Las Tortugas Ninja no son mías, ahora pertenecen a Nickelodeon.
LoveOfDragons es la creadora de Minna Von Kleist y TsukihimePrincess de Stephanie De La Crux.
Espero que les guste lo que publicaré en esta historia :)
Leonora sospechaba que iba a morir dentro de poco.
No fue una gran revelación en realidad, se dió cuenta mientras veía la ecografía de su bebé sentada en el parque cerca de su pequeña casa. No había lágrimas, tampoco tristeza, no sentía nada aunque suponía que el golpe llegaría más tarde cuando su cabeza termine de procesar la información.
De pronto, estuvo agradecida de no dejar que sus amigos, su madre o su hermano menor la acompañaran a las ecografías y las visitas médicas. No era que no apreciara su ayuda, sino que ella quería compartir esos momentos con el padre de su hijo. Conocía a Usagi lo suficiente como para saber que él estaba triste de no poder estar con ella y vivir la experiencia de su embarazo, entonces una parte de Leo se sentía mal con la sola idea de dejar que alguien más ocupara el lugar que le correspondía a Miyamoto.
Quizás era una fortuna ahora, su médico le confirmó una de las preocupaciones que el doctor O'Neil le había comentado hacía más de un mes, cuando casi pierde a Ethan. Había tomado todo de ella el controlar su pánico cuando sus amigos le contaron de la repentina desaparición de los chicos del futuro y esperó a estar a solas con el doctor para hacerle las preguntas que tanto temía.
Él le aseguró que ella y su bebé estaban estables, que todo se debía al estrés que estaba manejando. De hecho, le pidió ser su médico durante el resto del embarazo para controlar la aparición de posibles secuelas ya que había indicios de otra clase de padecimientos.
En una situación normal, la pelinegra hubiera accedido, el tío de April los había sacado adelante incluso en los peores escenarios en que la probabilidad de salir con vida era ínfima. Sin embargo, no era así, por mucho que confiara en él, era consciente de donde estaba la verdadera lealtad del cirujano y, aunque su corazón le dijera que sus padres la amaban en el fondo, ella ya no estaba dispuesta a arriesgar la salud de su hijo solo por un presentimiento.
Estaba segura de que el doctor O'Neil no tenía malas intenciones, no obstante, mantendría informado a sus padres de todo lo que pasara con ella. Puede que su última experiencia la dejara un poco paranoica pero Leonora no quería eso, no quería estar bajo el control de su familia por más tiempo, su instinto de protección le gritaba que debía alejarse si quería proteger el precioso regalo en su vientre.
En un rincón de su mente, una parte de ella muy desagradable le susurró que en realidad no había ningún riesgo de ello, que podía confiar en el doctor porque si esto no había bastado para que su padre o sus hermanos siquiera vinieran a ver cómo estaba o para asegurarse de si seguía viva (porque sí, O'Neil no le mintió sobre lo demasiado cerca que estuvo de seguir a su bebé a la muerte), entonces realmente no les importaba lo que pasara con ella. Pero a su madre, a Mikey y a sus amigos sí les importaría lo suficiente como para acosar al médico hasta sacarle respuestas; contraatacó otra parte de ella. Eso no la animó mucho, si había complicaciones más adelante, eso solo echaría leña al fuego de las discusiones que estaban dividiendo a su familia.
Entonces ella tomó varias decisiones. La primera, fue esperar hasta asegurarse de que ella y Ethan estaban bien como para que les dieran el alta. La segunda, le rompió una parte del alma, puesto que tuvo que reconocer frente a sus amigos y a su hermano menor que ya no se sentía segura en la mansión y que quería mudarse. Le costó mucho negarse al ruego de su madre por quedarse pese a que sabía que lo que la mujer prometía no era posible, las cosas no iban a cambiar, nunca lo harían.
April y sus padres la recibieron en su casa mientras la pelinegra hacía todos los trámites de compra de la casa después de hablar con Usagi sobre ello, no quería mentirle sobre el motivo de la mudanza, no obstante, sabía que él dejaría todo por volver si sabía la verdad de su situación. Leonora se juró a sí misma contarle todo una vez él termina con su proyecto y volviera, el peso se estaba haciendo demasiado para que ella pueda soportarlo.
La tercera decisión fue cambiar a su médico regular por una doctora en una clínica especializada en el cuidado obstétrico, era más costosa pero valía la pena. La mujer era amable y Leo podía darse cuenta del temple de la profesional de salud solo por su comportamiento. Por primera vez en mucho tiempo, se sintió segura de la elección que había tomado y creyó que ese era el paso en la dirección correcta.
Creyó que todo estaría bien.
Un mes después, sentada en el banco del parque en el que se había imaginado varias veces a ella y a Usagi jugando con su hijo, se percató de que no era así. No después de un mes de esperar los resultados de los exámenes que le habían enviado a hacerse, no después de que la gineco-obstetra la viera con tristeza antes de decirle que su embarazo era de alto riesgo porque tenía preeclampsia.
Se había sentido cada vez más entumecida mientras le explicaban en qué consistía su condición y las rutas que podía tomar. Se negó rotundamente a la cesárea antes de término a pesar de la insistencia de la doctora en que su bebé no iba a sobrevivir.
No la culpó, ella era una profesional que estaba recomendando soluciones en base a los datos que tenía. Ella no sabía que Leonora había conocido a su hijo, que había tenido la oportunidad de hablar con él y con los sobrinos que tendría dentro de unos años. E incluso si no lo hubiera hecho, ella estaba dispuesta a apostarlo todo por intentar que su bebé viviera para conocer a sus padres.
No sabe que vió la doctora en ella, quizás la desesperación que estaba comiendo su interior o sintió lástima de su caso, sin embargo, le prometió hacer todo lo posible para que tanto Leonora como Ethan estuvieran bien al final. Le había entregado su ecografía con ese juramento y el inicio de un tratamiento para ella.
Incluso en ese momento, aún no había empezado a sospechar sobre la verdad, no. Fue en el parque, al recordar las conversaciones que había tenido con su hijo y sus sobrinos, percatándose de sus extrañas reacciones ante lo que ella decía sobre sí misma o sobre la situación actual de su familia.
Una cosa era que ella no le dijera detalles a su hijo de su pasado sea porque le resultaban muy dolorosos o porque simplemente no se dió la oportunidad. Otra cosa muy distinta, era que su hijo no supiera nada de ella.
Ethan no sabía de su hábito de tomar té en la madrugada pese a que él parecía tener el mismo problema, no sabía que ella trabajaba o qué carrera estudiaba. Además, las miradas curiosas de sus sobrinos no habían pasado desapercibidas, no era curiosidad por ver la versión joven de alguien a quien conocían, era curiosidad por alguien nuevo. La diferencia era obvia por cómo veían a Mikey y a Casey.
Dios, su hijo había llorado como si le estuvieran desgarrando el corazón la primera vez que hablaron, la había abrazado como si no quisiera dejarla ir. No era ciega, había visto la emoción y el miedo en los ojos del chico cuando se conocieron, el anhelo apenas contenido.
Era obvio que ellos no habían terminado en esa época por accidente, algo debió haber pasado, estaba segura. Donnie no era tan descuidado con sus inventos como sugería la historia que usaron de coartada, es más, si él sabía que su hija era tan parecida a él como Leo había notado, hubiera tenido mucho más cuidado en las medidas que tomaba como para que su viaje fuera simple coincidencia.
Además, no tenía sentido que su hermano menor inventara una máquina del tiempo en primer lugar. ¿En qué estaba pensando, Donatello?
Las palabras de la doctora la asaltaron, no solo sobre los riesgos para el bebé sino para ella también. La posibilidad de morir al dar a luz.
Quizás solo estaba sacando conclusiones precipitadas, forzando conexiones entre la poca información que tenía. Quizás al final todo iba a salir bien y ella se estaba preocupando por nada.
-Señora, ¿se encuentra bien?
La voz la sobresaltó, percatándose de la extraña que la miraba con preocupación. Leonora creyó reconocerla como una de las residentes de las casas vecinas.
-¿Señora?
-¿Eh? Yo sí, estoy bien.
La mujer de mediana edad se fijó en su vientre antes de sonreírle mientras le extendía un pañuelo.
-Las hormonas nos vuelven un desastre en ese estado, ¿verdad? -comentó con calidez- Ojalá pudiéramos saltarnos la parte de los llantos repentinos, las lágrimas no nos sientan bien a ninguna.
Oh.
Leo llevó una de sus manos a sus mejillas, percatándose de la humedad en ellas y de las lágrimas que parecían no parar.
Sus emociones finalmente se pusieron al día, al parecer.
Cuando regresó a la privacidad de su hogar, ella se encontró mirando los contactos en su celular acurrucada en la cama y sin saber a quién llamar, alguien con quien desahogarse sin la posibilidad de causarle problemas.
Al final, terminó llorando hasta quedarse dormida con el celular aún en la mano. Deseando, como cuando era niña, poder ser lo suficientemente honesta como para pedirle a alguien que la cuide de sus pesadillas y no tener que fingir que no estaba asustada de los monstruos bajo la cama.
A partir de entonces, el tiempo pasó con una especie de ambivalencia.
Había días buenos.
Días en los que iba a la universidad como cualquier otro estudiante e iba al trabajo por las tardes, satisfecha con su progreso. Fines de semana que pasaba con sus amigos, su hermano menor y, en ocasiones, su madre; en los que ellos le acompañaban a comprar cosas para su hijo o su hogar.
Tardes en las que solamente iban a charlar y a tomar té con ella por la sencilla razón de estar y nada más. Momentos en los que caía en una acogedora sensación de familiaridad al ayudar a Miguel Ángel con sus tareas o escuchar sobre su amiga la actriz.
Había la alegría y el amor que sentía al leer cada una de las cartas de Usagi y de escuchar su voz en las escasas llamadas telefónicas. La emoción de contarle todo y enviarle las ecografías de su hijo en cada sobre.
Nostalgia al visitar el invernadero que habían reconstruido ella y Donnie, de ver lo bien cuidado que lo había mantenido el genio a pesar de todo. Cariño al saber por Casey que Rapha estaba destacando en la universidad, de que le gustaba la carrera que había escogido. El alivio de que su tratamiento estuviera dando resultado en ella y su bebé, de la esperanza al final del camino.
La tranquilidad de tener un pedacito solo para ella, un lugar en el que ser ella misma sin miedo a ser juzgada.
Había días malos.
Días en los que no podía evitar lamentarse por lo que había perdido al mirar las pocas fotos de su familia que había llevado consigo. Noches en las que se culpaba por no haber encontrado una solución mejor, por no haber sido lo suficientemente buena o valiente como para intentar encontrar otro camino que no los llevara a destruirse.
Madrugadas de insomnio provocadas por la preocupación de no saber cómo les estaría yendo a sus hermanos en el patrullaje de ese día, de si sus padres y su prometido se estaban descuidando a sí mismos por trabajar en exceso o no. Instantes en los que se reprendió a sí misma por manejar su vida en base a mentiras y secretos.
Había miedo ante la incertidumbre del futuro, de la perspectiva de no poder ver crecer a su hijo. Pánico por la idea de que nada sirva al final y su hijo fallezca incluso antes de que pueda sostenerlo en sus brazos.
Desagrado al saber que no importaba a dónde fuera, las cartas de su acosador siempre llegaban.
Ese ciclo duró por bastante tiempo incluso después de la llegada de Minna. Las cosas cambiaron cuando finalmente pudo revelarle dos de sus miedos a su amiga. Hablar con alguien le permitió decidirse a, por fin, hacer algo respecto a uno de sus dilemas.
Leonora formó un plan de contingencia en caso de que aquel escenario que tanto temía se hiciera realidad. Entonces escribió cartas, varias de hecho, para cada una de las personas que consideraba importantes en su vida.
Las más fáciles fueron las destinadas a sus amigos, agradeciéndoles por todo y recordando los momentos agradables que había vivido junto a ellos. April y Casey se llevarían su eterna gratitud por sus cuidados y Minna, por haber propiciado todo para que Leonora y Miyamoto se conocieran, por mostrarles que eran más que los herederos de un legado.
En el escrito destinado para Usagi le contó todo porque su amor merecía saberlo. Le narró sobre lo extraño que se había sentido conocer un alma afín a la suya, de lo divertido que había sido entrenar junto a él y de las aventuras que habían tenido en Sudamérica. De lo surreal que se sentía la sincronización que lograban al pelear espalda con espalda. Escribió del pequeño sentimiento más allá de la amistad que se alojó en su pecho al momento de despedirse, de la abrumadora calidez que había sentido al encontrarlo años después en aquella fiesta y la sonrisa que le había durado hasta en sueños. Expresó el amor que no le cabía en el pecho cuando decidieron unirse, de lo maravilloso que era él y lo amada que ella se sentía.
Le contó, entre lágrimas, de la pelea con su familia. Sobre las cartas que la hacían sentir incómoda, de la visita de su hijo del futuro, del incidente en que casi pierde a su bebé. Le confesó sus miedos y de la condición de su embarazo, pidiendo perdón por no decirle en caso de que esa carta fuera lo único que quedara de ella y ya no pudiera hablar con él nunca más.
Las cartas para sus hermanos fueron más cortas comparadas con la de su prometido. Fueron difíciles porque no supo por dónde comenzar además de disculparse por no haber sido una buena hermana mayor, por causar la fractura en su familia. Entonces fue anotando cosas aleatorias en cada una, recuerdos, momentos tristes y alegres, sus opiniones sobre el carácter de cada uno, de los buenos deseos que tenía. Dudando sobre escribir o no un pensamiento pasajero que le había pasado por la cabeza, al final decidió decirles que los amaba y que desearía que todo hubiera sido distinto.
La carta a sus padres fue más compleja, no se le ocurría nada qué escribir. Con algo de incredulidad por sus propias acciones, terminó poniendo una simple nota en el sobre que solo decía: "Los amo". Nada más.
Renet y Leatherhead tuvieron una carta en conjunto igual, en la que les agradeció por cuidarlos a ella y a sus hermanos desde su infancia.
Ethan fue el último. Había tantas cosas que decirle que no se decidía, así que empezó contándole cómo conoció a una versión mayor de él, de lo orgullosa que estaba por lo que había visto que su hijo lograría ser. Le habló de las ecografías, de las canciones que le cantaba mientras masajeaba su vientre antes de dormir, de por qué había escogido tal o cual juguete para que pudiera sentir a través de las palabras lo mucho que significaba para Leonora.
Le hizo una lista de las cosas que a ella le gustaba hacer, le explicó sobre sus estudios y su trabajo. De sus deseos para él, instándole a hacer lo que le hiciera feliz, independientemente de las expectativas que se pusieran en él. Aunque dudaba que Miyamoto no lo apoyara en eso, Leo confiaba mucho en el padre de su hijo para guiarlo a su propio camino.
Escribir y guardar esas cartas fue catártico, como si con ello la abandonara tanto el miedo como el dolor a la idea de morir. Sintió que su mente había aceptado el riesgo que corría su vida y, como si se tratara de una de las tantas batallas que había peleado, decidió seguir adelante con toda su determinación, esperando lograr el mejor resultado. Resignada a que si no lograba sobrevivir esta vez, al menos se iría sabiendo que su hijo estaría bien y que lo había intentado con todo lo que ella podía dar de sí misma.
La pelinegra se miró al espejo sin reconocer su reflejo por un instante, pasó su mano por las hebras de cabello recién cortadas. Sentía que había perdido algo a la vez que había ganado otra cosa.
Fue como si dejara ir una carga que la había estado aplastando por mucho tiempo. Se sentía abrumador, casi liberador.
-¿Señora, no le gusta? -cuestionó la peluquera con preocupación al verla.
-Me encanta -sonrió tanto por alegría como por tristeza.
Su cumpleaños y el de Raphael llegó pronto. La mujer embarazada había estado preparando el regalo para su gemelo con ayuda de Casey cuando tocaron la puerta. Si bien fue maravilloso volver a ver a su hijo y a sus sobrinos, el comportamiento sombrío de la pelirroja la preocupaba. April estaba demasiado callada y pensativa durante toda la historia en la que Casey se enteraba de su relación con los viajeros del tiempo.
Algo estaba mal, estaban demasiado tensos.
La visita de Mikey y los álbumes de fotos que le trajo April fueron una distracción bienvenida. Tristemente, el ambiente fue empañado cuando Minna llegó con la mala noticia de que la policía no estaba dispuesta a ayudarla, aunque ya había previsto el resultado seguía siendo decepcionante.
La llegada de sus hermanos faltantes fue, sin duda, una gran sorpresa y aún más la acusación que se le lanzó. Una parte de ella, la que no estaba entrando en pánico, se sintió ofendida de que sus hermanos pensaran de forma tan pobre sobre su carácter.
El día parecía no terminar, entre el ataque que sufrió Miguel Ángel y las conversaciones de corazón abierto, estaba absolutamente fatigada pero contenta ante una de las cosas que escuchó de Ethan y le alegraba saber que su familia tendría muchas personas en las que apoyarse en el futuro.
Desearía que las cosas hubieran quedado allí.
La promesa que le hizo a su hermano menor antes de que los tres partieran le dejó un mal presentimiento agitándose en la boca del estómago. Al enterarse del ataque de los Dragones Púrpura a sus amigos, su mente de ninja empezó a atar cabos y sospechar de un ataque organizado, no obstante, ¿por qué ahora?
La respuesta se la dio su hijo. Oroku Saki era Destructor, su acosador era el mismo psicópata obsesionado con ella que la había arrojado de un edificio para que muriera. Mientras les entregaba las armas a los viajeros del tiempo, ella lo supo.
Leonora supo, con certeza ahora, que no iba a sobrevivir. Algo en su interior le dijo que sería su última batalla.
Sin embargo, no había tiempo para hundirse en ese pensamiento cuando debía asegurarse que su hijo, sobrinos y el bebé en su vientre salieran de ahí con vida. Un momento estaban peleando en la sala de su pequeña casa y luego hubo una explosión, el mundo dejó de dar vueltas y se encontró en la cocina removiendo tablas de la cabeza de Ethan quien apenas estaba consciente hasta que lo obligó a reaccionar.
No sirvió de mucho, los cinco estaban atrapados en una bomba de tiempo. No había salida y por querer cambiar un destino ya dictado desde el principio, ahora no solo se iba a cobrar una vida, sino seis.
La noticia de que aparentemente Ethan y sus sobrinos podrían salvarse le aligeró el corazón ya que significaba que, de alguna forma, su bebé también se salvaría. Tal vez los servicios de emergencia llegarían rápido y la sacarían a tiempo para hacer una cesárea de emergencia, o sus hermanos lograran alcanzarla antes.
Ethan tenía un pensamiento diferente, discutiendo con ella para no dejarla ahí sola. El pelinegro no le creyó cuando le aseguró que todo estaría bien si se marchaba, peleando a susurros mientras veían a Alex y a Eric desaparecer.
Leonora dio gracias al cielo que Anabelle parecía tener sentido común, ya no le sorprendió que la chica insinuara que Ethan solo tuviera a Miyamoto para responder por su falta. Se rió en su interior, Usagi no debía tenerlo fácil si su hijo tenía la misma terquedad que ella.
Era una hipocresía reprender a Ethan por una acción que ella también habría tomado en una situación similar, empujada por las emociones. Por suerte su hijo no la conocía y, por tanto, no pudo predecir que ella tomaría la decisión por él.
Sus hermanos siempre habían odiado su facilidad para quedarse atrás mientras los empujaba a un lugar seguro.
El abrazo de Ethan se volvió aún más fuerte de lo que ya era antes de que la luz brillante los cubriera a ambos.
Cuando finalmente abrió los ojos estaba en un lugar muy distinto, podía escuchar las voces mezcladas de varias personas preocupadas un poco lejos de ellos, alguien se acercó a su hijo por la espalda y cuestionó cómo estaba. Una voz que ella reconoció sin ningún problema.
Ella se removió y finalmente Ethan la dejó ir del abrazo mortal. El silencio se apoderó de la sala en lo que ella examinaba por primera vez el nuevo escenario.
El hombre al que amaba lucía profundamente impactado y destrozado mientras la veía. Leonora observó con preocupación las líneas de estrés y acarició la mejilla de la versión mayor de Miyamoto con suavidad porque parecía que la vida no había tratado bien a su amado.
La mujer embarazada dirigió su mirada al resto de personas en la habitación, paseó por las caras familiares pero envejecidas, reconociendo a casi todos exceptuando a la mujer rubia parada junto a Miguel Ángel. Todos en posturas rígidas y sin parpadear, tan pálidos como si hubieran visto un fantasma.
Porque estaban viendo uno, le recordó su mente.
El cansancio se puso al día con ella, sus piernas finalmente cedieron al reconocer que estaba en una especie de lugar seguro y la realidad fue demasiado para ella en ese momento. Dos pares de brazos la sujetaron y Leonora se permitió descansar por un segundo.
Durante mi intención de escribir este capítulo, me acabo de dar cuenta de que al parecer tiendo a utilizar una especie de patrón en mis historias de las tortugas ninja. Es divertido que recién me haya percatado de eso XD.
Tomen en cuenta que Leo no sabe que Ethan viene de una línea paralela, por lo que el riesgo de que todos murieran ahí sí era muy real. Lo va a pasar mal cuando le cuenten sobre esa parte.
Redactando esto me doy cuenta que le llegué a tomar mucho cariño al personaje de Minna y no me sorprende.
Tengo un examen que definirá mi futuro en dos días, nada de nervios, de verdad. Deséenme suerte, por favor.
En fin, linda semana.
Con amor,
Miko Eiko
