Hace mucho tiempo que no escribo, pero aquí me tienen en ff otra vez, con una historia de dos partes para el #TaioraChristmas2024. Me sentí muy inspirada.

Digimon ni sus personajes me pertenecen, pero la narrativa de esta historia sí.


Una noche de navidad.

Parte I: Efecto Mariposa.

Odaiba aquel año estaba lleno de sorpresas, sorpresas raras e inesperadas. Koushirou alegaba que se trataba del efecto Mariposa, como un pequeño cambio dentro de la rutina de su círculo de amistad hizo que, para el mes de diciembre, el frío se hubiera apoderado de la ciudad, que de por sí estaba acostumbrada a los inviernos gélidos, pero para ese año las temperaturas habían descendido aún más de lo habitual.

La nieve caía con una intensidad inusual, y el viento, que normalmente acariciaba suavemente las montañas y el monte Fuji, se transformaba, en ocasiones, en una ventisca violenta que barría todo a su paso.

Tokio, normalmente bulliciosa y llena de vida, parecía más tranquila. Las oficinas y comercios redujeron sus horarios, permitiendo que la gente se quedara en casa, refugiada del viento inclemente y gélido. En las estaciones de tren, el sonido inconfundible de los sistemas de calefacción se mezclaba con el murmullo bajo de la gente que se apresuraba a llegar a sus destinos antes de que la tormenta empeorara. Los trenes, que en su mayoría funcionaban sin inconvenientes, se veían retrasados, ya que el hielo cubría los raíles, y las visibilidades mínimas no permitían a los maquinistas ver claramente.

Pese a todo, las autoridades se mostraron competentes ante el despiadado invierno que azotaba Tokio y sus alrededores.

Pero Koushiro, que por lo general era un hombre de hechos y no de creencias, ese año, creyó que todo se debía a causa de él, ya que al haberse negado a ayudar a algunos de sus compañeros desencadenó una ola (o virus) de amor entre sus amigos y aquello había terminado afectando el clima en Odaiba y el resto de Tokyo.

¿Por qué creía todo aquello? Porque le parecía inconcebible que casi todos sus amigos se hubieran emparejado de un día a otro, y todo a causa de él y su agenda apretada.

—Voy al centro de computación —avisó Miyako un viernes de abril de ese mismo año—. Tengo muchas cosas que hacer.

—Creí que ya no teníamos pendientes —respondió Koushiro, guardando sus cuadernos y pertenencias dentro del bolso—. Y hoy no tenemos reunión.

Miyako se excusó entre nerviosismos y sonrojos, alegando que no debía meterse en los asuntos de los demás.

Cosa sumamente rara, porque siempre le decían que hiciera todo lo contrario.

—Se está encontrando con Ken allí —aseguró Taichi unas horas más tarde, cuando lo encontró en las afueras de su universidad, y quien no paraba de patear su balón de futbol a medida que caminaban—. Como el club de computación no es un sitio muy popular, aprovecha de verse con Ken allí para besarse.

—Oh, ya veo —dijo Koushiro—. ¿Desde cuándo están saliendo?

—Desde el White day.

—¿Se declararon hace más de un mes?

—Sí, esos malditos suertudos, resulta que Miyako y él comenzaron a pasar mucho tiempo juntos por asuntos de la escuela de policía de Ken.

—Ya recuerdo —Koushiro dijo, cruzándose de brazos y colocando una mano sobre su barbilla, tratando de recordar mejor—. Ken me pidió ayuda, pero estaba muy ocupado, entre la universidad y los asuntos de la oficina de investigación del Digimundo, no pude apoyarlo con su proyecto.

—De no ser por eso, seguro no se hubieran dado cuenta de sus sentimientos, esos dos ya se traían algo. Aunque sinceramente, siento algo de envidia. Les resultó tan fácil salir.
—Ya veo —no dijo nada más por algunos segundos, hasta que llegó a la conclusión de que…—. Menos mal no lo ayudé yo.

Y aunque para Kou se trataba de una conclusión que favoreció la relación de sus amigos, Taichi lo tomó de un modo diferente, riéndose a carcajadas al pensar que, por un momento, Kou estuvo aliviado de no haber sido él el afortunado que se robara el corazón de Ken.

Se despidieron frente del edificio en donde residía la oficina de Izumi. Taichi había quedado con Koushiro aquella tarde, le ayudaría con un asunto de la universidad, pero como en aquella ocasión con Ken, Kou tenía la agenda llena, por lo que pospuso su reunión para el día siguiente, así que, ya habiendo terminado sus pendientes y sin nada más que hacer, Taichi llamó a Yamato, quien tendría un concierto que sería transmitido por Fuji TV, la cadena televisiva en donde trabajaban sus padres y al que no le vendría nada mal un poco de apoyo, aunque no entendió por qué se opuso a la idea de ir en ese momento a verlo, si igual iría al concierto una media hora más tarde.

Frente al camerino del cantante Tai estaba dispuesto a llamar a la puerta, cuando fue tacleado de un momento a otro y pegado contra la pared.

—¡Pero qué carajo! —vociferó como única forma de protesta.

—Sígueme —susurró una voz que conocía muy bien.

—¿Sora? ¿Qué haces aquí?

—Shhh… solo sígueme.

Habiendo dicho aquello, lo tomó del brazo y lo llevó dentro del camerino en donde no estaba Yamato.

—¿Piensas explicar este comportamiento criminal de tu parte?

Sora se echó a reír por lo bajo. Taichi la estaba viendo con los ojos entrecerrados y la boca apretada mientras se acariciaba del brazo que impactó contra la pared.

—Mimi y Yamato están hablando. —Hizo énfasis en la palabra "hablando" tratando de que su compañero le entendiera entre líneas.

Pero Taichi no era así, a él, muchas veces, tenían que decirle las cosas de forma clara y contundente o sí no, ni enterado de lo que sucedía.

—¿Y por eso tenías que golpearme? Ellos hablan siempre. Hasta he llegado a pensar que se traen algo, lo mismo pensaba de Miyako y Ken, y mira, están saliendo. También con Jou y…

—Cálmate, Señor sexto sentido, no es "solo hablando" están en una cita. Además, soy yo la que te hace dar cuenta de esas cosas, no sé si lo recuerdas, pero tuve que explicarte que el repentino interés de Ken por saber cosas de computación se debía a las cesiones de besos.

Taichi sonrió con malicia.

—Bah, ese maldito enano… No solo tiene novia antes que yo, sino que también aprendió de mejor manera a usar una computadora.

A Sora no le quedó otro remedio que el que reírse del comentario de su amigo, era cierto, Tai era un bruto para todo lo que implicara tecnología.

—Kou está disponible —sugirió.

—No, gracias, prefiero seguir siendo un neófito de la tecnología.

—Presiento que llegaremos a los sesenta años y aun me llamarás para preguntar cómo se envía un mensaje de texto.

—No sé si lo sepas, pero los mensajes de texto están obsoletos ya, para ese tiempo tendrás que enseñarme a enviar mensajes holográficos o una cosa así.

Entre la platica a futuro, las risas tontas y en la forma tan especial que tenía Sora de mirar a Taichi, este se llenó de un repentino anhelo. Muchas veces el pensar en el futuro le causó ansiedad, pero el saber que Sora daba por sentado que de allí a cuarenta años seguirían juntos lo reconfortaba de alguna manera, y hasta le causaba ternura, Sora con el cabello canoso y arrugas se le hacía adorable.

Pero antes de darse cuenta de que estaba en una especie de estado de ensoñación, Sora, una vez más, lo tomó de forma desprevenida y lo empujó al diminuto armario de ropa, cerró la puerta y le pidió al otro que no hiciera ruido.

La puerta de afuera se abrió y Taichi no supo que fue lo primero que inundó sus sentidos, si la voz melodiosa de Mimi cuando reía o su perfume con aroma dulzón.

—Oh, vaya, nunca había estado en el camerino de una estrella del rock.

Yamato rio por lo bajo y Taichi comenzaba a sentir calor, el lugar era reducido, Sora estaba muy pegada a él, usaba un suéter y ese año estaba haciendo mucho calor, todo le comenzaba a molestar, salvo Sora, claro, sentirla tan cerca era el motivo por el cual no salía corriendo de allí.

—¿Y qué querías decirme? —inquirió Mimi.

—¿Por qué tienes que ser así de directa?

—Hemos estado paseando desde hace un par de horas, dijiste que querías hablar de algo importante.

—Bueno, es que sí es importante, pero no es algo de qué preocuparse mucho. Esperaba poder decírtelo después del concierto.

Taichi se removió incomodo, Sora le dio con el codo, cuando este volteó a verla, la pelirroja le hacía el gesto con la mano para que se mantuviera quieto y en silencio.

—Debimos irnos en lugar de entrar al camerino —susurró.

—Shhhh. Nos van a oír.

—¿Y eso qué? Esto parece un sauna, si van a besarse, mejor que lo hagan sin personas voyeristas aquí.

Sora tapó su boca con la mano, ahogando la risa.

—No somos voyeristas —volvió a hablar con voz quedita—. Solo estamos en medio de una situación.

—Es lo que no me explico, por qué estamos aquí en medio de esta situación, si fácilmente pudiéramos salir y decirles: esperen, hagan lo que hagan, esperen a que nos vayamos.

—Ya cállate, nos van a escuchar y sería vergonzoso si nos descubren. ¿Qué crees que pensarán?

—Tsk, me da igual. ¡Solo quiero salir de aquí! —Aunque Taichi no dejó de susurrar, levanto la voz lo suficiente como para que Sora se asustara, lo tomara por el cuello en una especie de llave de lucha libre y lo acercara para taparle con la otra mano la boca.

—…a decir verdad, Yamato, llegué a pensar que estábamos en medio de una cita. —Por suerte para Sora, no habían escuchado a su mejor amigo—. Incluso le pedí a Sora que me disculpara, porque estaba con ella cuando me llamaste.

Se escuchó un suspiro de parte de Yamato.

—Mimi, no estamos en una cita… aun. Quería que vinieras al concierto porque tenía pensado… —De nuevo los chicos del armario escucharon otro suspiro, era como si riera y estuviera exasperado al mismo tiempo—. Eres increíble, Mimi.

—¿Hice algo malo?

—No. Pero supongo que de este modo es más personal. Escucha, la otra noche, cuando tuvimos esa discusión…

—Ya me disculpé, Yamatty, sé que a veces suelo dejarme llevar por mis emociones, pero…

—No quiero que te disculpes otra vez, eso no viene al caso ahora.

—¿Entonces por qué lo dices?

—Porque cuando me dijiste "adiós" sin pensarlo dos veces, y te fuiste sin voltear atrás, solo pude quedarme sentado, pensando y pensando y pensando. Y no sé por qué le di tantas vueltas, Mimi, la discusión fue estúpida, sabía que si me disculpaba contigo todo volvería a la normalidad, pero la posibilidad de que, aunque fuera por un instante, me estuvieras odiando, la odié y cuando me pregunté por qué, caí en cuenta de que me importas más de lo que pensaba. Pasaste de ser esa chiquilla irritante a alguien a quien admiraba y luego… —silencio.

—¿Luego?

—No se me da bien el hablar, yo… no sé cómo decir lo que siento, es decir, no es que no me importe, o me avergüence de ello, me importa, y mucho, por eso cada vez lo que lo intenté, decirte el por qué me ha estado molestando lo que sucedió la otra noche, solo me salían balbuceos, nada coherente y eso me exasperaba demasiado. Incluso ahora, siento que las palabras se atoran en mi garganta.

—Yo creo que lo estás haciendo muy bien.

—¿Alguna vez sentiste que podías hacer o decir algo mucho mejor de lo que lo estabas haciendo?

—A veces. Sí. Pero en la vida, Yamatty, no todo tiene que salir perfecto.

—Sí. Por suerte para mí, tengo otras formas de expresar lo que siento.

En ese momento Taichi sintió el verdadero terror, se imaginó miles de escenarios en donde Yamato, con él y Sora encerrado y escuchándolo todo, le demostraría a Mimi que quería con ella como solo un chico quiere con una chica. De no ser porque Sora, pese a ser menuda, tenía una fuerza inmensa mientras mantenía la llave alrededor de su cuello y porque, no lo iba a negar, aquella acción lo mantenía muy cómodo, habría salido gritando de allí en ese mismo instante.

Se volvieron a escuchar pasos, pasos que hicieron sudar frío a Sora al creerse descubierta. Luego un silencio y a continuación, las notas melodiosas de una guitarra acústica.

Sora apretó fuerte el agarre en Taichi, en el que este no sabía si sufrirlo o seguir disfrutando de la cercanía de su cara a los pechos de ella.

La voz de Yamato, cantando una canción que parecía escrita para Mimi.

—Le escribió una canción —susurró—. Una canción de amor… ¡Ihhh!

Pero Taichi no escuchaba sus palabras. El sonido de su voz se desvanecía en el aire, al igual que la canción de Yamato, en ese momento, nada más importaba, solo podía prestar atención al latido del corazón de Sora. Su brazo, casi por instinto, rodeó la pequeña cintura de la pelirroja, y sus sentidos se inundaron con su presencia. El aroma que siempre lo había cautivado, ese dulce perfume de su mejor amiga que se mezclaba con su esencia natural se coló por completo en su ser. Sabía que, aunque el tiempo pasara y muchos de sus recuerdos permanecieran ocultos en lo profundo de su mente, esa fragancia se quedaría con él, una huella imborrable en su memoria, mucho más profunda que cualquier melodía que pudiera sonar en el aire.

Dentro de cuarenta años, si alguien le preguntara por esos momentos, él no recordaría la música de Yamato, ni siquiera por qué estaban allí, en un closet diminuto, atrapados en ese instante de tiempo colgado. Pero sí recordaría el sudor que se deslizaba por la piel de Sora, el calor de su cuerpo a través de la tela, su respiración suave y pausada, y, sobre todo, la paz y la intranquilidad que sentía al tenerla tan cerca.

—Taichi —dijo ella, su voz suave, como un suspiro que parecía llenar todo el espacio.

Él, con el corazón latiendo en su garganta, tragó saliva antes de apartarse un poco. El silencio fue pesado, como si ambos intentaran descifrar qué ocurriría a continuación. Sora lo miraba, sus ojos llenos de dudas, pero también de algo más, como si estuviera buscando una respuesta en su rostro que aún no lograba descifrar. Taichi, incapaz de resistirse a la necesidad del momento, se dejó llevar por sus emociones, sin detenerse al menos a pensarlo por un segundo. Sus ojos cerrados, acercó su boca a la de ella, como si el mundo exterior ya no existiera, y se dejó llevar; y Sora, sin tener tiempo de tan siquiera procesar lo que ocurría, correspondió al beso, entregándose completamente en ese instante tan frágil y, a la vez, tan real.

La besó, y a diferencia de lo que había imaginado, no fue un beso tímido que crecía poco a poco. No, fue inmediato, como si ambos hubieran estado esperando ese momento. Desde el primer contacto, una nueva emoción se encendió entre ellos, un deseo de estar más cerca, una necesidad. No había lugar para la prisa, pero tampoco para la duda, una urgencia que solo se calmaba cuando sus labios ansiosos rozaban los del otro. Era un beso lleno de intensidad, de curiosidad, de un anhelo compartido de conocer al otro de una manera nueva y casi intuitiva. La suavidad de sus labios no dejaba de invitar al siguiente gesto, y el silencio que los rodeaba solo hacía más profunda esa conexión, esa certeza de que algo había cambiado entre ellos.

Y tan rápido como sucedió, aquella conexión se rompió al escuchar cómo la puerta de afuera se cerraba de golpe. Se separaron de inmediato. El beso, tan repentino, tan fuera de lugar, los dejó paralizados. Sora no se movía, su rostro era una mezcla de sorpresa y algo más que Taichi no lograba identificar. ¿Confusión? ¿Arrepentimiento? Sus ojos no dejaban de buscar algo en él, como si esperara una explicación que él mismo no podía ofrecer. Taichi, atrapado entre la incredulidad y una confusión que se le atascaba en la garganta, no sabía qué decir. Su corazón latía más rápido de lo que debía, pero sus pensamientos estaban dispersos, como si se hubieran esparcido por todo el lugar.

—Yo… —trató de decir algo, sin embargo, ahí, en esa palabra tan diminuta, murió la explicación que intentó dar.

Quería decir algo, cualquier cosa, pero las palabras simplemente no salían. La confusión los rodeaba, envolviéndolos en un silencio denso, lleno de dudas, preguntas no formuladas, y una sensación incómoda que ninguno de los dos sabía cómo romper.

—Taichi —dijo ella.

De repente, un sonido rompió la tensión: la puerta del armario se abrió de golpe.

—¡Vaya! —exclamó Mimi, con una sonrisa amplia que no alcanzaba a ocultar la sorpresa—. ¿Qué está pasando aquí?

Ambos se pusieron de pie hacia la puerta, como si un cañón hubiese estallado frente a ellos. La imagen que Mimi encontró era, en una palabra, caótica. Taichi, con las manos levantadas como si quisiera defenderse de algo invisible, Sora, imitando los mismos movimientos que el otro, como si fuera el reflejo de un espejo.

—¡Nada pasó! —dijeron al unísono, atropellando las palabras—. ¡Nada! ¡Solo... solo un... es un malentendido! ¡No pasó nada!

Mimi los miraba fijamente, sin perder la sonrisa, y una risa contenida se le escapó. —¿De verdad? —preguntó, arqueando una ceja—. Porque por lo que veo, su actitud es bastante comprometedora, se estaban besando, ¿verdad?

¿Es que acaso era una bruja? Ambos se sonrojaron al mismo tiempo, como si estuvieran sincronizados por alguna fuerza invisible.

—¡No, te digo que nada pasó! —volvieron a corear.

—No es lo que parece, Mimi —dijo Taichi, levantando las manos en señal de rendición y con su usual inocencia haciendo que fuera tan transparente y sincero como solo él podía serlo—. Aff, fue solo, solo… un accidente. No te imagines cosas raras.

—Sí, me enviaste un mensaje diciendo que Taichi vendría y que arruinaría las cosas con Yamato, que lo detuviera, solo vine a ayudarte y… bueno… quedamos en medio de una situación voyerista —A esas alturas, prefería que Mimi pensara que estuvieron todo el rato viéndolos que besándose. Sentía el calor latir por todo su rostro. Qué vergüenza.

—¿De qué hablas? —replicó Mimi, extrañamente haciendo una mueca de fastidio—. Estábamos en medio de la canción cuando llegó Takeru y se llevó a Yamato porque ya es hora de su espectáculo. No pasó nada, pero veo que estaban tan concentrados dándose caricias que ni cuenta se dieron. ¡El amor!

—¡Mimi!

—Pero, en serio —continuó Mimi, de repente más seria, aunque sus ojos brillaban con picardía—, si hay algo que deban aclarar, ¡no me lo oculten! No soy tonta, ¿eh?

Ambos se miraron por un instante, los rostros todavía rojos, y Taichi suspiró pesadamente.

—¡No, no! ¡Es que nada pasó! —repitió, levantando una mano, como si estuviera tratando de explicar lo inexplicable.

—Claro, claro... —respondió Mimi, sonriendo aún más, cruzando los brazos y moviendo la cabeza de lado a lado—. Solo un "accidente". Perfecto. Cuando terminen de accidentarse, estaré en primera fila viendo a mi Yamatty, mientras tanto, sigan "accidentándose" —uso sus dedos como comillas cuando mencionó la última palabra.

Dicho aquello se marchó sin darles tiempo de volver a refutar sus palabras, llenos de sonrojos y fingiendo que nada había pasado, cuando todo pasaba.

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Aquella tarde de abril Yamato y Mimi se hicieron novios, luego de que Yamato le dedicara su nueva canción Boku ni totte a la castaña. Una semana después, Taichi y Sora hablaron de aquella situación en el armario y comenzaron a salir también.

Koushiro, que fue el ultimo en darse cuenta de aquello, pensó que el efecto mariposa comenzó tras negarse a ayudar en sus proyectos de universidad a sus amigos y que ahora, hasta el residente Joe Kido, tenía novia, y todo gracias al haber pospuesto su cita rutinaria en el hospital que tenía con él, debido a que tuvo problemas con unas bases de datos en Estados Unidos.

Sonrió sintiéndose muy tonto. Su tren acababa de llegar, ahora podría dedicarles tiempo a pensamientos más fructíferos en lugar de a hipótesis estúpidas de por qué, ese año, el invierno llegó más despiadado que nunca por culpa de sus decisiones.