Notas del autor: Hola de nuevo, gente. Espero que se encuentren bien. Es de mi agrado informar que este fanfic ya está terminado (lo terminé de escribir, todavía falta terminar de subirlo). Estaré publicando los capítulos que faltan en estos días. La historia contará con más de doce capítulos y un epílogo. Sé que he tardado un poco, pero fue por andar resolviendo algunos asuntos y bueno, la vida. El día de hoy, subiré hasta el capítulo diez. No sé si lo habrán notado, pero resubí los capítulos del uno al seis porque estuve corrigiendo un poco la historia. Leí esos capítulos y encontré errores. Por lo tanto, para mejorar la experiencia de la lectura, los arreglé un poco. Espero que les guste. ¡Saludos!


Capítulo 7

Sakurako, una vez que Himawari aceptó su propuesta, entró en alguna clase de modo serio y se dispuso a buscar algo en su bolso. Registraba y registraba, ante la mirada expectante de la más alta. Buscaba monedas.

Himawari puso los ojos en blanco cuando, habiendo pasado ya dos minutos, Sakurako no terminaba de encontrar su monedero.

«Ya no le queda dinero», pensó Himawari, llevando sus manos a su propio bolso. «Tendré que darle yo algunas monedas».

El motivo de estos pensamientos estaba en que Himawari recordó aquella vez, cuando Sakurako la llamó por teléfono y le pidió dinero. Resulta que la castaña, y la pequeña Hanako, estaban en un restaurante y, tras consumir, Sakurako se dio cuenta de que no traía el dinero con ella. Se le había quedado en casa. Al final, todo se resolvió cuando Himawari envió a Kaede para que las socorriera con ese problema. La menor de las Furutani pagó la cuenta y las hermanas Oomuro pudieron salir del aprieto en el que se encontraban.

Ver a Sakurako buscando su dinero despertó esos recuerdos y, por instinto, tomó el monedero que guardaba. Pero, al final, Sakurako extrajo algunas monedas y, con una expresión que denotaba una seriedad casi mortal —hasta el punto de asustar—, introdujo una moneda en la máquina y dio inicio al juego.


Unos diez minutos después, las chicas llegaron a su respectivo vecindario. Himawari, sonrojada y feliz, llevaba un bonito peluche blanco de los Jellyfish en su bolso. Más tarde, dicho peluche, iría a parar a la estantería repleta de otros peluches de los Jellyfish con diferentes presentaciones en su habitación. Antes no la tenía, pero, con el paso del tiempo, Himawari reunió unos cuantos peluches y decidió darles su propio espacio en su cuarto.

Sakurako decidió acompañarla hasta su hogar; la enorme casa, con ese hermoso estilo tradicional, en donde vivían las Furutani.

De forma distraída, Himawari recordó que su casa se encontraba sola ese día. Entonces pensó que, de haber estado en una cita real, el hecho de que la residencia Furutani estuviera sola en ese momento sería una completa dicha.

La señora Furutani y Kaede tenían la costumbre de salir, todos los sábados por la tarde, a un Wcdonald's cercano para que esta última comiera algo de comida chatarra y su madre —que trabajaba tanto como la madre de Sakurako— pasara algo de tiempo junto a la pequeña a la que no solía ver, al menos despierta, muy seguido.

Por lo general, cuando la señora Furutani llega a casa del trabajo, ya es muy tarde por la noche. Por lo tanto, suele encontrar dormida a la pequeña Kaede. Es por eso que adoptaron esa costumbre. Himawari se queda con la casa solo para ella los días sábados, después de las cuatro de la tarde.

Al pensar en todo eso, Himawari llegó a la conclusión de que era una lástima que Sakurako y ella no estuvieran juntas.

Con disimulo, miró a la castaña y, acto seguido, se mordió el labio inferior. No puede evitar tener uno que otro pensamiento subido de tono con su amiga de la infancia. En un principio, a Himawari le daba vergüenza tener esa clase de pensamientos con respecto a Sakurako. Estaba consciente de que era algo normal, pero eso no quitaba el hecho de que fuera realmente vergonzoso.

Sin embargo, con el paso del tiempo, se dio cuenta de que no tenía caso avergonzarse por ello. Antes, incluso, era muy susceptible a las bromas que solía hacerle Nadeshiko con cada vez más frecuencia. En la actualidad, no hacían mella en Himawari.

Esos: «¿No quieres entrar a darte un baño con Sakurako, Hima-ko? »; o «Hima-ko, te dejaré sola con Sakurako. Por favor, no seas tan mala con ella⁓». Y como olvidar ese «¿Y hasta donde han llegado, Hima-ko?». Siempre con esa expresión rara en su cara, cómo de complicidad y malicia; además, esa frase de «Son tan ruidosas» tan característica de la mayor de las Oomuro, ya no le molestaba en lo absoluto.

Ya nada de eso le importaba. Más bien, hasta habían llegado a parecerle muy divertidas. Ya no tenía que dudar.

Lo aceptaba, a ella le gustaba Sakurako y, ¿por qué no?, también la deseaba.


Cuando estuvieron delante de su casa, Himawari, haciendo alarde de su, recién obtenida, voluntad, alejó esos extraños pensamientos, que habían estado revoloteando por su mente durante todo el camino de regreso, y decidió que había llegado el momento de despedirse.

—Muchas gracias por la salida, Sakurako — dijo, satisfecha—. Fue divertido. Podríamos repetirlo pronto. —lo pensó un momento—. Podría ser la semana próxima, que todavía no comenzamos los exámenes.

—Sí, eh… —Sakurako se llevó una mano a la cabeza. No quería establecer contacto visual Himawari—. Deberíamos hacerlo el próximo sábado —convino y soltó una risita que le pareció curiosa a la de cabello azulado.

—De acuerdo. Ah, y gracias por el regalo —acarició la parte del peluche que sobresalía de su bolso—. Fue muy lindo de tu parte. —sonrió—. De verdad, conseguiste sorprenderme cuando lo ganaste al primer intento.

Sakurako, que no era precisamente humilde, cruzó los brazos, adoptó una soberbia expresión y sonrió con suficiencia.

—¡Para Sakurako-sama no hay nada que sea imposible! —exclamó Sakurao, con renovada confianza.

Esa castaña tenía de humilde lo que Ayano tenía de hetero.

Al verla, una gotita resbaló por la nuca de Himawari. Pensaba que esa chica no tenía remedio.

—Sí, eh, hasta mañana, Sakurako —se despidió Himawari, girándose para entrar al porche.

Estaba sacando sus llaves con la intención de abrir el enorme portal de madera, cuando sintió que la tomaban por la muñeca.

—¿Eh?

Al darse la vuelta, notó que la mano de Sakurako —fría y temblorosa— le estaba ciñendo la muñeca. Se ruborizó y estuvo a punto de preguntar qué era lo que le ocurría, cuando cayó en cuenta de que, otra vez, su amiga castaña estaba pasando por uno de sus Sakunervios.

Al mirarla a la cara, Himawari supo también que Sakurako quería decirle algo.

Temblorosa, agitada, ruborizada y molesta, Sakurako hacía todo el esfuerzo posible para no soltarle mano a su amiga y salir huyendo de ahí. Himawari se calló cualquier cosa que quisiera decir, o preguntar, y esperó, paciente. No sabía por qué, pero, estaba segura —hasta el punto de que podría llegar a jurarlo—, que, si decía algo, cualquier cosa, era probable que Sakurako perdiera el valor que tanto esfuerzo le había costado reunir y decidiera no decir nada de lo que tenía en su mente.

Finalmente, Sakurako pareció tomar un poco más de valor. Himawari lo supo debido al cambio en su mirada chocolate. Siente como la presión se eleva, el aire fluye entre ellas, provocando que sus cabellos se muevan al compás de este. Sakurako respira, de forma ruidosa, luego inhala profundamente y entonces:

—Himawari —dice y la mencionada sólo asiente a modo de respuesta—. Yo… eh… tú —no consigue formar alguna frase que tenga un mínimo de coherencia—. Tú me… uh…

Himawari, silenciosa como nunca, observa los infructuosos intentos de la más baja para decirle todo lo que tiene en mente y no puede evitar sentirse decepcionada al no poder escuchar aquello que tanto esperaba. Pero, ¿qué era eso que estaba esperando con tantas ansias?

«Que se confesara», pensó Himawari, sintiendo como algo, parecido a la frustración, crecía dentro de ella.

Sakurako pareció rendirse, otra vez, y soltó la mano que tanto esfuerzo le había costado tomar. Cuando la castaña deshizo el contacto, Himawari sintió una incómoda molestia al vacío que quedó en esta. Era como si el aire en la palma de su mano se hubiera vuelto tangible. No quería sentir ese vacío. Estaba más que segura de este hecho.

—Creo que me voy —dijo Sakurako, al fin, de forma calmada y coherente. Los Sakunervios habían desaparecido otra vez, dando a entender que se había rendido con aquello que intentaba decirle.

Esta vez, fue la castaña quien se giró para irse. Pero, entonces, fue el turno de Himawari para tomarla de la mano y detener su escape.

—Sakurako —comenzó Himawari, hablando con lentitud—. Puedes continuar con lo que estabas diciendo. Yo… yo… escucharé lo que tengas que decir.

Seguía sosteniendo la mano de Sakurako, pero la castaña no se había girado todavía. Aunque Himawari tiraba de ella con la intención de que la mirara, Sakurako se resistía a encararla. Le estaba dando la espalda.

Para su sorpresa, Himawari sintió como la castaña empezó a temblar. Al parecer, estaba cerca de tener otro de esos ataques de Sakunervios. Sin embargo, intentaba mantenerse bajo control. De repente, Sakurako aprieta, con suavidad, la mano con la que su amiga la retiene en su lugar. La mayor de las Furutani sabe que la más baja está dudando y que considera la posibilidad de, finalmente, poder abrirse a ella.

En un repentino impulso, Sakurako se giró hacia ella, con rapidez. Himawari notó que tenía la boca apretada y una mirada decidida en el rostro. Se había girado tan rápidamente que, sin querer, había quedado más cerca de su amiga peli azul de lo que hubiese querido. Estaba tan cerca que Himawari pudo sentir el perfume y hasta el olor del shampoo que emitía su castaña cabellera. Son olores suaves y frescos, que se han mantenido a pesar de haber pasado una buena parte del día bajo el sol.

Sendas manchas rojizas aparecieron en las mejillas de la castaña, amén de un brillo extraño que sus ojos avellana comenzaron a despedir, como si tuvieran luz propia. Fue entonces que lo supo, mucho antes de que Sakurako comenzara a acortar la distancia entre sus bocas con tortuosa parsimonia, Himawari lo supo con total, y fría, certeza.

«Va a besarme», fue todo lo que pudo pensar. Era la verdad, era cierto, una información que tenía más veracidad que cualquier otra verdad que pudiera encontrarse en el mundo. Al menos, eso era lo que le parecía a ella.

Podía sentir como las mariposas en su estómago revoloteaban, furiosas, como si quisieran —no es como que pudieran—, escapar de allí. Había soltado la mano de Sakurako, que ya no tenía intenciones de huir.

Entonces, comenzó a moverse ella también. Por inercia, también se inclinó hacia delante, con tanta lentitud como la que estaba implementando Sakurako. También cerró los ojos en el proceso.

«Nos besaremos», volvió a pensar, con brevedad. Con los ojos cerrados, siguió inclinándose, echando las manos hacia atrás como si fuera una especie de acto reflejo. Se acercó más, un poco más cada vez, más y más y… el beso, ese por el que se había emocionado y que estaba esperando con ansias, nunca llegó.

En su lugar, Himawari, con los ojos cerrados, pudo escuchar algo a lo lejos.

—¡Hasta mañana! —gritó Sakurako, desde el otro extremo de la carretera.

Al escucharla, Himawari abrió los ojos, entre aturdida, molesta y decepcionada, justo a tiempo para ver como Sakurako, que había estado tan cerca de besarla, se iba corriendo, huyendo de la forma más cobarde posible, en dirección a la residencia Oomuro.

Mientras huía, Sakurako en ningún momento se dignó a mirar atrás.