sé si mañana estarás en condiciones de moverte. Ni de hacer magia, la verdad. Duerme —le instó, empujando sus hombros contra la cama para que volviera a tumbarse.
— ¿Me abrazarás? Seguro que eso ayuda a recargar.
— Parece mentira que hayas llegado hasta sexto curso con esas creencias sobre la magia —gruñó.
— Idiota.
— Calla y duerme, cuatro ojos. Mañana tenemos que salvar el mundo.
