Capítulo 10

—Aquí tiene —dijo Yui, que, actualmente, trabajaba como dependienta de medio tiempo en una tienda de conveniencia, mientras le entregaba un recibo a una mujer de mediana edad—. Vuelva pronto —expresó y sonrió justo como le indicaron en la gerencia, cuando le daban las instrucciones y el procedimiento a seguir, justo antes de comenzar a trabajar de manera oficial.

—Muchas gracias —respondió la señora, devolviéndole la sonrisa—. Así será.

Por su forma de hablar, Yui dedujo que a esa señora le había gustado el servicio. Al menos, le ha parecido bueno y que, tal como le dijo, pronto regresará a la tienda. A esa hora el lugar está casi vacío. Sólo la señora y algunos chicos, que están mirando en la parte de los comestibles, han sido los únicos clientes en lo que va de tarde.

Como la clientela estaba por debajo del promedio durante esa calurosa tarde del domingo, Yui pensó que podría adelantar algunas de las cosas pendientes en su puesto. Por ejemplo, estaba el caso de la comida en promoción.

Más temprano, Yui se encargó de colocar los respectivos carteles encima de los productos comestibles que los requirieran. Los chicos que miraban los precios de algunas golosinas, una vez que la señora se hubo marchado, se acercaron a la caja y se llevaron algunos de esos dulces, la mayoría de ellos con descuento. Pagaron con muchas monedas y se fueron tras sonreírle a la bonita dependienta de cabello negro y seria apariencia.

Una vez que los chicos cruzaron la puerta y salieron a la calle, Yui se puso manos a la obra con las golosinas que estaban rematando. Mientras revisaba algunos de los chicles que estaban en la caja, lo que la obligaba a darle la espalda a la entrada, la pelinegra escuchó como alguien entraba corriendo al lugar, provocando que la campanilla, situada en la parte superior del marco de la entrada, sonara más fuerte de lo habitual.

No había necesidad de voltearse, Yui sabía muy bien de quien se trataba.

—Buenas tardes, Kyouko —saludó Yui, sin dejar de hacer lo que estaba haciendo con los chicles en promoción—. ¿No deberías estar en tu cita con Ayano?

—No —respondió Kyouko, con voz estrangulada, cosa que encendió las alertas en Yui. Dejó lo que estab haciendo y se giró hacia ella para mirarla—. ¡Se me hizo tarde, Yui-nyan!

—¿Qué estabas haciendo, Kyouko? —la pregunta no salió con reproche, más bien, puede sentirse algo de preocupación impresa en su voz.

—Estaba con Furutani-san —explica, intentando no llorar al propio estilo de Sexy Comando Kyouko—. Tenía problemas y necesitaba alguien que la escuchara, así que me ofrecí y, bueno, aquí estoy.

Aunque la explicación es resumida, y no revela gran cosa, para Yui es más que suficiente. Debido a que han interactuado con Kyouko durante mucho tiempo, la pelinegra sabe interpretar, mucho más allá de un nivel consciente, las palabras que su amiga le dice.

Tras escucharla, y pensar que es una irresponsable, Yui sintió la necesidad de reprenderla, de darle un buen coscorrón. Pero se abstuvo de hacerlo porque sabe que Kyokuo sólo quería ayudar. Está en su naturaleza, aunque, la mayor parte de las veces, sus intentos de ayudar, o de darle solución a ciertos problemas, suelen acabar por empeorarlo todo.

—¡Pero ya no importa! —prosiguió Kyouko, con lagrimitas en los ojos. Estaba a punto de llorar de la forma más dramática posible. Por lo general, no solía llorar, pero, hay situaciones que ameritaban una o dos lágrimas—. ¡Se me hizo tarde, Yui-nyan!

Yui, que sabía diferenciar los lloriqueos reales de los fingidos —después de todo, conoce a esa cabeza dura desde hace mucho tiempo—, entendió que su amiga estaba en un apuro. Ni siquiera se molestó en preguntarle por había venido a esa tienda de conveniencia en lugar de ir con Ayano y arreglar la situación con ella, personalmente. Sabe muy bien por qué su mejor amiga está ahí.

—Entonces —comenzó Yui, mirándola con fijeza—, ¿viniste a buscar eso?

Kyouko deja de lloriquear, se sorbe la nariz con una toallita que le pasó Yui —cortesía de la casa— y, ya más repuesta, mira a su mejor amiga con la determinación muy presente en su expresión.

—Así es —dijo Kyouko, segura y firme. Tenía una batalla que luchar, por así decirlo, en un rato y no estaba permitido perder—. Lo apartaste, ¿no?

—Sí —Yui dio mirada a su entorno, cautelosa—. Me costó horrores tenerlo ahí, pero, al final, se pudo. Está guardado en lo más profundo del…

—Entiendo, entiendo —la interrumpió Kyouko, impaciente. Sentía que no necesita esa información. Tenía prisa—. Dámelo.

Mientras la pelinegra va a buscar el pedido, Kyouko saca el monedero de su bolso y comienza a buscar el dinero. Mientras cuenta el dinero en efectivo, llega a la conclusión de que el hecho de que Himawari hubiera tomado la iniciativa y haya pagado la comida —que no fue poca— que consumieron en esa cafetería fue una de las mejores cosas que le pudo haber pasado ese día. Estaba justa con el dinero que necesitaba para llevarse lo que tenía pensado darle a su novia. Siempre ha sido una descuidada en muchas cosas, el trámite de dinero incluido. Si su kohai no hubiera pagado, probablemente habría muerto de la desesperación ese mismo día.

Para cuando Yui le trae el producto, cuidadosamente envuelto y listo para llevárselo, Kyouko tiene el dinero a la mano. Pagó por el producto, sorprendiendo un poco a Yui, que piensa en que, en otros tiempos, su amiga rubia no habría gastado semejante cantidad de dinero en algo que ella no se comería.

«Es comprensible», pensó Yui cuando su amiga se hubo marchado, tan rápido como una exhalación, en dirección a la calle. Era probable que, en ese momento, estuviera corriendo en dirección al centro comercial que estaba a unas dos calles de ese negocio. «Está enamorada y, justo ahora, está metida en un problemón. Pero que se le puede hacer». No sabe por qué, pero deja ver una hermosa sonrisa. «Es probable que yo hiciera lo mismo en el caso de hallarme en una situación como la suya».


Kyouko pensaba que estaba preparada para lo que fuese, hasta que llegó al lugar en donde tenía planeado reunirse con su novia. Fue entonces que se dio cuenta de que no era así. No estaba preparada, en lo absoluto. La situación era peor de lo que esperaba. No hacía falta ver la expresión de Ayano para saber que estaba más que molesta. Estaba furiosa.

Antes de acercarse a la chica de cabello color vino, Kyouko pudo ver que ésta se hallaba encendida, pero no en el buen sentido de la palabra.

Las personas que pasaban a su alrededor tan sólo se le quedaban mirando y marcando una buena distancia, como si supieran que el solo hecho de tener que pasar junto a ella fuera lo más peligroso que llegarían a experimentar en sus vidas. Era como si Ayano pudiera quemar al más simple contacto.

Es de conocimiento público que la actual presidenta del consejo estudiantil era una Tsundere en su estado más puro. Por lo tanto, revelar algo de lo que sentía no era lo que se esperaría de alguien como Ayano. Sin embargo, todo tiene un límite. Ese límite puede romperse cuando la persona, que se supone que es tu novia, planea salir contigo y reunirse en un lugar específico para que, al final, sin previo aviso, te deje plantada por dos horas completas. Sí, hasta la persona más paciente tendría una grieta en su tranquilidad luego de verse en una situación parecida a la que estaba sufriendo Ayano.

Kyouko tragó fuerte, dejó escapar un suspiro y se acercó a su novia, que la esperaba, de pie, en medio del centro comercial.