¡Hola, mis queridos lectores! 💖✨

¡Por fin llegó el segundo capítulo de la semana! Sí, ya sé que les debía uno por mi pequeño "lapsus técnico" de la semana pasada (¡perdón, pero el café no hizo efecto!), así que espero que este capítulo doble les haga olvidar la espera. 😅

El capítulo de hoy, "Verdades Accidentales", está cargado de emociones, y como siempre, un poquito de caos familiar. ️

Así que acomódense, traigan su bebida favorita y pónganse cómodos, porque este viaje apenas comienza. Y como siempre, ¡no olviden dejar sus comentarios, teorías y conspiraciones! Me encanta leerlos. 📝💬

¡Gracias por su paciencia, su amor y por ser los mejores lectores del mundo! 🌟 Nos vemos en los comentarios.

Los personajes de esta historia están inspirados en los de la saga Twilight de Stephenie Meyer, y es una adaptación moderna de El Conde de Montecristo de Alexandre Dumas. Todo lo que sucede en este relato es fruto de mi imaginación.


POV Tony.

El silbato del coach cortó el aire, y casi como un reflejo, me obligué a detenerme. Me doblé, apoyando las manos en las rodillas, tratando de recuperar el aire mientras mi corazón latía como loco.

—Tony, ya te lo he dicho mil veces: si no controlas tu respiración, te vas a quemar a mitad del entrenamiento —dijo el coach, caminando hacia mí. Su tono no era duro, pero tampoco amable. Justo en el punto donde no sabía si debía sentirme regañado o motivado.

—Lo siento —dije entre respiros, tratando de no parecer un inútil.

El coach negó con la cabeza y me puso una mano en el hombro. —No te disculpes, aprende. Respira más lento y profundo. Vamos, siéntate un minuto.

Me dejé caer en el suelo, aún jadeando, y lo miré de reojo mientras anotaba algo en su libreta. Siempre hacía eso: observaba cada movimiento, cada error y mejora. Se lo tomaba tan en serio como si yo fuera algún futuro campeón olímpico.

Debería sentirme halagado, ¿no? Pero últimamente... no podía dejar de pensar en lo raro que era.

"Lo llevas en la sangre."
Había dicho una vez. Aún resonaba en mi cabeza, y aunque intentaba ignorarlo, las palabras me seguían como una mosca molesta.

¿En la sangre? ¿A qué se refería con eso?

Sacudí la cabeza. Ya basta, Tony. Mi coach no tenía nada que ver con... bueno, con él. Mi papá era Jacob. Siempre lo había sido. Mi verdadero padre, Edward Cullen, estaba muerto. Punto final.

Pero entonces, ¿por qué me costaba tanto dejarlo ir?

Cogí el teléfono de mi bolso y revisé mis mensajes, más por costumbre que por esperar algo. Obviamente no había nada de Jacob. Últimamente, siempre tenía una excusa. "Demasiado ocupado," decía, pero yo no era tonto. Algo raro estaba pasando.

Mamá decía que no me preocupara, pero ¿cómo no iba a hacerlo? Jacob nunca había sido el mejor, pero al menos siempre estaba ahí. Ahora, ni siquiera eso.

—Vamos, Tony, levántate. Dos sprint más, y terminamos por hoy —dijo el coach, interrumpiendo mis pensamientos.

—Sí, coach —respondí, levantándome de mala gana.

Empecé a correr, intentando concentrarme en el ritmo de mis pies. Uno, dos, tres... Todo era más fácil si no pensaba en nada. Ni en Jacob. Ni en mamá. Ni en la sonrisa del coach, tan conocida y... No, no iba a hacer esto.

—¡Más rápido, Tony! —gritó desde el otro extremo de la cancha.

Aceleré, sintiendo que mis piernas ya no daban más. Por un momento, quería detenerme, pero su voz me impulsó. Era raro, porque sonaba como si realmente creyera en mí. Como si yo fuera importante.

Más de lo que Jacob me había hecho sentir en semanas.

Cuando terminé, me desplomé en el suelo, completamente agotado. El coach se acercó y me dio una botella de agua.

—Buen trabajo. Tienes potencial, ¿sabes? Solo tienes que creer en ti mismo.

Levanté la mirada y vi su sonrisa orgullosa, esa sonrisa que... no, no podía ser. Me obligué a mirar hacia otro lado.

—Gracias, coach.

Me quedé en silencio mientras él regresaba a su libreta. Intentaba concentrarme en cómo dolían mis piernas, en cómo mi camiseta estaba empapada de sudor, en cualquier cosa que no fuera esa estúpida idea que se me había metido en la cabeza.

Porque era eso, ¿verdad? Solo una idea estúpida.

Respiré hondo y traté de relajarme. Pero, aunque mis pies estaban quietos, mi mente seguía corriendo en círculos.

—Ultima vuelta, levántate—gritó el coach.

Después todo sucedió demasiado rápido.

Un mal movimiento al correr, y de repente estaba en el suelo, el dolor se disparó en mi mano. Intenté levantarme, pero el dolor era tan fuerte que no pude. A lo lejos, escuché los pasos apresurados del coach acercándose.

—Tony, ¿estás bien? —pregunta con una mezcla de firmeza y preocupación en su voz.

Yo intento sonreír, pero es imposible.

—Creo que no… —respondo, mi respiración acelerada. Intento moverme, pero solo recibo más dolor.

El coach me ayuda a incorporarme, y puedo ver la preocupación real en sus ojos. No es la mirada de un entrenador. Es algo más profundo, algo más… protector.

—Voy a llevarte al hospital —dice mientras me levanta estilo princesa, y de repente me siento súper incómodo. Quiero gritarle "¡Puedo caminar, maldita sea!" pero me callo, porque en realidad me duele la mano un montón. Además, se está apresurando a llevarme a su camioneta, como si no tuviera tiempo que perder.

Al llegar al hospital, el bullicio de las luces brillantes, las enfermeras y los médicos me hace sentir un poco más tranquilo, aunque el dolor sigue punzando en mi mano. Me colocan en una camilla y me empiezan a revisar. El coach sigue a mi lado, pero ahora parece más nervioso, más preocupado.

La enfermera empieza hacer preguntas, nombre, identificación, numero de seguro, tipo de sangre, etc. Yo no contesto ninguna pregunta, y no porque no me sepa esos datos, porque ni madre me había hecho aprenderme todos esos números hace ya un par de años, la razón por que no contesto a nada es porque el coach se adelanta y las responde por mí.

—¿Cómo es que te sabes todo eso? — pregunto en una oportunidad que la enfermera deja de hablar para escribir algo en el expediente.

—Soy tu entrenador, es mi deber saber todo eso—contesta sin verme, poniendo atención a lo que la enfermera escribe.

—Ahora los antecedentes médicos ¿alguna enfermedad crónica? — pero al igual que lo demás el coach responde sin dudar, dejándome con la boca abierta.

La enfermera no parece sorprenderse por la rapidez con la que el coach responde, pero yo sí. Trato de no mostrarlo, aunque estoy seguro de que mi expresión me delata.

—¿Enfermedades hereditarias en la familia? —pregunta la enfermera sin levantar la mirada del formulario.

—Nada relevante, salvo el asma leve de su padre cuando era niño. —El coach lo dice con una naturalidad que me hace quedarme helado.

¿Asma? Ni siquiera sabía que mi papá también había tenido asma. Nunca lo mencionaron. ¿Cómo lo sabe? Trato de calmarme, de buscar una explicación lógica, pero no puedo evitar que mi mente comience a girar más rápido de lo que quisiera.

La enfermera asiente, escribiendo algo en su libreta antes de hacer la siguiente pregunta.

—¿Alguna alergia?

—No, ninguna, ni alimentaria ni a medicamentos. —responde el coach otra vez, y su voz suena tan firme que parece más la de un padre que la de un entrenador.

Lo miro de reojo, buscando algo en su expresión, pero él mantiene su mirada fija en la enfermera y en el formulario, como si esto no fuera nada fuera de lo normal.

La enfermera termina de anotar y sonríe.

—Perfecto, el doctor no tarda en llegar.

Y efectivamente, la enfermera todavía no ha salido por completo cuando el doctor entra y después de revisarme, y mostrarme las radiografías que me tomaron al llegar, me explica que necesitarán realizarme un procedimiento, una cirugía menor en mi dedo roto, ya que la fractura desgarro un poco el tendón, y para asegurarse el menos daño posible deben repararlo a la brevedad.

—Voy a necesitar que un tutor firme el consentimiento —dice el doctor, mirando a al coach directamente.

Y entonces pasa lo que termina de destrozar cualquier explicación que intentaba inventar para justificar todo esto.

Sin dudarlo, el coach saca su identificación, y en un gesto casi automático, la muestra.

—Yo autorizo el procedimiento. Soy su padre.

El doctor ve la identificación y asiente.

—Muy bien, señor Edward Cullen. Procederemos a llevarlo al quirófano ahora mismo.

Mi mente se queda en blanco. Edward Cullen. El doctor sigue hablando, pero sus palabras se vuelven un murmullo lejano. Intento conectar lo que acabo de escuchar con lo que ya sospechaba, pero ahora no hay forma de ignorarlo.

El coach … Edward Cullen… mi papá.

Antes de que pueda decir algo, él se acerca rápidamente a mí mientras los enfermeros llegan para llevarme al quirófano.

—Te lo explicaré luego, ¿de acuerdo? —dice en voz baja, con una mezcla de urgencia y preocupación en sus ojos.

Lo miro fijamente, todavía procesando todo, pero consigo asentir.

—De todos modos, ya lo intuía. No es tan sorprendente. —Mi voz suena más segura de lo que me siento en este momento.

Él sonríe, y por primera vez acepto que esa sonrisa es de orgullo paternal, algo tan desconocido como cálido, y el sentimiento que despierta es embriagador. ¿Así se siente enorgullecer a tu padre?

—Eres muy listo, Tony. —dice, y sus palabras, aunque simples, logran reconfortarme más de lo que quiero admitir.

Un nudo comienza a formarse en mi garganta, pero lo mantengo a raya. No es el momento para debilidades. Por ahora, me aferro a esas palabras, a esa sonrisa, como si fueran una ancla en medio del caos que está pasando en mi mente.

El momento se corta cuando la enfermera indica que es hora de llevarme. Mientras me alejan, miro al techo del pasillo, intentando procesar lo que acaba de pasar. Todo lo que he sospechado, todo lo que he tratado de negar, está ahí, confirmado.

Mi padre está vivo.

Bella POV

Corrí por los pasillos del hospital, el sonido de mis pasos resonando en mis oídos. Todo el día había estado atendiendo a unos clientes en la tienda, lo que me impidió llevar a Tony a su entrenamiento como siempre. Justo hoy, de entre todos los días, tenía que pasarle algo. La culpa se enroscaba en mi pecho como una serpiente. Había recibido una llamada de emergencia, pero nadie sabía decirme exactamente qué había pasado. Solo que Tony estaba en el hospital. Mi corazón latía con fuerza, y mi mente no dejaba de correr en círculos, imaginando los peores escenarios.

Cuando finalmente llegué a la habitación, encontré a Edward sentado en una silla, la cabeza baja, la postura tensa. Frente a él, la cama vacía de Tony, y una sensación de vacío se apoderó de mí.

—¿Dónde está Tony? —pregunté, mi voz llena de ansiedad, temerosa de lo peor.

Edward levantó la mirada hacia mí. Había algo en su expresión que no sabía leer. Su rostro estaba serio, pero también… ¿preocupado? No estaba seguro.

—Lo metieron a cirugía —respondió con calma, pero sus ojos reflejaban la misma preocupación que sentía yo.

—¿Qué le pasó? —insistí, mis manos nerviosas entrelazadas.

—Se cayó mal y se rompió un dedo de la mano izquierda —me explicó, pero aún no podía soltar el nudo en mi estómago.

De alguna manera, esas palabras me aliviaron. Solo se rompió un dedo. Parecía una herida tan pequeña en comparación con lo que podría haber sido. Era un niño, se recuperaría rápido.

Pero algo en su expresión no me dejaba tranquila. Edward se mantenía en silencio, pensativo, como si quisiera decir algo más.

—Ya lo sabe —dijo finalmente, rompiendo el silencio, y no pude evitar quedarme mirándolo, tratando de entender lo que intentaba comunicarme.

No entendía. ¿Qué quería decir con eso?

—¿Lo sabe? —repetí, mi voz suave, temiendo una respuesta que no sabía cómo manejar.

Edward dejó escapar un suspiro, algo entre cansado y resignado.

—Tuve que decir que yo era su padre para autorizar la cirugía. Entre más pronto lo operaran, mejor sería su recuperación.

Asentí en silencio. No era algo que me sorprendiera. Sabía que Edward no podría quedarse de brazos cruzados cuando se trataba de Tony. Y en ese momento, algo me dijo que las cosas estaban cambiando, que ya no estaba solo como espectador. La relación entre ellos estaba evolucionando.

Me senté en la orilla de la cama, mirando hacia abajo, tratando de procesar lo que acababa de decirme.

—¿Y qué dijo Tony? —pregunté, casi con temor, queriendo saber si la revelación había afectado a nuestro hijo de alguna manera.

Edward sonrió levemente, una sonrisa que no llegaba a ser completamente feliz, pero sí orgullosa.

—Me dijo que no le sorprendía. Que ya lo intuía.

Sonreí, aliviada por esa respuesta. No era la reacción de alguien completamente destrozado, sino de alguien que ya había comenzado a hacer las piezas del rompecabezas.

—Sí… ese es nuestro hijo. Muy inteligente, ¿no? —dije, casi sin pensar, pero con una mezcla de admiración y amor.

Edward asintió, su mirada suavizándose con esas palabras.

—Sí, es muy inteligente nuestro hijo —respondió, y algo dentro de mí se calmó al escuchar esas palabras. Tal vez fue la implicación del "nuestro", algo inamovible que teníamos en común, algo que nos unía para siempre. No era solo mi hijo, era nuestro, y escucharlo de su boca sonó al paraíso.

Por un instante, todo el dolor, la confusión, y los años de distancia se desvanecieron. En ese pequeño fragmento de tiempo, no éramos dos personas rotas ni extraños intentando recuperar lo perdido. Éramos padres, unidos por algo más fuerte que el pasado: el amor por nuestro hijo.

—Él nos dará muchas más razones para sentirnos orgullosos, ¿verdad? —murmuré, buscando su mirada.

Edward sonrió, esa sonrisa que tanto tiempo había añorado. —De eso no tengo duda. Es increíble, Bella. No solo por su talento, sino por su fuerza, por la forma en que enfrenta todo.

Sentí mis ojos llenarse de lágrimas, pero me las tragué. No quería romper el momento. —Sí, lo es. Aunque eso ya lo sabías.

Él asintió y luego desvió la mirada hacia la puerta del quirófano. —Pero eso no significa que no me sorprenda todos los días.

La calidez de sus palabras me invadió por completo, y por primera vez en mucho tiempo, me permití soñar con un futuro en el que esta unión, este "nosotros", fuera más.

Tony regresó de cirugía medio adormilado, con los párpados pesados y los movimientos torpes. Las enfermeras lo acomodaron con cuidado en la cama mientras yo me acercaba rápidamente.

—¿Cómo estás? —le pregunté en cuanto lo vi.

—Bien... —respondió con voz arrastrada, todavía desorientado.

El médico se acercó a Edward, quien no se apartaba de la cabecera de Tony.

—La cirugía fue un éxito —informó el doctor mientras revisaba algunos papeles—. El hueso tenía una fractura limpia, aunque hubo un pequeño desgarro en el tendón. Sanará sin problemas, pero es probable que necesite ejercicios de rehabilitación para recuperar la movilidad completa. No fue necesaria anestesia general, solo local, pero se le administró un sedante para mantenerlo tranquilo durante el procedimiento. En media hora estará más despierto.

—Gracias, doctor —respondió Edward, asintiendo con seriedad antes de girarse hacia Tony.

Tony, con los ojos entrecerrados, lo observaba fijamente, como si intentara procesar algo.

—¿Cómo te sientes? —le preguntó Edward con suavidad.

Tony no respondió de inmediato, solo encogió los hombros levemente, aunque su mirada nunca se apartó de él.

—Señor Cullen, necesito que firme algunos formularios —intervino una enfermera, dirigiéndose a Edward.

—Claro, enseguida vuelvo —le dijo Edward a Tony, acariciándole el cabello de manera instintiva antes de seguir a la enfermera.

Tony lo vio salir de la habitación, luego giró la cabeza hacia mí, con una mezcla de dudas y decisión en sus ojos.

—¿Todo bien? —pregunté, acercándome a su cama y tomando asiento a su lado.

Tony asintió lentamente, pero después dejó escapar un suspiro largo.

—Tengo muchas dudas, mamá —dijo finalmente, mirándome directo a los ojos.

—Sí, lo imaginaba —respondí con calma, tomando su mano sana entre las mías.

Él permaneció en silencio por un momento antes de soltar la primera pregunta.

—¿Cómo es que está vivo? ¿Por qué nunca me lo dijiste?

Suspiré profundamente, tratando de ordenar mis pensamientos.

—Tony, yo no sabía que estaba vivo. Durante años, creí lo mismo que tú: que tu papá había muerto.

Él frunció el ceño, sus ojos oscuros se fijaron en mí, claramente tratando digerir mis palabras.

—¿Por eso dejaste a mi papa? ¿Para estar con él? —preguntó, con un dejo de desconfianza en su tono.

—No, hijo —respondí con firmeza, queriendo que entendiera la verdad—. En ese momento aún no sabía que Edward estaba vivo. Fue hasta después.

Tony ladeó la cabeza, pensativo.

—¿Cuándo lo supiste entonces?

Tragué saliva.

—Después de tu cumpleaños —dije con calma.

Él se quedó callado por un momento antes de abrir los ojos con sorpresa.

—Cuando la tía Alice me recibió el domingo... —comenzó, conectando los puntos—. ¿En realidad no estabas con tus amigas, sino con... mi coa.. con mi papá?

Asentí.

—Así es.

Tony suspiró profundamente, procesando la información. Luego, alzó la vista de nuevo hacia mí, sus cejas fruncidas.

—¿Y ahora están juntos?

Negué con la cabeza, tratando de mantener mi expresión serena.

—No.

—¿Por qué no?

La pregunta me golpeó como un martillo. Quería explicarle la verdad, que su padre no podía perdonarme haberme casado con Jacob, pero no era un peso que quisiera cargarle a mi hijo. Opté por la salida más sencilla.

—Porque sigo casada con Jacob —respondí simplemente.

Tony pareció considerar esto, como si eso le diera sentido a todo.

—¿Y por qué no solo regresó y dijo la verdad? ¿Por qué tuvo que fingir ser mi entrenador? —preguntó, su mirada acusadora y a la vez confundida.

—Eso te lo tendrá que explicar él, corazón —le dije con suavidad, intentando calmarlo.

Tony apretó los labios antes de hacer otra pregunta.

—¿Y dónde estuvo todo este tiempo?

Esa era una pregunta difícil de responder. Mis labios se separaron, pero las palabras no salieron. Por suerte, no tuve que decir nada, porque en ese instante Edward entró a la habitación.

—Yo te lo contaré —dijo con firmeza, su voz cargada de emociones mientras se acercaba.

Tony giró la cabeza hacia él, con una mezcla de incertidumbre y esperanza. Yo me aparté un poco, dejando que Edward tomara mi lugar junto a la cama.

Era su turno de responder las preguntas de nuestro hijo.

Edward tomó asiento junto a la cama, inclinándose hacia Tony para estar a su nivel. Su rostro mostraba una mezcla de culpa y determinación, como si hubiera esperado este momento durante mucho tiempo, pero también temiera enfrentarlo.

—Tony, quiero que sepas que lamento profundamente no haber estado aquí antes —comenzó Edward, su voz tranquila pero cargada de emoción—. Pero no fue porque no quisiera. Me mantuvieron lejos de ustedes... injustamente.

Tony lo miró con los ojos entrecerrados, tratando de entender sus palabras.

—¿Injustamente? ¿Qué quieres decir?

Edward respiró hondo, frotándose las manos como si buscara valor.

—Fui enviado a prisión sin haber cometido ningún crimen.

El silencio en la habitación se volvió palpable. Tony parpadeó, claramente sorprendido, pero no interrumpió.

—Pasé muchos años intentando escapar, pero no fue fácil. Las personas que me querían dañar se aseguraron de que no pudiera salir. No sabía cómo decirles que seguía vivo, ni cómo hacer que supieran la verdad sin ponerlos en peligro a ustedes también.

Tony lo miró fijamente, sus labios temblando ligeramente.

—¿Quiénes querían hacerte daño?

—Personas malas, pero pronto la justicia se encargará de ellos, no te tienes que preocupar por eso— Tony asintió, aun con dudas.

—¿Por qué nunca escribiste?

Edward agachó la cabeza, sus hombros pesados con el peso de la culpa.

—Bueno, donde me encontraba no era una cárcel normal ¿sabes? ¿has escuchado de corea del norte? —Tony asintió sorprendido—Bueno, ahí me encontraba, siendo un americano sabrás que no era muy querido ahí, así que apenas y me alimentaban, no tenía acceso a nada, ni a lápiz ni papel. Cuando finalmente logré salir, lo único que quería era verte, conocerte y asegurarme de que estabas bien. Pero no quería llegar y desestabilizar tu vida. Quería que confiaras en mí primero, quería que me conocieras... como persona, no solo como un extraño que aparece de repente diciendo que es tu padre.

Tony lo observó detenidamente, como si tratara de medir la verdad en sus palabras.

—Eso es lo que querías... pero ¿cómo sabías tanto sobre mí? —preguntó, cruzando los brazos como si intentara protegerse.

Edward sonrió débilmente.

—No fue fácil. Estuve investigando, buscando cualquier información sobre ti. Tu mamá, tus abuelos... ellos se aseguraron de que crecieras rodeado de amor y cuidado, pero yo quería conocerte de verdad. Cuando decidí abrir el centro deportivo y te vi correr, lo vi como una oportunidad para estar cerca de ti, para entender quién eres y ganarme tu confianza antes de decirte la verdad.

Tony abrió los ojos sorprendidos

—¿Tu eres el dueño de ese centro? —dijo con un hilo de voz. Edward sólo asintió.

Tony permaneció en silencio durante varios segundos. Finalmente, sus labios se torcieron en una pequeña mueca.

—¿Y cuánto tiempo más ibas a esperar? —preguntó, con un tono que no era recriminatorio, sino curioso.

Edward río suavemente, pero había un tinte de tristeza en su risa.

—No lo sé. Tal vez estaba esperando el momento perfecto... aunque supongo que nunca lo hay. Pero cuando ocurrió tu accidente, no podía quedarme callado. Eres mi hijo, Tony, y haría cualquier cosa por ti.

La sinceridad en las palabras de Edward pareció llegar a Tony, cuyo ceño se relajó un poco.

—¿Y mi papá Jacob lo sabe? —preguntó Tony, mirando a Edward con curiosidad.

Vi cómo Edward se tensaba ante la mención de Jacob, pero mantuvo la calma en su respuesta.

—No, aún no lo sabe —admitió Edward, su tono tranquilo pero firme—. Y quisiera ser yo quien se lo diga, si no te molesta.

Tony lo miró fijamente, frunciendo el ceño mientras procesaba sus palabras.

—Lo que quieres decir es que no le diga nada —dijo, con un aire de desafío en su voz.

Edward negó con la cabeza y suavizó su expresión.

—No te voy a obligar a mentirle a Jacob. Sé que él es una parte importante de tu vida, y no quiero ponerte en una posición incómoda. Es tu decisión, pero te agradecería que me permitieras ser yo quien se lo diga.

Tony pareció considerarlo por un momento antes de asentir.

—Está bien... pero ¿cuándo se lo dirás? —preguntó, evidentemente intrigado.

Edward respiró hondo y respondió con sinceridad.

—Pronto.

El silencio se instaló en la habitación por unos segundos mientras Tony parecía estar uniendo piezas en su mente. De repente, su rostro se iluminó con una nueva pregunta.

—Tía Alice lo sabe, ¿verdad? —dijo, como si acabara de descubrir algo obvio.

Sonreí, sorprendida por su rapidez para captar los detalles.

—Sí, lo sabe —contesté.

Tony me miró con incredulidad antes de soltar una risa divertida.

—¿Por qué me dejaste pensar que estaban coqueteando? —me recriminó, aunque con un tono claramente entretenido—. Ahora me siento muy tonto. Todo este tiempo pensé que ustedes dos tenían algo raro.

Edward soltó una carcajada ante el comentario, relajando aún más el ambiente.

—Creo que independientemente de que seamos hermanos para Alice solo existe Jasper —dijo, riendo mientras sacudía la cabeza.

La risa de Tony llenó la habitación por un momento, y noté cómo esa pequeña conversación había cambiado el aire. Lo que antes era tenso ahora se sentía cálido, como si estuviéramos dando un paso hacia algo más ligero, más normal.

—Bueno, entonces eso me tranquiliza. Porque, honestamente, hubiera sido raro —dijo Tony, con una media sonrisa mientras se recostaba un poco más en la cama.

Edward y yo nos miramos brevemente, ambos conscientes de lo que aún quedaba por resolver, pero agradecidos por la risa de Tony y la breve tregua que nos brindó ese momento.

Edward observó a Tony con una sonrisa tranquila mientras decía:

—Me dijo el doctor que, si todo va bien, te darán de alta hoy mismo.

Tony, aún con una ligera expresión de sueño, reaccionó rápido.

—¿Y voy a poder correr? —preguntó con ansiedad, enderezándose un poco en la cama.

Edward suspiró suavemente antes de responder.

—Creo que debes tomarte las cosas con calma. Habrá más competencias.

Tony frunció el ceño y se sentó más recto, claramente molesto por la respuesta.

—¿Pero no puedes hablar en serio? Estuve entrenando durante meses para ese día.

Edward se mantuvo firme, inclinándose ligeramente hacia adelante para mirarlo a los ojos.

—Primero está tu recuperación. ¿Qué pasa si vuelves a caer y te lesionas? Y esta vez no la mano, sino algo más grave, como la pierna o el brazo.

Tony bufó con fastidio y se dejó caer contra la almohada, cruzando los brazos.

—No puedo creer que estuve entrenando tanto para nada —murmuró, claramente frustrado.

Intervine, colocando una mano en su hombro con suavidad.

—Tony, cariño, entiende. Es por tu bien. No puedes correr así.

Pero Tony ya estaba demasiado molesto para escucharme. Antes de que pudiera seguir insistiendo, Edward tomó la palabra de nuevo, con un tono más ligero.

—Bueno, supongo que de algo sirve ser el dueño —dijo, con una sonrisa que empezaba a crecer—. Puedo mover el día de la inauguración para otra fecha que te convenga.

Tony lo miró, sorprendido por esas palabras.

—¿En serio? ¿puedes hacer eso? —preguntó, con una chispa de emoción brillando en sus ojos.

Edward asintió, su sonrisa creciendo aún más.

—Claro que puedo.

La actitud de Tony cambió por completo. Sus ojos se iluminaron, y por un momento su frustración fue reemplazada por puro entusiasmo.

—¡Eso sería increíble! Gracias, papá.

Edward pareció congelarse por un breve segundo ante esa palabra: "papá". Luego, su sonrisa se tornó más cálida y su mirada más suave.

—Para eso estoy aquí, hijo. Siempre.

Sentí un nudo en la garganta al presenciar ese momento entre ellos. Aunque todavía quedaban muchas cosas por resolver, ver cómo Edward y Tony empezaban a construir algo juntos llenó mi corazón de esperanza.

Como Edward había dicho, dieron de alta a Tony esa misma noche. Mientras Edward firmaba los papeles de salida, yo ayudaba a Tony a cambiarse y a acomodar sus cosas. Se veía un poco cansado, pero su humor había mejorado notablemente desde nuestra conversación más temprano.

Edward volvió al cuarto con una bolsa en una mano y una expresión tranquila. Sin decir mucho, comenzó a recoger el resto de las pertenencias de Tony, organizando todo con eficiencia. El ambiente era sorprendentemente cómodo, casi familiar, como si esta dinámica entre los tres hubiera existido siempre.

Para mi sorpresa, Tony no parecía incómodo en la presencia de Edward. De hecho, algo en la forma en que interactuaban me sorprendió y me reconfortó a la vez. Tony se había vuelto parlanchín, llenando el aire con anécdotas de la escuela, historias sobre sus amigos y alguna que otra queja sobre lo que Carlisle llamaba "lecciones de vida".

—¿De verdad mi abuelo creía que correr 5 kilómetros a las cinco de la mañana era algo normal? —preguntó Tony entre risas.

Edward se unió a las carcajadas mientras cerraba la cremallera de la mochila.

—Bueno, digamos que su idea de "entrenamiento" es un poco más... anticuada.

Tony, animado por la respuesta, siguió hablando. Incluso cuando nos dirigimos al estacionamiento del hospital, no dejó de bombardear a Edward con preguntas. Hubo un momento en el que, con la confianza de un niño curioso, soltó:

—¿Y por qué no les dijiste a mis abuelos Esme y Carlisle?

Edward se detuvo por un instante, mirándolo con una mezcla de seriedad y calidez.

—Porque quiero hacerlo bien, Tony. Pronto. Todo a su tiempo —respondió, dejando el tema ahí, pero con un tono que parecía prometerle que no sería un futuro lejano.

Al llegar al estacionamiento, Edward nos guio hacia una camioneta negra que se veía increíblemente lujosa. Tony quedó impresionado desde el primer vistazo.

—¿Es la misma camioneta en la que vinimos? —preguntó, con los ojos brillando.

—Sí, ¿Por qué?

—No la había visto bien con todo el alboroto de la mano—dijo entusiasmado mientras Edward abría la puerta trasera para que pudiera subirse con comodidad. Durante el camino a casa, el ambiente se transformó en un monólogo casi completo de Tony, quien ahora se había obsesionado con todas las funciones de la camioneta.

—¡Mamá, mira! Tiene una pantalla enorme para el GPS. Y eso de ahí, ¿es para controlar la música desde el volante?

—¿Y qué es esa cosa en el espejo retrovisor? ¿Es una cámara?

Edward, con una paciencia infinita y una sonrisa persistente, respondió a cada pregunta de Tony, incluso explicándole detalles técnicos que yo no entendía.

—Es una cámara de reversa, sí. Te ayuda a estacionarte en espacios pequeños.

—¡Eso está genial! —exclamó Tony, inclinándose un poco hacia adelante para mirar mejor.

No podía evitar sonreír al verlos así. Tony, con su curiosidad inagotable, y Edward, satisfecho de poder responder a cada una de sus inquietudes. Por un momento, parecía que éramos una familia normal en un regreso a casa cualquiera.

Aunque sabía que aún había muchas cosas por resolver, ese pequeño instante de paz y felicidad me dio la esperanza de que, quizá, con el tiempo, todo podría encontrar su lugar.

Tony se había quedado dormido increíblemente pronto, tome su mano lastimada poniéndosela en una almohada y poniendo sobre ella otra almohada para que no se lastimara por accidente.

Cuando salí de la habitación, encontré a Edward en la sala, sentado en el sillón con una expresión tranquila, pero pensativa. Parecía inmóvil, como si el silencio alrededor de él pudiera esconder la tormenta que llevaba dentro. Me acerqué, con pasos lentos, sin saber exactamente cómo empezar la conversación.

Me senté a su lado, y por un momento, ninguno de los dos dijo nada. El aire entre nosotros estaba tenso, cargado con todo lo que no se había dicho hasta ese momento.

Finalmente, me armé de valor y hablé, aunque mi voz salió más suave de lo que pretendía:

—¿Y ahora qué? —le pregunté, tratando de captar su atención, aunque no sabía si las palabras que salían de mi boca eran las correctas. —Tony va a querer verte más seguido, no solo en los entrenamientos.

Edward no me miró de inmediato. Su mirada estaba fija en el suelo, en algún punto invisible, como si tratara de procesar algo dentro de él. Su respiración era controlada, pero su cuerpo se sentía tenso, como si todo su ser estuviera a punto de estallar.

—Yo también quiero pasar más tiempo con él —respondió, sin mirarme, como si sus palabras no tuvieran peso.

—¿Y qué pasa con Jacob? —pregunté, con la voz más firme, decidida a que esa conversación fuera clara.

Las palabras parecieron golpearlo, porque por fin me miró, sus ojos llenos de furia.

—¿Qué pasa con él? —preguntó, su tono se volvió defensivo. La tensión en su cuerpo aumentó de inmediato, como si se estuviera preparando para un ataque.

—No puedes seguir con lo que sea que estás haciendo, Edward. Tony también saldrá perjudicado si sigues con esta venganza. Tony… Tony no tiene la culpa de lo que ha pasado entre nosotros. No puedes arrastrarlo a esto. No puedes hacerle eso.

Edward respiró profundamente, su mandíbula tensa, y por un momento, su silencio me hizo pensar que había alcanzado su límite.

—No fue por mi culpa, Bella —dijo, y sus palabras salieron como un gruñido. —Yo no elegí estar fuera de la vida de mi hijo, pero ahora que estoy de vuelta, no tengo intención de dar ni un paso atrás.

La rabia en su voz me hizo saltar. Me levanté del sillón, caminando de un lado a otro, mis pensamientos revueltos, mis emociones a flor de piel.

—¡No es tan sencillo, Edward! —exclamé, con la voz quebrada por la frustración. —Le dijiste a Tony que ibas a hablar con Jacob. Le dijiste que las personas malas te metieron en la cárcel, pero no le dijiste que esa persona mala es… ¡es Jacob! ¡Es el mismo hombre que ha sido su figura paterna durante todo este tiempo!

Edward se levantó rápidamente, su mirada se volvió venenosa, y por un segundo sentí que me aplastaba la mirada con su odio.

—No fue mi culpa, Bella. Y no voy a ser el que haga todo este drama. No le debo nada a Jacob, y no voy a permitir que él siga manipulando a Tony. —Su voz temblaba de furia, pero también de frustración. —Voy a señalarlo, y él tendrá que enfrentarse a las consecuencias de lo que ha hecho.

Las palabras me hicieron retroceder. Sabía que Edward estaba herido, pero no podía permitir que siguiera con ese enfoque destructivo.

—¡No puedes hacerle eso! —le grité, con la respiración entrecortada por el enojo. —No sabes el dolor que le vas a causar a Tony si haces eso. No sabes lo que va a significar para él descubrir que la única figura paterna que ha tenido es el mismo hombre que le quito a su padre.

Edward me miró fijamente, y aunque su furia era palpable, también veía la desesperación en sus ojos. No estaba seguro de lo que debía hacer. Sus dedos se apretaron contra su palma, como si intentara calmarse, pero la rabia seguía viva.

—Tony no tendría por qué sufrir por Jacob, me tiene a mí. —Su voz se rompió en la última frase, como si de alguna manera todo eso lo estuviera destrozando por dentro.

—¡Edward, no lo entiendes! —dije, caminando hacia él con rapidez. —Si sigues con esto, vas a perderlo. A Tony no le importa quién tiene la razón, él solo quiere una familia, quiere sentir que las cosas están bien, pero si sigues con esta venganza, solo vas a destruirlo.

Nos quedamos ahí, mirándonos, en silencio. El enojo de Edward parecía estallar, y por un momento sentí que no podía hacer nada más. Sabía que tenía razón en algo: su dolor, su rabia, no podían ser ignorados. Pero también sabía que, si no paraba en este momento, todo se iría al traste.

—No puedo hacerlo, Bella. No puedo quedarme callado mientras todo lo que me importa se va al infierno —dijo, con una voz tan grave que me hizo sentir que estaba hablando más para sí mismo que para mí.

—No sigas con esto. No quiero que te conviertas en lo mismo que Jacob, Edward. No quiero que caigas en esa trampa, por favor.

Edward giró la cabeza bruscamente, su mirada encendida por una furia tan cruda que casi retrocedí instintivamente.

—No te atrevas a compararme con ese idiota —espetó, su voz baja pero cargada de veneno. —Porque yo no le estoy robando nada, absolutamente nada. Lo único que quiero es lo que es mío. Lo que siempre ha sido mío.

Sentí un nudo formarse en mi garganta. Sus palabras eran tan contundentes, tan llenas de dolor, que no supe qué responder de inmediato. Sabía que para él esto no solo era una batalla contra Jacob; era un intento de recuperar todo lo que había perdido.

—Edward, no se trata solo de lo que es tuyo —dije, tratando de calmar la situación. —Se trata de lo que Tony necesita. De lo que lo va a ayudar a él. Si empiezas a destruir todo lo que conoce, ¿cómo crees que va a reaccionar? ¿Cómo va a confiar en ti después?

—¿Confiar en mí? —repitió, incrédulo, soltando una risa amarga. —¿Después de que ese bastardo lo crio con mentiras? ¿Después de que me robó años de mi vida y a mi propio hijo? Bella, no me vengas con eso. Tony me tendrá a mí, y eso es todo lo que necesita.

Su dureza me dejó sin palabras. Me llevé una mano a la frente, tratando de ordenar mis pensamientos, pero no podía dejar que esta conversación terminara así.

—No puedes decidir por él, Edward. No puedes simplemente borrar todo lo que ha vivido. Tony necesita tiempo, necesita entender lo que pasó de la manera correcta, sin que tú y Jacob lo arrastren a su guerra personal.

Edward se inclinó mientras me miraba fijamente, como si tratara de encontrar algún atisbo de comprensión en mis palabras. Pero su expresión seguía siendo impenetrable.

—Bella, llevo años esperando este momento —dijo, su voz temblando ligeramente, aunque seguía firme. —Años soñando con recuperar a mi hijo. Y ahora que finalmente puedo hacerlo, no voy a quedarme de brazos cruzados mientras Jacob sigue fingiendo ser lo que no es. Esto no es una guerra. Esto es justicia.

Negué con la cabeza, desesperada por hacerlo entrar en razón.

—¿Y a qué precio, Edward? ¿Vas a destrozar a Tony para sentirte mejor contigo mismo? ¿Para demostrarle a Jacob que ganaste? Porque si haces esto, no vas a ser mejor que él. Solo serás alguien más que puso su orgullo por encima de lo que realmente importa.

Su mandíbula se tensó, y por un momento pensé que iba a gritarme. Pero en lugar de eso, simplemente se acercó al sillón a tomar su chaqueta, pasando una mano por su cabello, claramente frustrado.

—No entiendes nada —murmuró, casi para sí mismo. —No entiendes lo que es haber perdido todo.

—Sí lo entiendo, Edward —respondí rápidamente, poniéndome frente a él, obstaculizándole la salida. —Perdí a alguien a quien amaba. Perdí la oportunidad de una vida contigo. Pero no voy a perder a Tony en medio de todo esto, y tú tampoco deberías querer eso.

Él me miró entonces, con una mezcla de dolor y enojo en sus ojos. Pero no respondió. Simplemente me rodeo y salió de la casa dando un portazo.


Y aquí llegamos al final del capítulo… ¡pero no se vayan! 🎬

Tony descubriendo la verdad… ¿Lo ven más tranquilo o les preocupa que de repente se convierta en el nuevo Sherlock Holmes y empiece a hacer preguntas incómodas a todos? 🔍

¿Creen que Edward está siendo demasiado impulsivo en su búsqueda de justicia, o tiene razón en no querer ceder después de todo lo que ha pasado? ️

Espero sus comentarios, que tengan un lindo fin de semana, mantengase saludables y felices! Hasta el siguiente capitulo!