¡Hola a todos, queridos lectores! 🌟

Gracias por acompañarme en esta historia. Espero que estén tan emocionados como yo por este nuevo capítulo, donde finalmente llegamos a un punto clave: El inicio de la tormenta. ️ Este título no es casualidad, porque como descubrirán, las revelaciones y las decisiones de nuestros personajes están empezando a marcar un camino del que ya no podrán dar marcha atrás.

Antes de continuar, quiero recordarles que esta historia está inspirada en El Conde de Montecristo y utiliza los personajes del universo de Twilight.

Agradezco cada comentario, cada opinión y cada emoción que comparten conmigo. Ustedes son una parte vital de esta historia, y leer sus perspectivas me inspira y motiva a seguir explorando este universo. 💕


Bella POV

El día finalmente llegó, y yo lo enfrenté como había anticipado: sin haber dormido, con la angustia mordiendo cada rincón de mi cuerpo. Desde el amanecer, mi garganta ardía, resultado de las interminables náuseas de los nervios que me acosaron durante la noche. Al levantarme, lo único que logré hacer fue prepararme un té y cortar algo de fruta, esperando que el ritual cotidiano aliviara mi nerviosismo.

Tony bajó corriendo por las escaleras, lleno de energía y entusiasmo, su maleta deportiva balanceándose en su hombro.

—¡Estoy listo! —anunció mientras comenzaba a comer lo que le había preparado con una rapidez que casi me sacó una sonrisa.

Pocos minutos después, Edward llegó puntual como un reloj. Le ofrecí café y algo de fruta. Mientras le pasaba la taza, lo miré directamente a los ojos y le recordé su promesa.

—Tony va a estar bien, te lo prometo —dijo con calma.

Y, aunque solo fueran palabras, sentí cómo algo en mi interior se aquietaba. El torbellino de mi estómago cedió un poco, como si una pequeña parte de mí se permitiera creerle.

—Dijo Jacob que pasaba por ti, mamá —informó Tony de repente.

El comentario me tomó desprevenida y desee que me lo hubiera dicho antes. Por un instante, temí que la presencia de Edward y la mención de Jacob lo alteraran, pero él no demostró el más mínimo atisbo de incomodidad. Su neutralidad me recordó, una vez más, que Edward había cambiado, que quizá yo ya no ocupaba un lugar importante en su corazón. El rostro de aquella joven, con su mano en la pierna de Edward platicando con tanta confianza lleno mi mente, y a la vez el pensamiento me llevo de regreso a aquella noche en la cabaña, cuando desesperadamente me besaba y me pedía que le dijera que era suya. Sacudí la cabeza, apartando esos recuerdos antes de que me hundieran aún más.

—Ya nos tenemos que ir —dijo Edward, dejando su taza de café casi intacta y tomando un trozo de melón.

Sin pensar demasiado, rápidamente tomé su taza, la vertí en un termo, empaqué la fruta en un tupper y se los entregué. Su mirada me sorprendió: una mezcla de gratitud y algo más que no supe identificar.

—Necesitas desayunar —murmuré con suavidad, desviando la vista para evitar cualquier reacción.

También le entregué a Tony un tupper que ya había preparado para él.

—Por si te da hambre más tarde.

Ambos asintieron y se dirigieron hacia la puerta mientras el sol apenas empezaba a despuntar en el horizonte.

—Mi carrera es a las 10, mamá. No vayas a llegar tarde —me recordó Tony con una sonrisa, dándome un beso rápido en la mejilla antes de salir.

—Nunca, hijo —respondí con firmeza, mi voz temblando un poco al verlos partir juntos.

Me quedé en la puerta, observando cómo el amor de mi vida se alejaba con mi hijo. Y, por un instante, todo lo demás dejó de importar.

Jacob llegó puntualmente a las ocho y media, casi dos horas antes de la carrera de Tony, pero justo a tiempo para la inauguración programada para las nueve. Su puntualidad no era algo habitual, pero entendí que Tony probablemente le insistió. Subimos a mi camioneta y nos pusimos en marcha.

—Me dijo que llegara temprano. Ah, y me dio esto —dijo mientras extendía un boleto.

Lo tomé, sorprendida. No recordaba que se nos hubieran dado boletos. De inmediato sentí una punzada de incertidumbre.

—¿Si quedamos juntos? —preguntó Jacob, su tono inseguro.

—Creo que mi boleto se lo quedó Tony —respondí, tratando de sonar casual.

Jacob simplemente asintió, su atención desviándose mientras guardaba las manos en los bolsillos de su chaqueta.

—¿Cómo llevas lo de la empresa? —pregunté, aunque ya sabía que la situación no podía ser buena.

—Mal —contestó, sin siquiera disimular. Luego añadió—: Conseguí empleo en un restaurante de comida rápida.

Lo miré sorprendida, mis ojos probablemente reflejando más de lo que debería.

—Empacador de comida ¡¿No es divertido?! —dijo con una sonrisa amarga, llena de sarcasmo.

—¿Qué? —solté, incrédula.

—No me mires así, Bella. Mi padre me quitó todo y ahora vive amenazándome.

—¿Amenazándote con qué? —pregunté, confundida, aunque él solo hizo un gesto de desdén.

—Nada importante. ¿Cómo vas tú?

—Tuve que cerrar. Ahora estoy pensando cómo reestructurar todo.

Jacob asintió y, tras una pausa, soltó:

—Ya me llegaron los papeles de divorcio.

El tono de su voz era plano, pero su mandíbula tensa. Antes de que pudiera decir algo, continuó:

—Lo sé—dijo resignado ante las palabras que no había pronunciado, pero que seguro que sabría lo que diría "era lo mejor"— De todos modos, ya no tengo nada que puedas reclamar y tampoco tengo abogados que me puedan defender. Ya lo firmé—dijo mientras me enseñaba el folder que traía consigo y lo dejo en la guantera.

Mis ojos se abrieron con sorpresa. Ahí estaba el folder, con los papeles que indicaban que este capítulo estaba a punto de cerrarse.

—Yo tampoco tengo dinero para abogados —dije finalmente. Mis dedos temblaban ligeramente sobre el volante—. Fui a una asociación de mujeres. Tienen profesionistas voluntarios. Una chica, recién egresada, me hizo el favor. No hubiera sabido qué hacer si lo hubieras rechazado.

—Está bien, Bella —respondió Jacob, y su voz se tornó más suave—. Te estoy arrastrando en mi mala decisión de confiar en un rufián. Es lo justo. Ya que no puedo darte nada, lo mejor que puedo hacer es liberarte del todo.

Su confesión me tomó por sorpresa. El nudo en mi garganta creció, y los ojos se me llenaron de lágrimas. Era lo más dulce que Jacob había hecho por mí en mucho tiempo, pero, al mismo tiempo, era imposible ignorar por qué estábamos en esta situación.

La culpa comenzó a asomarse, pero fue rápidamente aplastada por un recuerdo: Jacob había encerrado a Edward. Lo había dejado morir en una cárcel solo para poder apropiarse de su vida.

El sentimiento de culpa desapareció tan rápido como había llegado. Lo miré fijamente, tratando de mantener la calma mientras una sensación fría se apoderaba de mí.

—Jacob, es lo mejor —dije con suavidad, aunque mi tono tenía un filo que probablemente no notó.

—Lo sé —respondió finalmente, su expresión cansada—. Bella, mi mundo se está desmoronando: tú, el negocio, mi casa… Lo único que me queda intacto es mi hijo. Ese niño ha sido mi ancla.

No pude evitar sentir una punzada de culpa. Lo observé con detenimiento mientras se frotaba las manos nerviosamente.

—No le vayas a decir que ahora empaqueto hamburguesas.

—Tony no te haría menos, Jacob. Probablemente te diría que le consigas una gratis —respondí con un intento de ligereza.

Jacob soltó una carcajada, genuina, y su risa resonó en la camioneta como un eco de tiempos más simples.

—Creo que tienes razón —admitió, sonriendo. Volvió hablar después de una pausa larga—¿Sabías que Anthony Masen es dueño de ese centro deportivo? —dijo mientras apuntaba hacia el centro que ya se alcanzaba a ver en la lejanía. Asentí— Por fin voy a verle la cara a ese bastardo, y voy a intentar hablar con él para ponerle las cosas claras y responda ante mí. —dijo con una sonrisa ladeada y con una mirada de satisfacción.

Yo, en cambio, sentí cómo el estómago volvía a revolverse. Yo sabía lo que le esperaba a nuestra llegada: la caída completa de su farsa.

Solo podía rezar que Edward cumpliera su palabra y no revelara nada frente a Tony.

El complejo deportivo era deslumbrante, un edificio moderno con paredes de vidrio que reflejaban la luz del sol y una arquitectura que parecía sacada de un sueño futurista. Las amplias instalaciones incluían varias pistas de atletismo, campos de fútbol, y un gimnasio cubierto con un techo retráctil que permitía disfrutar de la luz natural. El logotipo del centro deportivo estaba grabado en una pared de mármol, pero todavía cubierto por una lona.

Cuando llegamos, Jacob mostró su boleto, y para mi sorpresa, unos hombres lo escoltaron hasta un asiento en la primera fila, justo frente al escenario. Su nombre estaba claramente escrito en la silla. Al notar que no había ningún otro asiento etiquetado junto al suyo, Jacob alzó una ceja, pero se limitó a sentarse.

Mis ojos recorrieron el lugar hasta que encontré a Tony, sentado junto a sus compañeros, todos vestidos con uniformes impecables del nuevo complejo deportivo. Su rostro reflejaba pura emoción, aunque intentaba mantenerse sereno. Se notaba que estaba conteniendo las ganas de saltar de alegría en su asiento.

Busqué a Edward entre la multitud, pero no lo vi por ninguna parte. Esa ausencia me generó sentimientos encontrados: por un lado, me tranquilizaba, pero por otro, me llenaba de ansiedad.

Unos minutos después, Alice y Jasper llegaron, seguidos de Carlisle y Esme.

—¡Hola, queridos! —dijo Esme con una sonrisa radiante, acercándose a abrazarme.

—Hola, Esme —dije, intentando mantener la compostura, aunque mi corazón latía con fuerza.

—Bella, ¡qué gusto verte! —dijo Carlisle mientras me daba un apretón de manos. Jasper me saludó con una inclinación de cabeza y Alice, en cambio, parecía inquieta.

Sus ojos evitaban los míos, y su comportamiento nervioso hizo que mi estómago se retorciera aún más. Sentí que algo estaba a punto de suceder, algo que no estaba preparada para enfrentar.

Todos se sentaron a nuestro lado. El complejo estaba repleto, y lo que más me llamó la atención fue la cantidad de periodistas que se encontraban allí. Las cámaras y los flashes no paraban, mientras una música de fondo llenaba el lugar.

De repente, la música se detuvo, y un grupo de niños salió de un pasillo. Eran todos asiáticos, sus rostros llenos de curiosidad y emoción. Se colocaron junto al equipo de Tony, quien los miraba desconcertado, igual que todos nosotros.

Entonces, el escenario cobró vida. La chica que había visto con Edward apareció bajo las luces. Llevaba un vestido elegante, su figura radiante, y parecía completamente a gusto frente a la multitud.

—Buenos días a todos, mi nombre es "Seon-mi", co-fundadora —dijo con una voz clara y segura—. Me complace que nos puedan acompañar en este día tan especial: la inauguración de este centro deportivo.

Su mirada recorrió al público antes de continuar.

—Este centro es un sueño finalmente realizado por su creador. Un hombre que alguna vez tuvo el sueño de convertirse en un deportista olímpico, pero que, debido a las circunstancias de la vida, no pudo cumplirlo. Ahora desea que otros niños puedan alcanzar ese sueño, especialmente aquellos que enfrentan adversidades.

Se giró hacia el equipo de Tony y señaló con una mano.

—Nos acompaña el equipo local, compuesto por estos fabulosos quince chicos.

El equipo de Tony se puso de pie, recibiendo aplausos y vítores de la audiencia. Mi hijo parecía brillar bajo la atención, su sonrisa era contagiosa.

—Y aquí tenemos a otro equipo muy especial para su fundador y para mí —continuó la presentadora, señalando al grupo de niños asiáticos—. Se trata de niños que lograron salir de Corea del Norte en busca de mejores oportunidades.

Los chicos se levantaron, recibiendo un aplauso igual de cálido. Tony los observaba con fascinación.

—Nuestro fundador pasó mucho tiempo en Corea del Norte, enfrentando adversidades inimaginables. Fue encarcelado sin motivo, sobrevivió día a día, y finalmente logró escapar. Este centro es un homenaje a quienes lo ayudaron en su arduo camino. Yo soy una de esas personas.

El silencio se apoderó del lugar mientras ella hablaba con emoción.

—Al igual que estos chicos, yo también escapé de Corea del Norte. Durante nuestra travesía, él me cuidó, y yo lo cuidé. Por eso, tanto ellos como yo estaremos eternamente agradecidos.

Mis ojos se desviaron hacia Jacob, pero él parecía completamente relajado, incluso sonriente. No parecía captar el significado de las palabras de la presentadora. Por otro lado, Tony estaba absorto en el discurso, fascinado por la historia de la chica.

Yo, en cambio, sentía que mi mundo se derrumbaba. Edward había roto su promesa. Había dicho que no lo haría frente a Tony, pero aquí estaba, revelando partes de su historia ante una multitud y cámaras de televisión. Quería levantarme, tomar a mi hijo, y salir corriendo de ese lugar.

Sin embargo, mis piernas estaban paralizadas, mi corazón latía con fuerza, y los flashes de las cámaras me cegaban mientras la chica continuaba su discurso, iluminada como una heroína. Ahora entendía su cercanía con Edward. Habían sobrevivido juntos, y ella era una pieza clave en su historia.

—Cuando nuestro fundador estuvo encerrado en Corea del Norte, yo trabajaba en el equipo de limpieza de esa prisión. Aprendí inglés gracias a mi padre, quien alguna vez trabajó para el gobierno, y ese conocimiento fue lo que me permitió entablar amistad con él, una conexión que con el tiempo se convirtió en un vínculo mucho más profundo. Nos unía el deseo desesperado de salir de allí.

Conseguí su expediente, algo que él deseaba con todas sus fuerzas. Había pasado casi ocho años encerrado sin un motivo aparente, y necesitaba saber quién lo había puesto allí. Lo que descubrimos fue devastador. Nuestro fundador había sido piloto aviador del Ejército de los Estados Unidos, enviado a China para probar un prototipo de avión.

En ese momento, Jacob se levantó bruscamente de su asiento. Sin embargo, un hombre corpulento se colocó frente a él, bloqueando su camino. Con un gesto amenazante, le mostró la pistola que llevaba en el cinturón y le indicó con un movimiento de cabeza que regresara a su asiento. Jacob lo hizo, a regañadientes, lanzándome una mirada llena de confusión y furia.

—¿De qué trata todo esto? —me siseó en un susurro cargado de tensión.

—No lo sé —respondí con sinceridad, porque no tenía idea de cómo Edward planeaba llevar esto a cabo.

Jacob pareció creerme, aunque sus ojos no se apartaban del escenario.

La presentadora continuó, su tono grave:
—Pero las cosas no salieron como estaban planeadas.

En ese instante, una pantalla gigante detrás del escenario cobró vida. Se proyectaron titulares de periódicos anunciando la desaparición de Edward Cullen y Ben Cheney, acompañados por imágenes borrosas de los dos hombres.

—El único sobreviviente de aquel accidente, según las noticias, fue Jacob Black.

La sala quedó en silencio absoluto. La pantalla mostró nuevas imágenes: documentos oficiales, con fotografías de Edward, Ben y Jacob, visiblemente lastimados, tomadas en una prisión. Luego, otra foto apareció: Billy Black, estrechando la mano de hombres uniformados con trajes militares de Corea del Norte.

—Lo que nadie sabía —continuó la mujer— es que Jacob Black fue rescatado gracias a un trato negociado por su padre, Billy Black, quien logró infiltrarse y asegurar su libertad a cambio de abandonar a Edward Cullen y Ben Cheney. Ambos fueron dejados a su suerte, aun cuando se sabía que estaban vivos.

Volví la vista hacia Tony. Su rostro seguía inexpresivo, pero sus ojos permanecían fijos en la pantalla. Mi corazón latía con fuerza descontrolada. ¿Debía levantarme e ir por él? Apenas me moví cuando el mismo hombre que había sentado a Jacob me detuvo y me obligó a quedarme en mi asiento. Me di cuenta entonces de que varios agentes de seguridad rodeaban el lugar, bloqueando discretamente las salidas.

La presentadora continuó con su relato, mientras en la pantalla se mostraban imágenes de Edward y Ben en camastros, demacrados, con cabello y barbas largas, apenas reconocibles. Esme profirió un grito ahogado y se llevó la mano a la boca, mientras Carlisle la sujetaba con fuerza, claramente conmocionado.

—Edward Cullen y Ben Cheney pasaron años enfrentando torturas, hambre y desesperación. Fue gracias a la fortaleza y determinación de Edward que finalmente lograron escapar.

La imagen cambió, mostrando un video en blanco y negro de cámaras de seguridad, donde primero se ve como se sacudía el pasillo, en un terremoto, derrumbandose paredes, y se ve como Edward sale con Ben por el pasillo y luego la imagen tamalea hasta ponerse en negro completamente. Mi mente estaba paralizada, incapaz de procesar lo que veía.

—Gracias a él, muchos de nosotros estamos aquí hoy, VIVOS. Y el también está aquí, no solo para contar su verdad, sino para recuperar lo que se le arrebató, su hijo. Este centro está dedicado a su hijo.

En ese momento, el nombre "Anthony Cullen Community Sports Center" apareció en la pantalla y una cortina que mantenía oculta una parte de la pared se deslizó para poder desvelar el nombre escrito en ella. Un murmullo de asombro recorrió la sala.

Entonces, Edward apareció.

Caminó hacia el escenario con pasos firmes, vestido con un traje oscuro impecable. Su presencia era imponente, y su mirada, cargada de intensidad, recorrió el lugar hasta detenerse brevemente en Jacob.

La tensión en el auditorio era palpable cuando Edward Cullen tomó el micrófono. Su figura irradiaba una autoridad fría y cortante que hizo que todos contuvieran el aliento. Con una voz firme que resonó como un trueno, comenzó:

—Buenos días. Mi nombre es Edward Cullen. Hoy es un día especial, y me alegra que hayan podido acompañarnos en esta inauguración tan significativa.

Sus palabras eran medidas, su tono suave, pero cargado de un subtexto que hacía que cada persona en la sala sintiera un nudo en el estómago. Luego, su mirada se endureció, y una sonrisa helada se dibujó en su rostro mientras continuaba:

—Quiero dedicar un momento para agradecer a alguien muy especial que se encuentra aquí con nosotros. Mi más sincero agradecimiento a mi mejor amigo, Jacob Black.

Extendió la mano hacia Jacob con un gesto lento y deliberado, como un verdugo señalando a su víctima. Todas las cámaras se voltearon al instante, y los flashes iluminaron el rostro tenso de Jacob, quien permaneció inmóvil en su asiento, sus ojos oscuros clavados en Edward con una mezcla de desafío y temor.

Edward esperó, dejando que el silencio se apoderara del recinto. Cuando habló nuevamente, su voz se tornó glacial, cargada de una ironía punzante:

—Gracias, Jacob, por cuidarme tan bien... ocho años encerrado por ti. Gracias también por proteger tan profundamente a mi familia en mi ausencia.

El aire se cortó como si una navaja lo hubiera atravesado. Murmullos nerviosos comenzaron a surgir entre los asistentes, y algunos rostros se giraron hacia Jacob, buscando una reacción. Edward inclinó la cabeza, disfrutando cada segundo de su venganza verbal, antes de asestar el golpe final:

—No tienes nada de qué preocuparte, amigo. Todas las evidencias y la demanda correspondiente están ya en manos de la fiscalía. Estoy seguro de que encontrarán la verdad, como siempre.

El silencio que siguió fue ensordecedor. Jacob apenas parpadeaba, su mandíbula apretada en una línea dura, mientras Edward dirigía su mirada de acero hacia él un instante más, disfrutando el efecto de sus palabras. Luego, como si nada hubiera pasado, su atención volvió al público:

—Les agradezco por estar aquí. Espero que disfruten de las instalaciones y de las competencias. ¡Que comience el espectáculo!

Su última frase resonó como una sentencia.

La atmósfera en el auditorio era como una olla a presión a punto de estallar. Las palabras finales de Edward resonaban aún en el aire como un eco ineludible, cargadas de promesas de destrucción. Edward bajó el micrófono con calma, pero el caos ya se había desatado.

Jacob, con el rostro descompuesto por la rabia, se levantó de golpe de su asiento, apartando a quienes intentaron detenerlo. Sus pasos eran rápidos y decididos, el estruendo de sus botas sobre el suelo era un preludio de la tormenta.

—¡Maldito seas, Cullen! —rugió, su voz cargada de furia.

Subió al escenario como un toro enfurecido, su mirada fija en Edward. Pero antes de que pudiera alcanzarlo, los guardaespaldas de Edward reaccionaron al unísono, formándose frente a su jefe con movimientos precisos. Las armas salieron de sus fundas, apuntando directamente a Jacob.

El auditorio estalló en gritos de alarma. Algunos asistentes intentaban salir corriendo, mientras otros se quedaban petrificados en sus asientos. El sonido de las armas desenfundadas era un recordatorio aterrador de lo cerca que estaba todo de descarrilarse por completo.

—¡Bajen esas armas! —gritó Edward, alzando una mano para detener a su seguridad, su voz cortando el pánico como un cuchillo.

Jacob no se detuvo. Empujó a uno de los guardaespaldas con fuerza, mientras el otro intentaba someterlo. Su furia era incontenible, sus movimientos desesperados. Finalmente, logró zafarse y lanzarse hacia Edward, quien dio un paso atrás, evaluando la situación.

Fue rápido. Jacob le lanzó un puñetazo que Edward bloqueó con habilidad, girando para esquivar el golpe. La fuerza del impacto resonó en el micrófono cercano, amplificando el choque.

Edward lo miró con una calma que parecía desafiar la tormenta que tenía delante. Su siguiente movimiento fue calculado; un giro rápido lo colocó detrás de Jacob, sujetándolo por el brazo y llevándolo al suelo con un movimiento seco.

Jacob se retorció, intentando liberarse, pero los guardaespaldas ya estaban sobre él, sujetándolo con fuerza. El caos en la sala alcanzó su clímax.

Desde mi lugar, el corazón me latía a mil por hora. Mis ojos buscaban desesperadamente a Tony entre la multitud que intentaba escapar o acercarse para grabar con sus teléfonos. Las luces intermitentes de las cámaras y los gritos de la gente dificultaban mi concentración.

—¡Deténganse! —grité, avanzando hacia el escenario sin saber exactamente qué pretendía hacer, solo que tenía que encontrar a Tony.

Desde el suelo, Jacob aún luchaba, lanzando maldiciones entre dientes, mientras Edward lo miraba con una expresión impenetrable. La distancia entre ellos parecía un abismo imposible de cerrar, lleno de años de odio y decisiones que los habían llevado a este momento.

El peso de la situación cayó sobre mí como una avalancha.

Mis ojos buscaban desesperadamente a Tony en medio del caos. Las luces y los gritos dificultaban mi concentración, y mi corazón latía con fuerza incontrolable.

Carlisle y Esme corrían hacia el escenario, lágrimas en los ojos, extendiendo los brazos hacia Edward como si quisieran comprobar que realmente estaba allí. Alice iba tras ellos, aferrada a un Jasper igual de conmocionado, con el rostro pálido por lo que acababan de presenciar.

Sentí un vacío en el estómago. Algo no estaba bien. Mi instinto me llevó a moverme, empujando a la multitud mientras trataba de llegar a las gradas donde había visto a Tony por última vez.

—Tony… —susurré para mí misma, con la garganta seca y la mente nublada por el miedo.

Mi corazón latía desbocado. ¿Dónde estaba mi hijo? ¿Estaba a salvo? La sensación de peligro me asfixiaba, mientras me abría paso entre las personas en busca de mi mayor tesoro.

El pánico creció en mi pecho como una tormenta imparable cuando llegué a donde se suponía que Tony debía estar. Solo encontré a sus amigos, quienes se miraban entre sí, desconcertados.

—¿Dónde está Tony? —pregunté con voz quebrada, intentando mantener la calma.

—No lo hemos visto desde que empezó todo esto —dijo uno de ellos, encogiéndose de hombros.

El mundo a mi alrededor comenzó a tambalearse. Era como si el aire se volviera más denso, dificultando mi respiración. Mi mente gritaba, pero mi cuerpo parecía moverse en cámara lenta. Tenía que encontrarlo.

Saqué mi celular temblando, marcando su número con dedos torpes. Cada tono que sonaba parecía una eternidad. Y luego, la misma respuesta.

—Este es el buzón de voz de Anthony Cullen si quiere dejar un mens…..

—¡Maldita sea! —grité, sintiendo las lágrimas quemar en mis ojos mientras colgaba y volvía a intentarlo. Otra vez. Y otra. Siempre la misma respuesta.

Mi corazón golpeaba con fuerza contra mi pecho, y mi respiración se volvió errática. ¿Dónde estás, Tony? ¿Por qué no contestas?

Corrí por el lugar como una loca, apartando a las personas a mi paso, mirando cada persona que encontraba, esperando ver su rostro entre la multitud.

—¡Tony! —grité desesperada, mi voz desgarrándose. Mi garganta ardía, pero no me importaba. Tenía que seguir buscándolo.

Empujé entre la multitud mientras la gente se alejaba del escenario, murmurando sobre el espectáculo de Jacob siendo detenido. Algunos me miraban extrañados, otros simplemente se apartaban. Mis pies apenas tocaban el suelo, moviéndome impulsivamente de un lado a otro, escaneando cada rincón.

Me detuve en seco junto a una columna, apoyándome contra ella mientras intentaba recuperar el aliento. Mi cuerpo temblaba de los nervios y el miedo. Las lágrimas comenzaban a deslizarse por mis mejillas, nublándome la vista. Saqué el teléfono una vez más, marcando con manos temblorosas, pero el maldito buzón de voz volvió a responderme.

—Por favor, Tony, contéstame... —murmuré entre sollozos. Mi corazón parecía estar a punto de explotar.

De repente, vi a un guardia de seguridad me acerque a él.

—¿Está todo bien, señora? —preguntó, con voz seria pero preocupada.

—Mi hijo... no lo encuentro... Estaba aquí, pero desapareció. ¡No me responde! —le dije con rapidez, mi voz quebrándose.

El guardia asintió rápidamente, sacando su radio.

—Atención, tenemos un menor desaparecido en el complejo. Repito, un menor desaparecido. Nombre: —me acercó el radio, inmediatamente di los datos. Su tono era profesional, y me dio una pequeña chispa de esperanza.

Mientras él daba instrucciones, mi mente jugaba con los peores escenarios posibles. ¿Se habrá ido por el caos? ¿Lo habrán tomado?

No podía quedarme quieta.

—¿Puede revisar las cámaras de seguridad? —le pedí, agarrándolo del brazo.

—Ya están en eso, señora. Pero es mejor que se quede aquí para que podamos localizarlo más rápido.

Negué con la cabeza frenéticamente.

—No. Voy a seguir buscándolo. ¡No puedo quedarme de brazos cruzados! —mi voz se elevó, llena de desesperación. El guardia me miró con una mezcla de preocupación y duda, pero no intentó detenerme.

Fue entonces cuando lo vi. Edward. Apareció de repente, su rostro pálido y su expresión preocupada—Me dijeron que no encuentras a… — La furia creció dentro de mí, alimentada por el miedo y la impotencia. Antes de que pudiera controlarme, lo hice. Lo golpeé. La cachetada resonó en el aire, un sonido sordo que, por un instante, me dio algo de alivio. Esme y Carlisle se detuvieron detrás de él, sorprendidos. Yo no podía pensar en otra cosa que no fuera mi hijo.

—Me lo prometiste —le grité, mi voz rota—. ¡Me prometiste que no le dirías eso frente a Tony! ¡Hiciste un espectáculo de todo esto! Y ahora mi hijo está perdido.

Edward me miró, su rostro tenso, los ojos llenos de frustración. Su respiración se agitaba. Sabía que yo tenía razón ¿Por qué no me escuchaba?

—Tenía que saberlo —se defendió, su tono más frío de lo que me gustaría.

—Pero no de esa manera, Edward —le respondí, entre dientes, el pánico comenzando a apoderarse de mí. ¿Dónde estaba Tony? El complejo era gigantesco. ¿Dónde diablos lo habían metido?

Las voces por los altavoces comenzaron a sonar, llamando a Tony. La pantalla gigante mostró su foto, con la frase "¿Lo has visto?" como si hacer todo un espectáculo de esto me ayudara a encontrarlo. Mi ansiedad creció, mi corazón latía más rápido, y mi respiración se volvía errática.

Edward, viendo mi angustia, intentó calmarme, pero yo no podía soportarlo.
—Lo encontraré, Bella, te lo prometo, ya tengo a todo el personal buscándolo —dijo, tratando de acercarse a mí, pero yo no podía dejar que me tocara, no después de todo lo que había pasado.

Lo ignoré por completo, y salí de allí, mi mente en un torbellino, buscando a Tony por el complejo, gritando su nombre. Cada segundo me sentía más perdida, más aterrada.

Corrí hacia el estacionamiento, el corazón en la garganta. ¿Podría estar allí? Fue lo primero que me vino a la mente. Había tanto caos en el evento, tantas personas corriendo de un lado a otro. Pero, de repente, mi mirada se detuvo. Allí, en mi camioneta, estaba él.

Tony estaba allí, en el asiento del copiloto, tan quieto, tan lejano. Su mirada no estaba vacía, pero sí distante, como si se hubiera desconectado de todo lo que sucedía a su alrededor. Mi corazón se relajó un poco al verlo, pero la angustia seguía apretándome el pecho.

Me lancé hacia él, como si mi presencia pudiera devolverle algo de calma.

—Tony —dije en un susurro, abriendo la puerta con manos temblorosas.

Él levantó la cabeza lentamente, sus ojos vidriosos, pero no dijo nada. Se quedó en silencio, como si no pudiera o no quisiera enfrentar todo lo que había sucedido. Vi la tristeza en su mirada, el peso de las emociones que cargaba, y me dolió verlo así.

—Me quiero ir, mamá —dijo con la voz rota, tan baja que apenas pude oírlo.

En ese instante, todo lo demás se desvaneció. No importaba el caos del evento, ni la furia que sentía, ni el miedo que me había paralizado. Lo único que importaba era él, mi hijo, que necesitaba de mí más que nunca. Sin pensarlo dos veces, me lancé hacia él y lo abracé con toda la fuerza que pude reunir, tratando de transmitirle toda la calma y seguridad que me quedaba.

—Sí, hijo, salgamos de aquí —respondí, mi voz temblorosa, pero firme. Lo rodeé con mis brazos, sin importarme que estaba agotada, sin importarme que el mundo entero parecía estar a punto de caer sobre nosotros. Lo único que quería era sacarlo de ese lugar, de toda esa locura que lo había lastimado.

Tony se recostó contra mí, sin palabras, y por un momento el tiempo pareció detenerse.

De camino a casa, en un semáforo, con mis manos aún temblando mientras sujetaba el volante, le envié un mensaje a Esme:

"Ya encontré a Tony. Se quiere ir a casa y lo estoy llevando conmigo. Por favor, Esme, que Edward no venga. Tony necesita espacio."

La respuesta no tardó en llegar:
"No te preocupes, Bella. Hablaré con Edward. Se mantendrá alejado."

Suspiré aliviada. Lo último que quería era más confrontaciones. Tony estaba devastado, y no podía permitir que se sintiera más atrapado en este torbellino de emociones y revelaciones.

Cuando llegamos a casa, Tony bajó del coche en silencio y subió directamente a su habitación. Lo seguí, dejando mis zapatos junto a la puerta y tratando de no hacer ruido. Al entrar, lo vi acostarse en su cama, de cara al techo, inmóvil, perdido en sus pensamientos. Me acerqué y me recosté junto a él, sin decir una sola palabra. Sabía que no debía presionarlo; tenía que darle el espacio y el tiempo que necesitaba para procesar todo lo que había pasado.

El silencio se extendió entre nosotros, roto únicamente por el leve sonido de nuestra respiración. Después de un rato, su voz, suave y cargada de emociones, quebró la quietud:

—¿Jacob está bien? —preguntó, con un hilo de voz. Luego, me miró brevemente—. Vi cómo le apuntaban con las pistolas.

Mi corazón se contrajo al escuchar su tono, una mezcla de preocupación y confusión. Me apresuré a responder, intentando sonar tranquila:

—Sí, hijo, él está bien.

Asintió ligeramente, y aunque su rostro no mostró mucho, no me pasó por alto que no lo llamó "papá" como solía hacer cuando hablábamos de él. Ese pequeño cambio fue como una punzada en el pecho, una señal de lo mucho que esta experiencia lo estaba afectando.

Decidí no decir nada más y simplemente me quedé allí a su lado, acariciando su cabello con cuidado, esperando a que se sintiera listo para abrirse más si lo necesitaba.

Finalmente, después de un largo silencio, Tony rompió a llorar.

—¿Es verdad lo que dijo Edward? —preguntó con un hilo de voz, mientras las lágrimas caían en cascada por sus mejillas.

Mi corazón se encogió al verlo tan devastado. Lo abracé con fuerza y empecé a acariciar su cabello, intentando transmitirle aunque fuera una fracción de calma en medio de su tormenta.

—Sí, hijo, es verdad —respondí con suavidad, sintiendo cómo mi propia voz temblaba al confirmar lo inevitable.

—Pero... no puede ser —sollozó, enterrando su rostro en mi cuello—. Debe haber una explicación.

Su cuerpo temblaba contra el mío, y sus palabras, repetidas como un mantra, eran una mezcla de incredulidad y desesperación:

—No es cierto. Jacob no es así. No puede ser... —repetía con un hilo de voz, su rostro aún escondido en mi cuello.

Lo abracé con fuerza, acariciando su cabello con ternura mientras sus lágrimas empapaban mi blusa. No intenté calmarlo con palabras; sabía que nada que dijera podría aliviar el dolor que estaba sintiendo.

Así pasamos toda la mañana. Su llanto se convirtió en un eco constante en la casa, y mi único papel era sostenerlo, estar ahí para él. Mi corazón se rompía un poco más con cada sollozo, pero no podía permitirme caer. Tony me necesitaba, y aunque mi propio mundo se tambaleaba, debía ser su refugio.

Finalmente, cerca del mediodía, su cuerpo comenzó a ceder al agotamiento. Sus sollozos se hicieron más espaciados, su respiración más tranquila. Lo vi quedarse dormido, con los ojos hinchados y los cachetes aún húmedos por tantas lágrimas.

Me quedé a su lado, acariciando suavemente su cabello mientras miraba su rostro. La calma que el sueño le había otorgado era frágil, pero al menos por un momento estaba en paz. Yo, sin embargo, no podía relajarme. Sabía que este era solo el comienzo.


Gracias por acompañarme en este viaje y por compartir conmigo sus pensamientos y sentimientos. Cada comentario que dejan es una pequeña luz que me anima a seguir escribiendo. ¿Qué les pareció este capítulo? ¿Qué harían en el lugar de Bella, o cómo creen que se siente Tony? ¡Estoy deseando leer sus opiniones! Nos vemos en el próximo capítulo, mantenganse saludables y felices!