Capítulo 1

Himawari estaba harta; hasta al tope de tener que ocultar lo que sentía, de tener que esperar a que, algún día, Sakurako, la chica de la que estaba enamorada, hiciera algo tan importante como confesarse.

Era la tarde de un soleado domingo, y la peli azul estaba en un parquecito cercano a su residencia. Exceptuándola a ella, el lugar estaba vacío. Se hallaba tan ensimismada en sus problemas que, realmente, le daba igual que no hubiera nadie cerca. Tenía cero ganas de encontrarse con alguien conocido.

Desde que saliera de su hogar, a eso de las diez de la mañana, Himawari no había hecho más que caminar por los alrededores, reposar en uno que otro banquito que consiguiera por ahí y beber dos sodas de una máquina expendedora cercana. Además, en todo lo que iba de día, no había probado bocado alguno.

Como su madre solía levantarse tarde los domingos, el peso de preparar el desayuno para todas recaía en ella.

Tras asegurarse de que Kaede comiera, y de que el desayuno de la señora Furutani estuviera sobre la mesa, Himawari, que estaba molesta desde la noche anterior —y aún seguía igual—, tomó su bolso —en donde siempre suele llevar una cierta cantidad de dinero, en caso de presentarse alguna eventualidad— y salió a la calle, sin haber tocado su comida.

Su estómago emitió un gruñido cuando iba por su segunda soda, pero no le hizo el más mínimo caso. Su sangre aún estaba al borde de la ebullición debido a la rabia que todavía fluía por su sistema. Se levantó del banco y, tras dejar caer la lata vacía en su correspondiente contenedor, empezó a caminar en dirección a los columpios.

Tomó asiento en uno de ellos y se columpió un rato, pensando que podría distraerse de esa forma, pero no lo consiguió. Se bajó del juego y fue dar una vuelta cerca del arenal. Mientras pateaba la arena, un bufido abandonó sus labios. Aprovechando que no había nadie que la viera —o eso creía—, dio una que otra patadita a la pálida arena de ese lugar.

Seguía desquitando su frustración con la inocente arena, sin levantar mucho polvo, y sin aplicar mucha fuerza, cuando escuchó una conocida voz a sus espaldas:

—¡Vaya, pero si es Furutani-san! —exclamó la persona, que resultó ser Kyouko.

Al girarse para mirar a su senpai, Himawari notó que, por la vestimenta de la rubia —botas altas, los coloridos shorts, la bonita blusa y su pequeño bolso—, era probable que fuera a una cita importante. Irradiaba esa despreocupación que tanto la caracterizaba.

—Toshinou-senpai, buenas tardes —saludó Himawari, haciendo una educada reverencia y dejando ver su mejor sonrisa.

Pensó que había hecho un buen trabajo ocultando la molestia que la invadía, pero no era el caso. Supo que Kyouko se había dado cuenta de su estado de ánimo, pues, se le había quedado mirando con curiosidad.

—¿Pasa algo? —preguntó la rubia, con una ceja levantada—. Es que, no sé, te ves agitada. Y, bueno, antes pude ver que maltratabas mucho a la pobre arena-chan —rio mientras hablaba—. Menos mal que no hay una sociedad protectora de arenas, porque, de ser así, ya estarías en serios problemas —finalizó Kyouko y luego se rio, con ganas, de su propio chiste.

Pese al extraño comentario —cosa que no se le hacía rara, pues era de Kyouko de quien provenían esas palabras—, Himawari pensó que su senpai estaba en lo cierto. Aunque creyera que no hacía más que patear esa arena, lo cierto era que, en lugar de buscar una solución a su problema, se estaba desquitando con algo que no lo merecía.

Mientras esperaba a que la rubia recuperara el aliento, a Himawari se le ocurrió una idea que, en circunstancias normales, no habría tomado en cuenta. Sin embargo, debido a lo mal que se sentía, la ocurrencia le pareció muy conveniente. De hecho, en ese momento, hasta parecía ser la mejor idea que se le hubiese ocurrido en mucho tiempo.

Fue entonces que, bajo el caliente sol de mediodía, durante ese tranquilo domingo, Kyouko, su senpai, una de las chicas con la cual no había cruzado demasiadas palabras —y, mucho menos, de índole muy personal—, se convertiría en la primera persona a la cual consideraría contarle cosas importantes con respecto a lo que sucedía entre ella y Sakurako.

Con la interacción que tendrían más adelante —interacción en la que Himawari se abriría, dejando escapar todo aquello que la traía de mal humor en un domingo tan bonito como ese—, el destino de la mayor de las Furutani tendría un importante cambio.

—Toshinou-senpai —comenzó Himawari, sintiendo, por unos breves segundos, que, tal vez, fuera una mala idea decirle a la rubia algo de lo que estaba ocurriendo. Pero la duda se fue tan pronto como había llegado—, ¿puedo hablar con usted?

La rubia se sorprendió ante la pregunta. Arqueó ambas cejas de forma graciosa y ladeó la cabeza. No esperaba que Himawari, con la que no había tenido un trato tan cercano, quisiera tener una seria conversación con ella.

La sorpresa se esfumó del rostro de Kyouko cuando tomó una decisión. Sonrió con amabilidad, enseñando todos los dientes, y, finalmente, asintió, enérgica.

—¡Claro! —respondió Kyouko, guiñándole un ojo—. ¿Por qué no?

En ese momento, el estómago de Himawari rugió, con entusiasmo, provocando que su dueña enrojeciera, presa de la vergüenza. Por su parte, Kyouko sólo rio ante lo graciosa de la situación.

—Disculpe por eso, Toshinou-senpai —dijo, roja como la sangre y deseando que se la tragara la tierra—. No desayuné hoy y, eh, han pasado cosas y, bueno…

—Tranquila, Furutani-san —la tranquilizó Kyouko, sacudiendo una mano para restarle importancia—. Tampoco he comido, así que no te preocupes por eso. De hecho —le dedicó una sonrisa cómplice—, sé a donde tenemos que ir.