Capítulo 9

Himawari, presa de una curiosa euforia, cruzó una calle más y llegó al vecindario donde vivía. Mientras caminaba hacia la residencia Oomuro, notó que su hermanita, Kaede, salía de la casa Furutani junto a su madre.

Antes de ser vista por la pequeña, Himawari, que no necesitaba más distracciones, saltó detrás de unos arbustos. Más adelante, se daría cuenta que, detrás de esos mismos arbustos, se escondieron una vez —Sakurako y ella— para vigilar a la menor de las Furutani cuando se dirigía hacia la tienda para realizar, el que sería, su primer mandado.

Cuando la señora Furutani, y su hermanita, se hubieron alejado en dirección opuesta —probablemente, hacia el centro comercial—, Himawari pensó que no podía tener más suerte. Después de todo, una parte del consejo que le proporcionara su senpai, una media hora antes, incluía, como requisito, algo con respecto a su casa.

Himawari no era supersticiosa, más bien, le encantaba buscar la lógica a las cosas. Era muy inteligente. Buscar la explicación más racional para algunas cuestiones era, en ocasiones, hasta un pasatiempo para ella. Sin embargo, ese día, la chica de cabello azul pensaba que todo aquello era una señal; que estaba recibiendo ayuda de fuerzas que iban mucho más allá de su comprensión. Pues, en ese momento, mientras ella pensaba si tenía, o no, que salir en caso de que su madre y su hermana se devolvieran por cualquier cosa que se les pudiera olvidar —ella consideraba muchas posibilidades—, sintió un familiar olor a vainilla. Uno que conocía muy bien. Era dulzón, pero suave. Era un perfume discreto y se le escabullía por la nariz, con cada vez más y más fuerza, dándole a entender que la portadora de ese perfume se acercaba a su posición.

Efectivamente, unos minutos después, Sakurako, que parecía regresar de haber dado una vuelta, pasó muy cerca de los arbustos en donde se hallara oculta la de cabello azul, que ahora estaba de pie cerca del enorme portal de madera que daba acceso al porche de la casa Furutani.

Fue en ese momento, cuando Sakurako estaba distraída, probablemente pensando en alguna golosina, que Himawari decidió actuar.

—Sakurako —llamó la más alta, haciéndole una seña a la alegre castaña para que se acercara.

—¿Himawari? —realmente, la castaña sabía de quien se trataba incluso antes de mirarla directamente, sin embargo, había algo en la mirada de su mejor amiga que la hizo dudar, durante unos pocos segundos, si se trataba de ella realmente. Además, estaba lo que casi había ocurrido entre ellas la noche anterior—. ¿Qué pasa?

—Ven —ordenó Himawari, haciéndole más señas para que se acercara.

Cuando la más baja, con pasos cautelosos, fue a su posición, Himawari contempló la idea de olvidar todo aquello y seguir como siempre. Estaba pensando que se trataba de una mala idea y que no era lo más inteligente confiar en los consejos de una persona tan alocada como lo era Toshinou Kyouko.

No obstante, unos segundos antes de que Sakurako llegara hasta ella —era como si todo se moviera a cámara lenta. La distancia entre las residencias no era mucha, pero Himawari tenía la impresión de que su interés amoroso tenía casi dos minutos cruzando la calle para encontrarse con ella—, unas palabras volvieron a resonar en su mente:

«¿Quién, de las dos chicas aquí presentes, es la que tiene novia actualmente?»

Y entonces apretó los dientes, frunció el ceño y volvió a centrarse en lo que tenía que hacer, justo eso que tenía en mente y lo que deseaba con todo su ser: conseguir que Oomuro Sakurako se convirtiera en su novia.

Sakurako finalmente llegó junto a ella y casi da un salto hacia atrás cuando vio la expresión en el rostro de la más alta.

«¿Y a esta que le pasa?», pensó Sakurako cuando Himawari la miró de esa forma. Sin embargo, pensó que, tal vez, Himawari podría estar enojada por lo acontecido entre ellas, al final de su última salida, cuando estaban en el mismo lugar que ahora: frente a la morada que pertenecía a la familia de la peli azul.

Sakurako estaba pensando en una forma de comenzar la conversación y luego incluir una disculpa, cuando su amiga de la infancia habló:

—Sakurako —comenzó Himawari, dando un paso al frente, acortando un poco la distancia que había entre ellas.

La mencionada sintió, nuevamente, las intensas ganas de retroceder, pero se mantuvo en su lugar. Tenía que saber que le pasaba a Himawari. El incidente del casi beso de la tarde anterior había desaparecido de su mente.

—¿Sí? —preguntó Sakurako, con cautela.

—Tengo que decirte algo.