¡Hola, queridos lectores! 💕

Espero que estén teniendo un día increíble. Hoy les traigo un nuevo capítulo que alterna entre los puntos de vista de Bella y Tony, ¡una mezcla que estoy segura les encantará! 🙌 Aunque, lo admito, la semana pasada me despisté un poco y olvidé publicar. 😅 Pero no se preocupen, porque esta semana tendrán doble dosis de drama, emociones y sorpresas con dos capítulos seguidos. 🎉

Este capítulo es especial porque nos permite explorar cómo Tony vive y enfrenta su realidad. Estoy emocionada de que lo lean y me cuenten qué opinan. 👀

Sin más, ¡les dejo el capítulo! Como siempre, gracias por su paciencia, apoyo y hermosos comentarios. ❤️

Este es un fanfic inspirado en Twilight y, a la vez, una adaptación moderna del clásico El Conde de Montecristo. Todos los personajes originales pertenecen a Stephenie Meyer, pero aquí juegan en un escenario diferente, lleno de venganza.


Bella POV

A la mañana siguiente, seguía enredada en el cuerpo de Edward, sintiendo cómo el cansancio se mezclaba con una agradable laxitud en mis músculos. Recordé cómo, aquel primer reencuentro, me había sentido igual después de nuestra noche juntos, aunque entonces no tuve tiempo de apreciarlo como ahora. Entre el temor de perderlo otra vez y sus palabras frías y llenas de resentimiento al día siguiente, ni siquiera me detuve a pensar en cómo mi cuerpo se había sentido después de aquella noche. Pero ahora, con la calma de la mañana y la luz que entraba suavemente por la ventana, podía saborear la intimidad compartida.

Edward estaba pegado a mi espalda, envolviendo mi cuerpo con sus brazos, su mano descansando firmemente sobre mi cintura. Sus piernas estaban enredadas con las mías, manteniéndome cerca, como si no quisiera que me escapara. Ahora, con la claridad del día, pude ver mejor la cabaña. La habitación era sencilla, sin nada de lujos, solo una cama amplia con sábanas blancas y suaves que olían a limpio, una mesita de noche con una lámpara de luz cálida y una pequeña ventana por la que se colaban rayos dorados. Las paredes de madera daban al lugar un aire acogedor, sin adornos innecesarios, solo el silencio y la paz del bosque.

Me estiré hacia la mesita de noche, buscando mi celular, pero recordé cómo Edward me había sacado apresuradamente del auto la noche anterior. Seguro se había quedado allí. Con cuidado, traté de desenredarme de sus brazos sin despertarlo. Cuando por fin logré liberarme, miré con desagrado el vestido que estaba tirado en el piso, era muy bonito, pero incomodo. Me dirigí al pequeño clóset, esperando encontrar algo más cómodo, había algo de ropa allí. Tomé una de sus camisetas y uno de sus calzoncillos, imaginando que no le importaría que los usara.

Me vestí y observé a Edward un momento, dormido profundamente. Revisé los bolsillos de sus pantalones que se encontraban en el suelo de la habitación hasta dar con lo que buscaba: las llaves de su auto. Salí de la habitación y me encontré de frente con la sala, el comedor y una pequeña cocina, todo en un mismo espacio. La sala tenía un sofá grande y gastado, y la mesa del comedor era de madera rústica, con solo dos sillas. La cocina estaba ordenada y solo contaba con lo esencial. Era un lugar simple y acogedor, rodeado por la tranquilidad de los árboles afuera.

Abrí la puerta principal, desactivé la alarma del carro y me incliné para buscar mi bolsa dentro. Justo cuando la encontré, una voz detrás de mí me sobresaltó.

—¿Qué estás haciendo?

Salté de la sorpresa y me golpeé la cabeza con el marco de la puerta del auto. Edward estaba ahí, mirándome con una ceja alzada y una expresión mezcla de curiosidad y exasperación. Solo llevaba puestos unos pantalones de franela, y el aire frío de la mañana parecía no afectarle en absoluto.

—Necesitaba mi celular —le dije, señalando mi bolsa. —Alice se quedó cuidando a Tony.

Se acercó y, antes de que pudiera reaccionar, me acorraló suavemente entre su cuerpo y el auto. Sus ojos se posaron en mí con una mezcla de intensidad y ternura que hizo que mi corazón se detuviera por un instante. Sus manos se alzaron para acariciar mi rostro, sus dedos trazando lentamente la línea de mi mandíbula. Me miraba como si tratara de capturar cada detalle, como si quisiera memorizar cada pequeña imperfección, cada cicatriz, cada trazo de mi rostro que conocía tan bien.

Y entonces, me besó. No fue un beso arrebatado ni impulsivo, sino uno lento, lleno de una dulzura que me hizo temblar. Sentí que cada caricia de sus labios sobre los míos llevaba una promesa, un susurro silencioso de todo lo que aún quedaba entre nosotros. Sus manos se deslizaron a mi cuello, sosteniéndome con una delicadeza que contrastaba con la firmeza con la que me mantenía contra él, como si no quisiera que este momento terminara.

Ese beso, lleno de ternura, parecía borrar las palabras frías y las miradas duras de las últimas semanas, envolviéndonos en un mundo en el que solo existíamos él y yo. Sus labios se movían con una calma que se sentía a la vez desesperada, como si tratara de transmitir con cada roce cuánto significaba este momento para él. Mi corazón latía tan rápido que casi me mareaba, mientras respondía a su beso, dejando que todas las dudas y los miedos se desvanecieran, aunque solo fuera por un instante.

Cuando se separó, aún sin alejarse demasiado, mantuvo su mirada fija en mí. Su respiración era lenta, controlada, pero podía ver el destello de emociones en sus ojos.

Edward se quedó allí, su rostro tan cerca que sentía su respiración cálida sobre mi piel. Me sostuvo la mirada, su expresión oscurecida, casi vulnerable. Sus dedos, aún posados en mi rostro, trazaron un último recorrido desde mi mejilla hasta el borde de mis labios, como si estuviera descubriendo algo nuevo y al mismo tiempo tan conocido.

—¿Qué me has hecho, Bella? —murmuró, en un tono tan bajo y cargado de emociones que apenas era un susurro.

Lo miré sin atreverme a contestar, atrapada en sus ojos y en el peso de sus palabras. Sentía que había algo inquebrantable entre nosotros, una conexión que, a pesar de todo lo que habíamos atravesado, todavía resistía. Cada beso, cada caricia, cada momento de cercanía parecía borrar las distancias entre nosotros.

—Edward… —comencé, pero él acercó un dedo a mis labios, deteniéndome con esa misma mezcla de intensidad y ternura que solo él sabía conjurar.

No quería decir nada más; quería que el momento permaneciera así, puro, sin complicaciones, sin las dudas que nos habían envuelto hasta ahora. Me acerqué y apoyé mi frente en su pecho, dejando que el ritmo de su corazón, fuerte y constante me envolviera, haciéndome sentir protegida, como si nada más importara.

Tenía unas diez llamadas perdidas de Alice cuando finalmente revisé mi celular. Suspiré y le marqué, sabiendo que tendría que calmarla. Me encontraba en la sala de la cabaña, observando hacia la pequeña cocina donde Edward estaba ocupado preparando el desayuno sin camisa. No podía evitar admirarlo mientras se movía por la cocina con naturalidad y soltura, concentrado en lo suyo, mientras yo me deleitaba con cada pequeño detalle de su torso y su espalda.

A diferencia de la otra casa a la que me había llevado aquella vez, esta cabaña no estaba inmaculada. Aquí realmente parecía que el tiempo pasaba. Había un bote de basura cerca del sofá, lleno de papeles y bolsas de comida; un par de calcetines abandonados en el respaldo del sillón; y aunque no había televisión, sí había libros por toda la sala, con uno descansando en la mesa del comedor, como si Edward lo hubiera dejado ahí el día anterior. La cocina también mostraba señales de vida, con utensilios y algunas especias desordenadas. Esta cabaña tenía una calidez y una cercanía que me hicieron sentir, por primera vez en mucho tiempo, que estaba viendo al verdadero Edward.

Alice contestó de inmediato, y su tono no se hizo esperar.

—¿Dónde estás? —preguntó, alarmada.

—Con Edward —respondí.

—Debí imaginarlo —dijo con alivio en su voz—. Me pareció extraño que no llegaras en la madrugada; me imaginé muchísimas cosas... entre esas, que Jacob se había aprovechado de ti.

—Lo siento, Alice —murmuré, sabiendo lo mucho que se había preocupado. Escuché cómo suspiraba al otro lado de la línea.

—¿Cómo está Tony? —pregunté, cambiando el tema a lo que realmente me importaba.

—Está bien. Está desayunando ahora mismo. Salí al patio para contestarte porque no sabía si podría moderar mi lenguaje si me decías que Jacob se había aprovechado de ti —confesó.

Sonreí aliviada, sabiendo que Tony estaba en buenas manos.

—No, no lo hizo. De hecho, salimos de la fiesta por separado —expliqué.

—¿Y entonces? ¿Qué pasó?

—Bueno... no sabía que tu hermano era Uber en sus tiempos libres —solté con un tono divertido.

Edward, que escuchaba mi conversación desde la cocina, rodó los ojos al escuchar mi comentario, aunque en sus labios se asomaba una ligera sonrisa divertida.

—¿En serio? ¿Te secuestró? —preguntó, escandalizada, casi sin poder creerlo.

—Técnicamente, sí —dije, sin poder ocultar una sonrisa.

Alice soltó una risa incrédula, entre divertida y preocupada.

—Esa es muy típica de él... —dijo finalmente—. Bueno, al menos sé que estás bien.

Suspiré, sintiendo una mezcla de paz y emoción, aún con el teléfono pegado a mi oído.

—Sí, estoy bien, Alice. Te veo más tarde, ¿de acuerdo? —le dije, intentando transmitirle tranquilidad.

—Está bien —respondió, aunque su tono aún tenía un toque de preocupación—. Voy a llevarme a Tony a ver a mis padres, entonces. Él quería pasar tiempo con ellos.

—Perfecto, Alice. Gracias por cuidar de él —le dije, realmente agradecida de que estuviera ahí para nosotros.

—Solo cuídate, ¿sí? Y... no te olvides de llamarme si necesitas algo —me respondió con un toque de advertencia en la voz.

—Claro, lo haré —contesté suavemente antes de despedirme—. Gracias por todo, Alice.

Colgué el teléfono y me quedé unos segundos más en silencio, asimilando la conversación y la calma que había sentido en las últimas horas. Cuando levanté la mirada, vi a Edward observándome desde la cocina, sus ojos intensos pero suaves, mientras un leve humo escapaba de la sartén.

—¿Todo bien con Alice? —preguntó, su tono curioso pero relajado.

—Sí, todo bien —respondí, esbozando una sonrisa mientras me acercaba a la cocina—. Parece que Tony pasará el día con sus abuelos.

Edward asintió, una expresión de alivio en su rostro.

Me acerqué a la cocina, disfrutando del aroma a café recién hecho y el sonido suave de los huevos friéndose en la sartén. Edward se movía con una facilidad que me sorprendía, mezclando ingredientes y sirviendo con un gesto tranquilo, como si estuviera completamente en su elemento. No era la primera vez que lo veía cocinar, pero esta vez, rodeados por la intimidad de la cabaña, sentía algo especial.

—¿Te ayudo en algo? —pregunté, acercándome al mostrador, pero él negó con la cabeza, una leve sonrisa asomando en sus labios.

—Ya casi termino, solo siéntate y relájate —dijo, señalando una de las sillas alrededor de la pequeña mesa de madera.

Obedecí y tomé asiento, observándolo mientras terminaba de servir dos platos con huevos revueltos y tostadas. Noté que había agregado algo de fruta y un pequeño tazón con miel en el centro de la mesa, y sentí un calor en el pecho ante el cuidado con el que había preparado el desayuno. Edward se acercó con los platos y los colocó frente a mí antes de sentarse en la silla a mi lado.

—Gracias —dije, tomando el tenedor—. Esto luce delicioso.

Él solo me miró, una intensidad en sus ojos que me hizo desviar la vista al plato y empezar a comer.

—¿Dormiste bien? —preguntó, rompiendo el silencio mientras tomaba un sorbo de su café.

—Sí —le respondí, recordando la calidez de la cama, y cómo había despertado enredada entre sus brazos—. Dormí… realmente bien.

—Me alegra —dijo suavemente, mirándome por encima de su taza.

Por un momento, el silencio volvió a asentarse entre nosotros, pero no era incómodo. Era un silencio que hablaba de todas las palabras que no necesitaban decirse. Estábamos juntos, y eso bastaba.

—Nunca imaginé que te gustara cocinar —comenté, tratando de romper la tensión que comenzaba a llenar el aire.

—Es algo que aprendí mientras… —su voz se desvaneció, y su mirada se perdió brevemente, antes de volver a enfocarse en mí— Un tiempo estuve trabajando en una cocina en China. Servían desayunos estilo americano, así que, ¿quién mejor que un americano para hacerlos, ¿no?

Su intento de broma logró arrancarme una sonrisa, pero, sobre todo, me sorprendió que compartiera ese pequeño detalle sobre lo que había pasado para regresar a Estados Unidos. Recordé su carta, cómo me había contado algunos fragmentos de lo que vivió lejos. Sin embargo, aquellos detalles más íntimos, las pequeñas cosas de su día a día en ese tiempo, las había omitido.

Mientras él volvía a concentrarse en el desayuno, sentí que una chispa de esperanza se encendía en mí, cálida y llena de significado. ¿Sería posible que estuviera dispuesto a abrirse, a dejarme entrar en esos recuerdos que aún parecían tan dolorosos? Aquello era solo un pequeño detalle, pero lo sentí como una puerta entreabierta, un pequeño paso hacia algo más profundo.

Tomé un sorbo de café, sintiendo que, tal vez, aquel desayuno no era solo un momento cualquiera. Era un comienzo.

—¿Y cuánto tiempo estuviste trabajando ahí? —pregunté, intentando mantener la conversación ligera, como si no fuera nada importante.

Edward sonrió, como si recordara un chiste privado. —Unos tres meses. Era un lugar pequeño, pero tenía su encanto.

—¿Sabes hablar chino? —pregunté, con curiosidad.

—Un poco —respondió, encogiéndose de hombros—. Lo suficiente para pedir comida y hacer que los clientes se sintieran bienvenidos. Pero no esperes que sea un experto en el idioma.

—Supongo que la barrera del idioma no la había contemplado, además de estar en un país desconocido —dije, tratando de comprender lo difícil que había sido para él.

Edward suspiró, como si estuviera recordando con pesar todo eso. —Supongo que, dentro de todo, tuve suerte. Hay personas que, gracias a Dios, saben inglés. Había algunos turistas americanos, por lo que no me costó mucho encontrar a alguien que me entendiera. Con el paso de los días, fui aprendiendo algunas expresiones y a reconocer los letreros que pedían ayudantes—

Lo miré con sorpresa, sintiendo un escalofrío al pensar en lo que había pasado.

—¿No pudiste pedir ayuda a los turistas? Ellos tenían recursos, pudieron haberte ayudado —pregunté, aun tratando de entender.

Edward esbozó una sonrisa amarga, cargada de ironía. —Son muy desconfiados, y yo, para entonces, no estaba dispuesto a ofrecer mi identidad. ¿Arruinar mi regreso sorpresa? —agregó, su voz teñida de una alegría fingida que no pudo ocultar el dolor detrás de sus palabras.

Su respuesta me dejó en silencio.

Edward soltó una pequeña risa, aunque su mirada estaba fija en un punto más allá de mí. —No quería arriesgarme, Bella. No después de todo lo que había pasado.

Sentí la incomodidad en el aire y decidí no presionarlo. Su expresión se volvió hermética, como si se hubiera puesto una barrera tras esa sonrisa amarga.

Una nueva curiosidad cruzó mi mente, así que cambié de tema suavemente, intentando aliviar la tensión.

—¿Y esta cabaña también es tuya? —pregunté, recorriendo el lugar con la mirada.

Edward asintió y suspiró, su semblante relajándose un poco.

—Sí… algo a lo que no logro acostumbrarme es al bullicio de las ciudades. El ruido por las noches es… enloquecedor —respondió, con una mirada que se perdía momentáneamente en la ventana, como si recordara alguna noche en particular, llena de sonidos que perturbaban la paz que ahora buscaba.

Observé el lugar, apreciando la tranquilidad que lo rodeaba. Aquí, el silencio era absoluto, solo roto por el susurro del viento entre los árboles y el ocasional crujir de la madera. Había algo reconfortante en la simplicidad de la cabaña, en cómo parecía ser un refugio que Edward había encontrado para sí mismo, un lugar donde podía simplemente ser.

—Creo que ya es hora de regresarte a la realidad —dijo Edward después que terminamos el desayuno, sus palabras envolviendo la habitación como una fría ráfaga.

Respiré hondo, sintiendo cómo cada una de sus palabras era una herida que se abría en mí, pero ya no podía seguir así, atrapada en la incertidumbre. —Edward, no podemos seguir de esta manera… ¿qué esperas de mí?

Él me miró fijo, su mirada profunda y firme, y por un momento me sentí desnuda bajo el peso de su atención, como si estuviera evaluando cada una de mis intenciones, de mis deseos, de mis miedos. El silencio entre nosotros se alargó, cargado de una tensión que parecía que iba a quebrarse en cualquier instante. Finalmente, suspiró y habló.

—No espero nada, Bella… y tú tampoco deberías esperar nada de mí —dijo, su voz baja y cargada de una tristeza que parecía inamovible—. Porque no puedo ofrecerte nada.

Su declaración resonó en mi mente como un eco doloroso, un recordatorio de la distancia que él seguía imponiendo entre nosotros, aunque mi corazón se negaba a aceptarlo.

Al final del día, Edward había desaparecido. Era como si nunca hubiera estado aquí, como si todo lo que habíamos compartido se hubiera desvanecido en el aire. Quise alcanzarlo, llamarlo… cualquier cosa que me asegurara que esta vez no desaparecería de mi vida, pero, al igual que la última vez, me dejó sin opción.

"Bella, será mejor que no tengas mi número "me había dicho cuándo, con voz temblorosa, le pedí algún modo de contactarlo. Al ver cómo las lágrimas comenzaban a recorrer silenciosas mi rostro, sus ojos se suavizaron. Se acercó y, en un gesto que parecía más de despedida que de consuelo, acarició mi mejilla.

"Sería demasiada tentación" admitió en voz baja, casi avergonzado. Y luego, sin más, se dio la vuelta y se fue, mientras yo me quedaba allí, sintiéndome desamparada, como si todo aquello hubiera sido solo un sueño, un breve instante de felicidad que se disolvía ante mis ojos.

Horas después, Tony y Alice llegaron. Cuando Alice me vio, notó de inmediato la tristeza grabada en mis rasgos, la huella de lo que había pasado sin necesidad de palabras. Ella se acercó y, sin preguntar nada, me tomó la mano en un gesto de apoyo. Sabía que el vacío que Edward había dejado sería difícil de llenar… una vez más.

Tony POV

Lunes por la tarde. Mi madre me dejó en el gimnasio, como parte de una rutina que se había instaurado desde hace algunas semanas, desde que la tía Alice había insistido en acompañarme también. Ese día, me dijo mi mamá que se había tenido que ir, pero sabía que no era verdad. La había visto de reojo cuando se escabullía hacia las oficinas, lo que me desconcertó aún más. ¿Por qué mi madre estaba encubriéndola de esa manera?

Pero lo que realmente no me cuadraba era el coach. ¿En serio? Había visto a la tía Alice con el tío Jasper, y esa era la definición de "amor incondicional" que tenía como referente. Porque de mis padres, esa imagen de amor no la tenía. Mi mamá y Jacob eran todo, menos un matrimonio feliz. Así que me desconcertó aún más ese día, primero porque mi madre quería llevarme al gimnasio, y segundo, porque la tía Alice estaba ahí también.

Luego, lo que ocurrió entre mi tía Alice y el coach… Fue demasiado emocional. Mi tía lo miraba con ojos de… ¿amor? Y el coach trató de disimularlo al principio, pero había algo en su mirada, algo que no pude ignorar. Ambos sentían algo, y era obvio.

A partir de ese día, mi madre me llevaba a todos mis entrenamientos, algo que al principio me parecía raro, pero con el paso de los días, se convirtió en rutina.

Me despedí de mi mamá, aunque sabía que no se iba a ningún lado, solo se quedaba ahí, esperándome. No tenía idea de qué estaba haciendo, pero estaba claro que no me iba a seguir. El gimnasio estaba vacío, como siempre cuando llegaba antes que el coach, así que empecé a hacer los ejercicios de calentamiento que siempre me decía que hiciera. El coach me caía bien, era buena onda.

Mis padres estaban como en un punto raro. No sabía cuándo exactamente las cosas entre ellos se pusieron mal, pero ya no era lo mismo. El coach, en cambio, siempre había estado allí, como el único que no me veía como un problema o algo raro. Era como si, de alguna manera, él entendiera.

Mis amigos no paraban de decirme que tenía suerte de que el coach se tomara todo el tiempo para entrenarme. Según el entrenador oficial de la escuela, les había contado a los otros chicos del equipo que el coach no cobraba ni un solo dólar por entrenarme. Eso me hacía pensar: ¿Por qué lo hacía?

—¿Ya calentaste? —La voz del coach me llegó desde la entrada de las oficinas.

—Sí— grité, mientras me giraba hacia la puerta. Pero al verlo, mi cuerpo se quedó congelado. Estaba ahí, de pie, en la entrada, y algo no encajaba. Me había acostumbrado a verlo con esa barba espesa que siempre lo caracterizaba, pero ahora… ahora ya no la tenía. El rostro que conocía estaba casi irreconocible.

Se había rasurado por completo, y su cara, antes oculta, ahora estaba completamente visible.

Me quedé mirándolo, completamente sorprendido, sin poder quitarme la sensación extraña en el estómago. ¿Por qué... por qué diablos se parecía tanto a...? No, no podía ser.

Mi mente estaba en blanco, el aire me faltaba. Pensé por un segundo que estaba alucinando. No podía ser. No podía ser que estuviera ahí, frente a mí, viéndome con esos ojos… ojos que me resultaban tan familiares.

De repente, me di cuenta de que lo estaba mirando fijamente, y me sonrojé. Tragué saliva, tratando de decir algo, cualquier cosa, pero las palabras no salían. Algo en mi interior me decía que estaba viendo algo más de lo que entendía, pero ¿qué? ¿Por qué sentía como si me estuvieran dando vueltas las piezas de un rompecabezas que aún no podía armar?

Él solo me miraba, como si nada hubiera pasado. Su postura era la misma de siempre, confiado, seguro. Pero algo había cambiado.

—Vamos, sigue con el calentamiento, —dijo finalmente, como si no hubiera notado mi sorpresa.

Y aunque su voz era la misma, algo en su tono me hizo preguntarme si realmente estaba viendo al mismo coach de siempre, o si había algo mucho más profundo en su mirada. Algo que me desconcertaba, pero no podía entender.

Me giré rápidamente, tratando de apartar los pensamientos que comenzaban a inundarme. Comencé a correr alrededor de la cancha, a un paso ligero, pero lo suficientemente lento para calentar. Los sonidos de mis pies golpeando la duela me ayudaban a concentrarme, a intentar despejar la mente. Pero, por más que lo intentaba, había algo que no podía dejar de rondar en mi cabeza.

¿Dónde había visto ese rostro? ¿Por qué me resultaba tan familiar? Mi respiración empezó a acelerarse un poco, pero no era por el esfuerzo físico. Era esa sensación incómoda en el estómago, como si algo se estuviera armando en mi mente, pero no podía conseguirlo. La imagen de su cara sin barba seguía apareciendo frente a mí, cada vez más clara, como si estuviera insistiendo en quedarse.

Me sacudí un poco la cabeza, tratando de obligarme a pensar en algo más, pero no podía evitarlo. Era como si ese rostro estuviera grabado en algún rincón de mi memoria, esperando ser reconocido. Pero… no, no podía ser. No podía ser él. No podía ser alguien que conociera tan bien, pero no recordaba por qué.

Seguí corriendo, dándole vueltas a la misma pregunta. Cada vez que mi mente intentaba darle forma, más se complicaba. "No pienses más en eso", me dije a mí mismo, pero no lo conseguía. Algo en mi interior me decía que la respuesta estaba mucho más cerca de lo que pensaba, solo que no podía alcanzarla.

Pasé al lado del coach.

—Bien, Tony, sigue así, acelera un poco el ritmo —dijo con su voz profunda, mientras yo trataba de concentrarme en mis pasos, en cómo corría. Pero de repente, algo se me vino a la mente: mi madre, corriendo en mi fiesta de cumpleaños. Después de que el coach se había ido, mi madre había corrido hacia donde él se había ido.

"Es Edward" había dicho, con esa voz temblorosa.

Yo le había dicho que no lo era, porque no podía serlo. Era solo mi coach, "Anthony Masen", no mi padre, Edward Cullen.

Pasé de nuevo por su lado, ya iba por la tercera vuelta.

—¡Acelera, Tony! —me gritó, y obedecí. Empecé a correr más rápido, pero mis pulmones ardían y los ojos me quemaban. Estaba agotado, pero tenía que seguir.

Cuando llegué al otro extremo de la cancha, lo miré de nuevo. Su cara, tan familiar. Lo había visto antes, en las fotos viejas, en el video que mi madre me mostró.

—Vamos, Tony— me gritó de nuevo, como si estuviera esperando más de mí. —¡Estás aflojando el ritmo! — yo traté de dar lo mejor de mí, sin pensar demasiado.

Pero todo lo que quería hacer era detenerme y entender lo que estaba pasando.

"Vamos, Anthony", me dije a mí mismo, respirando con dificultad. "Deja de pensar en estupideces."

Y seguí corriendo.

El coach pitó con su silbato, señalándome que me detuviera. Me detuve de inmediato, con la cabeza dándome vueltas y el corazón a punto de salírseme por la boca.

—Te he dicho que cuando corras debes concentrarte en tu respiración, en la cadencia. Estás respirando sin ningún ritmo, y te agotaste demasiado en poco tiempo.

—Lo siento —dije entre jadeos, tratando de recuperar el aire en los pulmones.

Sonrió.

—Está bien, no tienes que disculparte. Vamos, recupera el aliento.

Asentí, pero no pude evitar quedarme mirándolo con los ojos como platos. No estaba haciendo nada extraordinario; siempre había sido así: exigente y, al mismo tiempo, amable y cariñoso. Pero ahora, yo lo veía con otros ojos.

—¿Qué? —preguntó al notar cómo lo observaba.

Me sonrojé al darme cuenta de que seguramente lo estaba mirando como un tonto.

—Nada —dije, agachando la mirada de repente, demasiado tímido, y ardiéndome las mejillas tanto por el esfuerzo como por la vergüenza.

—¿Qué pasa, Tony? Sabes que puedes decirme cualquier cosa —dijo, tocando mi hombro.

Las mariposas en mi estómago revolotearon aún más, y me sentí nervioso y tímido, una combinación que detestaba en mí. Era algo que siempre había asociado con mi madre, un hábito heredado, pero también un hábito aprendido de mi padre Jacob, ¿cuántas veces lo había visto ser muy sumiso ante mi abuelo? Pensé en el coach, con su energía imponente, tan diferente a la que irradiaba Jacob.

"¿Por qué no heredé algo de eso?", me pregunté. Y entonces me asusté. Ese pensamiento era... peligroso. ¿Acaso estaba aceptando, de alguna manera, que él…? No. Detuve el pensamiento de golpe.

—¿Tony? —preguntó ahora con un tono más preocupado.

Antes de que pudiera detenerme, las palabras salieron de mi boca:

—¿Por qué te rasuraste?

Los dos quedamos en silencio, sorprendidos por mi pregunta.

El coach me miró, ladeando la cabeza como si intentara descifrar el motivo detrás de mi pregunta.

—¿Por qué me rasuré? —repitió, y dejó escapar una risa suave, como si la pregunta le resultara divertida. Se pasó una mano por el cabello, despeinándolo más en el proceso. El gesto que había visto hacerlo antes ahora también tomó otro significado, ¿cuántas veces mi familia entera no me había dicho que ese gesto de revolverme el pelo cuando estaba nervioso también era una herencia de mi padre?

—No lo sé, Tony, a veces uno necesita un cambio. Además, hacía años que no me veía así —respondió con naturalidad.

Pero yo no me sentía satisfecho con su respuesta. Bajé la mirada y fingí que estaba concentrado en recuperar el aliento, aunque por dentro mi cabeza seguía corriendo a toda velocidad, más rápido de lo que mis piernas lo habían hecho momentos antes.

—¿Qué pasa por esa cabeza, campeón? —preguntó él de nuevo, con tono amable, aunque ahora su mirada era un poco más seria.

—Nada, solo... pensé que te veías diferente, eso es todo —murmuré, evitando mirarlo directamente.

—¿Diferente cómo? —insistió, sonriendo para quitarle peso a la conversación.

Tragué saliva y levanté los ojos lentamente hacia él. No sabía qué decir, pero tampoco podía quedarme callado. Sentí que mi corazón empezaba a latir con fuerza de nuevo, aunque no era por el ejercicio.

—Como... más joven. Casi como... alguien más —solté, finalmente, sintiéndome inmediatamente tonto al decirlo.

El coach se quedó inmóvil por un segundo, como si estuviera pensando en qué responder. Luego dejó escapar una carcajada.

—¿Alguien más joven? Bueno, eso sí que es un cumplido, Tony. Tal vez debería rasurarme más seguido.

Intentó aligerar el ambiente, pero yo no pude unirme a su risa. Lo único que podía pensar era en su rostro, en cómo se parecía tanto al de las fotos viejas de mi madre. Imágenes de otro tiempo, de otra persona. De mi padre.

Volví a bajar la mirada, sintiéndome pequeño y confundido. ¿Estaba exagerando? ¿O estaba viendo algo que había ignorado todo este tiempo?

—Anda, toma un poco de agua y descansa un minuto antes de seguir. Aún tenemos que trabajar en esos sprints —dijo el coach, dándome una palmadita en la espalda antes de alejarse hacia su mochila.

Mientras caminaba, no pude evitar notarlo todo: su postura, la forma en que movía los hombros, incluso la manera en que sostenía la botella de agua. Todo era familiar, demasiado familiar.

Recuerdo como esa familiaridad me sorprendió cuando mi madre me mostro el video de mi papá y como mis amigos dijeron que se parecía al coach.

Tomé mi propia botella y bebí un sorbo, aunque mi garganta estaba seca por algo más que el ejercicio.

"No puede ser", pensé, intentando callar las voces en mi cabeza. Pero por más que lo intentara, las dudas seguían ahí, creciendo como una tormenta.

Bella POV

El siguiente fin de semana, recibí la llamada de Jacob. Su voz sonaba apagada, entrecortada, con un temblor que no podía disimular. Me dijo que no podría ver a Tony esta vez, que estaba "muy ocupado". Pero el tono de su voz me decía otra cosa; sabía que estaba mal, muy mal. No podía evitar preguntarme hasta qué punto Edward estaba dispuesto a llevar su venganza.

Cuando le di la noticia a Tony, noté cómo tensaba los hombros. Por un momento, no dijo nada, simplemente se quedó inmóvil, mirando el suelo.

—Está bien —dijo al final, pero su tono no coincidía con sus palabras.

—Tony, cariño, sé que esto te decepciona... —empecé a decir, pero él alzó la mirada, sus ojos brillando con algo que no pude identificar de inmediato.

—¿Decepcionarme? No, mamá, ya estoy acostumbrado —replicó, con un deje de sarcasmo que no era propio de él.

Lo miré con preocupación. Esta no era una reacción típica de mi hijo, siempre tan dispuesto a ver el lado positivo de las cosas. Había algo más.

—Tony... ¿quieres hablar de esto? —le pregunté suavemente, acercándome.

—No hay nada que hablar. Papá no quiere venir, como siempre. ¿Qué más hay que decir? —respondió, encogiéndose de hombros. Pero sus palabras, aunque parecían firmes, venían cargadas de una mezcla de rabia contenida y.… algo más.

Observé cómo su expresión cambiaba, su mirada se volvió distante, casi perdida. Luego sacudió la cabeza, como si estuviera intentando deshacerse de un pensamiento molesto.

—Voy al patio —dijo de repente, levantándose del sofá y dirigiéndose hacia afuera.

—Tony... —traté de detenerlo, pero él ya estaba saliendo por la puerta antes de que pudiera decir algo más.

Sabía que algo estaba pasando. Había algo en su actitud, algo en la forma en que sus ojos evitaban los míos, que me hacía pensar que estaba guardándose algo importante.

Mientras veía la puerta cerrarse tras él, no pude evitar sentir que mi hijo estaba empezando a entender cosas que yo llevaba años tratando de ignorar. Yo también estaba ocupada, atrapada en esta tormenta de emociones que el regreso de Edward había desatado. Había sido un caos absoluto que, sin darme cuenta, me había hecho descuidar mi empresa de banquetes. Angela había tomado las riendas con mucha eficiencia y me mantenía informada, pero sabía que no podía seguir aplazando mi regreso. Tenía que enfrentar la realidad y asumir mis responsabilidades, no solo en la vida personal, sino también en el negocio que tanto me había costado construir.

El trabajo siempre había sido una constante en mi vida, una especie de refugio que me brindaba calma y dirección. Era casi irónico cómo, en medio de la confusión que había traído el regreso de Edward, lo único que me devolvía un poco de estabilidad era justamente aquello que había dejado de lado.

Pero era ingenuo pensar que mi empresa no sufriría las consecuencias de lo que estaba pasando con Jacob. Muchos de mis clientes también eran conocidos suyos o habían sido recomendados por su círculo. Lo que antes era una agenda llena, con eventos cada fin de semana, ahora se estaba volviendo inconsistente. A veces había un evento, y otras veces no; era como si la incertidumbre y el miedo se filtraran hasta en mi negocio.

—Nos cancelaron un evento que teníamos para dentro de tres meses —me informó Angela con un tono de preocupación—. Era uno grande, una boda.

Suspiré. Sabía que esta caída en las reservas era solo el comienzo, que las repercusiones de estar relacionada con alguien como Jacob afectarían más de lo que me había preparado a enfrentar.

Me pregunté si esto también era parte de la venganza de Edward. Había prometido que ya no me haría daño, pero seguro que en su plan inicial estaba el hacer caer a Jacob, y que eso arrastrara también mi negocio. ¿Cuántas cosas más tenía planeadas? A veces me sentía como si estuviera atrapada en su red, cada hilo cuidadosamente tejido para desmoronar todo a su paso.

Recordé con un escalofrío la primera vez que escuché su voz en la iglesia. Aquel tono cargado de reproche, la fuerza de sus palabras que traspasaron el espacio y me paralizaron. ¿Ese había sido parte de su plan desde el principio? ¿Hacerme enloquecer, desgastarme, igual que estaba haciendo con Jacob? La duda se coló en mi mente y se quedó allí, pesada, inamovible.

Edward me había dicho que no me haría daño. Pero con cada llamada cancelada de Jacob a Tony, con cada cliente que se alejaba de mi negocio, no podía evitar sentir que seguía siendo parte de su juego.

Esto no iba a terminar bien para nadie. Edward estaba aferrado a hacer caer a Jacob, pero parecía no darse cuenta —o tal vez no le importaba— que yo también me hundiría en el proceso. Mi negocio se tambaleaba, mi estabilidad emocional se desmoronaba, y aunque tal vez mi sufrimiento le resultara indiferente, había algo mucho más importante que eso: Tony.

Tony era otro asunto. Él no tenía nada que ver en este embrollo en el que me vi envuelta hace años; no era culpable de los errores ni de las traiciones de quienes lo rodeaban. Y, sin embargo, también iba a salir herido, atrapado entre la venganza de un hombre al que apenas comenzaba a conocer y la decepción de quien había sido su figura paterna hasta ahora.

El brillo en sus ojos había empezado a apagarse, pero no solo por las llamadas canceladas de Jacob. Había algo más. A veces lo sorprendía mirando al vacío, con el ceño fruncido, como si estuviera tratando de resolver un rompecabezas que no lograba armar. Cuando le decía que Jacob no podría verlo, su reacción era diferente a la de antes. Ya no había solo tristeza, sino una mezcla de desconcierto y desconfianza.

—¿Está muy ocupado, verdad? —preguntó un día, su tono más frío de lo habitual, mientras jugaba con el borde de su vaso de agua.

—Sí, eso parece —respondí, pero mi voz sonó poco convincente incluso para mí.

Tony me miró con atención por un momento, y luego desvió la mirada. Lo conocía lo suficiente para saber que esas preguntas no eran casuales. Había algo rondando su mente, algo que aún no estaba dispuesto a decirme.

Y así, pasó otra semana. Jacob seguía sin ver a Tony, siempre con excusas que sonaban más débiles con cada llamada. Tony, sin embargo, no reaccionaba como antes. Ya no mostraba signos abiertos de decepción, pero se estaba encerrando en sí mismo. Aunque intentaba disimularlo, sus ojos lo delataban. Había algo que estaba empezando a intuir, algo que no sabía cómo manejar.

En una ocasión, mientras hablábamos después de su entrenamiento, dejó caer una pregunta que me heló la sangre:

—Mamá, ¿por qué crees que el coach me entrena?

La pregunta parecía inocente, pero su tono no lo era. Lo miré fijamente, intentando leer su expresión, pero él evitó mi mirada, centrando su atención en sus cordones desatados.

—Porque ve potencial en ti, cariño. Eres un gran atleta —respondí con una sonrisa que esperaba lo tranquilizara.

—Claro, debe ser eso —murmuró, pero su voz cargada de sarcasmo me hizo saber que no estaba convencido.

Tony empezaba a hacer preguntas, y yo temía el día en que las respuestas fueran demasiado evidentes para seguir negándolas.

Mientras tanto, las noticias sobre Black Industries cobraban cada vez más relevancia, con titulares más alarmantes cada día. Era jueves por la mañana y, como ya se había convertido en costumbre, tenía encendido el noticiero mientras me preparaba para el día.

"Última hora sobre el caso Black Industries," anunció el presentador, con una seriedad calculada. La imagen cambió a una fotografía de Jacob, con un semblante duro y cansado. Me quedé inmóvil, esperando lo peor.

"El CEO de Black Industries, Jacob Black, ha estado bajo el escrutinio público desde el colapso de la multimillonaria inversión de su empresa. En un intento de justificar la crisis, Black afirmó en un comunicado que el problema surgió por un error administrativo debido a una falta de actualización en el domicilio fiscal y comercial. Sin embargo, informes recientes revelan una situación mucho más grave."

La pantalla mostró documentos y capturas de estados financieros con sellos y firmas.

"Tras una investigación interna y un análisis de los estados financieros, se ha descubierto que los documentos presentados ante la junta directiva contienen información fraudulenta. Se sospecha que Black manipuló los informes financieros para mostrar un estado favorable, atrayendo inversores y elevando el valor de las acciones de manera artificial. Expertos estiman que, debido a esta estrategia, las pérdidas acumuladas ascienden a cifras millonarias. Inversores clave ya han anunciado su intención de demandar a Black por fraude y negligencia, lo que podría significar el fin de su carrera como empresario y una investigación criminal en su contra."

Me quedé paralizada mientras la noticia continuaba. Cada palabra parecía un golpe tras otro, y aunque parte de mí sabía que Edward estaba detrás de todo esto, otra parte entendía que Jacob había caído en su propia trampa. Apagué la televisión, incapaz de escuchar más.

La situación era cada vez más desesperada, y me daba cuenta de que no solo Jacob estaba cayendo; yo también estaba siendo arrastrada. Mi negocio estaba en riesgo. Los contratos habían empezado a cancelarse. Las invitaciones a eventos, cada vez más escasas. Todo estaba en juego.

Sentía cómo una presión invisible me oprimía el pecho, y la idea de lo que Tony tendría que soportar me desgarraba. Era un niño, inocente de todo lo que estaba sucediendo, pero al final él también estaba pagando el precio.


¡Gracias por llegar al final del capítulo! 🎉

Les recuerdo que esta semana tienen doble dosis de drama porque ya está subido el siguiente capítulo. 🎊 ¡Corran a leerlo ahora mismo y cuéntenme qué les pareció!

Mientras tanto, ¿alguien quiere adivinar qué le espera a Bella en este lío emocional? 😏 Nos leemos en los comentarios. ¡No se queden callados, que me encanta leer sus teorías y ocurrencias!

PD: Tony manda saludos, pero creo que está un poco ocupado entrenando... o quizás resolviendo un misterio.