—Esta es una adaptación de la saga literaria y de películas conocida como Crepúsculo o Twilight, escrita por Stephenie Meyer y en que pretendo corregir todo lo que yo creo que fueron errores argumentales, tratando de mantener la trama de la obra original, pero dando más profundidad a los personajes. La mayoría de los personajes pertenecen a Masashi Kishimoto, pero he creado personajes menores para incorporarlos y dar sentido al relato. Les sugiero oír "Hear You Scream" de Blackbriar para Izumi, "The Reason" de Hoobastank para Itachi, "Warrior" de Beth Crowley para Mikoto, "In Your Eyes" de Robin Schulz & Alida para Sasuke & Sakura, "You Should See Me In a Crown" de Billie Eilish para el contexto del capitulo y "Decode" de Paramore para la historia.


El almuerzo estaba terminado y todos sus hijos habían acudido a sus propios ambientes para distraerse de lo que sea que estuvieran sintiendo, eso era mucho pedir a sus hijos y Mikoto lo sabía mientras paseaba por su hogar, acercándose a las ventanas de vez en vez—recordándose moverse como humana, caminando y no usando su velocidad—y congelándose ante una al ver a Itachi subiendo el tronco de un árbol y llevando a Izumi en su espalda, congelándose ante el cristal y contemplando la bella imagen como también hizo Fugaku, quien no tardó en situarse a su lado, envolviendo uno de sus brazos tras su espalda. Al ver a Itachi e Izumi, Mikoto no pudo evitar sentir que recordaba su pasado humano—algo que pocos vampiros podían hacer—, rememorando su primer encuentro con Fugaku y hacía quien se volvió, recordando cómo sus sentimientos por él no habían desaparecido pese a pasar tantos años separados, ella los había llevado profundamente en su corazón hasta que sus caminos habían vuelto a cruzarse y entonces Fugaku le había dado una nueva vida al convertirla en vampiro como él. Los ojos de Fugaku siguieron con la mirada a Itachi, saltando de la copa de un árbol a otro, casi esbozando una sonrisa ladina al imaginar la emoción de Izumi...tal vez presentar aquel mundo a la Yamamoto fuera contraproducente, pero ella había hecho mucho por la familia Uchiha al mantener su secreto y eso era algo que el Patriarca Uchiha no podía pasar por alto, ahora toda la familia tenía una deuda para con ella y que nunca terminarían de pagar.

—Me alegra tener a Izumi aquí, de cierto modo le ha devuelto la vida a Itachi, le está permitiendo disfrutar de su inmortalidad— apreció Mikoto, dándose la vuelta para dar privacidad a la pareja y siendo inmediatamente seguida por su esposo.

—Ha estado solo por mucho tiempo— asintió Fugaku, caminando a su lado. —¿Realmente crees que esto terminará bien?—inquirió, inevitablemente preocupado.

—¿Tú no?— más bien afirmó la azabache con una sonrisa presumida. —Sakura casi nunca se equivoca con sus visiones— todos lo sabían en la familia.

—Lo sé, solo...— intentó defender el pelicastaño, mas siendo prontamente silenciado por su esposa.

No es como si Itachi fuera a desconfiar de las visiones de Sakura, ese don por parte de su hija era lo que los había sacado de más de un problema, es cierto que en ocasiones estas visiones no se realizaban y el futuro completo cambiaba, pero eran contadas las oportunidades en que sus visiones habían probado ser erradas, en realidad y como padre, Fugaku estaba algo aprensivo sobre la indudable atracción que Itachi sentía por Izumi, más de la que ella parecía sentir por él en ese momento, ¿Y si ella le rompía el corazón? Itachi no sabía nada del amor romántico, era impresionable, había dedicado su inmortalidad a otras cosas. Transitando en solitario por el pasillo, escuchando las palabras de su esposo, Mikoto lo sujeto del cuello de la camisa y lo empujo ligeramente para hacer que su espalda chocara contra la pared, volviendo la mirada hacia él y observándolo con aquella coquetería que tanto la caracterizaba, avanzando lentamente para envolver sus brazos alrededor de su cuello y presionando su cuerpo contra el suyo; de los dos, era Fugaku quien tenía experiencia con el sexo opuesto, la experiencia de Mikoto no era nada positiva, pero su matrimonio desde hacía ya más de 100 años le brindaba confianza para saber que tenía a su esposo en sus manos. La mirada de Fugaku inmediatamente recorrió la figura de su esposa, de sus esbeltas piernas a su estrecha cintura, sus perfectos pechos y su sedoso cabello azabache que enmarcaba su rostro, toda ella siendo el cuatro más erótico que el Uchiha hubiera visto en su vida y que enardecía su lívido.

—Confía en mí, Fugaku, conozco a nuestros hijos— sosegó Mikoto sosteniendo la mirada a su esposo. —Itachi siente algo por Izumi, no es el amor que Sakura vio en su visión, pero lo será, con el tiempo— añadió, sabiendo que ello era lo que le preocupaba a él. —Todo saldrá bien, estoy segura— tranquilizó, rozando su nariz contra la suya.

—Eres una romántica empedernida— juzgó Fugaku, acercando lo más posible su rostro al de su esposa. —Amo eso de ti— recordó viéndola a los ojos y viendo su alegría por ello.

Su esposa era su propia musa privada, Fugaku sabía que estaría perdido de no ser por Mikoto, cuyo rostro acunó entre sus manos, halándola hacía sí para fundirse en un beso apasionado, beso al que su esposa no dudo en corresponder, ambos disfrutando del sabor en los labios del otro y que siempre les recordaba al primer beso que habían compartido, llenando la inmortalidad del oro de alegría y pasión, ambos relajándose inmediatamente en brazos del otro; Fugaku había estado con muchas mujeres antes de conocer a Mikoto, ya fuera primero como humano y luego como inmortal, pero nada se comparaba a hacerle el amor a su esposa, y sabía que hacer exactamente para enardecer sus pasiones. Ambos conocían perfectamente su hogar, con los ojos cerrados, y se hallaban en el mismo pasillo en que estaba su habitación, sintiendo los brazos de Fugaku deslizarse alrededor de su cintura y levantarla del suelo, ante lo que Mikoto envolvió sus piernas alrededor de sus caderas en respuesta, ambos dirigiéndose hacia su habitación y sabiéndose perfectamente a solas, sin que nada ni nadie los interrumpiera, la Uchiha temblando a causa del calor que sentía recorrer su cuerpo ante cada tacto de su esposo, ambos avanzando sin detenerse hacia la cama, la azabache rompiendo el beso al sentir el colchón tras sus piernas y recostándose sobre el colchón, sonriendo pícaramente a su esposo e invitándolo a unirse a ella por un rato, riendo como una adolescente mientras Fugaku le sostenía la mirada y se quitaba el suéter por encima de la cabeza, desabrochándose la camisa…


1910/Columbus, Ohio

Mikoto Sagara había nacido en 1895, en Columbus, Ohio, Estados Unidos, la única hija de una pareja de granjeros que habían prosperado en la clase media, creció aprendiendo lo que era trabajar para lograr lo que le importaba y le inculcaron un marcado respeto por aquellos de "clase alta", su abuelo había peleado en la guerra de secesión y su bisabuelo en la guerra de independencia americana, aclamados como héroes como tantos hombres en las generaciones pasadas, pero sus padres la criaron en relativa paz. Puede que Mikoto no tuviera hermanos, pero creció rodeada de primos de su edad y ligeramente menores, por un lado porque esperaban casarla con alguno de los dos cuando alcanzaran la madurez para mantener la escasa riqueza dentro de la familia, como para hacer que los muchachos se interesaran por el negocio familiar, llegar a fin de mes era difícil después de todo; un día en concreto, Mikoto de quince años se hallaba trepada a un gran roble de los campos de su familia, su padre se hallaba de viaje por temas de negocios y su madre estaba encargándose de la granja, era conocida la naturaleza traviesa y juguetona de la Sagara y ese día quedo presente. Mikoto vestía una camisa blanca de cuello alto y cerrado con mangas holgadas que se ceñían en las muñecas, larga falda gris oscuro ceñida a su cuerpo por un cinturón color almendra, botines de igual color y su largo cabello azabache azulado recogido por un listón rosa pálido que despejaba su rostro, muy bella sin duda, mas poco femenina al subirse la falda para subir el árbol con ayuda de las ramas.

Estaba jugando con sus primos en el jardín, pero a uno de ellos se le había escapado el balón y estaba atorado en una de las ramas del árbol en que ella trepaba, su primo había propuesto subir y recuperar el balón, pero Mikoto había insistido en que ella podía hacerlo, diciéndose que el balón no estaba tan alto, emitiendo una carcajada de triunfo al alcanzar el balón…mas, ello coincidió en que, al momento de bajar, apoyó su pie en una de las ramas más débiles, la cual se rompió bajo su peso y la hizo caer con fuerza al suelo, haciendo que todo se tornara borroso en su mente. Había sido un día lento en el hospital para Fugaku, revisar unos rasguños, cortes y chequeos típicos a los pacientes, el médico local estaba fuera de la ciudad y él lo estaba reemplazando esa semana antes de mudarse, estaba feliz de poder ayudar a las personas; una enfermera acudió a buscarlo y le informó que había llegado de urgencias una chica de quince años que parecía haberse roto una pierna, por lo que el Uchiha no dudo en dirigirse hacia la habitación donde la chica esperaba, observando a los dos chicos que esperaban fuera de la habitación y que eran sus familiares…Fugaku se sorprendió al ingresar al observar el semblante de la joven, tenía quince años y una expresión muy dulce, con grandes ojos negros y cabello azabache azulado de aspecto muy sedoso que lo hizo esbozar una sonrisa ladina nada más verla, como si le contagiase alegría. En paralelo, Mikoto se congeló tan pronto como vio entrar al doctor, no habiéndolo visto nunca antes en Columbus.

—Señorita Sagara— saludó Fugaku, cerrando la puerta a su espalda. —Soy el doctor Uchiha, yo me encargaré de atenderla hoy— se presentó mientras ella lo observaba atentamente. —Me dijeron que tuvo un pequeño malentendido con un árbol. Creo que una pequeña inyección aliviará el problema— se acercó hacía la mesa donde la enfermera había dejado todo para permitirle trabajar, preparando la inyección.

—¿Estaré bien?— consultó Mikoto, observando atentamente al doctor, apenas y sintiendo el pinchazo de la inyección en su brazo. —Mi madre me matará si no llego a casa sana y salva— añadió con la voz temblorosa por los nervios o emoción más bien.

—Se lo aseguro, aunque le tomará algo de tiempo dejar de cojear al caminar— asintió el Uchiha, terminando de inyectarla. —¿Vino sola?— inquirió, indicándole que presionara un trozo de algodón contra la herida.

—No, mi primo me ayudó a caminar— sosegó la Sagara, aunque sus dos primos la habían ayudado y no uno de ellos.

—Me alegra— asintió el pelicastaño, levantándole respetuosamente la falda para examinar su pierna. —Temo que deberé reacomodar el hueso, señorita Sagara— advirtió, alzando la mirada para encontrarla con la suya.

—Está bien, por un segundo creí que diría que tendría que cortarme la pierna— bromeó la azabache, viéndolo sonreír ladinamente. —Y llámeme Mikoto, por favor— no le gustaba que la llamaran "señorita Sagara", le resultaba demasiado formal.

—Mikoto, un hermoso nombre— consintió Fugaku viéndola a los ojos. —Si estamos tratándonos por nombres de pila, entonces deberías llamarme Fugaku. Doctor Uchiha es demasiado formal— secundó, viéndola sonreír de inmediato y permitiéndole a él acomodar el huevo de su pierna.

Mikoto tenía quince años, estaba en una edad en que todas sus amigas estaban teniendo enamoramientos inocentes por los chicos que las rodeaban, pero ella no, Mikoto había creído que ello era un problema, ¿Cómo podría saber si se enamoraba en un futuro sin un elemento de comparación? Pero la Sagara dejo de sentirse fuera de lugar mientras observaba al doctor Uchiha, no era un muchacho como todos los individuos que la rodeaban día si y día también, era un hombre adulto y sin embargó le resultó llamativo desde que lo había visto ingresar en la habitación; alto, guapo, de cabello castaño oscuro y ojos negros, claramente era mayor que ella, pero menor que su padre, haciéndole preguntarse como la veía él, ¿Pensaba que era una niña o una mujer? A Mikoto le resultó difícil concentrarse en algo que no fuera él, ajena a la forma en que el Uchiha examinaba su pierna, conteniendo una sonrisa ante la atención con que la chica lo observaba, estaba acostumbrado a que muchas féminas lo vieran así, una consecuencia de ser vampiro era resultar magnético para quienes lo rodeaban, ayudaba a conseguir alimento, el problema era que él no se alimentaba de sangre humana…sin embargo, el Uchiha observó a la Sagara por el rabillo del ojo sin que ella se diera cuenta, no tenía la mirada obnubilada que veía en las enfermeras o féminas que veía casi todos los días, era más bien una mirada de genuino interés, como si pudiera ver más allá de su alma, el problema era que Fugaku no creía tener una, no desde que había sido convertido en un vampiro.

—Tendremos que enyesarte la pierna y dejarte en observación, pero luego deberías poder irte a casa— informó Fugaku finalmente, concentrando su mirada en la azabache, que asintió de inmediato. —Así podremos asegurarnos de que tu pierna sane correctamente— añadió, no queriendo que ella creyera que su lesión era más seria.

—Está bien— asintió Mikoto, perfectamente tranquila. —Gracias por tu ayuda, Fugaku. Sé que es tu trabajo, pero no es frecuente encontrar a un médico tan amable— parloteo, sintiendo que sonrojaba bajo su intensa mirada ónix.

—Serías la primera persona que me dice eso, siendo verdad— admitió el Uchiha, siendo completamente honesto. —Lo es, ¿no?— no supo porqué, pero arqueó una ceja como si la interrogará con falsa seriedad.

—Absolutamente, no soy buena mintiendo— confirmó la Sagara con una tímida sonrisa.

Muchas personas eran buenas mintiendo, era parte natural de la vida y Fugaku lo sabía, había vivido demasiado, pero eligió creer en Mikoto, algo en su mirada le dijo que ella estaba siendo honesta y él lo creyó, alejándose de la camilla para llamar a la enfermera e instruirle que prepararan el yeso para la señorita Sagara, quien se mostró como la mejor paciente posible bajo sus atenciones, y luego él acompañado había la habitación donde se quedaría hasta que ver su condición a la mañana siguiente; esa noche Fugaku tuvo turno de noche, por lo que pudo despedir a Mikoto a la mañana siguiente, cuando su madre y padre acudieron a buscarla, despidiéndola con una ligera sonrisa ladina. Menos de una semana después, Mikoto volvió al hospital para un chequeo, su madre quería asegurarse de que su pierna estaba bien y Mikoto tuvo la ilusión de volver a ver a Fugaku, pero al llegar la atendió el mismo médico de siempre y cuando Mikoto preguntó por el doctor Uchiha, le dijeron que se había mudado a otra ciudad y que tan solo había estado ahí por un corto tiempo…en el fondo, Mikoto sintió que su corazón se dividía en dos, solo había visto a Fugaku una vez y, sin embargo, había dejado una marca profunda en su corazón y que ella no pudo superar, los años pasaron y todas sus amigas se enamoraron de varios chicos, coquetearon con ellos y tuvieron citas inocentes, pero Mikoto no, postergó su vida como si de alguna forma estuviera esperando a que Fugaku volviera aparecer, pero ese día no llegó, mas su ilusión y tierno enamoramiento por él no murió en lo absoluto.

Anhelaba la posibilidad de volver a verlo otra vez.


1913

Los próximos años comenzaron a pasar, Mikoto vio a sus amigas sentar cabeza y comenzar a casarse, tener hijos y formar familias, sus propios primos con quienes había sido cercana desde su infancia también se casaron y adoptaron nuevas responsabilidades, pero el tiempo comenzó a acabarse para Mikoto en 1913, ese año no solo cumplió dieciocho años, sino que sus padres también comenzaron a hablarle más seriamente de matrimonio ya que ella no elegía a nadie por su cuenta. Su madre buscaba persuadirla constantemente para que diera oportunidad a varios chicos de la ciudad para cortejarla, todos ellos de familias ricas, prósperas y respetadas que se sentían atraídos por su gran belleza, pero romance era lo último que Mikoto tenía en mente, nadie podía entender lo que ella sentía, el vacío en su corazón y la sensación de que traicionaba a Fugaku por intentar abrir su corazón a alguien más, no había olvidado el efecto que el Uchiha había dejado en su vida y en su corazón; todo lo que la Sagara deseaba era mudarse al oeste, entrar a la universidad y convertirse en maestra de escuela, queriendo escribir su propio futuro y conocer el mundo. Mikoto aspiraba a casarse por amor y no por dinero, eso era lo último que le importaba, pero su padre y madre buscaban a nuevos candidatos para ella, muchos hijos de banqueros, alegando que el amor no importaba y que su deber como hija sería casarse con aquel a quien ellos eligieran, no había que olvidar que palabras como "amor" eran modernas, los matrimonios concertados seguían siendo habituales:

—Eres una mujer, se supone que no debes decir lo que quieres— eso era lo que su padre le decía cada vez que ella se negaba a conocer a alguien.

Ni siquiera Mikoto supo entender si fue su frustración o cansancio, pero algo la hizo ablandarse y aceptar las imposiciones de sus padres, quería creer que podría aprender a amar a quien sea que encontrará en su camino, tampoco quería quedarse sola en el mundo, deseaba tener a alguien que la amara y deseaba tener un hijo, formar una familia, por lo que, en un intento por complacer a sus padres, conoció a un rico comerciante llamado Hiro Asakawa, era varios años mayor que ella, de buena familia y con buenas conexiones. El día de su boda, Mikoto aun podía recordar su vestido de novia, de fina gasa y chiffon blanca de escote redondo y alto recogido para formar encaje, falda de múltiples capas y encima una chaqueta superior de profundo escote en V hasta la altura del vientre, estampado en decenas de diminutas flores rosa y lisa, de mangas ceñidas hasta las muñecas, ceñido bajo el busto por pasamanería dorado apagado, y falda abierta en A bajo el vientre con idéntico margen en el contorno inferior, su largo cabello azabache suelto y encima un largo velo de gasa y encaje con patrón floral. Con seguridad debía parecer la novia más bella del mundo, eso le habían dicho sus amigas y que habían obrado como damas de honor, durante la fiesta y el banquete había parecido el esposo perfecto, le dio a Mikoto una sensación de seguridad...pero, cuando todas las celebraciones llegaron a su fin y ambos estuvieron a solas en su habitación nupcial, en su nuevo hogar, ella descubrió una nueva faceta de él, una que desearía no haber descubierto nunca.

Su hermoso vestido fue desgarrado, el velo hecho a un lado y ella forzada a inclinarse sobre la cama, sollozando en silencio mientras su virginidad era destrozada por su ahora esposo, que reclamó cuanto quiso de ella; Mikoto al principio creyó que el error era suyo, nadie nunca le había explicado que sucedía entre un esposo y su esposa, eso no era tema de conversación en su época, al menos no para las mujeres, por lo que Mikoto se calló sus lágrimas, sus temores, sus inseguridades e intentó ser una esposa dócil, intentó hacer todo lo posible para contentar a su esposo, quizás así él un día pudiera dejarla estudiar...pero el tiempo le enseñó más de su esposo, cosas que ella no quería saber; Hiro se iba de juerga con sus amigos al final de cada semana y regresaba a casa ebrio, la golpeaba por placer y la violaba de igual forma, parecía sentir placer en hacerla sufrir y lo peor es que Mikoto no podía hacer nada el respecto. Le dijo lo que le ocurría a su madre y su padre, esperando que ellos hicieran algo al respecto, que hablaran con su esposo, pero en su lugar ellos la instaron a guardar silencio, ya fuera por el abuso sexual de su parte—y que sucedía cada día, a veces más de una vez—o el abuso físico, y naturalmente Mikoto no tuvo otra opción que soportarlo, acostumbrándose a todo aquello, sintiendo alivio cada vez que Hiro regresaba tan borracho que caía dormido sobre el sofá o la cama, cuando no intentaba romperle la ropa ni la halaba del cabello o la golpeaba solo porque sí, pero sus días de "descanso" era escasos y se aferró a ellos.

Nadie sabía lo que vivía porque su esposo era un hombre astuto, apenas y la abofeteaba una o dos veces, pero la golpeaba donde nadie podía verla bajo los pudorosos vestidos de la época; los brazos, el pecho, la cintura, las caderas, los muslos cada vez que regresaba tarde a casa de visitar a sus amigas, cuando no usaba el perfume que a él le gustaba, cuando no le gustaba su ropa o su peinado, cuando...lo que sea. No fueron pocas las veces que Mikoto pensó en escapar, en abandonarlo todo y comenzar una nueva vida muy lejos, pero sentía que no tenía ese derecho, ella había aceptado casarse, había sido su elección para contentar a sus padres, por las presiones de su entorno. Una oportunidad de sosiego acudió a ella en 1914; estalló la Primera Guerra Mundial y muchas fueron las veces en que Hiro viajó a Europa por negocios hasta 1915, tanto que ella no perdió la esperanza—por horrible que sonara—que muriera en uno de los trasatlánticos torpedeados por los alemanes como fue el caso del RMS Lusitania, pero eso no sucedió y en su lugar tuvo que esperar hasta 1917 para que Estados Unidos se uniera a la Primera Guerra Mundial para respirar cuando su esposo finalmente se enlisto en el ejército y partió a la guerra. Aunque se considerara un monstruo por pensar así, Mikoto oró porque su esposo muriera en uno de los campos de batalla de la Primera Guerra Mundial, se aferró a ello con todo su corazón y contó los días de paz que tuvo en casa, otras mujeres sollozaban ante la idea de ser viudas, pero para ella ser viuda le permitiría ser verdaderamente libre…


1919

La Primera Guerra Mundial, entonces conocida como "La Gran Guerra", inició para los Estados Unidos en 1917 y se extendió hasta 1919, el Armisticio se firmó en Noviembre de 1918, pero pasaron meses antes de que los hombres fueran enviados de regreso a su hogar y luego vino la Gripe Española; Mikoto recibió información de que su esposo continuaba con vida, que regresaría a casa y nuevamente sintió temor tras tantos años libre de sus golpes, rezó porque Hiro muriera de Gripe Española, o bien que la pandemia se la llevase a ella, pero ni lo uno ni lo otro sucedió, de alguna forma él pareció ser inmune y cuando regresó a Ohio, el tormento de Mikoto continuó. El sufrimiento de Mikoto desde 1913 a 1917—los primeros años de su matrimonio con Hiro, antes de la Gran Guerra—fue grande, así lo veía ella, pero nada se comparó con el regreso de Hiro en 1919, era como si de alguna forma hubiera regresado trayendo a casa toda la furia que había contenido en la guerra y la descargó con ella, no con sus amigos a quienes continuó frecuentando, no con las prostitutas de los burdeles y que sabía frecuentaba, solo con ella y a quien violaba cada noche al regresar a casa; su trato hacia ella fue peor, sus golpes fueron más encarnizados y Mikoto muchas veces sintió que solo precisaba de alguna fractura para llamar la atención, casi esperó que eso sucediera...pero no ocurrió, Hiro fue astuto y contuvo sus golpes, torturándola día tras día. A mediados de 1920, Mikoto se enteró de una posibilidad que no había contemplado hasta entonces; estaba embarazada.

Hasta ese momento, Mikoto no había contemplado la posibilidad de huir, ¿Por qué lo haría? Sus padres la habían abandonado, sus amigas estaban concentradas en sus propias vidas, sus primos ahora vivían lejos y no tenía a quien acudir, todos defenderían a su esposo y la tortura a la que la sometía, pero cuando descubrió que estaba embarazada, su modo de pensar cambio de desinterés a protectora, todo lo que quería era proteger al niño en su vientre, por lo que un día mientras Hiro visitaba a un amigo, ella hizo el equipaje y se marchó lo más pronto posible. Mikoto no quería que el bebé que esperaba creciera en un entorno tan peligroso y violento, además, estaba convencida que si permanecía junto a Hiro, acabaría perdiendo al bebé por sus golpizas, y logró convencer a una de sus primas lejanas de alojarla, tomando el tren a Milwaukee en Wisconsin y donde consiguió brevemente un empleo como maestra suplente, no había estudiado la carrera pese a desearlo, pero todos decían que tenía un don con los niños y el dinero que ganó por aquellas semanas le permitió sobrevivir, o así fue hasta que Hiro descubrió su paradero luego de que Mikoto creyera estar a salvo. Los culpables habían sido sus padres, Mikoto había creído que podría escribirles, que podía regresar a su vida de antes…pero ellos habían informado a Hiro y él había acudido a buscarla, regresándola a Columbus, pero a los pocos días Mikoto volvió a huir por la noche, mientras él dormía, se negaba a exponer a su bebé en camino a su mismo sufrimiento.

Con ayuda de su prima, Mikoto se trasladó a Ashland en Oregón, haciéndose pasar por una viuda de guerra y viviendo con tranquilidad por varios meses mientras avanzaba su embarazo, había hecho nuevos amigos, muchos maestros de escuela y quienes le ofrecieron estudiar, permitiéndole trabajar a la vez y conseguir una forma de subsistir, Mikoto sentía que la vida por fin le sonreía y se llenó de emoción a medida que pasaban los meses, viendo crecer su vientre, comprando ropa, juguetes y demás con el salario que le sobraba. Finalmente, a inicios de 1921, ya no pudo trabajar por su avanzado embarazo y dio a luz al poco tiempo, había dado a luz a un niño precioso al que se sintió muy unida desde el primer momento, podía pasarse horas y horas observándolo, su niño era hermoso y Mikoto se sentía muy enamorada de él, se sentía feliz y completamente realizada, no podía pedir más…sin embargo, la sensación de alegría en su vida duró poco tiempo, pues a los dos días de nacido, su adorable niño murió de fiebre pulmonar. Su prima y sus nuevos amigos intentaron darle ánimos, intentaron ayudarla a aferrarse a la vida, pero Mikoto se sentía devastada, sentía que había tenido un poco de alegría y ya no tenía nada por lo que vivir, por lo que, cuando nadie la veía, abandonó el hospital y se dirigió a un barranco en las afueras de la ciudad, aun sosteniendo la ropa de su bebé contra su pecho, con lágrimas deslizándose por sus mejillas y sin dudarlo se arrojó al vacío, esperando que la muerte fuera generosa con ella y rápida, pero en su lugar solo sintió aun mayor dolor.

Estaba agonizante, pero viva.


1921/Hospital de Ashland, Oregón

Una ligera sonrisa ladina se adueñó de los labios de Fugaku mientras deambulaba por los pasillos del hospital, inclinando ligeramente la cabeza al encontrarse con sus colegas o con las demás enfermeras, su turno estaba a menos de una hora de terminar y todo en lo que pensaba era en regresar a casa y reencontrarse con Itachi, podían solo haber pasados dos años, pero asombrosamente Itachi y él se habían vuelto muy unidos, se veían como padre e hijo, Itachi no había tenido una relación precisamente buena con su padre y a su vez Fugaku no había tenido la mejor relación con su padre, pero ambos fueron muy buenos convirtiéndose en amigos y luego en algo más, sintiendo profundo respeto el uno por el otro. Fugaku adoraba estudiar sobre medicina, siempre estaba mejorando en su campo y todos los posibles, eso le permitía adaptarse y ser el mejor en su trabajo, agregando a ello sus sentidos intensificados, y por otro lado Itachi era un devoto pianista que siempre se entregaba a nuevas composiciones, el piano que le había obsequiado hacía un año era muy bien utilizado a diario, permitiendo que el Patriarca Uchiha sonriera mientras cruzaba los pasillos en su guardia habitual, a esa hora no había mucho que hacer salvo cuidar a embarazadas o recibir a bebés, acercándose a la enfermera de turno al final del pasillo que separaba el resto del hospital de la morgue y que se hallaba esperándolo con documentos como siempre, y todo en lo que el Uchiha pensaba era en su cacería de esa noche, necesitaban alimentarse esa semana para soportar parecer humanos.

—¿Algo mal, Jin?— consultó Fugaku, deteniéndose frente a la enfermera. —Mi turno está por terminar— recordó, jugando con el cuello de su bata.

—De hecho, si, se trata de un cuerpo sin identificar de una mujer— informó Jin, tendiéndole el informe al doctor. —Necesitamos la firma de un médico para poder hacer los arreglos para el funeral— le tendió el lápiz, siendo todo cuanto se requería.

—¿No hay ningún familiar que podamos contactar?— cuestionó el Uchiha, leyendo el documento y no sabiendo si firmarlo o no mientras veía negar a la enfermera. —¿Qué sabemos de ella?— preguntó, recibiendo el lápiz y firmándolo sin otra opción.

—Mujer, veintiséis años, alta, 50 kilos, ojos oscuros y cabello azabache— enumeró la enfermera lo más organizadamente posible. —Un par de excursionistas la vieron saltar por un acantilado— añadió claramente incómoda por ello.

—Yo me encargaré, tranquila— sosegó Fugaku, devolviéndole el documento firmado.

—Gracias, doctor Uchiha— asintió Jin con una ligera sonrisa, retirándose de inmediato.

Tan pronto como vio a Jin retirarse, Fugaku abrió la puerta e ingresó en la morgue, no había cuerpos en las camillas dispuestas porque estos habían sido despachados y sepultados durante el día, permitiendo a Fugaku acercarse a la única camilla donde se distinguía una figura humana y hacia donde se acercó, haciendo a un lado la cortina para examinar a la mujer, y que lo hizo congelarse de golpe tan pronto la vio, resultándole abrumadoramente familiar. Como Jin había dicho, era una mujer de veintiséis años, de largo cabello azabache azulado que caía sobre sus hombros, de rostro dulce y más ante la expresión melancólica en su rostro cuyos ojos se hallaban cerrados, portaba un vestido rosa opaco con falda de estampado escoses en beige y lavanda que pasaba desapercibido como si fuese una falda por un suéter superior rosa pastel de escote en V y holgado sobre su figura, ceñidos en las muñecas, con cómodos tacones a juego. Fugaku se acercó lo más posible a la camilla y contempló el semblante de la mujer, no era la chica de quince años, pero estaba seguro de que era ella pese a su rostro pálido, los párpados cerrados y su aspecto demacrado, pero él sabía quién era...era ella, era Mikoto; no podía entenderlo, ¿Cómo?, ¿Por qué ella estaba ahí?, ¿Cómo había llegado a eso? El informe que había leído decía suicidio, ¿Qué la había empujado a ello? Una ola de dolor lo invadió mientras observaba su dulce semblante, apreciando como la chica que recordaba se había convertido en una mujer de gran belleza pese a su estado.

—Mikoto…— con cuidado, Fugaku situó uno de sus brazos tras el cuello de Mikoto, acunando su cabeza. —¿Qué hiciste?, ¿Por qué lo hiciste?— preguntó pese a saber que ella no podía escucharlo…mas, algo lo sorprendió.

El informe que había firmado y que Jin acababa de llevarse decía que Mikoto se había suicidado, que se había arrojado desde un acantilado, eso bastaría para matar a cualquiera pero no a ella, él lo comprobó al escuchar sus débiles latidos, ella continuaba con vida y entreabrió los ojos con las escasas fuerzas que le quedaban, tenía la columna vertebral rota y puede que todos los huesos, estaba agonizando, iba a morir...sin embargo, Fugaku no podía permitir que ocurriera, ella era la primera persona que lo había hecho sentir humano de verdad después de tantos siglos como inmortal, no había olvidado su sonrisa, su ternura y naturaleza afectuosa, ¿Cómo dejarla morir? Fugaku no tenía mucho tiempo para pensar, solo en sacar el cuerpo de Mikoto de ahí, por lo que fingió abandonar la morgue y se despidió de sus colegas, y cuando nadie lo veía se coló velozmente por una ventana e ingresó en la morgue, llevándose a Mikoto esta vez y regresando a su hogar donde Itachi lo esperaba, moviéndose a la velocidad de un rayo o puede que más. Itachi no le dijo nada, como siempre podía anticiparse a sus pensamientos como lector de mentes, observando a Fugaku que recostó a Mikoto sobre el sofá de la sala, le apartó el cabello se inclinó para morderla en el cuello con firmeza, esperando que su veneno fuese suficiente al separarse, mas viendo a Mikoto inerte y escuchando sus latidos disminuir más y más con el paso de los minutos, que parecieron eternos, hasta que sus ojos se abrieron de golpe al mismo tiempo que su corazón dejaba de latir.

—Fugaku...— reconoció Mikoto al abrir los ojos, encontrando su mirada con la suya.

Todo lo que Mikoto recordaba era dolor, primero dolor por los años padeciendo a su esposo Hiro, luego dolor por perder a su adorado niño, dolor por ella arrojándose al vacío en espera de la muerte y que no había llegado, y un dolor todavía mayor se había adueñado de ella tan pronto como sintió un piquete o mordida en el cuello y que pareció esparcir fuego ardiente por todo su cuerpo, su sangre, huesos y músculos ardía...o eso sintió hasta que de golpe todo fue frío o un frescor tan grande como para aplacar ese veneno y que la hizo abrir los ojos, dejando de sentir dolor por primera vez, abriendo los ojos y encontrando su mirada con Fugaku, aquel hombre que desde hace once años había rezado por volver a ver y que se convirtió en el centro de todo, porque él había aparecido para terminar con el dolor. Acomodando a Mikoto en sus brazos, Fugaku frunció el ceño con preocupación mientras la veía observarlo con abrumadora intensidad, estaba esperando que ella reaccionara mal por la sentencia que le había dado, porque él no podía dejarla morir, sentía que se arrancaría la vida a sí mismo, sin embargo, las dudas se esfumaron tan pronto como ella alzó una mano para acunar su rostro y se acercó para besarlo antes de que él pudiera reaccionar, y aunque ello lo tomó por sorpresa, Fugaku no dudo en corresponder, envolviendo sus brazos alrededor de Mikoto, ajenos a la sonrisa en el rostro de Itachi y que se retiró para darles algo de tiempo a solas. El dolor y la soledad habían llegado a su fin, ahora se tenían el uno al otro, para siempre…


Estar en la cima de los árboles no se asemejaba a nada que Izumi hubiera sentido antes, verdaderamente le había parecido que estaba en la cima del mundo por un momento y su corazón continuaba latiendo vertiginosamente al interior de su pecho mientras se sujetaba de los hombros y espalda de Itachi, quien descendió velozmente de la cima del árbol en que se hallaban, aterrizando en cuclillas sobre una extensa pradera como si ella fuera una pluma e irguiéndose con sumo cuidado para permitirle descender. El suelo era firme bajo sus pies, pero Izumi no pudo evitar congelarse para apreciarlo mejor tan pronto como estuvo sana y salva en el suelo, ¿No había sido solo un sueño?, ¿En verdad había estado así de alto?, ¿En verdad el mundo que Itachi le presentaba era posible? Izumi no lo veía así, era demasiado irreal, pero increíblemente esa era la realidad y ella se convenció de eso cuando Itachi volteó a verla con una ligera sonrisa ladina, no de presunción o arrogancia, sino que, como una certeza, todo él era una certeza que la hacía asirse a la realidad, brindándole calma y presentándole mil y un panoramas a la vez. Aunque Itachi tuvo el impulso de envolver uno de sus brazos alrededor de los hombres de Izumi, se reprochó semejante deseo e impropio de un caballero—lo que él se preciaba ser, más tratándose de ella—y en su lugar alargó su brazo al aire, del cual ella no dudo en sujetarse, ambos dando los primeros pasos en el claro, muy cerca el uno del otro y haciendo que el Uchiha percibiera el perfume de la Yamamoto, ¿siempre olía así de dulce?

—Les agradaste a todos— aseguró Itachi, rompiendo con el prolongado silencio.

—Me conmueve que te preocupes, pero no necesitas mentir— negó Izumi, no habiendo sentido una vibra positiva de parte de todos hacía ella precisamente.

—Les agradas a Mikoto y Fugaku, también a Sakura y Sasuke— nombró el Uchiha punto por punto, siendo completamente honesto.

—Creí que era mentira lo que decían sobre que Sasuke aparenta odiar a todo el mundo— confesó la Yamamoto, recordando su primera interacción. —Espero que no sea personal— añadió, esperando que sus palabras no fueran desatinadas.

—No lo hace con intención— negó él, haciendo que la pelicastaña lo observará atentamente. —Como te había mencionado, Sasuke puede percibir y manipular las emociones de quienes lo rodean, pero su don es muy desgastante y provoca que siempre parezca de mal humor con todos, excepto con Sakura— si de Sakura se trataba, el mal humor de Sasuke se esfumaba. —Además, Sasuke se alimentaba de sangre humana con regularidad hasta antes de conocer a Sakura, por unos ochenta años, y resistirse a alimentarse de humanos, estando tan en contacto con ellos en la universidad, le es un calvario— Sasuke se había alimentado de humanos desde el inicio de su inmortalidad.

—Lo siento por hablar así, no era mi intención— se disculpó ella, sintiéndose como una completa tonta por haber hablado sin pensar.

—No te disculpes, yo pensé mal cuando lo conocí, y somos hermanos— sosegó Itachi con una ligera sonrisa ladina, animándola. —No te preocupes por Sai e Ino, a él ya le caes bien, pero siempre está del lado de Ino, no importa lo que ella decida— explicó ante la mirada seria que ella le dirigió.

—¿Y por qué le caigo mal a ella?, ¿Tiene problemas con la sangre humana como Sasuke?— inquirió Izumi, deseando entender a la bella rubia.

—No, de hecho, Ino jamás se ha alimentado de humanos— contestó el Uchiha, sorprendiendo a la pelicastaña con su revelación. —El asunto es más complicado. Ino vive luchando por lo que somos, nunca pidió ser vampiro ni está feliz con ello— sintetizó lo mejor posible, viéndola asentir. —Diría que no sabe qué sentir con respecto a tu presencia y teme que no puedas mantener nuestro secreto— había leído los pensamientos de su hermana y sabía que ella no odiaba a Izumi, solo no confiaba en ella.

—Pero tú confías en mí— obvió la Yamamoto, por lo que llevaba aprendiendo del Uchiha.

—Ciegamente— confirmó él de inmediato, sosteniéndole la mirada como prueba.

Quizás fuera un error o bien lo mejor que Itachi pudiera hacer en el mundo, pero él elegía dar un voto de confianza luego de haber escuchado las advertencias de Sakura y Sasuke también lo había empujado a acercarse a la Yamamoto aunque ahora no lo quisiera reconocer; Itachi no recordaba haberse sentido nunca tan atraído por ninguna otra persona en el mundo, no había sido particularmente sociable durante su vida humana, pero había tenido compañía femenina, por lo que sabía que lo que sentía por Izumi no era pasión o deseo, ella era muy bella—tanto como Sakura o Ino, pero no la veía como a sus hermanas—, mas lo que lo atraía era todos los puntos que tenían en común, su corazón dadivoso para todos, la habilidad que tenía para actuar pensando siempre en los demás antes que en ella misma y su agudo intelecto, así como su inigualable sentido del humor. Sin poder evitarlo, Izumi sonrió para sí ante las palabras de Itachi, apartando la mirada y concentrándose por la pequeña pradera en que caminaban, no creyendo haber hecho nada excepcional como para que el Uchiha pensara tan bien de ella, siendo tomada por sorpresa cuando el Uchiha la haló hacía sí mientras se dejaba caer sobre la hierba—crecida, lo que hizo su caída muy suave—y arrastrándola a ella consigo, sobresaltándola ante el exabrupto, no había esperado que el Uchiha hiciera algo así jamás, ella era quien era humana y torpe, no sabía que los vampiros pudieran tropezar, pero al voltear a verlo pronto se dio cuenta de que él lo había hecho intencionalmente.

—Que susto...— regañó Izumi, riendo nerviosamente tan pronto superó su sorpresa.

—Lo siento, no podía evitarlo— río Itachi, ligeramente avergonzado ante su exabrupto. —No dejas de sorprenderme gratamente todo el tiempo— admitió, viendo el desconcierto en sus ojos. —Nunca creí que encontraría a alguien con quien quisiera estar, que no fueran mis hermanos, mis hermanas, Fugaku o Mikoto. Todo esto es nuevo para mí y no deja de asustarme— confesó, habiéndole prometido ser honesto y transparente con ella.

—Soy lo más pacífica que existe en el mundo, no voy a intentar lastimarte, si no me provocas— sosegó la Yamamoto con su característico sentido del humor. —Como si pudiera...— añadió, hablando más para sí que para él la escuchara

—No es eso— río el Uchiha, igualmente divertido ante la idea. —Lo que me asusta es no poder controlar la sed que tengo por tu sangre, temo que eso me supere y te haga daño, y eso nunca podría perdonármelo— confesó, habiéndose callado ese temor hasta entonces. —Tu amistad realmente se ha vuelto algo muy importante y valioso para mí, Izumi, y no quiero arruinarlo— temía arruinarlo todo por sus instintos, porque no podía ser el felino que quería, siendo en su lugar un detestable león.

Jamás podría olvidar el inmenso daño que le había causado, porque puede que Fugaku no hubiera sido responsable de lo que Fudo había hecho, como Sasuke había dicho sus caminos se habían separado hacía ya mucho tiempo, pero él le había mentido a Izumi, sabía que había vampiros nómadas rondando y en lugar de protegerla la había dejado a su suerte, había tenido que esperar a que ocurriera algo para tener una respuesta reactiva y sus pasadas mentiras lo habían alejado de ella, por ello no había podido ser un apoyo ni un protector, sino que al inicio ella lo había visto como el enemigo...Itachi aún podía sentir el tentador aroma de su sangre, había aprendido a soportarlo, pero temía que alguna vez su sangre volviera a resultarle tan tentadora como para lastimarla como había sentido en su primer encuentro. Sintiendo el brazo de Itachi envuelto alrededor de sus hombros, haciéndola sentir siempre tan segura y a salvo, Izumi lentamente giró su cuerpo para volverse hacia el Uchiha, encontrando su mirada contra la suya y no pudiendo pensar negativamente de él, sí que inicialmente había creído que él sería un monstruo pernicioso y venenoso como había sido Fudo al atacarla, pero solo porque había estado y seguía asustada, traumatizada por lo ocurrido, pero el tiempo y el poder conocerlo realmente le habían brindado paz, él espantaba las pesadillas que ella había tenido hasta el hartazgo en los primeros días, era su guardián, su amigo más sincero y a quien sentía que podía contarle todo, ¿Cómo no confiar en él? Itachi estaba haciendo más que protegerla.

—Itachi, si no estoy contigo, estaré muerta— señaló la Yamamoto en caso de que él no lo tuviera presente. —Sé que no me lastimarías. No lo harás, porque yo no quiero que suceda— lo había juzgado mal inicialmente, pero eso no volvería a pasar.

—¿Crees que eso baste?— cuestionó el Uchiha viéndola a los ojos, no sabiendo si era tan fuerte como para garantizar su seguridad como deseaba.

—Soy muy persuasiva— protestó ella, teniéndolo en un concepto mucho más alto.

—Lo he notado— asintió él, incapaz de contradecirla. —¿Vamos a almorzar?— sugirió casualmente, haciendo que ella se cubriera la garganta a modo de broma con ambas manos. —No, así no— río sin poder evitarlo, contagiado de su buen humor. —El almuerzo ya debe estar listo— obvió, pudiendo escuchar el rugido de su estómago.

—Uy, entonces sí tengo hambre— asintió Izumi de inmediato, entusiasmada. —Tenemos un problema— advirtió al enderezarse ligeramente.

—¿Por qué?— inquirió Itachi sentándose también y observándola atentamente.

—No puedo levantarme— contestó la pelicastaña bajando la mirada con vergüenza.

—Yo te ayudo— tranquilizó el azabache riendo ligeramente ante su ternura.

Desprendiéndose del inconsciente abrazo que los unía, por la posición en que habían caído y estando ella tan cerca suyo, Itachi se irguió del suelo y alargó sus manos a Izumi al mismo tiempo en que ella alargaba sus brazos, ambos entrelazando sus manos y él halándola ligeramente hacía sí, midiendo su fuerza para que ella pudiera levantarse cuidadosamente, recordándose que ella estaba más vulnerable que nunca debido a su pierna enyesada y al mismo tiempo que ella detestaba que le facilitaran todo o que la trataran como a una invalida…Puede que ella no fuera la criatura peligrosa que muchos si creían o no intentarían mantenerla al margen de todo, pero Itachi estaba convencido de que estaba muy lejos de ser una presa indefensa, por la naturaleza de los vampiros era fácil comprarlos con un león y los humanos con ovejas indefensas, pero observando a la Yamamoto, el Uchiha no podía creer que ella fuera una débil oveja, estaba muy lejos de ello a su entender. Riendo tan pronto como estuvo en pie nuevamente, Izumi río mientras encontraba su mirada con la de Itachi y que se volvió para ofrecerle su espalda, diciéndole sin palabras que de esa forma regresarían más rápido a la casa o bien queriendo prolongar la emoción, y aunque Izumi aún estaba acostumbrándose a la abrumadora velocidad de los vampiros, no dudo en treparse a su espalda, envolviendo sus brazos alrededor de su cuello, sobresaltándose y chillando de emoción tan pronto como el Uchiha corrió velozmente, internándose en el bosque y dirigiéndose hacia la casa.

Aún tenían un largo día por delante.


Al regresar a la casa, Izumi albergó un profundo temor en su interior y no porque la familia Uchiha estuviera conformada enteramente por vampiros, de hecho, llevaba mucho tiempo adaptándose a la idea de forma inconsciente por la ternura que Itachi le había mostrado; no, lo que le provocaba temor era no ser aprobada por la familia Uchiha, temor que mantuvo mientras ocupaba su lugar a la mesa, sonriendo a Itachi quien movió la silla para ayudarla a sentarse y la acomodo muy cerca de la mesa antes de sentarse a su lado. No ayudaba a la Yamamoto sentirse pesada, ruidosa y mundana debido al yeso en su pierna lesionada, pero mientras ella pensaba en aquel temor, sintió a alguien ocupando el asiento a su lado, se trataba de Sakura quien le sonrió amablemente y Sasuke ocupó el asiento junto a ella, pareciendo ligeramente más relajado que antes para su alivio; el doctor Uchiha ocupó su lugar en la cabecera de mesa tras ingresar en el comedor trayendo parte de los platos con comida y repartiéndolos entre quienes ya se hallaban sentados antes de hacer igual, los siguientes en ingresar fueron Sai e Ino junto al resto de los platos y ensalada, y la última fue Mikoto con una radiante sonrisa y dos grandes jarras de jugo que dejó sobre la mesa antes de sentarse, invitando a todos a comer. Aunque pasando nerviosamente su mirada por los presentes, Izumi no dudó en tomar el tenedor y comenzar a comer, teniendo mucha hambre ante tan apetitosa comida, acercando los spaghetti a sus labios y dando la primera mordida.

Izumi tuvo que morderse el labio inferior para no gemir ante el exquisito sabor, congelándose al darse cuenta de la mirada que Mikoto le dirigía, casi como si esperará ansiosamente contar con su aprobación y pronto se dio cuenta de que ella no era la única que la veía así, también Itachi congelado a su izquierda y Sakura a su derecha, ¡Todos de hecho!, ¿En verdad resultaba tan fascinante ver un humano comiendo? Izumi no supo contestar a aquella inquietud en su mente, no teniendo una respuesta y sonriendo al encontrar su mirada con la de la Matriarca Uchiha, que se mostró encantada y procedió a comer, como no tardaron en hacer todos. Mikoto se sintió inmensamente complacida, no había tenido necesidad de cocinar nada desde que había dejado de ser humana, no tenía necesidad de comer, aunque si había probado bocados en algunos de los eventos a los que asistía por sus hijos o su esposo, todos sabiendo como aparentar ser humanos, mas esto también hizo que la Matriarca Uchiha no supiera si su cocina continuaba siendo buena, mas la sonrisa de Izumi le hizo saber que no había perdido su toque, comiendo del plato a gusto, deseando tener papilas gustativas humanas para apreciar mejor el sabor, porque para ella y su apetito vampírico la comida humana solo sabía bien, no excepcional a menos que fuera sangre y de animal obviamente. Sin embargo, aquel era el día de Izumi, ella había hecho todo para agradarle, y la sonrisa ladina en el rostro de su hijo Itachi le hizo saber que había hecho bien, eso era todo lo que le importaba.

Su vida como madre podría haber terminado en 1921, cuando había perdido a su hijo, y de hecho Mikoto se había sentido muy deprimida al comprender que como vampiro su ciclo femenino se había detenido y que por ende no podía concebir más hijos—podía denominarse estéril—, pero cuando se había casado con Fugaku había ganado a Itachi en su vida, su niño adorado a quien sonrió con afecto cuando él volvió la mirada en su dirección, Itachi que siempre se adelantaba a sus pensamientos gracias a su don y que tocaba maravillosamente el piano. Luego habían llegado Ino que necesitaba tanto de una madre, Sai que era un permanente irresponsable, y Sasuke y Sakura…ellos dos no tenían los mejores pasados, todos ellos la necesitaban, tal vez no fueran niños en esencia, pero eran sus niños. El almuerzo fluyó como lo haría cualquier comida en la casa de cualquier familia, todos se tomaron el tiempo de elegir que querían tomar de la mesa, ya fuera jugo o ensalada, o bien para rellenar sus platos, era asombroso lo humanos que todos podían parecer y ello permitió a Izumi no sentirse fuera de lugar, sonriendo a Sakura cada vez que la pelirosa encontraba su mirada con la suya, sonriendo enternecida cada vez que veía a la Haruno entrelazar su mano contra la de Sasuke, quien solo parecía tener ojos para ella, como Sai solo parecía tener ojos para Ino a su lado, y quien si bien parecía disgustada todo el tiempo, no dudaba en encontrar su mirada con la suya, con una suavidad abrumadora, como si él fuera su todo en el mundo, lo que la conmovió profundamente.

Una mirada igualmente cautivante fue la que compartían el doctor Uchiha—Izumi se recordó llamarlo Fugaku, todos se tuteaban en aquella casa—con su esposa, Itachi le había comentado que al leer sus pensamientos era como si fuera 1921 otra vez, cuando se habían reencontrado, ambos se amaban con la intensidad de esos primeros días, se adoraban profundamente y no parecían haber pasado más de cien años desde que estaban casados, todo parecía casi salido de un cuento de hadas. Como si le leyera el pensamiento, cosa que no podía hacer en sus propias palabras, Itachi le alcanzó la ensalada de atún, haciéndola entornar los ojos por su caballerosidad, sirviéndose una generosa porción antes de regresarla a su lugar en la mesa, todo se veía asombrosamente normal, tanto como podía serlo dada la situación…no, incluso más, Izumi no creía haber visto nunca a una familia siendo tan unidos entre sí. Sakura e Ino estaban sentadas una frente a la otra, discutiendo en voz baja—aunque entendiéndose perfectamente la una a la otra—algo que parecía de vital importancia, aunque Izumi no pudo seguir el ritmo a la conversación, por otro lado, Sasuke, Fugaku y Sai parecían sumidos en su propio debate, hablando de su jornada diaria, ya fuera estudiando en el caso de los más jóvenes o trabajando en el caso del mayor, y de igual forma Itachi conversaba con su madre quien no dejaba de sonreírle. Así debía sentirse tener una familia medianamente funcional, y por primera vez Izumi se sintió conmovida por participar de ello...


El almuerzo había estado delicioso y la experiencia había sido amena como pocas cosas que Izumi hubiera recordado hacer, y aunque la Yamamoto había pretendido ayudar a la Matriarca Uchiha a lavar los platos, esta se había negado con el tono más amable posible, así como con una firmeza extraordinaria antes de depositar los platos en el lavavajillas, esbozando una sonrisa y dirigiéndose hacia la sala como no tardaron en hacer los demás miembros de la familia. La sala era tan amplia y espaciosa como el resto de la casa, pintada de un suave beige pálido, con el techo en tono roble, decorado por un bello candelero, la chimenea era de roca y se hallaba crepitante pese a no ser necesario, los sillones, sofás y divanes era un color gris arenoso, de un aspecto tan mullido y cómodo que fue un reto para Izumi no acercarse y tomar asiento de inmediato, observando las mesas decoradas por floreros con flores claramente recién cortadas y que iban de rosas a camelias, jazmines y narcisos, la enorme televisión junto a la chimenea daba un aspecto más mundano a la estancia, recordándole que se hallaba en el mundo real y no en una fantasía. Al abandonar la cocina, la familia se separó, el doctor Uchiha se excusó por la necesidad de acudir a su despacho para revisar algunos documentos, mientras que Ino y Sai simplemente se retiraron sin decir nada, mas Izumi no tenía problema con ello, ella era la invitada que había acudido a su hogar a perturbar sus vidas, prefería verlos así, cada uno sumergido en su propia actividad, le hacía sentir que no era una intrusa.

—¿Te gusta la casa?— consultó Mikoto caminando a su lado al ingresar en la sala.

—Me encanto, es absolutamente hermosa— asintió Izumi, absolutamente complacida. —Itachi me comentó su gusto por la decoración; la felicito— mencionó, volviendo la mirada por sobre su hombro hacia el Uchiha.

—Gracias— apreció la Matriarca Uchiha, genuinamente conmovida. —Quería ser maestra cuando era humana, pero mi familia no lo permitió. Cuando me case con Fugaku, él me dio libertad de estudiar lo que quisiera, partiendo por pedagogía, diseño de interiores y exteriores, además de diseño gráfico— comparó, pudiendo enorgullecerse de ello.

—Ya quisiera tener tanto tiempo— celebró la Yamamoto, envidiándola positivamente.

Al margen de lo que podía pensarse, ella había visto como un regalo la inmortalidad que Fugaku le había dado, si, tener deseos de alimentarse de sangre humana y poder tolerar las tentaciones había sido un enorme reto, uno con el que aún lidiaba, pero ello valía la pena por la nueva vida que se le había dado; Fugaku la amaba con todo su corazón y Mikoto no podía imaginarse la vida sin él, él había abierto las puertas a un mundo nuevo, a conocimientos impensables y que habían hecho disfrutar de estudiar tanto como quisiera, carrera tras carrera al igual que sus hijos, no había recuperado nada de lo que había perdido en el pasado, pero sí había ganado una vida completamente nueva y que ella no podía dejar de agradecer. Izumi sonrió ante las palabras de la Matriarca Uchiha, Itachi le había hablado parcialmente de su pasado humano y ella se había sentido propensa a las lágrimas tras escucharlo, feliz de que alguien como ella pudiera haber encontrado la verdadera felicidad en esta nueva vida como vampiro…aunque, sí Izumi lo pensaba, no podría imaginarse abrazando lo mismo, amaba su vida, y el mundo de los vampiros o lo que sea que existiera demás de ellos, aún le provocaba temor, así como un profundo respeto. En tanto Sasuke y Sakura se acercaban a uno de los divanes para tomar asiento, los ojos de Izumi no pudieron evitar concentrarse en un elegante piano de cola en la antesala que separaba la cocina de la sala, sobre un pedestal ligeramente más alto, muy elegante y al que ella se acercó, ajena a la mirada que Itachi le dirigía.

—¿De quién es el piano?— consultó Izumi, pasando su mirada por los presentes y esperando no ser demasiado entrometida.

—¿Itachi no te comento que toca el piano?— cuestionó Mikoto, sorprendida. —Qué vergüenza— obvió, dirigiendo una seria mirada a su hijo.

—En mi defensa, hablamos de muchas cosas— aclaró Itachi, disimulando una sonrisa ladina tanto ante el regaño de su madre como por la fascinación de Izumi.

—¿Tu tocas?— preguntó la Matriarca Uchiha por cómo la joven observaba el piano.

—Tome clases en Jacksonville, pero no creo superar a un experto del siglo XX, que puede hacerlo todo— difirió la Yamamoto, no pudiendo creer estar a la altura.

—Creo que alguien estuvo alardeando— juzgó Sasuke con una mirada de falsa reprimenda para con su hermano.

—Eso es de mala educación— respaldó Sakura con idéntico regaño y una mirada seria.

—Lo dice quién se queda embobada cuando Sasuke toca la guitarra— comparó Itachi observando a la feliz pareja.

—Así me conquistó, y yo a él con mi voz de sirena— defendió la Haruno desviando la mirada para encontrarla con su esposo y adorando cuando lo escuchaba tocar la guitarra.

—¿Por qué no tocas algo, Itachi?— invitó Mikoto, siendo evidente que Izumi deseaba eso.

—Acaban de decirme que es de mala educación presumir— contrarió el Uchiha, no estando seguro de si era correcto.

—Hay excepciones— desestimó la Matriarca Uchiha, invitándolo a acercarse al piano.

—Me encantaría escucharte— sonrió la Yamamoto, ilusionada y batiendo sus pestañas.

—Solo si te me unes— condicionó Itachi al acercarse al banco, —nunca he tenido una pareja al piano— le ilusionaba a él que ella lo acompañase.

—Intentare seguirte el ritmo— prometió ella únicamente, viéndolo sentarse en el banquillo. —Por favor, maestro— invitó, rodeando el banco y sentándose a su lado.

Sonriendo ante las palabras de Izumi, Itachi alargó una de sus manos hacia las teclas del piano, tocando dos notas e invitando a Izumi, quien no tuvo problema en repetirlas, siguiendo el ritmo que él le estaba dando y observándolo atenta, el Uchiha le lanzó una mirada larga y cálida antes de deslizar sus dedos al otro extremo del piano, de su lado, delimitando qué notas tocaría y tocando las teclas con maestría, sus dedos fluyendo rápidamente sobre las teclas, llenando la sala con su música, esperando a que ella se le uniera y, tras sentir que tenía el ritmo de la melodía—una que nunca había escuchado—, Izumi no tardó en unírsele, tocando notas más complejas, verdaderamente exuberantes. No deseando romper la magia del momento, Mikoto se acercó al sofá libre junto a Sasuke y Sakura, cruzando las piernas una sobre la otra y sin apartar la mirada de la pareja, igual que hacían Sasuke y Sakura, a quien el Uchiha mantenía muy cerca suyo, envolviéndola con uno de sus brazos, ambos observándose de vez en vez mientras permanecían concentrados en Itachi e Izumi al piano, Itachi era muy receloso con su piano, la única que había podido usarlo además de él era Sakura, y ahora junto a Izumi se veía verdaderamente feliz, nadie recordaba haberlo visto tan relajado en toda su inmortalidad. En algún punto, Itachi volvió la mirada hacia ella, conocía tan bien aquel piano que no necesitaba ver las teclas para saber en qué orden tocarlas, solo parecía tener ojos para ella mientras la música seguía sonando a nuestro alrededor sin interrupción.

—Es hermoso— apreció Izumi tras un prolongado silencio. —Nunca había oído una pieza así, ¿De quién es?— la curiosidad la estaba matando.

—Yo la compuse— contestó Itachi con abrumadora sinceridad, haciéndola congelarse.

—¿Tú la compusiste?— repitió la Yamamoto, no cabiendo en sí de la sorpresa.

—Sí, pensé en ti y las notas simplemente fluyeron— asintió el Uchiha, viéndola a los ojos. —Tocas muy bien— celebró con una sonrisa ladina, no habiendo encontrado una pareja digna al piano hasta ahora, encantado por su talento.

—No tan bien como tú— difirió ella, no sintiendo estar a la altura, aunque él podía hacerle sentir que lo estaba y más.

Los dedos de Izumi revolotearon rápidamente sobre las teclas del piano, imitando el ritmo que Itachi trazaba, desconociendo esta hermosa composición que él había hecho pensando en ello, solo sabía que nadie nunca había hecho algo tan dulce pensando en ella y la sola idea hizo latir vertiginosamente su corazón, tanto como para temer que por un instante saliera de su pecho, ¿Era una ilusión? No recordaba haberse sentido así por nadie, porque nadie se había preocupado tanto por ella para empezar, y las notas que Itachi continuó tocando a su lado, viéndola a los ojos, le resultó tan exuberante que ella solo pudo intentar seguir lo mejor posible. La emoción de los demás presentes no fue muy distinta, Sakura, Sasuke, Mikoto y todos en la familia recordaban haber visto a Itachi tocar el piano desde siempre, era su sello personal, lo que más lo relajaba cuando sentía que la inmortalidad era demasiado para él, pero, en ese momento resultaba maravilloso escuchar tan bella melodía salir del piano e interpretada en perfecta sincronía por aquellos dos pares de manos, llenando la habitación de una serenidad apabullante y que, de alguna forma, disipó las dudas que pudieran haber tenido sobre sí Izumi era realmente parte de su mundo. La música continuó llenando la sala y los demás pasillos de la casa sin descanso, parecía no tener fin, arremolinándose ante la joven pareja que se observó de vez en vez, sonriéndose antes de regresar su atención al piano, mas todo en lo que Itachi pudo pensar fue en Fugaku y en lo que había aprendido de su relación con Mikoto:

Se podía vivir una eternidad en una mirada.


PD: Saludos queridos y queridas, prometí que actualizaría esta semana y lo cumplo, esperando como siempre poder cumplir con lo que ustedes esperan de mi, agradeciendo su apoyo y deseando siempre que mi trabajo sea de su agrado :3Las siguientes actualizaciones serán "Dragon Ball: Guerreros Saiyajin", luego "Cenicienta de Tordesillas" y por último "El Rey de Konoha" :3 Esta historia esta dedicada a mi queridísima amiga Ali-chan 1966 (agradeciendo su asesoría y aprobación, así como todos los dolores de cabeza que seguramente le doy, habiendo actualizado en agradecimiento a su apoyo incondicional), a LizzyMichaellis25 y userZiha (agradeciendo contar con su apoyo y aprobación, y dedicándoles esta historia por lo mismo), y a todos quienes siguen, leen o comentan esta y todas mis historias :3 Como siempre, besitos, abrazos y hasta la próxima.

Historia de un Personaje, Trama & Cambios: Este capitulo ha sido de mis favoritos en escribir hasta ahora, no solo porque profundiza en la Matriarca Uchiha, sino porque me fue muy fácil escribirlo, al principio tuvo que recopilar toda la información posible del universo de Stephenie Meyer, pero antes de darme cuenta las ideas fluían libremente y me encantó darle más profundidad a un personaje que muchas veces se pasa por alto, Esme en el caso de Crepúsculo y que tiene su propio símil en Mikoto en el caso de Naruto, siendo mucho más que solo una cara bonita. Si de entender a los personajes y su contexto, recomiendo muchísimo leer el libro "Crepúsculo: La Saga & Su Historia", un libro simplemente maravilloso si de comprender el universo de Stephenie Meyer se trata. En cuanto a la trama del capitulo, continuamos en el hogar de la familia Uchiha, quienes adaptan su rutina diaria para hacer sentir bienvenida a Izumi, mas el día apenas esta comenzando y aún queda mucho por hacer, lo que continuara en el siguiente capitulo, adaptando también el material de la película. Un cambio que hago es que, en esta versión, Izumi también toca el piano, haciendo un dueto con Itachi, ambos sintiéndose cada vez más unidos y dejando caro que su vinculo se amistad esta dando paso a algo más.

También les recuerdo que además de los fics ya iniciados tengo otros más en mente para iniciar más adelante en el futuro: un fic inspirado en un What If de la Dinastía Romanov, que aún no tiene título, "La Bella & La Bestia: Indra & Sanavber" (precuela de "La Bella & La Bestia"), "Sasuke: El Indomable" (una adaptación de la película "Spirit" como había prometido hacer) :3 Para los fans del universo de "El Conjuro" ya tengo el reparto de personajes para iniciar la historia "Sasori: La Marioneta", por lo que solo es cuestión de tiempo antes de que publique el prologo de esta historia :3 cariños, besos, abrazos y hasta la próxima :3