Capítulo 8

—Estaba furiosa —expresó Himawari, apretando los dientes mientras evocaba ese momento, una y otra vez, en el que Sakurako huía de la escena—. Estaba tan molesta en ese momento, que pensé en seguirla hasta su casa y, si intentaba esconderse, ¡tiraría la puerta de una patada!

—¿Qué eso no es ilegal? —preguntó Kyouko, con los brazos cruzados y expresión meditabunda. Aunque sus azulados orbes apuntaban a su kohai, que estaba sentada al otro lado de la mesa, no la miraba como tal, al menos, no de forma consciente.

—No lo sé —suspiró—. Pero tranquila, Toshinou-senpai. Al final, no hice nada de lo que pensaba hacer en ese momento. Después de todo, no estaba pensando con claridad. —dejó escapar un bufido y comenzó a jugar con una pajilla que estaba en la mesa—. Sólo me resigné y entré para ducharme, cenar algo y descansar. Luego llegaron Kaede y mamá. Les dije que me sentía mal, así que me encerré en mi habitación y me dormí temprano. El resto ya lo sabe.

Cuando Himawari terminó de hablar —cosa que le hizo muy bien, porque ahora sentía como si todo su ser fuera un poco más liviano—, la comida que les trajeran había desaparecido de los platos y ahora solo quedaban las bebidas. Se sorprendió al ver que se había comido todo lo que le habían dado, no pensaba que estaría tan hambrienta. La jarra de té helado, que ella había vaciado en el transcurso de la tarde, había desaparecido. Michiro se la había llevado desde hacía ya un buen rato.

Incluso dio buena cuenta de un postre que, en algún punto de la charla, Kyouko pidió para ella. Además, devoró —de forma elegante— unos panecillos con té que ella misma, Himawari, ordenó porque aún no sentía que estuviera ni cerca de estar satisfecha. Estaban realmente deliciosos.

Al darse cuenta de todo lo que acababa de comer, además de la información que le había proporcionado a la rubia, el rostro de Himawari se tiñó de un adorable rojo que le llegó hasta las orejas.

Kyouko, que no la miraba en ese momento, sino que estaba perdida en sus pensamientos, a kilómetros y kilómetros de distancia, de forma repentina, volvió en sí. El brillo de sus ojos azules pareció incrementar de forma drástica y espontánea.

—Por lo que acabas de contarme… —empezó Kyouko, ignorando la vergüenza que sentía su acompañante—. Oomoru-san está consciente, al menos, hasta cierto punto, de lo que sientes por ella, ¿cierto?

El sonrojo de Himawari disminuyó cuando la rubia dio muestras de no estar interesada en su forma de comer. Tras la pregunta, solo asintió. Kyouko hizo un sonido con la garganta y le dio un sorbo a su té.

—Y estás esperando a que ella sea la que dé el primer paso, ¿cierto?

—Así es —afirmó y suspiró—. Ojalá Sakurako tuviera el valor suficiente para decirme que…

—Furutani-san —la cortó Kyouko, tan seria que daba la impresión de no ser la senpai de siempre—. ¿Por qué esperas a que Oomuro-san haga algo al respecto? ¿Por qué no das tú el primer paso?

Himawari se quedó callada ante la pregunta mientras Kyouko le daba el último sorbo a su bebida, quedando el recipiente solo con el hielo como contenido. Tras pensarlo unos segundos, no pudo evitar sentirse como una tonta. Era tan obvio que ella también podía hacer algo al respecto, sin embargo, esperaba a que fuera Sakurako la que tomara la iniciativa. La que se confesara, la que le dijera ese tan ansiado me gustas que tanto esperaba.

Al ver que su kohai no reaccionaba, Kyouko suspiró y entonces, poniendo una de sus arrogantes expresiones —las mismas que sacaban de quicio a Yui y que tanto irritaban a Ayano— decidió que tenía que hacer algo más por ella.

—Si quieres —comenzó Kyouko, arrogante y confiada—, te puedo decir que es lo que tienes que hacer al respecto, Furutani-san —y entonces rio, sintiendo como su propio humo se le subía a la cabeza.

Himawari no respondió al momento, pero la miró con ojos tan esperanzados, además que se veía al borde del colapso, que hasta Kyouko, que era de los seres más lentos que pudieran existir en todo Takaoka, se dio cuenta y decidió entonces que era el momento de hacer algo al respecto.

—¡Pues bien, recibirás el consejo de la increíble Sexy Comando Kyouko! —dijo la rubia, con todo el dramatismo que pudo. Himawari no dijo nada, pero en sus ojos flotaba un brillo de esperanza—. Esto es lo que harás, Furutani-san…


Cuando la rubia terminó de hablar, la cara de Himawari estaba tan roja, que Kyouko podría jurar haber visto una pequeña cantidad de vapor salir despedido por sus orejas. Pero no era el caso.

—Pe-pero… pero… —Himawari tenía casi dos minutos repitiendo lo mismo, sin llegar a terminar de formular una frase coherente—. Pero…

—Oh, vamos, Furutani-san —dijo Kyouko, sacudiendo una mano y sonriendo con complicidad, casi recostada en su asiento—. Es una buena idea. Sólo piénsalo, a mí me funcionó. Si yo pude hacerlo, ¿por qué tu no?

Himawari dejó de repetir ese pero de forma compulsiva y se dedicó a respirar durante unos segundos. Se veía nerviosa y estaba hiperventilando. Gotitas de sudor corrían por su frente, cosa interesante, pues, el aire acondicionado estaba encendido.

Poco a poco fue calmándose, más y más. Una vez que pudo respirar con normalidad, pero sin que el sonrojo desapareciera del todo, Himawari habló:

—Pero, Toshinou-senpai, ¿eso no es algo, eh, no sé, drástico?

—Para nada —respondió Kyouko, rebosante de confianza.

Himawari no estaba del todo convencida por esa estrategia.

—No estoy segura de que eso sea una buena idea, Toshinou-senpai —continuó Himawari, sintiendo como su rostro volvía a calentarse, hasta hacerse casi insoportable—. Estoy… estoy segura de que eso no va a funcionar. Yo…

—Furutani-san —intervino Kyouko, poniendo su índice en los labios de la mencionada—. Te lo pondré de esta forma…

Kyouko retiró el dedo de los labios de Himawari y volvió a acomodarse, de la forma más cómoda posible, en su lugar frente a ella. Acto seguido, puso ambas manos detrás de su cabeza y se relajó. Himawari pensó que no había visto, en su vida, a alguien que estuviera tan despreocupada como ella, ni siquiera a la propia Sakurako, que podía ser floja hasta límites insospechados.

Entonces Kyouko formuló la pregunta:

—¿Quién, de las dos chicas aquí presentes, es la que tiene novia actualmente?

Himawari abrió la boca un momento, pero la cerró unos segundos después. Ahora que lo pensaba, con más detenimiento, Kyouko tenía razón. Es decir, ¿no era ella la que estaba esperando demasiado? ¿No era ella la que siempre tenía que tener paciencia? Además, como acababa de insinuar la rubia, de las dos presentes, era ella la que seguía sin tener a alguien especial a su lado.

Si Kyouko le había dado el consejo de hace rato, era para que ella pudiera lograr su objetivo de poder estar con Sakurako. Eso era lo que ella tenía que ver. Si la idea era descabellada, o no, realmente no tenía importancia. Sólo tenía que intentarlo y ya está.

No había hecho nada antes, ni un movimiento, para poder conquistar a Sakurako. No había hecho nada, además de esperar. Era el momento de hacer algo, aunque fuera muy raro y pensara que no podría funcionar. No obstante, siempre existía la posibilidad de que llegara a buen término. Después de todo, ¿no dijo la rubia que fue eso lo que hizo para poder conseguir a la novia que tiene ahora?

—Tiene razón, Toshinou-senpai —respondió Himawari, determinada, sintiendo una oleada de valor recorriendo todo su ser—. Aunque parezca una idea totalmente descabellada, es mucho mejor que no hacer nada.

—¡Esa es la actitud! —vitoreó Kyouko, elevando el pulgar en su dirección para darle su aprobación—. ¡Ahora ve a por ella, Furutani-san!

—¡Claro que sí! —Himawari parecía echar chispas en ese momento y Kyouko ensanchó su sonrisa, complacida porque ella era la que había gatillado ese comportamiento.

‹‹Toda una ganadora››, pensó Kyouko. ‹‹Sexy Comando Kyouko es tan increíble que, a veces, hasta yo me sorprendo de mí››.

Mientras ellas terminaban de coordinar lo que Himawari debía hacer, Michiro, la mesera, llegó para saber si querían algo más. Kyouko iba a decir algo, pero su kohai habló primero. Sacando su dinero de emergencia, que no era poco, le dijo a su senpai que ella pagaría la cuenta.

La rubia se iba a negar, después de todo, habían comido bastante y eso costaría un poco más. Sin embargo, Himawari insistió y, antes de que la mangaka pudiera decir algo más, pagó la cuenta.

—No se preocupe, Toshino-senpai. No vi justo que, siendo yo la que tomara parte de su tiempo para contarle mis problemas, tuviera usted que pagar la cuenta. —sonrió, más tranquila y resuelta—. Podríamos salir en alguna otra ocasión y, si quiere, podemos pagar mitad y mitad. Pero, por el momento, déjeme agradecérselo de esta forma. —Sin esperar a que la rubia respondiera, se levantó de su lugar y luego hizo una pronunciada reverencia—. ¡Muchas gracias por todo, Toshinou-senpai! —y se alejó de la mesa, salió del local y siguió su camino, todo esto a la carrera.

Kyouko sonrió ampliamente, sintiendo que había hecho su buena acción del día.

—Demuéstrale quien manda, Furutani-san —dijo en voz baja y luego sacó su teléfono.

El rostro se le moteó de púrpura al ver la gran cantidad de llamadas perdidas que se veían reflejadas en la pantalla.

—Oh, cierto… —musitó, sintiendo una enorme nube de tormenta cernirse sobre ella—. Olvidé avisar que llegaría un poco tarde a mi cita de hoy.