Capítulo 8: El Mensaje de Mulgore.
La Gran Puerta o la Puerta de Mulgore, construida en un paso montañoso, fue en sus orígenes una fortificación creada para separar la tierra natal de los tauren de los Baldíos del Sur, que se volvieron territorio en disputa entre la Horda y la Alianza tras el Cataclismo de Alamuerte; tras la firma de paz entre Varian y Voljin, los Baldíos del Sur regresaron a ser territorio tauren, y la Gran Puerta se volvió un simple acceso a Mulgore.
Con los años, la Puerta se había ido modificando, reemplazando la estructura de madera, cuero y tela por hormigón y acero para convertirla en una puerta fortificada con dos grandes atalayas con forma de tótem y convertirse en una especie de puesto de peaje fortificado dejando pasar amplias carreteras para camiones y hasta vías de tren como un ramal de la Autopista Dorada que cruzaba Kalimdor y conectaban a Mulgore con las ciudades de Los Baldíos y Durotar.
Durante la guerra, la puerta regresó a su funcionamiento militar y sirvió como acceso fortificado para los refugiados tauren de los Baldíos mientras los soldados combatían a los orcos en el frente más al este y al norte. En los últimos momentos de la guerra, recibió miles de refugiados, y poco después de la detonaciones nucleares, recibieron las últimas órdenes de sellar la puerta y abandonar el puesto.
Así fue como la encontraron Koya y sus amigos al llegar a la frontera entre Mulgore y los Baldíos a horas del mediodía: la estructura en sí estaba relativamente intacta, con varios vehículos militares y autobuses abandonados, así como algunas armas en desuso y por supuesto, restos óseos de algunos soldados y refugiados que no lograron entrar o bien acabaron allí agonizando. De los estandartes y banderas de la Confederación Tauren quedaba poco o nada tras cien años de exposición a los elementos.
— Al fin… Estamos cerca de nuestro destino.
— Querrás decir el tuyo. -señaló Jaeger- Tu viaje espiritual oqueseyo era llegar a Mulgore. -Koya le frunció el ceño- No es que me moleste el acompañarte, pero… ¿Qué haremos después de que hagas lo que tengas que hacer?
— Jaeger tiene un buen punto. ¿Qué pasará con nosotros?
— Pues… puedes venir a vivir con nosotros, Nahlia, y Okrorio… eh…
— Podría volver a mi Ciudad-Búnker, o capaz los acompañe a su casa si no les molesta. Y estoy seguro que el gran forestal querrá volver a su bosque otoñal.
— Vivo en un apartamento, gracias… Pero olvidémonos de eso y volvamos al presente: la puerta esa está sellada.
— Puedo usar mi poder sobre la tierra y elevarnos por encima de la muralla para ir al otro lado, luego entrar a la atalaya y bajar las escaleras al otro lado.
— Es buen plan, hermano.
— Gracias, Powaq: ahora démonos prisa.
— Los espíritus de aquí te inquietan, ¿Cierto?
— Demasiado.
No era una exageración: por lo general, Koya no tenía tantos problemas con los espíritus de los muertos, pero aquí había muchos, y varios de ellos se mostraban, por decirlo de algún modo, bastante incómodos con su presencia… por no decir enojados. Y tenía el presentimiento que adentro sería peor.
Los cinco miembros del equipo se juntaron para que Koya pudiera elevarlos sobre una plataforma de roca hasta la parte superior de la muralla; una vez allí le dieron un breve vistazo tanto a los Baldíos que estaban abandonando como a las llanuras de Mulgore a las que pronto estarían por ingresar. El paisaje en ambos era bastante parecido.
— Esto no me gusta nada. -comentó Jaeger, señalando el cielo en dirección a los Baldíos: había nubes de tormenta aglomerándose en el horizonte- Sea una tormenta normal o de radiación, no es recomendable que estemos al descubierto.
— ¿Sugieres que nos quedemos aquí?
— Eso, o buscar una mejor opción para resguardarnos en caso de que la tormenta nos alcance, Okrorio.
— Buscaremos otro lugar. -declaró Koya- La tormenta aún está muy lejos.
— No creo que sea algo prudente.
— Puede ser, Powaq, pero este lugar no me parece seguro.
— Los espíritus son muy groseros contigo, ¿Verdad?
— No nos quieren aquí en absoluto. -sentenció- Y menos con un orco cerca.
— Como si fuese mi culpa de que se hayan muerto. En fin: diles que nos vamos y que gracias por su típica hospitalidad tauren.
— Mmm…
Koya prefirió no discutir: no sólo porque sólo quería irse de allí y rebatir a Okrorio, sino porque tenía razón en cuanto a la actitud de los espíritus. Antes de partir, se detuvieron un momento para que sus monturas descansen junto a ellos, comer algo y buscar cualquier cosa que fuese de utilidad, como chatarra comercializable, herramientas o medicamentos; no hallaron mucho, pero lo poco les sería de utilidad. En todo momento, Koya se halló sumamente incómodo y tratando de mirar a cualquier lugar.
Como tenían prisa, optaron por usar el transporte motorizado y dejar a sus monturas descansar en sus Gnoblin 5000. El paisaje de Mulgore era muy diferente al que alguna vez tuvo en el pasado: alguna vez fueron llanuras de verdes y dorados pastos salpicados de arboledas y pequeños bosques de pino y pequeños poblados, que durante la era de la Revolución Industrial se llenó también de carreteras, vías de ferrocarril, líneas eléctricas que iniciaban de las granjas eólicas y solares, así como también granjas de cultivo de maíz, hortalizas, frutas y cría de kodos y zancudos, así como pueblos pequeños pintorescos de la campiña tauren: ahora era casi un desierto de suelo árido y polvoriento, hierbas y coníferas raquíticas, además de uno que otro pequeño pueblo abandonado en medio de la otrora campiña.
Semejante desolación en la tierra ancestral de los tauren debía de ser algo incómodo y hasta doloroso para los mellizos, pero ambos permanecían callados y sin hacer comentarios al respecto; como Koya tenía pensado continuar lo máximo posible, no detuvieron la marcha. Pasó el tiempo hasta ser horas de la tarde, pero para ese momento el cielo se había oscurecido en parte, el viento había comenzado a soplar y ya llevaban una hora de abandonar el pueblo más cercano.
Jaeger alzó su vista al cielo, confirmando sus peores temores: un gran muro de nubes de tormenta de tonalidad ligeramente verdosa se acercaba a su dirección: los lejanos destellos verdosos y ecos de truenos despejaron toda duda en el elfo de sangre.
— Una tormenta de radiación… Y está acercándose: tenemos que buscar refugio ahora, Koya.
— Maldita sea… Si pudiésemos conti…
— ¡Koya!
— Bien, bien… -respondió a su hermano- Busquemos un refugio donde pasar la noche.
— Con suerte… Algunas de estas tormentas pueden durar uno o dos días.
— Grr…
— ¡Allá veo un lugar! -señaló Nahlia en dirección a un complejo de edificios- Se ve seguro.
— Bien: vamos adentro. ¡Rápido!
Tras la orden de Okrorio, ninguno discutió y fueron en dirección a lo que alguna vez fue una parada de camiones que consistía principalmente en una gasolinera con tienda de conveniencia y un pequeño restaurante con un par de baños sexados y un gran taller mecánico adjunto, además de un estacionamiento para los camiones de carga. Como la gran mayoría de sus antiguos visitantes y usuarios habían sido tauren -salvo algunos humanos y elfos- las cosas estaban más hechas a su escala. Una breve inspección de reconocimiento develó la existencia de un par de cadáveres reducidos a huesos y una especie de roedor gigante mutado en un grupo de tres que Okrorio y Koya no tardaron en eliminar vía hachazos y ataques de fuego respectivamente.
— Odio las ratas -gruñó el orco, viendo los cadáveres que despedían un olor a carne quemada- Si vamos a pasar la noche aquí, habrá que hacer algo de limpieza.
— Seh… supongo.
— Oye… ¿Estás bien? -preguntó en tono más conciliador- Suenas algo molesto… más de lo normal.
— ¿Se supone que eso debe importarte?
— Bueno: cúlpame por tratar de ser buen amigo. Sigh… ¿Hay muchos espíritus aquí? ¿Te fastidian?
— Uno o dos, pero lo soportaré. Descuida: mejor aseguremos el lugar en vez de hablar de mis sentimientos.
— Me gusta ese plan.
Tras inspeccionar el lugar, comprobaron que este no sufrió mayores daños y se hallaba en general intacto, aunque abandonado; tampoco había más criaturas o cadáveres de los que preocuparse. Lo que sí lograron rescatar fueron algunos suministros como combustible almacenado y herramientas, así como un mapa.
Koya y Okrorio regresaron al restaurante abandonado donde Powaq y los demás habían limpiado un poco para armar su campamento: Niles usaba una escoba para barrer el piso y un plumero para sacudir los muebles mientras Powaq, Jaeger y Nahlia acomodaban unas cosas para colocar sus sacos de dormir y encender una fogata.
— Está todo despejado. ¿Cómo está todo por aquí?
— Falta poco para hacer de este sitio algo mínimamente confortable, joven Okrorio. -respondió Niles sin dejar de trabajar- Ya revisamos las instalaciones y no hay riesgos de fuga de gas o combustible, pero tampoco hay agua potable.
— Sólo tendremos nuestros suministros. -asintió Koya- Bien: nos arreglaremos.
— Niles preparará algo para nosotros. -comentó Nahlia colocando unos leños- Es un buen cocinero.
— No haga que me sobrecargue de orgullo, señorita.
— Esperaré probar tu cocina, Niles… -Koya asintió con respeto al robot antes de ir en dirección a la ventana- Por la Gran Madre Tierra…
— Koya…
Desde la ventana, Koya y luego los demás, veían como el viento se agitaba, soplando con fuerza y levantando cortinas de polvo y silbando agudamente, mientras el cielo acababa cubierto de una espesa capa de nubes de tormenta poco común con una enfermiza tonalidad verdosa similar a la energía vil; los relámpagos poco a poco se hicieron no sólo visibles, sino que sus truenos desgarradores comenzaron a escucharse. Un pitido del Gnoblin 5000 de Powaq comenzó a romper el silencio.
— Está detectando un aumento en los picos de radiación.
— Todo el mundo tome su medicamento antirradiación. -sugirió el elfo- Y que nadie salga hasta que la tormenta amaine.
— Jaeger, ¿Has lidiado con tormentas así antes?
— En el Yermo de los Reinos del Este, y no son nada agradables, Okrorio: suelen ser impredecibles y muy peligrosas; no tanto por el viento, sino por los relámpagos y el aumento de radiación. Lo más recomendable es refugiarse dentro de algún edificio o cueva y evitar exponerse a la tormenta. Un amigo forestal salió al exterior durante una y sin un traje especial o haber consumido un medicamento antirradiación: casi se muere, y para empeorar las cosas, se quedó calvo.
— Lo peor que le puede pasar a un elfo. -comentó el orco conteniendo una risa burlona- Perder su pelo.
— Entonces estamos a salvo aquí. -exhaló Nahlia un suspiro de alivio- De momento.
— Mientras no salgamos, sí. Tendremos que esperar aquí hasta entonces.
Jaeger se alejó de la ventana y se recostó en su bolsa de dormir a descansar, mientras que Okrorio dio una vuelta por el edificio, Nahlia ayudó a Niles a cocinar la cena en la fogata y los mellizos seguían mirando al exterior muy pensativos.
— En lo que se ha convertido nuestra tierra. -murmuró en taurahe, para que sólo su hermano entendiera- Nuestros ancestros deben de estar llorando.
— Puede ser, pero Mulgore no es nuestra tierra, Koya: nosotros nacimos en Feralas.
— Powaq… Nuestro pueblo se originó aquí. -masculló en voz baja- ¿Cómo puedes ser tan indiferente?
— No es indiferencia: para mí, este lugar es tan exótico como las galerías de las que te rescatamos. -Powaq miró a su hermano, frunciendo el ceño con avidez mientras miraba por la ventana al viento agitar la vegetación y levantar polvo; un relámpago cruzó el cielo, seguido de un trueno desgarrador- Tú… viste Mulgore con tus poderes de chamán, ¿Verdad? Como era antes de la guerra.
— Sí…
— Sé que tienes prisa por llegar a… donde sea, pero te recuerdo que no estás solo en este viaje.
— Eh…
— Estabas muy apresurado por seguir: es más, juraría que quieres salir de aquí y seguir solo aún con la tormenta. Sé que esto es muy importante para ti, pero no puedes poner en peligro a nuestros amigos, y más cuando te han salvado la vida más de una vez.
Koya miró a su alrededor antes de responder: no había nadie cerca.
— Lo sé… y lo siento. Es que… esos malditos insectos nos retrasaron mucho. Si no nos hubiesen capturado, ya estaríamos en las Rocas Rojas.
— Rocas Rojas… -Powaq repitió con solemnidad- Claro: ese lugar era sagrado.
— ES sagrado. Ahí debo contactar con el espíritu que me ha estado llamando y averiguar qué es lo que trata de decirme.
— Ajá… ¿Y después? ¿Qué haremos?
— Lo averiguaremos después de que contacte con ese espíritu.
— No harás nada estúpido, ¿Cierto, Koya?
— Contigo a mi lado, no.
— La cena está lista, jóvenes.
La voz de Niles los hizo dar por terminada la conversación y cenar junto a sus amigos alrededor de la fogata la carne de zancudo asada y condimentada acompañada con puré de maíz y piñones que el robot había preparado en base a algunas provisiones obtenidas de Villa Remanso. Los amigos de Nahlia admitieron que el robot cocinaba muy bien, y lo felicitaron por ello; afuera, la tormenta seguía su curso, descargando rayos, truenos y ráfagas de viento.
— Me complace que les guste mi cocina, jóvenes. A pesar de no estar acostumbrado a cocinar zancudo: sólo asumí que era como un pollo más grande.
— Pues te quedó bastante bien. -asintió Okrorio tras darle una buena probada- Si los robots de los orcos supieran cocinar... Pero sólo se hacen robots guerreros y los goblin se reservan los sirvientes para ellos… Dicen que los orcos no debemos de tener sirvientes… salvo los trolls.
— Encantadora reflexión…
— Hey… No es momento de discusiones de ese tipo, Koya.
— ¡Oh, rayos! Ahora que hablabas de robots, me acordé que cuando buscábamos la entrada a la colmena silítida, me topé con un exploradrón que era del Imperio Arathoniano.
— ¡¿QUÉE?!
— ¡¿Y ahora lo dices, Orejas de Conejo?!
— Oh, perdón, señorita hechicera, por preocuparme más por ti… ¡Y por Koya! Luego de rescatarlos, me olvidé totalmente del asunto.
— Más te vale que lo hayas destruido al menos; si esa cosa nos descubrió, podría ser un problema.
— Lo neutralicé antes de continuar la búsqueda de Koya y Nahlia, Okrorio: esa cosa no volverá a volar.
— Mmm… -Powaq se rascó la barbilla, pensativo- Posiblemente sea de alguna otra Ciudad-Búnker humana del Marjal explorando el terreno… o de la misma de la que vino Nahlia y esté en piloto automático. Dudo que venga de los Reinos del Este.
— ¿Cómo lo sabes?
— Leí de ellos en el manual que encontramos en Bael Modan, Koya… y Okrorio me habló también un poco de los exploradrones. Tienen cierta autonomía, pero si no reciben órdenes de la base pasado un tiempo, se ponen en piloto automático; además, no suelen tener suficiente energía como para cruzar el océano. -Powaq le dio un mordisco a su pieza de carne y la masticó un buen rato antes de tragarla y continuar hablando con tranquilidad- En fin… Es un poco tarde para investigarlo.
— See… un poco tarde. Y cambiando de tema… ¿A dónde iremos pasada la tormenta?
Eso era fácil de responderle a Okrorio: Powaq había encontrado un mapa de Mulgore en buen estado y bastante completo. Acabada la comida, extendió el mapa en el suelo y se lo mostró a sus compañeros señalando su ubicación actual e indicando con su dedo su posible ruta: desde su posición, en las afueras de un pueblo llamado Villa Cantotormenta, irían en dirección norte, cruzando las planicies al pie de las montañas del este y pasando cerca de las antiguas minas de la Compañía Ventura, hasta llegar a las Rocas Rojas, un lugar sagrado para los tauren.
— ¿Cuánto podría durar este cruce?
— Si vamos únicamente a pie o con nuestras monturas de tracción a sangre, capaz dos o tres días; si usamos nuestras motocicletas, capaz reduzcamos el tiempo a la mitad, Okrorio.
— Mmm… -caviló Koya; afuera, se escuchaba el crepitar de la tormenta como omnipresente sonido de fondo- No creo que forzar a nuestras monturas a un viaje largo tras una tormenta de radiación sea muy prudente… tanto para ellas como para nosotros.
— ¿Y si hacemos escala en alguna ciudad importante como el Pueblo Pezuña de Sangre o Cima del Trueno? Podríamos encontrar allí algunos suministros o un buen lugar para descansar.
— Es arriesgado, Nahlia: principalmente Cima del Trueno. Ambas ciudades fueron blancos de ataques nucleares directos, y podrían presentar rastros de radiación aún más fuertes que en Nueva Taurajo. -Powaq se sentó de piernas cruzadas, manteniendo una pose pensativa- En el mejor caso, podríamos pasar por las afueras del Pueblo Pezuña de Sangre. ¿Qué piensas, Koya?
— Concuerdo contigo: debemos mantenernos alejados de las ciudades, pero Nahlia también tiene razón en que podríamos necesitar más suministros. -Koya se puso de pie- Seguiremos tu ruta, y de ser necesario, haremos escala en el Pueblo Pezuña de Sangre u otro asentamiento más cercano.
— ¿Seguro? Tú eres el que más prisa tiene por llegar a… -revisó el mapa nuevamente- Rocas Rojas.
— Si fuera por mí, iría solo ahora mismo, Jaeger… Pero no estoy solo en este viaje y no puedo ser imprudente. Prefiero ir con cautela y con la seguridad de que todos estaremos bien.
— ¿Es tu forma de decirnos que te importamos?
— Como tú quieras, Nahlia. -dejó salir un pequeño resoplido de fuego antes de retirarse- Tomaré el primer turno para vigilar, Okrorio, tú el siguiente; descansen.
— ¿Nos darás un beso de buenas noches?
En respuesta a la broma de Jaeger, Koya le lanzó un chorro de agua en la cara hasta dejarlo empapado, haciendo que más de uno acabara burlándose de la ingenuidad del elfo.
— Pudo haber sido peor. -comentó Powaq intentando contener la risa- Pudo haberte lanzado una bola de fuego o un relámpago.
— ¿Te lo ha hecho alguna vez?
— Somos hermanos, Nahlia: claro que sí.
— Definitivamente Koya es de los míos. -señaló el orco con orgullo- Nada de sentimentalismos ni delicadezas. En fin, señores: descansemos.
Tras apagar la fogata, Okrorio y los demás se acomodaron en sus bolsas de dormir y pronto cayeron bajo los efectos del sueño.
Las horas pasaron y la tormenta seguía bramando con fuerza, escuchándose el aullido casi sobrenatural del viento y los constantes relámpagos crepitando con furia. Koya recorría los pasillos del abandonado edificio bajo su forma de lobo fantasmal sin decir palabra alguna; de vez en cuando contemplaba por unos segundos la vista que le daban las ventanas, reflexionando en el estado del mundo actual antes de seguir patrullando en silencio.
Al llegar al taller mecánico donde antes se reparaban los camiones que viajaban por la Autopista Dorada, se sentó en sus patas traseras frente a un viejo camión de grandes ruedas a medio reparar. No estaba solo: una figura tauren masculina de pelaje negro y pintura corporal roja en su rostro y partes descubiertas de su cuerpo cubierto con un uniforme de mecánico descendió del camión y se acercó al lobo.
— No creí que hubiese más chamanes capaces de ver a los muertos.
— …
— Cierto: bajo esa forma no puedes hablar.
El lobo asintió antes de retomar su forma original y sentarse en el suelo, invitando al fantasma tauren a hacer lo mismo, cosa que hizo de inmediato antes de presentarse cada uno.
— Gracias por darme esta oportunidad.
— Gracias a ti por querer hablarme de manera amistosa, Lavan.
— Sigh… De todos modos, dudo que sea una conversación meramente amena. ¿O me equivoco, Koyaanisqatsi?
— Estás en lo cierto: requiero de información, pero no la obtendré gratis. De todos modos, quisiera saber algo de ti primero.
— Mmm… Suena justo.
Lavan habló sobre su vida como un joven mecánico que vivía en Villa Cantotormenta, que era de carácter solitario, razón por la cual no tuvo problemas en tomar este trabajo en las afueras del pueblo cuando pudo, y que llevaba apenas dos años trabajando en esa parada de camiones cuando la guerra llegó hasta Mulgore y se desató el Holocausto. Justo el día en que se había quedado solo.
— Sé que los orcos son unos salvajes, pero nunca creí que llegarían tan lejos. ¿Cómo puedes viajar con uno?
— De eso hablaremos luego. Entonces, ¿Viste las detonaciones? ¿Dónde fueron?
— Por lo que llegué a ver, sobre Cima del Trueno, Pueblo Pezuña de Sangre, Ciudad Narache y Nueva Taurajo: fue como si hubiesen arrojado más de un sol a la tierra… Por el Padre Cielo… apenas pude cubrirme los ojos.
— Por lo que encontré, no eres el único aquí. Ese otro no me dirige la palabra.
— Debe ser un refugiado que llegó luego de mi muerte; apenas hablo con él.
— ¿Cómo moriste?
— Me refugié aquí poco después de las explosiones, esperando que mis compañeros regresaran o que el ejército viniera a rescatarnos. Por un tiempo, creí que sería seguro: había comida, teníamos reservas de agua y el edificio soportó bien las explosiones. Pero el tiempo pasó, mis amigos nunca regresaron y el ejército nunca llegó. La comida comenzó a escasear, me sentía cada vez más solo… y esas malditas tormentas hacían que salir fuese un suicidio.
— Pero tú no saliste.
— El sólo ver esas nubes verdes me dio a entender que no esperase nada bueno. Sigh… al final acabé muriéndome de hambre y acabé allí tirado donde me encontraste. Ese camión de allí… -señalando el que estaba frente a ambos- era mi último trabajo: se supone que el dueño vendría a recogerlo al día siguiente de que cayeron las bombas. Supongo que ya no importa.
— Lo lamento… -asintió el chamán mostrándose comprensivo y algo apesadumbrado- Lamento que hayas sufrido tanto antes de…
— ¿Seguro que lo sientes?
— ¿Huh? ¿De qué hablas?
— Has sido muy amable, pero sé que sabes lo que soy.
— Yo…
— Eres de la Tribu Cazacielo, y yo de la Tribu Tótem Siniestro. No me lo niegues.
Por supuesto que no lo haría: lo había notado desde el momento en que lo vio por primera vez con esas pinturas corporales en su figura astral. Aún cuando habían pasado más de cien años de aquella masacre que había marcado a su tribu hasta llevarla al borde de la extinción, y pese a no haberla vivido, sentía un fuerte resentimiento, quizás heredado de su abuelo, hacia los Tótem Nocturno, que aunque eran Tótem Siniestro reformados con nuevo nombre, era incapaz de confiar en ellos o de no mirarlos con suspicacia y desconfianza.
Aún así…
— Eres un Tótem Nocturno. Y sí, reconozco que no confío del todo en esa tribu.
— No te culpo: siempre nos han mirado con desconfianza, como los Tótem Sangriento.
— Esos son harina de otro costal. El punto es… que he tratado de no ser tan prejuicioso.
— ¿Por eso viajas con ese orco?
— No me agradó su compañía al principio, pero con el tiempo, comprendí que puedo confiar en él. Y que es… mi amigo.
— No he oído de una amistad entre un orco y un tauren en más de un siglo. En fin: eso es cosa tuya, ¿Y a qué vienes a Mulgore?
— Un viaje espiritual: tengo que hablar con alguien… que no sé quien es.
— Mi abuela era una chamán, así que más o menos comprendo ese tipo de cosas.
— Dime algo… Desde que entré a Mulgore, los espíritus de los muertos me tratan con hostilidad. ¿Tienes una idea de por qué?
— Suelo salir muy poco de aquí por mi naturaleza solitaria, pero eso es fácil de responder: estás vivo.
Lavan señaló que básicamente esas almas en pena estaban molestas de ver a miembros de su gente con vida por el hecho de que ellos acabaron atrapados en Mulgore para acabar muriendo en el infierno nuclear mientras otros lograron escapar con vida a lugares más seguros. Koya reflexionó sobre ello, llegando a comprenderlo hasta cierto punto, aunque explicando que muy a su pesar, Tyrande y Baine tomaron la decisión más dura para salvar a los que pudieron reunir antes de sellar el pasaje secreto que daba a Feralas; Lavan lo entendió, pero aseguró que los demás espíritus no lo harían del todo y seguirían enojados.
Iban a continuar la conversación cuando Lavan señaló hacia la puerta, donde se hallaba Jaeger mirándolos con una mezcla de intriga y curiosidad. O más bien, miraba a Koya hablando solo; Lavan se había apartado, aunque no desvanecido del todo.
— El turno de Okrorio aun no llega.
— Lo sé: sólo me levanté para ir al baño y me dieron ganas de caminar hasta acabar encontrándote aquí. -se aclaró la garganta- Déjame adivinar: a) te gusta hablar solo por las noches, b) estás en un episodio psicótico, o c) estás hablando con un muerto.
— Opción C. -asintió Koya con el ceño ligeramente fruncido; asintió en silencio para despedirse de Lavan y fue junto al elfo para tenerlo cara a cara- Interrumpiste una conversación.
— Más bien, parece que tu amigo fantasma la detuvo al darse cuenta que estuve aquí. Por lo que no es culpa mía. ¿Y bien? ¿Algo interesante?
— Depende, ¿Cuánto oíste?
— Sólo la parte final donde hablabas de un pasaje secreto entre Mulgore y Feralas. Dime: si sabías de ese pasaje, ¿Por qué no lo usaste antes para llegar aquí?
— En primer lugar, porque no sé donde está: ese pasaje era un secreto muy resguardado de parte de Baine, y en segundo lugar, porque tras haberlo cruzado con los refugiados que reunieron en Mulgore, ordenó a los chamanes que lo bloquearan con ayuda de los elementales y que no se registre su ubicación.
— ¿Por qué?
— Porque tenía miedo de que alguien intentara regresar a Mulgore, cuando era más que obvio que era una tierra perdida. Sigh… aunque… eso condenó a mucha gente. Por eso los espíritus de los muertos de Mulgore nos miran con desprecio.
— Claro: porque tú eres una muestra de que algunos lograron huir y ellos no. La culpa del superviviente… o del descendiente del superviviente más bien.
— …
— Dime… Esto de hablar con los espíritus… ¿Te gusta?
— Este don lo descubrí de mala manera.
Si bien Jaeger ya sabía que tenía esa habilidad, no sabía la historia de trasfondo. Tras sentarse en el suelo, Koya le contó su historia con Keena y el cómo descubrió todo lo relacionado con sus poderes, así como la relación con su padre y su abuelo.
Aclarado ese punto, y tras preguntarle sobre los motivos de su viaje, Jaeger le respondió hablando un poco de su trabajo como Forestal en los Yermos del Este: según él, y pese a ser bueno en su trabajo de vigilancia y exploración… y tener mucho éxito con las mujeres, sentía que su vida era muy monótona y carente de emoción. A diferencia de la mayoría de los elfos sin'dorei y shal'dorei, y pese a tener un buen apartamento en Anasterian, él, al igual que sus compañeros forestales, era amante del campo abierto, la exploración y la aventura.
— Por eso me uní a los forestales, aparte del obvio sentimiento patriótico y seguir los pasos de mi madre.
— ¿Tu madre?
— Fue una General Forestal durante la guerra: combatió junto a los orcos en el frente de los Reinos del Este contra el Imperio Arathoniano; no lo dije hasta ahora para no molestarlos.
— Comprendo.
— Tras el Holocausto y terminada la guerra, se retiró y regresó a la vida civil: décadas después, me tuvo a mí. -el elfo sonrió con cierto descaro- Creo que quería una niña, pero en fin.
— ¿Y cómo acabaste aquí?
Según Jaeger, con sus fronteras con la Sociedad de las Sombras bien vigiladas y relativamente seguras, aconsejado por su amigo Lor'themar, el Gran Magister Rommath ordenó hace unos años iniciar la exploración de Kalimdor en busca de posibles amenazas, artefactos o por meros deseos de exploración y cartografía de zonas desconocidas tanto por el Magistherium como por las otras naciones. Y para ese fin, encargó a los Forestales junto al Relicario para la tarea.
Y fue por eso que se ofreció a explorar Kalimdor cuando se le dio la oportunidad, para poco después de su llegada, llegar a encontrarse con Nahlia en el Marjal.
— ¿O sea que nos acompañas sólo por un poco de emoción y aventura?
— Si lo pones de esa manera… Oye, ¿Acaso no sientes nostalgia por esa vieja época de aventureros que viajaban por Azeroth?
— Particularmente no.
— Bah, eres un aburrido. -Koya parecía algo disgustado- Hey: no creas que ustedes no me importan; si no, ya los hubiese abandonado. Ya ni siquiera tengo interés en capturar a Nahlia.
— ¿En serio?
— Sí, pero no se lo digas: me encanta fastidiarla.
— Te recuerdo que es una maga de dieciocho años que acaba de quedar huérfana.
— Sí, sí… no seré tan grosero: no te preocupes.
— Lo digo por ese resentimiento que tienes a los humanos por algo ocurrido hace siglos.
— ¿Cómo el que tú tienes a los Tótem Siniestro? Oh, sí: también oí esa parte.
Koya se limitó únicamente a dejar escapar un resoplido de fastidio al sentirse algo hipócrita. Afuera, la tormenta seguía crepitando con toda su furia.
— De verdad que tienes orejas de conejo.
— Todos tenemos nuestros rencores alimentados por la historia de nuestros pueblos. -Jaeger hizo un chasquido con su lengua- Mira: entiendo el motivo de que los odies dada la historia que tu tribu tuvo con ellos, y que fueran los responsables de matar a esa niña que fue amiga tuya, pero tengo entendido que los Tótem Nocturno se reformaron y no tienen nada que ver con los Tótem Siniestro.
— Puede ser, pero el asunto es que ellos siguen allí afuera, acechando. ¿Cómo saber que alguno de esos "reformados" no son informantes de sus hermanos no reformados?
— Mmm… Acabas de hacer una buena pregunta.
— ¿Huh? ¿De qué hablas?
— Sólo alabo tu perspicacia y cautela, Koya: es todo. Ahora, respecto a lo tuyo… no me imagino lo que habrás pasado manteniendo oculto ese don incluso a tu hermano. Dime algo, ¿Qué harás una vez que hables con el espíritu ese que te hizo llamar aquí?
— Depende de lo que me diga en su mensaje y de lo que deba hacer.
— O sea que no sabes.
— Nadie dijo que tratar con los espíritus sea fácil.
— Pues espero que no te lleven muy lejos, porque no soy de irme al fin del mundo.
— ¿O sea que seguirás con nosotros?
— Puede ser: me están empezando a caer bien, y mi madre tiene una buena opinión sobre los tauren y otras razas de la Horda de antaño. -el elfo se pone de pie y camina hacia la puerta- Iré a despertar a Okrorio: necesitas descansar.
— Jaeger… -el aludido volteó- Gracias… por seguir aquí.
— Para eso estamos, Koya.
Koya quedó momentáneamente solo luego de que Jaeger se fue y antes de que Okrorio llegara a revelarlo; Lavan apenas se apareció para despedirse y desearle un buen descanso, mientras afuera, la tormenta continuaba.
En las llanuras de Mulgore, la tormenta seguía azotando con fuerza, levantando cortinas de polvo y meciendo los raquíticos árboles que aún permanecían de pie. En la Gran Puerta, estructura se mantenía firme y sólida, acogiendo entre sus muros a dos visitantes inesperados que se resguardaban del mal tiempo.
— ¡Maldita sea nuestra suerte! ¡Nos tuvo que caer esta tormenta!
— Agradece que encontramos un lugar seguro para resguardarnos, Luisón.
— Tal vez lo dices por mí, ¡Pero tú ya estás muerto!
— Te recuerdo que ya tuvimos Renegados afectados por la radiación de estas tormentas… y quedaron peor que si fuesen miembros de la Plaga.
— Ups… Lo siento, amigo.
— Olvídalo… -respondió el renegado con un gesto de su huesuda mano- Esperemos a que la tormenta termine para continuar nuestro camino.
Luisón y Kristofferson habían tratado de seguir el rastro de aquel grupo de aventureros formado por dos mellizos tauren, un elfo de sangre, un orco y una humana desde que los descubrieron en la Hojarasca. El sacerdote no-muerto había llegado a leer parte de la mente del tauren chamán y descubierto tanto sus nombres como que se dirigían a Mulgore para "recibir un mensaje" de un espíritu.
No pudo obtener más información debido a la interferencia del orco, pero fue más que suficiente para tener sospechas. Siguieron su rastro tras la Hojarasca y cruzando las ruinas de Nueva Taurajo, donde les llamó la atención la inmensa colmena silítida, habitada nada más que por cadáveres y cáscaras vacías de aquellos insectos gigantes.
Finalmente, habían llegado a las puertas de Mulgore, poco antes de que la tormenta de radiación se desatara.
— Repíteme de nuevo por qué seguimos a esos niñatos. -soltó un Luisón cruzado de brazos y apoyado contra una pared, mostrando sus colmillos- Espero que cruzar ese desierto infernal haya valido la pena.
— Ya te lo dije. -inició su explicación el sacerdote tras la brusca pregunta de su compañero- Las habilidades de los chamanes no deben subestimarse, especialmente la de este: no sabemos qué clase de espíritu hablará con ese tauren, o qué podría decirle.
— Son meras supercherías de esos salvajes.
— A veces me pregunto si te das cuenta en qué tipo de mundo vives; no podemos dar nada por descartado. Los espíritus pueden ser seres bastante sabios: existe la posibilidad de que ese espíritu le informe a ese grupo de los planes de la Reina Alma en Pena, y si ese fuese el caso, nos perjudicaría.
— ¡Diablos! Tienes toda la razón: hay que acabar con ellos lo más…
— Espera… Primero debemos averiguar el mensaje; podría ser útil para nosotros y para la Reina Alma en Pena, que no es de subestimar cosas como esta.
— Bien…
— Hay otro detalle por el cual ser cautelosos: hay alguien más tras ese chamán. Un espíritu, y si mi memoria no me falla, posiblemente sea una "vieja amiga" de la Reina.
— Entonces no hay de qué preocuparnos.
— Que sea amiga de la Reina, no implica que sea nuestra aliada, y es sólo una conjetura. Apostaría a que tiene sus propios planes para el chamán.
— ¿Y qué haremos?
— Esperar. Y por ahora, descansar: ve a dormir; yo haré guardia.
A la mañana siguiente, cuando el sol ya estaba bien alto, el grupo de cinco aventureros se preparó para continuar con su viaje, no antes de que Powaq verificara el nivel de radiactividad con su Gnoblin 5000: para su sorpresa, y pese a lo intenso de la tormenta, el aparato comprobó que el nivel de radiación era bajo y que el exterior era seguro; de todos modos, sugirió tomar una dosis del medicamento antirradiación antes de salir. De acuerdo a Jaeger, las tormentas de radiación eran así de extrañas, además de algo repentinas, por lo que debían de estar preparados si surgía otra; sacaron sus monturas y retomaron su viaje.
El paisaje de Mulgore no dejaba de asombrar por su panorama desolador: aparte del árido suelo y ausencia casi total de vegetación salvo maleza del desierto, descubrieron campos de hongos de la Plaga fácilmente distinguibles por su siniestra bruma verdosa sobresaliendo del suelo, y fruto de los ataques de los Renegados y que tuvieron que esquivar debido a su toxicidad. Lo único bueno fue que el cielo se había despejado de nubes, por lo que el riesgo de otra tormenta era bajo… de momento.
Un descubrimiento desagradable fue saber que Mulgore no estaba del todo desprovista de vida: más allá de los restos óseos de los animales típicos de la zona, había versiones mutadas tanto por la radiación como por la Plaga de esos animales, como coyotes sin pelaje y grandes colmillos, kodos de dos cabezas y malformaciones, y algún que otro basilisco con escamas reforzadas.
Además, por supuesto, de tauren infectados por la Plaga, o los ya conocidos necrotauren, ambos carentes completamente de consciencia, y ambos resultado de los efectos de la radiación y/o de la Plaga sobre los tauren que quedaron atrapados en Mulgore sin posibilidad de huir y no tuvieron una muerte digna. Los primeros eran los típicos no-muertos con partes de su carne podrida y caída exponiendo el hueso, pero los otros lucían como auténticas momias desecadas y de engañosa apariencia frágil, pero ambos de actitud hostil y salvaje.
El grupo de Koya se topó con algunas de estas criaturas como individuos aislados que eran fáciles de evadir, pero luego hallaron a una pequeña manada que acabó atacándolos por su cercanía, y del cual tuvieron que encargarse, muy a pesar de los mellizos tauren: como sus cuerpos eran sumamente frágiles, no resultó problemático para el hacha de Okrorio y las flechas de Jaeger deshacerse de la mayoría de ellos, ni tampoco para los hechizos de Nahlia. Naturalmente, los mellizos se abstuvieron de atacarlos y se limitaron únicamente a proteger a sus amigos de ser necesario; incluso cuando Koya lanzó una bola de magma contra un necrotauren que estuvo por atacar a Okrorio, la sola acción pesó mucho en su conciencia.
— Gracias, Koya… -el orco miró al aludido que tenía una mirada perdida- ¿Qué te pasa?
— …
— No nos sentimos bien matando a esta gente.
— Ya no son gente, Powaq: son como los miembros de la Plaga. -respondió Okrorio mientras limpiaba con un trapo la hoja de su hacha- Dejaron de ser personas hace más de cien años.
— ¿Pensaste así con las criaturas de Mengel hechas a base de orcos?
— Oh, no… -se lamentó el druida-
— ¿Qué ocurre?
— ¿Qué opción tenía? ¿Ponerme sentimental como tú mientras amenazan con matarme?
— Van a pelear, Nahlia.
— Ya veo…
— ¿Qué tiene de malo mostrar algo de respeto por tus congéneres caídos?
— Que te distraen en ñoñeces cuando tú y tus amigos VIVOS están siendo atacados.
— Uff… -suspiró Jaeger- Eso fue un golpe bajo.
— Oh… ¡Ahora resulta que debo tratarlos como cualquier miembro de la Plaga más!
— ¡Es que son eso, maldito becerro! ¡A mí también me indignó y llenó de rabia lo que Mengel le hizo a esos orcos, así como tú con estos remedos de tauren! -señalando los cadáveres en el suelo- Pero no me quedé con cara de cachorrito arrepentido, sino que me puse a luchar para sobrevivir… y te apuesto que de no hacerlo, ni tú, ni yo, ni tu hermano, estaríamos aquí para recordarlo.
El chamán inicialmente parecía que iba a estallar, sintiéndose una carga estática a su alrededor y mostrando incluso algunas chispas eléctricas en sus manos: tomó algo de aire y dejó escapar un resoplido de resignación antes de guardar a su montura, sacar su motocicleta y subirse a ella, encendiendo el motor. Okrorio y Jaeger hicieron lo mismo; mientras el orco acabó metiéndose en su motocicleta sin decir nada, Jaeger esperó un poco más para hablar con los otros.
— Al menos no llegaron a los golpes.
— No recuerdo que se pelearan tanto, Powaq.
— Comenzaron a llevarse bien desde que salimos de la Ciudad-Bunker: creí que ya habían resuelto todos sus problemas. Capaz y me equivoqué, Jaeger.
— O… tal vez no vemos todo el panorama.
— ¿De qué hablas, Orejas de Conejo?
— Piénsenlo: Koya es un chamán que puede hablar con los espíritus de los muertos. ¿Quién sabe si puede ver a las almas de las personas que alguna vez fueron esas cosas? Además, ya sabemos que los espíritus aquí no se sienten cómodos con nuestra presencia.
— Tienes razón. -asintió Powaq- Además que fue testigo del Holocausto a través de sus visiones, y que tiene dos espíritus que tratan de contactarlo, como a esa loca que casi nos mata.
— Eso tiene sentido. -asintió la chica- Estar aquí debe de ser duro para él.
— Suban ya: tenemos que seguir. -gruñó Koya a lo lejos- Hay un pueblo cerca en el que podremos hacer escala y capaz pasar la noche si nos apresuramos.
El grupo retomó la marcha cruzando por las yermas planicies de Mulgore, evitando en lo posible contacto con más necrotauren u otra criatura en el camino, cosa que no siempre pudieron lograr, no teniendo más remedio que deshacerse de ellos.
A horas de la tarde, llegaron a un pueblo abandonado en la orilla noroeste del lago Toro de Piedra, llamado Pueblo Llamaniebla (Fogcaller Town) y que estaba cerca a las antiguas minas de la Compañía Ventura; el lugar no había recibido el golpe de las bombas, siendo únicamente testigo del ataque al Pueblo Pezuña de Sangre y posteriormente abandonado. El paso del tiempo había hecho mella en el lugar, pero lucía relativamente bien conservado: se separaron en dos grupos y exploraron un poco el pueblo para evaluar posibles amenazas y encontrar suministros antes de que se ocultara el sol y acamparon dentro del centro cívico de la ciudad en caso de que se formara otra tormenta.
Koya ya había hecho una fogata mientras los demás estaban afuera viendo el cielo despejado con las dos lunas y las estrellas brillando entre esa ligera pero turbia neblina verdosa. Ni el chamán ni el guerrero orco se habían dirigido la palabra desde su discusión de la tarde.
— A pesar de todo, la vista aquí es magnífica.
— Si ignoras la ciudad abandonada, los árboles marchitos y el lago completamente tóxico y desprovisto de vida… sí.
— ¡Me refería al cielo, Orejas de Conejo!
— Ya, ya… -interrumpió Powaq con calma para evitar otra pelea- Ya tenemos suficiente con Koya y Okrorio como para tener otro pleito.
— ¿Trataste de hablar con él?
— No, y no pienso arrastrarme a tu hermano para que me perdone por ser racional; lo mejor será que tenga su espacio y se calme. Sigh… En fin: como no pienso esperar a que Koya venga, evaluemos lo que encontraron. Jaeger…
— Koya y yo encontramos algunos suministros médicos aún útiles en el centro médico, así como medicamento antirradiación. También fuimos al salón de guardias por algo de munición; por suerte, los tauren no eran reacios a usar armas láser.
— ¿Y ustedes, Nahlia?
— Fuimos a unas tiendas y encontramos comida enlatada de marcas goblin en buen estado, y Powaq halló algunas piezas de chatarra con la que podríamos comerciar.
— Sólo si se prolonga nuestro viaje, claro está.
— Mmm… Bueno: peor es nada.
Adentro, Koya acompañaba silenciosamente a Niles para preparar la cena: al chamán le sorprendía lo bien que se manejaba el robot usando diferentes instrumentos para manipular alimentos y herramientas, y lo bien que lo hacía; incluso se sentía extraño ofreciéndole su ayuda, cosa que Niles rechazaba cortésmente la mayoría de los casos.
— ¿Siempre has cocinado para la familia de Nahlia?
— Así es, joven Koya. ¿Por qué la pregunta?
— Es… curiosidad. ¿Necesitas ayuda?
— Agradezco su ofrecimiento, pero tengo todo controlado. Preferiría un lugar más… pulcro para cocinar, pero supongo que dadas las circunstancias de este viaje, tendré que adaptarme. Al menos la señorita Nahlia parece haberlo tomado bien.
— Considerando todo lo que pasó…
— Estaré siempre muy agradecido con ustedes por acompañarla en estos momentos tan difíciles. -dio la vuelta una pieza de carne con una de sus extremidades para que se dorara mejor- La señorita necesitará amigos para seguirá adelante.
— Pero estás tú.
— Siempre estaré del lado de la señorita Nahlia, pero no puede limitar su círculo de amistades a un robot como yo. -Koya asintió en silencio, dándole la razón- Disculpe mi intromisión, joven, pero ¿Por qué no está con los demás?
— Es… complicado.
— ¿Se peleó con alguien?
— Mmm… con Okrorio.
— ¿Quiere hablar sobre eso?
Por un momento, el joven chamán se molestó pensando que Niles se estaba volviendo demasiado entrometido, como una persona real. ¿Era sólo cortesía programada? ¿Realmente mostraba interés… o era mera curiosidad? ¿Cómo habían logrado hacerlo tan… vivo? Cualquiera sea el caso, era sorprendente que una máquina actuara así. Y como lo preguntó de una manera amable, Koya acabó contándole el motivo de su molestia, olvidándose por completo que hablaba con un robot; Niles escuchó atentamente si pronunciar palabra hasta que Koya terminara.
— Ya veo… Usted debe de ser muy sensible a la situación de esta tierra.
— Podría decirse.
— Y siente que los demás, y en especial el joven Okrorio no lo toman en cuenta.
— Supongo.
— Por motivos culturales, creo entender su punto de vista: he leído un poco sobre la cultura tauren y sus tradiciones.
— Bien. -sintió Koya, sabiendo que Niles no captaría bien los conceptos espirituales del mismo modo que él- Entonces…
— Sin embargo, debo de resaltar que pese a su falta de tacto, el joven Okrorio tiene también un punto a su favor. -Koya levantó la ceja- Están en territorio hostil, y lo que usted considera aflicción por el estado de la tierra natal de sus antepasados, para él es una peligrosa distracción que pondría en riesgo tanto su integridad física como la de los demás. Dígame, ¿Voy bien?
— Eh… Sí, creo.
— Debe tener en cuenta, joven, que usted tiene un gran poder, más incluso que el joven Okrorio, y que es su responsabilidad, así como el de todos, el de cuidarse mutuamente. Además, a diferencia de su hermano, o de la señorita, tanto el joven orco como el joven Jaeger han elegido unirse a usted para acompañarlo en su viaje, amenazando incluso con traicionar o engañar a los suyos mientras lo ayudan. Puede que esa "distracción", como ellos lo ven, la interpreten como una manera irrespetuosa de agradecer su apoyo.
— …
— Bueno… Esa es mi impresión en base a lo que he observado, joven Koya.
Para su sorpresa, Koya comprendió lo que el robot le había dicho, y estaba de acuerdo con él: Powaq lo acompañó sin ningún reparo, y Nahlia técnicamente estaba bajo la protección de su hermano, mientras que Okrorio y Jaeger no tenían ningún compromiso real para unirse al viaje: había sido elección suya, y hasta ahora no habían decepcionado, siendo incluso responsables de salvarlo dos veces como había dicho Powaq.
— Le prometo que le encantará la cena, joven Koya: las tortillas de maíz quedarán estupendas, así como la carne asada. ¿Podría ir a avisarles a los demás que pronto estará la cena? Me faltan unos retoques.
— Sí, iré a avisarles. Gracias, Niles.
— Para servir, joven.
Koya salió avisando a sus compañeros sobre la cena y rápidamente se reunieron todos para comer; casi no hubo conversación y ni el chamán ni el guerrero intercambiaron palabras. Acabada la comida, Jaeger y Okrorio quedaron para hacer guardia esa noche.
Acabado el turno del elfo, Okrorio lo relevó permaneciendo afuera del edificio mientras sus amigos dormían. Como parte de su vigilancia, dio varias vueltas alrededor del edificio manteniéndose atento a cualquier cambio o cualquier sonido extraño a esas horas de la noche. Cuando observaba a lo lejos el lago, distinguió una figura espectral viniendo del cuerpo de agua en la lejanía: por mera precaución se mantuvo alerta siguiéndolo con la mirada, descubriendo que era en realidad un lobo que se acercaba a su posición hasta que acabó sentándose sobre sus patas traseras, mirándolo de frente. Incluso llegó a gruñir un poco.
No podía ser otro.
— Si vas a querer decirme algo, podrías volver a tu forma real, Koya.
— …
— O puedes quedarte allí a rascarte las pulgas fantasmales. -el lobo gruñó con más fuerza- No me hagas reír: he luchado con lobos más grandes que tú antes de cumplir los quince años; no te hagas el sensible.
— …
El lobo dio unos pasos a la derecha, saltó sobre un pequeño muro y se sentó allí, tomando su forma original, acompañada de una cara de pocos amigos.
— ¿Mataste a todos esos lobos?
— Sí.
— Creí que eran sus monturas.
— Ustedes se comen a los kodos; no exageres. Y no todos los lobos sirven de montura: algunos sirven para entrenarnos de jóvenes, junto a los jabalíes. Es eso o matar esclavos trolls.
— ¿Me hubieses matado a mí?
— Darías más pelea: eso te lo reconozco. ¿Quieres comprobarlo?
— Pff… No: tengo mejores cosas que hacer… Como…
— ¿Hablar?
— Bah… si tú lo dices.
— Ya que me estás robando mi tiempo vigilando, escupe lo que tengas que decir.
Le tomó un tiempo al joven chamán articular las palabras, aunque más bien el desafío era pronunciarlas con seguridad.
— Estoy siendo un idiota, ¿No?
— Más de lo habitual.
— Al menos eres sincero.
— No voy a decirte una sensiblería barata como "entiendo como te sientes" o algo así, porque sería mentira: no soy chamán y tampoco soy un tauren. Sólo soy un guerrero orco que ha vivido toda su vida bajo tierra hasta hace unos pocos meses, y que ha hecho a un lado a su gente y todo bajo lo que ha crecido para seguir a un grupo de extraños de quien me han enseñado a desconfiar.
— Eh…
— No me compadezcas: hice lo que tenía que hacer. De todos modos, me hiciste recordar, tras tanto tiempo desde que nos conocimos, que eres un tauren.
— ¿Qué insinúas con eso?
— Que tienes razón: actúas como un idiota. -el aire alrededor de Koya comenzó a cargarse de estática; Okrorio lo ignoró- Supongamos que uno de tus amados y venerables cadáveres irradiados atacaran a tu hermano, dejándolo malherido. ¿Sabes que haría yo? Le reventaría la cabeza a la desgraciada y putrefacta abominación esa mientras tú te quedas allí, sintiendo lástima por los muertos antes que preocuparte por los vivos.
— ¡Óyeme tú…!
— Y antes de que te des cuenta, te partiría uno de esos cuernos a la mitad por ser tan malditamente irresponsable. -continuó en tono severo, casi gruñendo entredientes- No eres el único al que le importa Powaq: lo aprecio como amigo tanto como a los demás, o a ti mismo; eso no evita que esté aquí para decirte tus verdades. Haznos un favor y sé más racional, maldita sea: ayer dijiste que preferías ser cauteloso y que todos estemos bien. ¿Quieres un consejo?
Okrorio se puso a centímetros de Koya para tenerlo de frente, y pese a que era casi sesenta centímetros más bajo que él, lo miró desafiante a los ojos.
— DEMUÉSTRALO, torito.
— Sigh… Bien: lo intentaré.
— Así se habla. -se apartó de él y comenzó a caminar- No me decepciones, hermano.
Koya permaneció unos minutos más mirando la ciudad abandonada antes de entrar al edificio e ir a dormir, pensando en lo acababa de conversar con el orco.
Quisiera admitirlo o no, era un buen amigo que hablaba con sinceridad. Una BRUTAL sinceridad.
Apenas salió el sol, y tras un breve desayuno, el grupo de cinco continuó su viaje alejándose del lago Toro de Piedra y bordeando las montañas del este de Mulgore. Esta vez, y dado el clima benigno y soleado, optaron por usar sus monturas animales para que estos pudieran estirar las piernas y también para ahorrar combustible.
En comparación a la noche, bastante fría, el día se fue haciendo cada vez más caluroso a medida que avanzaba el día, claro indicio de la lenta desertificación que sufría la otrora llanura, algo que a más de uno lo llevó a quejarse en el camino. Por fortuna, lograron evitar a casi todas las criaturas hostiles encontrándose con muy pocas.
Se detuvieron al pie de las montañas para descansar, comer algo y sobre todo beber algo de agua bajo la escuálida sombra de una arboleda. Estaban empacando para continuar su camino, cuando un graznido horrible desde arriba los puso en alerta, y asustó a las monturas.
— ¿Qué es ese ruido?
— Estén alertas. -dijo Okrorio sacando su rifle de plasma- Eso no suena amistoso.
— Por la Gran Madre Tierra: espero que no sea lo que creo.
— ¿De verdad habrán sobrevivido esas cosas?
— Ni idea, Jaeger.
— ¿Qué cosa, Powaq?
— Arpías.
Para su desgracia, el druida acabó acertando: del cielo descendieron cinco arpías que hace tiempo habían perdido toda su salvaje y particular belleza tras haber sido expuestas a la radiación hace tantos años, al punto que habían perdido casi todas sus plumas salvo las de sus alas, que se mostraban sucias y harapientas, y su piel expuesta se mostraba casi momificada. Pese a su aparente fragilidad, descubrieron que mantenían sus poderes elementales al ser recibidos con fuertes ráfagas de viento acompañadas de descargas eléctricas.
— ¡Protejan a las monturas! ¡Powaq, trata de calmarlas!
— ¡Haré el intento, Okrorio!
Como los poderes de Powaq eran algo limitados por el daño ecológico, y además ocupado en controlar a dos kodos, un lobo y un zancudo, Okrorio, Jaeger y Nahlia se prepararon para atacar, cuando Koya dio un paso delante y con un movimiento de su brazo les dijo que él se haría cargo: antes de que tres de ellas se lanzaran hacia ellos para atacarlos con sus garras, el chamán las despachó con una descarga de relámpagos hasta dejarlas en el suelo carbonizadas; las dos que quedaron lanzaron sendas bolas de electricidad contra el grupo: Koya las neutralizó lanzando pequeñas rocas contra ellas, para luego levantar una gran roca de la montaña y usarla para aplastar a ambas arpías contra el suelo.
Se acercó para ver el estado de las arpías, y al ver a una de las electrocutadas aún convaleciente, no dudó en aplastar su cabeza con su pezuña, mostrándose sumamente satisfecho.
— Bien hecho: es bueno ver esa brutalidad tuya de nuevo en algo constructivo.
— Necesitaba matar algo, Okrorio. Y nada mejor que unas malditas arpías.
— ¿Powaq?
— No tengo nada que discutir: a casi ningún tauren le gustan las arpías.
— Es probable que haya más de esas cosas por aquí. -sentenció Jaeger- Las arpías suelen vivir en cuevas, ¿Verdad? Probablemente algunas sobrevivieron escondiéndose allí y luego, por culpa de la radiación, se convirtieron en…
— ¿Necroarpías?
— Eh... see, Powaq. Hay que patentar el nombre.
— Concuerdo en que debemos permanecer alerta: si los no-muertos radiactivos y los animales mutantes ya eran un problema, esas porquerías voladoras lo son más. Yo cubriré desde adelante; Jaeger: tú desde atrás; Powaq y Nahlia estén atentos. Koya, ¿Cuánto falta para llegar?
— Pues… Déjame ver.
Koya revisó los mapas, tanto el que encontró en la parada de camiones como el de su Gnoblin 5000 para compararlos. Luego guardó ambos mapas en su lugar.
— Creo que podríamos llegar a horas de la noche si no nos detenemos desde ahora.
— Entonces podemos cambiar a tracción a gasolina para no tardar demasiado: recuerda que encontramos algunos bidones de combustible en ese taller.
— Ese combustible no es del todo seguro, Okrorio. -aclaró el druida- Lleva más de cien años almacenado allí: mejor usamos las monturas un tiempo más.
— Está bien: se hará como dice Powaq. -asintió Koya un poco más tranquilo- Tengamos cuidado: si hay arpías, no me quiero imaginar que más habrá por allí.
Con las monturas más tranquilas, Koya y los demás se subieron a ellas y retomaron su camino, manteniendo ojos y oídos abiertos ante otros posibles atacantes. A mitad de camino, se detuvieron un momento para descansar, y de paso, dar un vistazo a las mesetas sobre las que se asentaba la capital tauren, Cima del Trueno: a pesar de la distancia, aún eran visibles tanto las terrazas de cultivos sobre laderas de las mesas, así como las ruinas de la ciudad en sí, sobre todo, el icónico Gran Tótem de la ciudad que parecía haber resistido el impacto de las bombas y cien años de abandono, pese a lo cual, se veía completamente ennegrecido.
Cima del Trueno no escapó a los cambios de la revolución industrial tras la derrota de Garrosh: luego de Orgrimmar, se convirtió en la segunda capital de la Horda en tener una estación de radio y líneas telefónicas, así como ser de las primeras ciudades de la Horda conectadas a una línea de ferrocarril y autopistas que pronto cubrirían todo el continente.
Sin embargo, la ciudad presentaba dos obstáculos para su modernización, siendo el primero su lugar de asentamiento: al estar la ciudad emplazada sobre una serie de mesetas, se hacía sumamente inviable su conexión por carretera o ferrocarril, dependiendo mucho de los elevadores; eso se solucionó construyendo túneles subterráneos dentro de las mesetas, que darían vueltas bajo tierra hasta llegar a la superficie. El segundo era la base de la arquitectura tauren en sí: no se podía ser una sociedad moderna con edificios hechos a base de madera, telas y pieles.
Por este motivo, los tauren, deseosos de no quedarse atrás, buscaron alternativas en otras culturas: aunque la arquitectura sin'dorei era sumamente respetuosa con el entorno natural, empleaba magia arcana, y los tauren eran sumamente reacios a utilizarla; por ese motivo, adoptaron y adaptaron las técnicas constructivas humanas y enanas a sus propias necesidades y costumbres para levantar edificios de piedra y hormigón funcionales, estéticamente aceptables, con elementos de su cultura y tradiciones y lo más respetuosos posibles con la naturaleza. Eso creó edificios de altura media y ciudades carentes de los rascacielos propios de las ciudades orcas, goblin, elfos no kaldorei y humanas; incluso años después, reemplazaron el Gran Tótem, hecho de madera, por uno de piedra y pintado exactamente igual al original.
— No me quiero imaginar lo que debe ser estar allí.
— Considerando que fue uno de los principales blancos de los ataques nucleares, no debe de ser agradable, Koya.
— Koya, no quiero ser irrespetuosa, pero… ¿Falta mucho para llegar? Está haciéndose tarde.
— Llegaremos antes de que caiga el sol. Descuida.
Y en efecto, tras retornar su marcha, no tardaron mucho en llegar a los pies de las Rocas Rojas, bañadas con los últimos rayos del sol de un día que se acababa. Rocas Rojas era una formación de piedra arenisca roja con un gran significado para los tauren: fue aquí donde Cairne, el padre de Baine, fue incinerado, y fue aquí donde Baine vino en busca de consejo antes del juicio de Garrosh.
Este sitio sagrado servía como lugar de transición entre el mundo de los vivos y el de los muertos, un lugar de celebración de importantes ceremonias, un cementerio sagrado y lugar de descanso para los más valientes, un lugar de iniciación para la llegada de la vida adulta mediante antiguos rituales.
Y claro, un lugar donde los tauren venían a acudir a los espíritus en busca de consejo, que es exactamente lo que Koya vino a buscar.
A pesar de los años, Rocas Rojas permanecía prácticamente intacta y sin cambios significativos, salvo por un puesto de visitas en la base de la ladera con un pequeño restaurante y un estacionamiento, y un sendero con cuerdas y barandas para los visitantes. Koya había olvidado que con el pasar del tiempo, Rocas Rojas también se había vuelto un punto turístico desde el que, tras la subida, se podía apreciar una maravillosa vista de Mulgore, así como visitar una cueva que cuya entrada se hallaba arriba, o las pinturas rupestres que estaban cerca de la cueva. Aun así, seguía siendo un lugar con un gran poder espiritual sumamente respetado.
— Le hubieran puesto al menos un teleférico. ¿Tenemos que subir eso?
— Así es. -señaló un Koya decidido- No es un camino largo de todos modos.
— Qué bueno que tienes tus poderes sobre la tierra para…
— Sería una enorme falta de respeto usar mis poderes de los elementales para ir a un sitio de peregrinación sumamente sagrado.
— Urgg…
— ¿Qué pasa, princesa? ¿No te gusta caminar?
— Mejor cállate, Orejas de Conejo.
— Mejor cállense los dos y comiencen a escalar, niñitas. -gruñó el orco dando un paso adelante- O los llevaré sobre mis hombros.
— ¡Hey!
########
No muy lejos de allí, Luisón -sobre su corcel vil- y Kristhopherson, montado en su monturas de caballo esquelético, seguían el rastro del grupo de cinco jóvenes aventureros basado más que nada en el "rastro" de energía natural que manaba del druida, pero sobre todo en los conocimientos de Kristhopherson obtenidos de la lectura de mente del chamán y en sus conocimientos sobre la cultura tauren.
Aun cuando los worgen sobrevivientes, tras el Holocausto, habían dejado de lado su humanidad y aceptarse como tales, siéndoles incluso imprescindibles el uso de monturas, muchos seguían usándolas para mayor comodidad, como era el caso de Luisón.
Para ellos, el viaje a través de Mulgore era bastante tedioso a causa del intenso calor y luz del sol durante el día, cuando ellos llevaban toda su vida -y posvida- viviendo en la ciudad subterránea de MegaNecrópolis, o bien en los sombríos páramos de los Claros de Tirisfal o los marchitos Bosques Argénteos.
— Es raro verte montado en un caballo: creí que habías aceptado tu lado worgen por completo.
— Y lo hice, pero no soy un animal, y me cansé de tocar ese suelo caliente con mis patas. ¡Gracias al cielo que se oculta ese maldito sol! ¡Ya no soporto este calor!
— Supongo que estar cubierto de pelaje no es lo mejor para este tipo de clima.
— No sabes cuánto ansío con volver a nuestra querida oscura y fría tierra, amigo.
— No parecías tan enojado cuando mataste a ese basilisco para comer.
— ¡Algo de carne fresca no está mal para saciar el apetito!
— ¿Y tenías que extraerle toda su fuerza vital a los otros basiliscos?
— Estaba aburrido… Necesitaba matar algo. Dime… El rastro de peste de pacholí de ese druida es muy tenue, aún para mi olfato, ¿Cómo sabes que vamos al lugar correcto?
— En mis ratos libres, suelo leer viejos ejemplares de la Azerothian Geographic.
— ¿Esos libros no son ilegales?
— Yo diría más bien… poco recomendados, pero no ilegales.
— De todos modos, no pretendo que te maten… de nuevo.
— Rocas Rojas es un lugar con un significado espiritual muy grande para los tauren. Si ese chamán quiere hablar con un espíritu importante, es el lugar más apropiado.
— Ajá… y luego de que lleguemos allí, ¿Cuál es el plan?
— Llegamos de manera sigilosa, y te recalco la palabra: S-I-G-I-L-O-S-A. -Luisón gruñó mostrando sus afilados dientes, pero no dijo nada- Dejamos que el tauren haga lo que tenga que hacer, y luego atacamos a sus amigos.
— Y los matamos uno a uno.
— Sigh… No: matarlos lo enfadará más, y lo último que queremos es a un chamán enfurecido.
— Puedo hacerle frente convertido en demonio, descuida.
— Guárdatelo para cuando terminemos la misión; debemos inmovilizarlos el tiempo suficiente para poder hacerlo confesar, o leerle su mente. ¿Puedes hacer eso?
— Nunca me dejas divertirme…
— Para tus cincuenta años, a veces actúas como un niñito.
— Me lo dice el osario de siglo y medio aquí presente que a veces actúa como mi padre.
— Luisón…
— Sí, amigo… Lo haré.
La escalada no fue muy dificultosa, pero tomó al menos poco más de media hora, y para cuando llegaron, el sol se había ocultado, dejándolos completamente en la oscuridad, salvo por la llama que Koya encendió sobre su mano derecha para guiarlos.
Ya en la cima, se dieron un tiempo para apreciar el paisaje nocturno con un cielo repleto de estrellas y con las dos lunas, y a lo lejos se apreciaban las mesas de Cima del Trueno. Había una antigua cabaña reconvertida en posada, así como un centro de turistas y una especie de "capilla", o equivalente tauren de la misma, que era más una estructura circular que alguna vez estuvo cubierto por una tienda de pieles de la cual ya no quedaba nada más que una plataforma circular, siendo la única estructura con daños apreciables, mientras que las demás estaban intactas. Como era habitual, Okrorio y los demás inspeccionaron los edificios aledaños en busca de posibles amenazas; al no encontrar nada, se separaron para asegurar el área mientras Koya se preparaba para su ritual, sacando algunas cosas de su Gnoblin 5000 como un pequeño recipiente de incienso, una bolsita con hierbas, otra con cenizas, y sus cuatro tótems elementales.
— Bien… Al fin estoy aquí: mis dudas serán respondidas muy pronto.
— ¿Exactamente qué piensas hacer, hermano?
— Voy a usar el poder espiritual de este sitio para ponerme en contacto con el espíritu que me hizo venir aquí. -caminó junto a su hermano a la plataforma circular, despejando el suelo de restos- Estaré en un estado de trance por un tiempo.
— O sea, que indefenso.
— Sí, y necesito que me protejan.
— ¿Quieres decir que vas a estar prácticamente vulnerable mientras llamas a un espíritu que no sabes quién es?
— Confío en él, Okrorio. -le respondió desdeñosamente justo cuando colocaba los tótems formando un círculo- Vendrá.
— ¿Y qué pasará si viene la otra obsesionada contigo? Te recuerdo que eres un chamán y que esa loca casi nos mató.
— Es… un riesgo. -admitió el joven chamán, dudando por un segundo- Pero debo correrlo. Confío en que me protegerán… incluyéndote.
— Sólo trata que no te posesionen de nuevo, becerro.
Powaq le dio unas palmadas en el hombro a su hermano y le deseó buena suerte antes de volver con sus demás amigos y hacer guardia alrededor de la plataforma circular. Mientras tanto, Koya se sentó de piernas cruzadas en el centro de la plataforma, con sus tótems a su alrededor y el quemador de incienso frente a él, sobre el que colocó varias hierbas secas que encendió con una pequeña chispa salida de la punta de uno de sus dedos. Cerró sus ojos y se puso en posición de meditación, inhalando y exhalando aire de manera pausada.
Una vez que el humo del sahumerio comenzó a ser más penetrante, éste se arremolinó suavemente alrededor del joven chamán, quien comenzó a entrar en un estado de trance, y los espíritus elementales comenzaron a manifestarse sobre sus tótems correspondientes de una manera casi etérea, permaneciendo inmóviles.
— Supongo que ya comenzó su "enlace"; será mejor no molestarlo.
— Lo único que espero, es que toda su charla espiritual acabe en algo bueno, Powaq. No te lo negaré: al igual que Okrorio, también estoy preocupado.
— Comprendo tu preocupación, Jaeger; yo también lo espero. Roguemos a la Gran Madre Tierra por eso.
########
Koyaanisqatsi Cazacielo había seguido las instrucciones de su padre a la perfección: ese ritual en particular era bastante común entre los chamanes y los tauren en general, y no era demasiado complejo; según su padre, si realizaba esta ceremonia en Rocas Rojas, podría ponerse en contacto con cualquier espíritu. De hecho, era una variante de la ceremonia que Kador Cantonublar había usado para que Baine pudiese hablar con su fallecido padre en busca de consejo antes del juicio de Garrosh.
Sin embargo, le advirtió que como chamán capaz de interactuar con los espíritus de los muertos, los resultados podrían ser un poco diferentes.
Cada tótem elemental estaba orientado en su respectivo punto cardinal: Aire-Este, Fuego-Sur, Agua-Oeste, Tierra-Norte, estando él en medio de los cuatro, no sin antes unir cada tótem con un rastro de ceniza ritual.
Antes, los tótems no se usaban mucho, y el chamán debía estar de pie y a viva voz, pero ahora lo hacía sentado de piernas cruzadas y en pose de meditación; también, antes usaban cenizas de los tauren incinerados en lugares como ese para rituales dedicados a lo muertos, pero como los tauren ya no incineraban a su fallecidos como antes, usaba ceniza común de manera más simbólica. Las hierbas que había usado a modo de incienso se empleaban antes como un brebaje que se bebía después de invocar a los elementos y para tener una visión; ahora servían para crear el camino al lugar al que tenía que llegar para contactar con los espíritus.
Esos cambios eran sólo unas de las tantas muestras de cómo las cosas, como algunas costumbres, habían cambiado en casi dos siglos.
Cuando el humo de las hierbas que había quemado en el recipiente comenzó a arremolinarse y tornarse más denso, comenzó a pronunciar las correspondientes palabras.
"Yo los saludo, espíritus del aire: brisa, viento y tormenta. Yo los invoco a ustedes y muchos más."
"Yo los saludo, espíritus del fuego: ascuas relucientes, llamas y hogueras. Yo los invoco a ustedes y muchos más."
"Yo los saludo, espíritus del agua: gotas del rocío, del río y la tempestad. Yo los invoco a ustedes y muchos más."
"Yo los saludo, espíritus de la tierra: el suelo, la piedra y la montaña. Yo los invoco a ustedes y muchos más."
"Yo los saludo, espíritus elementales: les pido humildemente se unan a mi rito y me permitan contactar con el espíritu que me ha llamado a esta sacra tierra."
Al momento de acabar su oración, Koya sintió una potente energía desplazándose hacia él, trayéndose una sensación de profunda serenidad.
"Bienvenido, Espíritu de la Vida. Te hallas en forma de aire en nuestro aliento, en forma de fuego en nuestra sangre, en forma de tierra en nuestros huesos y en forma de agua en nuestras lágrimas. Sabemos que la muerte es únicamente la sombra de la vida, y que el final de las cosas es tan natural como su nacimiento. Te pido que te sumes a mi rito, e invito a aquél que camina bajo tu sombra a que nos acompañe esta noche."
Para Koyaanisqatsi, el entorno a su alrededor se había desvanecido casi por completo, quedando envuelto en una densa neblina que opacaba todos los colores y desdibujaba los contornos. Aquella neblina pronto se disiparía en parte para develar que ya no veía a sus amigos, encontrándose completamente solo en unas Rocas Rojas cubierto parcialmente de neblina y nubes oscuras y arremolinadas. Miró hacia arriba y contempló un enorme remolino espectral en el cenit, y a la distancia, vio en el cielo a ciertas criaturas humanoides aladas volar sin molestarse con su presencia.
Aun con ese entorno tan sombrío y desolador, sentía una verdadera paz y serenidad como nunca antes.
El ritual había funcionado: Koya acababa de llegar al Velo, la frontera entre el mundo de los vivos y el mundo de los muertos. Su padre le había advertido de esa posibilidad, que al ser un chamán con ese don, sería capaz de cruzar él mismo al Velo, y puede que incluso a las Tierras de las Sombras, el enigmático mundo de los muertos.
— "Koyaanisqatsi Cazacielo." -resonó una voz grave y profunda, aunque amable entre las tinieblas; el aludido no se alarmó en absoluto al reconocer esa voz -, "¿Eres tú?"
— Sí, espíritu. He venido desde Feralas para oír tus sabias palabras. Por favor, muéstrate ante mí para poder oír tu mensaje.
— "Por la Gran Madre Tierra… que así sea."
La neblina a su alrededor comenzó a agruparse frente a él, tornándose más densa y opaca para adoptar una forma diferente: una grande, imponente y que admirara respeto: la figura de un tauren de casi tres metros de alto de pelaje castaño encanecido, impotente musculatura, ropas de cuero y con una curiosa lanza con runas en su espalda; claramente había sido un guerrero gran parte de su vida a juzgar por algunas cicatrices en su cuerpo.
Koya no cabía en su asombro al reconocer a ese individuo, tal vez una de las figuras más reverenciadas de la historia tauren, si no es que la más. Esa lanza rúnica legendaria era inconfundible.
— Por la Gran Madre Tierra… ¡E… Eres… Eres Cairne Pezuña de Sangre!
— "Es un honor el poder hablar contigo, joven Koya."
— El honor es todo mío, Gran Jefe. -el joven contenía sus ganas de estallar de emoción y alegría- Nunca imaginé que acabaría hablando contigo.
— "Por favor, no intentes avergonzarme, si estoy muerto."
— Bueno… Ya que estamos, quisiera empezar preguntándote algo… ¿Por qué no me dijiste que eras tú en primer lugar?
— "Como te mencioné antes, no podía establecer contacto contigo por mucho tiempo mientras estuvieras lejos de este lugar."
— Mmm… Creo que decir: "Hola, soy Cairne Pezuña de Sangre. Quiero hablar contigo en Rocas Rojas" no es muy complicado ni toma mucho tiempo.
— "Mmm… Puede que sea un poco melodramático; cosa de ser un espíritu, supongo."
La buena actitud de Cairne agradó a Koya, recordándole mucho a su abuelo Ka'vo, aunque sin sus particulares excentricidades.
— Vine aquí para oír tu mensaje, pero dado que te he hecho esperar mucho, podemos hablar primero de otra cosa. Supongo que ha pasado mucho tiempo desde que tuviste una conversación con alguien vivo u otro chamán.
— "Mucho tiempo, es verdad. Si le permites a este anciano tener una conversación…"
— Sería un placer.
Comenzaron hablando sobre los cambios ocurridos desde la muerte de Cairne, empezando con los sucesos relacionados con Garrosh, y la guerra en Pandaria, además de su hijo Baine. Cairne confirmó que desde el mundo de los muertos, observó el pasar del tiempo.
— ¿Te sientes decepcionado de la decisión que tomó Baine al renunciar a la defensa de Garrosh?
— "Un poco, tal vez… Pero no lo culpo por ello: era demasiado joven, el peso sobre sus hombros era demasiado grande, así como el conflicto emocional por el que pasó."
— Sigo sin entender por qué esperabas que defendiera a Garrosh sabiendo que él te mató.
— "Yo tenía pensado hacerlo cuando lo desafié al Mak'gora; aunque lo hice para salvar a la Horda, cosa que por desgracia no logré. Incluso Theramore y Jaina pagaron el precio por mi derrota."
— Fue culpa de Magatha y del propio Garrosh, no tuya. -contestó Koya en tono conciliador- Sigh… ¿Crees que Baine fue un Gran Jefe?
— "En su mayor parte lo fue: guio a nuestro pueblo por un buen camino, y agradezco que haya dado asilo al príncipe humano y a su familia y súbditos leales, pero tomó algunas otras decisiones poco más que… lamentables."
— ¿Cómo cuáles?
— "Su ayuda a los trolls tras el inicio de su discriminación por parte de los orcos fue la decisión correcta, aunque fue insuficiente; el abandono al que sometió a buena parte de nuestra gente tras esa masacre…"
— Te refieres al Holocausto. -Cairne asintió- Te entiendo, pero no tenía opción: o salvaba a una parte de nuestro pueblo, o moriríamos todos. Créeme que he vivido en carne propia como los espíritus de los muertos me menosprecian por eso.
— "Lo he visto, y los entiendo, pero no los justifico. Comprendo lo que quieres decir, pero aun así duele; lo que no comprendo y me desilusiona más es el hecho de que Baine haya almacenado esas terribles armas."
— ¿Qué armas? No me digas que te refieres a… ¿ARMAS NUCLEARES?
El anciano tauren asintió en silencio, dejando a Koya completamente perplejo: sabía que como cualquier persona, Baine no era perfecto, pero jamás se imaginó que un tauren se haría con armas nucleares, tomando en cuenta el terrible daño que le harían a la naturaleza. Cairne explicó que su hijo lo hizo comprándoselas en secreto a los elfos de sangre, y las ocultó en algún lugar de los Baldíos, pero que nunca las utilizó, y posiblemente, nunca se animaría a hacerlo. El chamán asumió que posiblemente lo hizo por temor y como una forma de defensa que a la larga se arrepintió, preguntándose si Tyrande acabó sabiendo sobre ese secreto. Al igual que Cairne, también se sintió algo decepcionado de Baine, a quien ya no podría ver de la misma forma que antes.
Para cambiar de tema, el viejo Gran Jefe mencionó sobre los cambios que hubo en Mulgore, haciendo que el valle a sus espaldas se mostrara tal y como él la recordaba, con praderas verdes, árboles de pino y un cielo azul; Koya incluso pudo sentir el aroma de pino entrar a sus pulmones. En contrapartida, el paisaje a las espaldas de Koya permanecía igual.
— Era un lugar tan hermoso… nuestra tierra.
— "Lo fue… Verla como quedó me entristece el alma."
— Imagino que viste los cambios que sufrió en los años previos a la guerra.
— "Por supuesto, joven Koya.
Inmediatamente, el paisaje cambió tras Cairne, mostrando vías de tren, carreteras, líneas eléctricas, algunos pueblos y granjas sobre la pradera. Mulgore no perdió su encanto, pero el cambio era sumamente notorio.
— "Admito que me sentí algo reacio a ese cambio, a pesar de ser el primero en reconocer que nuestra gente debía cambiar su modo de vida nómada."
— Lo recuerdo: no me imagino lo que habría sido vivir de esa manera.
— "Como has vivido de manera sedentaria toda tu vida, probablemente la desdeñes, joven Koya, pero para mí, fue algo normal la mayor parte de mi vida diaria. Ir de un lugar a otro, con el cambiante paisaje, la caza… De todos modos, me acostumbré muy rápido a Mulgore, tener un techo sobre mí cabeza, y las pezuñas en un solo sitio para que dejen de sangrar, jejeje…"
— A veces añoro esa época en la que tú viviste: más sencilla, más acorde a las enseñanzas de la Madre Tierra… Obviando lo de los centauros, claro. Pero…
— "¿Pero…?"
— A… admito que no me siento capaz de desligarme de las comodidades de la vida moderna y su tecnología: electricidad, buena música de radio, las motocicletas, fontanería interna...
— "¡Te entiendo, muchacho! En más de una ocasión pasé momentos vergonzosos cuando me sorprendían en pleno acto entre los arbustos. Uff…"
— Ouch…
— "Mira: no podemos mirar atrás; el tiempo pasa, las cosas cambian, y debemos de adaptarnos. Puede que sea algo reacio a la tecnología, pero en sí no la considero mala, y si ayuda a mejorar la vida de las personas o a la misma Madre Tierra de manera responsable, la apoyo, y hasta la hallo necesaria."
— Eso mismo dice mi hermano Powaq… y es un druida.
— "Y tiene razón. Cuando nos asentamos en Mulgore, lo hice porque sabía que nuestra vida nómada era un peligro para nuestra supervivencia, y que nuestra pertenencia a la Horda nos daría un gran futuro."
— Respecto a eso, quería preguntarte algo. Ya que has visto los destrozos de la guerra, ¿No te arrepientes de haberte unido a la Horda o haber hecho amistad con los orcos?
Cairne se mostró inicialmente algo sobresaltado por la pregunta; luego relajó su expresión y dio un breve vistazo al paisaje a espaldas de Koya, una versión devastada de su querida Mulgore, rememorando la guerra de hace cien años, y respondió con un simple NO.
Koya se esperaba esa respuesta, pero permanecía confundido con la misma hasta que Cairne le justificó diciendo que la amistad con los orcos salvó a los tauren tanto del exterminio a manos de los centauros, como del aislamiento, y que nunca se arrepintió de llamar amigo y hermano a Thrall y a otros orcos como Varok o Eitrigg. En síntesis, una reflexión casi cliché, pero muy verdadera de que siempre hay personas buenas y malas.
— "Así que, como ves, no me arrepiento de haber unido a nuestro pueblo a la Horda, ni me decepciono de que Baine la haya abandonado. Pero sí me duele en el alma que la Horda que yo conocí y por la que luché haya caído tan bajo como para causar tanto daño a la Madre Tierra."
— Sigh… Supongo que tienes razón.
— "Tu amistad con ese orco que te acompaña me llena de esperanza de que ese viejo vínculo resurja."
— Yo no apostaría mucho a eso… -Koya desvió levemente la mirada- Volví a pelearme con él por el asunto de los necrotauren… Tiene razón, pero… agh… Me es difícil aceptarlo.
— "Pero es tu amigo, joven Koya."
— Lo es… Detesto admitirlo, pero lo es. Tendré que decirle que tiene razón y disculparme por mi bravuconería.
— "Estoy seguro de que lo harás. Ahora, joven… debo hablarte del motivo por el que te hice venir aquí."
El primer Gran Jefe de los Tauren cambió su semblante a uno más serio, mirando a su alrededor de manera cautelosa antes de volver a centrar su atención a Koya.
— "Hay mucho que debo contarte… Empezaré primero por advertirte sobre el espíritu que ha tratado de tomar controlar tu cuerpo."
— Ha estado inactiva últimamente; creo que se olvidó de mí.
— "No lo ha hecho, y no lo hará. Siempre ha sido muy obstinada y terca."
— ¿La conoces?
— "La he conocido desde que éramos niños."
— Si… si eso es verdad, eso… -mentalmente, Koya comenzaba a unir los cabos- No… Eso no puede ser.
— "Me temo que sí… Es Magatha Tótem Siniestro."
La reacción de Koya fue como era de esperarse: un profundo escalofrío recorriéndole todo el cuerpo de la coronilla hasta la punta de su cola, una sensación de repugnancia y rabia que hacía un esfuerzo por controlar, y una indignación en aumento, acompañada de algo peor: miedo.
Un miedo basado en ciertas anécdotas algo oscuras del pasado, como el hecho de que tras su intento de chantaje a la Horda y a la Alianza, no se supo más nada de ella, salvo esporádicos avistamientos, siendo el más conocido de ellos, el ocurrido en el funeral de Hammul Runatótem diez años después de su última derrota. Es más: nadie nunca confirmó que estuviese muerta; sólo se asumió que había fallecido por la edad.
— ¡Eso es imposible! ¡Tenía prácticamente tu edad! ¡Tiene que estar muerta!
— "Lo está… desafortunadamente no permaneció así por mucho tiempo."
— Un chamán no puede desafiar a la muerte.
— "Puede si recurre a cierta… ayuda externa."
Lo que Cairne le reveló, lo dejó aún más helado y rabioso: en algún momento entre diez a veinte años después de su derrota, Magatha acudió junto a Silvanas para que la convirtiera en una banshee y así evitar morir para concretar su venganza en el futuro. Eso no era inusual, ya que los Tótem Siniestro eran la tribu más abierta a los Renegados; lo que no podía comprender era en cómo el odio y sed de venganza de la Vieja Bruja eran tan grandes como para romper algo tan tabú en las costumbres de los tauren.
Koya no necesitaba que le dijeran que un trato así ofendería en gran medida a los espíritus, y por tanto, aunque Magatha se volviera virtualmente inmortal, ya no podría manipular los elementos, cosa que Cairne le acabó confirmando. Ahora se daba una idea de por qué ella tenía interés en él.
La responsable del casi exterminio de su pueblo, no sólo había traicionado las tradiciones espirituales de su pueblo, dado un escupitajo a los espíritus a través de su abominable conversión a banshee, sino que seguía "viva" como un espíritu oscuro parásito, y ahora iba tras él para tener acceso a sus poderes.
— "Desde entonces, ella ha estado en las sombras, manteniéndose oculta con ayuda de su tribu, y de vez en cuando intercambiando palabras mordaces conmigo, discutiendo aquí en el Velo. No siempre he podido prever sus movimientos, dado que se maneja también en el mundo de los vivos."
— Esa maldita perra… -el joven chamán hizo crujir sus dedos y rechinó los dientes ante la sola idea que permanecía en su cabeza- Es una plaga que se niega a morir. Dime, ¿Cómo puede ir entre los dos mundos?
— "Porque al igual que tú, Magatha fue en vida una chamán capaz de comunicarse con los espíritus de los muertos." -Koya levantó las cejas en señal de asombro, aunque tras pensarlo un poco, no le extrañó mucho- "Aunque no puede controlar los elementos, mantiene esa habilidad, y la usa para poder ir de un plano a otro. A diferencia de mí, sin embargo, no puede pasar a las Tierras de las Sombras, así como yo no puedo ir al Mundo de los Vivos por mucho tiempo. Ese es un límite que ella conoce muy bien."
— ¿Por qué no ha hecho nada en todo este tiempo? ¿Por qué justo ahora? ¿Por qué yo?
Si bien Cairne lo desconocía, creía que era debido a que con la Horda y la Alianza presentes, ella no podía hacer mucho. Una vez que se desató el Holocausto, y con el mundo herido, se le hicieron las cosas más fáciles para operar con mayor libertad. El único problema era que había pocos chamanes con la misma capacidad que ella; ni siquiera en su propia tribu.
— "No tuvo suerte en todo este tiempo, limitándose a tomar posesión de los miembros chamánicos de su tribu para tener un cuerpo con el cual manipular sus elementos mientras buscaba a chamanes con su don espiritual en tu Mancomunidad."
— Y entonces nací yo… -Koya apretó los puños, si estuviera en el mundo de los vivos, estarían al rojo vivo, literalmente- Sus guerreros trataron de secuestrarme cuando era niño, y meses atrás cuando descubrí el cuerpo de Keena… quien aún muerta me advirtió. ELLOS la mataron a ella… y a otros. ¡¿Es que esos malditos no se cansarán de causar desgracias?! ¡Lo único que saben hacer es matar!
— "Koyaanisqatsi…"
— ¡No me pidas que les tenga misericordia! ¡No se la merecen! ¡Los exterminaría a todos yo solo tal y como lo hicieron con mis ancestros!
— "¡Koyaanisqatsi!"
— ¡¿Por qué?! ¡¿Qué demonios quiere esa maldita bruja?!
El anciano tauren sintió pena por el joven que tenía enfrente: lleno de ira, pero también hastiado de tanto odio, rencor y venganza de los Tótem Siniestro. Una de sus manos se posó sobre el hombro derecho de Koya, dándole unas palmadas para calmarlo; se sentían cálidas y reconfortantes.
— "No te dejes llevar por la ira, joven: el rencor que le tienes a los Tótem Siniestro es comprensible, pero no es una excusa para una sed de sangre. La línea que separa a la justicia de la venganza es sumamente difusa: recuérdalo."
— Sigh… Lo entiendo. Discúlpame, Cairne.
— "Descuida: sé que los jóvenes son algo… entusiastas. Crié a uno: te lo recuerdo."
— ¿Qué es lo que ella quiere hacer conmigo?
— "Lo que siempre quiso: la supremacía de los tauren sobre todo Kalimdor y el resto de Azeroth… con su tribu liderándolos, desde luego. Y para lograr su objetivo, no vacilará en usar tus poderes sobre los elementos para crear cataclismos para erradicar a todos los que considere enemigos y especies inferiores, entre ellos, a los Kaldorei."
— Es lo mismo que trató de hacer cuando secuestró al príncipe Anduin: amenazó a ambos bandos con catástrofes naturales si iban por ella. ¿Pero por qué quiere hacer esto justo ahora? ¿Y por qué conmigo y no con otros chamanes? Mi padre me dijo que hay otros chamanes como yo, pero de mayor edad.
— "A eso voy, joven Koyaanisqatsi… Verás: los demás chamanes de tu Mancomunidad, incluido tu padre, se hayan lejos de su alcance en este momento, ocupados en asuntos más urgentes."
— ¿Qué?
— "Escúchame con mucha atención. Este es mi segundo mensaje."
Okrorio y los demás continuaban vigilando la zona, asegurándose de que Koya estuviese a salvo mientras estuviese en su "viaje espiritual": él y Jaeger vigilaban alrededor de la plataforma donde estaba Koya, Nahlia en la entrada a la cima y Powaq estaba oculto bajo su forma felina. La noche se mostraba tranquila hasta ahora, sin nubes en el cielo estrellado o criaturas peligrosas alrededor, pero no se podía bajar la guardia.
— ¿De qué será que habla tanto?
— Ni idea, Okrorio. ¿Cosas de chamanes?
— Sigh… Sólo espero que no se demore: nos está poniendo en riesgo aquí.
— ¿Sigues molesto con él?
— Me molestaré más si se tarda demasiado o se muere. -respondió con un gruñido bajo antes de usar su Gnoblin 5000- Nahlia, tu reporte.
— ¿Tengo cara de ser un soldado? Sigh… Despejado y aburrido, por ahora… señor.
— Bien: aquí estamos igual; sigue vigilando. Cambio y fuera.
— A veces dudo de que ella sea buena en esto de la vigilancia.
— Tiene ojos y es una maga: creo que puede arreglárselas bien. Pero puedes ir a acompañarla si quieres.
— Prefiero quedarme aquí y soportarte.
— Jeje… Como quieras.
Nahlia estaba aburrida, realmente MUY ABURRIDA de vigilar el acceso al mirador de Rocas Rojas; hubiese sacado a Niles para conversar un poco, pero Okrorio y Jaeger le advirtieron que sólo sería una distracción, y tampoco podía hablar con Powaq porque hacía sus rondas en modo de sigilo. La llanura de Mulgore se mostraba tranquila y serena bajo la luz de las estrellas, que sólo alentaba a dormir.
— Sigh… ¿Por qué se tarda tanto? Me estoy… -bostezo- aburriendo… Ojalá no se…
Jaeger vigilaba en dirección este hacia las montañas junto a su dracohalcón cuando sus oídos creyeron oír un sonido en la lejanía; al principio lo desestimó como el zumbido de un insecto como algún grillo… pero pasado un tiempo lo oía ligeramente más fuerte y definido, y su mascota comenzó a mostrar cierta ansiedad.
Activó su Gnoblin 5000 y sacó de él un par de binoculares, cosa que llamó la atención del orco.
— ¿Qué ocurre?
— Escucho algo acercarse. -puso los binoculares delante de sus ojos- Benu, mantente cerca y en alerta.
— Realmente tienes Orejas de Conejo… ¿No era que los elfos tenían buena vista?
— Tampoco es para tanto, Okrorio: tengo un presentimiento.
— Mmm… Yo también comienzo a oírlo.
— Allí… -señaló hacia un punto en el cielo, cerca de las montañas- Veo algo que se está acercando… Momento: son dos… ¿Son zeppelines?
— Podrían ser meros comerciantes que están de paso. De todos modos debemos permanecer ocultos.
Sin previo aviso, Benu comenzó a inquietarse y aletear con fuerza; Okrorio le dijo inicialmente a Jaeger que lo calme, pero este respondió que si actuaba así, no era por mero capricho, sino que era por haber detectado a un intruso. Con más razón, el orco le ordenó que lo trate de calmar mientras se aferraba a su rifle de plasma.
— Mantendré un ojo en Koya; tú contacta con Powaq y Nahlia. Y calma a ese pájaro.
— Trataré… Powaq, Nahlia: aquí Jaeger. -el comunicador permaneció en silencio- No contesta.
— Demonios…
Un fugaz silbido vino acompañado de un ligero temblor y una potente ráfaga de viento que azotó tanto al forestal como al guerrero, amenazando con derribarlos, seguido del sonido de un silbido agudo en el aire y posteriormente los graznidos de miedo de Benu. Acto seguido, Okrorio distinguió el inconfundible sonido de alguien corriendo a su dirección, pero debido a la oscuridad, apenas lo pudo ver antes de sentir su embestida y quedar de espaldas por el suelo: era enorme, con ropa de cuero y pelaje muy oscuro.
No había dudas: era un Tótem Siniestro.
Eso quedó más que claro cuando alguien lo tomó de los brazos y de un tirón lo arrojó contra el suelo, golpeándose el rostro contra el mismo. ¿Cuántos podían ufanarse de levantar a un fornido orco de semejante manera? Muy pocos, y entre ellos, estaban los tauren.
Mientras era levantado como un muñeco de trapo, sintió como alguien le ponía un par de grilletes en las muñecas; de fondo, se podían oír los pasos de más pezuñas, además de la voz de Jaeger, disparando con su rifle láser, y a Powaq convertido en felino rugiendo ferozmente antes de que una voz femenina los detuviera en seco con una simple oración.
— Si no quieres que desuelle a esta cachorra, bajarás el arma, orejas largas.
Una vez recuperado del golpe, y sostenido con fuerza por el tauren, vio con horror como una mujer tauren sostenía a Nahlia contra su cuerpo, sosteniéndola de los brazos con su mano izquierda. Si de por sí el hecho de que esa tauren era perfectamente capaz de aplastar las manos y los brazos de la chica con suma facilidad era inquietante, el verdadero peligro era ese largo cuchillo muy cerca de la garganta de la chica que la mujer bovina sostenía con su mano derecha. Por ese motivo Jaeger y Powaq no tuvieron más remedio que obedecer y dejarse capturar por otros dos tauren de pelaje oscuro; con Powaq se ensañaron derribándolo con un golpe de mazo en la espalda y esposándolo de muñecas y tobillos apenas abandonó su forma felina, mientras que Benu estaba atrapado en una red, incapaz de volar o liberarse.
Al lado de la mujer tauren de pelaje negro y pinturas corporales blancas, había otros dos hombres, pero eran pelaje castaño con pintura corporal rojiza por el cuerpo y el rostro, además de cornamentas similares a las de un alce; claramente no era un Tótem Siniestro, sino un Tótem de Sangre. Tanto Jaeger como Okrorio habían leído de ellos: una tribu tauren de las Islas Quebradas que era casi tan brutal, belicosa y xenofóbica como los Tótem Siniestro, por lo que no era raro que cooperaran.
Puede que Nahlia no sea experta peleando, pero… ¿Cómo la capturaron? ¿Y por qué no trataba de liberarse?
— ¡¿Qué le hicieron a la chica, bastardos?! ¡Suéltennos!
— Silencio, pielverde pálido. -ordenó su captor- No estás en posición de negociar.
— ¿Mis oídos me fallan, o este orco repugnante se preocupa por esta humana?
— Tonterías… -masculló el orco a los tauren Tótem de Sangre- Sólo me debe dinero.
— ¡Hey!
— De momento, tu amiguita endeudada está bien. -habló la mujer sin alejar el filo de acero del cuello de Nahlia- La muy mocosa estaba MUY distraída con su aburrimiento, cosa de la que nos aprovechamos.
— Pero descuida, orco: le dimos un regalo para sentirnos mejor.
— ¡Tiene un anillo Dar'khan!
— Ah, el elfo sabe de lo que habla. -se burló el Tótem de Sangre- Los compramos muy caro para capturar a tu amiguita.
— ¿Qué es ese collar, Jaeger?
— Sirve para bloquear los poderes arcanos de la persona que lo usa; solíamos usarlos para capturar magos humanos. Se llaman así por el traidor Dar'khan que lo usó contra Kalecgos.
— Basta de cotilleo ustedes dos. -gruñó la mujer- Los prisioneros deben permanecer callados.
— No te quiero dar ideas, pero ¿Por qué no nos matan?
— ¿Qué quieren de nosotros? -preguntó Powaq, aún con la espalda adolorida- No es habitual que mantengan rehenes.
— No se preocupen: acabarán muertos, pero no por nuestras manos. -aclaró uno de los Tótem de Sangre, apretando los dientes- Y créannos que nos guardamos las ansias.
— Pero un trato es un trato.
— ¿Trato?
Okrorio recordó entonces los zeppelines que habían visto poco antes de ser atacados: el sonido de sus motores se oía cada vez más fuerte y estos se veían acercarse cada vez más. Eran de origen goblin, pero su aspecto era… escalofriante, pues tenía una mayor decoración de cráneos y huesos de lo habitual.
Cuando estaban a mitad de camino, se escuchó una voz más fiera y fuerte romper el incómodo silencio, precedido de una bola de fuego verde que se estrelló en el suelo sin dañar a nadie. Cuando Okrorio y los demás vieron de quienes se trataban, sólo podían pensar en cómo su situación empeoraba.
— ¡Parece que llegamos a tiempo para la fiesta!
— Luisón, mantén la calma.
— ¿Qué hacen aquí miembros de la Sociedad de las Sombras? -preguntó el tauren que retenía a Jaeger con cierto disgusto- Este asunto no les concierne.
— Hemos venido para oír lo que sea que diga el chamán, nada más. La información que podría obtener sería valiosa para nuestra reina.
— ¡El chamán es nuestro, worgen! -gruñó la mujer tauren- Nuestra líder nos ordenó capturarlo.
— Me imagino que sí, aunque no veo que nuestros intereses tengan algún punto en conflicto. -asintió el sacerdote no-muerto- Por cierto, ¿Cómo se encuentra la venerable Magatha?
— ¡¿MAGATHA?!
Los amigos de Koya, y hasta el mismo Luisón, exclamaron atónitos al oír el nombre de alguien tan infame. ¿Realmente seguía viva?
— Eh… amigo, ¿De qué hablas?
— ¿Cómo sabes de nuestra líder, no-muerto?
— Yo estuve presente cuando acudió a mi Reina, muchacha. Sé todo sobre ella.
— Kristhopherson… ¿De qué estás hablando? -preguntaba un desconcertado Luisón- ¿Cómo que Magatha?
— Ya lo sabrás.
— Ella vendrá pronto, sacerdote… -contestó la mujer, desviando fugazmente su mirada a Koya en estado de trance- A reclamar lo que le pertenece.
Continuará...
